Disclaimer: Ninguno de los personajes aquí descritos me pertenece. Únicamente son míos mi mente, la incombustible llama de la imaginación y, quizá, mi cordura. Lo poco que tengo, os lo ofrezco. ¡Disfrutadlo!
°º¤ø,¸¸,ø¤º°°º¤ø Me equivocaría otra vez °º¤ø,¸¸,ø¤º°°º¤ø
"Quieres bailar conmigo, puede que te pise los pies"
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Pergamino décimo: Si tú no estás aquí
Sentada en uno de los mullidos sillones de la sala común, Hermione se limitaba a balancear los pies inquietamente en actitud pensante. Llevaba todo el día dándole vueltas, pero no conseguía sacar nada en claro. Tal vez debía arriesgarse, seguramente Malfoy (todavía no se sentía preparada para llamarlo por su nombre mentalmente) no sabría apreciar el detalle o incluso se sentiría ofendido porque una sangre sucia se atreviera a hacer algo semejante.
- Ya no estoy tan segura de que sea una buena idea, Ginny. – dijo a media voz justo después de ver la cabellera pelirroja de la menor de los Weasley entrando por el resquicio del cuadro de la Señora Gorda. Ésta dejó escapar un bufido y, con toda la paciencia de la que era capaz, cogió las manos de la castaña y habló lentamente, como si le estuviera explicando algo muy complicado a una niña pequeña.
- Herm, te lo he dicho más de mil veces; a todo el mundo le gusta que alguien, quién sea, se acuerde de su cumpleaños. Incluso si ese alguien es su peor enemigo. – pronunció esas dos últimas palabras con especial retintín, acompañando el efecto de incredulidad con una pícara sonrisa que evocaba las peores trastadas de Fred y George en sus mejores años en el castillo.
A pesar de sentirse como una estúpida adolescente rellena de hormonas en continuo movimiento, Hermione no pudo evitar morder su labio inferior con más fuerza de la habitual y echarse hacia delante sobre el sillón, quedando sentada en el borde, a punto de caerse al suelo.
- No sé, hace más de tres meses que no hablamos y tal vez…
- Tal vez nada, ¿prefieres seguir como hasta ahora? – recordó la media sonrisa esquiva del rubio aquella misma mañana en el Gran Comedor y resolvió que no, prefería mil veces los antiguos insultos antes que aquella indiferencia. Por lo menos, se dijo, si salía mal él volvería a odiarla y todos contentos. O bueno, más o menos. – Pues lo haces y no hay más que hablar.
Hermione suspiró entre resignada y levemente asustada y volvió a reclinarse sobre el asiento, cerrando los ojos.
- Si Ron o Harry se enteran de esto…
- No se enterarán. – aseguró la pelirroja, y aunque no podía verla la castaña sabía que le había guiñado un ojo y se había dado la vuelta para caminar escaleras arriba. Y no es que fuera adivina, es más, nunca había tenido demasiado dispuesto el ojo interior, pero los pasos fuertes de Ginny al posarse sobre la moqueta de las escaleras eran inconfundibles.
- Una pregunta, Hermione. – resonó la voz de Ginny desde lo alto de las escaleras, peligrosamente suave. Asintió, algo reticente, pero segura de si misma. - ¿Cómo sabes cuando es su cumpleaños?
La de los ojos color café dio un pequeño respingo y abrió los ojos con las mejillas algo más rosadas de lo normal. Recordaba haber escuchado a Padma y Lavender hablar sobre ello en la habitación semanas atrás y haber prestado más atención de la necesaria, pero aquello, por supuesto, no tenía porque saberlo su amiga.
- Una tiene sus fuentes.
La pelirroja dejó escapar una sonora risotada antes de perderse tras la puerta de roble macizo.
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El verano había llegado más pronto de lo previsto para muchos. Hacía días, como aquel que dice, que habían vuelto de las vacaciones de Navidad y ya tenían que volver a irse. Y no era que no echasen de menos a sus familias, ni mucho menos, pero estar en Hogwarts era algo más que compartir clases y hechizos con profesores y amigos. Era escuchar la voz de Snape a las ocho de la mañana, reírse con las salidas de tono de Peeves y comprender un poco más, sólo un poco cada día, a Dumbledore.
Para que engañarse, irse de ahí conllevaba correr el riesgo de no volver después de los últimos acontecimientos llevados a cabo por el-que-no-debe-ser-nombrado. O Voldemort, para los más valientes. No era un secreto para nadie que planeaba resurgir de sus cenizas y doblegar el mundo mágico al completo bajo sus pies, pero aquella mañana el Profeta traía consigo alguna que otra noticia que nunca estaba de más saber. El día, cuatro de Junio, quedaría grabado a fuego en la mente de Hermione para siempre.
El periódico fue pasando de mano en mano por toda la mesa de Gryffindor desencajando mandíbulas y sacando exclamaciones de horror de los más jóvenes e inexpertos antes de llegar a las manos de Harry, que leyó en voz alta, pálido como la cera.
- Pandemia en Londres, más de trescientos muggles mueren por causas desconocidas, ¿una nueva enfermedad o el regreso del-que-no-debe-ser-nombrado?
Algo más abajo, en una concurrida fila escrita en tinta más oscura, estaban los nombres de todos y cada uno de los fallecidos acompañados cada uno por una sobria cruz funeraria que se deshacía y hacía intermitentemente, escribiendo paulatinamente las palabras Descanse En Paz.
Ron ahogó un gemido y se apresuró a tragar los cereales mientras los demás estudiantes no sólo de Gryffindor, sino también de Ravenclaw, Hufflepuff e incluso Slytherin se agolpaban alrededor del moreno, arrebatándole el Profeta en el acto. Hermione, por su parte, todavía no daba crédito a lo que acababa de oír, así que tardó varios segundos en reaccionar, ponerse de pie rápidamente y releer la retahíla de nombres para cerciorarse de que ningún conocido formaba parte de ellos.
A pesar de sentirse mal por ello, no pudo evitar suspirar mucho más tranquila y dejarse caer de nuevo en su sitio, entre los dos hermanos pelirrojos.
Sin embargo no tardó demasiado en darse cuenta de que algo no iba bien. Lisa Turpin, habitualmente calmada y ahora pálida como la cera, estrujaba la hoja del periódico entre sus manos perladas de claras pecas. Michael, a su lado, intentaba apaciguarla posando una mano en su hombro, pero no sirvió de mucho. Entre una tormenta de pelo rubio y rizado, Lisa se levantó bruscamente y se dirigió a la mesa de Slytherin, donde Draco, Blaise y Crabble continuaban sentados fingiendo continuar con su desayuno a pesar del alboroto.
- ¡Tú! – estalló apuntando al Malfoy con el dedo índice y lágrimas de rabia agolpándose en sus ojos azul cielo. El rubio no movió ni un solo músculo, aunque por su expresión facial Hermione podría haber jurado que no sabía de qué demonios iba todo aquello. – ¡Espero que esté donde esté tu padre se pudra en el infierno con sus demás amigos mortífagos, y…! – fue bajando el volumen de su voz a medida que terminaba la frase, llevándose las manos a la cara.
Hermione se puso de pie de un salto en cuanto vio la ira brillando en los ojos de Draco, pero se quedó estática cuando él pasó de largo de la chica con la mandíbula fuertemente apretada y salió del Gran Comedor entre murmullos y el llanto ahogado de la Ravenclaw.
- Mi… mi madre… mi, no… - murmuraba Lisa ente los pliegues de la ropa de Michael, que la envolvía en un cálido abrazo.
Sin pensar lo que hacía, la castaña se escabulló por el hueco que había abierto el rubio a empujones y llegó hasta la puerta de la sala común de Slytherin sin saber cómo, donde el de los ojos grises acababa de darle un sonoro puñetazo a la armadura más cercana, que se revolvía en su sitio entre quejas y gritos de disgusto.
Fijó sus ojos castaños en los de él, sin atreverse a acercarse demasiado.
- Nadie habla así de mi padre. – dijo entre jadeos, llevándose la mano al flequillo rubio, alborotándolo. - ¡Nadie, por muy jodido que esté! Y mucho menos esa, esa… ¡asquerosa hija de muggles! – terminó, haciendo que la última maldición resonara en los muros de piedra.
A pesar de las duras palabras del chico, Hermione no pudo evitar sentirse conmovida por la escena. Draco Malfoy, el hijo de Lucius Malfoy, había preferido contenerse y descargar su ira a solas antes de hacerlo en público, frente a la propia Lisa. Eso demostraba que era mucho más humano de lo que todos pensaban, como ella imaginaba no era un monstruo y, irracionalmente, aquello hacía que las mariposas en su estómago revoloteasen más furiosas todavía. Se reprendió mentalmente por ello, ¿qué clase de persona tenía a Draco Malfoy delante, destruyendo el mobiliario del castillo y únicamente podía pensar en que había dicho "hija de muggles" en vez de "sangre sucia"?
Caminó unos pasos, titubeante, antes de inclinarse sobre si misma y preguntar a media voz.
- ¿Malfoy?
Él levantó la cabeza y sus ojos grises más oscuros de lo habitual la golpearon fuertemente, turbios. Podía leer, por primera vez, toda la rabia y frustración no sólo contra si mismo, sino también contra su padre y en cierta manera contra ella misma por estar ahí en su momento de flaqueza. La sensación la abrumó tanto que se irguió en su sitio y se dio la vuelta dispuesta a volver con Harry, Ron y Ginny, pero la mano de Draco en su muñeca la detuvo en seco.
Antes de ser consciente de lo que estaba pasando, los labios del rubio habían tomado posesión de su cuello con tanta fuerza que su espalda chocó dolorosamente contra la pared obligándola a ahogar un agudo gemido. Llevó las manos a ambos costados de Draco e hizo presión, no estaba segura de si para alejarle o acercarle aún más a ella y sintió las manos frías del Slytherin subiendo desde su cintura hasta el cierre de su sujetador.
Iba demasiado rápido, tanto era así que la cabeza de Hermione todavía no había tenido tiempo de procesar toda la información y, por lo tanto, se limitaba a gemir quedamente en el oído del rubio que ni siquiera le escuchaba, obcecado por la furia.
Como si saliera de un hechizo no verbal, el "click" del cierre de su prenda íntima la sacó del profundo trance. Casi al mismo tiempo, la voz ligeramente menos despreocupada de lo habitual de Zabini se dejaba oír al final del pasillo.
- ¿Draco? Tío, no me asustes, se oyen ruidos muy raros. – sin ir más lejos, pensó Hermione, la armadura todavía se lamentaba.
Cuando entreabrió los párpados lo primero que vio fue el gris habitual en los ojos de Malfoy y sus labios algo más rojos e hinchados, fruto del roce continuado con la piel tersa de su cuello ligeramente adolorida y, seguramente, con un futuro moratón difícil de ocultar.
Pero, por muy descabellado que pareciera, sentía que algo más le unía a él, un vínculo sádico-afectivo que desconocía hasta el momento. Había descargado su furia en ella, había dejado que ella, Hermione Granger, le viera en uno de sus peores momentos. Compartían mucho más de lo que deberían, y la sola idea hizo que se mareara y tuviera que apoyar una mano en la pared para seguir sosteniéndose en pie.
Draco seguía cerca, muy cerca de ella, respirando su mismo aire. Únicamente tomó consciencia de su situación cuando los pasos de Blaise sonaron peligrosamente cercanos a su posición. Arreglando prolijamente su corbata, le dedicó una última mirada de desprecio a la armadura antes de salir al encuentro del de los ojos aguamarina.
Sin perder ni un minuto, Hermione pasó a paso rápido junto a los dos Slytherins con la mano en los cuatro primeros botones de su camisa azul marino que el rubio se había encargado de abrir, dato que no pasó desapercibido a los ojos del moreno.
Antes de desaparecer tras la esquina, alcanzó a oír la voz ligeramente divertida de Zabini.
-¿Qué hacía Granger aquí?
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- Deja de pasar páginas, Hermione, sé que no estás leyendo nada. Tienes el libro al revés.
Ron se estiró contra el tronco del árbol de los terrenos, Harry rió suavemente con la cabeza sobre el regazo de la pelirroja y Ginny, por su parte, le dirigió una mirada bastante elocuente a la castaña que se dedicaba a mirarse las uñas con repentino interés. Levantar la mirada significaba enfrentar las preguntas de sus amigos y todavía no estaba demasiado segura (nada segura, en realidad) de poder dar respuestas convincentes.
- Ahora que lo dices ayer no pude encontrarla en ningún sitio. Ni en la biblioteca, ni la sala común, ni los terrenos… me pregunto que se llevará entre manos.
- Ginny, estoy aquí. – se dio cuenta de su error demasiado tarde, cuando Harry ya se había incorporado y la miraba intensamente tras la cortina que suponía el flequillo azabache que ocultaba parcialmente su cicatriz.
- Pues no lo parece, llevas una hora ahí sentada sin regañar a Ron con la mirada perdida en las páginas de ese libro, y eso que se lo está ganando a pulso. – contraatacó el niño-que-vivió.
El pelirrojo elevó las manos al aire.
- Yo sólo he dicho que transformaciones es una asignatura fácilmente reemplazable. – Ginny alzó una ceja.
- Si, por entrenamientos de quidditch. – su hermano le asestó un codazo nada amable en las costillas y la pelirroja lloriqueó durante un espacio de cinco minutos, poniéndole morritos a su novio para que la defendiera, que se limitaba, mientras tanto, a clavar su mirada esmeralda en su amiga.
Cuando el tema de conversación se desvió hacia los hábitos de estudio de Ron (o los no-hábitos) decidió dejarlo pasar una vez más. Confiaba en que más tarde o más temprano Hermione terminaría por contarles que era lo que tanto le preocupaba. Fuera lo que fuera, una cosa estaba clara: no iba a ser de su agrado.
La castaña, contenta de que hubieran dejado de interrogarla, se recostó sobre una de las raíces que sobresalía de entre las malas hierbas y se dejó llevar por el sueño. Antes de caer rendida en los brazos de Morfeo, preguntó
- ¿Qué sabéis de Lisa?
Lo cierto es que ni siquiera escuchó la extensa explicación que le dieron los dos hermanos colorados, se limitó a asentir distraídamente con la cabeza dándole vueltas a lo que había pasado en las mazmorras y en si no sería demasiado osado lo que pretendía hacer la noche del día siguiente. Bueno, para ser sincera si era atrevido, pero si él podía ella también, ¿no? siempre había defendido la igualdad de sexos.
En cuanto a Lisa… todo lo que pudo sacar en claro fue que ya no estaba en el castillo. Estuviera donde estuviera, Hermione deseó con todas sus fuerzas que todo aquel mal trago pasara pronto para ella.
Cuando su respiración se hizo más pausada y sus párpados estuvieron cerrados definitivamente, el de los ojos azul cielo sonrió de medio lado junto a ella, con ternura. Ginny negó con la cabeza mirando a Harry significativamente.
- ¿Cuándo piensas decírselo, Ron? – se aventuró su mejor amigo, obteniendo como era habitual la acostumbrada mueca de total fastidio y fingida incomprensión del aludido. Su hermana se cruzó de brazos sabiendo lo que venía a continuación, enfurruñada.
- No sé de que me estás hablando. – canturreó Ron poniéndose en pie. – Y tengo que terminar los deberes de transformaciones, así que si me disculpáis… - Ginny reaccionó a ése último comentario como si le hubieran pinchado con una enorme aguja en el trasero, con las mejillas coloradas al igual que las orejas de su hermano.
- ¿Deberes? ¡Y un cuerno! – le señaló acusadoramente con los dedos índice y corazón de la mano derecha, bajando considerablemente el volumen de su voz para no despertar a Hermione. – Eres un cobarde y terminarás por perderla, grandísimo patán.
Harry arrugó el ceño tras la cortina de pelo rojo de su novia no sabiendo demasiado bien a que se refería. Ron, a su vez, había dejado de caminar hacia el castillo para darse la vuelta y mirarla con incomprensión (esta vez no fingida). La de los ojos chocolate dio una pequeña patada sobre la hierba y masculló algo parecido a "…mi enorme bocaza" evitando ambas miradas inquisidoras.
- Tú sabes más de lo que dices, ¿no, Gin? – preguntó dulcemente Harry, sin una pizca de impaciencia en su voz grave de niño en proceso de crecimiento atrapado en el cuerpo de un adolescente en pleno apogeo hormonal, aquella que conseguía erizarle los pelos a Ginny. Pero era el secreto de Hermione y por lo tanto era ella la que decidía cuando debía ser descubierto, por algo la había hecho prometer que guardaría silencio. Y Ginevra Weasley podía ser muchas cosas, insoportable (a veces, muchas), caprichosa, despreocupada, inconstante e incluso mala hermana o novia, pero desde luego nunca, jamás se atrevería a traicionar a un amigo. Y mucho menos a Hermione.
- Olvídalo. – dijo a media voz. Se deshizo gentilmente de los brazos del moreno alrededor de su cintura y se sacudió, sacando las últimas briznas de hierba de entre los pliegues de su falda. – Olvidadlo los dos. Me voy a clase.
Y dejó a los tres amigos ahí plantados, dos de ellos bastante inquietos, y otra… otra soñando con los ojos más increíbles que había visto nunca.
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Draco se maldijo en todos los idiomas que conocía sentado en el sillón (ése que estaba únicamente reservado para él, el del centro) en la sala común. Tres meses, se dijo, tres malditos meses manteniéndose lo suficientemente alejado de ella, aguantando las ganas de partirle la cara a Weasley y manteniendo la compostura para nada. La vergüenza de los Malfoy, ni siquiera era capaz de contener sus más bajos instintos cuando ella estaba cerca.
Ella le había pillado con las defensas bajas, si, eso era. Estaba enfurecido porque aquella inmunda de Turpin se había atrevido a mencionar a su padre y no había pensando en las consecuencias de sus actos, sólo en acallar la rabia y no había encontrado otra manera mejor de desfogarse que abalanzarse sobre Granger. No tenía nada que ver con que se estuviera volviendo loco ni, como Blaise había sugerido amablemente, con que se estuviera ablandando porque él no se ablandaba, así de sencillo. Pero no volvería a ocurrir.
Merlín sabía que le había costado horrores no acercarse a la sabelotodo durante todo aquel tiempo, era como una tortura lenta y dolorosa. Como tener a Potter cubierto de fango a sus pies y no poder reírse de él: completamente antinatural. Y ahora que había hecho el esfuerzo para que todo volviera a la normalidad no pensaba dejarlo escapar tan fácilmente.
- Como no dejes de reírte de una jodida vez te lanzaré una imperdonable. – de pie junto a la chimenea apagada, Blaise lanzó una larga risotada y se dejó caer sobre la moqueta verde con los ojos brillando de diversión.
- Empiezo a pensar que no serías capaz ni de apuntarme con tu varita. – el moreno alargó la mano hasta su mochila negra y sacó una partitura arrugada y amarillenta ignorando a Draco, que seguía sentado en el mismo sitio con la cabeza apoyada cómodamente sobre el respaldo del sillón y los ojos cerrados.
- Tú pruébame. – con cualquier otra persona aquello hubiera sonado amenazador, pero ambos sabían que la intimidación no servía de mucho con Blaise, y éste efecto se acrecentaba notablemente cuando el que profería dicha amenaza era el rubio. Normalmente aquello lograría poner de mal humor a Draco, pero esa tarde el de los ojos grises ni siquiera tenía ánimos para discutir con él.
Abrió los ojos cuando notó la pequeña ráfaga de aire que levantaba el pergamino que sostenía Zabini en las manos pasando por delante de su cara.
- Yo diría que con todo lo que te he enseñado deberías poder con esto.
Más interesado de lo que estaría dispuesto a admitir jamás cogió el papel con las dos manos y se lo acercó hasta casi rozar la punta de su nariz con él. Después miró a Blaise, ceñudo.
- ¿Si tú no estás aquí? – farfulló con todo el desprecio del que fue capaz. Menudo título más ridículo para una canción, pensó con sorna.
Soltando un bufido, arrugó la partitura y la lanzó lo más lejos que pudo, cruzándose de piernas con soberbia. La expresión despreocupada de Blaise no varió ni un ápice, aunque si la jovialidad de su voz.
- Eras tú el que quería aprender a tocar la guitarra, ¿no? pues tendrás que empezar desde abajo. – Draco chascó la lengua y el moreno se agachó hasta recoger la bola de papel desgastado, la desplegó y la dejó sobre la mesa de cristal negro. – Si no quieres no tienes porque tocarla, pero te lo advierto: no encontrarás una canción que hable de dinero y poder con los mismos acordes.
Cuando el de los ojos aguamarina desapareció por las escaleras que llevaban a su dormitorio, el rubio fijó la mirada en el pergamino.
- Crabble, Goyle. – ordenó e inmediatamente el par de armarios que había estado jugando con sus plumas en un rincón aparecieron frente a él. – Que nadie se acerque a la torre de astronomía esta noche. Montad guardia si es necesario o embrujad las armaduras para que no dejen pasar a nadie (si es que sabéis utilizar vuestras varitas), pero no quiero que nadie asome sus narices por allí, ¿entendido?
Crabble y Goyle cabecearon, así que Draco se dio por satisfecho.
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Repasó una vez más el plan para cerciorarse de que no fallaba nada. Se pasó una mano nerviosamente por la superficie de la túnica, alisándola. Si iba a saltarse las normas lo haría bien, o lo que es lo mismo, evitando que Filch la pillara paseando alrededor de las doce de la noche por los pasillos del castillo.
La noticia de los periódicos había armado bastante revuelo, tanto que ahora las medidas de seguridad (y con ella el toque de queda) se habían endurecido. Si cualquier alumno caminaba por Hogwarts más allá de las diez sin la compañía de un profesor o autorización sería inmediatamente llevado ante Dumbledore para dar cuentas y, si éstas no eran lo suficientemente convincentes, procesarían su expulsión en menos de lo que se tarda en decir "te han pillado".
Le echó un último vistazo al mapa del merodeador y comprobó que la motita de nombre Draco Malfoy siguiera en el mismo sitio en el que estaba cinco minutos atrás. Había sido una suerte que Ginny lograra sustraerle el mapa de su padre a Harry sin que éste se diera cuenta, el único inconveniente era que esa acción se sumaba a muchas otras más que ya pesaban en la conciencia de la castaña, que se sentía uno de los seres más bajos del mundo por mentirles a dos de sus mejores amigos. Lo único que la reconfortaba era que la pelirroja la apoyaba y que, según ella y literalmente, "esos dos tontorrones te adoran, acabarán por entenderlo cuando se lo cuentes". Inhaló y exhaló aire gradualmente y miró el reloj que colgaba sobre su cama: las once y media. Estaba lista.
Hermione se aferró a la cajita de terciopelo verde que guardaba en su bolsillo con la mano derecha mientras mantenía la varita en alto con la otra, alumbrando tenuemente el camino. Giró dos o tres pasillos y subió y bajó otras tantas escaleras antes de sentir la brisa fresca de la noche que se colaba bajo la puerta cerrada de la torre golpeando su cara. Con un ademán de sonrisa nerviosa en la cara se dispuso a subir los últimos peldaños, pero el sonido de un ronquido (que le recordó al gruñido de un cerdo) hizo que se quedara paralizada en su sitio sin ni siquiera respirar. Lo primero que se le pasó por la cabeza fue que el conserje la había encontrado, pero cuando giró lentamente sobre sus talones y vio a Crabble recostado sobre la fría pared del pasillo durmiendo como un enorme tronco tuvo ganas de reír histéricamente y golpearlo al mismo tiempo. Se contuvo.
Debería haber imaginado que Malfoy no era tan tonto como para andar a deshoras por el castillo sin asegurarse de que nadie iba a enterarse. Hermione miró prudentemente a izquierda y derecha antes de dar un paso más; si Crabble estaba ahí Goyle no podía andar muy lejos, así que tenía que estar alerta. No le asustaba batirse en duelo con cualquiera de los dos Slytherins (el resultado sería más que evidente), pero el revuelo que montarían sería el suficiente como para atraer a la Señora Norris, Filch, Dumbledore y el profesorado al completo, además, claro está, de que la fuerza bruta debía ser siempre el último recurso.
Crabble murmuró algo en sueños y se dio la vuelta sobre si mismo hasta encontrar la postura idónea para seguir con su sueño y Hermione sonrió para sus adentros imaginándose la reprimenda de Draco cuando se enterase de que en vez de vigilar se había dedicado a llamar a su osito Teddy en sueños.
Agudizó el oído; había algo más. Algo que se entremezclaba con los ronquidos de Crabble y los latidos de su propio corazón, algo… ¿música?
Apoyó todo su peso sobre la puerta de roble macizo y permaneció en completo silencio esperando poder escuchar algo más.
Sonaba una guitarra, de eso estaba segura. Algo torpemente, pero sonaba, y el ruido de sus cuerdas rasgadas se unía al de una voz ronca que creía conocer bastante bien. La música se interrumpía, se dejaba oír una maldición y después la guitarra volvía a sonar a más volumen y con más vigor, pero nunca dejaba de escucharse definitivamente.
- Derramaré mis sueños si algún día no te tengo, lo más grande se hará lo más pequeño, pasearé en un cielo sin estrellas esta vez…
Hermione entreabrió la puerta y se asomó un poco, lo suficiente para poder ver la cabeza rubia de Malfoy de espaldas a ella levemente inclinada hacia delante. Sus brazos no dejaban de moverse arriba y abajo al mismo compás de la música, y la Gryffindor se encontró a si misma maravillada, sin apenas poder creer lo que sus ojos veían.
Había escuchado esa canción antes, era de una cantautora muggle con bastante éxito. Recordaba a su madre tarareándola mientras preparaba el desayuno los domingos por la mañana, pero en boca del Slytherin sonaba tan… diferente. Si, esa era la palabra: diferente. La voz de Malfoy, ronca, sensual, se colaba a través de sus oídos erizándole la piel. Cuando cantaba su voz sonaba menos hostil, entonaba las sílabas con dedicación y las paladeaba lentamente, como degustándolas. Le gustaba la sensación que provocaba en ella, como cientos de hormigas subiendo por sus brazos y espalda.
- …tratando de entender quién hizo un infierno el paraíso, no te vayas nunca porque no puedo estar sin ti. Si tú no estás aquí me quema el aire. Si tú no estás aquí no sé… - un sonido desacorde a todos los demás, un bufido y la voz del chico de nuevo. – Mierda.
Esta vez Hermione sí sonrió tras la puerta, imaginándose el ceño arrugado de Draco y su mandíbula en tensión. Repasó mentalmente las posibilidades que tenía de entrar y decirle que continuara tocando la canción para ella sin que le lanzara un cruccio y llegó a la conclusión de que eran pocas, muy pocas. Mejor no arriesgarse.
Se armó de valor y tocó a la puerta suavemente, pero lo suficientemente fuerte como para que Malfoy se volviera hacia ella con expresión inescrutable. Sabía que él no podía distinguirla entre las sombras, pero aquello no le ponía menos nerviosa; era como si pudiera desnudarla tan solo con su mirada gris.
Se quedó ahí el tiempo suficiente para que el rubio guardara la guitarra en su funda y la escondiera tras uno de los pilares, después dio un paso adelante y carraspeó fingiendo seguridad.
- ¿Qué haces tú aquí? – fue el cordial saludo de Draco. Todavía no estaba muy seguro de si la Granger que tenía delante (en camisón) era producto de su imaginación enfermiza o se trataba de la real, así que no se levantó de la silla, pero tampoco optó por ignorarla. Simplemente se quedó ahí bebiéndosela con la mirada, maravillado y contrariado al mismo tiempo.
Hermione notó como la sangre se agolpaba en su cara y se aferró a la enorme chaqueta negra que Ron le había prestado una vez, que era lo único que llevaba sobre el camisón canela de algodón. Había ensayado más de mil veces lo que venía a continuación delante del espejo, pero ahora que lo tenía delante con el viento revolviéndole el pelo y la luna reflejada en sus ojos (azul y gris entremezclándose) apenas recordaba lo que debía decir.
- Yo… yo he… - al final suspiró, derrotada. – Feliz cumpleaños.
Está bien, con aquel último comentario había logrado captar toda su atención. No pudiendo aguantar más la presión de la marida del mago sobre ella, la castaña se agachó, dejó la cajita de terciopelo en el suelo y se dio la vuelta, saliendo por el mismo sitio por el que había entrado hacía escasos minutos.
Cobarde, cobarde, cobarde.
- Todavía no es cinco de junio. – respondió él secamente, haciéndose oír a través del marco de la puerta.
Entonces se escuchó una campanada, después otra y otra. Miró su reloj de pulsera y sonrió de medio lado.
- Sí que lo es. – la voz de Hermione llegó claramente hasta él desde las escaleras, más o menos a la misma altura en la que debería estar Crabble haciendo guardia. Los pasos de la prefecta se perdieron por el final del pasillo.
Draco se acercó hasta la caja y se inclinó para recogerla, pero en lugar de abrirla la guardó en el bolsillo de su túnica. Ya habría tiempo para materialismos más tarde, su mayor prioridad en aquellos momentos era llegar hasta su habitación y quemar aquella estúpida partitura porque, maldita sea, le había gustado a pesar de ser tan increíblemente… Longbottom. Sonrió por tan maravillosa ocurrencia (ninguna descripción mejor para esa paparrucha) y cogió la guitarra para colgársela del hombro.
¿La hora? las doce de la noche del cinco de junio.
¿La primera persona en acordarse de su cumpleaños? Hermione sangre sucia Granger.
Continuará
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Bienvenus, mis adorables lectorcillos. Hoy tocaba el saludo en francés, no me preguntéis porque; una tiene que renovarse. Como podéis comprobar he vuelto de una pieza de Italia y tengo una cosa que decir (varias, en realidad, pero lo reduciré): ¡que vivan los monumentos italianos! y los edificios, pinturas y esculturas también, claro.
Me lo he pasado tan bien allí como bien me lo he pasado escribiendo este capítulo 11. Espero que os haya gustado, éste sí ha sido el más largo hasta ahora (creo que os lo debía desde hace tiempo), supongo que Venezia me inspira. Es taaaan bonita, los que no la hayáis visto tenéis que ir. Sin coches, sin motos, sólo el olor del mar y máscaras para los carnavales. Poético, ¿verdad?
No voy a daros más la paliza, sólo me queda deciros que os agradezco muchísimo el haberme leído hasta ahora, sois unos soles, MIS soles, ya lo sabéis. Quiero comentarios con vuestras opiniones sobre este capítulo, ¿bueno, malo, regular? ;) todas son bienvenidas.
Y vosotros, los de siempre, ¡grazzie!: Nimue-Tarrazomaki-1988, pumuky, sanasakura, Fer Cornamenta, harrymaniatica, Iliath, Pixie tinkerbell, XX-Lee, Xgirl1, Jane Addams, unkatahe, brisa2006, Hermiwg, Amber Nixie, Alex de Malfoy, Lira Garbo, Dry ;), Conny-hp, Dakota-Malfoy, Juli -, oromalfoy, Isis, GaretClaus, Alevivancov, Princess of darkness, Ninny, naduu, Cielo azul V, Bella Becquer y Dark Ginny Malfoy.
Pido mil perdones por si he tardado demasiado, me he dejado a alguien o similares; esque últimamente ando un pelín despistadilla (o lo que es lo mismo, que estoy en mi mundo).
Y no penséis que me olvido de vosotros, los anónimos: sé que me leéis aunque no dejéis constancia de ello. De todas formas, os atreváis o no a dejar un review algún día gracias también por apoyarme en la distancia. Sois lectores al fin y al cabo.
Os espero en la próxima actualización, no me falléis.
Ear
PD: La canción que le da nombre a este capítulo y es cantada por Draco es (increíble pero cierto) si tú no estás aquí, de Rosana y podéis encontrarla en esta URL: http//www. youtube. com/ watch?v IHJTNCfCevw. Recordad, fuera espacios.
