Capítulo 11
Noche de machos, noche del diablo
Los decibeles de la estridente música proveniente del interior del local hacen que mi corazón retumbe, saludo al guarura de la entrada, me detengo en el umbral de la puerta por un instante para observar todo el rededor, en definitiva el bar está a reventar.
Doy un paso hacia adelante, luego otro y otro más hasta atravesar a la multitud en la pista de baile, choco con varias personas debido al reducido espacio mientras tratan de seguir el ritmo de las canciones. El hedor a sudor se hace presente. Las chicas rozan sus traseros sobre las ingles de los chicos, —sigo sin comprender a las mujeres, exigen respeto, pero se comportan como perras en celo. — me atrevo a jurar que son adolescentes en su mayoría, con identificaciones falsas claro está. Lo sé porque los que pasamos la veintena, si queremos follar pues lo hacemos y asunto arreglado; pasada la calentura simplemente; si te vi, no lo recuerdo. No necesitamos montar espectáculos tan patéticos delante de los demás, para eso existen los apartamentos o a más no haber un puto motel.
Llego a duras penas a la barra y le pido a la sexi cantinera un whisky a la rocas. La astuta dama me lo alcanza rozando sus dedos con los míos. sonriendo ampliamente e inclinándose para limpiar el acuoso círculo que dejó tras sí una antigua bebida colocada ahí mismo; sé cuales son sus verdaderas intenciones bajo su afán de pulcritud y excelente atención al cliente. Ella quiere que le dé duro esta noche, y si continúa mostrándome el nacimiento de sus tetas de esa manera tan insinuante, logrará su cometido. Dibujo una sonrisa en respuesta y llevo el líquido ambarino a mis labios.
Me distraigo viendo a la gente mientras Born to be wild, se escucha en la rocola. Una vez más, sorbo mi amarga bebida.
— ¿Así que también fuiste invitado a la jodida reunión? —comenta a mi izquierda aquel serio ex compañero de andanzas colegiales mejor conocido como el niño bonito.
—Eso parece aunque no he visto a nadie conocido a parte de ti.
—Están por allá, —añade, señalando la esquina más recóndita del lugar.—Sonrío por mi estupidez… ¿Cómo pude olvidar nuestro escondite? —¡Andando!—musita el Hyuga arrastrando consigo muchas miradas de lujuria por parte del público femenino en su mayoría, además de las de unos cuantos maricas; otras tantas de envidia provenientes de los machos con el orgullo herido.
Bordeamos el gentío hasta topar con la oscura mesa donde cinco hombres conversaban amenamente. En realidad lo hacían tres de ellos, quienes siempre han sido los escandalosos del grupo, los otros dos aunados al que viene a mi lado son más serios que un pleito de perros; y luego estoy yo, que no lo hago porque la verborrea me resulta problemática. El único ausente de la tertulia era el chico de huesos grandes y mi mejor amigo, a quién una flecha de cupido atravesó su corazón en tierras lejanas dónde conoció una candente morena.
Llegamos a la mesa y aquel hiperactivo rubio se levantó tan rápido para saludarnos que algunas de las cervezas cayeron, regándose sobre el mantel. —¿Hasta que por fin se dignaron en venir? — regaña Naruto mientras golpea mi espalda como calurosa bienvenida. —A ti estoy cansado de saludarte, cuñado. —le dice al de ojos grises.
—¡Qué no soy tu cuñado, tarado! —replica Neji, tomando asiento a la par del sujeto con quien minutos antes discutía y que irremediablemente debe aceptar como futuro miembro de la familia. Imito al castaño solamente que coloco mi trasero en la silla a la para del Uchiha.
—Tiempo sin visitar estas tierras, ¿eh, Shikamaru? —acota una voz al fondo cuyo dueño deja en evidencia sus inigualables y puntiagudos caninos.
Sorbo el último trago de escocés antes de responder, —He tenido líos con el trabajo.
—Pero trabajas en lo propio y prácticamente desde tu casa. —acota Inuzuka.
—Sí. Sin embargo, como doy asesorías o tengo que ir a solucionar algún problema en las redes, tengo que rodar por todos lados.
—¿No será más bien que al igual que Choji, una oriunda de Kumogakure conquistó tu corazón?
Los cuatro restantes me miran expectantes a la espera de la respuesta que daré. —No ha nacido aún la mujer que me ponga a comer de la palma de su mano.
—Son palabras muy contundentes, Nara. Cuidado y en menos de lo que canta un gallo, te encuentras cruzando el valle de los lamentos debido a una linda señorita. —interrumpe Aburame.
Lo miro de mal modo. No me gusta que me contradigan y peor que me sermonee un tipo a quién nunca se le ha visto con pareja alguna, sin excluir ningún género.
—¡Mendokusai! — murmuro mientras reboto mis ojos en busca de un mesero. Al parecer Naruto entendió mi búsqueda y con su habitual espontaneidad, se atrevió a silbar tan sonoramente que todo el mundo giró a vernos. —Una ronda, ¡por favor!
La siguiente canción, arrancó a muchos de la pista de baile, quedando únicamente las parejas realmente enamoradas o la muchachada que no pierden la fe de obtener un polvo y se denigran en bailar baladas románticas para maquillar el verdadero interés con las damas.
Las bebidas encargadas por el cabeza hueca llegaron en minutos y da la casualidad que venían escoltadas por la sexi cantinera que me atendió anteriormente. —Tres botellines de cerveza, un shot de tequila reposado y dos escoceses; el suyo doble. — dice la pechugona dama acercándome el pequeño vaso de cristal.
—No lo pedí doble. —le aclaro.
—¡La casa invita, guapo! —responde guiñandome un ojo cargado de rimel para luego tomar camino de regreso a su puesto haciendo un vaivén de caderas. Lo que provoca que mis descerebrados amigos me miren con sorna incluso aquellos que cuesta sacarles una sonrisa.
—Ufff ¿Como que alguien ya puso la carne en el asador? — ironiza Kiba.
—Bien dice el dicho que el que puede. puede; ¡viejo! ―le digo sorbiendo el amaderado licor.
—Si que no pierdes tiempo, Shikamaru. —agrega el oji azulado.
―Soy yo o me parece que están algo… ardidos al respecto. ―les reto.
―¡Qué va, Nara! yo estoy bien con Hinata chan; tanto que, como bien lo sabes, me casaré con ella dentro de poco.
—¿Dentro de poco? No seas descarado dobe. La pobre lleva años esperando esa maldita sortija de compromiso.
—¡Nadie ha pedido tu opinión teme!— replica Naruto gesticulando un mohín.
—¡Se habían tardado! —susurró Shino, a lo cual asentimos en acuerdo.
—¡Ya dejen de discutir! y respondiendo, Naruto —: la quiero para liberar tensiones, no para futura madre mis hijos; además, hace rato que vivo en la casa de mi padre, su mujer y la mimada rubiecita por lo que no he podido echarme un polvo decente.
—Ya debes de estar cansado de tanto jalartela, ¿eh? —dice Sasuke, cosa que me extraña de él puesto que siempre tiene ese porte de superioridad, que se atreva a dar una broma de tal calibre es todo un acontecimiento.
— ¡Ni que decir! Hasta tengo ampollas en mis manos. ―respondo mostrándole mis palmas, situación que provoca las carcajadas en todos nosotros y que Neji por poco se ahogue con la lasca de limón que chupaba.
—De seguro tienes una presa de sobo del demonio. —añade el de ojos zafiro.
—¡Un tanto sí!― admito con desagrado. ―En cambio tú no debes bajarte ni en las vueltas, ¿verdad?
—Por tu bien abstente de comentarios, Uzumaki. —le amenaza Hyuga antes que él pudiese decir palabra alguna.
—¿Viste lo grande que está, Temi chan? ―acota el apodado Kyubi a modo de desviar la conversación.
Muevo mis hombros en respuesta y restándole importancia al comentario.
—¡Y hermosa! parece una muñequita. Pronto Gaara, Kankuro y tú, deberán corretear a más de un listillo que pretenda cortejar a tu hermanita —agrega el cejas de azotador.
—¡No es mi hermana! sólo es la hija de la mujer de mi padre y como tal no me fijo siquiera en el color de sus ojos. —aclaro de mala gana.
—Creo que ella y Konohamaru terminarán juntos. —exclama el rubio y no sé por qué lo dicho por él me provoca acidez estomacal.
―Porque es una mocosa insoportable. —objeto.
—Pues siempre que Kon la lleva a casa de mis padres, me saluda cariñosamente, lo mismo sucede donde sea y con quien sea que la encuentre.
―Vive con ella y te darás cuenta que es una diablilla. —farfullo.
Nuevamente la curvilínea cantinera hizo acto de presencia, rebotanto sus pechos de arriba a abajo. —¿Se les ofrece algo más? —ronronea.
—Otra ronda más, ¡por favor!—contestamos al unísono e hipnotizados por ese par de ubres.—A mi me traes la botella de Jack Daniels— añado.
Ella apunta la orden en un trozo de papel y asiente con respeto, lo que origina que su escote se amplíe, y sin temor a equivocarme, ese hecho hizo estragos dentro de nuestros calzoncillos. La dama de corto cabello teñido de rubio opaco y ojos similares a los de alguien a quién no quiero mencionar, desapareció entre la muchedumbre.
―¿Alguno de ustedes ya se la folló? —pregunto sin dejar de mirar la tatuada espalda de la bartender. —Los cinco negaron con sus cabezas.
—Mi hermano, pero hace bastante de eso. Ya sabes es una groupie de la banda. ―señala el Uchiha.
—Puedo lidiar con ello. —sentencio con trago en mano.
Las horas transcurren entre anécdotas y bebidas.
—Me llevó mucho tiempo perdonarte, Nara. Saber que profanaste el cuerpo de obachan y que por poco te conviertes en mi abuelo postizo es algo difícil de procesar. —hipea Naruto ya bastante embriagado con tan solo seis cervezas.
—Te recuerdo que cuando me acosté con Tsunade, yo solo tenía dieciséis años, así que, ¿quién abusó de quién?
—Mejor no entremos en detalles. Sí. ―farfulla el próximo miembro del clan Hyuga.
Era una época difícil para ambos. La, aquel entonces, muy bien conservada abuela de Naruto, estaba estrenando su nada deseada viudez y por mi parte la muerte de Asuma. Eramos dos almas en pena, dos corazones desolados en busca de consuelo, a los cuales no les quedó de otra que brindárselo mutuamente. ¿Cómo? follando como si la proliferación humana dependiera de un adolescente y una mujer madura de cincuenta y tantos. Rebobinar ese fatídico día hace que emerjan sentimientos que creí haber enterrado años atrás. Introduzco una buena cantidad de whisky en mi boca a modo de borrar esas imágenes de mi mente.
—¿Seguro que tus padres nunca se enteraron de la relación entre tu abuela y Shikamaru, Naruto?— inquiere Lee.
—Si se enteraron prefirieron omitirlo, ¿y cómo juzgarlos? ¿Qué podrían hacer? ¿Enjuiciar al Nara por abusar de una veterana como mi obachan? ¡por favor! Ella es la que estaría en estos momentos tras las rejas. ―confiesa. ―Iré al sanitario. Recordar a este infeliz desnudo y dormido en la cama de la vieja me provoca náuseas. —protesta el primogénito del afamado relámpago amarillo saliendo a empujones de la esquina.
Diez minutos después y unos cuantos escoceses más, la conversación navegaba en las macabras historias de cama que nos ha sucedido.
—¡Lo juro! ―exclamaba Kiba a carcajadas. —Yo estaba dándole duro y parejo cuando a la loca esa se le ocurre intentar meterme un dedo en el culo. ¡Y eso sí que no! ―¡Por cierto! Aprovechando que el cabeza de chorlito no está presente, ¿Cuándo y dónde haremos su despedida de soltero?
―Debiste preguntarlo cuando Neji no esté presente, Kiba. Sin afan de ofenderte amigo, pero no creo que quieras participar puesto que sabes bien el tipo de relajo que se monta en estos eventos y como el agasajado del bacanal es nada menos que el novio de Hinata pues…—dejó en el aire el resto de la frase el de las cejas pobladas.
―¡Por el contrario! No me lo perdería por nada del mundo.
―Ahora sí me perdí. ―musita el siempre positivo sujeto.
―Fácil. Lo dice porque quiere comprobar cuál será el comportamiento de Naruto teniendo en cuenta que obviamente contrataremos desnudistas. En una buena estratégia para medir la capacidad de fidelidad y amor que le profesa el alcornoque a su prima ¿o me equivoco?
―¡Excelente análisis, Nara! ―afirma el Hyuga.
—¿De qué hablan, chicos?—interrumpe la risueña voz de Naruto.
—Nos burlamos del día en que Iruka sensei te correteó por todo el gimnasio del instituto.
—Iruka baka. Arruinó mi acostón con la chica de intercambio. Sólo me dio tiempo de cubrir mis partes nobles y echarme a correr.
—¿Volviste a saber de ella?
—Sí y no me quedé con el clavo de llevármela a la cama, el problema fue que Ino se enteró y le soltó la sopa a Hinata. Mi princesa y yo teníamos días de haber formalizado nuestro noviazgo, fue muy duro ver sus hermosos ojitos inundados de dolor y saber que fui el responsable de ello. Después de arrastrarme como el vil gusano que soy, logré su perdón y desde entonces le dije adiós a la infidelidad.
—Ino. Tan bella como lengua suelta. —acota Kiba.
—Lo dices con mucho enojo, perruno amigo, ¿Será porque ella nunca quiso nada contigo?
—Deberías actualizarte en los chismes del pueblo, Naruto.
—¿La encamaste?
—Sí. En una fiesta universitaria.
—Aquí la pregunta es ¿Quién no se ha encamado a Yamanaka?— inquiere, Neji.
—De los siete hombres en la mesa, tres levantaron su mano en respuesta.
—Veamos… Shino, Naruto y Lee. ¿Shikamaru,tú? Cómo sus familias han sido muy unidas, deduje que la considerabas tu hermana, prima o algo por el estilo.
—En efecto, la conozco desde pequeños. Recuerdo que me movió el tapete el primer día de clase en el jardín de niños, pero ella tenía los ojos puestos en el Uchiha.
—¿No que las mujeres son problemáticas o desechaste tan misógina idea?
—Continúo pensando lo mismo, soy del criterio que ellas son un acertijo biológico imposible de descifrar, aunque me declaro un ferviente admirador de su sensualidad y un asiduo explorador de la maravilla entre sus piernas. —Respondiendo a tu anterior pregunta. Sí. Tuve un ¨tentempié¨ con Ino, fue en el segundo año de secundaria, ella tenía la urgencia de quitarse la virginidad de encima como si se tratase de garrapatas. Al principio me negué, pero mis hormonas ganaron la batalla así que accedí. Fue en casa del viejo. Él, su mujer y la entonces latosa rubia de ocho años, se habían ido de campamento mientras que Kankuro y Gaara estaban pasando vacaciones en Suna. Me hice pasar por enfermo para ausentarme del jodido campamento familiar, Ino llegó, vimos una película de terror para amenizar la velada, en una escena ella dio un brinco asustada y se acurrucó en mi pecho, la besé para confortarla, luego una cosa llevó a otra; y en un abrir y cerrar de ojos, estábamos desnudos en mi pieza. Los dos no teníamos ni remota idea de como coger así que, como buen puberto inexperto, se la metí sin previa preparación lo que ocasionó que ella gimoteara, cuando vi que sangraba por poco me cago del susto y la calentura se me fue al suelo y no puede cerrar el trato. Días más tarde me enteré, por boca de ella misma, que me había buscado sólo para desvirgarla, porque, el hombre a mi lado, la haría suya bajo la condición de que ya no lo fuese.
—No vales nada, Teme. —aulló Uzumaki.
—Lo dije para quitármela de encima. Jamás creí que en verdad lo haría. Como ya saben y por razones obvias tuve que encargarme del problema que el Nara dejó sin terminar. —se defendió Sasuke. —Aún no sé cómo Itachi se enteró de lo que haría y me encerró el día antes en su cuarto junto a los pervertidos de Kisame y Shisui, según ellos para darme una cátedra de sexualidad y cómo cogerme correctamente a una mujer. Por cuatro largas horas tuve que ver películas y revistas porno, y lo peor, soportar a ese trío de idiotas empalmados hasta el tuétano.
―El tiro te salió por la culata. Puesto que años después te hiciste su fugaz novio el último año. —bromeó Naruto, acto que le disgustó al azabache. —Y todo para provocarle celos a Saku… ¡ups! ―El Kyubi no terminó de decir aquel nombre vedado por toda persona allegada al menor de los Uchiha.
Todos enmudecimos y dirigimos nuestros ojos hacia el azabache, puesto que sabemos que la dama llamada Sakura es un tema tabú para él. Ella es o era su punto débil.
―¿Sigues enamorado de ella?—Se aventura Lee a preguntar.
―Uno no pide de quién hacerlo, ¿no?; lo cierto es que llevo tiempo en no saber absolutamente nada de ella. Ya viene siendo hora de dejar eso atrás. Creo que en su fuero interno prefería quedarse con algo similar al premio mayor, pero cuando encontró la oportunidad de poder conseguir lo que quería no dudó dos veces en hacerlo realidad. Además, la chica con quién estoy saliendo me resulta agradable, me gustas compartir tiempo con ella.
―Quieres decir que, ¿piensas centrar cabeza?―Fue el turno de Naruto en interrogar.
―Lo que trato de decir dobe, es que me gusta estar con ella más allá de las sábanas; qué sé yo, ir al cine, salir a comer a buen restaurante.
Sorbo mi whisky escuchando atentamente la declaración de aquel individuo. Era extraño verlo por primera vez tan abierto. Siempre fue el listillo, matón e inalcanzable para las colegialas. Cometió un único error. Enamorarse de quién no debía. Fue fácil para la chica de cabellos teñidos de rosa, enredarlo para alcanzar su verdadero objetivo. Itachi Uchiha. El rockstar, vocalista de Akatsuki, deseado por hombres y mujeres por igual. El hermano mayor de Sasuke. Ídolo de multitudes y el hijo prodigio que toda familia de renombre como lo es el clan Uchiha quisiera tener.
Lo conozco desde niño cuando iba con los chicos a jugar a la casa de Sasuke. Me resulta un tipo agradable, un alma cansada, sabia y rebelde que solo desea alguien que lo ame de verdad y no a su fama.
En cambio el benjamín del clan formaba parte de La triada del infierno, conformada por él, Naruto y mi persona. Éramos el terror de las vírgenes, el dolor de cabeza para nuestro padres y las escorias del instituto. Recuerdo que de pequeño admiraba a Sasuke, siempre perfecto, tan cool. Inclusive llegué a odiarlo, sin embargo, la vida le tenía una mala pasada. Fue poco después de cumplir su mayoría de edad, por fin había logrado que la ojos jade, aceptara salir con él, pero un día tuvo libre la última clase, llegó al apartamento que le obsequió Itachi por graduarse como estudiante sobresaliente, para encontrarse a su chica empotrada por el rockero. Cuando el chisme llegó a mis oídos por cortesía de Ino, ¡para variar! sentí empatía por el emo, entendí que toda su prepotencia se basaba en querer ocupar, al menos, un mínimo lugar donde su perfecto hermano mayor no fuese quién acapara las miradas.
Fue todo un acontecimiento a nivel mundial, el líder de la banda más influyente del momento involucrado en un lío pasional con su propio hermano. Debió ser una escena difícil de procesar y perdonar. Al final, se supo que Sakura salió adrede con él, para tener quizás una oportunidad con Itachi, quien no tenía remota idea que la chica era pareja de Sasuke y que obviamente le pateó el culo sin incluso haber terminado de follarsela.
Mi padre dice que un hombre no está completo hasta que encuentra su amalgama. En su caso enviaron su mitad por partida doble. Quizás el viejo tenga razón. Si analizo los rostros de mis amigos puedo identificar el regocijo del amor verdadero, el dolor del no correspondido y la añoranza de alguna vez encontrarlo. Por mi parte soy un simple espectador y cuando cojo dejo en claro que sólo será casual, está en la chica si acepta las condiciones porque si cree que por abrirse de piernas me ha amarrado pues está equivocada. Sino que lo diga mi amiga de juegos íntimos. De chico me enamoré, ella se burló de mí y ahora fornicamos cuando se nos plazca sin atadura alguna. —¡Tómalo o déjalo! Ese es mi lema.
Me abofeteo mentalmente para salir del mundo filosófico, me apresuro a dar el último sorbo de whisky, saco la cajetilla de cigarrillos, me llevo uno a la boca para encenderlo con el viejo mechero que me regaló Asuma, inhalo profundamente, llenando mis pulmones de esa droga legal y exhalo formando círculos.
—Este no es sitio para fumar, Nara. —regaña Lee.
—Sí. Hazlo afuera o sino me veré en la tentación de pedirte una bocanada y bastante me ha costado mantenerme lejos de esa mierda. —añadió Kiba.
―Se ahogan con el humo las princesas. ―farfullo mientras les saco el dedo y me encamino a la salida para irme a fumar tranquilamente al exterior.
Camino por el sendero hacia el parqueo, cabreado con las locas de mis amigos que no me permitieron fumar en la mesa. ―¡Me cago en la leche! —balbuceo cuando la helada brisa golpea mi cuerpo y recordé que dejé mi chamarra en el respaldar de mi asiento.
―Una boquita tan linda no debería decir improperios. —musita una fémina voz.
Dirijo mi cara hacia el punto donde se encuentra la emisora de las palabras. Está sentada sobre el cofre de un destartalado auto. Sin la barra de por medio, logro apreciar cuán guapa es en realidad, va vestida de botas de tacón, pantalón de piel de serpiente y blusa que deja poco a la imaginación. —Y cómo, ¿Para qué sería buena?—le sigo la conversación.
—¿Tu dime?
—Fanfarronear no es lo mío. Soy hombre de hechos, no palabras.
—Eso se escucha sumamente tentador. —¿Tienes otro? ―pregunta haciendo un mohín con su boca. —Acabo de terminar el último y quiero más.
—¿No deberías estar trabajando?―le pregunto mientras le alcanzo la cajetilla para que saque un delgado filtro, el cual, coloca en su boca pintada de púrpura.
—Estoy en mi hora de descanso. —responde la pechugona rubia acercando su rostro al fuego de mi encendedor.
—¡Ya veo!
—¿Me extrañabas?
―No.
—¡Qué cruel! ¿Siempre eres así?
—¿Cómo?
—Déspota.
—¿Por qué me tildas con tal calificativo? ¿Porque no estoy aquí remarcando lo bella que eres? Puedo hacerlo. Aún mejor que cualquiera de los idiotas que te rinden pleitesía, pero no es mi estilo, lo que quiero lo consigo y punto. Sin rodeos ni exclusividad.
―¿Insinúas que nunca has recibido un no por respuesta?
—Claro que me los han dicho, incluso hasta recibido bofetadas y unas cuantas mentadas de madre, pero prefiero ser directo y sincero que un chantajista sin escrúpulos.
—Con ese carácter no debes conseguir muchas mujeres que acepten irse a la cama contigo.
—¡Te equivocas! creo que ustedes tiene un retorcido gusto por los hombres malos, pueda que sea herencia de la época de las cavernas, pero por lo general, les fascina que las maltraten. Si tienen un novio complaciente, ¿Qué hacen?, adornarle la cabeza con cuanto atorrante se encuentren en el camino. En cambio, si su pareja es borracho, adicto, mujeriego y sin trabajo; ustedes son capaces de ir a la luna y regresar si su hombre se los pide.
—¡Wow! Si te soy sincera me es más placentera la compañía femenina, así que no puedo opinar al respecto. Sin embargo, como no te quiero para esposo sino para una tórrida noche de lujuria, omitiré tu machismo.
―Bisexual, ¿eh?
―No. ¡Pansexual, cariño!—Mi novia está lejos y tengo mis necesidades, a ella no le molesta que tenga compañía masculina cuando no está para satisfacerme, caso contrario si le soy infiel con otra chica. Una llega aburrirse de los penes de goma y la verdad es que, degustar un buen falo una vez al año, no hace daño. Y da la casualidad que es tu miembro es el que quiero probar.
—¿Qué te hace creer que me acostaré contigo?
—¿Será la forma en que miras?
—No soy yo quién se colocó un letrero gigante en la cabeza de disponible desde que pedí la cerveza en la barra.
—No eres el único que va directo al grano.
—Touche. —la rubia me simpatiza. Era casi como verme en un envase femenino.—¿Qué podrías hacerme que no haya hecho otra chica?
La mujer me sonrió, mostrando su pequeña separación en los dientes frontales. —Salgo de trabajar en dos horas. Si quieres conocer mis habilidades en la cama puedes esperarme para enseñartelas.
—¿No podrías darme un adelanto? Siempre es bueno catar antes de comprar. —sugiero .
La mujer no se hizo esperar. Colgó su índice en uno de los pasafajas de mi pantalón, jaló mi petrina hacia sí, llevando a su vez mi cuerpo. Levanta su rostro mientras sube mi camiseta un poco más arriba de mi ombligo. Besa mis abdominales. Uno a uno.
—¿Qué deseas que haga?―me dice.
—¡¿Para qué eres buena?! —respondo.
La rubia golosa se rió por lo alto y acto seguido se levantó del cofre para besarme. No era un beso suave, tampoco exigente. Era un beso de deseo momentáneo. Delicioso, pero sin significado para alguno de los dos. ―¿No vas a tocarme?―susurra entre dientes, ya que, se entretiene jugando con el zarcillo que pende del lóbulo de mi oreja.
—Me gustaría, pero no lo haré. No te daré nada hasta que salgas de trabajar y pueda llevarte a mi cama para que sepas lo que es tener un hombre de verdad.
—¡Se oye prometedor! —acota mientras continúa su juego, además, de excitarme al acercar su pequeño cuerpo y restregar sus voluminosas tetas sobre mis pectorales. Baja sus labios dejando un reguero de besos en mi cuello, al mismo tiempo conduce su mano sobre la parte frontal de mi pantalón para estimular mi miembro, para que a la vez, baje mis defensas y me rinda a sus encantos.
No le doy gusto y permanezco sin inmutarme, permito que haga conmigo lo que le plazca. La dama detiene su escrutinio sobre mi anatomía para masajear mi torso. Me mira con ojos suplicante, más no me dejo influenciar por ellos. —Eres un hueso duro de roer. ―exclama, lamiendo mis tetillas por encima de la tela. ―me quedan quince minutos para entrar. ―añade dándole un vistazo a su reloj de mano. ―El tiempo suficiente para que te retractes de hacerme sufrir y dejarte deseando más. Te daré la mamada de tu vida, sólo pon atención.—ronronea.
Desciende paulatinamente. Coloca sus rodillas sobre el asfalto y sostiene su mirada. Enfrentándome. Retandome con aquellas orbes tan similares a la mocosa de rostro aniñado, aunque distan en inocencia unos de los otros. Veo como, poco a poco, zafa mi cinturón, desabotona mi pantalón, desliza hacia abajo la cremallera y los baja junto a mi trusa.
―¿Te has quedado muda, mujer? ―inquiero con orgullo al notar que está pasmada ante mi virilidad , la cual, se encuentra completamente erecta.
―¡Es digna de exhibirse en un estante de trofeos.―musita antes de bordear mi goteante glande con su exquisita lengua adornada con un piercing.
―¡Oh, mi jodido dios! ―exclamo en éxtasis.
Su boca acoge mi miembro. Sus delgados labios lo apresan. Hace un movimiento envolvente, de arriba a abajo y viceversa, dejando algunos rastros púrpuras sobre la base. Tomo los laterales de su cabeza, la hago permanecer quieta, ahora soy yo, quién meto y saco mi pene de su cavidad bucal. Simulando una penetración. Siento una creciente opresión que nace desde mis entrañas, mi masculinidad se estira un poco más y la sangre que fluye en las venas del mismo aceleran su tránsito. No hay lugar para las dudas, estoy por correrme.
—¡Chupa! —le ordeno.
La rubia apremia la felación. me mira mientras la lleva a cabo.
—¡Más rápido! —le insto. Y así lo hace. Sólo bastaron unos minutos para que hiciera amago de separarme de la chica.
―¡No te apartes! ¡Correte en mi boca!―suplica.
La miro con incredulidad. No a todas las mujeres les place tragarse el semen, aún más, si el sujeto en cuestión es un desconocido. Asiento en resolución, ella entiende el mensaje y se presta a manipular oralmente mi pene hasta que doy un suspiro y libero mi semilla en su boca, tal como ella lo pidió.
Una vez recuperado de tan magnífica mamada, me acomodo las prendas y el cabello. La rubia se levanta, quedando frente a mí casi a la misma altura debido a sus tacones. Se limpia sensualmente sus comisuras con su pulgar, sonríe sacando su nada discreto pecho, henchido por la labor cumpida. Satisfacer, al menos una parte, de los instintos primitivos entre un hombre y una mujer.
La tetona se acerca a darme un pico en la boca. No siento asco del salino y almizclado sabor que deja en mis labios puesto que viene de mí. Gira su cuerpo en busca de la puerta para entrar de nuevo a su trabajo. Y dice—:
―¡Lo olvidaba! Soy Trinity, ¿Y tú?
―¿Cómo quieres que me llame?
—Así que prefieres el anonimato. Te diré...
―Sombra. —me anticipo.
—Nombre de gigolo, ¡interesante! ¿Esperarás a que salga de trabajar?
—No tengo nada mejor que hacer así que… ¡está bien!
―Te veré adentro, ¡bomboncito! —se despide con sensual caminar y desaparece por la gruesa puerta de cristal mientras yo doy unos minutos de gracia para no levantar sospechas por mi nada discreta tardanza.
Una vez dentro, camino con lentitud hasta la mesa, la cual, noto que está más vacía.
―Shino y Lee se han ido. ―anuncia Kiba.
—¿Por qué tardaste tanto? ¿Acaso estabas follando alguna chica entre los arbustos?
Sonrío ladinamente, ―¿Qué tal si digo que sí?
—pfff… ¡Qué no te creo!
Tomo asiento y dirijo mi mirada a la barra donde, la rubia de grandes pechonalidades, se encuentra atenta al llamado de sus clientes. Le hago una señal para que llene la mesa con nuestras respectivas bebidas. Minutos después con charola en mano, la dama se acerca y extiende nuestro pedido con amabilidad y dándome una mirada sugerente, que por las caras largas, creo no se dieron cuenta.
La algarabía que hubo horas antes, se había esfumado por completo, dejando una estela de memorias que se creían olvidadas. Sin temor a equivocarme, puedo asegurar que cada uno llevamos nuestros propios demonios y lidiamos con ellos hasta que las fuerzas divinas se les ocurra pedirnos regresar. Por ejemplo, luego del trago amargo que fue la típica metida de patas de Uzumaki, logro identificar que el hecho trajo a colación un revolú de sentimientos que estaban ocultos en lo más recóndito de sus almas.
En el caso de Neji, amor vs deber. No fue por falta de reciprocidad, todo lo contrario, pero al sujeto le ganó el sentido del deber para con su familia. El clan Hyuga se destaca por ser clasista, y la amada del futuro líder, no era más que la hija adoptiva del chofer de la familia. Por obvias razones, el clan nunca permitiría un enlace matrimonial con una plebeya. Ahora, Tenten está casada, nada más y nada menos, que con el hombre a la izquierda del ojos grisáceos. Rock Lee. Lo último que supe de él, gracias a mi compañera de bacanales, es que el codiciado soltero gusta de despilfarrar algo del dinero heredado con prostitutas de élite.
Por otra parte, se puede decir que, Naruto aprendió su lección y no volverá a cruzar el límite con otra mujer. No obstante, lleva el cargo de conciencia de herir amado y la inseguridad que trae consigo la posibilidad de sucumbir nuevamente al deseo o que tarde o temprano, el karma actúe y la pelinegra le pague con la misma moneda.
De Sasuke no diré nada puesto que ya sabemos, cuál es su talón de Aquiles.
Si bien es de mala educación hablar de los ausentes, diré que, Lee tiene una pequeña agencia de seguridad privada y que al menos le alcanza para salir de cuentas como le sucede a todo emprendedor. Del Aburame, no sé absolutamente nada. Si es gay, traficante de órganos, futuro sacerdote, straight, pedófilo. ¡Nada! El hombre ha sabido manejar muy bien su privacidad.
Es el turno de Kiba. Él es un alma libre. Un tranquilo veterinario, soltero, que no ha cortado el cordón umbilical, ya que, vive con su mandona madre aún.
Finalmente, estoy yo. Un sujeto que todo le parece problemático. Vivo un día a la vez y poco me importa el qué dirán o los estereotipos. Mantengo una enfermiza relación sin exclusividad con una amiga sexual, consumo drogas, alcohol y lo más importante de todo, llevo un cúmulo de resentimientos en mi pecho que pienso aplacar de la peor manera, uno a uno.
El dj anuncia que es la hora de cerrar el bar y que por favor la clientela salga en orden por la puerta principal. Uno a uno, mis amigos se marcharon mientras yo permanecí esperando en mi auto rentado a que la cantinera hiciera cuentas y me siguiera su coche. Es humillante que a mi edad tenga que echar mano de la usanza antigua y follarme a la chica en la que una vez fue mi habitación en la casa de mi padre. —Maldita la hora en que se me ocurrió subarrendar la casa que me heredó mi madre.
Mis manos viajan por todo su cuerpo. Las suyas están entrelazadas a mi cuello. Un festín de besos pasionales ha comenzado.
―¿Seguro que no hay nadie más?—interrumpe la rubia.
―¡Lo juro! —mascullo.
—¡Excelente! —exclama mientras nos devoramos los labios y trabajamos en cooperación para quitarnos las ropas.
Una vez cubiertos únicamente por nuestros interiores, la pequeña tigresa en que se había convertido la rubia, tomó el mando del acto y me aventó bruscamente a mi cama individual para luego subirse en mí y retomar los besos.
Se centra en acariciar las partes rapadas de mi cabeza y baja a mi cuello para lamerlo cadenciosamente. Yo me concentro en amasar sus tetas cubiertas aún por el sostén, pero pronto me desespero y conduzco mis manos a su espalda para desprender el cierre del mismo y dejar a ese par de cachorros en libertad.
La dama conoce sus dones y los muestra con orgullo, se erige para que yo pueda apreciarlos. Y si soy sincero, mejor los hubiese dejado en su lugar. Se veían firmes y apetecibles y no decaídos como son en realidad. Sin importarme otra cosa más que suplir mis necesidades y cumplir sus expectativas, levanto la parte superior de mi cuerpo, sosteniéndome de un brazo y llevo uno de esos pálidos pezones a mi boca. Acto que la hace gemir y descaradamente rozar su vulva sobre mi entrepierna.
Me dedico a entretener al par de bondades. Lamiéndolos, chupándolos y pellizcándolos el filo de mis dientes. La humedad de su intimidad traspasa su braga hasta mojar mi miembro. La hembra comienza a descontrolarse y removerse cuando rozo mi dígito en el empapado trozo de encaje. Desesperada, la chica vuelve a empujarme hacia el colchón, delinea mi mandíbula con su lengua mientras juega con mi pecho. —¿Será que tiene una cliché con las tetillas de los hombres?―cruza la bizarra idea por mi mente. Baja sus besos a mi clavícula.
―Tienes preservativos, ¿verdad?
La mención por poco y hace horrores en mi pene. ― ¡Mierda los olvidé!
—Sin globos no hay fiesta, cariño. Yo no me protejo. Bien te dije que estoy con una chica así que no tengo por qué preocuparme de un embarazo.
― ¿Me ves cara de querer ser padre? ―inquiero. — ¡rayos, mujer! también que estábamos.
― ¿Y si lo intentamos?
—Estás demente si crees que me vendré dentro de ti sin contracepción alguna.
―Puedes controlar el ritmo, ¿no?
—Obviamente, pero acaso no sabes que aún con los primeros caldos puedo preñarte.
—Entonces, ¿lo dejamos acá?
Siento que ambas cabezas me van a estallar, sin embargo, la no pensante gana la batalla y me dejo llevar por los instintos primitivos. —¡Correré el riesgo! —sentencio decididamente. Ella asiente en aprobación. Nos besamos totalmente ciegos por la excitación, tanto que, nos importa poco las consecuencias venideras.
La rubia se levanta el tiempo suficiente para comernos a besos y apresuramos a sacarnos las últimas prendas. Quedamos completamente desnudos, uno del otro, Ella muerde su labio al tenerme tal cual vine al mundo y yo noto el coqueto vello de su pubis en forma de corazón. Rápidamente nos damos al abandono del placer. Nos entrelazamos, la aupo para que enrede sus piernas alrededor de mi cadera, doy más soporte a su cuerpo cuando la sujeto contra la pared al tiempo que mis dedos se escabullen dentro de sus pliegues vaginales.
La escucho gemir y soltar varias maldiciones. Mi pene envía mensajes de socorro. Requiere atención inmediata, pero me abstengo de pedir rescate, ya que, quiero llevar a la dama hasta las últimas. Cuando mis falanges han logrado el cometido de terminar de empaparla y mancillar su clítoris, la bajo y la giro con brusquedad y que sus tetas casi se adhieran al concreto. Tiene su rostro ladeado, su piel blanca tiene esporádicas pigmentaciones rosa y se encuentra un tanto sudorosa. Coloco mi miembro en medio de la raja de sus nalgas y me dedico a besar sus omoplatos. Por fin logro reconocer el dibujo que descansa en su espalda. Son una largas alas góticas que llegan hasta su cintura.
Sonrío ladinamente al ver cómo sus ojos han oscurecido. Del verde de sus iris no queda más que el recuerdo. Me dedico a profanar cada parte de su cuerpo, me arrodillo para morder sus glúteos, acto que provoca que la mujer se retuerza con frenesí. ―¿Te gusta esto?—inquiero, insertando mi dedo en su hendidura.
—Mierda, sí. Mucho, mucho.
—¿Y esto? ―vuelvo a preguntar mientras abro sus nalgas para lamerla desde atrás.
Mi rubia acompañante, se desenfrena y gime en respuesta como si no hubiese un mañana.
Me levanto lamiendo su sabor. Aplasto mi cuerpo al suyo, presionandola a la pared y rozando mi erección a propósito para que evidencie mi estado. Me separo en minutos y ahora soy yo quién la empuja sin delicadeza alguna sobre mi cama. Ella se gira y se arrastra un poco más arriba, abre sus extremidades inferiores, permitiendome con ello ver más de cerca sus salientes labios vaginales. Me acomodo entre sus piernas no sin antes besar la cara interna de sus muslos. Hundo mi lengua en su vagina, sacándole un jadeo.
La rubia pierde los cabales, mueve sus caderas y lleva una de sus manos para estimularse ella misma el carnoso nervio sensitivo de su femineidad… ¡Sí, hazme llegar! ¡Demonios! —Esas y otras frases no aptas para menores, hacen eco en mi habitación. Levanta su pelvis y como hambriento succiono aquella sustancia viscosa hasta limpiar por completo los restos de su orgasmo.
Quizás han sido las bebidas o la extraña similitud entre las dos, pero la latosa rubia, que no es exactamente la que se encuentra aquí mismo compartiendo sexo conmigo, comienza a rondar en mi mente. Cosa que altera mis nervios.
—¡Pelos de elote!
—¿Cómo me llamaste?
—¿Ah?
—¿Por qué me dices, pelos de elote?
—¿Estás loca, mujer? No he dicho nada.
—¡Te oí bien! Y así fue como me dijiste, ¿Qué te sucede? ¿Se te han subido los tragos a la cabeza?
Comienzo a enfurecerme. Esa maldita mocosa no hace otra cosa que obstaculizar mi camino.—Cierra la boca y ponla a trabajar en algo mejor. — le digo con enfado, besándola a modo de desvanecer mis propios fantasmas. Repto sobre ella para degustar cada espacio de su cuerpo con mi lengua. Nuevamente, me sumerjo en el mar de su intimidad, lamo con desespero, —necesito evitar pensar en esa niñita a toda costa y que mejor distractor que practicar un cunnilingus— en minutos la catapulto al segundo round.
La rubia se deja caer pesadamente sobre el colchón. Tiene su respiración agitada, su cabello desarreglado, sus mejillas decoradas de carmín y sus ojos gritan placer. Asciendo por su cuerpo manipulandolo con caricias y chupetes. Me acomodo sobre ella hasta dejar mi rostro casi a la altura del suyo, soporto el peso de mi anatomía con mi entintado brazo, siento sus manos subir y bajar por mi ámplia espalda. Llevo mi mano desocupada a mi ingle para sostener mi polla y dirigirla a su cavidad. Cuando mi glande toca su entrada, se despierta en mi interior un crisol sensaciones tan primarias y gozosas; un fuerte gemido se escapa de las cuerdas vocales de la chica. —¿Ansiosa de que entre en tí? —le digo con lisonja.
―No me hagas esperar, ¡por favor!
Muevo mis caderas hacia atrás para tomar impulso y hundir mi pene en su vagina. Lo hago duro, pero con cuidado. Su humedad me daba la bienvenida, lo que me imposibilita de dejar de moverme. Muevo mis caderas de un lado a otro, para que ella sienta más placer y se lubrique más. Doy estocadas firmes, violentas, mientras maniobro mi pelvis, me entretengo con el botar de sus tetas.
—¡Dame más, sí, sí… ya casi! ―exclama como desaforada.
Detengo mis movimientos para hincarme en el colchón aún sin salir de ella. Jalo sus caderas hacia mí y ella enreda sus piernas a mi alrededor. El estrecho espacio entre nuestros cuerpos dificulta la acción, pero aumenta la fricción y por ende el éxtasis. —¡Pellizcate los pechos!—le ordeno y ella acata sin rechistar. Veo como amasa sus melones y jala sus pezones. ―me pierdo en la calle de la lujuria.
—¡Apártate, me corro! —ruega.
—Vamos, mujer… ¡hazlo!— la incentivo.
—No. ¡quítate!—gime mientras siento sus paredes apretar mi pene. Le doy más duro y apremio la velocidad. —¡Que te apartes!— exige empujándome para rodar por mi lado, abrir sus piernas y comenzar a auto penetrarse. Segundos después suelta un sonoro chillido y a la vez una excesiva cantidad de eyaculación sale de su vulva.
Se tira cansada a mi cama. Su sonrisa de satisfacción no tiene comparación. El problema radica en que se nota a kilómetros que la dama no da para más y yo estoy a medio polvo. El miembro me duele y tengo el glande hinchado y colorado como chupa chups, a punto de estallar. Y no pienso masturbarme una vez más.
—¡Fue excelente! —anuncia la rubia en regocijo.
—Ha sido un gusto complacerte, pero no puedo decir lo mismo. —Añado, señalando mi miembro, a lo que recibo en respuesta una fugaz y burlona oteada, además de una carcajada. Mi rubia acompañante se levanta desnuda y descarada hasta llegar a su bolsa, mete su mano dentro de él y saca y una diminuta y transparente bolsa plástica.
—Polvo de hadas mágicas, ¿eh? —acoto, reconociendo el contenido. La dama sustrae un poco de la blancuzca droga con su larga uña del meñique, lleva el polvo hasta su nariz, tapa su aleta nasal con su pulgar e inhala profundamente. —¿Quieres? ― me sugiere y como soy fiel a la euforia que provoca la cocaína, no dudé en tomar una dosis.
— Se rumora que si colocas un poco de cocaína en tu glande, eso hace que aguantes más, ¿es cierto? —ronronea.
―Lo intenté una vez y te aseguro que es una completa leyenda urbana.
—Lástima— dice acercándose de nueva cuenta a la cama hasta quedar posicionada en medio de ella, toma el pequeño paquete y espolvorea el narcótico sobre sus tetas.—¡Inhala un poco más! — me propone.
Con punzante dolor en mi entrepierna, gateo hasta la rubia, inmediatamente la mujer extiende sus piernas para que yo pueda colocarme entre ellas. Saco mi lengua para catar el polvo que quedó justamente en su erecto pezón, paladeando la droga. —¡Es de buena calidad! —le digo mientra imito la acción que ella realizó minutos antes; aspiro con fuerza para no dejar rastro alguno de la sustancia sobre sus ubres.
—¿Quiero que me hagas un collar blanco?
La miro con mi ceja arqueada, sintiendo como el efecto del estupefaciente agudiza mis sentidos y como la vigorosidad vuelve a tomar mando en mi cuerpo. ―¡Eres una gatita muy sucia! —le digo, montándome, posicionando mis piernas a cada lado de su cuerpo, casi sentándome en la parte arriba de su abdomen y colocando mi virilidad en medio de sus pechos. La rubia presiona su busto y lleva su cabeza hacia atrás, mientras que yo me sostengo del respaldar para resbalar mi erección por el angosto canal.
Me muevo rápido. Ella jadea sin parar. Los sonidos que salen de boca, aunado al elevado estado en que me encuentro y el estimulante roce de la suave piel de sus mamas, me inducen a buscar mi propio placer. Bastaron unas cuantas estocadas para que mi orgasmo emane bajo una forma blanca, babosa y caliente. Me masturbe un poco más y me aupé acercándome al cuello de la rubia para hacer justamente lo que ella quería. Su anhelado collar blanco hecho con esperma.
Intento recuperar el aliento mientras observo a la pervertida mujer llevarse mi esencia a su boca y tragársela como si se tratase de golosinas. ―Y yo que creí que mi amiga de juergas era una zorra, pero con la dama debajo mío tiene dura competencia. Una noche de orgía con el par no estaría nada mal.—analizo en mi frenética nebulosa.
Al rato me levanto de la chica, bajé al frigorífico por unas cervezas, acabamos con las onzas de cocaína, repetimos una escandalosa sesión de sexo, ya entrada la madrugada le permití dormir en mi cama. Obviamente sin arrumacos ni palabras empalagosas de por medio, exclusivamente pernoctar para despacharla con las primeros rayos del alba.
El movimiento repentino de un agente externo a mi costado me sacan de mi abducción. Abro lentamente los ojos, la cabeza me da vueltas como carrusel. La resaca se avecina. Me giro y veo a la rubia recoger su ropa, pieza por pieza, caminado de puntillas para no hacer ruido.
Me muevo para desperezarme, doy un sonoro bostezo para que note que estoy despierto.
—¡Buenos días! —saluda a lo que contesto con un asentimiento. ―¡Debo irme! —anuncia como si yo fuese a detenerla. ―Tengo clases en la tarde y mi novia siempre llama a casa a las diez.
―Te está cogiendo tarde.
—¿siempre eres así de tierno?
—Ya conoces la salida.
—Así que es un ¡hola y adiós!
—Sí. Así es.
―¿Quién te jodió tanto, sombra? ¿Acaso fue la tal pelos de elote?
Se me hace un nudo en la garganta, —No tienes ni puta idea de lo que hablas. Además, Freud, no estoy para sesiones de psicoanálisis con una amante de paso.
—¡Idiota! —dice sonriendo mientras termina de acomodar sus prendas. —¿Te doy mi número telefónico?
―¡No lo necesito!
—Puede que te arrepientes de tu decisión y ya sea muy tarde. Sabes que tengo corazón de condominio y que hay muchos peces en el mar. ¿Seguro que no quieres guardarlo por cualquier eventualidad?
—No soy de repetir el mismo menú.
―¡De acuerdo! Si quieres verme, sabes dónde encontrarme.
—Cierra la puerta después salir.
La risotada de la rubia no se hace esperar. ― ¡Hasta la vista, baby!—se despide con el pomo de la puerta en mano. El inequívoco sonido del cerraje y el chillido de sus tacones sobre el mosaico me avisan que está bajando las escaleras.
Coloco mis brazos a manera de almohada detrás de mi cabeza. Permanezco entre las sábanas, giro y giro sobre mi mismo eje sin poder conciliar el sueño. Me quedo viendo el cielorraso, haciendo una retrospectiva de mi vida, deduzco que es un absoluta mierda. Estuviese vacía de no ser por el afecto hacia mi viejo, el dolor de la muertes de dos seres amados y la sed de venganza que actualmente impera en mi alma.
Una discusión llega a mis oídos, presto atención para localizar su punto de origen. En efecto viene de la planta baja. Agudizo mi oído para identificar las voces. —No pueden ser mi padre y su zorra, porque están en las afueras de la ciudad. Me levanto con pereza, salgo de mi cuarto y me encamino al pasadizo. Decido no devolverme a ponerme siquiera calzoncillo, la rubia ya me ha visto desnudo y si es la joven sobrina de la ama de llaves que en ocasiones viene a ayudarle con el aseo, pueda que le guste lo que ve y me ayude con la erección que exhibo. Maldigo unas cuantas veces debido a lo fría que está la cerámica, la cual, inflige un escalofrío la planta de mis pies.
—¿Quién demonios eres y qué haces acá?
—A mi no me grites, niñita.
―Esta es mi casa y te grito cuantas veces se me vengan en gana.
Bajo los escalones, estoy por llegar a la entrada de la casa, camino por inercia, restregándose los ojos. —¿Qué demonios está suce…
El ruidoso grito de unas jóvenes cuerdas vocales. Me hacen dar un brinco y abrir mis ojos hasta casi salirse de mis cuencas.
―¡Tápate maldito, puerco!
Estaba tan desubicado, la maldita resaca de drogas y alcohol sube sus revoluciones y del puto impacto que ha significado tener a la mocosa ante mis ojos, no me dio el cerebro para cubrirme. Miro para todos lados, hallando un pequeño cojín sobre el sillón, doy un salto. La tormentosa rubia adolescente vuelve a chillar, cubriéndose los ojos. Tomo el maldito almohadón para ocultar mi pene de su vista.
―¡Te estoy viendo el culo, asqueroso!
Llevo la acolchonada pieza de tela a mi trasero, pero entonces dejo a la intemperie la brutal erección que me manejo.
Los chillidos de Temari no paran. Está roja como tomate y a punto de matarme mientras la otra rubia permanece calmada y muerta de risa por el espectáculo que mi "adorada" hermanastra y yo estamos montando desde buena mañana.
―No hagas el embrollo aún más grande, mujer.
—¡Cerdo! ¿Qué te cuesta cogerte a tu zorra en otro lado? —vocifera la Sabaku no con su cara escondida entre sus manos.
La rubia mayor, hizo amago de acercarse a golpear a la menor, la cual, no se da por enterada por tener su cara mirando hacia otro lugar, me arrojo sobre la adulta sin importarme mi desnudez, prefiero soportar los gritos de Temari de por vida, si con ello logro impedir que la cantinera le ponga un dedo encima ―Mide tus palabras, ¡culicagada!—amenaza la chica de pelo corto. La arrastro conmigo, sosteniendola del codo, alejándola de la pequeña rubia de rostro aniñado. La suelto en cuanto llegamos a la puerta.
Miro hacia atrás y noto que coletitas aprovecha el momento para subir al segundo piso, supongo que ha ido directamente a su cuarto dado el retumbo de la una puerta al cerrar.
—¡Vete de una buena vez, mujer! Yo soluciono esto y ni se te ocurra volver a intentar golpearla, ¿me oíste? —le amenazo.
—Fue ella la que empezó con los insultos.
Aquí la adulta eres tú, no debiste nivelarte con una mocosa. —mascullo con ira oprimida. La pechugona rebota sus ojos, escudriñando mi interior.
—¡Ahora entiendo! Ella es la famosa pelos de elote, ¿no?
Inhalo aire para llevar el suficiente aire a mis pulmones y no descontrolarme. —¡Lárgate!—le digo sin esperar respuesta alguna, abro la puerta y empujo a la mujer hacia el exterior para luego cerrar de un solo portazo.
Exhalo y paso mis dedos por mi escaso cabello. Esta ha sida una mañana de locos, tan así que la resaca y mi empalme desaparecieron por completo. Doy una segunda exhalación y me encamino rumbo a mi habitación. La habitación de la problemática rubiecita a un lado de la mía, pero antes de intentar arreglar la situación, voy a mi cuarto a ponerme interiores y al menos un pantalón de chandal. Salgo, doy dos pasos, llego a su puerto golpeándola para que me atienda.
—¡Lárgate, asqueroso!—grita coletitas desde el interior.
—¡Debemos hablar!
—No hablaré contigo. Ya verás cuando Shika otosan se entere.
¡Mierda! Está loca sí es capaz de ir de bocona a contarle a mi viejo. Debo hallar la manera de mantenerle el pico cerrado o mis planes se van a la mierda antes de haber sido concretados.
—Sabaku no Temari. No estoy para desplantes de quinceañeras, así que abre la puta puerta o la aviento en uno…
—No te tengo miedo, ¡gallina!
—Dos, y tr..
La puerta se abre de sopetón. Tras ella hay una muy sonrojada e iracunda rubiecita —¿No se supone que estabas en casa de los Hyuga?―inquiero.
—Regresé temprano porque olvidé darle de comer a Kamatari. Y cubrete bien que puedo verte las bolas desde acá.
Asiento en comprensión. —Iré directo al grano, pelos de elote. ¿Qué quieres a cambio de tu silencio? —chantajeo.
―¿Qué quieres decir?
—No te hagas la desentendida conmigo.Tú y yo sabemos perfectamente que de tonta no tienes un pelo. Ya tengo que pasar por el suplicio que será enseñarte a conducir.
—¿Lo que no has hecho aún? —me recuerda mi deuda con ella.
―Empezamos el lunes luego de que regreses de clases, ¿de acuerdo?
—¡Sí, tú! —masculle con su delgada ceja arqueada.
Ahora, hablo que te compro lo que quieras, o hago tus tareas, pero a cambio debes jurarme que no dirás nada de lo ocurrido hace rato o me veré obligado a desembuchar tu pequeño secreto. Repito, ¿Qué quieres?
La rubia de coletas coloca sus delgados brazos en jarra, ladea su angelical rostro como si se lo estuviese pensado. ¡De acuerdo! ¿Pero ni creas que es porque te temo o porque me sienta coaccionada? ―Seré una tumba a cambio de una pequeñisisisima cosa.
—¿Cual?
La hermosa y burlona sonrisa de Temari, con sus blancos dientes en todo su esplendor no se hizo esperar. —Qué me lleves con todos los gastos pagos al concierto que darán los Akatsuki a fin de mes.
—¡Joder no! ¡Pide otra cosa!
—Es eso o mi madre y otosan se enteraran del trauma que acabo de enfrentar.— dice con sus grandes ojos verdes simulando sufrimiento. La muy maldita es una manipuladora en potencia.
—¿Crees que mi culo es un cajero automático, mujer?
—Será divertido ver como Shika otosan te da la reprimenda del siglo y te pone patitas en la calle.
—Gradería, palco o VIP —sentencio, sabiendo perfectamente bien que no me queda de otra que someterme a sus caprichos, pero hago mentalmente un juramento de que tarde o temprano todo esto le saldrá muy caro.
¡Buenas Noches!
Este larguísimo capítulo es una simulada disculpa por no actualizar desde hace rato esta historia y una compensación para sus seguidores. Espero sea de su agrado.
Se lo dedico a todos ustedes fanáticos del shikatema. Agradezco sus consejos, comentarios o el simple hecho de tomarse el tiempo para leer mis ocurrencias.
Para finalizar, agradezco de antemano su apoyo durante este tiempo. Sin más, me despido, deseándoles que la luz de todo lo divino guíe siempre su camino.
