XI. TE VEO DESPUÉS

Madrid, martes 9 de marzo de 2004

Dos días antes del atentado perpetrado por Al Qaeda en el metro de Madrid, estación de Atocha, identificado dentro de la historia con las siglas 11-M…


Camus Etienne Valois, corría desesperado por la calle, llevaba todavía los rastros de óleo en los dedos, es más, empuñaba un pincel en la mano, el cabello desordenado le caía por su cuello, cortado hasta la nuca; incluso en ese instante de desasosiego su cabello pelirrojo, despeinado y cubierto de restos de pintura, era hermoso.

Se detuvo en una calle y se sentó en el asfalto, en una esquina.

No era la primera vez que sucedía… que una angustia indescriptible le llenaba el cuerpo y lo único que deseaba era desaparecer, huir.

Pensó con tristeza en la profesora de óleo del curso especial que estaba tomando, era la primera vez que ella veía una de sus crisis, seguramente la pobre se había asustado cuando dejó caer el caballete con la pintura a medias y luego salió corriendo del salón.

Se llevó las manos a las sienes como si con ello pudiese diezmar el dolor que lo estaba devorando, como si con esa simple acción se borraran todos los lazos dolorosos que había en su vida y que lo mantenían atado.

Camus era francés de nacimiento, radicado en España desde su adolescencia, llevado a rastras desde Marsella a Madrid, cuando se vio forzado a dejar su vida conocida hasta ese momento, y fue esa nostalgia por Marsella la que lo acompañó siempre, la que le invadió y nunca le dejó ir.

Guapo y con una vida acomodada, se dio cuenta de que su condena era esa: no importaba lo mucho que se esforzara, su belleza siempre fue una maldición. Su madre murió apenas unos años después de que llegaron a Madrid y su padre se había vuelto a casar, él decidió pasar inadvertido, rememorando siempre en silencio a la mujer de Marsella con la que hablaba en francés, con la que cantaba y quizás la única que conocía su verdadera naturaleza triste y nostálgica.

Hombres, mujeres, todos pasaron por su vida y así como llegaron, así se habían ido… dejándolo cada vez más solo, más descompuesto.

Su belleza era entonces una burla, pues a pesar de ella iba de fracaso en fracaso amoroso.

¿Psicólogos? Había visto a muchos toda su vida… pero nadie había logrado desentramar las telarañas en su cabeza.

Hubo unas vacaciones, un año atrás, un curso de verano en Grecia, en Atenas, y ahí fue donde acabó de romper la poca cordura que tenía.

Se enredó con un hombre heleno, uno de esos hombres tocados por el sol, de esos que irradiaban tanta fuerza, tanta vitalidad… Se sentía morir entre sus brazos fuertes, se sentía completo reflejado en sus ojos verde esmeralda, se sintió tan vivo. Cuando estaba por regresar a España se juraron tantas cosas… incluso él había viajado desde Atenas para pasar unas vacaciones con él, en Madrid, también estudiaba Historia del Arte… y un buen día supo por los periódicos que se había casado con una mujer, con una actriz famosa de Estados Unidos. Sin cartas, sin llamadas… nada, sólo silencio… fue ese hecho el que le hizo hundirse en una crisis más profunda.

Siempre se preguntó si realmente lo había amado o si todo fueron mentiras… mentiras de un seductor al cual ni hombres ni mujeres se le resistían, y al final, Camus había pasado a ocupar uno más de los números en la vida de ese griego, de ese Onassis(1) moderno.

No, ya no podía más, estaba cansado, se sentía demasiado viejo a sus veintidós años, estaba agotado de pelear… era momento de decidir, era momento de ser libre.

—Hola, te obsequio un volante —dijo la voz chillante de una chica; cuando volvió la vista se encontró con el volante casi colgado de su nariz.

—No, gracias… yo… —balbuceó.

—Anda, anda, que es gratis… —insistió ella con una sonrisa de dientes felizmente chuecos.

Acabó por tomarlo, lo dobló y lo guardó en la bolsa del pantalón, se puso en pie, caminó hacia la Facultad de Filosofía y Letras dentro del campus de la Universidad Autónoma de Madrid… andaba con una sonrisa poco común en él, como si verdaderamente estuviese gozando el pequeño paseo de vuelta al salón para recoger sus cosas.


En el anfiteatro de la Facultad de Medicina, Milo observaba el cuerpo perfectamente diseccionado que tenía sobre la plancha, el bisturí descansaba entre sus dedos enguantados con látex, mientras escuchaba atento a la doctora que les hablaba utilizando toda aquella terminología que ellos perfectamente entendían pero el resto de mortales no.

Los mechones de cabello rubio le caían por la frente mientras su vista se perdía en el análisis clínico hacia los órganos del occiso que tenía delante. No llevaba ya tan largo el cabello como cuando recién ingresó a la Facultad de Medicina, solía usarlo casi hasta la cintura en honor a sus años de rebeldía juvenil, después lo fue cortando, no era agradable acabar metiendo mechones que le estorbaban y le caían por todos lados en el formol o incluso en los cuerpos. Así que lo había conservado poco más arriba de los hombros, a veces lo ataba, a veces lo dejaba suelto, ese día lo llevaba suelto.

Uno de sus compañeros se acercó subrepticiamente hasta la plancha donde estaba él.

Jaló la sábana discretamente hasta dejar descubierto el cuerpo, le señaló los genitales y le sonrió.

—Idiota… —murmuró a través del cubre bocas.

—Mañana hay una fiesta —susurró divertido el joven.

—¿Mañana? No tienen vergüenza ¡Es miércoles! —contestó.

—Venga, no me digas que te has flipado por ese detalle…

—Doctor Kyrgiakos, entonces el enfisema pulmonar… —interrumpió la doctora que estaba impartiendo cátedra y para cuyos agudos ojos no pasó desapercibida la distracción del rubio.

—El enfisema se define en términos anatomopatológicos por el agrandamiento permanente de los espacios aéreos distales de los bronquiolos terminales, con una destrucción de la pared alveolar, con o sin fibrosis manifiesta. Es una enfermedad crónica comprendida junto con la bronquitis crónica en la enfermedad pulmonar obstructiva crónica, mejor conocida como EPOC… —contestó el griego de memoria.

—Muy bien, entonces podemos seguir hablando de anatomopatologías en vez de las fruslerías que seguramente discutían…

—Por supuesto doctora…

Cuando la enjunta mujer continuó escribiendo en la pizarra del anfiteatro, Milo aprovechó para contestarle a su compañero.

—Estaré ahí…

—Con cooperación en mano por favor…

—¡Joder! Encima de que es entre semana me cobrarán por honrarlos con mi presencia…

—¿Tienes el servicio social mañana?

—No, mañana no…

—Asunto arreglado entonces…


Camus llegó a su departamento, en donde todo se encontraba en perfecto orden, tal como lo había dejado. Al abrir aspiró el olor aún guardado de su propio perfume colocado antes de salir, mezclado con el café de grano que aún se conservaba medio tibio en la cafetera, trató de llevarse ese recuerdo impoluto.

Dejó la mochila en el recibidor, se sentó en su sillón favorito, sacó la cigarrera de plata con sus iniciales grabadas: CEV, buscó el encendedor Zippo y, al sacarlo, cayó el papel que tenía guardado, del que ya se había olvidado por cierto.

Encendió con parsimonia el cigarrillo que colgó en sus labios, recogió el papel y lo desdobló.

Sonrió, lo arrugó y lo lanzó a un lado.

Ironique… —pronunció en su perfecto francés.

Aunque… sí, podría ser… podría ser una última celebración a su fatal vida y a su funesta existencia… una última vez no sonaba tan mal.

Desarrugó el papel y lo extendió…

Era una de esas fiestas de universitarios en donde cobraban la entrada a precios módicos de manera que pudieran reunir fondos para quién sabe qué causa idealista, memorizó la dirección y dejo caer el volante en el cesto de basura…

Nunca había sabido de bien a bien qué hacer en las fiestas, en especial si estaba solo; sin embargo, con cierta emoción pensó que no debía de ser tan espantosamente difícil mantener un rato de convivencia con desconocidos.

Observó las varias pinturas que tenía regadas por el departamento, todas eran suyas, él las había pintado, sin embargo siempre pensó que eran pésimas. Su concepción de arte nada tenía que ver con aquellos cuadros tristemente ejecutados.

En efecto, pensó que hasta para eso era malo.

Tomó el teléfono para marcarle a su padre y escucharle hablar en un español más bien malo: se quejaba del ajetreo en el trabajo y de lo muy cansado que estaba; Camus lo escuchaba con paciencia y sonreía de vez en cuando, y después siguió la perorata de siempre, la de esa carrera artificiosa que había elegido, le reprochaba no haber continuado con la dinastía de abogados Valois.

—Esto es lo que yo elegí, padre… —suspiró.

—Ha sido un capricho tuyo, Camus, ¿de qué vas a vivir?

—A mi madre le gustaba el arte, amaba el arte… —se defendió con cierta tristeza.

—Camus… ¿Otra vez con eso? ¿Has seguido viendo al médico?

—Sí, he seguido…

—¿Te está ayudando? —interrogó preocupado el hombre mayor.

—Mucho… —mintió con descaro el pelirrojo.

—Tal vez cuando termines los estudios consideres ese viaje que te ofrecí, sigue en pie —trató de conciliar su padre en una voz más suave, en francés—, te vendría bien pasar un tiempo en Italia.

—Puede ser, padre, puede ser…


Milo salió por la mañana del Hospital Central de la Cruz Roja San José y Santa Adela, había estado de guardia en Urgencias, la noche había estado tranquila, al menos no hubo casos peculiarmente graves, no como solía haberlos los fines de semana.

Lo primero que hizo fue tallarse los ojos cuando dejó el hospital, la luz del sol por las mañanas era algo que no solía ver estando dentro del edificio y mucho menos en el área en la que estaba haciendo el servicio, pero una vez cumplido ese requisito… seguiría la residencia en cardiología, o esa era lo que planeaba.

Compró un café en un pequeño puesto de la esquina y encendió un cigarrillo mientras hojeaba el periódico.

Recordó el día: miércoles 10 de marzo, el día de la fiesta a la que había acordado ir y justo ahora se maldecía por eso, lo que deseaba ante todo era echarse en la cama y no volver a saber nada de nadie hasta el día siguiente.

Una vez que terminó de fumar, tiró la colilla y corrió para tomar el autobús que le dejaría a unas calles del piso en donde estaba compartiendo renta con otro médico igual que él.

—Primero a la cama y después… después ya se verá —sentenció sacándose la bata y arrojándola al piso, lo mismo que la ropa, cerró las pesadas cortinas de su habitación y rápidamente creo una pequeña noche ahí adentro para dormir.

Se dejó caer sobre la cama y se quedó profundamente dormido.

Lo que le despertó bastantes horas después fue el timbre del móvil que no paraba de sonar y vibrar.

Automáticamente alargó la mano y lo tomó para contestar, todavía estaba medio dormido.

—¿Si? —murmuró somnoliento.

—Cabronazo, ¿estabas dormido?

—Sí, ¿qué hora es?

—Casi las siete…

—Vale, vale, ya me levanto…

—Como me imaginaba que estarías durmiendo la mona decidí marcarte…

Colgó sin darle respuesta alguna, se estiró como un gato sobre la cama y bostezó antes de ponerse de pie en un salto. Cubierto por su desnudez se asomó por el pasillo, todo en silencio y apagado… su compañero de piso no estaba.

Así sin ninguna prenda fue a la cocina, abrió el refrigerador y sacó el zumo de naranja, se sirvió un vaso, luego tomó una manzana que mordisqueó velozmente hasta acabar comiéndose todo, el corazón y las semillas también.

Cuando terminó su frugal cena se metió a la regadera.

Media hora después estaba casi listo.

—¡Já! Vestido para matar, ¿eh, Milo? —se dijo a sí mismo delante del espejo, luego acabó riéndose.

Sacó la chaqueta de piel del closet, tomó las llaves, se las guardó, comprobó que llevara efectivo, identificaciones y las tarjetas, todo desordenado dentro de la billetera.

Cerró la puerta tras de sí.


Camus había llegado a la dirección y lo que menos esperó encontrar fue a tanta gente en la vieja casona, para ser un día corriente entre semana había bastantes estudiantes que probablemente no llegarían a sus respectivas clases al día siguiente, otros, tal vez, lo harían en el mismo estado en el que se habían marchado de la fiesta.

Se sintió incómodo… perdido.

Sabía que algunos le observaban con curiosidad, por su espléndido físico, por su belleza inenarrable, lo de siempre…

Fue hasta la improvisada barra y compró una cerveza, intercambió algunas miradas, una que otra sonrisa boba, nada comprometedor, y luego, sin saber dónde meterse, se refugió en una solitaria silla.

Se sentía tan estúpido.

Una hora después estaba decidido a marcharse… entonces le vio, su risa contagiosa en medio de aquel gentío le llamó la atención, iba saludando a unos y otros mientras avanzaba a tientas por el lugar.

Parecía uno de esos chicos populares, de esos que conocían a medio campus.

Su piel dorada contrastaba con el rubio de su cabello, coronaban un rostro varonil los ojos color turquesa, parecían reflejar el mar. Y antes de que el hombre se diera cuenta de que lo observaba a detalle se hizo el disimulado.

Pero Milo se había dado cuenta ya… su cabello rojo, su rostro triste… todo él le había llamado la atención.

Fue primero por una cerveza y se perdió del campo de visión del francés, éste pensó que tal vez ya se había adentrado en la multitud de personas, lo había perdido de vista.

Dejó escapar un suspiro, sacó un cigarrillo, mientras se buscaba entre los bolsillos el Zippo, con cierto desespero, alguien más le acercó la flama de un encendedor plástico.

—Gracias —murmuró, y cuando levantó la vista casi se olvidó de dejar escapar el humo por entre los labios.

Enfrente tenía al portento de hombre que había visto entrar minutos atrás.

—Hola, estás muy solito aquí —saludó la voz sensual del rubio.

—Hola…

—¿Te puedo acompañar? —indagó, pero antes de que respondiera ya había jalado una silla y estaba sentado cerca de él —Mucho gusto, me llamo Milo Kyrgiakos… —le extendió la mano.

Y la media sonrisa del francés se fue borrando.

—¿Griego? —preguntó como si ello fuese la catástrofe de la humanidad.

Milo bajó la mano arqueando una ceja.

—Bueno, sí… mis padres son griegos, llevan mucho tiempo viviendo aquí, yo nací en Toledo, de hecho… ¿hay algún problema con ello? —lanzó a la defensiva.

—No, nada —acabó por ceder, aunque no le hacía gracia toparse con otro griego justo en Madrid—. Me llamó Camus Etienne Valois…

—¿De dónde eres Camus?

—De Francia… pero igual que tú llevo muchos años viviendo aquí —zanjó la conversación acerca de sus nacionalidades.

—Vaya, estás tan majo y eres un poco cortante, ¿qué estudias o trabajas?

—Historia del Arte… —el halago de Milo acerca de su físico no pareció incomodarle, no esa vez, no de él, simplemente le hizo reír por la naturalidad de sus palabras—, ¿y tú?

—Medicina, ya estoy por terminar el servicio social…

—Vaya… —cuando su mirada se cruzó con aquella de ojos turquesa, se sintió atraído de una forma salvaje, lo que parecía haber muerto tiempo atrás, su corazón, latió con fuerza.

Sólo pasaron un rato más hablando, hasta que después se encontraron en el inmenso jardín de la casa, con la música y los gritos a todo volumen, a solas… besándose con cierto desespero etílico, con un frenesí extraño que les poseía y que los hacía continuar con caricias al principio modestas e hipócritas, luego descaradas y sugestivas.

Los dedos del francés se enredaban y jugueteaban con los cabellos rubios de su acompañante, se apretujaba contra su cuerpo y se sentía protegido, se sentía fuera de ese mundo…

La atracción que sentían el uno por el otro había surgido como un chispazo que iba directo hacia un barril de pólvora, y fue Camus quien lo detuvo antes de que acabaran tendidos en el pasto follando pastorilmente.

Pensó que esa noche había sido una buena noche, una última noche de frenesí, y hubiese querido seguir, seguir más… con él, pero ya no quería sentir la necesidad de más, más de lo que le estaba negado.

Milo, aunque frustrado de no poder llegar a más, se quedó ahí con él y siguieron hablando hasta que la garganta se les secó, hasta que la madrugada avanzó.

—¿Por qué pareces tan triste? —inquirió mientras estaban sentados en el pasto con un par de cervezas.

—¿Te parece que estoy triste? —murmuró el pelirrojo.

—Parece que sonríes, pero… a veces no llega esa sonrisa a tus ojos.

—No estoy triste —ocultó la mirada y se dedicó a observar las pocas estrellas.

—Oye… quiero verte otra vez, ya que descubrimos que estamos en la misma universidad, ¿tal vez mañana?

—¿Mañana, eh?, puede ser… —sus labios se curvaron en una sonrisa afectada—, mañana tal vez esté ocupado…

—¡Oh, vamos! No te hagas tanto del rogar —le dijo dándole un pequeño empujón con el codo.

Guardó silencio y se puso en pie, antes de que acabara arrojándose a sus brazos, como siempre hacía con sus amantes, antes de que fuera demasiado tarde… otra vez.

—Me voy, ¿traes auto?

—No, pero espera, parece que he dicho algo que te molestó…

—No, es sólo que tengo cosas que hacer mañana y ya es tarde, te puedo llevar… —sugirió.

—De acuerdo, vamos entonces… —concedió resignado el griego, y sin más lo abrazó, simplemente lo hizo, su cercanía le había gustado, sentía la necesidad de no dejarlo ir… era eso, no quería dejarlo ir…

Camus se quedó quieto, impávido, aquel gesto le había conmovido casi hasta las lágrimas, lo abrazó brevemente, se sentía tan bien… pero acabó soltándose.

—Vamos… —cortó y echó a andar.

Antes de que Milo bajara del auto lo volvió a besar, volvió a morder esos labios que curiosamente le parecían ya tan conocidos, tan cercanos… se estaba comportando como un adolescente ante su primer ligue, y eso era raro, normalmente los ligues de las farras terminaban en folladas magistrales de pisa y corre y luego nada… pero no había habido folladas, y tampoco quería que después de haberse sentido tan bien, tan conectado a ese extraño, todo acabase con la noche.

—¿Entonces? —insistió contra sus labios.

—Te veo mañana…

—Mañana por la mañana, más bien hoy más tarde, tengo que entregarle unos libros a un amigo en el Museo Nacional Reina Sofía, tiene que ser temprano, antes de que abran al público… si quieres después de eso podemos ir a desayunar, si te parece…

—El Museo Nacional de Antropología, yo tengo que ir ahí, vivo por la estación Bilbao, podríamos vernos ahí… —mintió de nuevo.

—A las 7:15, ¿de acuerdo? —pidió como un chiquillo.

—Ahí estaré —aseguró aunque sabía que no estaría ahí.

Milo bajó del auto, le sonrió, se quedó parado afuera del edificio hasta que el auto se perdió en medio de la noche y el desconocido se alejó, pero para ese momento ya no era un desconocido, era la casualidad que estaba esperando, aunque ni siquiera tenía su teléfono, eso había olvidado.

—¡Idiota! Soy un idiota, debí pedirle el número —se encogió de hombros y se introdujo en el viejo edificio.

Camus había acelerado, iba conduciendo como un loco, quería huir, huir de sí mismo y de sus estúpidas emociones, quería salir corriendo para no tener que arrepentirse después.

Llegó hasta su departamento lleno de angustia… pero llegó decidido, tan decidido que se dio miedo a sí mismo, nunca en su vida había estado tan resuelto , no tenía miedo, era como una cita a la que no podía faltar, se sintió patético.

Entró a oscuras, no se preocupó de encender las luces, buscó entre las botellas y se preparó un Martini, colocó pulcramente la aceituna dentro y se llevó la copa a la elegante habitación…

Tenía ganas de llorar… llorar por todo lo que no había podido llorar durante años, y en efecto lloró, se desgarró en lágrimas amargas.

Con mano temblorosa se sentó frente al tocador, lanzó todo lo que estaba ahí encima. Tomó unas hojas y la pluma fuente… todos sus recuerdos pasaban ante sus ojos, uno tras otro; el dolor subía desde el estómago hasta la garganta… escribió una nota para su padre, le pidió disculpas por ser tan cobarde, por la mediocridad de su existencia, por el dolor que le provocaría… sacó de un cajón las fotos del viaje a Grecia, las fotos del amante griego… se contempló delante del espejo, hecho una piltrafa humana, empezó varias veces la nota pero no se concentraba, no sabía por dónde empezar.

Se levantó dándole un sorbo a la copa, encendió el modular, puso el disco, buscó la canción y pulsó el botón repetir…

It doesn't hurt me
You wanna feel, how it feels?
You wanna know, know that it doesn't hurt me?
You wanna hear about the deal I'm making
You, you and me

And if I only could
Make a deal with God
And get Him to swap our places
(2)

La canción nostálgica se escuchaba de fondo, se sentó de nuevo en el tocador, observó las fotos de él, la última foto cuando estuvieron juntos en Madrid, cuando hablaron de los planes a futuro, todo mentiras… siempre fueron mentiras.

Pensó que no, que no merecía ninguna nota, tal como jamás recibió respuesta ni a las llamadas ni a los correos electrónicos… no lo merecía…

Claudicó en su empeño de escribir, dobló pulcramente la nota para su padre y fue al cajón de la mesita de noche, sacó las pastillas que guardaba, del botiquín del baño sacó otro frasco de pastillas.

Tenía un arsenal de barbitúricos…

Se desnudó por completo, se metió entre las cobijas, después empezó a rememorar su vida, toda, cada parte, cada instante, mientras introducía las pastillas en la boca, se las pasaba con breves tragos del Martini, hasta que ya no pudo seguir tragando más…

En sus delirios había recordado al griego que conoció esa noche, sintió una pena profunda por él, porque le hubiera gustado conocerle bajo otras circunstancias, le hubiese encantado… sus ojos… su cabello rubio… el calor de sus brazos… tal vez había llegado demasiado tarde… y Camus, finalmente era como todos los Valois, un romántico empedernido…

Se iba quedando dormido, perdido, caía en una embriaguez total, en una oscuridad que le decía que al fin sería libre de tanto dolor, de esa soledad que ya no aguantaba.

Sintió una arcada en el estómago, alcanzó a arrastrase a la orilla de la cama… luego todo se cerró ante sus ojos, la profunda oscuridad y la paz le rodeaban…

El despertador sonó a las 6:30 de la mañana… el despertador… beep beep beep… como en un sueño alcanzaba a escuchar el ruido de la alarma que sonaba sin cesar.

Los miembros aletargados le respondieron poco a poco, estiró los dedos primero, luego las piernas, finalmente abrió los ojos… sus ojos azules trataban de enfocar la habitación en penumbras, de fondo escuchaba la canción que se repetía una y otra vez…

¡Estaba ahí! ¡Estaba en el mismo lugar! ¡Estaba vivo!

Estiró la mano y consiguió tirar el despertador que cayó en el piso y acabó por apagarse.

—¿Cómo es posible? —farfulló con la boca seca y los labios partidos.

Cuando recobró un poco de fuerza, se sentó en la cama, mareado y con nauseas que iban y venían, viajando del estómago a su garganta… una arcada le hizo inclinarse para vomitar.

Fue cuando se dio cuenta de que a sus pies había una plasta de vómito en donde podía ver las pastillas que se había tragado revueltas con los restos de alcohol y lo último que había comido.

Había ingerido tanto alcohol esa noche que su propio estómago lo traicionó echando fuera las pastillas, y, en esa última deposición, terminó por vaciar lo poco que quedaba.

Se llevó la mano a la frente.

Milo… el rubio, el otro griego… y recordó que tenía una cita con él… sonrió a medias, pensó con ironía que tal vez no era tarde... se dividía entre la frustración y su tristeza que ahora parecía un episodio aparte, como una pesadilla de la noche anterior.

Se metió al baño agarrándose de las paredes, estaba tan mareado, se sentía tan mal que no pudo evitar vomitar una vez más en la regadera.

Una vez fuera se vistió tan aprisa como pudo, temblando y con el rostro pálido.

El sol ya había salido, casi le deslumbró, tomó un taxi apenas lo distinguió en la avenida y pidió que lo llevaran a la estación de Bilbao; eran las siete con veinte cuando estaba entrando al metro en su deplorable estado, aun sintiéndose irreal en ese mundo, preguntándose si acaso estaría realmente muerto y sólo era que no se había dado cuenta, pero cuando sintió una nueva arcada en el estómago y las rodillas le temblaron supo que todo era real.

Apenas llegó, lo buscó con la mirada.

Estaba ahí… esperando, consultó el reloj de pulso por quincuagésima ocasión, suspiró, estaba vestido de blanco, parecía una visión, una de esas ensoñaciones suyas… no cabía duda, Camus era un romántico empedernido.

Milo volteó de reojo y le reconoció, caminó hasta él con su sonrisa coqueta.

—Pensé que no vendrías —confesó y frunció el ceño poco después—, ¿te sientes bien?, estás pálido…

—Estuve por no llegar… —admitió con los labios partidos.

Milo tomó su pulso agarrándole de la muñeca y contó silenciosamente.

—La presión por los suelos, debe ser la cruda… si quieres…

—No, déjalo, estoy bien, vámonos, viene el tren —dijo soltándose y acercándose con él hacia la orilla del andén para abordar.

Ambos entraron en el vagón, tomaron asiento. El francés se recargó en su hombro y cerró los ojos, el calor que desprendía le hacía sentir bien, muy bien, justo en ese instante se sentía tan confundido, tan perdido. El griego le pasó el brazo por encima de los hombros. Camus se arremolinó contra su cuerpo, se escondió entre sus brazos, y se sintió tan protegido ahí… era como si le conociera de toda la vida, como si esos brazos tuvieran la medida exacta.

—No te duermas, falta poco…

No contestó y se quedó ahí quieto, con la cabeza pegada a su pecho, escuchando su respiración y su corazón latiendo.

Eran las 7:30 cuando ambos bajaron en la estación de Atocha, estaba concurrido como siempre, se sonrieron y fue Milo quien le besó en los labios.

—Entonces no me acompañas…

—No… voy a la siguiente estación, te veo aquí en unos treinta minutos.

—De acuerdo, entonces no tardo, ¿sabes?, pensé que no vendrías.

—¿Por qué? Seguramente conquistas no te faltan —murmuró con un mohín de molestia.

—No es eso… es que tengo la impresión de que justo tú eres lo que busqué en tantos, es raro ¿no?

—Muy raro, anda que se te hace tarde.

Milo asintió, dio la vuelta y al subir corriendo descuidadamente por las escaleras estuvo a punto de estrellarse con un joven moreno, mal encarado, que llevaba una pesada mochila consigo.

—Lo siento yo… —se disculpó, pero el joven ya se había ido, bajando las escaleras.

Se encogió de hombros y salió a la calle, divisó el museo muy cerca de ahí.

Echó un vistazo al reloj: 7:33, solo unos minutos tarde…

Camus aguardaba el siguiente tren, no tenía idea de qué iba a hacer en la siguiente estación, aparte de sentirse morir por el malestar físico. Ya se le ocurriría algo.

Un grupo de jóvenes bajaban las escaleras, todos ellos con mochilas, seguramente estudiantes, y así como habían ingresado a la estación se dispersaron en los andenes.

Notó a uno de ellos, el que estaba más cerca, nervioso, sudaba… aunque no hacía tanto calor aún.

Por alguna razón se alejó, estaba casi en las puertas del tren número cuatro, camino hasta el anterior, el tres… algo en aquellos jóvenes le parecía extraño, o tal vez él estaba sintiéndose ansioso por las pastillas ingeridas.

Las puertas del tren se abrieron, la gente salió y entró, un mar de gente.

El sonido inconfundible de las puertas al cerrarse llenó los vagones, se fijó en el reloj de la estación, marcaba las 7:36, el tren estaba arrancando…

Un estallido ensordecedor, dos… luego otro… otro más… llamas que consumían todo y a todos, gritos, muchos gritos… que no escuchaba pues el primer estallido le había dejado completamente sordo, algo le había golpeado en el vientre y lo había lanzado metros atrás, había caído sobre algo o alguien, hasta que acabó rodando contra el piso del vagón que estaba en llamas, destruido.

Cerró los ojos por el dolor.

No alcanzaba a entender del todo lo que sucedía… ¿una bomba?

Milo ya estaba cruzando la calle cuando el fuerte estallido, el fuego y el humo salieron de la estación de Atocha, su primer impulso una vez que escuchó más de una detonación fue correr de regreso.

En la calle los autos se habían detenido, había personas que marcaban desde sus móviles para pedir auxilio, otras desde los teléfonos públicos, los vecinos habían salido de sus casas y eran pocos los que, como él, corrían justo hacia el desastre.

—Camus… —murmuró bajando lo mejor que pudo las destruidas escaleras.

Se cubrió la nariz y boca con la solapa de la bata, trató de ver más allá del humo… el olor a carne quemada era inaudito… había miembros cercenados a sus pies, personas… o lo que habían sido personas, muertas…

El corazón se le estaba escapando por la boca.

—Dios mío… —murmuró y se adentró hacia la zona de los andenes… lo que vio ahí le dejó sin habla… los trenes estaban destrozados, unos más que otros, había personas que no estaban tan heridas y trataban de salir y sacar a otros, había muerte por todos lados—. Camus… ¡Camus! —se oyó gritando a voz de cuello.

El francés estaba en el piso, tirado boca abajo, su bello rostro cortado y sangrante, con el brazo izquierdo roto, completamente torcido; alcanzaba a ver restos humanos, cuerpos calcinados que habían sido despedidos, personas que todavía se retorcían, se volvió hacia el otro lado, una mujer estaba tendida también ahí, cerca de él, descansaba sobre su costado, gemía, lloraba… abrazaba su abultado vientre: estaba embarazada.

Ella se volvió a él, le observó. Tenía la mitad del rostro quemado, calcinado, pero le observaba.

Camus alargó la mano, no supo por qué, simplemente lo hizo… estiró los dedos magullados… la joven mujer hizo lo mismo, ambos tocaban sus dedos, como si con ello se dijeran en silencio que todo estaría bien… que no estaban solos… que en medio de esa catástrofe, no estaban solos en la oscuridad, ella lloraba, las lágrimas cristalinas se derramaban por su quemado rostro… acariciaba con su otra mano el vientre, al nonato, estaban conectados todos, los tres… el pelirrojo también lloraba, en silencio…

Camus Etienne Valois nunca amó más la vida que en ese instante… amó incluso la vida de los otros, la vida de la mujer desconocida a su lado… su propia vida…

Milo había dado al fin con él, con el pelirrojo… estaba cubierto de mohín, de sangre incluso, había ayudado de camino en lo que había podido… se precipitó hacia Camus, lo puso boca arriba, respiraba con dificultad, tenía incrustado un pedazo de metal en el abdomen.

Le hablaba pero no recibía respuesta, el francés tenía abiertos los ojos y lo observaba, le señaló a la joven mujer que estaba a su lado… solo eso podía hacer: señalarle, seguía sordo, sólo escuchaba una vibración dentro de sus oídos, y veía los labios de Milo moverse desesperados.

Milo lo dejó un instante en el piso y se acercó a la mujer, la sacó al mismo tiempo que bomberos, médicos y civiles, se precipitaban en los vagones tratando de hacer algo. Regresó hasta donde estaba Camus, no lo podía mover en ese estado, le hablaba…

—Nadie… nunca ha llorado por mí…

—No seas tonto… no puedo perderte ahora que te he encontrado… —le dijo mientras lo subía a una camilla que habían llevado hasta ahí.

Camus Etienne Valois, nunca amó más la vida que en ese instante…

(1)Onassis – La referencia que hace Camus es hacia el mítico magnate de la industria naviera griega: Aristóteles Onassis (1906-1975), seductor nato que estuvo involucrado con mujeres importantes de su época, incluida Jacqueline Kennedy e incluso la cantante de ópera María Callas.

(2)La canción que escucha Camus es Runnig up that hill, cover de Placebo, incluida en el álbum especial Covers, a juego con el disco normal Sleeping whit ghosts, 2003.

N. de la A.

Los atentados de la estación de metro de Madrid, Atocha, ocurrieron alrededor de las 7:36 de la mañana, de acuerdo a la evidencia encontrada, los explosivos fueron transportados en mochilas. Los trenes en los cuáles se introdujeron fueron el 1, 4, 5 y 6. Atocha no fue la única estación en la que detonaron bombas ese día. Los ataques terroristas del Al Qaeda perpetrados ese día dejaron 191 personas fallecidas y 1858 heridos, el atentado que más víctimas cobró en Europa.