Universo Alternativo: Europa, siglo XIX no Disney
Personajes Principales: Elsa, ¿Hans?, Adgar.
Clasificación: T
Género: Romance/Supernatural/Tragedia
Disclaimer: Ninguno de estos personajes o canciones me pertenece
Memoria de una Vieja Canción-Horacio Guarany (interpretado por Ginamaría Hidalgo)
¿Por qué no olvido tu canción,
si el río va y no vuelve más?
Reloj eterno de las horas,
Y esa canción que llora sobre mi ventanal.
Elsa miraba la ventana de la habitación del hotel donde se hallaba para la serie de conciertos que iba a dar en París. Esa tarde dormía en demasía, tiñendo la ciudad de tonos grises y empapando todas las calles. Era extraño que el cielo reflejara con fidelidad las emociones que embargaba su corazón, porque no podía resistir llorar ante los pensamientos que en ese momento se hallaban revoloteando como aves de mal agüero en su mente.
Lo único que podía hacer en la penumbra de la habitación, ante la falta de voluntad para encender las velas, era cantar. Y no cualquier canción, sino solo una, la canción que hacía tanto tiempo le había enseñado su maestro y mentor. No podía creer cómo después de tanto tiempo la siguiera recordando, como si él mismo fuera el que la llamara con la melodía y la letra que repetía una y otra vez. ¿Qué clase de maldito hechizo le había puesto ese hombre para que después de todo lo que le hizo siguiera enamoradísima como la primera vez que lo vio?
Desde que era una niña, se había prendado del misterioso músico que había traído su padre como invitado y protegido. La vio y le dedicó una de las sonrisas más encantadoras del mundo. Su corazón se detuvo por un momento. Poco a poco, comenzó a formar parte de la vida cotidiana de su hogar. Por cuatro años él estuvo conviviendo con ellos, jugando con ella y con su pequeña hermana, ayudándoles a repasar las letras y los números, además de todo cuanto una pequeña dama de su posición debería saber. Después de ello, pasaba cada vez menos tiempo. Su padre le decía que era porque él se había vuelto tremendamente famoso. Y ella lo extrañaba intensamente, al punto de que, cuando recibían una carta suya, se quedaba toda la noche apretándola contra su pecho.
Sin embargo, no dejaba de ir a la casa del conde para pasar el verano en las campiñas cercanas e inspirarse para componer sus obras. Elsa lo trataba con amabilidad, y él, al parecer, se consumía por ella. A veces, todavía a estas alturas de su vida, puede sentir su presencia cuando canta. A los dos años de su primer arribo, ella le pidió que tocase y él cumplió su deseo; inmediatamente seguido de su petición de enseñarle a cantar. Poco a poco, le hizo convertirse en la mejor soprano que el mundo conocería, y lentamente ella caía en las garras del amor. Ese amor, que era al mismo tiempo tan puro y tan doloroso que ninguno de los dos podía soportar sin gritarlo a los cuatro vientos, se consumó finalmente una noche. Bocas con bocas, cuerpos con cuerpos. Almas con almas… al menos eso pensaba la joven, quien se había entregado completamente al músico, a pesar de escuchar constantemente y a escondidas los rumores de su viciosa y malograda vida, y del supuesto pacto con el diablo que mantuvo una vez. Por supuesto que no creía tales calumnias de viejas chismosas y sin nada más que hacer que entrometerse en las vidas de los demás. Pero pronto se daría cuenta de que todo eso era nada más y nada menos que la verdad.
Cuando tenía dieciocho, su padre cumplió su deseo de poder ver al virtuoso en un concierto que daría en Milán. Iba preparada para verlo y decirle por fin todo lo que sentía. Imaginaba que él la tomaría en sus brazos y huirían hacia tierras lejanas para por fin casarse y vivir felices los dos juntos. Y por fin pudo oírlo tocar frente a una multitud frenética. Era tal como lo soñó: el guapísimo, entregando su bella música a todos. Y en aquél instante, él la miró, como si mirara el más bello diamante del mundo. Inmediatamente, le tendió la mano y ella la tomó tímidamente; él la condujo al escenario y la presentó ante todos. Ella no se podía sentir más nerviosa. Y él, con su voz aterciopelada, tiernamente le pidió que cantase la melodía que siempre estaban ensayando juntos cuando la entrenaba.
Ella cantó, con todo el amor que tenía en su corazón y entregando el alma completamente a él. Sólo a él. La gente le aplaudía fervorosamente. Él habló al público, diciéndoles que ella sería la próxima estrella del bel canto. Ella, después de esta oportunidad que le brindaba su amado, saludó tímidamente a la multitud y se alejó discretamente atrás del escenario. A pesar de que su sueño era cantar en todo el mundo, no quería eclipsar el éxito que él se había ganado. Vio la otra mitad del concierto tras bambalinas, y le mandó un beso desde ahí para celebrar su triunfo.
Sin embargo, en lugar de dirigirse directamente a ella, él se fue a recibir a las cientos de admiradoras que prácticamente se desnudaban frente a él. Ella quedó sola. Todo el teatro se quedó completamente vacío, a excepción de ella, y el frío que sentía se acrecentaba conforme una certeza se asentaba en su corazón: que él tal vez no la amaba como ella a él. Su padre quiso que se fueran al hotel, puesto que se estaba haciendo demasiado tarde. Por lo menos no estaba como alma en pena. El carruaje se desplazaba como si estuviera en un funeral.
Ya en su suite, no podía dormir. Aún no se explicaba cómo el amor de su vida la había dejado como si fuera tan solo un programa. Así que decidió salir a la ciudad, a averiguar cómo y dónde estaba y por fin hacerle esa pregunta que tanto le estaba atormentando: "¿Me amas?"
Anduvo por toda la madrugada hasta que llegó hasta uno de los barrios más pavorosos. Un hombre la interceptó: estaba exigiéndole servicios carnales. Ella sólo atinó a empujarlo, y el hombre cayó abruptamente, tan ebrio se hallaba. Una mano la atrapó por el hombro. Ella se arrepintió de haber hecho esa aventura, pero descubrió que era nada más y nada menos que su padre.
―¿Qué se supone que estás haciendo aquí, niña desvergonzada?―bramó con rabia mientras la conducía al carruaje que los estaba esperando a poca distancia. Poco después se dio cuenta de sus intenciones, la tapó con una capucha y la condujo hasta un establecimiento. Éste resultó ser un burdel de mala muerte. Y en una de las habitaciones vio a su amado abrazando lascivamente a dos prostitutas semidesnudas, mientras apostaba por unas cuantas monedas el guardapelo que le regaló la primera noche en que la hizo suya. No podía creerlo.
Después de perderlo, así como otros artículos de valor, entre ellos su propio violín, y de tomar cantidades de alcohol capaces de embrutecer al más recio de los hombres, por fin volteó en su dirección, pero no pareció reconocerla siquiera. Con lágrimas agolpándosele en los ojos, se dirigió hasta su padre, quien simplemente la dirigió afuera, y después hasta el carruaje. Ahí no pudo resistir más y lloró en brazos de su padre.
Poco tiempo después, descubrió algo que la dejaría helada: esperaba un niño de él. Jamás se lo dijo a nadie. Ése era su mayor secreto, y, se dijo a sí misma, el que se llevaría a la tumba, porque no pasó nada más. Era cierto que se había derrumbado cuando lo supo, porque no sabría cómo decírselo posteriormente a su padre ni cómo lidiar con la terrible y estirada sociedad a la que pertenecía, pero también había sentido una nueva alegría inundando su ser, puesto que, por lo menos, tendría algo de él. Alegría que se terminó bruscamente cuando una tarde, intempestivamente, la sangre corrió abundante por sus muslos, anunciando el quiebre de sus sueños por completo. La partera que trajo a escondidas hizo todo lo posible por salvarlo, pero ya era demasiado tarde. Además, le dijo la anciana, por el daño a su vientre, quedaría completamente estéril.
No pudo evitar sonreír ese día, a pesar de todo el dolor y la negrura que ahora habitaba su corazón, ya que ese mismo día recibió una carta del veleidoso, diciéndole en la misiva cuánto la extrañaba y cómo completaba su ser. A partir de ese momento, decidió, en contra de los deseos de su padre, permanecer soltera y buscar fortuna como cantante de ópera. Y le contestó al embaucador que ya no le escribiera más, ya que se casaría con un hombre. Ésa sería la última vez que le respondería una carta, a pesar de que fueron llegando por parte de él muchísimas más.
Empezó desde abajo, haciendo papeles menores y probando suerte en varios escenarios, hasta que un empresario famoso le dio la oportunidad de un protagónico, y cuál no sería su sorpresa al ser de una ópera de Donizetti: Lucía de Lammermoor. Interpretó el papel de la joven que se volvía loca por un amor imposible tan bien, que la nombraron por todas partes ruiseñor, sirena, ángel. Procuraba evitar ir a los teatros donde sabía que él tendría conciertos. No quería verlo, ni que viera en la ruina en que ella se había convertido por él. Y así su carrera despegó. Viajó por todo el mundo, incluyendo a países en los que ni siquiera escribían con el alfabeto, trayendo renombre mundial a su apellido y hacia su voz. Un montón de personas la aclamaban, pero ella no escuchaba los clamores. Sólo escuchaba esa canción…
A pesar de no cantarla jamás, ni siquiera en los recitales que daba por los salones de las casas reales y presidenciales de todo el orbe, la canción que tenía dentro del corazón se repetía dentro de su ser, haciendo que lo que cantase sonase para sus oídos como algo hueco.
Y el día de hoy la estaba cantando sin parar en voz baja que empezaba a crecer con cada repetición. Y entre más fuerte la cantaba, parecía que él estaba más presente, junto a ella, escuchando silencioso cómo su canto de amor se extendía hasta más allá de la muerte, para reunirse con el hombre que tanto había amado y que había muerto hacía poco.
Al día siguiente, un empleado del hotel la encontró, medio afónica por el esfuerzo y casi muerta de frío. Envió a un doctor, y después a un sacerdote, para que ella recibiese atención y consuelo. Ella los aceptó humildemente y, cuando el galeno se retiró, le contó al padre toda su historia. El padre la escuchó atentamente, y dijo simplemente que un alma requería su perdón, pero que tendrá que continuar o él la llevaría donde las almas no tienen descanso jamás.
Elsa miró al padre con perplejidad, para poco a poco comprender lo que decía. Este amor la perdería para siempre si no perdonaba con su alma al hombre. Y lo hizo, haciendo que la habitación se llenase de sombras y un grito desgarrador inundase la noche.
El sacerdote gritó una serie de oraciones, con una mano sosteniendo el crucifijo encima de ella como si de un escudo se tratase, y con la otra arrojando a la noche agua bendita. Poco a poco las sombras menguaron hasta desaparecer, haciendo que un peso terrible se le quitase de encima, y sólo así pudo vivir en paz hasta los últimos días de subida, adorada y merecidamente querida por todos.
Estaba liberada por fin de una maldición que ni siquiera sabía que tenía.
Pero su canción la acompañaría por siempre.
Nota de la autora.
Este fic (y su primera parte) está inspirado en parte por la canción antes mencionada, por la película "Paganini: El Violín del Diablo" (aunque no se las recomiendo, es muy mala para mi gusto, la verdad), en menor medida del Fantasma de la Ópera. En cuanto al protagonista masculino, se los diré brevemente: pueden poner al que quieran. Mientras lo escribía pensaba simultáneamente en Hans, en Tadashi y en Jack… digamos que fue una fusión. Fue raro… Espero que les agrade.
Recuerdo que pueden dejarme sus críticas en el espacio de reviews, y que pueden sugerir canciones.
