Un funeral de muerte

La casa estaba a rebosar de gente. La mitad de la población mágica se había reunido en la vivienda del señor Cayado. Algunos asistentes habían venido acompañados de sus esclavos personales, pero la mayoría había prescindido de ellos.

Había demasiados supremacistas en ese corrillo de invitados como para que cualquiera de ellas se sintiera cómoda, así que, aunque Estela y las demás iban vestidas con unos sencillos trajes negros, decidieron mantenerse en silencio y bastante alejadas de la zona de peligro.

Daniel estaba sentado en una silla, solo y con la cabeza gacha. Los pies le colgaban del asiento.

—Mis condolencias, señor Cayado…

Esa era la frase más repetida en aquella reunión. Por la cercanía que demostraban algunos de los asistentes, también era fácil deducir que se trataba de parientes, más o menos cercanos, tanto de Marta como de Cristian.

Una mujer en la que no había reparado antes, de unos apretados cuarenta años, puede que más, se aproximó a Cristian y lo abrazó de forma pegajosa. Él le devolvió el gesto con frialdad, pero ella se demoró lo suyo en apartarse, como si estuviera marcando territorio.

Llevaba una túnica negra con un escote muy indiscreto y tacones de aguja. Tenía el aspecto de quien en sus tiempos de gloria había sido toda una belleza, pero ahora luchaba por mantener a raya las huellas de la edad. Tenía el cabello rubio recogido debajo de una pamela con una redecilla, y su voluminoso busto atraía la mirada de los allí presentes cada vez que contoneaba las caderas. Miraba a todo el mundo con descaro, y no hacía más que repartir órdenes, como si en ausencia de Marta ella tuviera todo el derecho a actuar como si fuera la señora de la casa. Todo en ella resultaba insolente, violento y al mismo tiempo, misteriosamente sensual. Hasta su forma de caminar.

Estela sintió un rechazo instintivo. Aquella mujer era peligrosa y las excesivas atenciones que depositaba en Cristian no parecían fruto de la cortesía.

Lo había invitado a tomar un té como unas tres veces desde que había llegado y Estela estaba convencida de que sus intenciones no eran honestas.

—Esa mujer no me inspira confianza —le susurró Estela a Cisne y a Esmeralda, que también habían advertido aquel inquietante comportamiento.

—Sí, a nosotras tampoco. Lo mira como una loba —comentó Cisne, al tiempo que arrugaba la nariz—. Debe llevarle como veinte años…. ¿os habéis fijado en cómo trata a sus esclavos? A uno de ellos lo cogió del cuello por traer el té demasiado caliente. Menuda arpía…

—Parece una bruja poderosa…todos se encogen cada vez que se acerca. ¿Os habéis fijado? —Esmeralda también se mostró preocupada.

—¿Habéis visto ese tatuaje? Debe ser miembro de la Unión Antimuggle —dedujo Estela. El tal Tobías también lo llevaba—. Será mejor mantenerse a distancia.

Al cabo de un rato aparecieron dos invitados más… el señor Avalos y Luciano Calanegra.

«Maldición» pensó Estela, repentinamente asustada. No había previsto aquella situación.

Tenía que escabullirse como fuera.

—¿Qué haces? —le preguntó Tulipán, al ver su reacción.

—¿Me cubres mientas regreso al dormitorio?

—Pero…tenemos que quedarnos aquí. Luego tendremos que ayudar a Lubi a llevar las bandejas de comida. Y no deberías dejar solo a Daniel. Está muy triste.

—Por favor, Tulip —le imploró. Ellas no sabían lo que había hecho un par de días atrás y no podía decirles por qué no podía permanecer allí—. Es importante. Ya sabes… —Se señaló el bajo vientre, y Tulip puso los ojos en blanco.

Al final, meneó la cabeza en señal de comprensión, y accedió.

—Deberías tomarte la misma poción que nosotras…no tendrías que volver a preocuparte por eso.

—Sabes que no me fío de esas cosas…. lo mismo me salen coágulos en el cerebro —dijo Estela, antes de darle las gracias y salir escopeteada hacia la puerta del salón.

Si no se hubiera aplicado la crema que le había regalado el señor Cayado, quizás incluso hubiera conseguido pasar desapercibida. Era como llevar un antifaz a tiempo completo. El señor Avalos solo la había visto cuando no llevaba la marca de nacimiento. Pero si la veía allí, podían ocurrir dos cosas. Que pensara que era Viviana Silbán, o, en el peor de los casos, que se acordase de quién era realmente al verla en casa del señor Cayado.

Además, cuando llegara el momento de repartir la comida entre los asistentes, Estela no podría seguir ocultándose. Si Luciano se enteraba de que en realidad era una esclava muggle, aquel funeral pasaría a ser el suyo. No parecía ser de esa clase de personas que aceptaban una humillación pública sin hacer nada al respecto.

Y hasta ella reconocía que igual se había pasado un poco con el numerito de Viviana.

Al menos había tenido el tino de llevar el cabello recogido, y su ropa era mucho más discreta.

Era un momento demasiado delicado como para arriesgarse a que ocurriera algo así.

La broma le iba a salir demasiado cara.

Enfiló el corredor a toda velocidad y justo cuando estaba a punto de entrar por uno de los túneles reservados a la servidumbre, se chocó con un joven que iba vestido con un sencillo saquito de tela, de color oscuro. Llevaba una bandeja con varias copas, pero con un movimiento muy grácil, consiguió mantenerlas en equilibrio.

—¡Ay! ¡Ha faltado poco! ¿Eh? —comentó él, con una sonrisa—. Menos mal que tengo experiencia. Ni Spiderman podría haber evitado el desastre, eso seguro.

—¿Eres…? —empezó ella, dubitativa.

—Un no-mago, sí. Tú también ¿no? Si fueras bruja, ya me habrías dejado tieso.

—Acertaste —reconoció. El camarero tenía una poderosa nariz aguileña y llevaba el cabello muy corto, un poco pinchón. Estaba muy delgado y el bronceado natural de su piel parecía desvaído. Como si el sol no lo hubiera tocado en una buena temporada.

Unas ojeras violáceas afeaban su rostro, que por lo demás, resultaba bastante agradable. Tenía una expresión muy amable en sus ojos castaños.

—¿Quién es tu amo?

—Trabajo en casa de los Noriega-Casado. Mi amo es sanador en el mismo hospital que el señor Cayado. Y sí, le hacen falta unas clases de «cómo vestir a tu criado para que no parezca una salchicha andante» ¿Y el tuyo quién es?

—El señor Cayado…

—Ah, bueno, eso nos convierte en «compañeros de armas» ¿eh? —Estela soltó una breve carcajada.

Bueno, aunque pareciera increíble aquel chico todavía mantenía su sentido del humor intacto.

—¿Cómo te llamas?

—Soy el único e incomparable…Fermín. Antes era mago. Bueno, ilusionista. Podía llenar auditorios con un chasquido de dedos. Y ahora… me limito a entretener a los cuatro hijos de los Casado-Noriega y a llevar y traer bebidas. Ay, Señor, llévame pronto —se lamentó, de forma melodramática—. La magia era mucho más bonita cuando no era real ¿verdad? Tantos años de práctica para esto…

Estela dejó escapar una risita y se presentó.

—Cierto. Yo soy Estela…pero, por desgracia, no era interesante antes y sigo sin serlo ahora. Estoy viva, estoy entera…y con eso me conformo—dijo—. Que no es poco, dadas las circunstancias.

—Oh, seguro que no es para tanto. No seas tan dura contigo misma…. ellos ya se encargarán de eso, créeme. En fin, me alegro de conocerte, Estela. Espero que sigas viva y entera, y que nos volvamos a ver. Tengo que llevar esto antes de que mis amos decidan que me sobra algún brazo —dijo, y volvió a colocar la bandeja a la altura de su hombro.

—¿Cómo lo haces para mantener el sentido del humor? —le preguntó Estela, intrigada.

—Bueno, es lo único que me ha mantenido con vida…te sorprenderías de la cantidad de veces que he evitado que me castigaran solo contando chistes. Ser un maestro de la distracción tiene sus ventajas…ellos tienen su magia, y yo tengo la mía.

Ella se lo quedó mirando, con el ceño fruncido.

—Sí, mira. Solo tenemos que cambiar un poco nuestros chistes y a ellos les encantan. En plan… Este es un muggle que se encuentra con otro y le pregunta ¿a dónde vas, Pepe? Él le contesta, pues a por el abono, para las fresas. Pero, Pepe, ¿por qué no te las comes con nata, como hace todo el mundo? —Acto seguido, se rio de su propio chiste, y enfiló el camino que lo separaba del salón a buen paso y silbando.

Vaya, ese Fermín sí que era único e incomparable. Todo un ejemplo de superación.

Estela se refugió en la soledad del dormitorio, se dejó caer sobre la cama y enterró el rostro entre las manos.

No sabía cuánto tiempo se quedarían Eusebio Avalos y Luciano Calanegra, pero esperaba que no demasiado. No podría esconderse eternamente.

Después de una hora, Lubi fue a buscarla. No parecía muy contenta.

—Esclava Estela, el señorito Daniel pregunta por usted. Deje de holgazanear y sígame hasta el salón.

—Espera Lubi, tú no entiendes…

La elfina hizo caso omiso de sus súplicas y se apareció con ella en el centro de la sala.

Su repentina entrada en escena atrajo la atención de algunos invitados, y Estela estuvo a punto de desmayarse de la vergüenza.

¿Por qué no podría haberse quedado donde estaba?

A veces el remedio era peor que la enfermedad. Antes al menos podría haber hecho mutis por el foro de vez en cuando sin llamar la atención, pero ya era tarde.

—¡Por Merlín! ¡Viviana Silbán, dichosos los ojos que te ven! —La exclamación de Luciano se escuchó como una campanada.

Menos mal que las chicas no podían verlos desde aquella esquina del salón.

El señor Cayado estaba hablando con Luciano con el señor Avalos, con la bruja de aspecto insolente, y con una pareja de ancianos a los que no había visto antes.

Una oleada de terror se apoderó de ella al sentir la mirada de los asistentes sobre ella.

«Vale Estela, estás de suerte, va a ser una muerte rápida. No montarán un espectáculo en el funeral de un amigo»

—Mujer, acércate, no seas tímida —le pidió Luciano con una cálida sonrisa.

Ella tragó saliva, y se acercó, pálida como un muerto.

El señor Cayado parecía desconcertado, pero guardó un respetuoso silencio mientras se desarrollaba aquella reunión tan particular.

Menudo dominio de sí mismo que debía tener…eso, o simplemente quería ahorrarse una situación incómoda más.

Luciano tiró de ella, cogió una copa de una bandeja que pasaba flotando junto a ellos y se la puso en la mano.

—No sabía que también conocías al señor Cayado…padre, madre, ella es…

—¡Oh! La bruja de buena familia a la que conociste en el Circo —dijo la anciana, en lo que parecía un intento de mostrarse amable y sorprendida—. ¡Qué ilusión! Luciano nos ha hablado mucho de ti… ¿tus padres están por aquí? Nos encantaría conocerlos…

El señor Cayado seguía en silencio, pero no le quitaba los ojos de encima. No había tardado en darse cuenta de lo que sucedía.

—Sí…Viviana Silbán es una vieja amiga. Sus padres no han podido acudir. Una lástima, son unas personas maravillosas —dijo, de pronto. Si era posible morir de agradecimiento, Estela estaba muy cerca en aquellos momentos. Menos mal que era un hombre listo. De lo contrario, la habría echado a los lobos sin darse cuenta. Acababa de salvarle la vida.

—Ah…—dijo la bruja insolente, mirándola de arriba abajo, con desprecio—. ¿No me digas? Pues yo no la conozco. ¿Silbán? ¿Qué clase de apellido es ese?

—Oh, Viviana, casi olvido mis modales. Te presento a Medea Piedelobo —dijo el señor Cayado—. Es mi prima segunda. Tiene un sentido del humor peculiar, así que no te lo tomes a mal…es que ella es así.

El señor Cayado se mostraba bastante entero, aunque Estela podía percibir su tristeza y su cansancio. Sus ojos verdes estaban muy apagados. Como si hubieran perdido su último destello de luz con la muerte de Marta. Su voz era dura y desapasionada.

—Es…un placer —dijo, intentando tragarse el desagrado que le inspiraba aquella mujer.

—Nunca he oído hablar de los Silbán…—insistió ella, recelosa—. ¿Son simpatizantes de la causa?

—Es que no somos de por aquí, mi familia vive en Roca Dragón, una villa oculta en los Pirineos —se defendió ella, con aplomo. El señor Cayado contuvo una risita con dificultad—. Y no quedamos muchos. Pero sí, somos simpatizantes…eso ni se cuestiona—dijo, con altanería. Su mentira sonaba tan convincente, que nadie puso en duda sus palabras.

Tenía que solidarizarse con su propio personaje. Era cuestión de vida o muerte.

—¿Estudiaste en la Escuela de Magia y Hechicería de San Brendan, en las Canarias? —preguntó Luciano, intrigado—. O ¿en Beauxbatons?

Estela no sabía de qué le hablaban y el señor Cayado negó de forma casi imperceptible. Había oído algo sobre un tal Hogwarts…pero no lo conocía lo suficiente como para marcarse un buen farol.

—Eh…no, mis padres contrataron a un profesor privado. No querían que me juntara con sangre sucia ni hijos de muggles. No querían correr riesgos —dijo. El señor Cayado alzó una ceja, impresionado por el tamaño de aquella mentira, y una diminuta sonrisa asomó por la comisura de sus labios.

¿Encontraba divertida aquella situación? No lo podía creer.

Mientras hablaban, Daniel se aproximó a ellos a la carrera y cogió a Estela de la mano. Ella casi derramó el contenido de la copa.

—Estela, ¿me acompañas afuera? —le preguntó, con los ojos llorosos.

Luciano y los demás fruncieron el ceño.

—¿Estela?

—Es mi…segundo nombre. Por mi difunta abuela, que en paz descanse. A Daniel le gusta llamarme así.

—No sabía que tuvierais una relación tan cercana —comentó Medea, molesta. Cualquiera diría que hasta se sentía amenazada.

—No tengo por qué contártelo todo —contestó el señor Cayado.

Luciano y sus padres parecían disgustados por lo que acababan de presenciar.

—Ahora no, Daniel. Los mayores estamos hablando. Luego saldrá a dar un paseo contigo ¿de acuerdo?

El niño asintió y miró a Medea con cara de pocos amigos.

Parecía que la mujer le gustaba tan poco como a Estela.

—Y… ¿cómo os conocisteis? —La madre de Luciano tenía pinta de ser experta en realizar el tercer grado. Miró a Cristian y a Estela de forma alternativa. De alguna forma había notado la complicidad que existía entre ambos y seguramente la había malinterpretado.

Luciano alargó una mano y la colocó sobre su cadera, como diciendo «no me la vas a levantar, Cayado, no importa que tú la hayas visto antes».

No, si al final iba a acabar provocando un conflicto diplomático…

Si Puck hubiera estado allí, habría tenido a mano algún comentario la mar de salado para endulzar la situación.

La riada de mentiras continuó durante un buen rato, y Cristian y ella se coordinaron a las mil maravillas.

Hasta parecía que se lo estaba pasando bien con aquella improvisada obra de teatro.

Jamás lo habría imaginado.

Antes de despedirse, los padres de Luciano insistieron una vez más en conocer a los padres de Viviana Silbán y ella dijo que hablaría con ellos en cuanto los volviera a ver…que estaban celebrando sus bodas de plata en Egipto.

Otra mentira más. Ya le estaba cogiendo el truco al personaje…

El señor Avalos se marchó poco después, y solo Medea insistió en permanecer pegada a Cristian como una lapa. No quería dejarlo a solas con Estela, eso se veía a la legua.

—Mmmm Medea ¿dónde está su marido? Aún no me lo ha presentado —aventuró Estela. El señor Cayado le hizo un gesto extraño con la mano y formó una palabra con los labios.

«Cállate»

—Oh, querido ¿no se lo has contado? —miró a Cristian con cara de pocos amigos. Estaba que echaba chispas—. He enviudado tres veces seguidas. ¿Te lo puedes creer? Menos mal que todos mis maridos tenían una fortuna considerable…si no, mi economía se habría resentido mucho. Claro, que todo tiene sus ventajas…vuelvo a estar disponible —dijo, y le lanzó una mirada lánguida al señor Cayado que resultaba muy difícil de ignorar.

Él se hizo el sueco y carraspeó, incómodo.

Medea le acarició un brazo y añadió:

—Confío en que pronto me invitarás a pasar un agradable rato en familia ¿verdad? Me gustaría pasar más tiempo con Daniel. Necesita una madre, Cristian. Y tú no deberías pasar tanto tiempo solo… me niego a dejarte en compañía de tus esclavas muggles. Podrían acusarte de mantener…relaciones antinaturales. Y eso no te conviene, cariño.

—Yo no me preocuparía por eso…—comentó el señor Cayado, colorado como un tomate. Medea estaba tan pegada a él, que hasta Estela percibió su incomodidad.

—Insisto. —Y tras dirigirle una mirada envenenada a Estela, le plantó un sonoro beso en la comisura de los labios y se restregó contra él en un abrazo muy sugerente—. No es ninguna molestia.

—Gracias, Medea. Pero ahora solo quiero…descansar. Lo de Marta ha sido un golpe muy duro y voy a necesitar tiempo para recuperarme.

Ella resopló.

—Lo superarás, créeme. Te lo digo por experiencia. Y espero estar ahí para ayudarte —dijo, con un contoneo de caderas, antes de desparecerse.

El señor Cayado miró a Estela durante un buen rato, como si la estuviera evaluando.

—Bueno, creo que…subiré a acostar a Daniel.

—Sí, deberías hacerlo —dijo él, con sorna—…Viviana Silbán.

—Es que…—intentó explicarse ella. Él sonrió, divertido.

Bueno, al menos había conseguido sacarle una sonrisa. No le gustaba verlo tan triste.

—No hace falta que digas nada. Pobre Luciano, se ve que está ilusionado.

—No esperaba volverlo a ver…fue una idea terrible. Cuando se entere, me matará.

—Si no se muere antes del disgusto —comentó, con una sonrisa burlona—. Lo has hecho bien. Hasta yo me lo habría tragado. Aun así, deberías tener cuidado. O para quitártelo de encima tendré que decir que estamos saliendo juntos y eso podría salirle muy caro a mi hospital. Su familia ha invertido mucho dinero en nuestras investigaciones. Pero no te preocupes, por el momento estás a salvo. Quizá sea hora de que dejes de utilizar la crema que te regalé…si Medea te ve, me va a resultar difícil explicarle qué haces aquí tan a menudo. Con tu marca de nacimiento será poco probable que te reconozca. Siempre se ha centrado más en sí misma que en los demás…algo me dice que a partir de ahora, la veréis mucho por aquí. Es muy pegajosa.

—¿Es cierto que sus últimos maridos fallecieron? Quiero decir… ¿sus muertes fueron accidentales?

—Tengo mis dudas…pero será mejor no preguntarle al respecto. No es una mujer fácil. Es peligrosa. Ya has visto su tatuaje.

—Sí…

—Será mejor no llevarle la contraria.

Estela llevó a la cama a Daniel, le dio un beso de buenas noches, y enfiló el corredor, pensativa.

El niño no entendía muy bien lo que había pasado, pero después de lo de Rosita, al menos no habían tenido que explicarle demasiadas cosas.

Solo había un problema. Daniel no había vuelto a hacer magia desde lo que había ocurrido la primera vez. Parecía haber desarrollado un miedo instintivo a sus propios poderes, porque no quería que se repitiera lo de la explosión. Tendría que hablar con él en algún momento…había oído que reprimir la magia podía ser muy peligroso y temía que Daniel hubiera quedado traumatizado por su culpa.

Cuando estaba a punto de llegar a su dormitorio, Lubi se apareció delante de ella.

—Esclava Estela, el amo desea que se reúna con él en su habitación.

—¿Te ha dicho por qué? —Ella negó con la cabeza.

Estela no tenía ni la más remota idea de por qué quería verla. Después de lo que había ocurrido en el salón, seguramente se sentía un poco molesto. Era la tercera vez que lo importunaba.

Llamó a la puerta y la abrió lentamente.

El señor Cayado estaba tumbado en la cama. Ya se había puesto el pijama.

—Lubi me dijo que querías verme…—empezó ella, nerviosa.

—Sí —dijo él, por toda respuesta—. Cierra la puerta.

Ella obedeció y se quedó de pie.

—Quería…pedirte un favor. Te va a sonar un poco raro, pero…

—Sí, claro… ¿qué puedo hacer por ti?

—¿Podrías…dormir conmigo esta noche? —Estela abrió mucho los ojos. Se esperaba de todo, menos eso—. No te asustes, solo quiero dormir acompañado. Lo de Marta…simplemente necesito tener a alguien cerca. Y no me hables de Cisne o Esmeralda. Mi relación con ellas estrictamente sexual. Solo necesito compañía…y contigo no me siento culpable. Me encuentro cómodo en tu presencia. Claro que, entiendo que no quieras…no tengo ningún derecho a pedirte que te quedes conmigo.

Estela sintió una pena repentina. Debía de resultarle muy difícil pedirle algo así, y por eso sabía que de verdad lo necesitaba.

Debía sentirse terriblemente solo.

Aunque, a decir verdad, no era el único. Solo que ella jamás se habría atrevido a pedirle que durmiera con ella para mitigar el vacío que sentía.

Cisne y Esmeralda no la dejarían en paz después de aquello. A ver cómo les explicaba que no habían hecho otra cosa, aparte de dormir. Tendría que inventarse algo.

—Si crees que eso puede ayudarte…—dijo ella.

Cristian no estaba en su mejor momento emocional.

Inestable…. confuso, era difícil saberlo. Pero algo le pasaba, eso estaba claro.

Se acercó a la cama, y aunque la sola idea de dormir con él la ponía muy nerviosa, accedió.

Se tumbó sobre el colchón. Estaba muy mullido, y las sábanas eran suaves y de buena calidad. Él le rodeó la cintura con un brazo y ella sintió un leve escalofrío. Cristian dejó descansar la cabeza sobre su hombro y ella pudo sentir su respiración sobre el cuello, cálida y pausada.

El corazón de Estela latía a mil por hora. Su olor y el calor que desprendía su cuerpo amenazaron con abrumarla. Se sentía un poco mareada…

—Gracias, Estela —dijo, y la estrechó un poco más fuerte.

Ella casi no se movió. Estaba demasiado conmocionada como para decir nada. Sentía unas extrañas cosquillas en la boca del estómago y la sangre zumbaba en sus oídos como un enjambre de abejas.

Se sentía como si fuera el peluche de la familia. Aquello era surrealista del todo.

Las cadenas emocionales que sentía se tensaron otra vez. Algún día llegarían a aprisionarla tan fuerte que acabarían por asfixiarla.

Estaba segura de que aquella noche, el único que dormiría sería Cristian.

Ella no podría pegar ojo.