Disclaimer: Los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es mía.


PRIMERA PARTE:

MUERTE.

ESE MOMENTO EN EL QUE TU VIDA ESTÁ TAN VACÍA QUE SE SIENTE COMO LA MUERTE MISMA.


Capítulo 10

Bella's POV

Corro, corro como si mi vida dependiera de ello, y en realidad así es.

Mis tenis apenas tocan el asfalto mientras cruzo todo el patio en dirección a mi edificio en medio de la noche, el pecho me duele con cada respiración como si mis pulmones se estuvieran quemando en vida y trató de tomar bocanadas de aire que apenas logran entrar en mi sistema.

Llego a la puerta y la cruzo empujando a un par de chicas que se encuentran en ella, me gritan improperios como respuesta, los cuales se pierden en la distancia a medida que me alejo. Subo las escaleras de dos en dos, tratando de no resbalar, y en el instante en que mis pies tocan el pasillo, prácticamente vuelo hasta llegar a mi celda.

Miro hacia todos lados pero es obvio que no aparecerá un arma por arte de magia y las cosas que tengo en mi celda no son muy amenazantes. Me acerco a la mesita de noche, esculco entre el cajón y revuelvo todo lo que está sobre la mesa, no hay más que la caja de cigarrillos que compré ayer e infinidad de papeles y cosas inútiles. Cuando no encuentro nada que pueda usar como arma, pienso en salir de la celda y continuar corriendo, pero de igual forma no puedo huir de por vida y no tengo otro lugar realmente seguro a donde ir.

Piensa, Isabella, piensa...

Si no puedo atacar y tampoco me puedo defender, solo queda una opción: distracción.

Estiro el brazo y tomo mi almohada, una idea más que estúpida formándose en mi cabeza, pero es lo único que se me ocurre en este momento. Antes de que siquiera pueda organizar mis pensamientos, siento los pasos acercándose. No le doy la oportunidad de atacar, solo me giro con toda la fuerza que me es posible y la golpeo en la cara con la almohada. Escucho el gruñido que lanza por el impacto mientras el sonido de la navaja resuena cuando cae al suelo. Me arrojo y la tomo, aunque no logro levantarme a tiempo y ella me patea en el estómago haciéndome sisear de dolor. El golpe y la droga la tienen un poco desorientada, así que después de patearme se tambalea un poco y aprovecho la ocasión para empujarla con mi pie. Trastabilla pero no se cae, aunque ese momento de distracción me permite levantarme. Ella se recupera rápido y no logro escapar, así que ahora estoy siendo arrinconada contra la pared. La tengo prácticamente encima, su cuerpo irradia un calor asfixiante y la ira hierve en su mirada. Mi corazón late como el de un caballo de carreras, estoy asustada y no sé qué hacer para salir de este problema.

No pienso, solo siento como la hoja de la navaja entra.

Suelto el aire mientras percibo como atraviesa la carne, es más suave de lo que pensé, el filoso objeto pasa a través de ella como si cortara un pastel y noto como un líquido caliente y espeso escurre por entre mis dedos, pero no miro porque no quiero ver el color rojo manchando mi mano. Solo puedo mirar sus ojos. Están apagados, veo como el brillo se extingue de esos ojos azules mientras un gemido sale y su aliento a cigarrillo y licor barato entra por mis fosas nasales. Todavía tiene un rastro de cocaína en la nariz, pero ya no hay señal de odio en su gesto, ya no hay señal de nada.

Cae estrepitosamente al suelo.

Yo jamás había matado a nadie, pero supongo que después de seis años en este lugar, era algo que tendría que suceder tarde o temprano, por fin la cárcel me ha convertido en una criminal.

Un puño me despierta de mis cavilaciones, y luego otro... y otro. Cuando menos me doy cuenta, ya estoy arrodillada en el suelo y pequeños gemidos salen de mi boca mientras me golpean una y otra vez. Una batuta conecta con mi sien y miles de puntos negros y rojos inundan mi visión. Siento como un líquido escurre desde ese sitio un segundo después, y toco sintiendo una pequeña herida, pero cuando miro mi mano hay un montón de sangre y no sé cuál es la mía y cuál es la de ella.

Dos guardias me agarran de los brazos y me arrastran mientras la tercera me golpea de vez en cuando y grita toda clase de insultos, pero éstos quedan en un segundo plano cuando miro hacia ella y veo que su pecho sube y baja levemente mientras una guardia está sentada junto a ella, tratando de contactar a alguien desesperadamente por su radio.

Está viva, Tanya está viva... Gracias, Dios mío.

Recibo otro golpe en la sien y la oscuridad se cierne sobre mí.

...

Mi cuerpo cae y golpea con fuerza contra el suelo, apenas logro abrir los ojos y diviso la luna y a un par de guardias justo antes de que una pesada puerta metálica se cierre arriba; un olor a humedad es lo último que percibo antes de perder la consciencia de nuevo.

...

Mis ojos pesan como un par de bloques de concreto, así que necesito empeño cada gramo de mi fuerza para abrirlos, pero cuando lo consigo, tan solo logran permanecer cinco segundos así antes de volver a cerrarse y llevarme una vez más a la deriva.

Estoy viendo un auto. Los sillones cubiertos de un extraño cuero azul me ponen nerviosa, la canción que se escucha en la radio me hace querer vomitar y sé la razón: el accidente que le cobró la vida a mi padre está a punto de suceder. Me veo a mí misma sentada en el auto, pero soy tan solo una niña de 10 años; ese día llevaba un vestido color naranja y una trenza con pequeñas flores blancas decorándola cada pocos centímetros.

Ese día íbamos a celebrar que gané el concurso de talentos de la escuela con mi rutina de ballet. Jessica, en ese entonces mi mejor amiga, estaba enojada porque ella no había podido participar ya que no tenía ningún talento en particular, y ser increíblemente molesta no contaba como uno, aunque en esa época yo pensaba que ella era la mejor. Cuando gané estaba realmente celosa, ya que ella era el centro de atención desde que nos conocimos en preescolar y no le gustaba que otros la opacaran. No quiso asistir a mi celebración, pero su padre que resultaba ser mi padrino decidió ir con nosotros a celebrar y nos prestó su auto, siempre fue muy bueno conmigo. Él iba sentado junto a mí ese día, mientras mi padre iba en el asiento de adelante conversando animadamente con el conductor que era Kev, uno de los policías que trabajaba con él en la estación. Afuera llovía.

Luego todo se puso mal.

Lo que antes eran risas, se convirtieron en gritos. De repente, ya no veo todo desde afuera, sino lo veo como si estuviera dentro del auto siendo la niña de 10 años que gime con temor. Entonces no logro captar lo que está sucediendo, solo fragmentos, recuerdos que tengo de aquél día. Como la humedad en mis mejillas, el sonido del vidrio quebrándose cuando la cabeza de mi padre lo golpea, el chirrido de las llantas derrapando contra el asfalto, el aroma del caucho quemado, los quejidos sangrantes de todos dentro del auto y, por último, la horrible sensación del auto girando y cayendo por una pendiente.

Después de lo que parece una eternidad en medio de la oscuridad, logro abrir los ojos. Siento el pasto húmedo y el lodo contra mi mejilla, el agua golpeando todo mi cuerpo con fuerza. El auto está volcado a unos cinco metros debajo de mí, donde la pendiente se ve interrumpida por el bosque. Solo veo humo y abolladuras, no logro divisar a sus ocupantes. Todo me duele, duele tanto que apenas puedo permanecer consciente, solo quisiera dormir y no tener que despertar.

Las lágrimas corren por mi rostro perdiéndose entre las gotas de lluvia, me duele el estómago y la cabeza. El auto se enciende en llamas y escucho como alguien corre hacia mí desde arriba, pero no tengo fuerzas para girarme. De todas formas, yo recuerdo quién es. Es el señor Stanley, el cual se tira sobre mí y me abraza, protegiéndome con su cuerpo de lo que viene a continuación. El auto explota en mis pedazos y éstos salen disparados en todas direcciones; lo último que percibo antes de desmayarme es el pequeño gemido de mi padrino, el olor metálico de la sangre y la lluvia que parece llorar conmigo.

Abro mis ojos lentamente y veo una pared de concreto a un centímetro de mi cara. Suelto un sollozo entrecortado, algo entre el asombro y la tristeza, y trato de moverme. Apenas y logro hacerlo, tan siquiera respirar hace que todo mi cuerpo duela. Hace tanto frío que temo mover mis dedos y que uno de ellos se caiga de repente.

Comienzo a echar un vistazo alrededor, todo está oscuro, uno pequeños puntos de luz se filtran a través de los hoyos en la puerta que está arriba de mi. Las paredes son de unos dos metros de alto y de alto, y el ambiente apesta a humedad y a orines. Estoy en uno de los "cuartos" de castigo: un hoyo cuadrado en el suelo, como un pequeño y sucio sótano en medio del patio. He estado en este lugar antes, y era algo que no quería repetir. Pasas días y días recostada en el suelo mirando hacia las paredes, viendo como las cucarachas trepan por ellas y pensando, siempre pensando.

Apoyo el codo en el suelo y me levanto con cuidado, el dolor se hace aun más intenso. Siento como si cada célula de mi cuerpo estuviera agonizando, el frío es insoportable —consecuencia del invierno—, pero aun así mis labios están calientes y resecos. Tengo tanta sed. No sé cuánto tiempo llevo aquí, pero por el dolor en mi estómago a causa del hambre, bien podrían haber pasado un par de días.

Una gota cae en mi rostro.

Miro hacia arriba y veo como gotas de nieve derretida caen a través de las hendiduras de la puerta metálica, así que me empino lo más que puedo, estiro mis brazos y comienzo a tomar pequeñas gotas con las yemas de mis dedos, las cuales noto que todavía tienen sangre seca en algunas partes. Me las llevo a la boca y las bebo, si a eso se le puede llamar beber. Un pequeño trozo de cielo cae a través de estas hendiduras, así que me agacho, lo recojo del suelo sucio y comienzo a lamerlo. No es como si pensaras en la higiene cuando la sed te está consumiendo viva.

...

Después de tratar de beber gotas por una hora, mis piernas comienzan a doler y me siento en el suelo helado a dormir, no más para no darme tiempo de pensar. Si piensas mucho dentro de este lugar, puedes sentir como los recuerdos se aprisionan y en menos de nada puedes perder la razón. Ya me pasó una vez, podría pasarme dos veces. Me acomodo lo mejor posible y cierro mis ojos.

Mi papá está sentado frente a mí. Estamos en el restaurante al final de la calle, donde íbamos juntos a comer todos domingos por la noche, era nuestra tradición. Lo reconozco por la mesa con un bonito tallado floral en el centro, y por las cortinas moradas detrás de mi padre. Miro mis manos, ya no están rojas y heladas, solo son mis manos. Me doy cuenta que traigo puesto mi uniforme naranja, mi cuerpo luce como el de una adulta, lo que significa que esto probablemente no es un recuerdo. Miro hacia todos lados tratando de entender qué está sucediendo.

—¿Qué pasa, cariño? —dice mi padre, llamando mi atención.

—¿Qué está pasando? ¿Por qué estás aquí? ¿Qué hago yo aquí? —pregunto en un susurro.

—¿De qué hablas? Pues es viernes, vamos a comer un poco de pasta y tal vez helado. ¿Qué te sucede? —Su cara luce genuinamente confundida, pero aparta la mirada cuando una mesera llega con un par de platos grandes de pasta a la boloñesa y dos vasos de Coca Cola—. Gracias.

No sé qué es esto, pero ver a mi papá vivo e indiferente a la muerte ante mí me pone muy contenta. Siento como un nudo se forma en mi garganta y quiero llorar, pero evito hacerlo.

—Anda, Bella, come —ordena mientras toma su tenedor y se mete un bocado de pasta a la boca, su bigote se marcha un poco con la sala boloñesa, me hace reír.

—Sí, papá.

Comemos, bebemos, hablamos del día como si yo aun tuviera ocho años y todo lo que mi padre tenía que contarme me pareciera de lo más interesante. Luego de terminar la pasta, mi padre manda a traer dos copas de helado de fresa, nuestro favorito. Nos retamos a meternos un bocado enorme de helado en la boca, a ver quién es capaz de tragarlo sin hacer ninguna mueca de dolor. Los dos perdemos al instante.

Los bordes de mi visión de repente se tornan borrosos, y por alguna razón sé que esto llegó a su fin. Me levanto y camino rápidamente hasta quedar parada frente a mi padre.

—¿Qué pasa?

—Abrázame —digo, tratando de no romper en llanto.

—¿Por qué? —pregunta, pero se levanta y rodea mi cintura con sus brazos, mientras yo rodeo su cuello y lo apreto tratando de acercarlo lo más posible a mi.

—Porque estoy a punto de despertar.

—¿Despertar? ¿De qué hablas, Isabella? —Me aleja cuidadosamente y me mira confuso.

—Te amo, papá. —Una lágrima se desliza por mi mejilla.

—No llores, ¿por qué llorar? Yo también te...

Abro mis ojos de nuevo, y de nuevo duele. Una intensa luz está entrando y entrecierro mis ojos para ver como abren la puerta metálica justo encima de mí.

—Buenos días, bella durmiente. He traído un manjar digno de una princesa —dice una guardia que no conozco, su voz es burlona.

—Qué considerada —respondo en un susurro.

—Toma. —Arroja algo y cuando lo veo junto a mi cara, es un trozo de pan duro—. También te trajimos agua para que lo acompañes. —Dicho eso, de repente siento como un chorro de agua helada me golpea, me están rociando con una manguera y la presión del agua es muy fuerte.

Después de unos segundos para y escucho como se aleja entre risas.

Llorar más no servirá de nada, pero el pan —ahora mojado— por otro lado... Mejor pan rancio que nada.

...

Cinco días después, llorar ya no parece tan mala idea.

Apenas y he comido, todos los días me rocían con agua helada lo cual ya comenzó a hacer mella en mi salud. Tengo gripe y aunque afuera está a unos cuantos grados bajo cero, mi cuerpo está ardiendo, tuve que quitarme la ropa porque simplemente sentía que me iba a incendiar. Mis labios están secos, al contrario de mi frente que está perlada en sudor, húmeda y fría.

Ya no sé cuándo estoy despierta y cuando dormida. Todo es confuso. Mis sueños, que antes eran recuerdos, ahora se han ido para dar lugar a pesadillas: veo como mi hermano ha sido destrozado y cuando veo mis manos están totalmente manchadas de sangre, tengo garras en vez de uñas y hay carne entre ellas. Yo lo maté. Trato desesperadamente de limpiar mis manos contra una sábana que encuentro en el suelo, pero no quita. Parece que cada vez que limpio aparece más sangre. Y tallo con fuerza mis manos, hasta que comienzan a doler. Entonces abro los ojos y estoy frotando mi manos con mucha fuerza contra el suelo de concreto, me detengo, miro mis dedos y las yemas están llenas de sangre, y entonces es como si la pesadilla volviera a empezar.

Y cuando mi mente no tiene la suficiente fuerza para evitarlo, comienzo a pensar. Pienso en mi madre, una joven hermosa con ambiciones, ambiciones que se vieron frustradas cuando se acostó con mi padre y quedó embarazada. Recuerdo cuando me condenaron a cadena perpetua y, aunque ella se mostraba frágil y dolida frente a todos, tuvo la suficiente fuerza para decirme una última cosa: De verdad espero que la culpa te devore, para que sepas lo que pasa cuando arruinas la vida de alguien. Supuestamente se refería a Jessica y a su madre, pero ella y yo sabemos que en realidad hablaba de sí misma.

Pienso en la mirada perdida de Tanya cuando la apuñalé, en cómo creí ver como su vida se iba de sus ojos, en cómo casi me convierto en lo que me juré jamás ser. En cómo estuve a punto de ser una verdadera asesina.

Luego pienso en Alice, una tierna caperucita roja que tuvo la desgracia de toparse con el lobo. Recuerdo cuando me contó su historia, el como James, el sobrino del alcalde, llegó ebrio a su casa y la violó después de estarla acosando por meses enteros, mientras Jasper estaba en un viaje de negocios. El como no tuvo más remedio que apuñalarlo en la nuca con un bolígrafo que alcanzó a tomar de la mesa de noche mientras él entraba y salía de ella haciendo esos asquerosos ruidos guturales. Y me alegro de que aun cuando pasó por eso, puede sonreír, cuando las demás estaríamos devastadas por siempre.

Y por algún motivo, pienso en Edward. El único chico tengo-la-perfecta-vida-de-adolescente-americano al que eso no le importa en absoluto. El que solo quiere componer una canción perfecta y entrar a Julliard. Al que no le gusta el sol porque tiene la piel muy clara y aun así vive en Miami. El que cree que soy una fabulosa estudiante de la literatura que tiene una vida muy normal solo porque no quiero que sepa que no es así.

Benditas sean las mentiras cuando son mejores que la realidad, y maldita sea la realidad por no ser jamás tan buena como aquellas mentiras.

...

Me sobresalto cuando alguien me toma de los brazos y me levanta sin delicadeza alguna.

—Vamos, princesa, es hora de volver a tu castillo.

Me sacan del cuarto de castigo, casi arracándome los brazos en el proceso. Me llevan prácticamente arrastrada a través del patio, el frío me golpea en mi piel desnuda y ahora quisiera colocarme el overol de nuevo. Trato de apoyar mis pies en el suelo pero me es imposible, todo me tiembla, todo me arde, solo quiero que esto se detenga.

Me llevan hasta la enfermería donde una doctora nos recibe. Me recuestan en una camilla, luego de eso, todo es confuso.

...

Después de salir de aquél lugar, salgo y me arrastro sola hasta mi bloque, me dirijo a los baños y me miro al espejo.

Mi cabello está muy grasoso y parece que un aguila anidó en él. Mi cara, tengo arrugas que no estaban antes ahí, los ojos hinchados y con ojeras, mi boca tiene un gesto amargo. Mi piel parece rasposa y seca, hay un poco de sangre en mis labios y en mi pecho. Mi ropa interior está manchada, mi cuerpo luce más delgado, al parecer perdí unos cuantos kilos. Los huesos en mis caderas y clavícula se marcan, los morados que debería tener por los golpes que me dieron la noche en que me metieron a ese hoyo, ya son de un color amarillo.

Soy una especie de aparición, y solo quiero bañarme para lavar este horrible disfraz y volver a ser yo misma.

Alguien entra al baño y cuando retiro la vista del espejo veo que es Alice. Trae una barra de jabón, una toalla y un overol limpio en la mano. Se acerca cuidadosamente hacia mí, por un segundo veo el horror en su mirada, pero es un destello antes de que vuelva a parecer tranquila. Sin decir una palabra, deja la toalla y el overol sobre una silla, me empuja ciudadosamente hacia la ducha y abre la llave. El agua comienza a caer y ella hace espuma con el jabón para luego lavarme el cuerpo y el cabello. Lo hace tan delicadamente, como si temiera romperme.

De repente, estando sola con ella, por fin lloro. Mis lágrimas se confunden con el agua, pero los sollozos y las sacudidas son imposibles de camuflar. Alice no dice nada, solo me deja llorar.

...

Cuando el baño termina, seca con cuidado mi cuerpo, me quita la ropa interior y me ayuda a colocarme el overol.

Nos dirigimos en silencio hasta la habitación, ella cepilla mi cabello y me mira a los ojos. Hace esa mirada que parece preguntar si estaré bien. Yo asiento en respuesta.


Hola, queridas.

De nuevo, les pido mil disculpas por tener abandonada la historia. La navidad y luego la universidad y el caos, simplemente no me han dado tiempo. Espero que este capítulo les guste y que no me odien por ser incumplida.

Hasta la próxima y gracias por seguir ahí.

Camila.