Bien, bien, siguiente capítulo con ambos POV's, un capítulo que se materializó más rápido de lo que creí. Fav, follow, o review, y además, en la sección de noticias quizá no tan agradables, esta historia está llegando a su final, aún no sé cuánto capítulos me tome, aunque ya está próximo, mientras tanto disfrútenlo :)
Advertencias: contenido explícito.
Destinados
POV de Carlos
No estoy seguro cómo se siente estar enamorado, incluso cuando me siento patético buscando algo similar en algunos libros, o en las computadoras de la escuela, y como cada persona lo experimenta de una forma diferente, sólo sé que lo siento, lo vivo cada vez que pienso en él y sonrío como un idiota, en cada vez cuando hay un roce de piel contra piel, con cada beso que me da en las mejillas o en los labios, cuando juega con mi cabello, me mira, me escucha, me toca y me hace sentir bien cuando estamos solos. Ajá, definitivamente estoy enamorado de él.
—Y… ¿me estás escuchando?
Dejo de mirar por la ventana del autobús y regreso mi atención hacia Ally, creí que mi momento de abstracción duraría menos de un par de segundos, pero como veo que sólo debemos recoger a tres personas más entonces deduzco que estuve distraído más de cinco minutos, y no tengo idea de todo lo que me haya perdido.
—Lo siento.
—Eso es muy descortés de tu parte, Carlos.
—Lo sé, lo sé, lo siento —me rasco la clavícula izquierda y una sensación de temor me inunda antes de acomodarme el uniforme, ocultando la para-nada-gentil mordida que Jay dejó desde hace un par de días, y sabe perfectamente que a mi cuerpo le toma tiempo sanar de esa forma, como suele pasar con los moretones en los entrenamientos—, han pasado muchas cosas últimamente y me distraigo.
—¿Qué clase de cosas? Digo, si puedo ser intrusiva.
—Jay, mamá, cosas por el estilo.
Pasamos cerca de mi calle y es difícil no ver la imponente casa que mamá pidió fuera adaptada para sus necesidades, cualquiera que levante la mirada puede verla resaltando entre las demás, y cuando veo que la cortina de su habitación se cierra me hace pensar que en verdad puede sentir mi presencia, que sabe cuando estoy cerca y que, si no estoy alerta, enviará a Jasper y Horace a atraparme como si fuera uno más de los animales con los que hace su ropa, aunque seguramente ya tienen esa tarea asignada y son demasiado idiotas como para cumplirla.
Me encojo de hombros de todos modos, al saber que me tiene vigilado.
—¿Tú y Jay están bien? —pregunta, con tono serio.
—Oh, sí, todo está bien entre nosotros —«demasiado bien realidad, casi en el punto en que no puedo creerlo», continúo para mí mismo.
No miento en ese sentido, desde hace casi una semana en que le dijo a su papá sobre nosotros todo ha ido bien, sigo tratando de formar una buena impresión para el señor Jafar, como lo he hecho desde siempre, pero ahora con una barra más alta que debo alcanzar. Lo único que molesta a Jay, porque lo veo reflejado en todo su rostro, son las ocasiones en que llego por mi cuenta al entrenamiento, sin hacerle compañía aunque insiste demasiadas veces en saber qué es lo que hago entonces.
Si tan solo supiera… apuesto a que se enfadaría por completo.
Ally no hace el intento de retomar la conversación, en realidad comienza a charlar con la persona en el asiento junto al nuestro, no tengo idea de quién, pero lo hace ya que recogimos a la última chica y vamos hacia la Preparatoria. No me siento nada bien manteniendo ese secreto con Jay, ese ni ningún otro, además de que soy pésimo para mantenerlos, aunque no ha habido ocasión en la que se me escape, y espero que no la haya.
Me rasco la clavícula otra vez, no porque me duela o porque tenga comezón, más bien es como un acto reflejo, y acomodo el uniforme, riendo por lo bajo ya que estoy seguro de que esa fue su venganza por haberlo dejado en abstinencia en esa ocasión que me dio el regalo más perfecto que alguien me haya dado alguna vez en toda mi vida, y si mal no recuerdo es el único que me han dado. Quería pasar la noche con él casi tanto como él, podría asegurar que más, pero decidió sacarlo de esa forma, y espero que aún tenga la marca que yo dejé en su muslo derecho.
Todavía me sigo preguntando a qué se debe que no me he entregado a Jay, no es algo que no quiera hacer porque, maldita sea, desde el primer momento en que lo vi en los entrenamiento, la diversa cantidad de sensaciones que me atacó es una que sigue en pie, la excitación que sentí al ver sus brazos descubiertos, lo holgado de su camiseta sin mangas sobre su pecho, su sonrisa y las líneas de su rostro que estaban descubiertas por su cabello recogido es la que más resaltaba, pero ahora ha quedado sublimada de otra forma, en abrazos, besos, charlas sin sentido, susurros por las noches, riñas en los entrenamientos, tocamientos, y más cosas.
La verdad es que tengo miedo a terminar adolorido además de afónico, por eso no pude entregarme a él la primera noche que quedamos expuestos, un miedo estúpido pero que es parcialmente comprensible. Lo odio porque han sido muchas noches en las que estoy a punto de dormir hasta que recuerdo la forma del cuerpo de Jay cuando está desnudo, cada curva, músculo, zona con vello y lunar, la forma, grosor, color y rigidez de su pene, todo sobre él, y sólo pensar en eso logra que mi cansancio desaparezca para que se convierta en un cosquilleo sobre todo mi cuerpo y dolorosas erecciones que debo atender efusivamente, y cuando cierro los ojos me veo en distintas posturas con él mientras imaginariamente tenemos sexo en varias formas y posturas, él teniendo el control o yo también en ocasiones.
Justo ahora, cuando tengo mi mochila sobre mi cintura para ocultar lo que mis pensamientos producen en mí y el autobús entra en el circuito de la escuela, me doy cuenta del dolor que produce el deseo en mi cuerpo, cuánto es que quiero estar con Jay, sabiendo que estará igual de nervioso que yo pero que nunca dejará de besarme, porque dice que le fascina hacerlo, tocarme delicadamente, mirarme a los ojos y musitar esa clase de cosas que sólo me dice al oído. Admito que nunca le creí cuando dijo que no había tenido algún tipo de relación con alguien porque, vamos, se trata de él, muchas personas se lanzarían a su rostro sin pensarlo, y de entre todas las opciones eligió al ñoño pálido, pecoso, delgado y con cicatrices.
Resoplo y camino por la pequeña calzada que se extiende frente a la escuela, sin recordar el momento en el que bajé del autobús y empecé a caminar junto con el resto de mis compañeros hacia el edificio, sin Ally a mi lado ya que habla con Jane, pasando con paso veloz junto a la estatua del papá de Ben ya que siempre cambia de forma cuando paso cerca y la miro de reojo, como si supiera que logra matarme del susto cada vez que lo hace, y cuando entro al edificio principal vuelvo a resoplar, encogido de hombros y sujetando las correas de mi mochila.
No odio la escuela, en realidad me fascina estar aquí, no es difícil levantarme temprano ya que siempre lo hago para mamá, tengo una forma para llegar o la descubro cuando pierdo el autobús, tengo personas con quienes puedo hablar en los pasillos y almorzar, hay asombrosos profesores impartiendo las clases, además es otra manera de no estar con mamá todo el día, sólo odio a algunos estudiantes, Chad y su grupo de perdedores más directamente.
En verdad me gustaría saber si la reputación que tiene Dragon Hall es como la describen algunos de mis compañeros, con cañerías goteando, a punto de caerse, los estudiantes causando todo tipo de alboroto y sufrimiento a quienes no están del todo adaptados a su ambiente, quizá Diego me diría más cosas si no fuera un cabrón y si tampoco hubiese desertado al creer que su banda lograría un éxito rotundo de una mañana a la siguiente. Además, bueno, sería agradable ver a Jay por los pasillos, quizá asistir a clases similares, pasar más tiempo con Mal e Evie, conocer la contraparte a lo que suele suceder aquí.
Llego a mi casillero para preparar lo que necesito para la primera clase de mi día, Temas Selectos de Filosofía, que más bien debería llamarse Siesta ya que todo el mundo se queda dormido, y es entendible al tratarse de una materia densa, a mí me gusta porque hace que me dé cuenta de la realidad de las cosas, y los choques con la realidad son muy fuertes. Pongo la combinación para abrirlo y lo primero que puedo ver es una pequeña caja colocada equilibradamente sobre mi pila de libros y cuadernos, la tomo y quito la pequeña nota que está en la parte superior, leyendo lo que está escrito con la horripilante letra que Jay usa para escribir.
No preguntes, sólo disfrútalos ;) J.
La primera pregunta que tengo en mente es obvia, claro que no hago caso a lo que pidió: ¿cómo supo la combinación de mi casillero? ¿Cuándo entró al edificio? ¿Cómo supo cuál era mi casillero? ¿Quién le ayudó a hacer esto? ¿Sigo dormido?
Soluciono esa última cuando soy empujado contra mi casillero, golpeándome la cadera y mordiéndome el labio para no dejar salir el gruñido de dolor. No debo darme vuelta para saber quién es, se ha encargado de molestarme desde que inició el año escolar, además no soy el único al que le pasa esto, siempre que Chad o el miembro de alguno de los equipos deportivos camina por los pasillos toman a quien esté más desprevenido como víctima, sin tener represalias porque es claro que se prefiere a un equipo deportivo funcional que al bienestar de los otros.
Se supone que esta clase de cosas no pasan en la Preparatoria Auradon por ser la Preparatoria Auradon, pero supongo que es mejor hacerse el desentendido.
—Imbécil —susurro lo suficientemente alto como para que me escuche cuando se aleja, aunque de todos modos debo verlo en un par de clases después. Supongo que me odia ya que Jay me prefirió a mí, eso si el rumor que me contaron Mal e Evie es cierto, que a decir verdad sí lo parece por su forma de actuar contra mí.
Entro a mi primera aula del día y, como es de costumbre, mi lugar está pulcro, cada quien está en sus respectivos asientos, se giran para hablar con los demás, me miran con las cejas levantadas pero luego vuelven a lo que estaban haciendo, creo que la época de "todos insulten a Carlos porque tiene a un chico guapo a su lado mientras los demás no tenemos nada" se ha terminado, y todavía parece que era ayer cuando ponían notas estúpidas dentro de mi casillero.
Tomo mi lugar en la primera fila de asientos, pongo los codos sobre la mesa y apoyo mi rostro sobre mis manos mientras espero cerca de dos minutos hasta que suena la campana y nuestro profesor entra, un sustituto a Maurice, el abuelo materno de Ben; éste es un hombre bastante viejo en realidad, de unos sesenta años que se le notan desde el cabello canoso, las arrugas y la piel caída por aquí y allá, pero eso no le quita la amable sonrisa de su rostro además de su buen espíritu.
—Buenos días, alumnos —dice, sin la más mínima presentación previa.
Se da vuelta y empieza a escribir sobre la pizarra el titulo de un tema nuevo, la belleza, el tema del último montón de hojas que debimos leer, el que Jay trató de leer cuando robó la tarea de mis manos porque no le estaba prestando atención a lo que me decía, y sabe que cuando estoy concentrado me despego del mundo, antes de que terminara rascándose el cerebro por no entender mucho del tema a tratar. El hombre misterioso se da la vuelta y antes de que pueda empezar con su clase es interrumpido por el padre de Ben entrando por la puerta, Hada Madrina viene detrás de él, extraño si considero que ella es la directora de la escuela, y sin duda él es el hombre más atemorizante que he conocido, su imponencia es tanta que sin importar el escándalo que haya, con su presencia se provoca un silencio sepulcral.
—Buenos días a todos —nos saluda y todos nos ponemos de pie, firmes por el miedo—, sólo hago una inspección sobre el maestro suplente de hoy.
—Estaba a punto de iniciar con mi clase.
—Está bien, no interrumpo más, señor Lawrence.
Se dan la mano, eso me dice que se trata de otro familiar de Bella o sólo se trata de un par de viejos conocidos, de cualquier modo se separan y tanto él como Hada Madrina se van, dejándonos a merced del profesor sustituto.
Me gusta levantar la mano para tomar participación en casi todas las clases, en ésta no particularmente ya que han pasado momentos en que me arrojan bolas de papel en la cabeza cuando el profesor no está mirando, por eso simplemente tomo nota de lo que se escribe en la pizarra, haciendo un movimiento con la cabeza cada vez que la tiza hace un sonido chirriante, y le quito la tapa a la pequeña caja que Jay me dio, encontrando un despliegue de chocolates rellenos con kirsch fuerte, nuestros favoritos y los que hemos comido viendo demasiadas películas.
No hay una regla que prohíba ingerir alimentos durante las clases, de hecho algunos profesores nos dicen que podemos hacerlo para no dormir, así que me adhiero a esa regla y le quito la envoltura metálica de color rojo a uno para darle una mordida y luego deslizarlo dentro de mi boca, mientras siento que el chocolate se derrite pienso en cómo es que terminé tomando clases para alumnos de último año, con sus largos y elegantes nombres.
Según mis registros académicos he sido considerado como un chico brillante desde siempre, realmente me siento como si estuviera con todos los demás, sin la necesidad de estar adelantado a ellos. Se supone que debo estar disfrutando de mi tercer año enteramente, no partido por la mitad entre los deberes de quienes están por salir hacia la universidad y quienes todavía deben estar aquí.
Claro que quiero ir a la universidad, completamente, hay propuestas que son demasiado tentadoras, tengo los requisitos para muchas, y el dinero para pagarlas, pero no quiero ser el cerebrito que empieza con menos de dieciocho años a una de las mayores etapas de su vida; sería un cambio a todo lo que estoy acostumbrado, un cambio drástico, y no hay garantía de que eso me libre de mamá, seguro me seguirá o me hará inscribirme a las escuelas que ella quiera, para tenerme cerca.
Decisiones, decisiones; futuro.
Suenan las campanas del final de clases y dejo de hacer trazos sin sentido en la hoja que se supone debería tener un apunte sobre lo que acabo de ver en clase, que no es problema ya que simplemente puedo leer un capítulo de algún libro o preguntar sobre lo que pasó en todo el día ya que de algún modo no me di cuenta que terminó la clase de Matemáticas, una de las tres clases que van con mi año escolar y que comparto con Ally y Jane, y eso significa que soy libre, sólo por hoy.
De nuevo estuve todo el día en 'modo automático', salté de una clase a la otra sin estar al tanto, desde Ciencias de la Salud, Cibernética y Computación, Análisis de Textos, Nociones Básicas en Latín, Antropología, finalizando con Matemáticas, ni siquiera estoy seguro si comí algo en los dos periodos de descanso, aunque mi estómago no gruñe como suele hacerlo, y de todas maneras no habría comido nada ya que los chocolates de Jay sirvieron para satisfacerme.
Es patético admitir que estoy mareado por haber comido sólo una caja de chocolates en todo el día, no suelo hacer eso ya que los comparto con Jay cuando se da la oportunidad, además el licor que tienen es lo suficientemente fuerte como para hacerme sentir la cabeza ligera y también reír de cosas sin sentido.
«Mala idea, mala idea», internalizo mientras sigo caminando y tropezando.
Ojalá hubiera podido elegir las clases que tomaría en el año, puedo jurar que me asignaron las que tenían menor demanda por parte de los estudiantes luego de que todos mis profesores firmaron la carta que me daba la oportunidad de ir por delante en el año, y ni siquiera me permitieron decidir en eso, sólo lo hicieron.
Mientras limpio el rastro de cereza que quedó en las comisuras de mis labios por el último chocolate que mordí también levanto la mirada, viendo que todo el mundo se divide como una manifestación que está a punto de ser controlada, y veo a los miembros del equipo de tourney caminar por el pasillo, sin Ben o alguien más con un poco de sentido común a la cabeza, arrasando con todos aquellos quienes se ponen enfrente, flirteando con las porristas o chocando puños.
Mi inconsciente y mi leve estado de ebriedad me hacen pararme frente a Chad, trato de moverme hacia la derecha pero él se mueve conmigo, lo intento al otro lado y ocurre lo mismo, vuelve a quedar frente a mí, por lo que finalmente camino hacia el frente, golpeando mi hombro contra el suyo y haciendo que los demás reaccionen. Como esa es una agresión directa a su orgullo no pasa mucho tiempo antes de que sienta sus manos tomándome por los hombros y apenas pueda estirar los brazos para no golpearme el rostro directamente contra los casilleros.
—¿Te sientes valiente ahora que Jay no está aquí? —gruñe a mis espaldas, mi mejilla se presiona contra la fila de casilleros y, en lugar de suplicar en silencio que alguien me ayude, me suelto a reír con ánimos. Estoy demasiado ebrio, ahora lo puedo admitir, y si alguno de los profesores lo nota será mi fin.
—Sólo estás celoso porque está conmigo, y porque puedo tocar cada parte de él sin tener que pedirlo, a diferencia de ti que solo puedes mirar —me presiona más contra los casilleros, aunque eso no evita los susurros.
—N-no sé de qué estás hablando.
—Oh, por favor, tu fachada de rompecorazones no es nada comparada con la de Jay, él puede tener a quien sea cuando quiera y por el tiempo que sea.
—Cierto, ¿y qué diferencia hay de ti a quien sea que ha estado con él?
No había pensado en esa parte, realmente sólo estoy diciendo lo primero que se me viene a la cabeza, no le doy un procesamiento como debería, no obstante logro liberar mi mano derecha, lo tomo por el antebrazo y lo hago girar en una de las técnicas de inmovilización que hemos aprendido, tan rápido que no tiene el tiempo suficiente para reaccionar cuando lo golpeo con mi puño en la mejilla, cae de espaldas y me mira con furia ardiendo en sus ojos, y antes de que todo pueda seguir Ally aparece frente a mí, me toma de los hombros para arrastrarme por los pasillos hasta la salida de la escuela.
En verdad me habría gustado esa pelea.
—¡¿Estás demente?! —me grita, pronunciando más su acento.
—Aún puedo entrar a terminar lo que hice.
—Nada de eso, ahora mismo te llevaré a tu casa.
Uno de los autos de su familia entra por el circuito de la escuela y estaciona frente a nosotros, de la parte delantera sale un conductor con un sombrero de copa color verde, un atuendo bastante extraño y con un enorme reloj de bolsillo dorado que sobresale entre su vestimenta, lo mira antes de dejar salir una risa, apresurar el paso para abrirnos la puerta y que podamos entrar sanos y salvos al auto, vuelve a su sitio y nos mira por el espejo retrovisor antes de encender el auto, sonriendo con sus enormes dientes frontales y llevándonos a donde sea que vamos.
No tengo lo necesario para hacer mis tareas del día, aunque no sería la primera vez en que lo olvido ya que desde hace un tiempo mis prioridades han dejado de estar ordenadas del modo apropiado, y ahora que estoy ligeramente alcoholizado y luego de haber iniciado una pelea es como si me importa mucho menos.
—Sabes que no vivo con mi madre.
—Ya lo sé, tengo la dirección de Jay, te dejaré en sus manos.
—Jay tiene manos grandes y ásperas —coloco mi cabeza sobre su hombro y cierro los párpados un poco, sintiendo como si todo lo que pasó en estos quince minutos no hubiese sido real, y lo creería si no fuera por el dolor en mi puño que atraviesa todo mi brazo—, se sienten bien cuando las mueve sobre mi cuerpo.
—¡Carlos! ¡Deja de decir disparates!
—No son disparates, Ally —trazo débiles círculos sobre el dorso de su mano mientras me acomodo más en su hombro—, él sabe cómo me gusta ser tocado, ha hecho que no me sienta avergonzado por mis cicatrices, además me quiere, y yo lo quiero, los dos nos queremos profundamente.
—Duerme un poco, pronto estaremos con él.
—Apuesto a que le gustas, a mí no porque no me gustan las chicas, pero eres una chica linda, y a él le gustan las chicas lindas, y le gustan los chicos como yo.
—No parece tener ojos para alguien más que no seas tú.
—Sí, y le fascina tocar mi cuerpo desnudo, ¡le fascina!
Su mano da palmadas sobre mi mejilla, luego se adentra en mi cabello y rasca con las puntas de sus dedos, del mismo modo en que lo hace Jay y que tiene un efecto somnífero en mí, lo cual es lo último que puedo hacer antes de dejar el auto me lleve a él, a quien me hace sentir seguro, y quien hoy me embriagó a distancia.
POV de Jay
Sé que lo intenta, mucho, ya que cuando está cerca de papá se pone ansioso e intenta probar algo, su eficiencia o si en verdad me hará bien, alguna de esas cosas pero con el fin de demostrar algo, y supongo que no debí mencionarle las altas expectativas que papá puso sobre él porque esto pasaría.
Fue muy difícil para mí no reírme en su cara cuando llegó al departamento sonrojado y con los párpados a punto de cerrársele, arrastrando las palabras y los pies, como si en cualquier momento fuera a caerse por el estado de ebriedad en el cual estuvo sumergido a causa de unos chocolates rellenos de kirsch; no creí que su tolerancia fuera tan baja, y tampoco que fuera el ebrio cachondo ya que sus manos se deslizaron debajo de mi camiseta y casi dentro de mis pantalones, decía cosas sin sentido contra mi cuello y se presionada contra mí.
Dejo caer la cabeza a la derecha y suspiro cuando lo veo jugar con los dedos de sus pies, luego de otra de sus pequeñas siestas y de haber comido algo hace horas.
—Sabes, deberíamos romper algunas reglas.
—Ah, ¿sí? ¿Como cuáles?
—Como que salgamos a cenar —le sugiero cuando la película se vuelve tediosa y aburrida, monótona hasta cierto sentido y que él también está sintiendo ya que no ha dejado de moverse desde hace cuarenta y cinco minutos, el reloj electrónico debajo de la televisión me lo dice, no es que lo haya contado.
—Es tarde, no creo que haya autobuses cuando regresemos.
—Iremos en el auto, yo conduzco —me coloco sobre mi costado derecho para mirarlo, veo que se sorprende por lo que dije ya que se encoge en su sitio, tratando de ocultarse en la manta que se ha enrollado en su cuerpo por sus movimientos.
—No es un buen chiste, Jay.
—Bueno, la verdad no estoy bromeando, quiero ir a cenar contigo.
—Pero tendríamos un problema muy serio con tu papá si lo hacemos, muy serio, tanto que temo que nos eche de aquí a ambos.
Iba a responderle tajantemente que papá no es un maniaco que haría esa clase de cosas pero obviamente no quiero meterme en ese tema, no estoy preparado para lidiar con la clase de heridas que se puedan abrir si abordo esa cuestión de su vida, en su lugar sólo me incorporo en el sillón y saco las llaves del auto, con las que jugaba angustiosamente en medio de los cojines, para hacerlas repiquetear entre ellas, llamando su atención una vez más.
—¿Cómo supiste dónde las guarda?
—Soy como una versión de Tyrion Lannister excepto que mucho más alto, sin un apellido que produzca odio en todo quien lo escuche y que le hace falta un poco más de genialidad, el punto es que bebo y sé cosas, sólo que en mi caso entreno y sé cosas, aunque un trago de vez en cuando no estaría mal, es punto es que papá ocultaría las llaves de algo importante en el primer sitio que tenga a la mano para no olvidar donde las puso, que es el abrigo que usa todos los días en el trabajo.
Deja de escucharme ya que empieza a tararear y a doblar la manta, lo hace tan despacio que logra hacerme enfadar, me relajo con profundas respiraciones ya que no es el momento para tener un desplante emocional, como el que ya vio, uno de esos episodios de mi vida que espero no se vuelvan a repetir.
—Sé que sigue haciéndose a la idea de que estamos saliendo y todo eso, lo noto por su forma de dirigirse a ambos aunque trata de ocultarlo, por eso no quiero que algo así genere un problema demasiado grande.
—Yo lidiaré con la furia de papá, te lo prometo, sólo quiero que aceptes cenar conmigo esta noche, es lo único que pediré antes de que se me ocurra otra regla que podamos romper —se muerde el labio inferior angustiosamente, algo que me dice que ya tomó la decisión desde hace tiempo—. Por favor.
Se rindió a lo que su consciencia le ordenaba, se rindió al ponerse los calcetines y sus botas favoritas, me trago el grito de victoria que se gestaba en mi garganta mientras me pongo de pie y corro a mi habitación por una chaqueta para cada uno junto con mi billetera, un poco de colonia en mi cuello y por debajo de mi camiseta, además de zapatos ya que no es buena idea conducir con los pies descalzos.
Apago todas las luces cuando Carlos abre la puerta, la luz del pasillo lo toca con un tipo de luz que envuelve en sombras los ángulos de su rostro, de tal modo que parece una máscara aterradora que me mira con una mirada penetrante y la más tenue de las sonrisas tensándole las comisuras de los labios. Tengo escalofríos al verlo de esa forma, además por saber que estoy a punto de tomar el auto de papá sin permiso, pero con conocimientos para conducir ya que no es la primera vez que subo a un auto, el papá de Ben nos ha dejado practicar con los suyos, para que seamos útiles en un futuro próximo, palabras más o palabras menos.
Los dos bajamos por las escaleras a paso apresurado y riendo por lo bajo, como si acabásemos de cometer un robo o algo similar, salimos del edificio y seguimos con el mismo paso apresurado hasta que llegamos al auto, algo viejo para nuestra época, un clásico según papá, y algo que podría ser peor para Mal e Evie cuando lo han visto por las calles, con papá y Joel dentro.
—Entonces, ¿de qué tienen antojo tus pecosos abdominales? —estiro la mano para hacerle cosquillas en el estómago, reteniéndome de deslizarla debajo de su camiseta para tocar sus músculos mientras acomodo el asiento, los espejos laterales y el retrovisor, además de poner mis temblorosas manos en el volante.
—Lo dejo a tu criterio, de todos modos tú conduces.
—Muy bien, porque conozco un restaurante de comida japonesa genial.
—Nunca he probado la comida japonesa, sólo lo que hago yo en casa.
—Kutzumira será entonces.
Arquea las cejas cuando digo el nombre del restaurante pero no hace más que acomodarse en su asiento, ajustarse el cinturón y dar un salto cuando el motor del auto ruge cuando se enciende, luego toma una profunda respiración y enciende la radio, yendo por todas las estaciones hasta que lo obligo a elegir una ya que nos empezamos a mover para salir del conjunto de departamentos.
Tararea algunas canciones mientras nos movemos lentamente por las calles, no porque no tenga deseos de pisar el acelerador, es sólo que no quiero producirle un paro cardiaco antes de que lleguemos, y el trayecto es de menos de quince minutos, el restaurante está a un lado del centro comercial donde hice un idiota de mí mismo, y todavía sigo recibiendo mensajes, fotografías y todo lo demás.
—Mierda, una maldita patrulla —musito cuando paramos en un semáforo y tengo al otro puto auto a mi izquierda, me aferro al volante casi utilizando las uñas y me encojo en el asiento, pensando en otra cosa.
Dato curioso, hasta ahora me doy cuenta de lo aterrado que estoy, más que él al venir tarareando nerviosamente junto a mí, y ver que la ley está a mi izquierda no hace más que hacerme aparcar en la siguiente calle, bajar del auto y que llegar caminando; ahora no parece un mal plan en absoluto.
—¿Cómo estuvo tu día? —pregunta de la nada, lo cual me hace girar el cuello para mirarlo con la cabeza ladeada en mi dirección, sonriendo tranquilamente.
—Fue muy aburrido —mantengo mi mirada sobre él mientras le hablo de algo que ya mencionamos en el departamento—, estuve durmiendo en casi todas mis clases, creo que por eso hay ocasiones en que no entiendo mis notas o mis tareas.
—Sabes que estoy dispuesto a ayudarte.
—Y tú sabes que no pido ayuda, puedo hacerlo solo.
Sobre su rostro veo que la luz del semáforo se torna verde, cambio la velocidad y piso ligeramente el acelerador, regresando mi mirada al frente y concentrado en el camino que debemos seguir, ya que no quiero que mi nerviosismo nos haga chocar contra un árbol o arrollar a una persona, seguramente no vería la luz del día ni me permiso para conducir en un futuro próximo.
—No pudiste hacer solo esta vez, necesitabas mi ayuda. Van a atraparnos.
—Habla conmigo y podré relajarme.
Se mueve rápidamente para besarme en la mejilla, se acomoda en su asiento otra vez y comienza a decirme cosas sin sentido, de nuevo comienza con la trampa que le puse con los chocolates, así es como lo refiere, ésta vez incluye el momento cuando Ally lo salvó de haber sido atrapado por un par de profesores, y de nuevo hace movimientos con su muñeca, diciendo que se golpeó contra algo.
Tengo la idea de que, si tuviera un teléfono, habría recibido fotografías nada pudorosas a lo largo de su estado alcohólico, y sin duda las habría guardado en lo más profundo de mi cerebro y de mi teléfono para que nadie más las viera, aunque no tiene nada de qué avergonzarse, incluso podría pregonar sobre su cuerpo.
La conversación se interrumpe cuando llegamos a una de las avenidas más transitadas de toda la ciudad, esa que circulo cada día que debo ir a la escuela, y cambia a que los dos entonemos canciones de la radio, él se concentra más en las que son actuales y están en el top 40, yo conozco algunas pero me concentro en esas que son más anticuadas, las que corresponde a la época en la que papá y la mayor parte de los adultos de su edad eran más jóvenes, porque yo nací en la era musical equivocada, y sólo eso es lo que desearía cambiar, no tener que vivir a la defensiva de poder caminar con mi brazo sobre sus hombros.
Pasamos junto al centro comercial y entramos al estacionamiento de la zona de alimentos, estaciono frente a nuestro restaurante y los dos bajamos del auto, activo la alarma con el pequeño control remoto, me apresuro para alcanzarlo en la puerta principal, cuando entramos se aferra a mi brazo y mira al suelo con terror en todo su rostro, junta sus piernas lo más posible a las mías mientras yo me río por su reacción, una que pasa muy seguido entre los clientes que entran aquí por primera vez ya que el piso es un gigantesco tanque donde hay muchos peces y plantas acuáticas, los cuales sólo están para ambientar el lugar, no para comerse.
—No va a romperse, te lo prometo —trato de avanzar pero él no se mueve, es como si se hubiese convertido en una estatua por el miedo, así que solamente pongo mi brazo sobre sus hombros y ruedo los ojos—. Muy bien, un paso a la vez.
Los dos caminamos despacio, él va pisando los sitios exactos donde piso yo, y cuando terminamos con la travesía para llegar a la mesa de recepción nos recibe una chica alta y bastante linda, cabello castaño recogido en un estilizado peinado, un kimono marrón con detalles blancos que se ajustan perfectamente a su silueta.
—¿L-Lonnie? —pregunta él, con un tono apenas audible.
—¡Carlos! Es muy bueno verte por aquí —la chica, Lonnie, levanta la mirada y se mueve hacia él, lo envuelve en un abrazo. «Y así se atreve a decir que las chicas se lanzan sobre mí cuando me ven, vaya hipócrita»—. Bienvenidos a Kutzumira, yo seré su camarera por ésta noche —se inclina para concluir su saludo, luego gira sobre sus talones y camina con paso firme, nos enfilamos detrás de ella mientras la seguimos a nuestra mesa, y parece que se olvidó por completo del tanque ya que camina como si el suelo estuviera hecho de concreto sólido.
—No sabía que trabajabas aquí.
—Chiste racial, lo sé, además es un trabajo de medio tiempo, no todos tenemos una madre que es millonaria y con un negocio tan pequeño como el suyo.
—Sabes que no utilizo su dinero a menos que sea necesario —dice, con una voz que baja de intensidad, como siempre le pasa cuando se menciona a su madre.
—Claro, claro, es cierto —Lonnie se queda de pie junto a una mesa cercana a un estanque de peces koi y una cascada que cambia de color, Carlos se sienta junto a mí y ella espera a que los dos le echemos un vistazo al menú, él sólo se aclara la garganta, cierra su menú y sonríe ligeramente cuando le pone las manos encima, dejándome decidir otra vez.
—Nos gustaría la plancha de teppanyaki, una gaseosa de limón estaría bien para mí —cierro mi menú y se lo entrego.
—Que sean dos —dice, tomando participación de nuevo.
—Esa es una muy buena elección —dice, anotando nuestro pedido en un trozo de papel, luego nos mira a ambos y me sonríe a mí en específico—, ah, y lamento no preguntar tu nombre antes, Jay, no era necesario.
—Ah, ¿en serio? ¿Y cómo es eso? —me reclino sobre mi asiento y coloco los brazos detrás de mi cabeza, flexionándolos y sonriéndole de la misma forma.
—Eres muy conocido entre el equipo de tourney de nuestra escuela, además por lo que Carlos hizo hoy quedó más claro quién eres, y…
—Gracias, Lonnie, los dos estamos muriendo de hambre —la interrumpe con una fingida sonrisa y un tono de voz agresivo.
—Por supuesto, su cocinero vendrá en un instante.
Ninguno de los dos dice nada más por un par de minutos, ni siquiera cuando nuestras bebidas llegan es suficiente para que iniciemos una conversación, y no es que esté molesto a lo que sea que sucedió en la Preparatoria y que no me dijo, más bien estoy tomando su postura de evitar contacto visual y quedarme callado.
Cuando llega nuestro cocinero, vestido con ropa azul y con una banda en su frente, nos saluda de la misma forma en que lo hizo Lonnie, realiza un pequeño espectáculo sobre la plancha utilizando fuego y después comienza a preparar la comida frente a nosotros, la sirve en platos y nos los entrega, los dos comemos con los palillos hasta que lo miro de reojo cuando mastica un trozo de langosta, la mantequilla que la acompañaba queda en la comisura derecha de su boca, la quito con mi pulgar y lo miro a los ojos, se inclina hacia adelante y me besa en la nariz.
Bien, el mal momento pasó.
—No fue la gran cosa, de verdad —dice mientras sorbe un tazón con ramen y carne de cerdo en tiras—, Chad se volvió un idiota conmigo y digamos que alguien lo golpeó en la mejilla.
—No usaste lo que hacemos en el entrenamiento, ¿o sí? —mastico una tira de carne mientras espero su respuesta.
—Claro que no, conozco las reglas sobre eso.
—Bien, porque Chad estaría en la sala de urgencias si lo hicieras —me golpea en el brazo con una risa de satisfacción, luego regresa a su langosta.
Lo que aprendemos en el entrenamiento es como defensa personal en caso de vida o muerte, y ni siquiera entonces, es el último recurso, no es algo con lo que se debe estar jugando, esas han sido las palabras que el entrenador Joseph nos repite en algunos entrenamientos, durante competencias, o en charlas simples.
Nuestro cocinero continúa sirviendo platos mientras habla con nosotros sobre cosas triviales, como la escuela, si trabajamos o si hacemos algo más de nuestras vidas, y entre el calamar bañado en su tinta, el pollo al vapor, el pescado frito, la carne de cerdo en salsa agridulce y el segundo tazón de ramen es cuando arroja esa pregunta, si estamos saliendo como pareja, y es él quien responde.
—Estamos comprometidos, aunque no me ha dado mi anillo.
—Sigo trabajando en ello —respondo, avergonzado por quedar evidenciado como el futuro esposo que no hace una petición de matrimonio como debería.
La charla amena disminuye a medida que nuestro apetito también lo hace, terminamos siendo los dos en la mesa, en un giro extraño nos hundimos en una charla sobre nuestro futuro, extraño ya que mis planes a futuro los hago pensando en el mañana, no en lo que haré dentro de cinco o diez años, a diferencia de él con la universidad y cosas por el estilo. Sus aspiraciones son grandes, escuelas costosas y de alto renombre con alta exigencia académica elevada, mientras que lo mío se mantendrá como un sueño al querer una escuela perteneciente a la Liga Ivy cuando mi mayor aspiración es la universidad comunitaria más cercana.
Cuando los dos estamos completamente satisfechos y estoy a punto de pedir la cuenta llega un plato extra, el postre, junto con una nota que simplemente enuncia Cortesía de la casa; lo que está sobre el plato es una bola de masa frita cubierta completamente con chocolate, sé lo que es pero Carlos la toca con un tenedor para lamer el chocolate primero, pero continúa picándola con más energías, como si se preguntara si explotará en algún momento.
—¿Qué es esto? —vuelve a lamer el chocolate y agredir a la indefensa bola—. No quiero que estalle, hoy decidiste traer mi chaqueta buena.
—Pruébalo de una buena vez.
Tomo un cuchillo y la parto decisivamente por la mitad, de inmediato que las mitades se extienden el interior queda descubierto, helado frito de vainilla, que tiene un nombre específico pero que ahora no puedo recordar, y con la cubierta de chocolate es delicioso. Es como si Lonnie supiera que sería su favorito, porque es obvio que un postre cortesía de la casa es obra suya.
El postre no dura más allá de unos cinco minutos, se lo dejo todo a él ya que soy yo quien habla mientras él escucha, y aprovecha ese rol silencioso para tomar una porción tras otra, luego de que quita el chocolate con un dedo pido la cuenta, Lonnie nos la entrega con una sonrisa y con una pequeña bandeja de plástico con dos galletas de la fortuna encima.
—Falsas primicias, de mis favoritas —dice, sin mantener su argumento ya que estira la mano para tomar una, la rompe por la mitad y se queda con el papel en las manos mientras mastica, luego me mira, con migas todavía en sus labios.
—Veamos —digo, mordiéndola directamente y sacando el papel de mi boca, me muerdo el labio inferior al terminar y lo miro justo cuando desvía la mirada, con las mejillas sonrojadas—. El gran placer en la vida es hacer lo que la gente dice que uno no puede hacer —leo en voz alta, luego me golpeo el pecho con el puño—. Genial, ahora estamos hablando. ¿Y qué hay de la tuya?
—Tiene una forma de ser atractiva. Manténgala —lee, luego rueda los ojos y arruga el trozo de papel, dejándolo sobre la bandeja—. Vaya estupidez.
—Yo creo que ambas galletas tienen mucha razón.
—Eso es porque estás ciegamente enamorado de mí.
—También es cierto, buena jugada.
Me da un ligero puntapié debajo de la mesa, luego estira la mano sobre la mesa y me mira a los ojos, sonriendo de manera ladeada y con un pequeño destello en sus ojos, al cual no me puedo resistir ya que también estiro la mano y entrelazo nuestros dedos con firmeza, le devuelvo la misma estúpida sonrisa y el puntapié hasta que nuestra mesera llega con la cuenta, y casi me puedo ver llorando al tener que entregar los últimos cincuenta dólares, cuarenta y tres de comida y el resto como la propina de Lonnie, de mis pocos ahorros invertidos en nosotros ya que sigo prohibiéndole pagar por lo más mínimo que hacemos, aunque es astuto y hay veces en las que va directamente al mostrador para pagar.
Nos ponemos de pie y hago una reverencia para que sea el primero en salir de nuestra mesa, como un verdadero caballero, me da un golpe en la cabeza, apresuro el paso para poner mi brazo sobre sus hombros y caminar hacia la salida del restaurante, aferra su mano a mi cintura cuando pasamos nuevamente sobre el tanque con los peces, y en el exterior pierde ligeramente la fuerza de su agarre.
—Esa fue la mejor cena que he tenido hasta ahora —dice, cerrando la puerta de su lado y suspirando.
—Me alegra que te haya gustado —lo beso en los labios y apenas logro bajar la ventanilla del auto un poco cuando mi teléfono empieza a sonar, de un modo ensordecedor, como si ya escuchara lo que sea que papá va a decirme, porque es él quien llama—. Bueno, parece que el buen espíritu está por terminarse.
Le muestro mi teléfono y gracias a la luz del anuncio del lugar donde estamos lo puedo ver mientras palidece, casi hasta el punto de tornarse de un color verdoso, como si estuviera a punto de vomitar los cuarenta y tres dólares que acabamos de comer, pero no lo hace ya que traga de un modo sonoro.
—Odio decir que te lo dije, pero te lo dije —sus uñas tratan de hundirse en el asiento por la fuerza que su temor le hace imponer, la cual se agrava cuando mi teléfono comienza a sonar de nuevo—. Deberías responder.
—Ahora vuelvo —salgo del auto y me alejo un par de metros, aunque si papá está tan furioso como creo entonces de todos modos lo va a escuchar gritarme.
Me siento sobre la acera más cercana y espero a que la llamada se pierda antes de ver la pantalla, seguramente acaba de llegar a casa y se pregunta dónde estamos nosotros y qué diablos fue lo que le pasó al auto, seguro Joel está viviendo una parte de la ira que lo gobierna ahora, y en verdad me pongo a pensar que quizá no fue una buena idea haber salido de esta manera, además de que, si no lo echa a él del departamento, no me sorprendería ver mis cosas arrojadas en la calle.
Cuando la vibración y el sonido de una tercera llamada resuenan en la palma de mi mano dejo salir un suspiro de resignación antes de deslizar mi pulgar sobre la pantalla y juntar mi teléfono contra mi oreja derecha.
—H-hola, papá —digo, más nervioso de lo que me gustaría admitir.
—¡¿Quién carajos te crees que eres, eh?! En serio, ¡dímelo! ¡¿De qué privilegios crees que gozas para hacer lo que se te dé la puta gana?!
Eso no era para nada lo que quería escuchar sobre él, esperaba una charla un poco más suavizada antes de que se fuera directo a los insultos, pero tal parece que me estoy pasando mucho de la raya, y estoy arrastrando a Carlos conmigo.
—Papá, yo…
—¡¿Tú qué?! ¡¿Tienes una buena explicación?! Soy todo oídos para escuchar la clase de estupideces que tienes en tu defensa.
Tiene razón, sólo busco motivos para justificar lo que hice, y no las hay, sólo quería ser egoísta y tener un momento de diversión, tener una cita con Carlos y ser un buen novio, porque eso se hace cuando estás saliendo, hacer cosas por el otro, pero mis motivos otra vez no van a empatar con las ideas de papá, cualquier cosa que le diga no será suficiente para justificar con un acto que terminaría conmigo en la correccional y con él bajo la custodia de su desquiciada madre de nuevo.
—¡Seguro piensas que abusar del trabajo que he hecho desde hace tiempo es suficiente, junto con tu comportamiento precipitado, estúpido e irracional de todos los días, como para tomar mi auto y hacer quién sabe qué!
Estaba a punto de responderle a eso cuando, tengo las palabras en la punta de mi lengua, me doy cuenta de que sí, en verdad esto se trata de lo que hice, pero como ya sabe que actúo de esta manera todo el tiempo entonces no debería tomarlo de un modo tan personal; se trata de otra cosa, no algo que haya hecho Joel porque se habría desquitado directamente con él.
Quizá es algo referente a la escuela, o a nuestra desconocida madre.
—Papá.
—¡¿Qué carajos quieres?! —respiro profundo para no tomar su actitud.
—¿Hay alguna otra razón por la cual esto que hice haya tomado proporciones tan grandes y te haga hablarme así?
Silencio, silencio total, como si se le quitara el sonido a la televisión, del mismo modo súbito y sorpresivo que pasa en esas ocasiones. Levanto la cabeza y veo el aire moviendo las hojas de los árboles, veo personas hablando mientras caminan en el estacionamiento, el viento agita mi cabello, respiro nerviosamente, todo eso pasa pero no lo escucho, y quizá sea porque el otro lado de la línea se quedó igual de súbitamente silencioso. Aparto el teléfono de mi oreja pero veo el contador de tiempo de la llamada que sigue corriendo, luego lo acerco de nuevo a mí cuando al fin escucho su pesada respiración.
—Me despidieron —afirma, revelando lo que en verdad está sintiendo, tristeza por la situación expresada en su forma contraria, ira contra mí.
—Oh, bueno… mierda —digo, sin saber qué más decir.
—Jay, por favor, vuelve a casa y ya, si algo te pasa a ti, al auto, o a Carlos, no tendré lo necesario para cubrir los gastos médicos, y si acabas en la cárcel o algo así te juro que te dejaré ahí dentro, no tendré lo suficiente para pagar tu fianza.
—Vamos a estar bien, papá, he sido cuidadoso, sólo vinimos un rato al centro comercial, volveremos en un momento —levanto la mirada y veo a Carlos caminando hacia mí, sus manos dentro de su chaqueta y un vaho saliendo de su nariz por el frío—, sólo quiero hacer una cosa más antes de volver, lo prometo.
—Sólo regresa lo más pronto posible, y por favor no la cagues.
Termina la llamada con ese ultimátum, me siento satisfecho al no haber hecho que su ira explotara al mismo tiempo que me siento mal por haber decidido sólo por mis intereses, sin pensar en los demás. Estamos escasos de dinero, no es algo nuevo ya que siempre llega un momento en nuestras vidas donde eso ocurre, sólo habrá un recorte de gastos y buscar alternativas para sobrevivir, cosa de siempre.
—¿Todo está bien? —pregunta cuando se para frente a mí, le sonrío antes de ponerme de pie, ponerle mi brazo sobre los hombros y caminar de regreso al auto.
—Todo en orden, sólo haremos una cosa más y nuestra aventura se terminará.
Suspira pesadamente antes de colocar su cabeza en mi hombro, se encoge de hombros antes de darme un beso en el cuello y regresar a su sitio en el asiento del copiloto, se ajusta el cinturón y espera más animado a que entre al auto, ésta vez no salta cuando el motor se enciende y cuando nos dirigimos a la calle principal, como si simplemente hubiese decido dejarse llevar.
Cosa buena, debe mantener ese estado de ánimo.
POV de Carlos
Ahora que me dijo lo que habló con su padre entiendo que su semblante esté un poco serio, pero no me lo creo del todo ya que esa pequeña sonrisa sigue en sus labios, la determinación está en su mirada, y no pregunto nada en el momento que toma un pequeño desvío cerca de la calle que nos lleva al departamento, sólo me mantengo ahí mientras se estaciona frente al centro deportivo que está a dos calles de su casa, apaga el motor y sale del auto sin darme alguna explicación.
Supuse que dejarme llevar me produciría beneficios, sé que uno de ellos está en ese lugar aunque no me haya dicho de qué se trata, por eso sólo bajo del auto en el momento que activa la alarma, me apresuro para alcanzarlo al otro lado de la calle y caminamos por el costado del lugar, nuestros pasos muy ligeros, sigilosos.
—¿Sabes nadar? —pregunta de la nada, atrayendo mi atención.
—Sí, aunque no soy el mejor.
—Mientras no te ahogues no tengo ningún problema, porque eso es lo que haremos antes de volver.
Nos escabullimos detrás de la línea de postes de luz, no le doy la mano ya que el suelo es un tanto irregular, aunque me serviría su fuerza como apoyo extra, e incluso voy dando ligeros tropezones porque la luz no alcanza a iluminar el suelo del todo, no obstante apresuramos el paso cuando cruzamos frente a la entrada, el sonido de una cámara de vigilancia me hace estar más alerta que antes.
—Esto es malo —susurro a sus espaldas, riendo con nerviosismo.
—Lo sé, eso lo hace incluso mejor.
—Pero esto podría ser considerado irrupción en propiedad privada, ¿no?
—Podría serlo, claro que sí, pero… —empuja la puerta y es como lo dijo en una conversación aleatoria, en verdad está abierta y no hay nadie vigilando. En verdad me agrada éste vecindario, es como si estuviera planeado para que las personas nocturnas se diviertan mientras a nadie parece importarle mucho lo que pasa, ni siquiera si dos chicos se escabullen en la piscina del centro deportivo para nadar un rato—, si la puerta está abierta es entonces una invitación para pasar.
Ruedo los ojos porque es un buen argumento aunque quiera negarlo, levanto las cejas más de lo necesario como seña, luego me toma de la mano y corremos al interior del edificio, la luz externa ayuda a que no choquemos contra cestos de basura, mesas con panfletos de las actividades que se ofrecen, ni las máquinas expendedoras de bebidas y alimentos energéticos.
—Espera aquí —dice, su voz resuena por todo el lugar antes de soltarme, luego se adentra en algún sitio de la oscuridad mientras me quedo de pie, sintiendo una brisa que sopla en toda la estructura. Es un lugar bastante amplio aunque un tanto mal planificado, con lo poco que puedo ver distingo que hay un piso extra al otro lado de la piscina mientras que hacia arriba el edificio se extiende varios metros, como si hubiese olvidado que las construcciones verticales existen.
Me arrodillo para quitarme los zapatos y los calcetines, me acerco despacio al borde de la piscina, a cinco pasos de distancia, para tocar el agua con mis pies, lo bastante fría como para producirme escalofríos por toda la espalda y envolverme con mi chaqueta, casi por dar media vuelta y salir de aquí.
Las luces se encienden debajo del agua y casi me hacen saltar hasta el techo por el fuerte y sordo sonido que generaron, no obstante sólo algunas iluminan, las ondas se dibujan sobre mi rostro gracias a ellas y simplemente me arrodillo de nuevo para ver el movimiento del agua contra mi mano, se sigue sintiendo igual de helada pero ya no se ve tan amenazadora.
Nunca he tomado clases de natación, en verdad espero no ahogarme.
Me levanto cuando algo cae a mi lado, giro la cabeza para ver una camiseta negra, la misma que traía puesta, y apenas logro tomarla cuando algo más cae exactamente en el mismo lugar, sus pantalones, ropa interior, zapatos, billetera, todo lo que traía puesto y en los bolsillos ahora cae. Levanto la cabeza para verlo de pie en una barandilla hecha de metal rojo, estira los brazos al frente antes de dar el salto necesario hacia adelante para caer como una flecha en el agua, salpicando en su entrada, y si esto fuera una competencia eso le quitaría puntos.
Sale a la superficie y me mira desde donde está, la forma en la que juega con sus cejas habla por él mientras da la vuelta y comienza a nadar por el carril, la piel desnuda de todo su cuerpo sobresale en ocasiones en el agua antes de sumergirse de nuevo, avanzar unos cuantos metros y salir para tomar aire.
Dejo salir el aire antes de quitarme la chaqueta y tomar los dobladillos de mi camiseta, comienzo a agrandar el montículo de cosas que Jay dejó a un lado al sumar las mías, hago un poco de calistenia para prevenir algún calambre y cuando termino me siento en el borde de la piscina antes de entrar, de inmediato quiero salir ya que el frío es total, así que solamente me sumerjo por completo y apoyo los pies en el muro para impulsarme hacia adelante, algo apresurado hasta alcanzarlo, lo tomo por el tobillo cuando pasa a mi lado y lo jalo hacia mí, causando que se ahogue un poco, luego recupera la respiración con la cabeza afuera y comienza a lanzarme agua, respondo haciendo lo mismo.
Lentamente nos acercamos a los bordes de la piscina, seguimos el agobiante juego mientras llega un punto en el que sólo lo dejo salpicarme, me sumerjo y apoyo los pies en el muro para impulsarme hacia adelante otra vez, lo tomo por la cintura, haciéndolo retroceder un par de pasos hasta que vuelvo a la superficie, su mano acaricia mi mejilla pero la aparto, arqueando la ceja derecha un poco.
—Te reto a una carrera —sugiero, conociendo mi destino lo acepta.
—En serio vas a perder —la llama de la competitividad se enciende en sus ojos, la chispa que arde siempre dentro de él.
Los dos salimos del agua para poder tomar más impulso, los dos tomamos una posición de profesionales, cuenta hasta tres y es el primero en entrar al agua de un modo sublime, casi sin salpicar; me quedo ahí un momento porque quién no querría ver su cuerpo entrar y salir del agua, destallando por las luces bajo el agua. Regreso a la realidad y salto al agua, haciendo un lío antes de usar el estilo común que he visto en las competencias de la escuela, crol con movimiento de piernas, pero a los tres cuartos del camino lo veo dar la vuelta de regreso a toda velocidad, y como mi destino no es más que ser vencido comienzo a flotar de regreso, con la cabeza fuera e impulsándome con las piernas, usando los brazos como equilibrio.
—Te lo dije, ibas a perder —dice cuando estamos en el extremo inicial, respira agitado por el cansancio de unos minutos de competencia.
—Eres más deportista que yo.
—Muy cierto —guiña el ojo derecho y sonríe, yo me limito a girar los ojos.
Pataleo debajo del agua mientras lo veo sumergirse y volver a la superficie en tiempos desiguales para respirar, como un anfibio, una criatura que puede estar en ambos ambientes sin ningún problema. Nado hacia la orilla más cercana para quedarme ahí, mirando al techo, las estrellas y la luna servirían como suficiente luz para que podamos estar aquí, pero supongo que quería más seguridad para ambos, o por si alguno de los dos no vuelve a la superficie por el cansancio.
No creí que nadar desnudo por la noche se sintiera tan bien, aunque apuesto que debe ser mejor en un río, ni pensar en la satisfacción de hacerlo en el océano.
—Leí en algún lado que nadar por la noche es bueno para la salud —digo para romper el silencio que se interrumpía por sus chapoteos, se quita el cabello del rostro y me mira atentamente.
—Oh, ¿en serio? —pregunta, nadando en mi dirección.
—Sí, para la circulación, también para liberar el estrés, en especial cuando…
De alguna forma logro que quede atrapado en mis palabras quizá por el modo en que lo miro a los ojos o que presta atención a las tonterías que salen de mi boca, la verdad es que quería atraer su atención, pero ver que coloca la espalda contra el muro y se abstrae de tal forma que no nota cuando pongo ambos brazos a los costados de su cabeza, me coloco en las puntas de los pies para dejar de moverme y tengo que estirar el cuello para quedar a su altura es gratificante.
Lo único que sé después es que lo beso de lleno en los labios, el cloro del agua no es al que estoy acostumbrado cuando hacemos esto, no obstante lo hago un lado cuando pongo mis manos entre su cabello húmedo y lo tomo por el cuello, él coloca sus manos en mi cintura y nos hace girar dentro del agua, me levanta sin mucho esfuerzo para colocarle sobre el borde de la piscina, expuesto al frío y sin que él me acompañe en esta nueva altura donde estoy.
—Me gustas, Carlos, y mucho —dice cuando nos apartamos para respirar, me inclino hacia adelante pare presionar mi frente contra la suya y sonreír cuando lo veo a los ojos, complacido al ver la misma amplia sonrisa en su rostro, sus manos se mantienen en mi cintura mientras aparto los mechones de cabello de su frente.
Su mano izquierda pasa a mi espalda para moverse en círculos, la derecha se adentra en mi cabello y rasca delicadamente con sus uñas mientras se mueve por toda la extensión de mi cabeza, lo cual me hace cerrar los ojos de inmediato y soltar un profundo suspiro. Él sabe lo mucho que me gusta cuando hace eso.
Los dos optamos por un voto silencioso para dejar que nuestros labios digan lo necesario por ahora, cuando su lengua entra en mi boca la sostengo con mis labios y hago una pequeña succión, la mantengo hasta que se estremece y retrocede. Le gusta cuando hago eso, me lo ha dicho y suspira cada vez que pasa.
Lentamente su mano izquierda acaricia mi pecho, pasando de un lado al otro con la palma extendida y erizando mi piel, de ahí se mueve hasta mi costado, acariciando la curva plagada de cicatrices con las puntas de sus gruesos dedos, y finalmente decide tomar mi desatendida erección con firmeza, moviendo su mano en una clase de movimiento circular que me hace gemir contra su rostro.
Rompo nuestro beso al presionar mi frente contra la suya otra vez, lo tomo por las mejillas y comienzo a gemir por los profundos movimientos de su manos, giro la cabeza para besarlo debajo de la mandíbula y perderme en su cuello, susurro incoherencias con el único objetivo de sentir cómo se estremece y cómo su mano pierde la noción de lo que hace sobre mí para buscar una manera de reaccionar.
Odio estar aquí sentado, lo único que quiero es deslizarme entre él y el muro, saber si está tan excitado como yo, quiero sentir cómo sus caderas se impulsan y retroceden a un ritmo lento, haciendo que cada roce me estremezca.
Sus labios se reencuentran con los míos pero no me besa, sólo están presentes, canalizando su cálido aliento contra mi boca, los gemidos que lo acompañan, el estremecimiento de mi cuerpo, e incluso parece que escucho palpitaciones en mis oídos, aunque se trata del acelerado latido de mi corazón, además de que puedo escuchar las palabras afectuosas que susurra contra mi hombro y me hacen contraer los dedos de los pies por el mundo placentero en donde nos ha sumido.
Besa en mi cuello con la boca abierta, mordiendo y descendiendo de modo lento, usando su mano libre para acariciar todo lo que está a su alcance por mi espalda, cuando llega a mi estómago besa mi ombligo, trazando un círculo con su lengua y deslizándola adentro, provocando una contracción agresiva de mi cuerpo. No recuerdo en qué momento cerré los párpados tan fuerte.
Las piezas encajan en ese momento, la ubicación de su cabeza allá abajo, su mano derecha sobre mí y la izquierda acariciando mi pierna, la forma en la que su respiración se entrecorta con la mínimamente audible risa nerviosa, y antes de que pueda reaccionar a todo eso decide trazar un tentador círculo con su lengua en la punta de mi pene, se ríe ligeramente de nuevo para luego deslizarme por completo dentro de su boca, haciendo que la parte más sensible de todo mi cuerpo conozca un nuevo tipo de calidez y humedad.
Me muerdo el labio inferior con fuerza, un gemido combinado con un chillido se gesta y queda apresado dentro de mi garganta, mi espalda se arquea (por lo que se ahoga, por el impulso de mis caderas) y me aferro con los puños a las baldosas del suelo, buscando un modo de aferrarme a la realidad y a sus actos.
Un suspiro de relajación se libera de mi cuerpo y eso me deja sonreír por algún motivo, mi piel cobra vida por sus manos acariciando desde mis rodillas hasta mi pecho al mismo tiempo que su cabeza se mueve, se levanta sin sacarme y baja hasta donde no vuelve a ahogarse, mis gemidos comienzan a salir por el lento movimiento que hace, por la forma en que me toca y lo especial que me hace sentir.
Su mano encuentra la mía y entrelaza nuestros dedos con firmeza, , de vez en cuando desciende hasta que su nariz se hunde ligeramente en mi vello púbico y los húmedos mechones castaños me acarician la cintura, su lengua juguetea con mi punta en las raras ocasiones cuando me libera y él se ríe. No dejo de contraer los dedos de los pies dentro del agua, mi espalda duele por lo arqueada que está, en ningún momento dejo de gemir además de que no dejo de susurrar su nombre.
Sin embargo, a todo eso y más, no dejo de sentir algo dentro de mí, una cierta incomodidad, algo extraño si lo comparo con la forma en la que mi cuerpo quiere más de lo que Jay hace, y sé que tal sensación se debe a que, incluso cuando estoy gozando al máximo de cada momento desde el inicio del día, no quiero ser el único el recibir todo lo que me brinda. Quiero que esto sea dinámico, de ambos, algo en lo que quiero tener una participación más activa.
Quiero darle la misma cantidad de gozo a él, y más en la medida de lo posible, por eso me aclaro la garganta en un intento, vano al principio, por dejar de gemir, lo cual logro después de un par de intentos y profundos gemidos.
—¿J-Jay? —pregunto, interrumpiendo sus gruñidos, las exclamaciones que salen de mi cuerpo, y las acciones de ambos. Cuando su boca se aleja me percato de lo mágica que es además de cuánto quiero que continúe.
—¿Estás cerca? —detengo los movimientos de su mano mientras los impulsos que hacía con mi cadera también se detienen.
—N-no, no es eso, m-más bien es acerca…
—¿Lo estoy haciendo mal? —su tono muestra que se siente avergonzado de verdad, además de decepcionado porque decidí detenerlo.
—Tampoco es eso, y en realidad sí lo estaba —argumento, tratando de negar lo que dije con anterioridad en un intento nada sutil—, es sólo que quiero… uh, pues, quiero… ya sabes, yo quiero…
—¿Quieres hacérmelo? —pregunta, con voz relajada y mirándome a los ojos, sacando completamente lo que estaba en mi cabeza pero se estaba atorando por mi timidez y los cientos de pensamientos de tipo catastrófico.
Asiento con la cabeza y puedo sentir que el sonrojo se apodera incluso de mis orejas, él se limita a sonreír antes de besarme, presionando todo su rostro contra el mío mientras sale del agua y se sienta junto a mí, de inmediato pongo mi mano en su cintura para deslizarla entre sus piernas, notando que está tan rígido como yo, y no creí que algo así pudiera ocurrir debajo del agua.
Nos separamos para caer sobre nuestros costados, yo acaricio el suyo mientras dedico un poco más de atención a sus torneados abdominales hasta que me enfoco en la prominente erección que tengo enfrente, lo tomo con un poco de firmeza y me relamo los labios al sentir que palpita entre mis dedos y da pequeños rebotes, sin algún tipo de meditación lo adentro en mi boca, luego empiezo a mover la cabeza a velocidad y de una manera desenfrenada, sintiendo cómo todo su cuerpo se encoge y deja salir una risa nerviosa.
—Oye, oye, c-calma —dice, haciendo que me detenga y lo mire a los ojos—, no iré a n-ninguna parte así que n-no hay necesidad de apresurarse, h-hoy haremos lo que sea que sea tu voluntad.
En realidad es su voluntad, no es como si me hubiese dejado elegir, y por supuesto que mi respuesta es automática, mi defensa sobre decirle que estamos en un lugar público, expuestos tanto por el hecho de estar nadando sin nada encima como por las luces que están encendidas, pero en verdad es como si el mundo se hubiese detenido por el tiempo necesario para esta oportunidad, una que no sé cuándo volverá a suceder y cuándo me dejaré llevar otra vez.
Volvemos a nuestra labor, ahora lo hago despacio, esta vez cubro mis dientes con mis labios y vacío mis mejillas, facilitando que se deslice entre ellas. Su punta toca parte superior de mi boca y su cuerpo comienza a temblar, entrando en mi garganta hasta que debo hacer la cabeza un poco hacia atrás.
Deja salir un largo suspiro, similar al que yo exhalé en un inicio a todo esto mientras acompaño los inexpertos movimientos de mi cabeza con mi mano para aumentar todo lo que siente, todas esas sensaciones tan sumamente placenteras, y lo logro ya que sus caderas buscan impulsarse de una manera reiterada al mismo tiempo que desesperada por un poco más de mí, por sentir todo lo que yo me estaba quedando y que ahora comparto con él.
El sabor, ligeramente salado, inunda mi boca, sentir cómo se adentra casi hasta el fondo de mi garganta y a punto de salir por completo de mi boca me hace respirar con fuerza, ahogando gemidos contra su firmeza y sintiendo cómo su pene palpita en mi boca, disfruto al máximo la sensación de las venas contra mi lengua y cómo eso, junto con todo los demás, hace que mi cuerpo suplique por más de él, y por querer más de lo que hace conmigo aquí y en todo momento, sea desde que charla conmigo en esas largas conversaciones por las noches o con sólo estar ahí.
Alejo por completo la cabeza y dejo salir una entrecortada respiración contra él, antes de besar un camino descendente, donde comienzo a lamer y succionar el punto donde se unen su piernas, otro acto que lo hace liberar un largo suspiro además de un gruñido que se entrecorta por mi miembro en su boca.
—E-eso se s-siente muy b-bien, C-Carlos… —susurra cuando me aparta de él y mueve su mano más rápido. Escuchar su voz tan temblorosa en combinación con los jadeos y mi nombre me hace sonreír de manera amplia.
No le doy alguna otra señal además de mi lengua y mis labios cuando tomo el testículo derecho y lo adentro en mi boca, cierro los párpados mientras juego con él con la punta de mi lengua al mismo tiempo que doy tentadoras mordidas sólo para sentir cómo da pequeños saltos y gruñe sonoramente, también me recompensa tocando mi punta con su lengua, mis muslos, mi cadera y también mis testículos, lamiendo y haciendo lo mismo pero en mayor intensidad cuando tomo el izquierdo para darle un trato que seguramente no esperaba vivir ésta noche.
Me siento sorprendido por la clase de cosas que estamos haciendo con el alto riesgo de ser atrapados, la adrenalina me impulsa a seguir, pero me sorprende más lo que yo estoy haciendo debido a que, si soy honesto conmigo mismo, no soy la clase de chico que busca problemas, además nunca no me habría imaginado al lado de Jay, tomando su mano ni recibiendo afecto de él en un modo tan libre, a la vista de todos, porque no creí que alguien como él podría fijarse en alguien como yo, y me sorprende mucho más que Jay y yo estemos en una gran sincronía, combinada con el modo tan veloz en que conectamos, como si hubiésemos estado destinados el uno para el otro y que sólo era necesario que algo entre nosotros aconteciera para que estuviéramos juntos de una vez por todas.
Supongo que estábamos destinados.
Bajo un poco el camino descendente que hago con mis labios hasta el punto donde sus fuertes piernas se unen, a lo cual se muestra renuente ya que se pone algo rígido y su respiración se agita un poco más, por el miedo y la incertidumbre a lo que voy a hacer, no por la situación a nuestro alrededor.
Dicha o desdicha, el hecho de que los dos seamos primerizos, no sé a qué se lo puedo adjudicar y culpar realmente, lo único que sé es que todo mi cuerpo está al límite cuando me encuentro con la profundidad de su garganta en un punto tan sensible, los acelerados movimientos de su mano me hacen sentir cosquilleos en la cintura antes de que retome su miembro en mi boca, trayéndolo conmigo.
No tengo la oportunidad de advertirle cuando la primera corrida llega, cierro los párpados con firmeza mientras mis caderas se impulsan contra su rostro para buscar más la calidez y humedad de su boca a la par que más y más sigue saliendo de mí, lo escucho tragar sonoramente mientras su lengua juega con mi sensitiva punta; Jay pone una mano en mi cintura para que no me aleje, bufa y yo tampoco tengo un aviso cuando él entra al mismo estado de éxtasis, asfixiándome cuando toca mi garganta y llenando mi boca de él, lo cual tengo que tragar para seguir recibiendo otro poco de sus cinco cargadas expulsiones, y carajo que sabe bien.
Los dos nos incorporamos lentamente, jadeando e igualmente agitados por lo que acaba de pasar, respiro profundo antes de precipitarme hacia él para besarlo, me toma por la nuca antes de que se deje caer de espaldas y caigamos dentro del agua, bajando lentamente al fondo mientras mis piernas rodean su cintura, mis manos se adentran en su cabello mientras que sólo puedo pensar en la presión de su pecho contra el mío, el agua filtrándose en nuestras bocas y que amenaza con matarnos aquí mismo si no terminamos con esto, sus labios y el nuevo sabor que tienen, yo en ellos y él en los míos, pero simplemente no quiero que la noche se termine, no quiero que nada de esto quede como un recuerdo.
Haría todo lo posible por quedarme aquí, con él.
Finalmente es él quien se queda sin aliento primero, me toma por la cintura antes de impulsarse con las piernas para que salgamos a tomar aire, toma grandes bocanadas de aire antes de mirarme a los ojos, presionar su frente contra la mía y esbozar una de esas amplias sonrisas que tienen un efecto contagioso ya que hago lo mismo antes de colocar mi cabeza en su hombro y rodearlo con mis brazos.
—Todavía sigo preguntándome cuál es ése efecto que tienes sobre mí —afirma con un tono de voz grave, casi ronroneando.
—No te lo preguntes, sólo vívelo —digo, sonando más serio de lo que creí. Me aparto para mirarlo a los ojos, tiene una ceja arqueada y esa sonrisa arrogante de todo el tiempo, luego se mueve para besarme en la mejilla, e incluso cuando quiero volver al fondo de la piscina mientras me besa le pongo una mano en la frente—, y en verdad creo que deberíamos volver.
—Volvamos entonces —no pierde la sonrisa, por lo que sabe que es una buena decisión y por el bien de ambos, además de que no quiero tener hipotermia.
Salimos del agua, dejamos nuestra ropa demasiado mojada al vestirnos, por suerte nuestras chaquetas se mantienen intactas y cálidas, él se encarga de apagar las luces como si fueran las flamas de una vela que se extinguen con un soplido, salimos del edificio como si estuviéramos saliendo del departamento como hace un par de horas para volver al auto, él arranca y entramos en la calle principal.
Cuando entramos al departamento todo está sepulcralmente silencioso, hay algo en la mesa para que comamos pero ninguno de los dos tiene hambre, sólo nos cambiamos de ropa para dormir, me cepillo los dientes y me lavo el rostro antes de acompañarlo en la habitación, porque su cabeza tocó la almohada y de inmediato cayó en el sueño más profundo que alguna vez haya presenciado.
Hoy es la primera noche en la que yo voy hacia él para dormir a su lado, me presiono contra él hasta que me rodea con sus brazos, hunde su nariz en mi cabello y me da un beso; mi sonrisa de idiota permanece hasta que cierro los párpados mientras las palabras silenciadas se afianzan en mi cabeza con asertividad.
Ya no me gusta Jay nada más, hoy es la noche en la que confirmo que lo amo.
