Capítulo undécimo

1

Silencio.

Oscuridad.

Se encontraba sumida en la vigilia, entre la realidad y el mundo onírico. Es una sensación exquisita, tan placentera que no se debería abandonar. Sin embargo, no permaneció demasiado tiempo con los ojos cerrados. Cuando los abrió, los rayos del sol que se colaban entre las copas de los árboles la hicieron parpadear y frotarse la cara. ¿Dónde estaba? ¿Por qué no recordaba nada? No sabía cómo había llegado a aquel bosque. Lo último que recordaba era haber estado siguiendo a James, pero su mente se encontraba nublada y apenas recordaba que un aguacero había caído sobre Shigansina. Era ilógica su presencia en aquella arboleda de álamos recios, que proporcionaban una sombra muy agradable. A lo lejos se escuchaba... ¿el ulular de un búho?

«¡Es imposible! ¿Un búho en pleno día? Esto es muy extraño». Mikasa se levantó y se sacudió la ropa. ¡Qué situación tan rara! Dedujo que se encontraba en alguna alameda a las afueras de la ciudad, mas no estaba segura. No tenía certeza de nada. Empezó a andar siguiendo el misterioso canto del ave que, cuanto más se acercaba ella, más lejana sonaba. ¡Qué surrealismo! ¿A qué pretendía llegar? Algo la empujaba a seguir aquel camino. Tenía la sensación de que el animal la conducía a algún lugar. Lo vio posado en una rama, glorioso e imponente. El plumaje era pardo y los ojos claros e intensos. Alzó el vuelo silencioso y lo perdió de vista. El camino por el bosque duró mucho más de lo que Mikasa había imaginado; éste parecía extenderse varios kilómetros. En todo aquel rato no vio a nadie, tampoco encontró ni un solo animal a excepción del ave.

Cuando llevaba un tiempo indeterminado caminando, los árboles dieron paso a un claro extenso, una llanura que parecía infinita. Mikasa entornó los ojos y distinguió un punto en la distancia, que se había convertido en una mancha y empezaba a convertirse en un borrón. Y el borrón se convirtió en una figura. A medida que se acercaba, vio que aquella cosa era una persona. Era un hombre alto y de buena constitución; su pelo era corto y entrecano; su nariz, pronunciada. Sus ojos claros eran semejantes a los del búho y tenía las varillas de la cara marcadas. Su gesto quedaba entre el desencanto y el aburrimiento. Vestía como los oficiales de Mare. Había algo en él que le resultó demasiado familiar. El hombre levantó su brazo y el ave se posó sobre éste.

—Hola —dijo Mikasa.

Pero el hombre no respondió. Se dedicó a estudiarla por un instante, y luego acarició la cabeza del búho.

—¿Sabes dónde estamos? —inquirió ella—. No sé cómo he llegado aquí. Creo que me he perdido.

—Eres Mikasa Ackerman, ¿verdad? —El búho levantó el vuelo.

Su nombre le retumbó en los oídos. ¿Cómo lo sabía?

—¿Nos conocemos?

—En cierto modo, sí —contestó el hombre lánguidamente y se acercó más a ella—. Yo te conozco, pero tú no me conoces a mí. Soy Kruger.

Kruger. ¡Sí que lo había oído! Pero aquel hombre había muerto hace mucho. Definitivamente aquello no era real. ¿Qué estaba ocurriendo? Un animal nocturno a plena luz del sol era aceptable, sí, pero no podía creer que un difunto se encontrara hablando con ella.

—Eren Kruger —musitó—. Eso es imposible. Falleciste hace muchos años.

—¿Y quién dice que tú estás viva?

Miró fijamente al hombre y estuvo a punto de preguntar que qué quería decir con eso, pero una serie de imágenes la asaltaron. En su mente pudo verse a sí misma, tumbada sobre un charco de sangre mientras la lluvia calaba su cuerpo inerte.

—Esto debe ser un sueño. Claro, sólo puede ser eso —hablaba con el tono de incredulidad que utilizamos para negar algo que sabemos—. Me despertaré en breves, sí.

—Los médicos creen que no lo harás —replicó Kruger metiendo las manos en los bolsillos—. Escúchame, Mikasa Ackerman: estás a las puertas de la muerte. Ahora mismo te encuentras en el intermedio. ¿No me crees? Prueba a recordar lo último que hiciste. Además, ¿cómo puedes soñar conmigo si nunca me has visto? Hace muchos años, minutos antes de morir, me llegaron unas palabras del futuro. Todos los portadores del titán atacante estamos conectados más allá del tiempo, el espacio y lo entendible. Le dije a Grisha Jaeger: salva a Armin y a Mikasa. No sabía de quién era la voz, pero ahora lo sé. Era Eren Jaeger.

Mikasa no podía creer lo que escuchaba.

—Entonces... ¿voy a morir?

—Eso depende de ti. Eres una Ackerman; tienes más vidas que un gato. —Kruger miró al cielo; un viento tibio le meció el cabello—. Él está sosteniendo tu mano ahora mismo. Está llorando. Susurra algo... «no me dejes solo». Es tu decisión, Mikasa.

Antes de que pudiera decir algo, el viento tibio se llevó a Eren Kruger, que se desvaneció en plumas y voló lejos. Mikasa lo siguió. Echó a correr tras las plumas, azorada. ¡Muerta! Había sobrevivido a una guerra, ¿y moría en tiempos de paz? Fue en aquel momento que recordó la cara de Vic el Acechador hundiendo un cuchillo en su abdomen. Era cierto. Aquel hombre decía la verdad. ¿Cómo podía sobrevivir? Cinco habían sido las puñaladas, efectuadas por dos canallas. Cuatro a la altura del ombligo y una en el costado, ésta última hecha a traición por James Schell. ¡Traidor! Le había cogido un gran aprecio. Tomaban café juntos y comentaban las noticias del periódico todos días. Mikasa sintió odio hacia él.

Llegó a un lago cubierto de nenúfares blancos y lotos de Egipto. Saltó al agua y comenzó a nadar, siguiendo las plumas. Braceó lo más rápido que pudo y llegó a la otra orilla en apenas dos minutos. Se encontró, de nuevo, en una pradera, pero esta vez visualizó una luz blanca y fulgurante, del tamaño de una puerta. No había ni rastro de Kruger. Caminó hacia la luz. A medida que se aproximaba, vio brotar dos cuerpos de ella. Un hombre rubio de gesto bonachón y una mujer muy parecida a ella, que la miraba con dulzura.

—Mamá, papá... —Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos grises.

—¡Mikasa! —exclamó su madre, que la estrechó entre sus brazos. Su padre se unió al abrazo—. Pobrecita mía. Has debido sufrir mucho. Ya estás aquí con nosotros. Hay más gente al otro lado que desea verte.

—Mira qué mayor te has hecho —comentó su padre, cuyo tono cariñoso le hizo derramar aún más lágrimas—. Sentimos haberte dejado sola tan pronto. Al otro lado podremos recuperar el tiempo perdido.

—Os he echado mucho de menos —sollozó—. Mucho.

Los Ackerman estaban reunidos después de décadas. Mikasa se sintió moquear como una niña pequeña. Cobijada por sus padres, lo era. Creía que jamás volvería a verlos. Cuando los asesinaron (curiosamente, ella había compartido el mismo destino atroz), su interior se convirtió en un yermo, un campo baldío donde la alegría no tenía lugar.

—Ven con nosotros, Mikasa —su madre la tomó de una mano, y su padre de otra—. Es tiempo de descansar.

—Sí, sí... —asintió.

«No me dejes solo».

El búho ululó a lo lejos. Mikasa abrió los ojos como platos.

«Tienes que luchar. Si no luchas, morirás. Si ganas, sobrevivirás. ¡No puedes ganar si no luchas! ¡Lucha, lucha, lucha!»

—¿Qué?

Sí que había felicidad en su yermo interior. ¡Eren la necesitaba! No podía morir. Apretó las manos de sus progenitores.

—Lo siento. No puedo ir con vosotros —respondió—. Hay alguien que está esperándome.

—Ya veo. —La mujer que le dio la vida sonrió—. Parece que todavía no es el momento. ¿De quién se trata?

—El hijo del doctor Jaeger.

El hombre rubio soltó una risita.

—Bueno, en ese caso, no puedes cruzar la luz. Al menos, no de momento. Vive. ¿Le has tatuado ya a algún hijo la marca del clan de tu madre? —Negó—. ¡Espero que algún día lo hagas!

—Ve con él, Mikasa. Te queremos.

Los dos retornaron a la luz y ésta se esfumó. Se dio la vuelta y se encontró de nuevo con Eren Kruger. El búho descansaba en su brazo y se acicalaba las alas. Mikasa se acercó al antecesor de Grisha.

—Eren Jaeger te ama, Mikasa Ackerman. De una forma que no puedes imaginar. Tenéis que estar juntos. Te necesita —señaló. Dio media vuelta y comenzó a andar—. Ah, y dile que no merece la pena lamentarse por pecados irredimibles. El que mucho se lamenta, poco disfruta la vida.

Mikasa extendió el brazo y el ave se posó en él. Ululó. Le picoteó la frente y ella cerró los ojos.

2

—Este té está delicioso —expresó Hanji gratamente—. ¿Es una marca nueva? Porque el de Reeves no es, eso seguro. Y este juego de tazas tan elegante parece muy caro. ¿Te ha tocado la lotería y no me lo has dicho?

Levi Ackerman negó.

—Si me hubiera tocado la lotería, cuatro ojos, te aseguro que no estaríamos aquí y ya te hubiera mandado una postal desde una playa paradisiaca. Esta maravilla —dio un sorbo— es el pago de Kirstein por un favor que le hice. Té negro oriental, aunque allí lo llaman té rojo (una mejor descripción). Lo descargan en el puerto y me lo traen personalmente a la puerta del cuartel muy temprano, cuando nadie está despierto para robármelo. Ya no lo voy a guardar en las alacenas de la cocina; últimamente alguien se lo ha estado bebiendo.

—¿Un favor?

—Sí. La noche que mataron a Julia Dürer.

—Enanito, tú no eres muy dado a hacer favores —dijo Hanji sonriendo—, cualquiera que te conozca lo sabe. Algo importante debió ser para que Jean recurriera a ti. ¡Es como hacer un pacto con el Diablo! Alabo la valentía del muchacho para pedirte algo.

—Hablas como si yo fuera un ogro, gafotas —se crispó Levi—. Sí, sé que no suelo hacer nada por nadie. Pero no podía negarme a esto, pues a cambio recibiría el té y, para mi sorpresa, también las tazas.

—No me has contado cuál fue el favor que le hiciste —dijo su interlocutora, mientras se llevaba a la boca un alfajor tan esponjoso que se deshacía en el paladar.

—Te lo voy a contar, Hanji. A ti y a nadie más. Como se lo digas a alguien, te aseguro que la comandancia quedará vacante por defunción. Bien, aquí va: fui a ver a una prostituta. Qué extraño es para mí decir eso. Se llama Mary. Ella es una mujer pobre, criada en el campo. Vino a la ciudad buscando trabajo en la industria y acabó en la prostitución. En eso me recordó a mi madre. Estaba nerviosa de verme. Se sonrojó como una colegiala al recibir la atención del galán de la escuela. Yo, por supuesto, me mantuve estoico. Entonces me preguntó tímidamente si podía desnudarme. Todo esto en presencia de Kirstein.

—Imagino que hacer un trío te habrá dado un placer enorme —le interrumpió la comandante—. Pero se me hace rarísimo que te hayas acostado con una prostituta. Y que Jean quisiera llevarse al huerto al soldado más fuerte de la humanidad... Bueno, eso es verdaderamente increíble.

—¡Qué malpensada eres, pedazo de loca! No digas cosas tan perversas delante de mí. No me he acostado ni con una, ni con otro. Y mucho menos con los dos a la vez. Me negué a que me desnudara. Simplemente estuvimos hablando un rato y nada más. No ocurrió ninguna de las perversiones que estás pensando. ¿Tengo cara de putero sodomita o qué?

—Y de más cosas —bromeó la mujer, riendo, mientras terminaba de beber la infusión—. No tienes ni idea del daño que le has hecho a esa chica. El mejor soldado de la humanidad la ha despreciado. ¿Qué interés tenía Jean en que conocieras a esa Mary?

—Al contrario: si la despreciara, me hubiera acostado con ella. Ya sabes lo que opino acerca de las prostitutas, Hanji. Siento por ellas una empatía tremenda, y sé lo horrible que debe resultarles entretener a babosos, octogenarios salidos y hombres violentos. Lo sé demasiado bien. Con respecto a Jean, él le debía un favor a Mary: tenía que conseguir que yo fuera a verla. No te daré más detalles. Ese mocoso me contó todas sus penas mientras se asía a una botella casi vacía. Terriblemente patético. Me preguntó si alguna vez había estado enamorado.

—¿Qué le respondiste?

—Lo evadí. Es un tema que detesto —contestó sirviéndose otra taza de té.

Afuera empezó a llover.

—Ay, enanito, pareces un animal, pero en el fondo eres un sentimental. Admítelo. Eres un romántico de mucho cuidado. Estoy completamente segura. Llevas décadas sin yacer con una mujer (es lo único que puede explicar tu mal humor) y a veces pienso que ni siquiera tienes interés, pero estoy convencida de que un día llegará una dama que aguante tus manías o, incluso, que las comparta. Tal vez algún día engendres un hijo y aumenten el número de gnomos en el mundo.

—El sexo es asqueroso; fluidos por todas partes. Y los niños son irritantes. No los soporto.

—Puedo llegar a entender tu postura respecto a los críos. Pero... el sexo es maravilloso. Sí, realmente maravilloso. El sexo sucio es el mejor. Deberías probar. ¡Ah! Yo llevo tiempo sin hacerlo. La última vez fue con el criado de los Frey en un banco. Simplemente maravilloso. ¡Qué cuerpo, qué movimientos...!

—Eres una degenerada —interrumpió Levi, con un repentino sonrojo—. ¿Cómo puedes hablar con tanta soltura de tu vida íntima? Me has hecho imaginar cosas horripilantes. Realmente, creo que la perversión femenina es superior a la masculina.

—¿Qué te has imaginado? No, mejor no lo digas. Es mejor que no hieras tu sensibilidad.

Levi chaqueó la lengua. Se dedicó a beber en completo silencio. Pero Hanji no podía permanecer demasiado sin abrir la boca y, a menudo, acompañaba sus palabras con acciones que lo perturbaban terriblemente.

—No me puedo creer que no te acostaras con la pobre Mary, pequeñín —continuó Hanji, alargando la mano para tirarle de la mejilla—. Eres realmente un hombre honorable y fiel a tus principios.

—Suelta, suelta. Al fin me dices algo bonito.

—Sigues siendo un enano.

—Ya sabes lo que dicen de los bajitos —replicó—. Que todos los centímetros que nos faltan de altura, los tenemos de...

Alguien llamó a la puerta. Era Folch.

—Qué mal momento para venir, muchacho —suspiró Hanji—. Levi iba a jactarse de su pene justo ahora.

El subcomandante quiso matarla en aquel instante.

Folch arqueó las cejas, pero decidió no preguntar a qué se refería.

—Ha llegado un telegrama del hospital. Parece ser que la teniente Ackerman está ingresada. No han dado más detalles.

3

James Schell era un joven inteligente, pero pobre. Se había criado en Stohess junto a su difunto hermano Adrian y su madre, cuyo terrible sobrepeso la tenía en cama desde el abandono de su marido. Si Jim hubiera nacido en una familia acomodada, probablemente se hubiese convertido en alguien muy conocido. Le apasionaban las ciencias, especialmente la química y la biología. Le ilusionaba la idea de acudir a la universidad Heinrich. Sin embargo, luego comprendió que sería imposible. La matrícula era demasiado cara y apenas llegaban a fin de mes. El casero amenazaba con echarlos de la casa si no le pagaban todo lo que le debían. Adrian empezó a traficar con drogas. Por otra parte, la señora Schell se volvía más arisca con cada día que pasaba.

Cuando Adrian murió por una sobredosis de morfina, un Jim de doce años, hambriento y zarrapastroso, decidió que no volvería a pasar hambre. Mientras los adinerados se permitían todo tipo de excesos, él mendigaba y trabajaba en una fábrica textil. Una vez vio a una niña, ataviada en un vestido de seda y con un tocado ridículo en la cabeza, arrojar una berlina al suelo porque no era del sabor que quería. Él la cogió como un can famélico y la devoró, dando lametazos y babeando. La niña se asustó y salió corriendo, sujetándose el bajo del vestido y gritando. ¡Ay, si tuviera tanto dinero como ella! Llegó a la conclusión de que el dinero es lo único que importa.

A los trece años, el ápice de cariño que sentía por su madre se esfumó.

—Ayúdame a levantarme, rata. Tienes las mismas pecas que el cabrón de tu padre.

Su madre se había caído de la cama otra vez. Pero Jim no la ayudó a levantarse. La odiaba profundamente. Entendía que su padre hubiera abandonado a un ser tan grotesco como Nora Schell. Era repulsiva. Su gordura era repugnante; cuando Jim tenía que bañarla, a menudo sentía arcadas al ver tanta carne que, en los calurosos días de verano, se perlaba de sudor y desprendía un hedor horrible. La dentadura de la señora se había podrido, pues se negaba a lavarse y fumaba sin parar. Así que éstos se ennegrecieron.

—Me dan ganas de desfigurarte.

James la encerró en su cuarto. Su madre gritaba desde el suelo. Ese día se fue de la casa y optó por enrolarse en el ejército. Lo destinaron a Shigansina, donde serviría como legionario. El sueldo de cabo era mísero. Quería más. Conoció a Vic el Acechador en un burdel, durante una partida de blackjack a altas horas de la noche. Unos tragos lo hicieron entrar en confianza y James le dijo que soñaba con nadar entre monedas de oro, con tener todos los caprichos que se le antojaran. Víctor dijo que podría darle todo lo que quisiera, pero a cambio debía colaborar con él.

El día que traicionó a Mikasa Ackerman, su teniente, sintió arrepentimiento por primera vez.

Caminó detrás de Víctor. No tenía a dónde ir. No podía volver al cuartel y no tenía familia a la que regresar.

—¿Qué voy a hacer ahora? ¡Víctor, maldita sea!

Se oyeron las carcajadas del asesino entremezclarse con la lluvia.

—¿Y a mí qué me dices, Judas Schell?

Su retorcido sentido del humor le provocó un nudo en el estómago.

—¡No tienes derecho a llamarme así! Si no la hubiera apuñalado, tú estarías preso o muerto. ¡Tienes que ayudarme!

—¿Ayudarte? No puedo hacerlo. Tu ambición ha sido tu final. Puedo ver un brillo de angustia en tu mirada. ¿Tienes miedo de la horca o de Eren Jaeger? Tú eres como yo, Jimmy. Me confesaste tus horribles secretos. Abandonaste a tu incapacitada madre. ¿No me digas que vas a sentir pena por Mikasa Ackerman? —su voz era dura y hablaba con lentitud. Se recolocó el borsalino.

—No hables de ella; no quiero oír su nombre.

—Así que es eso, muchachito. Quién diría que tendría un final tan trágico. Es una verdadera lástima. No debió haberse entrometido. Porque yo soy el lobo entre corderos, Jim. No siento piedad hacia nadie, ni siquiera hacia a ti. ¿Tanto sufres? Hay una solución. Sólo necesitas un trozo de cuerda.

—¿Me estás proponiendo que...? —Su rostro adoptó una palidez mortuoria—. No puedes estar hablando en serio.

—Es una sugerencia. Me es indiferente lo que hagas, Jim. No supones una amenaza, pues apenas conoces mi nombre, y tampoco voy a permitir que me acompañes. —Víctor se dio media vuelta y continuó andando—. ¿Qué decía aquel versículo? «Y él, arrojando las piezas de plata en el santuario, fue y se ahorcó».

James Schell apretó los dientes y echó a correr por una callejuela. Víctor no volvió a verlo.

Las manos del Acechador viajaron hacia los bolsillos de su abrigo. Su cara adquirió un gesto de horror al notar que faltaba algo que siempre llevaba consigo.

4

El doctor Alan Leannac recibió a la comandante de la Legión de Reconocimiento.

—Me temo que tengo malas noticias, Hanji. Le habrá llegado nuestro telegrama. Unos vecinos encontraron a la señorita Ackerman cerca del puerto. Presenta cinco puñaladas; una en el costado, por debajo de las costillas; y otras cuatro en el abdomen. Había perdido mucha sangre cuando la encontraron.

Hanji, que tenía unos conocimientos mínimos en medicina, cerró los ojos.

—Tendremos fe, es lo único que nosotros podemos hacer. Pero ustedes, los médicos, deben hacer todo lo posible por salvarle la vida. La soldado equivalente a cien hombres está en sus manos, doctor.

—Comandante, llevo treinta años practicando la medicina y créame: las heridas ocasionadas por los titanes eran menos graves que esto. Por supuesto que haremos todo lo que esté en nuestras manos. Mikasa Ackerman es una heroína de guerra. Como erdiano y como médico, haré hasta lo imposible por ayudar a una de las figuras más admiradas de la patria. No lo dude.

Hanji asintió. Desvió la mirada hacia el interior de la habitación. Eren sostenía la pálida mano de la mujer, cuan frágil cristal. Solamente había una persona que podía derrotar a Mikasa, y era Levi. La comandante se hacía una idea de qué le había ocurrido a la teniente.

—¿Eren Jaeger es su familiar? —inquirió el doctor.

—Es su pareja. Alan, por favor, no le diga nada de esto a Jaeger. Está abatido, como es natural —suspiró—. Tenemos que atrapar al responsable.

—Tengo algo que podría ser importante. La teniente mantenía esta nota en la manga de la camisa.

El papel era una octavilla amarillenta, doblada, arrugada y húmeda.

«Víctor, hijo mío, perdóname. Lo siento mucho. No sigas mis pasos, no hagas lo mismo que yo. Soy débil, pero tú debes ser fuerte. Esta no es la forma de solucionar las cosas, pero por favor, pequeño mío, perdóname. Velaré por ti desde las alturas, mucho más allá del muro. Mi Vic, mi niño, lo siento.

A la altura del sol.

—Tu padre, Theodore Klosowski».

Hanji no podía creer lo que veía. ¡Theodore Klosowski era el padre del Acechador! Claro, Mikasa debía haberle robado la carta. Intrépida hasta el final. El asesino tenía cara, nombre y apellido. La comandante dobló el papel. Víctor Klosowski —saber su nombre era sumamente satisfactorio— pagaría. Solamente tenía que confirmar la información.

—Doctor Leannac, puede que acabe de resolver el caso más terrible de esta ciudad. Tengo que irme inmediatamente. Cuide de la teniente Ackerman.

Hanji se dirigió al cuartel de la Legión. Una vez allí, bajó al registro. Se tenía constancia de cada soldado que había pasado por la Legión desde los tiempos de Jorge el Héroe y, aunque se habían perdido muchas fichas durante el traslado al nuevo asentamiento de Shigansina, dudaba que la de Theodore se hubiera extraviado si, como les contó Armin, fue militar. Sería demasiada mala suerte. Hanji estuvo un par de horas buscando entre archivadores desordenados, carpetas de las cinco últimas décadas y cajones empolvados. Habían tantos papeles que se podría forrar con ellos el palacio real entero. Algunos estaban mordisqueados por las ratas. Finalmente encontró lo que buscaba.

«Theodore Joannes Klosowski Engels.

Nacimiento: 804, Distrito de Shigansina.

Miembro de la Legión de Reconocimiento desde el año 819 hasta el año 824.

Rango: soldado raso (819 - 821), capitán (821 - 824)».

Después, Hanji se plantó en el Registro Civil. Fue todo mucho más fácil y rápido. Un funcionario le proporcionó los documentos que necesitaba. En efecto, el Acechador era hijo de Theodore. Hanji quedó asombrada al leer el nombre completo: Víctor Blaise Klosowski Ackerman. ¡Imposible! Su madre se llamaba Tekla Ackerman Lichtmann. El Acechador provenía de un linaje de guerreros invencibles y que, hacía un momento, solamente contaba con dos herederos. Hanji no quiso seguir investigando a sus ancestros, aunque pensó que, si hurgaba, encontraría un ancestro común a Levi y Mikasa.

En el Registro Civil sí que se especificaba la muerte de Theodore: suicidio, en el 827.

Si Víctor era un Ackerman, se enfrentaban a una fuerza arrolladora.

5

Al ver a Mikasa, Eren tuvo la horrible sensación de estar frente a un cadáver; la sensación se perpetuó durante tres días, en los que se negaba a separarse de ella porque, aunque deseaba con todas sus fuerzas que viviera —nunca antes le había rezado a los dioses—, no quería estar lejos de ella si la injusta muerte llamaba a la puerta.

En el momento en el que Hanji le informó de que había descubierto quién era el Acechador, que habían retratos suyos pegados en cada pared, que los legionarios y los soldados de las Tropas patrullaban las calles y vigilaban las salidas de la ciudad, no le importó nada. La tristeza era tan inmensa que no había lugar para ira o venganza. ¿De qué le servía vengarse si Mikasa moría? Sus ojos llevaban cerrados una semana. La enfermera le había dicho que le hablara, pues ella podía oírlo. Eren tenía sus dudas, pero recordó que Armin siempre decía que las palabras son necesarias.

El escritor fue a verla en cuanto se enteró de lo ocurrido. Armin había cambiado su traje blanco por el luto, su gesto alegre por la seriedad. Estaba pasando por un período duro.

—Deseo, desde lo más profundo de mi corazón, que no tengas que sentir esto que siento, Eren. No quiero pensar en algo tan horrible. Mikasa es mi mejor amiga, mi hermana y, además, tu amor. —El rubio besó la mano de la mujer, solemne y afectivo, y abrazó a Eren. Después se marchó.

Al quinto día, Eren supo que habían detenido a James Schell. «Que los dioses se hagan cargo de ese muchacho, porque yo no tengo ojos para otra cosa que no sea ella». Solamente podía pensar en la teniente y observar su rostro ceniciento, carente de color y vitalidad, que se mantenía imperturbable.

—Tienes que abrir los ojos. Por favor, Mikasa. No me dejes solo. Nos quedan muchas cosas por hacer; apenas estamos empezando. Dicen que me oyes, pues escúchame atentamente: abre los ojos. ¿Vas a permitir que esto te supere? Eres fuerte. Sé que estás luchando. Recuerda lo que te dije cuando nos conocimos: si no luchas, no puedes ganar. Gana y quédate conmigo. Tengo miedo de no oír tu voz nunca más. —Se inclinó para besarle la frente—. Mikasa, te quiero. Perdóname por todas las veces en las que me comporté como un idiota. Gracias por haberme protegido siempre. Duermo pegado a la bufanda; huele a ti. Lo nuestro no puede ser una tragedia, como lo de Orfeo y Eurídice, como Romeo y Julieta. Imitaría a Orfeo con gusto e iría a buscarte al mismísimo Hades, pero eso es imposible. Sólo puedo mandarte mi fuerza desde aquí y decirte que te amo.

El matiz de patetismo en la voz, el gesto apesadumbrado que la acompañaba, las palabras desesperadas, hicieron que por un momento la vida se convirtiera en un gran melodrama. Todo aquello recreaba un ambiente con el que estaba familiarizado. La muerte de lo amado, la decadencia de la felicidad y el auge de sentimientos azules, fríos como el invierno. Respiró hondo y se le escapó un gimoteo. Por primera vez, en todos aquellos días, dejó brotar un llanto incontenible, pero incapaz de deshidratar la pena. Era necesario que derramara las lágrimas. No sólo lloraba por la mujer acostada en la cama, desvaída y más muerta que viva, sino por todos los que ya no estaban. Pensó en sus padres, sobretodo en su madre; se había ido demasiado pronto. ¿Acaso estaba condenado a perder todo lo que quería? Lloraba por lo que le había dicho Jean, por la crudeza de sus afirmaciones. Todo lo que le pesaba se comprimió en aquel momento hasta estallar.

—Si pudiera morir en tu lugar, lo haría. Pagaría cualquier precio por verte abrir los ojos. Se ha pasado una vida entera y yo sólo guardo el recuerdo de unas pocas horas. Estoy cansado de despedidas, Mikasa, así que, por favor... No te vayas.

Recordó la última vez que hicieron el amor. El placer que experimentaba Eren acariciándola era descomunal, y las manos de ella se deslizaban sobre su cuerpo, excitándolo de tal manera que el orgasmo era siempre el tercer integrante de sus encuentros. La aplastó contra la pared, de espaldas a él. Sus labios cubrieron la distancia desde la nuca hasta el final de la espalda, con una rodilla hincada en el suelo, besando los dos hoyuelos de Venus que allí había. Mikasa dio media vuelta, y Eren quedó con la cara delante del sexo. Lo abrió y su lengua comenzó a aletear, a situarse encima de la pequeña protuberancia y moverse en círculos. Se separó y le dijo: «Quiero ver cómo te masturbas».

Mikasa no lo dudó. Abrió las piernas e hizo lo que le pedía. La vista era encantadora. Los muslos eran del color de la leche, y la vulva rosada y húmeda. Ella presionaba con los dedos, frotaba con frenesí y se apoyaba contra el tabique. Eren observaba complacido, con el miembro en alto. Le fascinaba ver los dedos de la mujer perderse entre los pliegues, los pezones erectos y el gesto desfigurado por la lascivia, la saliva de un beso pasado sobre los labios, los ojos entornados y el pelo revuelto.

Se acercó y no le permitió llegar al orgasmo por sí misma. Tomó su mano y lamió los fluidos de los dedos. Luego la aupó, ella enroscó las piernas alrededor de su cintura y Eren se clavó en el interior. Las embestidas eran rápidas, y le separó un poco más los muslos, buscando llegar a lo más hondo. Las uñas de la mujer se anclaban a su espalda.

Eren se forzó a volver al presente. Un recuerdo tan maravilloso se había convertido en doloroso. ¿Jamás volverían a entregarse el uno al otro? Cómo le gustaban a él aquellas tórridas noches (y días). Cada ocasión que estaban juntos era especial y Eren las atesoraría hasta el último día de su vida.

Decidió ir a darse un baño. También tenía que afeitarse. Se levantó del taburete y se dirigió a la puerta. Se quedó quieto unos instantes, limpiándose los restos del llanto con el pañuelo de encaje que Armin le había regalado no hacía mucho tiempo atrás. Agarró el pomo y una voz débil, resquebrajada, lo hizo darse la vuelta con violencia, con la mandíbula temblorosa y los ojos abiertos.

—Nunca —empezó Mikasa, encontrando dificultades para hablar— te dejaré solo.

OoOoO

¡Hola pichones!

Un poco de lemon no le hace daño a nadie, ¿no?

Hace falta más lemon en la vida, y también en Fanfiction.

Si estás leyendo esto ¡anímate escribir un one-shot erótico de este pairing! Y si lo haces, dímelo, je je, je.

Bueno, una vez he incitado a la gente a dejarse llevar por la perversión, procedo a comentar este revelador capítulo.

La primera escena, qué puedo decir. Eren Kruger ha aparecido muy poco en el manga, pero tiene algo que me encantaaa. Así que ha protagonizado un cameo. No creo en el más allá, pero no podía perder la oportunidad de hacer algo así. Por otra parte tenemos la charla de Levi y Hanji, con esta última pervirtiendo al personal. Me lo he pasado de fábula narrando la escena xD.

Luego tenemos a James y a Víctor. El paralelismo con Judas Iscariote es obvio (el propio Víctor lo llama Judas y le sugiere ahorcarse, tal y como hizo el apóstol), pero James no llega a suicidarse, pues, como se menciona, lo atrapan. El muchacho se corrompió en la pobreza, su hermano se suicidó y su madre era una hija de puta, lo que contribuyó a construir el ser que es James.

Pero claro, al final Mikasa se la jugó a Víctor y consiguió robarle la carta de su querido padre. Y descubrimos que...

VÍCTOR ES UN ACKERMAN POR PARTE DE MADRE.

Lo sé, lo sé. No te lo esperabas.

Pues hasta aquí este undécimo capítulo.

Para subir el próximo me retrasaré, porque tengo exámenes y una vida social que atender, lamentablemente.

Hasta la próxima y recordad las sabias palabras de Carmen de Mairena:

«Más vale buen humor que en el culo un tumor».