La mujer herrada
La noche era de luna llena pero una cortina de nubes grises ensombrecía su luz. No obstante, las luces de los negocios y las calles compensaba la oscuridad, aún había bastante movimiento de gente y autos. Arnulfo conducía a su enorme caballo por las calles menos transitadas, el animal resoplaba y relinchaba sin detenerse, saltando los obstáculos en su camino dispuesto a no detenerse sino hasta llegar a su destino.
Chad sentía el viento chocando contra su cara y se preguntó qué tan lejos estaban. La ciudad era demasiado grande, siempre lo había sabido, pero le pareció una eternidad el trayecto en el que seguía pensando sobre aquella conversación que habían tenido los capitanes sobre él.
¿Habrían cambiado de opinión respecto a dejarle marchar de regreso a Japón?
En todo caso, al menos uno pensaba que sería productivo como arma tras el descubrimiento que había hecho Gonzalo de Santa María respecto a los efectos de su poder, sin duda podrían pensar que sería una solución para disminuir el número de almas caídas.
Y al menos otra persona había decidido que lo mejor era eliminarlo, quizás por el mismo motivo.
De pronto, el caballo frenó bruscamente de manera que los dos salieron disparados hacia el frente mientras el animal caía pesadamente sobre su costado relinchando escandalosamente, intentaba parase agitando las patas pero no era capaz de ello.
— ¡A un lado! — grito Arnulfo apartándose del punto de impacto de una deslumbrante luz que destrozó un pedazo de calle dejando un agujero justo a la mitad. Chad también se había apartado quedando cerca del animal, notando entonces que tenía el vientre abierto y sangraba profusamente.
Trató de buscar al atacante pero no encontró a nadie en la dirección que había venido el ataque, pero podía escuchar, aparte de los relinchidos del caballo, el ruido grotesco de otro animal sufriendo. Arnulfo corrió hacia su montura tratando de calmarle, hablándole en voz baja y palmeando su cuello.
—Tranquilo, amigo, tranquilo…
Se quitó el pañuelo que usaba sobre el cráneo de su máscara y soltando la silla hizo algo como un vendaje, quizás no tan efectivo porque la zona a cubrir era demasiado amplia.
—Vas a tener que quedarte aquí, Centenario, no podemos quedarnos y ya no puedes andar.
El caballo resopló, se veía inconforme, pero se mantuvo quieto.
— ¿Estará bien? — preguntó Chad arrodillándose a su lado. A él le gustaban los animales, y sabía que los caballos en cierto sentido eran como los perros, en el sentido de compañerismo, podía saber, reflejado en los brillantes ojos del animal que este también tenía una personalidad.
—Hemos tenido peores. De cualquier forma, si alguno de mis compañeros lo encuentra, se hará cargo. Pero nosotros tenemos que correr y aún estamos lejos.
De la silla que había quitado al corcel, Arnulfo quitó la espada y una manta de gruesa lana de varios colores que enredó en su brazo izquierdo, dejando el resto junto al animal que aún se quejaba, resoplando, pero ya no pataleaba.
—No será un camino fácil — dijo mirando el brazo del muchacho, este comprendió al instante y su brazo de gigante apareció apenas a tiempo para detener un nuevo ataque, solo que esta vez los dos pudieron ver de quién se trataba.
Era un grupo de tres hombres de piel oscura, tan altos como Chad y fornidos, vestidos con ropas desgastadas y llevaban en la mano látigos de cuero con puntas de clavos, al frente de ellos, una mula profería estridentes alaridos, su cuerpo marcado por el constante castigo estaba lleno de cicatrices viejas y heridas abiertas que exponían su carne y manchaban el pelaje de un color negruzco.
Los bramidos que había escuchado Chad junto con los del caballo eran de esa mula, que sin motivo aparente, uno de los hombres volvió a azotar con fuerza salpicando sangre y haciendo que el animal soltara un penoso lamento, ya ronco.
La escena molestó al muchacho, pero al ver a Arnulfo, vio que se ponía tenso, y no por el mismo sentimiento que él, sino porque esperaba el siguiente ataque poniendo al frente el brazo envuelto con la manta de lana y quitando la funda de cuero grabado a su espada.
—Tenga cuidado con el látigo — dijo antes de correr hacia ellos, uno de los tres agitó el látigo y Arnulfo le detuvo con el brazo protegido lanzando un corte que trozó el arma, el pedazo cercenado se retorció como un tentáculo antes de disolverse en el asfalto de la calle.
Chad consiguió concentrarse en otro de los látigos evadiéndolo por poco. Se movió de lugar para no arriesgar al caballo que no podía moverse. Los tres hombres no se movían de sus sitios, solo agitaban los látigos, uno contra uno, y el tercero cargaba contra la mula. Notó enseguida que aunque cortaran el látigo, este volvía a crecer, así que pensó que quizás debían de deshacerse de los personajes, lanzó entonces un puñetazo directo a la cara, estaba seguro de que había acertado, pero cuando el polvo se disipó este estaba ileso, y por el contrario, la mula gemía de dolor mientras el pelaje de su cara le escocía.
Frunció el ceño y tomó distancia.
El animal volvió a bramar mientras una cortada recorría su lomo.
Chad cambió de estrategia y fue contra el tercer hombre que azotaba al animal, tomándolo al vuelo por el torso y obligándolo a separarse.
—Hay que sacrificar a la bestia, no tendrán a donde enviar su daño — dijo Arnulfo corriendo a su lado.
El muchacho dudó un poco, el animal sufría y no le gustaba eso.
—Créame, es la única oportunidad. Si me da un espacio entre los tres, yo lo haré.
Inconforme, pero aceptando la propuesta, lanzó un golpe mucho más poderoso que todos los demás, lo suficiente para hacer precisamente la brecha que su compañero necesitaba, este corrió detrás de la energía liberada con la espada al frente.
Hubo un último alarido, Chad corrió y volvió a golpear al de la derecha y Arnulfo ya había hecho un corte profundo en el pecho del de la izquierda e iba por el de en medio.
Ninguno de los tres se quejó siquiera.
—No mire si no quiere — dijo Arnulfo quitándose la manta de lana del brazo, ya desgarrada.
Chad no siguió el consejo del hombre y giró la vista, en donde debía de estar el cuerpo del animal, yacía una mujer desnuda, llevaba en la boca el frenillo y en las palmas de las manos y plantas de los pies, herraduras de metal toscamente clavadas. La sangre que manaba de su cuello, casi separando la cabeza del cuerpo, se esparcía sobre la calle. Arnulfo la cubrió con la manta ocultando el cuerpo marcado.
—Me haré cargo de ella más tarde. Debemos irnos.
Sin el caballo, pudieron tomar las calles más concurridas ya que eran el trayecto más rápido.
Bajo el fleco, Chad seguía con el ceño fruncido, debatiéndose entre abrir la boca y no.
—Usted siempre supo que la bestia era un alma — acusó de pronto.
Hubo un momento de silencio
—Esos tres hombre servían a la Santísima Orden de las Oraciones Silenciosas, ellos creen que el dolor y el sufrimiento expían los pecados del alma. No sabía quien era la bestia, pero sabía que debía ser un alma transformada.
—Muchos aquí tienen la costumbre de castigar a otros.
—La vida es demasiado corta como para reflexionar sobre las acciones. Solo las almas que son enteramente consientes de lo que en vida hicieron, y se arrepienten de sus errores son los que pueden entrar al Valle.
Chad permaneció en silencio nuevamente, no quería seguir la conversación porque sabía de antemano que la cuestión del sufrimiento era algo casi inherente en toda la cultura del país, cortesía de la religión y la política de colonialismo que reinó por siglos.
Corriendo entre las personas, cruzando las calles con poco cuidado pero gran agilidad, su carrera nuevamente se vio interrumpida,: entre los edificios una enorme figura oscura se irguió.
—Un Menos Grande — susurró Chad al reconocer la inequívoca forma.
Arnulfo no pudo hablar, no por un ataque o similar, solo no pudo hacerlo mientras se afianzaba a su espada.
Chad sabía que si hacía su transformación completa no tendría problema para vencerlo, pero no terminaba de convencerle la idea de demostrar que era mucho más peligroso de lo que ya le consideraban.
— ¿Habrá alguien más cerca?
—Sí, hay otros montaraces patrullando, pero dadas las circunstancias que se nos presentan ¿No cree usted que esta Alma Caída, como las otras que hoy hemos encontrado, ha sido enviada contra usted?
La pregunta era más que razonable y aún más probable.
El Menos Grande se abrió paso entre los edificios causando un estremecimiento que desató el pánico entre las personas que no podían verlo pero sentían el temblor.
La cuestión había cambiado, ya no se trataba de esconder sus poderes sino del peligro que corrían las personas a su alrededor, por eso mismo, actuó en consecuencia haciendo emerger el brazo derecho del Gigante y el brazo izquierdo del Diablo.
—Yo me haré cargo de esto antes de que alguien salga lastimado.
No lo vio, pero pudo sentir la mirada de Arnulfo detrás de su espalda, quizás hasta lo atacaría. Con la forma de Hollow que tenía, realmente no le sorprendería, sin embargo, lo que hizo el hombre fue ponerse a su lado.
—Justo ahora empiezo cuestionar qué tan apropiado sería presentarse ante el Consejo de las Santísimas Órdenes.
Chad asintió, no estaban seguros de si alguien había mandado a matarle, si así era, podría ser alguno, o algunos capitanes, si esto era así, ir a su territorio era la peor de las ideas. Llegados a ese punto, las opciones se reducían a salir del país cuanto antes.
—Podremos decidir si ir o no después de solucionar esto — dijo Arnulfo que había pensado lo mismo.
Diciendo eso, ambos saltaron sobre la criatura antes de que continuara haciendo destrozos a los alrededores, ya evacuados a fuerza de pánico en su mayoría.
Comentarios y aclaraciones:
¡Gracias por leer!
