Fobos
Capítulo 11: Acuario.
Crystalline había nacido en la ciudad de Toulouse con la suerte de formar parte de una familia pudiente, pero un irresponsable capricho juvenil la había motivado a mudarse a Paris, allí donde, alejada de su familia, viviría por su cuenta con quien creía que sería el amor de su vida. Sus ilusiones de jovencita se quebraron en pedazos cuando su querido Claude la abandonó después del nacimiento de su hijo. La chica no podía creerlo, pero el muchacho parecía haberse esfumado para siempre, y después de lo mucho que había discutido con sus padres asegurándoles que Claude era perfecto para ella, volver a Toulouse y restablecer contacto con su familia no era una opción.
Crystalline hizo lo posible por cuidar de ese pequeño hijo al que había nombrado Camus durante los primeros años de su vida, pero admitía que su miedo crecía sin control cada día: Ella jamás había deseado tener un hijo, y peor aún, su amado la había abandonado por causa del niño. Tampoco podía negar que el día en que sostuvo a Camus en brazos por primera vez, lo que la invadió fue un inmenso frío acompañado del terror que le producía ser madre. Ese mismo frío la había perseguido durante los cinco años que había pasado junto a su pequeño, por alguna razón que ella desconocía, Camus lograba enfriar cualquier ambiente en el que estuviese. Al principio le había parecido simple jugarreta de su imaginación, pero con el tiempo se volvió un hecho innegable. El horror aumentó el día en el que su hijo apareció sentado sobre una fina capa de hielo que él mismo había creado en medio de la sala de su casa. Ella encontró modo de esconder el espanto, pero era consciente de lo mucho que los vecinos hablaban sobre cuán raro era el niño, los rumores sobre el extraño comportamiento de Camus se extendían con rapidez y fomentaban la desconfianza de los vecinos que frecuentemente la miraban a ella con mala cara. Camus era un monstruo, y ella lo supo desde el día en que lo vio por primera vez.
A pesar de eso, Camus sonreía. Crystalline no sabía por qué, pero después de todas las veces que ella se había mostrado hostil con el chiquillo, él le sonreía de todas maneras, y a veces sus inocentes ojos entre azul y violeta la hacían sentirse arrepentida de rechazar a su hijo, pero el frío le recordaba entonces que el pequeño era una amenaza. Esos pocos días en los que los intentos de Camus por conseguir un abrazo no eran contestados con la distancia y el desapego de su madre, los días en los que ella se sentía arrepentida de despreciar a su propia sangre, solía prepararle una apetitosa tarta de manzana y canela que el niño se emocionaba de solo ver. Era entonces cuando él más sonreía y ella más se amargaba.
Su mayor reto era aislarlo del resto, no solo porque era un peligro, sino porque al ver a otros niños recibiendo el afecto incondicional de sus madres, Camus trataba de conseguir lo mismo y lo que ella menos quería era encariñarse con aquel que le había arrebatado todo.
El paso del tiempo le iba cerrando cada vez más salidas, y poco a poco tuvo que perder la esperanza de que su hijo dejara de amarla así como ella le había dejado de amar hace tiempo. Había perdido al hombre de su vida, había roto todos los lazos con su familia y pensaba que era demasiado tarde como para recuperarlos. Para colmo, ni siquiera tendría ayuda o comprensión de alguno de sus vecinos. Ella ya no tenía nada, su vida se había derrumbado poco a poco ante sus ojos.
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-¿Mamá?
El pequeño de cabellos aguamarina entró con timidez al baño, al notar que su madre había tardado más de lo normal en algo tan simple como bañarse. Su cautela se debía a la poca intención que tenía de fastidiar a la mujer, pues ya sabía lo mucho que podía irritarse cuando él la perseguía. Pero en ese momento su estómago rugía con fuerza por el hambre y vio necesario buscarla. Se aproximó a la bañera al no recibir contestación alguna y se alarmó al notar que el agua en el que ella se bañaba era de color rojo, ¿Cómo el agua podía volverse roja? Jamás había visto algo parecido.
-¡Mamá!
Camus tocó el hombro de la joven, notándole la piel blanca y fría. Los ojos de su madre estaban cerrados, y nunca se abrieron, ni siquiera después de que la moviera y la llamara incontables veces.
Su madre definitivamente no estaba bajo los efectos de un profundo sueño. Ella en realidad ya no estaba, aunque corta su edad, no le fue demasiado difícil darse cuenta de que la mujer ya no respiraba. Lo había dejado solo y se daba cuenta de ello, pero se preguntaba por qué: ¿Por qué razón su adorada madre lo había abandonado de esa forma? Camus decidió no rendirse y aunque nervioso, corrió hasta estar fuera de la casa y tocó la puerta de uno de sus vecinos con desesperación. Gritó para pedir ayuda pero al intentar ver por la ventana, notó que las luces de la casa se apagaban, tal como su esperanza de conseguir quien acudiera a su llamado. Rápidamente y sintiendo como unas gruesas lágrimas brotaban de sus ojos, se dirigió a la casa siguiente, donde tocó y gritó con más fuerza, consiguiendo llamar la atención de una señora que le abrió la puerta con gran sorpresa.
-Por favor… -Intentó explicarse como pudo, con la garganta adolorida y los sollozos que se escabullían aunque él intentara evitarlo. -¡Por favor! ¡Mi mamá! –Repetía sin lograr darse a entender y cuando se dio cuenta de su nerviosismo, un frío cortante invadió el ambiente y una gruesa capa de hielo se empezó a formar bajo sus pies, extendiéndose hacia las plantas del jardín.
Lo siguiente que escuchó fue un grito de horror de la mujer que lo veía desconcertada.
-¡Monstruo! -Dijo con pánico y sin piedad de cerrarle la puerta en la cara.
Camus contempló esa puerta mientras lo único cálido eran las lágrimas recorriendo sus mejillas. Respiró agitadamente intentando ordenar sus pensamientos pero la temperatura bajaba cada vez más y el hielo empezaba a cubrir parte de la casa. Monstruo, así le habían llamado. ¿Entonces era eso? Gracias a los cuentos que le habían contado, él entendía que los monstruos eran criaturas crueles, malvadas y horribles. Todos huían de los monstruos en aquellas historias, nadie era capaz de querer a un monstruo, y si él era uno, entonces significaba que su único destino era ser temido. Su madre debió darse cuenta de ello, tal vez por eso se había ido para siempre. No tardó mucho en comprender que no recibiría ayuda de nadie en ese lugar. Estaba solo y ese misterioso poder que era incapaz de ocultar asustaba a cualquiera que estuviera cerca. Esa noche el cielo oscuro anunciaba una próxima tormenta, las copas de los árboles se empezaban a sacudir con violencia y el pequeño, desamparado, comenzó a caminar sin rumbo fijo. Realmente no le importaba adónde llegaría, ni siquiera le importaba llegar. Un camino gélido evidenciaba sus pasos y solo se detuvo cuando sus pies clamaban por descanso. Tomó asiento en un banco cercano y cabizbajo no se esforzó por limpiar sus lágrimas. Pronto, su asiento comenzó a congelarse y le siguió el suelo en el cual lentamente se formaron estalagmitas. Camus pasó allí horas, ignorando las tinieblas, el frío, y el origen de sus monstruosas habilidades. Nadie pasaba por allí esa noche, y el pequeño continuó sollozando hasta que sus ojos se cerraron y fue vencido por el cansancio.
Durante los meses siguientes, Camus se había dedicado a vagar por las calles de Paris suprimiendo lo más posible todos los temores que sentía y sus recuerdos para no despertar sus gélidas habilidades, de esa forma, el niño conseguía cierta caridad de los adultos que le daban por lo menos unos trozos de pan para comer, y con bastante suerte algunas frutas. Esas personas no sabían aún que él era un monstruo, y sería mejor que se mantuviera de ese modo si quería sobrevivir. Por desgracia, su plan peligró el día en que fue perseguido por un par de perros iracundos. Camus había botado su comida al suelo para intentar distraer a los animales, pero el resultado no había sido efectivo y los canes continuaron con la persecución. El niño se veía atormentado por el miedo a que los perros lo alcanzaran, y al mismo tiempo por temor a que sus poderes despertaran y alguien pudiera verlo. Desesperado podía sentir la escarcha bajo sus pies mientras corría y en un torpe descuido, un tropiezo lo llevó directo al suelo que se congeló de inmediato al momento en que Camus colocó sus manos para amortiguar el golpe. Volteó en un segundo que para él fue una eternidad e instintivamente cerró los ojos con fuerza. Solo los abrió al oír el grito de los canes que huían a toda velocidad de la gran muralla de hielo que el niño había creado frente a ellos. Temblando y con ojos temerosos el muchacho echó un vistazo a su alrededor: Había tenido la suerte de escabullirse por lugares poco concurridos y por lo tanto al parecer nadie había sido testigo de su monstruosidad. Camus rompió en llanto de espaldas a la gran muralla congelada al fallar en continuar disfrazando lo que sentía. Como último recurso cubrió su rostro entre sus rodillas para que sus lágrimas no estuvieran a la vista. El llanto le hubiese ayudado a calmarse, de no ser porque pronto oyó una voz a corta distancia.
-¿Tu hiciste esto?
El extraño preguntó y solo así el pequeño pudo notar que se encontraba frente a un hombre, pues nunca fue su intención levantar la cabeza para ver quién hablaba, en cambio, se acurrucó aún más abrazando sus propias piernas. El hombre se aproximó con tranquilidad.
-¿Dónde están tus padres?
Continuó interrogando y Camus siguió optando por el silencio, pero al mismo tiempo negó con la cabeza.
-¿Estás solo?
El jovencito asintió y se dignó a alzar el rostro, contemplando la figura del otro por primera vez. Lo que primero pudo notar fueron unos lentes de vidrio grueso que se anteponían a sus ojos fríos y verdosos, un sobretodo lo cubría y le otorgaba un aspecto misterioso. Su cabello recogido en una coleta ondeaba en el viento que soplaba con violencia.
-Monstruo… -Balbuceó el niño y quien estaba frente a él lo miró confundido. –Soy… un monstruo. –Repitió. –Por eso estoy solo.
-¿Y si te dijera que puedes usar ese poder para hacerle bien a los demás? ¿Vendrías conmigo? –El extraño sujeto le tendió la mano a Camus.
El chiquillo lo miró con desconfianza, pero no se movió de su lugar. Los ojos del pequeño se abrieron con sorpresa cuando su acompañante formó una esfera de aire frío en la palma de su mano.
-¿¡Tú tienes el mismo problema que yo!? –Le miró directo a los ojos, pero nada desarmó la estoica expresión del enigmático hombre.
-No. –Contestó, haciendo desaparecer con suma facilidad lo que había formado hacía un instante. –No es un problema, en absoluto. –Corrigió. –Si me acompañas y demuestras ser digno de tu poder, entonces yo te enseñaré a dominarlo.
Sin decir otra cosa, el hombre del sobretodo comenzó a caminar ante la mirada perpleja de Camus, que después de unos segundos de ni siquiera pensarlo, corrió detrás de él y caminó a su lado.
-Lo primero que debes aprender. –Le dijo después de una caminata silenciosa. –Es que tu poder no te convierte en un monstruo. –Lo miró con entereza, y Camus se sentía insignificante ante esa figura. –Tus acciones sí.
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La extensa y variada biblioteca de acuario lo mantenía ese día distraído entre los estantes. Los libros, como siempre, lograban atraer su completa atención más no logró estar tan absorto como para no escuchar los pasos acelerados y la escandalosa entrada de su amigo a la habitación. Camus cerró pesadamente sus ojos y al volver a abrirlos logró divisar con claridad la figura del caballero de escorpio. Milo era más que bienvenido, tanto como para entrar sin pedir permiso, pero si algo le molestaba al francés era que interrumpieran su lectura cuando más concentrado se hallaba en ella. Escorpio sabía eso perfectamente, pero fastidiar a su mejor amigo no resultaba una preocupación demasiado grande para él.
-Esa mirada dice que interrumpí algo importante. –Comentó el peliazul con su socarrona sonrisa. Camus únicamente arqueó una ceja.
-¿Qué se te ofrece?
-¿Se me tiene que ofrecer algo para venir?
Contestó Milo mientras paseaba distraídamente la vista por los estantes que ya conocía de sobra. El de acuario suspiró.
-Naturalmente, Milo, ¿Por qué vendrías sin motivo alguno?
Camus sabía por experiencia que cuando su amigo se comportaba tan enigmático era porque buscaba algo en específico, sin embargo, precisamente ese día él no tenía ganas de descifrar los complicados juegos del griego. El de escorpio, por otro lado, no pareció complacido por la actitud de su compañero. Su expresión antipática denotaba lo mucho que le molestaba el hecho de que el francés restara importancia a sus necesidades.
El guardián del octavo templo esperó un par de minutos más ante el silencio de su camarada, antes de cruzarse de brazos y voltear a ver hacia otra parte.
-En vista de que tienes mejores cosas que hacer, hablamos en otro momento.
El joven se retiró silenciosamente mientras que su amigo rodó los ojos: La actitud infantil de Milo llegaba a asombrarlo a pesar de que lo conocía hace tanto tiempo.
El resto del día lo pasó con tranquilidad, sin señales de Milo ni de nadie más que interrumpiera, pero su verdadero problema comenzó el día siguiente mientras preparaba su desayuno. Sus ojos casi se salen de sitio cuando casualmente en el calendario distinguió la fecha: Nueve de noviembre. Y no era que importase ese día, sino el anterior. El ocho de noviembre había sido el cumpleaños de Milo, y mientras pensaba en lo mucho que su amigo debía estar detestándolo por ser tan desatento, Camus apretaba con fuerza el pan entre sus manos hasta hacerlo añicos. Desde siempre, Milo era la persona que más atención ponía al cumpleaños del caballero de Acuario. Si bien el francés no tenía ninguna intención de celebrar o estar más feliz de lo normal, al escorpiano le sobraban las ganas de darle un sentido regalo y un caluroso saludo. Y era natural, después de dedicarse tanto tiempo a alegrar a Camus en sus cumpleaños, que el griego esperase lo mismo, o que esperase que al menos su mejor amigo recordara el día de su aniversario, en lugar de echarlo de la casa solo con la mirada.
Descubrió entonces que la actitud que Milo había tenido el día anterior no era infantil, sino la reacción que cualquiera tendría al recibir un trato tan indigno. Camus no pudo evitar que la culpa y un ligero temor le provocaran temblores en los dedos. Si alguien le había demostrado cariño sincero alguna vez, ese era su amigo, y con mucho pesar se daba cuenta de que él no estaba respondiendo con lo mismo.
Sintió un sabor amargo invadir su boca al pensar que estaba haciendo exactamente lo mismo que su madre había hecho años atrás. Trataba de recordar lo menos posible a esa mujer, y con los años había aprendido a no sentirse culpable de lo que pasó, pero no solo temía ser igual a ella, sino que más miedo le tenía a las consecuencias de sus actos. Sentirse ignorado, rechazado y olvidado otra vez sería una carga demasiado pesada y el sufrimiento sería peor de saber que ésta vez sí sería culpa suya. Tantos años había pasado de niño mendigando un poco de amor y recibiendo solo desprecio, que recordar aquello le provocaba un escalofrío desgarrador.
Pocas veces había sentido un pánico tan grande como el de esa mañana, y aunque tenía en cuenta que cuando su mente se enfriara se reprendería a si mismo por lucir tan patético, en ese instante lo único que atinó a hacer fue revolver desesperadamente la alacena y el refrigerador para sacar con suma rapidez varios productos. Con suerte y esfuerzo, Milo le perdonaría una vez más sus no mal intencionados descuidos. La mezcla no le salió sin antes haber desperdiciado algunos ingredientes por culpa del nerviosismo, se sentía extraño el equivocarse cuando después de todo la tradicional tarte tatin era su especialidad, aunque no le gustara admitir que esa habilidad para prepararla tan exquisita la había heredado de su madre. Y no la prepararía de no ser porque sabía que Milo sentía fascinación por esa tarta de manzana acaramelada y sobre todo si se le agregaba un montón de canela. Su nariz sufría con aquel endulzante perfume que le recordaba a sus viejos días de dolorosa soledad. Cerró sus ojos con fuerza intentando evitar que su cabeza se llenara de aquellos viles pensamientos pues de solo tener que hacerse a la idea de enfrentar otra vez el rechazo y el desamor de sus seres queridos le ponía las manos a temblar y así la preparación se arruinaría una vez más.
Lo primero que estropeó fue el caramelo, lo segundo la masa y afortunadamente a las manzanas no les pasó nada malo mientras conseguía que el postre quedara tan perfecto como a su amigo le gustaba.
Su sensación de ser el hombre más estúpido sobre la tierra aumentaba con cada escalón que bajaba hacia el templo de Escorpio, y ya dentro del mismo debatió entre salir corriendo de allí o darle a su amistad con Milo la importancia que merecía. Para su fortuna eligió la segunda opción y no tuvo que buscar al griego demasiado pues este apareció frente a él en cuestión de segundos. Milo se detuvo sorprendido pero no dejó de clavarle aquella mirada incisiva que le recordaba a Camus cuánto le convenía arrepentirse de su comportamiento del día anterior.
-Te acordaste tarde. –Comenzó el de cabellos azules no perdiendo la oportunidad de hacerle sentir peor.
-Me di cuenta cuando vi el calendario hoy, hice esto para ti, se lo mucho que te gusta este postre. –Respondió preguntándose por qué aún no había pedido disculpas por sus actos.
-¿Y? –Esperó el otro.
-Y lo siento, Milo. –Soltó las palabras como si se liberara de un peso gigantesco, pero deseaba enormemente que hubiese una mesa cerca para dejar la tarta antes de que sus estremecidas manos la tiraran al suelo por accidente.
-Te ves como un cachorro asustado. –Arqueó una ceja. –Athena no vería con buenos ojos que te castigue por algo tan simple. –Bromeó mientras se acercaba a tomar su regalo. –Así que no tienes de qué preocuparte.
-Sé que le das mucha importancia a los cumpleaños…
-Pero tú no, así que debí imaginármelo. –Dijo únicamente clavando una mirada brillante en el postre mientras lo llevaba a la cocina. Camus no pudo evitar seguirlo, como si sus pies tuvieran voluntad propia.
-Aun así, es importante para ti, debí darle la misma importancia que tú le das a mis asuntos. ¿Me estás escuchando Milo? –Interrogó por no recibir si quiera una palabra del otro. El caballero de acuario no podía evitar que el temor creciera en su mente si su mejor amigo hasta se negaba a sostenerle la mirada.
-¿Qué? –Preguntó Escorpio con ya un pedazo de pastel en su boca. Camus frunció el ceño en respuesta. –Ah, sí, ayer estaba molesto. –Comentó pero siguió admirando el color dorado del caramelo que cubría las manzanas. –Pero jamás hubieras podido saber que era mi cumpleaños si no sabías la fecha, supongo. –Se encogió de hombros. –De saber que era ocho de noviembre, hubieses preparado esto ayer, ¿Verdad?
Camus suspiró. Era cierto, pero también era cierto que Milo planeaba su regalo con varios días de anticipación y sin falta, así que después de todo el sentimiento de culpa y el temor seguían ahí.
-Creo que ya sufriste suficiente castigo preparándola, sé que no te gusta mucho esto, aunque no comprendo el por qué. –Saboreó otro trozo de la porción en su mano. –Es demasiado bueno, no me imagino que pueda tener un sabor mejor que este, así que debes ser la persona que mejor lo prepara. –Sonrió haciéndolo sentir poco merecedor de sus halagos. –Deberías estar orgulloso de eso.
El de acuario desvió la mirada tratando de evadir completamente el tema, posiblemente Milo merecía enterarse de la verdad, pero ese no era el momento indicado, además estaba seguro de que entonces le pediría dejar de preparar esa receta que él tanto adoraba comer. Al menos los comentarios amables de Milo desvanecían ligeramente el pánico que se había apoderado de su cuerpo durante toda la tarde. Aunque no el sentimiento de culpa, ese tardaría mucho más en irse, al menos hasta que sintiera que había hecho algo lo suficientemente bueno por el otro como para saldar su deuda.
-Seguro que batallaste preparándola, apuesto a que estabas tan nervioso que tuviste que tirar el primer intento y volverlo a hacer. –Adivinó y su acompañante dio un suspiro derrotado ante la innegable capacidad del peliazul para conocerlo a la perfección. –Si te vas a poner así cada vez que me enfade contigo te vas a morir más rápido.
Escorpio gozó el último pedazo de la porción que había cortado, mientras Camus arqueó una ceja: ¿A caso era tan propenso a hacerlo enojar sin darse cuenta?
-Pasé mi cumpleaños con el viejo maestro, un gato lo mordió y lo llevé a la enfermería a regañadientes.
El guardián de acuario tardó un momento preguntándose por qué su amigo contaba aquello como una anécdota feliz, probablemente había pasado el peor cumpleaños: ¿Quién querría pasar su día en la sala de espera de una enfermería?
-Lamento que fuera así.
-No, me divertí más de lo que piensas.
Sonrió pícaramente y Camus prefirió no preguntar pues aquello indicaba más que claro que Milo no había pasado el día sin hacer alguna travesura. El acuariano le devolvió la sonrisa más que nada para demostrarse a sí mismo que la tormenta en su interior ya había pasado.
-Le falta más canela. –El de ojos turquesa sonrió juguetonamente mientras arrancaba un pedazo de manzana que llevó a su boca, arruinando parte de la cubierta de la tarta.
-¡Milo no la desarmes!
Ordenó a ceño fruncido. Detestaba que el otro desarmara el postre para engullir solo las manzanas caramelizadas y no valorara todo lo demás. Mucho peor era cuando le indicaba la carencia de suficiente canela en la preparación. La canela ni siquiera era parte necesaria en los ingredientes, solo usaba la condenada especia para darle el gusto a su amigo, y estaba más que seguro de que había utilizado la cantidad perfecta, su ansiedad por complacer el paladar del griego le impedía equivocarse al medir los ingredientes.
Lanzó un resoplido en cuanto el caballero de escorpio, haciendo caso omiso a sus órdenes y con una amplia sonrisa, despegó otra pieza de manzana.
-Es mi regalo, yo puedo usarlo como quiera. –Argumentó después de tragar.
Camus negó con la cabeza, mucho más feliz y aliviado de lo que parecía al no notar ningún rastro de rencor en los ojos de su camarada. Pero sabía que lo que estaba haciendo era solo el principio, alguna otra maldad más ya tendría que sufrir por parte del escorpiano en modo de venganza. Al menos, si para algo servían aquellos episodios de crisis en los que su pánico afloraba y lo convertía en un demente, era para que al llegar la calma, Camus recordara que con alguien tan loco como Milo, no volvería a estar solo nunca más.
Notas:
¡Al fin el capítulo de Camus! Y digo esto porque ya más de la mitad lo tenía escrito desde hace meses porque cuando se trata de Camus sí soy responsable (?)
Ay pobre bebé, que sad fue su infancia. La introducción a este capítulo es bastante larga, porque por una vez quise centrarme más en el qué pasó para que el personaje tuvera su fobia (Además el capítulo entero no podía tratarse de Camus preparando un pastel, ejem...) Cuando se me ocurrió el miedo para Camus no sabía que eso realmente es una fobia, se llama "Atazagorafobia" y es el miedo a ser ignorado u olvidado. Estuve leyendo y es bien feo porque en ocasiones produce ataques de pánico o depresión y también puede producir que tengas miedo a olvidar a los demás. Milo no estaba enterado de nada de eso, pero igual no iba a dejar pasar la ocasión de jugar con el nerviosismo de su amigo que tiene mucha suerte de tenerlo (?)
Estuve debatiendo bastante tiempo y preguntando opinión a algunas personas porque no sabía si hacer que la madre de Camus se suicidara o simplemente lo dejara. Supuse que para ella sería más fácil matarse que dejarlo y tener que dar explicaciones además de construir una vida nueva totalmente sola. Además el suicidio le daba un toque más sad. Y la madre de Camus era malvada e inmadura Dx
Ah sí, por si interesa: La tarte tatin es una receta típica de Francia que fue creada por error. Una mujer intentando hacer una tarta de manzanas a las apuradas cocinó las manzanas y olvido poner la masa, así que la puso al final y eso dio como resultado una tarta invertida, en lugar de tener mucha masa con manzanas encima, tiene muchas manzanas con poca masa, esa es la historia. Ahora dado que las notas están quedando más largas que el fic (?) Voy a responder los reviews:
Radamanthys Queen: ¡Gracias por leer todos los capítulos hasta aquí! Me alegra que te gustara el fic. Estoy segura de que Afrodita es muy bueno dando consejos, y también se me hizo gracioso que de pequeños Death le hiciera bullying mientras que como adultos lo veo más a Afro haciendole bullying a él xD ¡Espero que te haya gustado mucho el capítulo de Camus!
BianWW: Siempre es interesante ver la relación entre Afrodita, DeathMask y Shura ¡Gracias por tus lecturas! Espero que te hayan gustado todos los capítulos :D
Ale: ¡Afrodita siempre tiene razón, es casi una ley del Santuario! Y Shura siempre me pareció un personaje súper melancólico y encadenado a su pasado, pobre cabra (?) Espero que te gustara el capítulo de Camus! Yo creo que bien podría ser uno de sus miedos más grandes el quedarse sin helado xD
Sukoru: Me alegra mucho que te gustara el capítulo! no había pensado en Squall pero ahora que lo veo tienes razón, sí tiene un parecido en su personalidad. Jajaja la Bella y la Bestia XD creo que esos más bien serían Afro y DM (?)
Kennardaillard: ¡Gracias por tus reviews! Espero que te siga gustando la historia. Trato de hacer cosas diferentes para cada uno y así que no resulte repetitivo, pero es cierto que el de Aioros es diferente porque siento que la personalidad de Aioros le impide estar todo el tiempo condicionado por el miedo. ¡Me alegra que te gustara el fic!
¡Gracias a todos por sus comentarios y lecturas!
-Se va corriendo porque este capítulo ya mide como quince metros- (?)
