Cuando Vegeta la dejó en la cama, en la cama de él, Bulma no pudo evitar sonreír. Nunca dormían únicamente entre esas sábanas. Y las acciones de Vegeta siempre resonaban más fuertes que sus palabras. Así que, tal vez, en lo futuro debería dejar de prestar atención a lo que él dijera.
Vegeta la cubrió con la sábana y miró intensamente su vientre. Lo veía casi intrigado, como si ya no odiara al pequeño que allí crecía. Ella pasó su mano por el vientre y Vegeta se vio interesado en el movimiento. El médico le había dicho que a partir de ese mes su vientre crecería y crecería. Y ella no podía esperar para ver, y sentir, eso. ¿Sería lo mismo para el padre?
—¿Quieres sentirlo? —preguntó con una sonrisa iluminándole el rostro.
Ella no esperó la respuesta del guerrero, tomó su mano y la colocó sobre su vientre abultado. Apenas comenzaba a notarse el embarazo… como si hubiera aumentado unas cuantas tallas.
Ese cambio en su cuerpo la asustaba al mismo tiempo que la emocionaba. No podía detener su mente de hacer cálculos y cábalas con respecto a todo: a la proyección del crecimiento de su panza, al crecimiento del bebé en ella; al aumento de la fuerza del pequeño mientras se movía… a lo complicado que podía resultar el parto de un guerrero híbrido, las posibles complicaciones de cualquier parto.
Pero, sintiendo la mano de Vegeta sobre las finas telas que ocultaban bastante bien su recién salido vientre; se sentía absorbiendo la fortaleza del sayajin. Se sentía como si pudiera vencer cualquier obstáculo por su hijo, teniendo al padre a su lado.
El bebé pateó de nuevo y, Bulma pudo decir, Vegeta se sorprendió ante el movimiento. Tensó todos sus músculos un segundo y la miró a la cara como buscando un rastro de dolor. Él separó un poco la mano de su vientre y la acercó de nuevo sin tener el valor de tocarla una vez más. Ella acortó los pocos milímetros que lo separaban de la panza mientras sonreía para demostrarle que no había habido dolor.
Sintió entonces la mano de Vegeta moverse sobre su panza, como si buscara sentir un nuevo movimiento, y segundos después, su toque comenzó a sentirse como una caricia. Ella le tomó la mano y la llevó bajo las sábanas, más cerca de su costado. Esta vez no soltó su mano mientras el pequeño Trunks la pateaba desde dentro.
Vegeta bajó la cabeza hacia dónde el bebé sólo había pateado. A Bulma le hubiera divertido ver a Vegeta sentir un reto de batalla ante una patada del bebé; pero la mirada que tenía en su rostro era todo lo contrario a la concentración que él mostraba ante una batalla. Tampoco podía decir que él tuviera un gesto "maravillado ante el milagro de la vida", pero su gesto era suave y transmitía una paz que pocas veces le había visto en el rostro.
Bulma lo besó de nuevo en la mejilla tomándolo por sorpresa una vez más. Cuando Vegeta no se apartó del contacto —como hacía un momento lo había hecho— se detuvo en su gesto, ella lo notó preocupado de nuevo. Tomó su rostro entre sus manos y lo miró a los ojos.
—Estamos bien. Tú, el bebé y yo, estamos bien.
Vegeta la besó en los labios, se separó del contacto y se acostó a su lado. Bulma se acomodó más cerca de su cuerpo, él pasó su brazo por encima de su cintura y reposó su mano justo sobre el bebé.
—¿Vegeta? —preguntó Bulma confundida cuando sintió el brazo del sayajin relajarse sobre ella.
Volteó al guerrero para verlo dormido así de rápido. Suspiró resignada al recordar que él no había salido de la habitación de gravedad en tantos días y cerró los ojos para intentar dormir. No sabía si lo lograría después de las emociones vividas; lo que sabía es que, esa noche, podría ser la primera en la que sólo durmiera bajo las sábanas de la cama de Vegeta.
Acarició el brazo de Vegeta distraídamente mientras se preguntaba hasta cuándo duraría esa paz recién conseguida.
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Aún bajo las cobijas de la cama de Vegeta, Bulma se estiró para tomar uno de los libros en ese cuarto y, al fin, saber qué leía el sayajin. Tomó el primero al alcance y sonrió al leer el contenido. Era una pequeña enciclopedia, en tres tomos; una versión resumida, la versión infantil. Pasó un par de páginas y encontró una nota que la llevó de vuelta a su infancia. Tights había hecho esa anotación para ella, mientras le explicaba el contenido. Sintió el brazo de Vegeta jalándola hasta pegarla a su cuerpo y de inmediato, ambos cuerpos desnudos, se acomodaron como si ese fuera el lugar que les correspondía.
—¿Qué haces? —preguntó él con voz somnolienta.
—Me pregunto si te quieres asimilar a la cultura terrícola —respondió sencillamente.
—Ni en broma —respondió él, de pronto, completamente despierto. Vio lo que ella tenía en las manos y comprendió de dónde había salido su pensamiento—. Sólo quiero entender de dónde salen sus estupideces —explicó.
—No creo que puedas lograrlo —dijo con sencillez—. Ni ellos mismos entienden sus propias estupideces la mitad del tiempo.
Él tronó la boca como si quisiera recordarle que ella era parte de esos mismos terrícolas.
—¿Sólo la mitad? —respondió él con sarcasmo.
Bulma sonrió y abrió la boca para responder, pero fue su estómago lo que hizo el primer ruido. Un segundo ruido de hambre hizo eco al primero, éste era de Vegeta. Bulma volteó en derredor, como buscando al culpable de aquel ruido.
—¿Hacia dónde estás viendo? —soltó Vegeta ligeramente exasperado—. Sólo estamos nosotros.
—No quiero salir de la cama —dijo Bulma con un puchero.
—Eres muy demandante, mujer —dijo Vegeta de mal humor mientras se separaba de ella.
Vegeta se puso los pantalones de entrenamiento y salió de la cama. Bulma se tiró de espaldas en la cama y suspiró; ahora que el sayajin se había alejado de su cuerpo, ya no tenía importancia si se quedaba en cama o no. Se sentó en la cama para levantarse justo cuando sintió vértigo y que el mundo completo se movía. Un segundo después se dio cuenta que la cama era lo único que lo hacía.
Asomó la cabeza por el lado de la cama y vio a Vegeta cargando ésta. La sensación aquella de mariposas en su estómago se hizo presente en sus entrañas de inmediato y no pudo evitar sonreír; tampoco pudo evitar provocar al príncipe.
—Vegeta, si quieres lucirte conmigo, sólo tienes que cargarme a mí y a la cobija hasta la cocina.
El príncipe la premió como sólo él sabía hacer: se sonrojó profundamente. Ella estiró los brazos hacia el guerrero.
Vegeta dejó caer la cama y, con el brazo que tenía libre, la recibió en brazos antes que callera al colchón. La cubrió con la cobija y ella lo abrazó por el cuello. Se acercó y lo besó en los labios. Él profundizó el beso de inmediato y sus estómagos demandaron comida una vez más. Ambos gruñeron a sus estómagos.
Vegeta la llevó hasta la cocina y, delicadamente, la dejó frente a la nevera; ella rodeó su cuerpo con la cobija y se preparó a sentir el frío del aparato cuando lo abriera. De allí sacó la soda y la puso sobre la mesa de la cocina mientras buscaba que más comer… todo lo que allí veía tenía que ser procesado.
Vegeta fue a la mesa de la cocina, tomó la botella de soda y así de rápido la abrió y la tiró al fregadero.
—Hey —se quejó Bulma.
—Esa cosa sabe horrible, ese niño no va a beberlo.
—Pero no quiero cocinar —dijo ella en franco berrinche.
Vegeta la cargó hasta sentarla en la mesa de la cocina, se separó de ella un segundo en lo que fue por un par de las frutas exhibidas al centro de la mesa y le ofreció una manzana. Él se quedó con otra.
Saludable y rápido… Meh. Bulma no podía ganarle al guerrero cuando él se decidía por algo.
Mordió la manzana con avidez. Mientras masticaba la fruta, vio a Vegeta hacer lo mismo; él estaba a dos brazos de distancia, viéndola como si la analizara. Ella estiró la mano en dirección al guerrero. Él se acercó y Bulma aprovechó la cercanía para abrazarlo. Lo sintió removerse incómodo al contacto.
—Se siente bien estar así —dijo ella para tranquilizarlo.
Vegeta carraspeó ante el comentario.
—Vegeta, ¿qué te pasa? ¿No me vas a responder con un comentario sarcástico? —provocó ella.
Vegeta fue por los brazos que lo rodeaban y se apartó del abrazo. Sin liberar sus brazos, acercó la manzana de la que ella comía a sus labios, le dio una mordida a la fruta arrancando un pedazo y besó a la mujer mientras así la alimentaba.
Entre morder la manzana, besar a Vegeta y no confundir qué hacerle a quién, Bulma tenía la mente puesta en Vegeta únicamente. Sintió las manos del príncipe tocarla bajo la cobija y pegarla a su cuerpo. En tres caricias, ella estaba lista para seguir lo que habían dejado pendiente en la habitación. Le envolvió la cadera con las piernas, invitándolo a seguir justo allí.
Vegeta rompió el beso agresivamente, la apartó y la cargó de nuevo.
—Quería hacerlo en la cocina —se quejó Bulma.
Pero Vegeta no respondió más que con un gruñido y siguió caminando.
La llevó de vuelta a la habitación, la sentó en la cama y… la enfundó en el vestido que le había quitado la noche anterior.
Bulma se quedó viendo al sayajin completamente perpleja.
—¿Bulma? —sonó la voz de Yamcha, claramente buscándola.
Bulma se levantó de la cama, se acomodó el vestido en su lugar y siguió a Vegeta mientras éste salía de su habitación apresurado. Segundos después apareció Yamcha por el recodo del pasillo. Él lucía mejor que nunca con el cabello corto y mostrando con orgullo la cicatriz en su rostro. Bulma suspiró al verlo, mas no por deseo o alivio. Su presencia sólo le había recordado una carta donde —de alguna manera— le proponía matrimonio. Vegeta se recargó en la pared del pasillo y cruzó los brazos al frente. La miró con una queja implícita… como si ella tuviera la culpa de que Yamcha hubiera aparecido.
—Aquí estás —dijo emocionado Yamcha en cuanto la vio—… y también está Vegeta —terminó decepcionado.
—Lárgate, insecto —soltó Vegeta de inmediato.
—No te he venido a ver a ti —dijo Yamcha sonando tranquilo por primera vez mientras se enfrentaba a Vegeta.
—Estás interrumpiendo algo, sabandija.
—He venido a hablar con Bulma, Vegeta, no contigo.
Bulma se tuvo que preguntar qué clase de entrenamiento había recibido Yamcha para poder tratar con Vegeta sin gritos o insultos, más bien casi ecuánime. Yamcha le sonrió a ella como sólo él sabía hacer y respiró profundamente. Como ella también solía hacer, cobraba valor con una inspiración.
—Vengo por tu respuesta, Bulma —dijo ampliando su sonrisa.
Fue el turno de ella para respirar profundamente.
—Yamcha, voy a tener un hijo pronto —soltó con más valor del que sentía.
La sonrisa de Yamcha se ensanchó y su rostro se iluminó. Bulma sabía que Yamcha estaba creyendo que lo perdonaba y que aceptaba su propuesta; sabía que Yamcha había entendido una vez más lo que a él y sólo a él le convenía. Lo más seguro era que Yamcha creyera que le demandaba tener un hijo de inmediato tras la boda que creía sucedería. Tendría que aclarar el malentendido de inmediato.
—Y es el hijo de Vegeta —terminó.
La felicidad que el rostro de Yamcha había mostrado desapareció de inmediato. Él se quedó congelado en ese lugar por segundos completos.
—No te creo —dijo al fin—. ¿Cómo pudiste? ¿Me engañaste con ese… con ese… vulgar ladrón espacial!
Bulma ya había insultado muchas veces a Vegeta, mientras no había estado durante el embarazo, cuando se había alejado de ella y cuando le había dicho que la quería muerta, como para soportar más insultos hacia él.
—Este vulgar ladrón espacial es mejor que tú… en todo — respondió Vegeta.
Bulma tuvo que tragarse una risa. El macho alfa no tenía la menor idea de cuánta razón llevaba con ese comentario. Ella misma sabía que estaba haciendo una mueca rara mientras apretaba los labios para no reírse. Cuando Yamcha la miró con recriminación, ella dejó de sentir la necesidad de reírse del comentario. Él, silenciosamente, le demandaba una explicación.
—Yo terminé contigo, Yamcha. No te engañé. Tu carta… la escribiste con el corazón en la mano, puedo decirlo. Pero como si no hubieras escuchado mis palabras. Yamcha, eso no fue un pleito; rompimos. Para mí fue definitivo.
—Pero yo no lo acepté —espetó Yamcha—. Y no lo voy a aceptar. ¡Nunca voy a aceptar que estés con ese asesino! Terminas conmigo por un desliz con otra chica y te metes con alguien para vengarte; eso lo entiendo. Lo que no entiendo es que te hayas metido con este que te va a matar. ¡Estás mal de la cabeza!
—Ella está mal de la cabeza —terció Vegeta con naturalidad—. Lo supe después que me perdonara por violarla —dijo a Yamcha, quien se quedó con la rabia atorada en la garganta. Bulma se quedó con la boca abierta ante el descaro del simio ese—; eso dice mucho de lo que tú le hiciste. Sabandija.
—¡Te voy a matar! —gruñó Yamcha.
—¿Por esta mujer? —dijo Vegeta con arrogancia y burla—. Ya no es tu derecho —afirmó tajantemente.
—La voy a proteger hasta que me muera, y ella deje de revivirme —dijo él en un grito.
—¿Sabes qué, Vegeta? —dijo Bulma controlando la indignación que la mención de la violación le había causado, y sólo por los siguientes comentarios del simio—. Por primera vez tienes razón en algo.
—¿Por primera vez? —preguntó arrogantemente y con una ceja levantada.
—Sí, el resto del tiempo sólo ladras órdenes.
—Eso es porque no entiendes de otra forma —respondió Vegeta con sencillez.
—Tal vez he pasado demasiado tiempo a tu alrededor —soltó con un inocente sarcasmo.
Vegeta se vio herido de inmediato. Bufó indignado y se volteó para irse. Bulma se dio cuenta del error que había cometido al decir eso. Al parecer las lecturas del sayajin aún no llegaban a la parte del sarcasmo inocente… no había pasado página de la lección de sarcasmo hiriente. Bulma llamó a Vegeta antes que pudiera marcharse, se acercó a él y se detuvo a un paso de su espalda.
—Vegeta, voy a abrazarte —cuando él no se movió, Bulma hizo justo lo que había anunciado mientras ponderaba cientos de variables al mismo tiempo; sabiendo que Yamcha estaba viendo.
Bulma había recibido un regalo de Vegeta; tal vez él se hubiera dado cuenta de ello, tal vez no. Pero él se había detenido cuando lo había llamado; se había quedado para un abrazo en cuanto ella lo había anunciado, había cedido algo de ese poder del que siempre hacía gala; y todo frente a Yamcha, alguien con el que se había peleado casi cada día que había convivido con él. Y ella quería darle un regalo a cambio: devolverle el poder que había cedido y darle el poder sobre ella que nunca le había entregado a Yamcha. Tal vez él jamás se enterara de esto último, pero Yamcha lo sabría; y actuaría en consecuencia. Todo, sin herir el orgullo o la arrogancia del príncipe, guerrero, sayajin, conquistador, destructor de planetas y padre de su hijo.
—No me refería a que no quisiera estar contigo; sino a que tú haces lo mismo. Me dijiste que sólo entiendo a gritos, yo respondí que tú eres igual. Ahora, quieres saber porqué tienes la razón, ¿o no?
Vegeta no contestó pero su silencio hablaba a gritos. Esperaba la respuesta o se habría librado del abrazo hacía tiempo.
—Ahora y siempre, es sólo tuyo el derecho de pelear y matar por mí.
Vegeta se liberó del abrazo usando su fuerza con delicadeza y volteó a ella. Bulma sonrió al sentirlo buscando una mentira o una burla en sus ojos. Entonces la besó, frente a Yamcha, como si la marcara como su propiedad.
Y ella devolvió el gesto, marcándolo como suyo también.
FIN
