Antes que nada debo decir que estoy muy consciente de que debo cambiar la historia para que no sea plagio.
Lo que sucede es que si intente cambiarla, pero no me gusto como habia quedado, de hecho, una prima mia lo leyo cambiado pero a ella tampoco le gusto y me dijo que la dejara tal y como estaba, pero que cambiara un poco el cap. final y le pusiera uno mas a mi estilo.
Despues voy a subir mi propia historia, pero primero la estoy escribiendo en una libreta luego la subire aqui n_n.
Ahora los dejo para que sigan leyendo:
En brazos de un demonio
Capitulo 11...
Inuyasha vio con pavor como Kagome comenzaba a desplomarse. Reaccionó con rapidez y, con suerte, pudo tomarla en brazos antes de que chocara contra el suelo y se cayera por las escaleras. Le acarició el flequillo mientras trataba en vano de controlar su agitada respiración y el rápido latido de su corazón.
—Kagome, Kagome...—Murmuraba todo el tiempo, deseoso de que la joven abriera los ojos.
Tras unos minutos, ella levantó pesadamente los párpados. Estaba muy débil e Inuyasha pensó que, si volvía a suceder algo así, no sería capaz de soportarlo. Tenía que cuidarla mejor.
—Kagome... ¿Estás bien?
—Sí...—Su voz era apenas un susurro. Con lentitud, enfocó sus oscuros ojos en el rostro de Inuyasha y contuvo la respiración, asombrada—. ¡Inuyasha! ¡Tu pelo...!
—Lo sé—La interrumpió él.
—No, no...—Ella estiró la mano y le acarició un mechón de cabello—. Se está volviendo negro.
—Cierto—masculló él, molesto.
—¿Por qué?—Ella no se dio cuenta del tono de su voz, por lo que continuó acariciando su cabello. De repente, en sus labios había aparecido una cariñosa sonrisa.
—Déjalo, necesitas descansar.
—No si no me dices por qué el color de tu cabello está cambiando.
—Es tarde—Él se incorporó y la tomó en brazos—. Vamos a dormir, ya te contaré mañana todo lo que quieras saber.
—Pero...
—Pero nada—Murmuró él dándole un suave beso en la frente—. Mañana.
Ella se apretó contra su pecho a medida que se dirigían a su habitación. Hubiera querido hacer pucheros, pero no serviría de nada. De todas maneras, al día siguiente podría tener toda la información que deseara. Sólo esperaba que Inuyasha cumpliera su palabra y le contara todo lo que quisiera saber.
Cuando por fin se acostó bajo las cálidas sábanas sintiendo como Inuyasha la abrazaba con cariño, se acurrucó contra su pecho y se quedó plácidamente dormida. No tuvo ni sueños ni pesadillas, sólo una noche muy tranquila en brazos de la persona a la que amaba con todo su corazón.
Al salir el sol le dio en los ojos, Kagome se removió inquieta en la cama. Sólo quería dormir, nada más. Entonces recordó lo sucedido la noche anterior. Se incorporó con agitación y se quedó sentada en la cama, respirando con dificultad y con la mano en el corazón. Había estado a punto de caer por las escaleras y quizás perder el bebé que esperaba. Jamás se lo habría perdonado. Pero también recordó como Inuyasha la había salvado de un duro golpe y...
—¡Su cabello!—Gritó entonces.
—¿Qué pasa con mi cabello?—Murmuró una voz a su lado—. Además te agradecería que dejaras de gritar por favor, y no me asustes incorporándote tan bruscamente.
Kagome giró la cabeza asombrada para encontrarse con la intensa mirada de Inuyasha. ¡Estaba con ella! Después de tantos días de despertar sola entre las sábanas, aquella mañana él estaba a su lado. Seguramente esto se debería a que había descubierto el secreto del cambio de color de su cabello.
Se lanzó sobre él abrazándolo con fuerza y dejándolo aturdido ante su repentina reacción. Inuyasha le correspondió con cariño unos segundos después de la impresión.
De repente, Kagome se separó de él y lo miró fijamente a los ojos. Había visto algo raro en su mirada cuando se giró hacia Inuyasha y ahora podía estar segura de que algo más había cambiado. Sus ojos, antes dorados, ahora se estaban volviendo negros.
—Inuyasha, tus ojos también están cambiando—Murmuró con una mano en su mejilla.
—Lo sé—Él se limitó a atraerla hacia sí y abrazarla con dulzura.
—¿Me dirás por qué sucede esto?—le preguntó tras unos minutos en silencio.
—Kagome, estoy cambiando—Dijo. Ella frunció el ceño, pues lo que decía era demasiado obvio y no le estaba explicando nada. Con una sonrisa, él continuó—. Me estoy volviendo humano. Estoy volviendo a ser normal como consecuencia de que la maldición se está rompiendo.
—¿La maldición?—Kagome lo observó atentamente y una gran sonrisa iluminó su rostro—. Eso significa...
—Sí—Susurró él, mientras cogía una de las manos de la joven y la besaba con dulzura—. Me he enamorado, aunque no quería reconocerlo por miedo a sufrir. Te amo Kagome, y quiero cuidarte y protegerte siempre, junto con el hijo que ambos estamos esperando.
Ella lo observó entre aturdida y sonriente. No sabía si llorar o gritar de alegría. Finalmente, sus ojos se empañaron por las lágrimas y comenzó a sollozar. Se lanzó contra los brazos de Inuyasha que la aprisionó contra su pecho dándole besos en la cabeza.
—No llores, por favor—Musitó él contra su cabello mientras la abrazaba más fuerte.
—Es de felicidad—Dijo ella mientras levantaba el rostro y lo miraba a los ojos—. Te quiero, Inuyasha. Te amo, no quiero separarme jamás de ti.
—Nunca te dejaré marchar.
Se besaron profundamente y luego él la recostó sobre el colchón con una seductora sonrisa. Iba a ser una mañana muy larga, pensó ella atrayéndolo hacia sí para besarlo.
Sango estaba en la cocina cuando una mano se situó alrededor de su cintura y unos labios suaves y cálidos le rozaron el cuello. Dejó escapar una carcajada antes de volverse y encontrarse con Miroku.
—Buenos días, mi hermosa doncella—Murmuró él mientras la besaba en los labios.
—Hola, Miroku—Le respondió con una sonrisa—. ¿Quieres algo?
—A parte de quererte a ti—Musitó abrazándola—, quiero que fijes una fecha para nuestra boda.
—¿Una fecha? ¿Ya?—Sango lo miró sorprendida, pero con el rostro lleno de felicidad.
—La maldición está prácticamente rota—Dijo Miroku mientras se sentaba en una silla con la joven en su regazo—. Sin ir más lejos, esta mañana Inuyasha no ha bajado a su despacho ni se ha encerrado. Subí a ver si había ocurrido algo, pero me abstuve de llamar a la puerta. Digamos que dentro de la habitación estaban teniendo lugar algunas confesiones tales como "no quiero separarme de ti" o "nunca te dejaré marchar".
—¿Quieres decir...?
—Sí. Inuyasha ya le ha dicho a Kagome que la maldición se está rompiendo y que él pronto será humano. Y ella se lo ha tomado muy bien. Al parecer—Añadió mientras le acariciaba la mano a su novia—, ya se han confesado hasta su amor.
—¿Sí?—Sango estaba muy entusiasmada ante tal noticia. Por fin, las cosas parecían tomar un buen rumbo.
—Desde luego. Estoy seguro que dentro de un rato bajarán completamente abrazados y más empalagosos que nunca.
—Me gustaría ver a Inuyasha así.
—Lo verás, te lo aseguro. Ahora dime, ¿cuándo podremos casarnos?
—Tendremos que esperar, Miroku. Quiero estar completamente segura de que Inuyasha será feliz con ella y que no habrá más detalles ocultos entre ellos.
—Eso podría llevar meses—Se quejó el joven mirándola con ojos suplicantes.
—Lo sé—Respondió ella dándole un fugaz beso en los labios—. Pero hemos esperado años, ¿Por qué no esperar unos meses más?
—Tienes razón—Con esas últimas palabras, Miroku la besó con dulzura.
Sango servía el desayuno en la mesa en el momento en que entró la tan esperada pareja. Tanto ella como Miroku, que estaba a su lado, se quedaron con la boca abierta al ver tal escena. Por muy preparados que se hubieran creído, el cariño que se profesaban Inuyasha y Kagome los había dejado muy sorprendidos.
Ambos venían juntos, tomados de la mano y sonriéndose el uno al otro. Inuyasha, al que siempre recordaban de mal humor, desprendía felicidad por todos lados.
—Buenos días, chicos—Dijo Miroku tratando de no estropear el ambiente.
—Buenos días—Respondió la pareja, ambos con una sonrisa despampanante. Desde luego, las cosas habían cambiado mucho desde el secuestro.
Cinco meses después.
En la pequeña aldea el alcalde Higurashi estaba terminando de ensillar su caballo.
—Señor, tenemos noticias importantes que transmitirle—Dijo un joven acercándose a él con lentitud—. Es sobre su hija.
—Ella murió, estoy seguro—Masculló con brusquedad el hombre.
—No lo creo, señor. Al parecer, mientras nuestros ayudantes recorrían la zona en una partida de caza, han encontrado un castillo oscuro y siniestro al norte del pueblo. Dicen que es muy tenebroso, pero que vieron a la señorita Higurashi pasear delante de la puerta hace tan sólo unas horas. Es muy probable que se encuentre allí.
—¿Han señalado el camino?
—Por supuesto. Sólo tenemos que armarnos y coger nuestros caballos.
—Entonces, vamos. Nada perdemos con probar suerte. Si se trata de mi hija, por fin podré recuperarla, ya sea viva o muerta. Partiremos al cabo de una hora.
—Sí, señor. Todo estará listo—El joven se marchó a toda prisa.
El alcalde Higurashi suspiró y esbozó una sonrisa triste. Hacía mucho tiempo que no veía a su hija y creía firmemente en su muerte. Aún así, las esperanzas de que quizás estuviera viva le hacían recobrar las ganas de existir. En caso de que ella hubiera sobrevivido y la encontrara ilesa se prometió no volver a forzarla jamás a hacer lo que no deseara. Nada de matrimonios por conveniencia, no más órdenes sin sentido. La dejaría ser feliz a su manera.
Una hora después el hombre montó en su caballo. Siguiendo su ejemplo, los demás aldeanos que deseaban acompañarlo hicieron lo mismo con sus monturas.
—¡Adelante!—Gritó con furia.
Los caballos comenzaron a correr y se perdieron entre los árboles al galope, raudos como el viento. Bajo sus cascos las ramas se rompían y el polvo de la tierra se levantaba formando remolinos. Pero no importaba. Lo único que ahora se cernía sobre la mente de sus jinetes era encontrar a Kagome Higurashi.
—Está embarazada y no voy a dejar que haga ningún esfuerzo—Inuyasha cogió a Kagome en brazos y ella se llevó las manos a su vientre, donde descansaba su bebé de seis meses.
—Pero Inuyasha, debe caminar y hacer algo de ejercicio. Eso es bueno para su salud y para el bebé —Protestaba Sango mientras lo seguía a lo largo del sendero del bosque.
La primavera había llegado y se había derretido la nieve. Las flores crecían a los lados del sendero de tierra clara y los árboles se habían cubierto de hermosas hojas verdes. Kagome los miró embelesada mientras Inuyasha pisoteaba una amapola sin querer.
—¡He dicho que no dejaré que haga esfuerzos!—Caminó todavía más deprisa en un intento de deshacerse de Sango, aunque sabía que sería inútil.
La joven entre sus brazos sonrió feliz. Durante los últimos cinco meses de embarazo Inuyasha había sido muy atento con ella y casi nunca la dejaba sola. La llevaba a pasear, leían juntos, y lo que a ella más le gustaba era que por las noches podía abrazarlo y quedarse dormida escuchando el latido de su corazón. No tenía palabras para transmitir la felicidad que había sentido durante esos últimos meses.
Pero claro, era demasiado sobre protector con ella. No la dejaba caminar mucho tiempo ni hacer ejercicio. Ni siquiera le dejaba bajar las escaleras, pues la tomaba en brazos con ternura con la excusa de que podía caerse. A pesar de que adoraba sus atenciones, estaba un poco cansada. Sentía que necesitaba pasear durante horas sin descanso.
—Inuyasha, déjala, ¿quieres? Va a terminar cansándose de tenerte con ella a cada instante.
El aludido giró la cabeza hacia Miroku con el ceño fruncido y los labios crispados por el enfado. Kagome se removió inquieta entre sus brazos, y con frustración, Inuyasha la dejó posar los pies en el suelo.
—Miroku, desaparece de mi vista—Murmuró apretando con fuerza los labios mientras pasaba una mano por la cintura de Kagome.
—Encantado—El joven sonrió largamente y, tomando la mano de su prometida, se marchó en dirección al castillo, que no estaba muy lejos. Podían verse desde allí las altas torres.
Inuyasha se giró para observar a Kagome, clavando sus pupilas, ahora negras, en las de ella. La joven, con una hermosa sonrisa, se puso de puntillas y lo besó en los labios con sutileza.
—Voy a dejarte caminar, pero sólo hasta que lleguemos al castillo—Murmuró enfadado-. Y no te acostumbres a esto.
—Tranquilo—Ella soltó una risita divertida y entrelazó los dedos de su mano con los de Inuyasha. Él, más tranquilo, esbozó una leve sonrisa.
—¿Cómo crees que podríamos llamar a nuestro hijo?—Preguntó de repente mientras caminaban. La miró con interés mientras ella, inconscientemente, se mordía el labio en señal de concentración.
—Déjame pensar...
Sango sintió curiosidad tras escuchar extraños ruidos en el exterior del castillo. Se acercó con lentitud a una ventana y miró hacia la verja. Los árboles habían florecido y el aspecto del entorno ya no era tan siniestro, pero no fue eso lo que llamó su atención. Asustada, salió corriendo en busca de Miroku.
—¡Miroku!—Gritó alarmada mientras bajaba las escaleras—. ¡Están derrumbando la verja!
Él la miró. En sus ojos se arremolinaban la preocupación y una serie de ideas que ella no pudo descifrar.
—Llama a Inuyasha—Dijo, tratando de mantener la calma—. Tenemos que...
—¿Qué pasa ahí fuera?—Inuyasha bajaba las escaleras junto con Kagome, llevándola entre sus brazos. Su semblante, que durante los cinco últimos meses había sido tranquilo y feliz, ahora se había vuelto preocupado y amenazador.
—Un grupo de hombres están tratando de echar abajo la verja. No sé qué quieren, pero desde luego está claro que buscan algo.
—Cuidad de Kagome—Murmuró mientras la dejaba en el suelo-. Veré de qué se trata.
Se alejó de ellos en dirección a la puerta y la abrió. La brisa entró en la estancia y fuera había ya poca luz, pues estaba anocheciendo. Sin embargo, y a pesar de la distancia, pudieron distinguir el brillo del fuego en las antorchas que portaban los desconocidos.
—¡Matad al demonio!—Los gritos de los hombres se escuchaban incluso en el interior del vestíbulo. Se trataba de una serie de amenazas, palabras mal sonantes e insultos. Kagome, preocupada, se desprendió de Sango que la abrazaba totalmente tensa y salió corriendo en dirección a Inuyasha al ver como una antorcha volaba por el aire en su dirección.
—¡Inuyasha!—Gritó, pero por suerte el había evitado la antorcha y estaba a su lado.
—¡Quédate dentro!—Exclamó enfadado, poniéndose delante de ella.
—No voy a dejarte—Fue la respuesta que obtuvo cargada de valor.
Un enorme tronco de árbol cortado era el arma que estaban empleando aquellos hombres para demoler la verja. Probablemente tendrían caballos, pero los habrían dejado lejos para que no importunaran o no salieran heridos. Con horror, Kagome se fijó en el hombre que parecía ser el jefe y se le formó un nudo en la garganta. Un frío sudor le recorrió la frente y se llevó las manos al vientre.
Posó una mano en el hombro de Inuyasha y luego dio un paso adelante, dejando de protegerse con su cuerpo.
—Es él—Murmuró apenas, mientras las lágrimas amenazaban con desbordar sus ojos.
—Kagome...
—¡Es ella!—El grito del líder de aquellos hombres, que había vuelto la vista hacia ambos, era fuerte y desesperado—. ¡Es mi hija!
—Es tu padre—Inuyasha no sabía qué haría ahora.
Había tenido la esperanza de que aquello no sucediera, pero siempre había temido que pudiera ocurrir. Se preguntaba qué pasaría ahora que Kagome tenía la oportunidad de regresar con su padre a su antiguo hogar, al lugar del que una vez se había escapado.
Por su parte, ella dejó caer unas lágrimas. Apartó la mano del hombro de Inuyasha y comenzó a acercarse a la verja que acababa de caer. Los hombres se pusieron en actitud de defensa y prepararon sus rifles para el peor de los enfrentamientos, mirando con odio al demonio que se encontraba detrás de la hija de su alcalde, a un metro de distancia. Había llegado el momento de matarle por fin. Lo miraron con odio, recibiendo, a su vez, las miradas rabiosas de Inuyasha, Miroku y Sango, que habían aparecido junto a su amigo con tres espadas y dos revólveres.
En el centro de aquella espiral de resentimiento sólo quedaron dos personas mirándose fijamente: un padre y una hija separados por el transcurso de sus destinos.
Continuara...
Espero que les haya gustado.
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