DISCLAIMER: Ningún personaje me pertenece. Todos son propiedad de Rick Riordan y J. K. Rowling, respectivamente. Yo sólo escribo con ánimo de entretener, sin buscar ningún fin de lucro.
ACLARACIÓN: Este fic contiene escenas de alto grado de violencia, abuso infantil y agresión, y Slash, es decir, relación entre dos hombres. Si no es de tu agrado, abandona la página, por favor. ¡Lee bajo tu propio riesgo!
La frontera de la cordura
Leo X
Leo no recordaba haber visto en su vida una isla tan incómoda de ver. Mientras seguía a la criatura que alegaba llamarse Nomy, Leo se decidió por echar un vistazo al panorama. Sí, definitivamente era una isla difícil de mirar. Y no porque fuese horrible, en absoluto. Leo ya había escuchado un par de veces la frase No eres feo, sólo difícil de mirar, pero no le sentaba a la imagen que tenía delante.
El camino de madera oscura se había terminado hacía unos metros más atrás. El sendero se marcaba perfectamente en una línea curvea de mosaico y cemento, con un detallado extraño que Leo se aseguró de recordar luego. A sus izquierda y derecha se extendían imperiosamente dos alas de un increíble jardín de flores; Leo apenas alcanzó a ver un par de lilas entre la vista predominante de rosas blancas que, por un momento, juró haber visto humedecerse por sí mismas.
Al final del camino, se encontraba lo que a Leo no le terminaba de satisfacer. Se trataba de una mansión, claramente, una casa lo suficientemente grande que rozaba lo innecesario. De puertas altas, escaleras de mármol blanco, paredes grises y marcos de lo que parecía ser pura plata y oro. Leo no quiso seguir observando. No le gustaba. Había algo en aquella estructura que le ponía los pelos de punta. Como si se tratara de una mala vibra, una energía negativa que se desprendía de aquellos cimientos y granito, y lo empujaran hacia atrás, de vuelta a las costas, al montículo de desastres probablemente aún humeantes.
No podía decir que había estado en muchas islas o en alguna que hubiese notado fuese una isla. Sin embargo, en aquel momento sólo podía pensar una cosa: estaba completamente atrapado en una isla con una pequeña criatura fea que estaba seguro era más peligrosa de lo que aparentaba, terriblemente cansado y en camino a conocer a un sujeto que esperaba no fuese un cretino.
O un monstruo. O un ser mitológico que quisiese poner su cabeza junto a la decoración de la sala, también. "Por favor, que no sea uno de esos", rogó, mientras Nomy lo conducía pasando el jardín de rosas blancas.
Comenzaba a sentirse más nervioso de lo que debería. Debió haber sido demasiado palpable, por lo que habló.
—Así que...—llamó la atención de la criatura—. Cuéntame sobre ti—se calló al instante. Nomy le envió una de las miradas más extrañas del universo, a tal punto que Leo la esquivó de prisa—. Me refiero... eh... ¿exactamente... qué eres...?
Probablemente Leo no debió decir eso. La criatura llamada Nomy al instante comenzó a mirarlo con sospecha. Sin embargo, no había detenido su andar. Lo había apresurado. Leo tuvo la impresión de que, en cualquier cosas, tendría que correrla para alcanzarla.
—¿Usted es un mago, señor?—cuestionó Nomy, con severidad. Su aguda voz no ayudaba a reforzar el tono.
Leo vaciló.
—¿Un mago? ¿Cómo... un hijo de la diosa... Hécate?
Las grandes orejas de la criatura se levantaron de inmediato. Aminoró la velocidad de sus pasos y continuó observando a Leo con una increíble curiosidad, aquella que había suplantado rápidamente su actitud defensiva.
—No, me refiero a sus descendientes—dijo en respuesta—. Cuando Lady Hécate dio vida a nuestro mundo, los magos tomaron todo el crédito de su grandeza. Es extraño escuchar a alguien que sí sepa de ella...—se silenció y luego, como si hubiese caído en cuenta de un gravísimo error, se sacudió—. ¡Señor, discúlpeme, señor! Nomy no debió hablarle de esa forma, señor. Pero Nomy es una elfina curiosa y le sorprendió oírle hablar de la diosa, pero Nomy no quiso faltarle el respeto...
Leo sólo observó a la criatura balbucear mil y un disculpas. Meditó un momento. Así que un mundo creado por Hécate. Se tragó un resoplido. No podía decir que tenía una relación medianamente cercana a algún hijo de esa diosa en particular, pero no creía que nadie, nadie, alguna vez haya mencionado un mundo personal lleno de magos.
Aunque si lo pensaba bien, podía tener sentido. Es decir, los dioses griegos eran reales, Leo incluso era hijo de uno de los olímpicos. Así que, ¿por qué no podía existir una comunidad de descendientes de la diosa de la magia?
Quiso golpearse la cara. Diosa de la magia, ¡por supuesto! Hécate incluso controlaba la neblina, la niebla que dividía el mundo de los mortales del de los divinos. No veía ningún inconveniente para ella la realidad de haber fundado una sociedad a la que mantuvo oculta durante vaya a saber cuántos años. No le sorprendería si los supuestos magos estuviesen incluso más que ignorantes de la realidad greco-romana en la historia, mayormente en la actualidad.
Los quejidos de Nomy lo devolvieron a la realidad. Aturdido, observó cómo la criatura se mordía las orejas.
—¡Woah, un momento!—espetó y se inclinó, deteniéndose antes de tocarla. Continuaba dándole un poco de impresión—. ¿Qué estás haciendo? ¿Por qué te estás lastimando?
Nomy, para su alivio, dejó de herirse las orejas.
—¡Nomy ha faltado el respeto a los amigos de su señor Rosier, señor!—"No es como si exactamente fuésemos amigos...", pensó Leo. Ella continuó—. Nomy ha sido una elfina muy mala. Nomy debe castigarse por tratar mal a los invitados de su señor Rosier, señor.
Dioses. Puede que la criatura le causase un poco de incomodidad, pero de eso al hecho de verla agredirse y no hacer nada... Hum, ¿autolesionarse bajo órdenes sólo por cometer una supuesta ofensa, que Leo ni siquiera tomó la oportunidad de ofenderse?
Cada vez le gustaba menos la idea de conocer a este señor Rosier.
—No tienes que castigarte, Nomy—dudó pero al final le dio unas cuantas palmaditas en un hombro, torpemente—. No me has ofendido. Eh... tampoco está mal tener curiosidad, yo soy muy curioso también. Como cuando trabajo en mis inventos... Ya sabes...—vaciló, sintiendo imposible el estar más incómodo—. Soy un hijo de Hefesto, necesito ser curioso cuando debo hacer planos y...
Grandes y protuberantes ojos brillaron al verlo.
—¿¡Un hijo de un dios!?
Bien, Leo. Muy bien.
"Creo que no debí haber dicho eso...", pensó él, mientras veía a la criatura chillar con renovada adrenalina y se sentía sudar con la sola escena.
—¡Nomy sabe que el señor Rosier tiene asuntos con seres muy importantes! ¡Pero nunca imaginó que tuviese asuntos con los dioses! ¡Nomy se siente orgullosa, muy orgullosa, señor!
Retomó el camino. Leo la observó alejarse con el estupor a contra piel. Qué criatura más extraña. Se apresuró a seguirla rápidamente, antes de quedarse atrás.
—¿Crees que... eh... el seño Rosier esté dispuesto a atenderme? No creo que esté esperándome. Mi visita es definitivamente una sorpresa.
Y qué sorpresa...
—Oh, Nomy está segura, señor. El señor Rosier ha enfermado, como usted ya sabrá, y por eso ha decidido regresar a la mansión de su señora. Tenemos órdenes de no dejar entrar a nadie, salvo que sea muy importante, señor. Le pido que comprenda si el señor Rosier le hace esperar mucho para atenderlo. Esta mañana tuvo una recaída. Y no se ha podido levantar de la cama.
Leo observó cómo la expresión de Nomy se apagaba, y sintió una fuerza imponente estrangularle la garganta.
—Entiendo. Sólo quiero preguntarle si me puede ayudar con una cosa.
¿Enfermo y confinado a una cama? Algo le decía a Leo que el señor Rosier no iba a poder ayudarlo más que con palabras.
De repente, la criatura pareció percatarse de lo que iba cargando.
—¿Es un recado?
Él expresó su confusión hasta que siguió su mirada. Observó la esfera de Arquímedes que cargaba en brazos y, por impulso, reforzó el agarre.
—No, esto es mío. Algo de... ¿mi mundo?
No pudo evitar enfatizar la pertenencia sobre la esfera de Arquímedes con algo de orgullo. Para su fortuna, la respuesta pareció ser lo suficientemente satisfactoria para la criatura, quien sólo asintió vigorosamente, claramente emocionada, y continuó su andar.
En el camino rodearon una fuente de granito blanco. En el centro se desprendía la gigantesca escultura de un dragón, que por las características era chino, y al instante pensó en su compañero romano Frank Zhang. El agua caía de la boca de la bestia, de un color ambarino que se tonaba morado cuando caía.
Un mundo de magos...
—Es el dragón Lung, de la antigua China—explicó de pronto Nomy, con una sonrisa complacida en su rostro—. Es el emblema de la casa, el animal de la familia.
Leo asintió. No despegó sus ojos del dragón chino en lo que rodearon la fuente y mientras se alejaban, pudo jurar haber visto la estatua parpadear al menos una vez.
Sintiéndose frenéticamente observado, optó por hablar.
—¿Y... qué te parece si me cuentas sobre ti? No había visto a... alguien como tú antes, así que...
Santo Hefesto, ¿a dónde había ido a parar?
Ignorante del nerviosismo ajeno, Nomy levantó las orejas y dio un corto salto al caminar.
—¡Oh, es comprensible! Sólo vivimos en el mundo de nuestra señora Hécate—la criatura pausó, mirando con curiosidad el suelo, pensando qué decir. Claramente, nunca había tenido que explicarle a nadie sobre su especie. Ni bien porque ya era un tema aprendido o porque a nadie realmente le importaba. Volvió a levantar la mirada—. Somos elfos domésticos. Puedes entender que somos criaturas mágicas, como nos han nombrado, que estamos destinadas a servir a nuestros años en lo que duren nuestras vidas. Nacemos en una familia de magos y en ella nos quedamos. O nos asignan a una y en ella permanecemos. Los señores necesitan asistencia, nosotros los ayudamos. Las señoras necesitan compañía, nosotros las ayudamos. Los señoritas necesitan ser cuidados, nosotros lo hacemos. Los hogares de nuestros señores necesitan ser atendidos, nosotros lo hacemos. Desde que nacemos.
Leo se tragó el estupor. No pudo evitarlo, sintió lástima por Nomy. Aunque la criatura, la elfina, no parecía en absoluto afectada.
—¿Debes hacerlo... toda tu vida?
Nomy asintió.
—Estamos obligados. Es como un contrato, un pacto. Desde pequeños, cuando ya podemos hacer lo básico por nosotros mismos, nos presentan al señor de una casa, el patriarca, y hacemos el contrato mágico de los elfos. Entonces respondemos a toda la familia, pero no necesariamente tenemos que hacer caso a todos. Al único que no podemos discutir es al Lord. Algunas veces a la Lady.
—Desde pequeños...—repitió Leo en un murmuro. No sabía realmente qué le incomodaba más. Lo que estaba escuchando, que realmente sucedía, o el hecho de que la situación se le hacía algo conocida.
Claramente habiéndolo escuchado, la elfina asintió una vez más.
—Aprendemos de nuestros padres. No necesitamos saber más que lo que se nos pide. Salvo hacernos entender. Un poco.
—Hablas bastante bien para alguien que no ha tenido educación—no evitó notar Leo. Al instante se arrepintió. Eso no había sonado muy amable.
Sin embargo, Nomy sonrió con afecto.
—Aprendí con el señor Rosier. Cuando era niño estaba a mi cuidado. Decía que si no aprendía con él me iba a obsequiar uno de sus guantes de lana—añadió lo último con un extraño tono de incomodidad.
—¿Un... qué? ¿Un guante de lana?—¿Qué clase de mundo había creado Hécate?
—Que nos obsequien una prenda significa liberación. Se rompe el contrato que hemos hecho desde pequeños con nuestros años y ya no estamos obligados a servir a nadie. Somos libres.
Leo, notando la tensión en la voz de la elfina, estuvo tentado a indagar.
—Pero, ¿no es algo bueno? Es decir, servir a alguien en contra de tu voluntad es esclavitud. Y eso no suena... no es agradable.
Llegaron a Hall de entrada. Leo se permitió observar las enormes puertas abiertas de la mansión y un vistazo hacia adentro no ayudó a cambiar su opinión sobre su apreciación previa. Hasta donde podía ver; alfombra carmín, paredes blancas, amueblados negros y luces blancas.
Parecía el comienzo de una historia de terror.
—Se ha esparcido la creencia de que no soportamos la idea de ser liberados, ya que nos han criado así toda nuestra vida—continuó hablando Nomy, mientras lo guiaba hacia el interior de la casa—. Pero, en realidad, necesitamos el contrato. Es por eso que cuando se libera a un elfo doméstico, otros intentan acercarlo a otra familia o se ven obligados a pactar con un mago del Ministerio de Magia en un enlace provisional hasta que encuentren un nuevo hogar.
Continuaron hacia una sala enorme. Había un hogar encendido con un fuego dorado que a Leo comenzó a ponerle nervioso. Había dos grandes sillones esmeralda y una alfombra negra. E, imponente, imperturbable sobre la chimenea de piedra, el enorme marco de la pintura de un retrato que fácilmente parecía ancestral.
Un sujeto que no rondaba ni siquiera sus treinta años, de ojos verdes, cabello negro y tez blanca. Vestía un traje de gala que Leo recordaba haber visto en películas de época y portaba una expresión que le llevaron un solo pensamiento a la cabeza; se sentía completamente detestado por un cuadro viejo.
—Nuestra magia debe alimentarse de la de nuestros amos para poder regenerarse—continuó explicando la elfina, mientras lo conducía hacia uno de los sillones y le invitaba a sentarse—. No somos como los magos. Ellos poseen un núcleo mágico propio, que sólo nace cuando ellos nacen y se desvanece cuando ellos mueren. Los elfos domésticos no funcionamos así. Necesitamos estar ligados a otro núcleo para mantener uno propio. Los magos son los únicos que se interesan en... ayudarnos, en ese sentido. Incluso siendo criaturas mágicas, no dejamos de ser marginados en la sociedad de Lady Hécate.
La elfina chasqueó los dedos y los ojos de Leo se fijaron en el vaso de jugo y el tazón de galletas que aparecieron flotando delante suyo. Alucinado, dejó renuente la esfera de Arquímedes sobre su regazo y los tomó.
—¿Qué sucede cuando se está mucho tiempo sin un... contrato?
Nomy se inclinó y retiró una pelusa de la alfombra negra antes de responder.
—Morimos—lo observó cómodamente en el sillón y le sonrió, ladeando ligeramente a cabeza. Leo estaba helado—. Iré a avisarle al señor Rosier de su llegada. Por favor, no abandone esta sala.
Con un CRACK había desaparecido.
Leo no estuvo realmente seguro cuántos minutos pasó en la misma posición hasta que pudo abandonar su estupor. Un sabor amargo le allanó la boca en lo que procesaba todo lo que había descubierto desde que llegó a la isla, y dudó seriamente que el jugo le ayudase a disiparlo.
De pronto, escuchó una risa.
—Sin contrato, no hay magia. Sin magia, no hay elfo. Sinceramente, los jóvenes no saben nada hoy en día.
…
Los ojos castaños del hijo de Hefesto se voltearon hacia la chimenea y subieron lentamente por el trazado de las articulaciones de ladrillo. Ascendió por el maco de madera y su mirada deparó en los ojos verdes del retrato, los cuales veían directamente en su dirección.
—¿Qué demo...?
Impulsivamente, se movió hacia un lado, tirando la esfera de Arquímedes hacia los cojines y cargando el jugo y las galletas.
Los ojos siguieron su movimiento, mientras el rostro estoico y frío se trasformaba en uno de completa hilaridad. El sujeto del retrato se estaba divirtiendo con su estupefacción.
Leo abrió la boca para expresar, probablemente, algo no muy inteligente...
—¡Nomy!
… y la cerró.
Los ojos del retrato se despegaron de él y miraron detrás suyo.
La voz rasposa de un hombre joven llamaba a la elfina desde el pasillo que conectaba hacia la sala donde estaba Leo.
Y se acercaba.
NOTA: Súper corto, súper corto, pero sinceramente lo terminé de escribir recién a las apuradas y no quería retrasarme más. Ya me despegué de las clases y creo que voy a tener más tiempo desde ahora para poder escribir con más continuidad.
...Espero...
No tengo beta, escribo yo solita, así que cualquier cosa pido disculpas.
Nos leemos en el próximo,
RebDell'O.-
