Disclaimer: Los personajes que se presentan en esta historia son propiedad de la autoría de Masami Kuromada y Toei Animation. La historia que se presenta es ficción ya que nunca ocurre en la serie original, y su fin es meramente de entretenimiento sin intención de ofender o plagiar a alguien.
"El fuego de la vida"
Décimo Primer Capítulo: "El pacto del Caballero"
La sangre se volvió fría dentro de sus venas, los ojos se abrieron a la par de la quijada. Parpadeó un par de veces como si no creyera lo que había sucedido y sin embargo era real. Sus piernas sólo respondieron moviéndose veloces cuando el cuerpo inerte de su igual azotó en el suelo en medio de un pequeño charco de sangre a causa de la hemorragia desbordando de su boca. Yacía con los ojos cerrados y una palidez terrible en toda su piel, únicamente opacada por el rojo vivo gorgoteando de sus labios. El mayor lo tomó en sus brazos y le horrorizó la imagen que penetró en sus ojos. Sin pensarlo más, concentró parte de su cosmo en su mano derecha; una esfera luminiscente y dorada se creó en la palma, la cual se extendió lentamente en el pecho de Kanon para distribuir la curativa energía por su cuerpo y así detener fuere cual fuere el origen de semejante estado. Paró en instantes; Saga suspiró aliviado, casi sin darse cuenta. Tomó su cuerpo suavemente para llevarlo a su cama. Lo recostó lento. Miró el rostro de Kanon; la barbilla era un río de sangre ya secándose que llegaba hasta el estómago, los labios estaban resecos y descoloridos, su respiración casi imperceptible. Tembloroso como pocas veces llegaba a estarlo, Saga se levantó en busca de paños para limpiar a su gemelo. Prendió una lámpara que se encontraba en la mesita junto al amplio lecho, y así darse una iluminación tenue, aparte de la luz que entraba del pasillo. Los humedeció con agua tibia, retirando con cuidado la espantosa huella escarlata. Sus dedos percibieron la frialdad en la dermis expuesta. Hizo puño su mano cargada de furia. Destrozaría al culpable de causarle daño a Kanon. Sabía perfectamente que ese flujo exagerado de sangre no fue provocado por simples hemorragias internas a causa de golpes, o algo similar, era ridículo pensar que así fuera. No, esto era obra de algo… o alguien, lo sabía en cada fibra de su ser.
Sus sentidos se inquietaron de pronto. Su respiración se hizo profunda y agitada; comenzó a sudar sin explicación, y cada gota que se deslizaba por su piel le congelaba a su paso. Las sienes comenzaron a taladrarle la cabeza con un intenso y casi insoportable dolor. Llevó ambas manos al origen del malestar, apretando los párpados reciamente. Todo músculo en su cuerpo se endureció bloqueando los movimientos en ellos. Era el advenimiento de algo maligno. Sin embargo, tal como llegaron esas sensaciones, así se fueron en segundos. Abrió los ojos, descubriendo la vista nublada y un grave mareo que le aquejaba.
-Veo que no has olvidado la oportuna sensación de mi esencia-
Saga enmudeció al escuchar aquellas palabras, aquella voz tan conocida y temida por él, la conocía a la perfección a pesar de ser articulada por alguien más. La aborrecía más que cualquier otra cosa en el mundo. Nada en su cuerpo respondía, como si en piedra se hubiese convertido. Los latidos de su corazón incrementaron el ritmo; su garganta se secó y la quijada le tiritaba incontrolable amenazando con desencajarse. No volvió la vista. Sintió cómo el peso del cuerpo de Kanon se desvanecía de la cama. Escuchó los pasos que rodeaban el lecho para ir a su encuentro. Cerró los ojos con fuerza.
-Saga, no seas descortés- escuchó decirle- ¿Así es como me recibes después de tanto tiempo?- dijo con malicia en su voz distorsionada. Saga no respondió en absoluto.
Los pasos se detuvieron justo delante de él. Permaneció con los ojos cerrados a causa del terror que se había apoderado de su ser. De pronto, su mentón fue sujetado con presión por una mano gruesa y sus ojos se abrieron de golpe. El pánico lo hizo su presa al ver una sonrisa retorcida curvando los labios del rostro ante él, y el mismo odio impregnado en rojo en su mirada, reemplazando la esmeralda que había antes. Era su imagen idéntica, recordaba el rostro sanguinario del bélico Dios cuando fue poseído, y ahora estaba de nuevo ante él, no en un espejo ni en el reflejo del agua… sino en el rostro de su gemelo menor. Ares estaba en el cuerpo de Kanon.
-¿Qué?- preguntó divertido al ver a Saga petrificado- ¿Te sorprende?-
-Tú… tú estabas…- dijo apenas articulando el Géminis.
-¿Muerto?, ¿Sellado?-soltó con rudeza el rostro de Saga y rió con burla, resonando en la habitación. - No, Saga, tu suerte no es tan benevolente como para deshacerte de mí-
La lengua del santo se entiesó imposibilitando manera alguna de que pudiera decir algo. Pocas cosas en la vida le provocaron el miedo y terror que sentía en esos momentos; una vulnerabilidad que le irritaba tanto como le paralizaba, era repulsivo sentirse así, y lo peor era no conocer la manera para cambiarlo. Inconscientemente tembló a causa de los escalofríos que cruzaban por su espalda, y cual estatua de piedra, siguió sentado sobre la cama, observando cómo el otro comenzaba a caminar por la habitación, mirando con detalle el lugar y los objetos que había ahí.
-Kanon…- susurró tembloroso- ¿Por qué él? ¿Por qué Kanon?- preguntó confundido con la vista perdida en el suelo.
-¿Y por qué no?- contestó cínicamente el Dios con actitud imperiosa.
-No tiene que ver contigo, yo soy tu contenedor, déjalo ya- contestó el Géminis con la voz sombría. Ares esbozó una sonrisa y cerró los ojos.
-Haces que me sienta idiota al haberte elegido como tal- respondió cargado de burla- te recuerdo que ustedes dos son de la casa de los Dioscuros- se cruzó de brazos, sentándose sobre el escritorio de madera- mis veneradores…- una sonrisa maliciosa se hizo presente al ver la cara de Saga destrozada por la cruda verdad- eso significa que al igual que tú, él está destinado a servirme-
-Él no obedecerá tus órdenes, no será tu esclavo- contestó rápidamente, levantando la vista para ver directo a los ojos de Kanon.
-Me temo que eso no lo decides tú- aseguró confiado Ares con voz autoritaria- yo soy un Dios- recalcó con superioridad- y los Dioses hacemos lo que queremos, no nos vemos limitados por nada ni nadie-
El gemelo enmudeció, la rabia lo carcomía. Sentía un intenso deseo de abalanzarse sobre Ares y obligarlo a abandonar el cuerpo de su hermano. Su sola presencia provocaba un miedo sobrenatural en Saga, porque sabía que era de temerse, una vez poseído por el Dios de la guerra, nada era predecible. Pero más le intrigaba el hecho de que hubiera entrado al Santuario sin haber sido detectado, ni siquiera él lo previó. Algo definitivamente iba en sentido torcido; la única manera de que Ares pudiera pasar desafiando la barrera de Athena, era con la ayuda de un Dios mayor, uno que con su poder supremo y omnipotente desvaneciera por una imperceptible fracción de segundo el escudo de su Diosa. Saga abrió un poco los ojos, asustado por sus propias conjeturas.
-Alguien como…-
-Sin embargo…- Ares pronunció tras el silencio, interrumpiendo los pensamientos del gemelo- existe un impedimento a mi diversión- continuó con fastidio mientras veía descuidadamente un libro- seguro sabes de qué te hablo- cerró de golpe el objeto y volteó a ver con sus ojos enrojecidos a Saga.
-La urna de bronce- articuló a duras penas.
-No eres tan estúpido como creí- respondió Ares, a sabiendas de que estaba provocando a Saga-esa vasija es lo único que me impide ser libre totalmente. Creo que no es necesario recordarte el por qué de mi aborrecimiento hacia se objeto-
-¿Qué tiene que ver eso ahora conmigo?- cuestionó con el ceño fruncido ante la insinuación en las palabras de Ares.
-Tan intuitivo como siempre- aseguró la deidad de la guerra- es obvio que no vine a perder mi tiempo. Tengo un trabajo para ti- espetó sin rodeos- uno que sólo tú podrías hacer-
Saga sólo atinó a sonreír demasiado arrogante ante aquella frase. La soberbia no podía ser ocultada de sus finas facciones. Por primera vez pudo moverse sin temblar, cruzó sus brazos con altanería y levantó una ceja sin perder ni un instante aquella curvatura en sus labios.
-¿Tú necesitas mi ayuda?- preguntó con ironía- ¿He escuchado bien?, Ares, el Dios de la guerra sangrienta… ¿Necesita la ayuda de un hombre ordinario como yo?- preguntó al borde de las carcajadas- ¿Desde cuándo soy tan imprescindible para ti?-
-No evoques mi ira, Saga- mencionó con los dientes apretados- no quisieras conocerla- aseguró como advertencia.
-Que irónico, un simple mortal puede provocar la furia de un Dios- repitió con especial sarcasmo.
La sonrisa en Saga se desvaneció a causa de la misma cólera que estaba apresándolo. Sus ojos verdes se vieron opacados por una frialdad abrumadora. Ambos permanecieron en silencio. Si bien el orgullo de Ares había sido ridiculizado por el Caballero, hizo uso de la poca paciencia que tenía, no podía permitirse echar a perder sus planes.
-No- contestó simplemente.
-¡¿Te atreves a desafiar mi voluntad?!- replicó Ares dejando su asiento con violencia.
-Tu voluntad poco significa para mí- espetó despreciativo.
-Veo que no has comprendido- dijo acercándose al peliazul- No es una opción el desobedecerme, y ni tú ni tu estúpido hermano lo pueden evitar…-
Sin decir nada más, el cruento Dios de la guerra se abalanzó sobre Saga con velocidad, apretando su cuello con una sola mano. Sus ojos delataban furia y desprecio. Lo levantó de la cama y al mismo tiempo logró que dejara de pisar el suelo. Una acción como esa normalmente no alteraba al tercer Caballero, sin embargo esta vez era una fuerza extrema la que oprimía su cuello y amenazaba con destrozarle la tráquea. La vista comenzó a nublarse, alejando todo color; a cada segundo que pasaba la respiración se volvía difícil. La nariz comenzó a sangrarle a causa de la presión. Ares sonrió complacido, cerró más la mano, escuchando como comenzaban a crujir los huesos del gemelo entre sus dedos.
-Escúchame bien bastardo engreído- mencionó entre dientes- si te niegas a hacer lo que ordene… Kanon se muere- escupió las palabras divertido- y no sólo eso… me aseguraré de que su alma sea atormentada hasta el final de los días. Tendrá mucho tiempo para agradecer tu desobediencia. Sabes que mi palabra se cumple, por lo que… sugiero reconsideres tu respuesta- dijo sin soltarlo.
Ares disfrutó enormemente al ver la consternación en el rostro de Saga tras escuchar aquello. Sabía a la perfección cómo hacer tiritar de miedo y pánico al Géminis. Enfundó ese miedo en él al manipularlo a su antojo en el pasado, aprovechando con gran inteligencia el potencial de uno de los más poderosos Caballeros de Athena, y aun seguiría haciéndolo a través de su hermano. El destino se reía en la cara de Saga de nueva cuenta, le recordaba una vez más lo miserable que podía llegar a ser su existencia. Ares frunció el seño, sintiéndose ansioso.
-Te recuerdo que no soy conocido por mi paciencia- recalcó ante la demora en la respuesta del preso entre su mano.
-…- con dificultad Saga trató de permanecer consciente, con los párpados vibrando a causa del esfuerzo por tenerlos abiertos, sólo pensaba en la amenaza contra su hermano. Cerró con pesar los ojos, no tenía opción- S-Sí…- susurró apenas audible.
-Eso pensé- declaró complacida la deidad.
Abrió de pronto la mano, dejando caer sin ninguna delicadeza a Saga. Sólo escuchó como golpeaba de lleno el piso de mármol lustrado, sonando un golpe seco y pesado acompañado de una gran bocanada de aire. El Dios se cruzó de brazos mientras veía a sus pies al guerrero, sin duda disfrutaba de aquella imagen. Las marcas en el cuello del santo eran rojas y quemaban como el fuego. Sin embargo no las tocó, no permitiría que Ares supiera el dolor que le causaban aquellas líneas embravecidas de piel mallugada. Se levantó sin demostrar ningún sentimiento de enojo hacia Ares, le levantó la vista, era muy orgulloso como para evitar el miramiento del Dios de la guerra. No había nada en sus ojos verdes, nada que delatara miedo, confusión, coraje… nada. Saga estaba vacío.
Ares trató de adentrarse a los pensamientos del Caballero. Esa mirada le repugnaba, era un indicio de rebeldía que el Dios despreciaba en los humanos, tanta altanería le habría costado la eternidad en el infierno de no ser porque necesitaba de él. No logró nada, pero poco le importó. Comenzó a dar vueltas por la habitación de nueva cuenta.
-La urna fue escondida en algún lugar de Grecia después de que Hermes me liberó, y para evitar que la destruyera, mi padre tuvo la magnífica idea de dársela a Athena para que la ocultara con su poder, y así utilizarla "de ser necesario"- dijo con sarcasmo y el enojo impregnado en sus expresiones- de manera que tú- volvió su vista al Caballero- serás el encargado de buscarla y entregármela- dictaminó finalmente.
-Si tú que eres un Dios no la has encontrado, ¿Qué te hace pensar que un hombre mortal puede hacerlo?- preguntó astutamente Saga.
-Lo harás- insistió Ares- por el bien de Kanon, y de todos los que te rodean… lo harás- amenazó de nuevo.
-No traicionaré a Athena- dijo duramente.
-Pero si ya lo has hecho antes- protestó Ares malicioso con la curvatura tan irritante de sus labios- no veo por qué no puedas hacerlo otra vez. Además…- se cruzó de brazos- ella lo merece, después de todo, también te ha traicionado a ti-
-Mientes- espetó con desprecio.
-Es obvio que no sabes de qué hablo, de otra manera no te atreverías a hablar- aseguró confiado el Dios- pero no te alarmes, yo te diré el pequeño secreto de tu Diosa- mencionó con malicia.
Ares comenzó a hablar, soltando la verdad en forma de venenosas palabras que eran como una fría cuchillada en el pecho del gemelo. Saga abrió los ojos, sintiendo la quijada desencajarse a causa del temblor; su corazón palpitaba más rápido que un corcel a galope al escuchar el relato del Dios de la guerra. Se dejó caer pesadamente sobre la cama, perdiendo la vista bajo sus mechas azules, fijando en el piso sus ojos. La bélica deidad sonrió con triunfo al comprobar el desmoronamiento de la confianza de Saga tras haberle dicho aquello, se regocijaba con su ingenuidad, ahora convirtiéndose en una mezcla de miedo y furia. Le vio apretar los puños y dientes.
-No es verdad- declaró Saga cabizbajo- no puede ser verdad-
-Claro que lo es, sólo analiza la situación y sabrás que todo lo que te he dicho no es falso- insistió Ares.
-Athena jamás nos ocultaría algo como eso- mencionó mientras levantaba la vista- jamás- dijo con total seguridad en sus palabras.
-¿Te dijo que había posibilidad de que Kanon sufriera un incidente como el de hace unos minutos?, o ¿Acaso tu puedes explicarme por qué se estaba desangrando sin razón aparente?- preguntó acertadamente- ¿Mencionó que ya no tendrías reservas de energía en tu cuerpo después de haberla utilizado en algo tan simple?- le atacó cada vez más mordaz y astuto, haciendo dudar a Saga- ¿Te habló de la posibilidad de dejar de existir para siempre?, ¿Te lo dijo, Saga? ¿Lo hizo?-
-¡Cállate!- gritó enfurecido, destrozando con su puño la mesita junto a la cama.
-Si no fuera porque estoy utilizando el cuerpo de Kanon, él estaría postrado en una cama. Piensa Saga, si tanto le importa protegerlos, ¿Entonces por qué ocultarles algo tan vital?- se acercó lentamente, hasta estar frente al gemelo- yo puedo ayudarte, a ti y a Kanon- ofreció Ares.
-…- el mayor de los hermanos le miró con recelo en sus ojos verdes, opacados por el sin fin de emociones que surcaban su mente- No puedo confiar en tu palabra- aseguró con la vista fría. Ares sonrió divertido.
-Encuentra la urna de bronce antes de que se cumpla el año lunar, y dejaré en libertad a Kanon- aseguró el Dios- y no sólo eso- agregó- …te daré algo que vas a necesitar-
Saga pensó unos segundos más; era cierto, no podía confiar en Ares, pero hasta ahora Athena parecía no haber confiado tampoco en él para decirle que su existencia estaba amenazada. Apretó las palmas hasta clavar las uñas en su piel. Estaba furioso. Tomó una decisión, cerró los ojos con pesar mientras repasaba lo que sucedía sin encontrar otra posible salida al dilema en que se encontraba; encaró los ojos encarnados de su gemelo y se decidió por completo.
-La tendrás- dijo sin expresión alguna. Ares sonrió complacido.
…
Aioros permanecía de pie en la habitación donde se encontraba Máscara Mortal. La luna brindaba un poco de luz, dispersando así las penumbras alrededor del lecho donde se encontraba el Cáncer. Estaba acompañado únicamente por el silencio que gobernaba en la habitación, haciendo claro el sonido de las cascadas caer por los peñascos que formaban el paso del río en la sagrada fuente. Estaba ahí desde hacía horas, y recientemente se encontraba solo, ya que Lorin había sido convocada al templo principal, quedando él como custodio del estado de Máscara. Suspiró con cansancio mientras desdoblaba sus brazos; se encaminó a la hermosa silla tallada en madera frente al lecho, tomó asiento, colocando los codos en sus piernas mientras entrelazaba sus manos a la altura de su boca. Su usual semblante sereno e impasible había sido reemplazado por uno de total desconcierto y preocupación. Si bien no le asustaba la muerte eterna, la idea de dejar de existir le aterraba completamente, un miedo que se materializaba en forma de un congelante frío que asaltaba sus huesos. La vista se le nubló y otro mareo se hizo presente. Recargó el cuerpo en el respaldo de la silla, llevando una mano a la cabeza. Esas sensaciones se estaban haciendo cada vez más constantes, y lo peor era saber el motivo. Respiró profundamente para estabilizarse.
Desapareció el malestar al cabo de unos momentos. Respiró pausadamente otra vez; miró a su compañero. Los párpados parecían habérsele sellado, pues no había despertado en todo el día, y su bronceada piel ahora era más blanca de lo usual. Se levantó de su asiento, yendo a la puerta. Salió de la habitación para encontrarse en la penumbra del pasillo, dirigiendo sus pasos a la entrada del templo; los solitarios ecos de sus pies sobre el mármol viajaban en el aire. El viento nocturno acarició su cuerpo una vez estuvo afuera, revolviendo su cabello castaño con gracia; llevó sus ojos verdes hasta el afluente del río y sus pequeñas cascadas hasta los lindes del bosque, aquel paisaje le brindaba una paz que necesitaba. Bajó los escalones de piedra, decidió caminar un tiempo para relajarse.
El pasto silenció sus movimientos, las hojas de los árboles silbaban cuando la corriente de aire las atravesaba en su paso calmo y refrescante. El centauro miró al frente, encontrándose ya frente a la estatua de Athena y el guerrero al que le tendía la mano. Se detuvo por completo para admirar aquella escultura de piedra que representaba a su Diosa, y que con sólo mirarla el corazón se le estremecía desde adentro. Sus ojos se entristecieron ligeramente al recordar lo que descubrió en la mañana, aún no podía comprender el motivo de la deidad para ocultarles semejante cuestión. Exhaló cansado, cerrando los ojos un momento debido a ello. Simplemente la presión de vivir otra vez era demasiada, ser mirado con distinción por los demás resultaba incómodo y extraño. Había muchas cosas con las que no sabía lidiar tan fácilmente, simplemente las cosas ya no eran iguales.
Escuchó que se hacía cada vez más nítido el andar de un segundo en su dirección. Abrió los ojos intrigado. Una vez de frente, el Sagitario estuvo estático, casi perdido en el rostro de metal de su portadora. Pestañeó un par de veces, enmudecido por la impresión de verla de nuevo.
-Naia- pronunció alto.
Ella entreabrió la boca sin dar crédito a lo que veía, la imponente figura del Caballero de Sagitario cobraba más vigor a la luz de la luna clara en el firmamento negro. Sus castaños cabellos bailaban en un vaivén parsimonioso que creaba la corriente de aire, una presencia solemne intacta a través del tiempo, pues así lo recordaba desde siempre. Los labios le temblaron incontrolables, mucho era lo que recorría la mente de la Amazona, tanto que le dejó pálida sin que ella lo supiera.
-Ya han pasado muchos años desde la última vez que alguien me llamó así- contestó después del silencio.
Aioros sonrió a la vez que suspiraba, y sin pensarlo más acortó la distancia entre ambos, sorprendiendo a la pelinegra cuando la abrazó con fuerza y a la vez la levantaba del suelo. De ese modo dio un par de vueltas con ella, sus cabellos se entremezclaron en el aire, y juró escuchar la risa de la Amazona mientras realizaba aquella acción. Cuando se detuvo, miró directo a los ojos de plata sin vida, pero supo que los de ella estaban fijos en los de él a través del metal. No pronunciaron palabra, el silencio era todo lo que necesitaban. No se deprendió el agarre en su cintura, y ella no soltó su cuello. Después de lo que les pareció una eternidad, ambos rieron, rieron abiertamente, y de nuevo un abrazo lleno de cariño.
-Te extrañé- declaró Naiara.
…
-Caballero de Libra, me retiro, ha sido grata mi estadía- anunció la elfa.
-Espero que tu retorno sea pronto, ve con bien- se despidió el maestro de la séptima casa.
La habitación se mantenía irradiada gracias al candelabro que colgaba pesado en el techo de la antigua casa de Libra, y de ella se desprendía un delicioso aroma que penetraba en la nariz, llenando de calma a los presentes. La menor había pasado la tarde en la séptima casa a petición de Athena, y a diferencia de Lorin, ella había encontrado agradable al Caballero de la Diosa. Estaban a punto de irse, cuando la improvista llegada de alguien más les hizo detenerse. El trío volvió la vista, y de entre la sombras, la lustrada armadura dorada destacó de la penumbra, reluciendo renovada con apenas recibir la luz de las teas encendidas.
-Maestro- saludó él- señoritas-
-Buenas noches, Milo-
-Buenas noches, Caballero- respondió Lillean, y ante el mutismo de su hermana, precedió a darle un discreto golpe en las costillas.
-Igual- dijo secamente la pelinegra.
-¿Te diriges a tu templo?- cuestionó Dohko.
-Así es maestro - aclaró Milo.
-Nosotras seguiremos hasta el templo principal, ¿Sería inapropiado pedirle que nos acompañe?- pidió cortésmente la gemela de Lorin.
-De ninguna manera- respondió el Caballero- sería un honor acompañar a las enviadas de Asgard-
Lorin frunció el seño en descontento, más no dijo nada. Los tres jóvenes se despidieron del maestro de Libra, llevando sus pasos a la salida. Caminaron por el pasillo principal del templo que ya estaba iluminado por las teas en las paredes. Los ecos de sus pasos viajaban suaves en el aire, casi susurrantes. La salida del edificio se divisó tras unos momentos; al cruzar el techo sostenido por los fuertes pilares de mármol, la plateada luz de la luna cobró fuerza sobre ambas hermanas, pues sus cuerpos se tornaron ligeramente más luminosos de lo normal. Milo observó por el rabillo del ojo y ese efecto le tomó desprevenido, al igual que el cese repentino de los pasos de una de sus acompañantes.
-¿Sucede algo, hermana?-
-No creo necesario el que él nos acompañe- declaró Lorin mirando seriamente a Milo.
-Si mi presencia la incomoda, puedo adelantarme, pero le aseguro que demoraría el doble sin mi presencia en los templos siguientes- aseguró el santo.
-Es muy presuntuoso, Caballero- mencionó la de ojos grises. Hizo una pausa- no me incomoda, pero no necesitamos acompañantes-
-No le hace mucha fama a la amabilidad élfica, ¿Sabe?- argumentó con un aire de ironía y diversión el peliazul- como ya dije, puedo adelantarme, sé muy bien cuando no se me quiere cerca, aunque me confunde saberlo cuando no he hecho nada para que se me exprese tal desprecio-
-La arrogancia de los hombres es abrumadora- dijo Lorin sin quitarle la vista.
-¡Tampa Tanya, Lorin!- ordenó con fuerza la gemela.
-¿Mani ume lle quena?- rebatió en seguida.
Lorin miró extrañada a su hermana, y en ella el brillo determinante de sus ojos le hizo guardar silencio. Volvió a ver al Caballero quien permanecía estático, sin demostrar sentimiento alguno en sus ojos azules. Resopló con molestia y reanudó su marcha sin esperar a nadie. Lillean suspiró cansada.
-Discúlpala, ella no es así- aseguró la elfa.
Milo no respondió, siguió con la mirada a la gemela mayor, algo en ella le confundía.
…
-¿Te ocurre algo, Seiya?-
La repentina pregunta del peliverde sacó de sus pensamientos al santo de Pegaso, quien sólo reaccionó con un ligero sobresalto al haber sido descubierto tan ensimismado. Sonrió abiertamente mientras llevaba la mano derecha tras su cabeza. El grupo de amigos reunidos en el Cabo dejó de reír por la broma de Hyoga y centró su atención en el castaño.
-No es nada, Shun- contestó el Pegaso sin dejar de sonreír.
-Se los dije- aseguró el rubio- Seiya se ha vuelto más raro de lo que ya era-
Rieron de nuevo y después hubo silencio. Seiya suspiró lentamente a la par del soplar marino mientras llevaba sus ojos marrones al horizonte líquido que se fundía con el cielo. Los presentes no se movieron ni dijeron nada más, imitaron al Pegaso y el silencio se extendió por largos minutos.
-Siento que algo no está bien- dijo Seiya finalmente. Todos volvieron su vista a él- es como si…-
-Estuviéramos a la espera de que algo se desmorone- completó Hyoga pensativo.
-También lo presiento- declaró Shiryu- el ambiente es diferente desde la última vez que estuvimos-
-Una fachada que oculta una verdad- dijo Ikki con una mano en su mentón.
-¿Pero de qué se podría tratar?- cuestionó Shun uniéndose a los diálogos de sus amigos.
-Shiryu, ¿Qué te ha dicho el maestro Dohko?- preguntó Seiya.
-Nada- soltó cansado- no dudo de su palabra, pero sé que algo oculta-
…
La hermosa estatua restaurada en la base del patio del templo principal resplandecía tenuemente a la luz de Selene, imponiendo a la vista la figura benevolente de la Diosa de la sabiduría y la guerra justa. La égida en su mano izquierda, y Niké, Diosa de la victoria sostenida por la derecha. El manto de estrellas se extendía en las alturas, donde cada una de las guardianas celestiales titilaba graciosamente. El aire era tibio y reconfortante, llevando consigo un misticismo desprendido de la luz de las antorchas fulgurantes, del polvo de la antigua edificación, de todo lo presente en el Santuario.
Los representantes nórdicos de la memoria y el pensamiento estaban frente a ella, con la vista inmersa en los ojos verdes de la venerada en aquel sitio. Conservaban sus hermosas capas de terciopelo negro y las finas túnicas bajo éstas; Shion, al lado de su señora, estaba erguido elegantemente, acompañándola en todo momento.
He retrasado su partida- habló Athena con pesar- ofrezco una disculpa a los señores de Asgard por ello-
-Nos vamos ahora, Athena, con la esperanza de una respuesta del herrero del Olimpo- anunció Hugin.
-Que su señor no se angustie por eso- respondió la Diosa- yo le daré respuesta pronto- aseguró con calma.
-Es hora de la despedida entonces, nos marchamos- siguió Munin- espero nos volvamos a encontrar- se inclinó ante Athena lentamente.
-Buen viaje, y hasta pronto- se despidió la deidad.
Los viajeros del norte le ofrecieron una reverencia. Lorin permanecía alejada del diálogo entre la Diosa regente y los cuervos de Odín. Lillean la miró unos momentos mientras la mayor perdía la vista en el cielo. Ya casi era hora de irse.
-La Osa Mayor parece sonreírte- comentó Lillean mirando igualmente al cielo- tal vez Syd esté observándote- dijo mirando de reojo a su hermana.
-Los muertos no miran, ni hacen nada- contestó Lorin. La menor dibujó una mueca en sus labios, y entrecerró los ojos con disgusto.
-Fuiste grosera- dijo cambiando de tema- ese Caballero no hizo más que ser amable y tú lo atacaste simplemente-
-Yo no hice nada- se defendió la elfa.
-Lorin, mírame- pidió su hermana tomando sus manos- debes salir de esa coraza de odio e indiferencia que has creado a tu alrededor, no puedes vivir así-
-¿Tú que sabes?- susurró ahogadamente y sus ojos comenzando a brillar por lágrimas.
-Soy tu hermana, sé todo de ti- aseguró Lillean- y también sé algo más- determinó con seriedad- el que sigas aferrándote al recuerdo de Syd no lo hará volver, entiende, el ya no…-
-¡Silencio!- expresó sin reprimir más tiempo el líquido dolor de sus ojos.
Se aferró con fuerza a la capa de Lillean y se desahogó con el rostro oculto en el cuello de su gemela. Lillean la abrazó fuerte, susurró palabras en élfico para reconfortarla. La penetrante mirada de Munin en la menor le indicó que estaba listos para partir; separó suavemente a Lorin y una vez la miró sonrió ampliamente. Tomó su mano para llevarla hasta donde estaban los cuervos de Odín y Athena. Se acercaron hasta las divinas identidades, y así mismo ofrecieron una inclinación solemne para ellos, resaltando su respeto y devoción por los señores de la memoria y el pensamiento.
-Mára mesta- dijo Lorin en su natal lengua, mirando a ambos hombres. Después se volvió a su hermana- tenna rato, seleri- volvió a pronunciar en élfico, procediendo a abrazar con fuerza a su gemela.
-Tenna rato, Lorin- respondió Lillean- andavë enyaluvanyet- sonrió con tristeza, y se separó de ella.
-Namárië-
Lillean se colocó en medio de los otros dos, y al igual que ellos, cubrió su rostro con la capucha de su larga capa blanca. Tres remolinos blancos envolvieron las figuras en un parpadear, y después de la agitada rotación, se desvanecieron ligeramente, dejando a su paso una estela de cristales en el aire que brillaban con los rayos plata de la luna. Lorin permaneció quieta unos momentos, y después dio la media vuelta.
-Lamento tenerte aquí contra tus deseos- aseguró Athena, viendo la tristeza en los ojos grises.
-Son los designios de mi señora- respondió ella.
-La voluntad personal no se puede imponer sobre la razón de alguien más- replicó la Diosa.
-Yo sirvo a Odín y a Hilda, es lo único para lo que existo. Si debo estar aquí por órdenes de Hilda, aquí estaré entonces. Con su permiso, debo volver a la vigía de su Caballero- anunció con una reverencia.
La pelinegra pasó al lado de la Diosa, teniendo la vista en alto. La capa en sus hombros ondeó lentamente a cada paso que daba.
-¿Y la imposición sobre el corazón?- preguntó Athena ya a espaldas de la elfa- ¿Tampoco cuentan los sentimientos que tengas al dejar lo que amas?, ¿Todo sea por cumplir la voluntad de alguien?- cuestionó un poco molesta por su actitud, girando el rostro, esperando que le respondiera.
-Los sentimientos no te llevan a ningún lado- respondió Lorin sin mirarle- sólo a tu propia decadencia- mencionó sin más. Reanudó su marcha hasta perderse de vista.
…
Las puertas doradas del gran salón se abrieron con violencia, captando la inmediata atención del Patriarca y Milo. Desde el umbral se divisó la turbada figura de Saga, en su rostro se expresaba una rabia innegable que desfiguraba sus facciones al grado de volverlo temible. Su porte intimidaba a la distancia y a cada paso que daba el templo parecía demoronarse a sus pies. Milo tembló imperceptiblemente ante la actitud del gemelo, tuvo miedo de él. Saga se acercó amenazante hasta el trono de oro donde descansaba Shion, y una vez frente a él, alzó la barbilla con lentitud, en sus ojos ardía un fuego desconocido.
-Anunciarle a la Diosa Athena, que Saga de Géminis, ha decidido abandonar el Santuario-
Shion se levantó de golpe e hizo puño sus manos, penetrando duramente en los ojos esmeraldas de Saga.
Continuará…
Notas de la autora:
Ya sé lo que están pensando, que soy una mente perversa y demás… bueno, en realidad no lo sé, pero estoy segura de que me quieren asesinar por demorar más de dos meses en actualizar, pero les juro que ha sido contra mi voluntad, digo, este año entré a quinto semestre de preparatoria, y créanme que no es como si tuviera todo el tiempo libre del mundo, apenas me da tiempo de escribir por pedacitos!! Ejem, pero después de mucho esfuerzo completé el siguiente de esta historia que me vuelve loca XD, espero que les haya gustado, y de verdad perdonen la tardanza, trataré de tener el 12 antes de que s acabe el año XD (es broma, es broma…), más sorpresas para el siguiente capítulo muajaja, saludos!
Agradecimientos:
Memories666, La Dama de las Estrellas, Sunrise Spirit, VILMY31, darckacuario, Leonis Alterf, Asaku Cullen, Sanae Koneko, ZAFIRO DE GEMINIS
Mára mesta = "Buen viaje"
Tenna rato = "Hasta pronto"
Seleri = "hermana"
Andavë enyaluvanyet = "largamente pensaré en ti"
Namárië: "Adiós"
¿Mani ume lle quena?- ¿Qué dijiste?
¡Tampa Tanya, Lorin!- ¡Basta, Lorin!
