Que los hermanos Rivera estuvieran presentes para la cena no pudo ser mejor decisión.

Al haber ambos traído sus trajes de mariachi (negros y a juego) y sus guitarras, eso significaba que la cosa se podía amenizar con auténtica música y comida latinas, para que Honey no echara de menos sus raíces. Tadashi estaba más que encantado cuando Marco se ofreció junto con Miguel para ambientar la cosa.

Miguel intentó sacarle información a su hermano, pues él raramente se ofrecía a hacer cosas "de a gratis" por gente que no conocía a menos que le insistieran mucho, y el futuro cumpleaños de Tadashi DEFINITIVAMENTE no era una de esas ocasiones especiales... pero Marco sólo se limitó a decirle que era para una buena causa.

Sospechoso.

Pero la gota que derramó el vaso tuvo que ser cuando, acomodándose el lazo de su cuello frente al espejo, vio a Hiro entrar refunfuñando con una corbata en mano.

Bueno, al menos se había peinado con una cola de caballo y se había fajado la camisa dentro de los pantalones, eso era un avance.

—¡¿Por qué seguimos usando corbatas, Miguel?! ¡¿Por qué la humanidad insiste en conservar costumbres anticuadas?! —Rezongó, dejándose caer sobre una silla.

Miguel lo miró y una risita se le escapó. Ah, menos mal que Hiro estaba teniendo un día bueno y con salud. Ya extrañaba sus berrinches.

—...Sabes que puedes pedirme ayuda sin tener que estar de teatrero, ¿verdad?

Su mejor amigo sólo le contestó con un gruñido, a lo cual Miguel rodó los ojos y se apuró a ir a su lado para terminar de arreglarle la camisa y anudarle la prenda. No era para menos, los amigos de Tadashi ya habían llegado y se estaban acomodando en las mesas, así que la cosa era… algo así como urgente.

—¿Quién organiza una cena de gala para su cumpleaños? ¿No pudo pedir pizza y una película o algo así? —Se quejó Hiro mientras inclinaba la cabeza hacia atrás para que Miguel pudiera abrocharle los botones de la camisa hasta el cuello.

—Cuando sea tu cumpleaños, entonces vas a poder hacer la fiesta que tú quieras, Hiro, pero ésta es la fiesta de Tadashi. —Se rió Miguel, tomando la corbata de seda azul índigo entre sus manos tan pronto hubo finalizado.

—¡Pero su cumpleaños de verdad es hasta dentro de unos días! ¿Qué necesidad había de adelantarlo? —Siguió Hiro, dejando que Miguel le ayudara a anudar ese instrumento de tortura victoriana en el cuello. Malditas galas.

—En el fondo estás feliz de que esté celebrando, ¿no es verdad? —Aseguró el moreno, finalizando el nudo y acomodándolo para que se viera prolijo. —De otro modo no te habrías puesto tan elegante… porque no estás usando corbata de clips que digamos.

Hiro masculló algo ininteligible, apartando la mirada. Miguel retrocedió un paso para verlo y completar el cuadro en su cabeza.

Ésto era, por mucho, lo más elegante que había visto a Hiro en su vida. Diecisiete años de desarrollo corporal enfundados en un traje de gala negro que le ceñía la figura, con un chaleco de terciopelo azul sobre la camisa blanca, junto con la chaqueta negra a juego. Incluso había hecho el esfuerzo de dominar su rebelde melena, sus cabellos estaban echados hacia atrás en una pequeña coleta de caballo victoriana. Su flequillo rebelde no fue lo bastante largo para quedar atrapado en dicha coleta, por lo cual caía decorando su frente tan desastroso como siempre, pero casi lo prefería de ese modo, pues así podía ver que de verdad se trataba de Hiro y no de alguien atractivo que intentaba hacerse pasar por él.

Miguel sintió que su estómago y su corazón daban un vuelco lo bastante violento como para cambiarse de lugares momentáneamente dentro de su cuerpo, y lo tomó como una señal positiva de que Hiro se veía bien por una vez en la vida.

Apenas se estaba adaptando al concepto de belleza masculina, y estaba demasiado acostumbrado a la compañía de Hiro para fijarse, pero ahora lo acababa de ver bajo una nueva luz: su amigo era atractivo.

Una pequeña sonrisa de orgullo y satisfacción adornó sus labios.

—...Entonces... ¿Cómo me veo? —Preguntó Hiro con cierta timidez, tomándose el brazo y sin atreverse a ver al mexicano a la cara. No estaba acostumbrado a ir por la vida de gala.

Su timidez provocó un segundo vuelco en el corazón de Miguel, y que se le escapara una segunda sonrisa más boba que la anterior que no llegó a registrar.

—Te ves… —Inició, antes de frenarse en seco.

No podía ser sincero, o no del todo, con los halagos. No podía decirle que se veía bien o atractivo, guapo, o símiles sin arriesgarse a que el genio empezara a escupir sakuras. No recordaba la última vez que había sido completamente sincero con Hiro, pero ahora que estaba teniendo un día bueno y su tratamiento parecía estar funcionando no iba a tirar todo por la borda por un tonto cumplido…

No le gustaba mentir ni esconder las cosas, pero en tiempos del hanahaki, una mentira en el momento adecuado podía salvarle la vida a alguien.

—… ¿Me veo…? —Hiro lo animó a seguir con la mirada.

Miguel se llevó un dedo a la barbilla, pensando un rato. Luego los chasqueó y lo miró apuntándole con el índice.

—¡Te ves como una persona que sí se baña a diario! ¡Sí, eso es!

—¡Vete al diablo!

Recibió un justo almohadazo en toda la cara que le hizo soltar una carcajada. Tomó el almohadón entre sus manos y se lo aventó a Hiro (cosa inútil porque el genio lo atrapó en el aire y lo dejó sobre la cama, no iba a arriesgarse a joderse el peinado que le había tomado tanto hacer) y Miguel continuó arreglándose, fajándose la camisa, terminando el moño, buscando su chaqueta con motivos dorados mientras su amigo se sentaba con desfachatez en la silla del escritorio mirando su celular.

—Hiro, no me tienes que esperar, podrías bajar a saludar.

—Te espero.

A Hiro no le gustaba ir solo a donde había mucha gente. Además…

Además...

Hiro levantó la mirada y lo recorrió con la misma discretamente, fingiendo estar atento al celular. Quedarse abierto de boca era tonto, de mala educación, y delator, pero no pasaba nada mientras Miguel no se diera cuenta. Su mejor amigo tenía sólo quince años, pero el traje ya se le pegaba al cuerpo, que empezaba a marcarse en los lugares donde su complexión no haría más que seguir asentándose conforme los años pasaran. El negro resaltaba muy bien sus facciones morenas, y el moño le daba la apariencia de un muñeco antiguo de esos que se tienen de colección en una vitrina. El dorado del traje resplandecía bajo la luz del cuarto iluminado, arrancándole destellos como si fuera un ángel frente al espejo.

Prácticamente habían crecido juntos, pero era la primera vez que le veía en traje de mariachi. Se veía tan condenadamente bien que debía ser ilegal, y su enamoramiento no ayudaba. Tragó saliva, dirigiendo sus largas pestañas al móvil antes que cometer la falta de respeto de mirarle el trasero, pero maldita sea, le diría que sí a cualquier cosa que le pidiera con ese traje puesto.

Las flores que crecían en su garganta habían, POR FIN, comenzado a menguar gracias a los constantes cuidados de Miguel y los bombazos de medicamentos con que las había atacado. Y ahora que empezaba a respirar un poco más, ni se le antojaba tener una recaída que le obligara a regresar a las bombas de píldoras, ni quería arruinar el cumpleaños de Tadashi. Así que tendría que mantener su distancia si no quería empezar a escupir sakuras durante la cena.

El sombrero de mariachi fue el último en tomar su respectivo lugar en la cabeza de Miguel, quien tomó un segundo vistazo en el espejo para asegurarse de que todo estuviera bien.

—Creo que ya estoy bien. —Miguel se dirigió a Hiro, quien estaba semi-enroscado en su asiento. —¿Cómo te sientes?

Hiro no estaba acostumbrado a que Miguel, en su forma más atractiva, le hablara así. Se pateó mentalmente.

—Mejor que ayer. —Contestó con una sonrisa nerviosa. —Creo que las flores están cediendo por fin. Te dije que sabía lo que hacía.

Miguel le dedicó una mirada preocupada y suspiró.

—Eso me alegra, pero… no me gusta cuando haces cosas así de peligrosas, Hiro. ¿Qué tal si ésta vez fue suerte? ¿No sería mejor operarte?

—Miguel… sabes bien que ahora no es el mejor momento para que considere esa opción.

Hiro sintió un peso de culpa en el estómago. Miguel era quien mejor le conocía, lo había hecho por años, y nadie era mejor que él para ayudarle a superar ésto. El mexicano había estado sacrificando mucho de su tiempo libre para ayudarle a recobrar la salud, y ahora que sus esfuerzos habían dado frutos... la solución era guardar aún más su distancia y ser más frío con quien tanto tiempo le había dedicado…

No era justo para Miguel.

Pero tampoco podía operarse. No aún.

—Ya sé, ya sé… —Miguel se llevó una mano a la cara. —Tadashi no aguantaría y no quieres dejarle solo por estar internado antes de que seas mayor de edad…

—Tú lo has dicho, no yo.

—...Pero si vuelve a suceder, ¿me prometes que al menos lo considerarás? —El moreno lo miró con preocupación. —Son… dosis muy fuertes, Hiro. No quiero que te pase nada...

—...Podría. Pero, es decir… una vez que te empiezas a operar, realmente no hay marcha atrás, ¿Sabes?

—¿A qué te refieres?

Hiro se quedó callado y se mordió el labio. El problema era que Miguel no sabía, en realidad, cuántas veces había estado enamorado de él ya.

Una sola vez, hace años, le mencionó que tenía un pequeño "crush". Y por más que el menor le pidió que le dijera el nombre o algo, Hiro jamás cedió. Pero fuera de esa ocasión y de ésta, Miguel no sabía nada más. Era normal que pensara que con una operación se arreglaría todo… pero el hanahaki no funcionaba así.

A pesar de que había sido imposible aislar la enfermedad, desde hace algunos meses la opción de las operaciones se volvió real: consistía en remover de raíz las flores invasoras de tus pulmones, y ya.

Era una operación sencilla y rápida, pero que pedía algunos días de reposo como recuperación en un hospital, ya que a pesar de su simpleza seguía siendo necesario abrirte por la mitad y volverte a coser. A pesar de ese pequeño inconveniente parecía ser una solución eficaz: una vez que te operabas, los sentimientos podían irse de modo temporal, algo cómodo para muchas personas, razón por la cual las operaciones se habían vuelto más y más populares con el paso del tiempo.

Sin embargo, seguían siendo una solución temporal, ya que un paciente podía volverse a enamorar después de algún tiempo. Era muy fácil volverte a infectar de flores, y mientras más operaciones se practicaran, más era el daño progresivo que se formaba en el delicado tejido de los pulmones, peores eran las cicatrices de sutura, y más difícil era que volviera a ser como eras antes. No era lo mismo una intervención quirúrgica a cinco, por rápidas y sencillas que fueran.

Y estaba muy seguro de que el ya había rebasado ese número hace tiempo...

"Una vez que te empiezas a operar, no hay marcha atrás."

"¿A qué te refieres?"

Miguel no lo sabía, pero Hiro ya había pasado suficiente tiempo cayendo por él como para entender que iba a seguir sucediendo una y otra vez. Si empezara a operarse ahora, dentro de muy poco su sistema respiratorio colapsaría.

—...No, nada. Tienes razón, lo consideraré. —Mintió Hiro, luego guardó el celular y se levantó de su asiento.

—¿Me lo prometes? —Miguel lo miró con un destello de esperanza y Hiro supo que no iba a poder decirle que no. —¡Promételo! ¡Soy capaz de arrastrarte al hospital yo mismo si te pones peor, Hiro!

Hiro sonrió.

—Te lo prometo. Por ahora bajemos… Eh, Miguel, quizá quieras quitarte el sombrero de la cabeza al bajar. No cabes por las escaleras con eso puesto.

Miguel se volvió a reír y le hizo caso, quitándoselo para luego acompañar a su amigo al piso de abajo.

El sonido de la bulla general los recibió, y Hiro sintió que su espíritu volvía a alegrarse al ver presentes a Gogo, Wasabi, Fred, enfundados en su traje de gala. Incluso Karmi había venido, y aunque a veces ella podía ser un tanto cruel, le agradecía que estuviera ayudando a su hermano y a Honey con la investigación de las flores.

Las mesas se habían juntado en un intento de formar una más grande donde todos pudieran comer. Por el rabillo del ojo, espió a Kyle en la cocina, dando los toques finales con especias a los platillos que iban a comer, mientras Tadashi le ayudaba. Marco, enfundado en un traje de mariachi negro similar al de Miguel, estaba sentado en una mesa cercana, afinando una guitarra blanca que reconoció como propiedad de Miguel. Fred intentaba acariciar a Mochi, quien se había escondido bajo una mesa, mientras Wasabi insistía que lo dejara en paz y Gogo sugería sobornarlo con jamón. Karmi y Honey Lemon se encontraban charlando un poco más aparte, y a juzgar por lo poco que Hiro pudo escuchar en medio de todo el bullicio, parecían discutir los últimos avances que hicieron en la investigación de las flores, desde un punto de vista bioquímico. Baymax iba de un lado a otro ofreciendo canapés y moviéndose con cuidado entre las mesas.

Y por supuesto: nada de flores decorando.

Era lo más feliz que había visto a Tadashi en dos años.

Se mentalizó para no escupir sakuras ésta noche: hoy iba a hacerlo lo mejor que podía, por Tadashi. Pudo haberle fallado tratando de ayudar en la investigación de una cura, pero hoy no. Hoy iba a ser su día especial. Por instinto, se ajustó la corbata, aunque en realidad más bien estaba enchuecando el arduo trabajo de Miguel. Por ésto, se ganó un codazo de su amigo.

—¡Hiro, acabo de ayudarte con la corbata! —Lo regañó Miguel, procediendo entonces entre refunfuños a ajustar el nudo de nuevo. —¡No lo toques!

—¡Perdón, son los nervios! —Se justificó él.

—¡Hiro, Miguel! —Los llamó Tadashi, haciéndolos voltear.

Estaba enfundado en un traje de gala, probablemente un tuxedo rentado, blanco. Resplandecía bajo las luces como un arcángel protector que fuera a mostrar sus alas en cualquier momento.

Hiro sonrió fraternalmente al ver a su hermano y extendió una mano para tratar de despeinarlo y arruinar su imagen formal, cosa que Tadashi no se dejó hacer. Miguel, por su parte, lo siguió con la mirada, sintiendo como su corazón amenazaba con salir de su pecho de lo rápido y fuerte que estaba latiendo, ojos brillantes y boca entreabierta. Las mejillas le ardían, y no pudo evitar tragar saliva y mirar al suelo.

Se veía tan condenadamante atractivo que no era justo.

—¡Hey, Tadashi! —Sonrió Hiro. —Aún no es tu cumpleaños, pero felicidades. ¿Por qué la celebración tan de pronto?

Pero ni Miguel ni Hiro supieron ya qué iban a contestarles porque Marco se les acercó, cargando la guitarra blanca con él.

—¡Hasta que se dignan a aparecer! —Bromeó, para después extenderle a su hermano la guitarra. —Hiro, te lo voy a robar un momento. Y tú Miguel, apúrate, no pienso cantar a capella como un tonto.

—¿Van a tocar? —Preguntó Hiro, luego miró a Tadashi.

—Marco me hizo el favor de ambientar en vivo. —Se encogió de hombros Tadashi.

—Y Miguel me va a hacer el favor de no dejarme morir solo, así que muévelas, zopenco. —Bromeó el mayor, arrastrando a su hermano del brazo.

—¡Ya voy, Marco, cómo friegas! —Respondió el menor, dirigiendo una mirada a Hiro y a Tadashi. —Ya me voy, Hiro. ¡Que te diviertas! ¡Y… y…! —Tragó saliva, sintiendo sus mejillas enrojecer. —¡Y… feliz cumpleaños, Tadashi!

Se va a morir antes de tiempo si Tadashi sigue así, lo jura. Su corazoncito mexicano no aguantaba tanto.

Hiro y Tadashi se despidieron de los Rivera sin sospechar nada para luego irse en pos de sus amigos de la Universidad para saludarlos y charlar con ellos, olvidando la pregunta que el Hamada menor había hecho hace un momento. Un momento después escucharon la voz de los hermanos mexicanos que se ocupaban de ambientar con música de mariachi de fondo, con Miguel en la guitarra y cantando a coro con su hermano.

—¡Tadashi! —Pareció gritar la rubia al escucharlos cantando, mientras sacudía a su novio del brazo con singular alegría y una enorme sonrisa pintada en la cara. —¡Tadashi! ¡Tadashi!

El susodicho se rió mientras ella recordaba cómo funcionaban las palabras.

Hiro soltó una sonrisita y siguió a lo suyo. El ambiente era bastante agradable, pero sólo una cosa le llamó la atención al acercarse a las mesas…

El hecho de que toda la cristalería pareciera orientada a la química. Los platos, los vasos, los cubiertos y hasta los adornos que sostenían las velas no eran los que se encontraban en el café de modo habitual, si no que eran piezas nuevas de química que tomaban su lugar de un modo bastante hipster para el gusto de Hiro. Los vasos eran vasos de precipitado y matraces, las velas eran lámparas de alcohol, la cubertería era de acero y Kyle parecía estar acomodando los condimentos varios en instrumentos similares, y usando pipetas para mezclar las bebidas.

Curiosa decoración, sin duda. Rodó los ojos y lo atribuyó al sentimentalismo y cursilería de su hermano.

Entre plática y plática, la hora de cenar llegó. Kyle se estaba tronando los dedos de ansiedad, mientras que Marco simplemente le indicaba con la mirada que se calmara. El exigente chef había decidido lucirse, animado por las palabras de Marco de que "se podía traer felicidad a la casa" con una celebración, y vaya si la necesitaban. Si él podía auxiliar con la comida, se daba por bien servido.

No necesitó más motivación para afanarse en el platillo con toda la perfección y exigencia que pudo poner.

Había elegido perdices como pedía la receta al inicio, y no la adaptación con codornices que se describía en el libro. Había experimentado a dorarles la piel con una técnica similar a la que sus raíces chinas usaban para los patos en celebraciones finas, quedando crujientes, de un tono dorado bastante atractivo. Marco en su momento le había preguntado sobre su proceso, pero Kyle lo mantuvo como su secreto de cocina.

La carne se había bañado en su propio jugo y en el de las especias misteriosas que había utilizado, complementando una mezcla de sabores cárnicos, el jugo de la grasa bien cocida, el adictivo y sabroso sabor de la carne dorada, jugosa, suave hasta deshacerse en sus propios huesos, huesos que se bañaban de sabor a ahumado y que uno se quedaba chupando no sin cierta gula. Al servirse aún calientes y atadas en una graciosa pose por las patas (que le valió una broma de Marco relativa al bondage en su momento) parecían lucirse a su modo en su plato. Perfecto para alguien que intenta disfrutar y olvidarse por un momento de todo lo que le aqueja.

Y finalmente, la salsa de rosas coronando todo aquello. Sin el más mínimo pétalo a la vista para no traer malos recuerdos, se lucía ella sola: cremosa, aromática sin llegar al empalagoso aroma del perfume, y delicada, con varias notas que la lengua escalaba al entrar en contacto con ella. Su fineza era un buen contraste complementario con la sinfonía que armaba con la carne, un buen modo de endulzar la atmósfera agridulce que les rodeaba, sólo por un día.

Kyle se permitió sentir cierto orgullo y darse una imaginaria palmadita en la espalda al ver a los comensales (varios de los cuales habían hecho de sus ayudantes de cocina en algún punto) prácticamente chupándose los dedos, como si de pronto comprendieran por qué le habían hecho a él sous chef del Lucky cat. Inclusive el menor de los mexicanos, quien más miedo le tenía, parecía lanzarle miradas de sorpresa entre cada bocado que daba, mientras Hiro parloteaba al respecto. Los ojos afelinados de Marco le dedicaron una sonrisa cómplice, Honey Lemon se retorcía en su asiento de gusto, y Tadashi tenía una sonrisa en los labios como no había visto en un buen tiempo.

Había triunfado.

Un plato. No necesitaba más que un plato, una oportunidad, para ayudar a todos a hacer el mundo desaparecer por un momento.

—Bueno, chinito, me sorprendiste. —Le susurró Marco, casi al oído. En un momento en que la charla parecía ir repuntando. —Tienes el toque de Babette en los dedos.

—No tengo idea de quién es Babette.

Marco se rió. Abrió la boca… y la volvió a cerrar. Extrañamente, no siguió insistiendo, por lo que regresó a comer en paz, simplemente charlando con Kyle de modo normal. Miguel notó esto, y se le hizo rarísimo. Marco era un pícaro de lo peor, no se lo imaginaba frenando y tirando por la borda una oportunidad de oro para "trollear" a otros, pero… lo acababa de hacer.

—Oye… ¿Es mi imaginación o Marco coquetea menos?. —Le susurró a Hiro en el oído.

Hiro no respondió nada, en su lugar aflojándose un poco la corbata y desabrochándose uno de los botones superiores de la camiseta.

El platillo estaba... muy bueno, pero... le daba un calor indescriptible, uno que no había sentido antes. Suponía que era por todas las fragancias y especias exóticas que Kyle había introducido.

El susurro de Miguel en su oído no ayudaba.

—¡Hiro! ¿Otra vez? —Protestó Miguel, elevando sus manos para anudarle el nudo de la corbata, arrancándole un escalofrío sin querer

—Miguel, espera.

—Hiro, no.

Hiro le tomó la mano para evitar el contacto de su piel morena desnuda, porque quemaba, y negó.

—No. Tengo calor. —Respondió su amigo.

Miguel sintió por tercera vez a su corazón dar un vuelco cuando el menor de los Hamada le dirigió una mirada de reojo, discreta, como diciéndole algo que su cerebro prefirió bloquear junto con la imagen de sus manos pálidas desabrochándose la elegante camisa y la corbata de seda suave que hace apenas unas horas había tenido en sus manos, anudándola.

Ahora que lo pensaba, sí, Hiro tenía razón. El plato también le daba calor a él y mejor se alejaba. Quitó las manos como rayo y se quedó sentado en su lugar. Como ya había terminado de comer no había nada interesante que ver en su plato, por lo cual optó por mirar la carne blanca de las perdices en el plato de Hiro, tratando de no pensar en el modo en que su diastema se había marcado en la misma.

A huevo que es culpa de Kyle, seguro. No chingues, no vuelve a comer nada que el dragón de las cacerolas prepare.

Fue un apretón en el brazo de parte de su hermano lo que le ayudó a salir de su estupor. Por distraído, falló en darse cuenta de la señal discreta que Tadashi le había lanzado a su hermano mayor.

—Miguel, vente, tenemos que cantar algo. —Le dijo mientras se levantaba discretamente y tomaba ambos sombreros. De un vistazo, Miguel comprobó que su hermano también ya había limpiado su plato. No parecía que le hubiera afectado.

—¿Ahorita? —Se quejó como un niño.

—Sí, ahorita. Tráete tu guitarra y no rezongues.

Miguel tomó su guitarra y se colocó en una esquina donde Marco le indicó. Aguardando.

En ese momento, Tadashi llamó la atención de los presentes al hacer sonar suavemente una pipeta contra un tubo de ensayo mientras se levantaba de su asiento, listo para dar un anuncio.

—Chicos… —Inició, conteniendo su sonrisa tímida a duras penas. —Quería hacer ésta cena como un modo de agradecerles por estar siempre ahí para mí, aún cuando los tiempos han sido algo difíciles.

—¡Ay, Tadashi, viejo! ¡Puedes contar con nosotros, no te preocupes! —Chilló Fred, pues apenas había iniciado el discurso y ya se estaba emocionando.

Miguel sonrió soñadoramente desde su esquina. Marco miró por el rabillo del ojo a Kyle, quien sólo ponía atención a Tadashi. Hiro miraba a su hermano con curiosidad, Gogo con sospecha, Wasabi con una sonrisa, Honey y Fred con similar alegría, y Karmi con escepticismo.

—Muchas gracias, Fred. —Sonrió Tadashi. —Y… por eso mismo quería compartir con ustedes también un momento muy especial para mí.

Tadashi miró a Marco, quien asintió y le dió un codazo a Miguel. No sin cierta extrañeza, el moreno empezó a tocar mientras él cantaba.

Honey Lemon dejó salir un grito de mariachi que Marco le contestó con la misma alegría. Mientras tanto, y como aprovechando la distracción creada, Tadashi presionó un botoncito en un control que guardó en su bolsillo. Ante ésto, mini-max se activó y salió de la cocina, y ya activo, puso en marcha su programación y empezó a caminar en dirección a la mesa donde se encontraban los distraídos ocupantes.

Nadie se dio cuenta.

Marco siguió vigilando a Kyle, preocupado por su bienestar general ante la bomba que iba a caer.

Miguel simplemente se dedicó a perderse en la melodía, con los ojos mirando discretamente a Tadashi, imaginándose que a lo mejor le cantaba un día a él.

Hiro se perdió en lo concentrado e inspirado que se veía Miguel tocando la guitarra.

Honey se perdió en la misma música.

—Honey Lemon. —Inició Tadashi.

Todos empezaron a alternar miradas entre él y la rubia. Todos menos Marco, que alternaba entre ellos dos y Kyle. Honey pareció despertar de su ensimismamiento.

—¡Oh! Sí, ¿Qué pasa? —Preguntó con su característica energía.

—… Tú has estado ahí conmigo más que nadie. Me has ayudado cuando más lo necesitaba y menos quería admitirlo. Has aguantado mucho, me has seguido el paso y… bueno. No sé qué haría sin ti. No sé dónde estaría hoy sin ti.

Miguel empezó a sentir un peso en el estómago, mientras que Hiro empezó a abrir mucho los ojos, dándose cuenta de a dónde iba todo ésto y el por qué de la decoración.

El robotcito subió la mesa, llamando la atención de todo mundo, que le miró con ojos curiosos. Mini-max, indiferente, simplemente se dedicó a escanearlos uno a uno, hasta encontrar una coincidencia en el rostro de Honey.

—Hubo tiempos muy dulces, y te agradezco por ello. Y ahora que fueron… más duros, ya no sé cómo agradecerte que te quedaras. Por lo cual pensé que quizás… quisiera hacerte una pregunta.

—Tadashi… —Susurró ella.

El mayor tragó saliva visiblemente, antes de colocar una cajita en la mesa.

Una cajita de terciopelo azul.

Mini-max, al detectarla, se dirigió a ella, la tomó en sus bracitos y, regresando a Honey, la abrió.

Un precioso anillo resplandecía frente a ella, y la rubia abrió mucho los ojos junto con el resto de sus sorprendidas amistades.

Inclusive Marco.

Así que… para eso era Mini-max… por eso abría tantas cajitas…

No era un abre latas. Era una propuesta de matrimonio cuidadosamente programada.

Sus ojos regresaron a Kyle rápidamente, pero fue en vano: el cocinero parecía tan sorprendido como él ante la revelación del robotcito.

—Honey Lemon…

Miguel sintió que el peso en el estómago abría un agujero a sus pies, y se le fueron unas notas que afortunadamente nadie notó gracias a la canción y la bella voz afinada de su hermano.

Recordó el momento, meses atrás, en que Tadashi le dijo que se había estancado con el proyecto del robotcito por falta de tiempo. Y él, al notar su extraña tristeza, y completamente perdido en sus ojos castaños, se ofreció a donar parte del tiempo de sus investigaciones para que pudiera completarlo…

Mini-Max había sido completado gracias a su sacrificio.

Si no hubiera donado su tiempo, ésto no estaría pasando.

Estuvo ante él todo éste tiempo… él había cavado su propia tumba. No podía haber dolor más grande, ironía más cruel, que ésta.

—¿Te casarías conmigo?

Esas simples y dulces palabras, bastaron para que el Rivera menor sintiera que algo más fino que la cristalería ornamental de la mesa se rompía, y lo hacía dentro de él.

Estaba claro que era su corazón el que se hacía añicos, y a la par, el cosquilleo en sus pulmones se hizo más fuerte, al punto que apretó la mandíbula para evitar que los cempasúchiles cayeran, mientras se forzaba a no llorar. Sentía como si le estuvieran golpeando por todo el cuerpo, como si los cempasúchiles se lo comieran de adentro hacia afuera, burlándose de él. Sus rodillas temblaban, en cualquier momento cederían y caería al suelo debilitado por un disparo de desamor.

Marco no notó nada raro en su hermano. Estaba mirando a otro lado.

Honey tenía lágrimas en los ojos, todos la miraban expectante.

Hiro sintió esperanza. Esperanza, porque su familia antes rota, estaba al parecer empezando a componerse.

Ahora entendía la elección del decorado. La elección de la canción. Ni siquiera recordó a su mejor amigo en el momento de felicidad...

—¡Sí, Tadashi, acepto!

El vitoreo que hubo en la sala ahogó la voz cantarina de Marco en un mar de alegría y el pequeño sollozo que escapó de los labios de Miguel. Las pocas lágrimas que resbalaron por sus mejillas fácilmente pasaron por lágrimas de felicidad en medio de la felicidad de todos.

Fred vitoreó, Gogo aplaudió, Wasabi lloraba a lágrima viva mientras usaba una servilleta para cuidadosamente evitar hacer un desastre con su llanto, Karmi se emocionaba. Tadashi, conteniendo las lágrimas y con la sonrisa más hermosa que Miguel jamás vio en su rostro, se acercó a tomar el anillo de la caja que se mantenía abierta en los brazos de mini-max para colocarlo en el dedo anular de una conmovida Honey Lemon que también lloraba…

Marco notó que Kyle aplaudía y sonreía levemente, pero a la distancia no supo si era genuino o falso. Él mismo aplaudió, pero aún concentrado en su rostro.

Miguel miró, con una sonrisa fingida que dolía más que las raíces de cempasúchil clavadas en sus pulmones, cómo su primer amor se comprometía con alguien más. No podía odiarlo… pero tampoco felicitarlo.

Se sentía un tonto. Un tonto que se merecía éste sufrimiento.

Podía sentir como sus cempasúchiles querían sobrepasar su pleura… queriendo llegar hasta su piel.

No pudo más. Tomó su guitarra y se la dejó a Marco con un gesto brusco.

—¡Ten!

Marco pareció recordar que su hermano seguía ahí, dejando de mirar a Kyle por un momento para verlo, con todo y guitarra en manos. Pero Miguel ya se estaba alejando.

—¿Qué? ¿Qué pasa?

—¡Baño! —Justificó Miguel mientras corría de ahí, ya sintiendo las flores en su garganta.

Marco alzó una ceja, pero rió divertido. Uno aquí preocupado por el chino, y su hermano ya queriendo que la canción se acabara para poder mear a gusto. Quisiera tener sus preocupaciones leves.

—¡Que todo salga bien! —Alcanzó a bromear antes de que Miguel desapareciera, para acercarse al festejo junto con el resto de las personas. Específicamente, buscaba a Kyle con la mirada.

Esperaba que estuviera bien...

Miguel corrió con la boca atiborrada de pétalos, dejando algunos en su trayecto al cuarto de baño. Tuvo que colocar sus manos encima de su boca para evitar que los pétalos salieran ya que era una cantidad increíble.

Tantos que ni siquiera podía respirar.

Logró llegar al baño y azotó la puerta, comenzando a vomitar los cempasúchiles más pequeños, una vez hubo expulsado éstos se notó más la presencia de sangre, llegando incluso a teñir de un color palo de rosa el agua del váter, mezclado con restos de saliva espesa como clara de huevo.

Era todo un espectáculo, uno muy grotesco para ser sinceros.

Miguel sujetó con fuerza su estómago intentando apaciguar el dolor que le causaban las contracciones provocadas por las fuertes arcadas, frunció el ceño y siguió vomitando cempasúchiles mezclados con sangre y lágrimas que no dejaban de resbalar por sus ojos.

Su respiración se agitó y comenzó a sudar en frío.

Esa noche, aún sin quererlo, se había vuelto en la peor que pudo tener desde que vino a San Fransokyo.

Una vez recuperado mínimamente caminó en cuclillas hasta el picaporte y poder colocarle el seguro a la puerta del baño, no le gustaría que alguien entrara y lo viera en ese deplorable estado.

Se sentó en el suelo con la mirada gacha y lágrimas bajando por sus regordetes pómulos, era oficial que Miguel Rivera, estaba completamente destrozado. Y no había nada que pudiera reclamar, sabía perfectamente que su primer amor ya tenía una pareja y eran felices el uno con el otro…

Lo sabía.

Pero su corazón siguió aferrándose a un amor imposible del que comenzó a temer…

Abrazó sus piernas en busca de un poco de consuelo, estaba solo en esto y así lo prefería, aunque no negaría que alguien lo abrazara, ya sea Hiro o Marco, y le dijeran que todo iba a estar bien.

Aunque fuera mentira…

Miguel se perdió nuevamente recordando las orbes castañas de Tadashi mirar con ternura a Honey Lemon, mientras colocaba el anillo con un bello loto en su dedo anular; se perdió en su sonrisa y en el dulce sonrojo que adornó sus pálidas mejillas.

Se ahogó en su tono de voz, tan calmo y a la vez emocionado. Añorando un nuevo comienzo junto con la rubia.

¿Por qué se torturaba tanto viendo a Tadashi feliz?

¿Por qué se sentía como un abismo?

No tardó mucho en sentir una punzada aguda y dolorosa en su pecho, la radiante sonrisa de Honey junto con lágrimas de felicidad fueron el detonante de ésto.

Miguel no quería odiar a la rubia, Miguel no podía odiar a Honey.

Ella era dulce, optimista, hermosa… El radiante rayo de sol de Tadashi… Ugh, pero los celos le nublaban un poco el juicio. Aún así, su corazón de oro le reprochaba ese hecho, Honey no merecía su desprecio. El que metió la pata fue él.

Cuando estaba nervioso y la voz no le salía, un grito servía para aflojarlo. Y ahora acababa de descubrir que la agonía era cuando tenías muchas ganas de gritar, mas nada de voz para hacerlo.

Tuvo que sorber por la nariz para calmar su llanto y pasar su manga sobre sus ojos para secar las lágrimas, debía volver a la celebración aunque le doliera. Se lavaría el rostro y sonreiría con alegría, porque el nuevo compromiso de Honey y Tadashi era el suficiente motivo para estarlo.

Se dispuso a levantarse, sin embargo, un dolor agudo entre sus costillas lo hizo doblarse nuevamente, cayendo de rodillas y llevó una de sus manos a la zona afectada, notando en la misma un abultamiento.

Desorientado y confundido desató con manos temblorosas su traje de mariachi, quitando la chaqueta y después el chaleco. Miguel se alarmó terriblemente cuando al llegar a la camisa vió una mancha de sangre extenderse poco a poco por la blanca tela de la misma.

Negó en su mente, quería cerrar los ojos, pensar que era un sueño, una terrible pesadilla de la que despertaría en su cama, todo sudado y con Mochi al lado. Pero el terrible dolor que sentía le decía que por mucho que lo negara, era la triste y cruel realidad.

Se sujetó del lavabo para poder cargar con el peso de su propio cuerpo, quedando frente al espejo y rápidamente se deshizo de su camisa, mostrando enteramente su moreno torso; el cual admiró con absoluto terror.

Enormes manchas moradas abarcaban gran extensión de su tronco, algunas de ellas se mezclaban con tonalidades verdosas, algunas amarillentas y otras tenían pequeñas manchas diminutas de color rojo.

Casi como un hematoma…

Miguel tocó con sumo cuidado una que se encontraba en su pectoral derecho, inmediatamente haciendo una mueca de dolor alejando su mano de ésta.

El vago recuerdo del bulto entre sus costillas regresó a él. Entonces, no fue un producto de su imaginación… Era real. Girándose un poco, se encontró con uno de los peores escenarios posibles…

Había un pequeño brote de cempasúchitl, apenas un botón, creciendo entre sus costillas.

Me dijo

"Por favor

Dime si

Tu jardín está creciendo."

El inocente botón se había rodeado de un espectáculo grotesco: grasa, suero corporal, sudor, y rastros de sangre se mezclaban en sus pétalos y le daban un muy mal olor, y una vista aún peor. Nacía entre sus huesos torácicos y, con la tenacidad de las flores que nacen en el concreto de la calle, había logrado romper la piel para salir al exterior, cubierto de sus fluidos como si fuera un insecto naciendo de un huevo. Sus pétalos aún cerrados se asemejaron en su mente a las patas de un parásito enroscado sobre sí mismo.

Tuvo que taparse la nariz del asco y contenerse de vomitar de nuevo, porque a juzgar por las arcadas que se le salían y el sabor de la cena que amenazaba por subir por su garganta, sospechó que esta vez no sacaría flores. Respiró, luego observó de nuevo y hasta con cierto asombro morboso como su misma sangre descendía lentamente hasta llegar al borde del pantalón. Viscoso. Resbaloso. Ensuciando todo.

Debía limpiarse.

Con un escalofrío, Miguel tomó un poco de papel higiénico y lo hizo bolita, después lo humedeció un poco y comenzó a remover la sangre, dando primero un respingo por el agua fría. Luego con escalofríos por el dolor de repasar la piel. Venciendo la repulsión y el dolor, se frotó con jabón en un esfuerzo conjunto de limpiar el desastre y enmascarillar el olor, apretando los labios para no gritar. Ese pequeño tacto le quemaba. Dolía. Dolía muchísimo.

Y lo peor de todo era que no sabía porqué estaba así, Baymax nunca mencionó algo parecido en la sintomatología del Hanahaki. ¿O sí? Intentó repasar en su mente, pero era un poco difícil concentrarse cuando estaba torturándose con agua y jabón una herida abierta.

Terminó. Ya no apestaba, al menos... y trató de calmarse, porque algo debía hacer para que esto no afectara su vida diaria.

Miguel tomó el tallo del cempasúchitl entre sus dedos índice y pulgar jalándolo en un inútil intento de arrancarlo.

¡Dolía como mil demonios!

La respiración se le agitó y comenzó a desesperarse, necesitaba deshacerse del botón de la flor. Sin embargo, cada vez que jalaba sentía como sus músculos intercostales se contraían oponiendo resistencia a que la flor fuese arrancada de su tórax.

Ésto era definitivamente una emergencia. ¿Qué le había dicho Marco sobre la inmunidad…? No recordaba bien… ¿Había mencionado algo respecto a ésto? ¿Ésto se podía operar en un hospital? … Pero… ¿Tenía seguro de viajero, su familia se podía permitir una operación así en San Fransokyo? Tendrá que regresar a México y… n-no, no puede hacer eso. Aún no había una cura, y allá la atención médica era menos avanzada y controlada... Ugh… Ésto era el colmo, tenía que desenamorarse de Tadashi YA.

Un suave toque sobre la puerta lo asustó en sobre manera, agradeciendo haber colocado el cerrojo antes de que pudieran descubrirlo.

—¿Miguel?... —Había llamado Hiro con suavidad. —¿Te falta mucho? También necesito usar el baño…

—¡N-no! Ya salgo…

Después se preocuparía por el brote de cempasúchil. Se vistió lo más rápido posible buscando ocultar la pequeña flor, quedando desarreglado y despeinado. Le jaló a la taza del baño y se lavó el rostro para deshinchar un poquito sus ojos y limpiar los rastros húmedos de su lamento.

Abrió la puerta y le sonrió a Hiro, después huyó al cuarto evitando cualquier intento de comunicación que el genio haya intentado establecer, encerrándose en el cuarto e ignorando su leve llamado por su nombre.

Ahora mismo, no estaba para nadie.

Se hizo bolita sobre la cama, sintiendo que el miedo empezaba a calarle hasta los huesos.

Tenía que desenamorarse de Tadashi. Tenía que hacerlo. No es una cuestión de "es que al corazón no se le manda" y "uno no elige de quién enamorarse", no. Esos pensamientos románticos tontos no eran para ésta época. ¡Qué idiota fue al creer que aún aplicaban en ésta situación! Porque ciertamente, ya no lo hacían, a menos que quisieras morir… Y Miguel no quería.

No temía a la muerte, pero aún no era hora de ir a ver a papá Héctor y mamá Coco. Si ahora muriera… su mamá y su papá se quedarían solos. Además, moriría lejos de casa, no podría verlos una última vez. Aún no era un músico famoso, ¿cómo iba a ir al mundo de los muertos y encarar a Héctor? ¿Con qué cara le iba a decir que había fallado por enamorarse de un casado? Peor, seguro ese lugar ya estaba lleno de víctimas del Hanahaki. ¿Qué tal si su tatarabuelo y su tatarabuela sólo estaban rezando para que ningún Rivera fuera víctima de esa nueva y extraña enfermedad?

"Si insistes

Tú serás

El siguiente en morir"

No quiere morir.

No quiere morir.

No quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir, no quiere morir…

...Espera.

Miguel se detuvo en seco por un momento, alzando la vista al darse cuenta de una falla en su lógica que le hizo casi inmediatamente perder el miedo.

No tiene que morir…

...De balde.

Podía ser fuerte… tenía que ser fuerte, todo mundo estaba siendo fuerte ahora con tal de contribuir a una causa.

Hiro se lo pudo esconder a Tadashi, y gracias a eso el mayor estaba sano.

Marco se lo pudo esconder a él, y gracias a eso Miguel pudo vivir libre de preocupaciones por un buen tiempo.

¡Eso era! Esa tenía que ser la respuesta. Hiro tuvo razón todo este tiempo, él se equivocó al tratar de convencerlo en decirle a alguien… esconderlo era lo mejor en estos momentos. Las mentiras blancas salvaban vidas, pero las verdades hacían sufrir a las personas… como estaban ahora mismo. Cuando lo escondes… nadie sale lastimado, ¿verdad? Cuando lo escondes, cuando no le dices a nadie… eso es lo que todo mundo hace, ¿cierto? Antes, cuando no sabían nada, todo mundo estaba bien, y en buena salud, ¿cierto?

Entonces… eso es lo que tiene que hacer.

Si lo esconde, como todo mundo hace, entonces se puede quedar en San Fransokyo y ayudar a la investigación. ¡No importa que se haya enamorado de alguien que ya tenía pareja, si lo puede remediar! Si lo esconde, como todo mundo hace, entonces Hiro se puede recuperar. ¡No importa que se haya enfermado por su culpa, si lo puede ayudar a curarse! Si lo esconde, como todo mundo hace, entonces Marco no se va a preocupar. ¡Y aún si muriera, eso sólo le dejaría a su hermano el camino libre hacia Hiro! ¿Verdad?

Si lo esconde… si lo esconde…

Entonces sería lo más útil que iba a poder hacer de su vida, aún si moría en el intento como un perro callejero.

Lamentaba tanto haber sido tan ciego, si sólo iba a servir para complicar la vida de todos en medio de su inocencia… de verdad creyó, por un momento, que había una salida. De verdad lo creía. ¡De verdad quería creerlo!

Pero ahora que tenía las manos de la muerte tan cerca suyo y de su mejor amigo… ya no estaba tan seguro.

Empezaba a dudar de su ingenuidad, y su inocencia se corrompía entre el aroma a sangre y a bilis que salía de su garganta cada vez que recordaba ese anillo.

Pero aún podía repararlo.

Iba a esconderlo. Iba a esconderlo hasta su último aliento, de ser necesario. Y entonces, aunque muriera sin ser un músico… al menos podría mirar a Héctor a la cara en la tierra de los muertos. Incluso se preguntó brevemente si su tatarabuelo le preguntaría el por qué había estado llegando tanta gente últimamente, escupiendo pétalos de tantas variedades diferentes.

Y con eso, la esperanza, la inocencia, y la ingenuidad que aún vivían en Miguel Rivera terminaron por marchitarse, mientras las luces de su poca cordura y sentido común se apagaban una a una, en algo que ya solo podía ser una lenta espiral hacia la oscuridad más absoluta.

Un perfecto espejo de lo que había ocurrido alguna vez, tiempo atrás, con Tadashi Hamada.

Pero en su caso, nadie iba a acudir en su auxilio. Nadie, ni siquiera los afamados héroes de San Fransokyo de los que Hiro alguna vez le había hablado.

Iba a tener que hacerlo él solo, aunque se rompiera el corazón y el alma, intentándolo.

Mientras tanto, y al otro lado de la habitación, Hiro se debatía sobre si debería tocar o no a la puerta. No iba a mentir, se había quedado preocupado al ver a Miguel correr, pero tampoco quería invadir su privacidad…

No tuvo que pensarlo mucho más, pues ésta se abrió por sí sola. Se sobresaltó al ver a Miguel al otro lado. Él sonreía, pero algo estaba mal con su sonrisa, y no entendía muy bien qué era. No lo reconocía. Se veía…

… Raro...

—¿...Miguel?

—Oh. Hola, Hiro. —Intentó saludar. Era difícil, pues aún todo dolía como si se fuera a desfragmentar en cualquier momento: su mente, su corazón, y ahora su cuerpo.

—¿Estás... bien? —Preguntó el genio, con cierta inseguridad en la voz. —Saliste corriendo de repente. ¿Te hizo daño algo en la comida, o…?

—Oh. No, estoy bien, sólo… uh… quería ir al baño. —Volvió a sonreír buscando convencer al genio.

Aunque una diminuta voz le dijo que pidiera ayuda la ignoró bajo la mirada preocupada de Hiro.

No debía causarle más problemas.

—¿Y por qué corriste al cuarto? —Preguntó Hiro, intrigado.

—¡Ah, eso…! Lo siento, es que el platillo me dió… mucho calor… necesitaba refrescarme un poco y tu habitación… eh… tiene muchas ventanas.

Miguel dió un paso fuera del cuarto comenzando a rodear a Hiro, sin apartar en ningún momento sus orbes castañas de las chocolate del asiático.

—¡Bajaré para felicitar a Honey y Tadashi…! Ya regreso Hiro.

Miguel se encaminó hacia donde estaba la celebración, a paso digno y con otra mentalidad, una más tóxica que la inocente que tenía en un principio.

Sonrío

Me asfixio

Las flores me hacen llorar

Hiro observó esto y no pudo evitar comparar las hermosas orbes caramelo que Miguel poseía días atrás con las de hace unos momentos.

Frías, tristes y vacías… Casi como las de Marco Rivera la primera vez que lo conoció…

Sabía cómo era Miguel desde hace bastante tiempo para saber que algo realmente malo le había ocurrido, ese cambio que creía que no se podía suscitar de la noche a la mañana, lo había manifestado en tan sólo un par de horas.

Éste no era el muchacho con quien tenía conversaciones graciosas y serías de madrugada. No era quien le trolleaba en los versus. No era el que prometió ayudar con la cura y se lanzó a sus brazos en el aeropuerto. No quien le convenció de salir a pasear mientras lo arrastraba con alegría por su cuarto. No el que le cantaba, le animaba, le imprimía memes, cuidaba de su salud, le sostenía la bandeja para que vomitara sin quejarse y vigilaba su alimentación hasta verlo mejorarse.

No reconocía a Miguel…

Pero un duro golpe de realidad lo hizo dudar de la nueva interrogante.

Él mismo no estaba completamente bien como para poder llegar a decir que no reconocía al moreno. Su cerebro no funcionaba de la misma manera desde hace un par de meses, y lo sabía: alucinaba, no se enfocaba, tenía migrañas que lo noqueaban durante todo el día…

¿Le constaba que ésto era nuevo? ¿Lo podría jurar? Los últimos días habían sido un borrón de medicinas, vómitos, pétalos y jaquecas para él, dónde la figura de Miguel hacía de enfermero en los pocos momentos en que Hiro estaba más o menos sano para recordarlo.

¿Realmente Hiro era el adecuado para juzgar la actitud de Miguel?

¡Si hacía semanas que no se reconocía ni a sí mismo! La misma vitalidad que tenía se desvaneció poco a poco. Ahora las ojeras amorataban sus ojos la mayor parte del tiempo, lucía exhausto y había perdido peso debido a que las migrañas no lo dejaban comer nada sin sentir náuseas…

No podía poner su mano al fuego y jurar que ésto era de hoy. ¿Se veía raro hoy cuando ayudó con la corbata? No lo recordaba. ¿Y cuando tocaba música? Realmente no lo había visto, había prestado más atención a Tadashi.

Sin embargo, a pesar de todas las contras que tenía en su persona, algo, en lo más profundo de su corazón, le dijo que no podía dejar pasar algo así y dejar a su mejor amigo a su suerte… Podría ser simple paranoia, pero no se iba a arriesgar.

Y con este pensamiento también vino otra interrogante.

¿Si le había ocurrido algo a su amigo, por qué se lo ocultaba?

Necesitaba descubrir qué era, pero necesitaría ayuda ya que Miguel solía ser lo bastante apasionado (o terco) y ser capaz de sellar sus labios. No quería dejarlo solo, pero se estaba agotando de opciones… por suerte, Hiro también era muy terco. Y por ello haría que alguien que conocía aún más a Miguel juzgara su actitud. Sólo había una persona capaz de hacerlo hablar…

Marco Rivera.

Aunque un escalofrío le recorrió la columna de sólo pensar en ese nombre y esa sonrisa afelinada de lengua afilada, no tenía otra opción, la preocupación que tenía por su amigo era mayor a cualquier incomodidad que el Rivera de ojos ambarinos pudiera causarle.

Soltando un largo suspiro, bajó también a la planta baja para unirse nuevamente a la celebración y poder ubicar al calenturiento de Marco, para comentarle de manera discreta lo que sucedía con Miguel.

Marco Rivera había nacido con el don de sacar de quicio al mundo. Era abierto, carismático, irradiaba encanto y sudaba autoestima; y blandía la asertividad como una espada mientras tiraba besos y sonrisas al mundo. Siempre parecía tener la palabra precisa para que el mundo explotara en llamas, volviéndolo una auténtica pesadilla para que alguien más tímido y torpe en las expresiones verbales (como Hiro) le enfrentara. No parecía que el Rivera mayor se tomara nada y a nadie en serio, como si todo a su alrededor fuera un juego o un gran teatro, algo que enfadaba muchísimo a Hiro.

Pero hacía ésto por Miguel.

Una vez en el Lucky Cat, el genio buscó con la mirada al objeto de sus pesadillas siendo nada complicado encontrarlo ya que se hallaba nuevamente con Kyle. Curiosamente, sólo se encontraban charlando. Cosa muy curiosa, porque Hiro hubiera JURADO que se lo iba a encontrar, como mínimo, intentando sentarse sobre el regazo del chef, pero le restó importancia y lo atribuyó al hecho de que había demasiada gente alrededor.

Dándose ánimos y pensando que quizás estuviera más tratable hoy, apretó los puños y comenzó a caminar hacía donde el mexicano mayor se encontraba.

Kyle observó cómo el genio se acercaba lentamente y con duda a Marco y se descolocó, ya que Hiro no era precisamente alguien con iniciativa para socializar. Menos con alguien como Marco… Observó en silencio los movimientos del Hamada menor a la vez que ignoraba a Marco.

Finalmente la temblorosa mano de Hiro logró posarse en el hombro de Marco, éste último, mirando por el rabillo del ojo terminó sonriendo con coquetería.

—Japo precioso de mi corazón, qué sorpresa…

Ok, no, no estaba más tratable hoy.

Hiro sintió todos y cada uno de sus vellitos corporales erizarse ante la frase dicha y el guiño que le procedió, y se preguntó internamente qué demonios habría hecho Kyle para domar a Marco y si no podría pasarle el secreto.

Pero debía ser fuerte, así que sólo le diría y luego huiría. Por Miguel y su bienestar…

—Marco… ¿Puedo hablar contigo?...—Dio un vistazo rápido a Kyle, quién lo miraba expectante.—A solas…

—¿A solas? —El Rivera entrecerró los ojos con coquetería. —Claro, amor... Me muero por hablar contigo, en tu habitación, a solas...

Le tomó unos pocos segundos saber que Marco lo estaba albureando, y por si fuera poco encima le vio relamerse los labios. Los colores se subieron al pálido rostro de Hiro, maldijo usar una frase como aquella, y presionó un poco el agarre buscando desahogar un poquito el enojo que Marco le provocaba.

...Hazlo por Miguel, hazlo por Miguel, hazlo por Miguel.

El rostro risueño de Miguel cruzó por su mente. Su mejor amigo, "compadre", y soporte emocional desde hace cinco años de amistad y momentos compartidos. Y en un instante, su sonrisa se borró, y en su lugar fue reemplazada con esa mirada vacía y una sonrisa fingida, con un andar de gatito herido, como un alma en pena en medio de flores de varios colores…

Sí, tiene que hacerlo por él.

Respiró y colocó la cara más seria que pudo.

—Es… sobre Miguel…

"Lo siento

Me temo

Que hace mucho ya morí"

Con ese simple nombre bastó para que la gatuna sonrisa de Marco desapareciera de su rostro, se incorporó y como todo un caballero se despidió de Kyle. Después posó sus felinas orbes sobre Hiro.

—Te sigo.

El genio soltó un suspiro casi imperceptible y llevó a Marco al piso superior, lejos del bullicio y el ambiente de fiesta.

Una vez arriba, Hiro tomó asiento en uno de los sillones esperando a Marco, sin embargo, éste se limitó a recargarse en la pared, cruzado de brazos mientras lo observaba fijamente.

—¿Qué sucede con Miguel?—Preguntó en un tono serio para nada acorde a su personalidad.

Esto descolocó completamente a Hiro, por primera vez veía a Marco actuar como un adulto responsable.

¿Por dónde debería empezar?

—B-bueno… tal vez sólo sean paranoias mías, pero… Miguel, está… ¿raro? No podría describirlo.

Hiro comenzó a rascarse la nuca buscando las palabras para poder describir lo que percibió en Miguel, mientras Marco permanecía inmóvil y analizando al pequeño genio.

—Tendrás que darme algo más específico, o pensaré que tomaste alcohol sin el permiso de Tadashi.

Hiro mordió un poco su labio inferior, debía hallar una manera de explicarse o de lo contrario el Rivera mayor no le creería y… ya no le tomaría en serio.

—Ese es el problema… Siento que Miguel está decaído… ¿Triste? No sé, no puedo decirlo con claridad… sólo sé que no le había visto así antes. —Bajó un poco la mirada. —No lo conozco tan bien como tú...

Apretó los puños al sentir el peso de esas palabras. Es un inútil. No puede cuidar a la persona que se la pasó cuidándolo a él...

Marco alzó una ceja ante las palabras de Hiro, quien suspiró y siguió explicándose.

—Lo que quiero decir es… tal vez algo malo le sucedió. Pero él no me dirá… Necesito tu ayuda, sólo quiero asegurarme que está bien.—Hiro alzó la mirada conectándola con la de Marco.— Por favor…

El Rivera mayor bajo los brazos, cambiando por completo su lenguaje corporal a uno más accesible y abierto, se acercó un poco más al genio y colocó una mano en el hombro de Hiro, sin malicia ni coquetería. Cuando Hiro lo miró a los ojos, encontró una mirada mitad apoyo y comprensión, mitad algo doloroso escondido bajo capas de emociones que tampoco supo identificar en Marco.

—Te preocupas demasiado, pero te lo agradezco. Miguel a veces puede ser muy pendejo.—Marco sonrió mostrando su diastema entre canino y lateral.—Déjalo en mis manos. Ahora baja a celebrar con tu hermano que tu familia será más grande dentro de poco…

El mayor le dió un último guiño a Hiro antes de bajar nuevamente al café y efectivamente, observar el comportamiento de su hermano menor.

Buscó con la mirada a su hermano, repasando a todos los invitados hasta que finalmente lo encontró con Honey y Tadashi, suponiendo que los estaba felicitando.

—¡Felicidades! Honey, Tadashi… ¡Estoy feliz por ustedes!

—Gracias Miguel, de no ser por ti no hubiera podido pedir a Honey…

Tadashi acarició con ternura y agradecimiento la cabeza de Miguel, ya que gracias a él, logró terminar a Mini-Max.

Las flores en mi piel

Me dicen la verdad

Miguel sonrió con dulzura fingida, pretendiendo que esas palabras no le dolían como un millar de espinas clavándose en su corazón. Pretendiendo que no sentía cómo las flores comenzaban a crecer, alimentadas por el amargo sabor de los celos que las nutrían, rompiendo un poco más su amoratada piel.

El moreno tuvo que tragar grueso cuando los cempasúchiles de sus pulmones buscaban salir de su sistema por su garganta, para no dejarlos salir.

Debía ser fuerte.

Sólo un poco más…

—¡A-al contrario! Es más... Ya te estabas tardando.

Tadashi río en conjunto con Honey por el comentario de Miguel, y el susodicho, contempló con cierta tristeza la sonrisa del Hamada mayor. Podía sentir sus manos temblar.

Tuvo que respirar para componerse un poco, no quería que Tadashi le viera con esa expresión, al menos no éste día…

—Bueno, los dejo seguir celebrando. Con permiso.

No puedo respirar

De amor me matará

Y así Miguel se retiró dejando a la feliz pareja junto con sus amistades cercanas, caminó hasta donde estaba su guitarra y la tomó con la poca dignidad que le quedaba.

La acomodó y comenzó a tocar acordes sueltos, un poco para ambientar, otro poco para reponerse en soledad…

Marco ladeó la cabeza un poco, sin duda Hiro tenía razón. A su hermano le había pasado algo, y juzgando por la forma en que tocaba la guitarra… Era malo.

Por hoy lo dejaría pensar un poco las cosas y mañana le sacaría la verdad, aunque tuviera que aplicarle un candado de lucha libre.

La fiesta concluyó quince minutos pasada la media noche, todas las amistades de los Hamada se retiraron no sin antes volver a felicitar a la pareja.

Y lamentablemente los residentes se quedaron limpiando, al menos de manera superficial, Miguel agradeció internamente que solo hayan sido cuatro invitados y Kyle. Y una vez acabada ésta labor todos se retiraron a dormir.

Una vez en el cuarto, Miguel se dió la oportunidad de quebrarse un poquito más, pequeñas lágrimas bajaron nuevamente por sus mejillas.

La vista se le empañó y leves sollozos abandonaron sus labios, pronto fue imposible acallar los mismos. Tuvo que enterrar la cara en la almohada para disminuir un poco el ruido y no perturbar el sueño de los demás.

Fue tortuoso para Marco escuchar a su hermano sollozar en la almohada hasta quedarse dormido, pero se mantuvo firme.

A la mañana siguiente el café permaneció cerrado. Los platos, las ollas, la cristalería y cubertería fueron lavados entre Hiro y Tadashi, mientras Marco y Miguel se encargaban de lavar los manteles que no se salvaron de alguna que otra mancha de comida.

Originalmente los Rivera se iban a encargar de los platos, pero Marco echó a los Hamada del cuarto de lavado cuando vió la colosal cantidad de jabón que estuvieron a punto de colocar en la lavadora.

Y luego dicen que lo que pasa en las caricaturas gringas es puro choro, ajá… Sí, pero seguramente a diez de cada cinco hombres estadounidenses les ocurría por no saber la cantidad de detergente correcta.

Además… aún tenía que acorralar a Miguel.

Su mano y su amistad

Alguien me ofreció

Mas no pude entender…

—Y, ¿qué tal todo? —Abrió la conversación el Rivera mayor, recargándose sobre la lavadora. Miguel le miró extrañado por el tema tan salido de la nada.

—Uh… ¿Bien…?

—¿Y por qué estás tan raro desde ayer?

Su hermano se paralizó y Marco supo que había dado en el blanco, por lo que frunció más el ceño.

—N… nada. No sucede nada. —Miguel intentó tomar la escoba y distraerse barriendo.

—No me miras a los ojos.

—No es nada.

—Te quedaste dormido llorando.

—¡T-te dije que no es nada!

El dijo

"Por favor

Dime si

Tu jardín está asustado

Marco, por toda respuesta, se acercó a él y le quitó la escoba de las manos, para luego tomarlo por los hombros y mirarlo directamente a los ojos. En los ojos de Miguel, podía ver el miedo a exponer un secreto.

—No nos vamos a ir de aquí hasta que me digas qué te sucede. —Zanjó.

Miguel tragó saliva, entendiendo que estaba acorralado. Brevemente, se preguntó si estaría bien decirle. De nada servía mentirle a alguien que ya sabía que ocultabas algo, ¿verdad? Bueno… suponía.

—Yo, eh… e-estoy bien. —Intentó mentir.

—¿Qué te acabo de decir, Miguel Rivera?

Por toda respuesta, su hermano clavó más sus dedos en sus hombros.

Miguel había crecido cercano a Mamá Coco. Cantando para ella, pelando mandarinas, jugando, ayudándole a desplazarse con todo y silla de ruedas, y alegrándole el día a la callada pero dulce anciana que fue durante mucho tiempo su mejor amiga.

Marco, por otra parte, creció bajo la mano dura de mamá Elena y sí que aprendió de ella. Firme cuando era necesario y sin dejarse amedrentar, había aprendido a tomar el control de situaciones que intentaban escapársele, y hasta llegó a tener una puntería excelente cuando se trataba de aventar zapatos.

Si hablábamos de su hermano mayor, Miguel no recordaba jamás haberle visto derrumbarse, dudar, ni derramar una triste lágrima en su vida.

No había modo en que Miguel pudiera ganar.

"Ven a mí

No seas

El siguiente en sufrir"

—¡E-está bien, está bien! ¡Ya te digo, pero suéltame, duele!

Marco aflojó el agarre, pero lo siguió mirando con la severidad de la matriarca de la familia Rivera en la mirada, y Miguel tuvo que pensar rápido.

En realidad, su hipótesis se basaba en la observación de los hechos: había aprendido que abrir la boca significaba dolor y problemas, mientras que cerrarla significaba paz interna para todo mundo. ¿Y qué se supone que hiciera ahora que alguien sabía que ocultaba algo pero no sabía qué era? ¿Le iba a decir de las flores?

Su hermano no le iba a dejar ir tan fácil. Y corría el riesgo de que, si se lo seguía ocultando, decidiera averiguarlo por su propia cuenta y se topara con algo desagradable. Si seguía apretándole de ese modo, le iba a dejar más moretones… o… podría descubrir una flor.

Muerto de miedo, y sin saber si estaba haciendo lo correcto, se decidió a probar con confesar algo "leve", como quien prueba la temperatura del agua de una piscina.

—...Marco… yo… —titubeó. Su hermano le miró expectante.

—¿Sí? —Lo urgió, cruzándose de brazos.

Muy suave

respondo

Bajando la mirada

Miguel tragó saliva. Tenía que empezar poco a poco, y, a partir de ello, evaluar cómo le iría después… eso hacía Hiro, y Hiro siempre sabía qué hacer…

—… Cuando… cuando yo les dije que estaba enamorado de alguien… y-yo…

Miguel miró en la dirección en que se encontraban los Hamada, asegurándose de que no estuvieran atentos y no pudieran oírles. Marco alzó una ceja. No le gustaba a dónde iba dirigido ésto.

—¿Tú…?

—…Tada… —Carraspeó.

—"Ta-dá", ¿qué?

—…Yo… —Bajó la mirada, tragó saliva. —…Y-yo me enamoré de… T-Tada… shi.

El silencio otorga lo que las palabras no expresan. Al no oír nada, Miguel levantó la mirada. A juzgar por la cara de sorpresa que tenía su hermano mayor, le estaba costando un mundo asimilar su primer amor...

—…Lo siento mucho, Marco.

Marco parpadeó. Sus ojos permanecían abiertos de par en par, sentía como si le hubieran tirado un balde de agua fría en la cabeza.

Tadashi.

—… ¿Tadashi? —Preguntó, sintiendo cómo de golpe empezaban a inundarlo las memorias. —¿Te… gustaba Tadashi… todo éste tiempo?

"Es alta, de cabello negro. Es muy inteligente y cuando la vi, me empezó a contar muchas cosas nuevas. Es bastante apasionada, animada…"

Encajaba a la perfección.

Miguel prosiguió, tomándose del brazo con pena y bajando la mirada, como un niño regañado.

—C-cuando me dijiste que te gustaban los chicos, empecé a sentir mucha curiosidad y… empecé a fijarme más en… en cosas en las que no debería de haberme fijado, que antes no había notado. Y, antes de darme cuenta, yo… ya… sentía algo.

Marco sintió una punzada de culpa atravesarlo. Tadashi se había comprometido ayer.

Él hizo a Miguel tocar la guitarra en su fiesta.

"No hay tiempo

Y temo

Ver ésta flor marchitar"

Miguel sólo necesitó mirar los ojos asustados de Marco para comprobar que su teoría era correcta.

Decir la verdad: malo, y lastima personas.

Mentir: bueno.

Resuelto esto, decidió que no iba a revelar nada más (y especialmente nada sobre las flores), por lo cual asintió con la cabeza, esperando que ese pequeño secreto fuera suficiente.

—Miguel, yo… tú… —Por una vez, su hermano pareció quedarse sin palabras.

Tadashi.

No Hiro. Tadashi.

Miguel sólo sonrió.

—Marco… de verdad… no me gusta Hiro, así que… cuídalo, ¿está bien? yo, eh… voy a limpiar por allá.

Sangrando a la mitad

De un campo en flor

En soledad quedé

Por ésta amistad

El vacío que Marco vió en los ojos, normalmente dulces de Miguel no le permitieron creerle del todo. Pero antes de poder decir nada más, Miguel salió de la habitación a limpiar no se sabe qué en quién sabe dónde (aunque al menos, parecía estar evitando a Tadashi), dejando a su hermano lleno de preguntas y preocupaciones, pero muy pocas respuestas satisfactorias.

Cuidar de Hiro…

...No pinches mames, Miguel.

No se iba a quedar de brazos cruzados viendo a su hermano menor sufrir, ni mucho menos iba a dejar que el mocoso le dijera qué hacer. A Marco Rivera nunca se le dió bien hacerla de llorona ni plañidera, él gustaba de tomar acción hasta donde le fuera posible, y más allá.

Aún si era doloroso.

Tomando su celular, salió del café para hacer una llamada por teléfono. Que de todos modos pensaba hacer hoy para hacer seguimiento, pero no tan pronto...

—… ¡Hiro, Tadashi! ¡Ya vengo, voy por algunas cosas!

—¡Llévate a Baymax, Marco! —Fue la respuesta de Tadashi desde el fondo del cuarto, pero cuando se asomó, Marco ya había salido. Resopló.

¿No quería curarse, o qué? Era casi como si no le importara…

Por eso no se dió cuenta de cómo su hermano menor sacaba con rapidez su celular, siguiendo a Marco con la mirada, para mandar un mensaje furtivo.

"¿Miguel está bien?"

Esperó un momento. Dos. Tres. Mientras del otro lado de la línea, Marco Rivera medía con cuidado las consecuencias de decirle la verdad.

Quizás me amaba por

La forma en que me habló

Y quiso entender…

Hiro recibió respuesta.

"Mi hermano vio algo que lo alteró mucho."

"La niña que le gustaba pasó de la mano con otro."

"La vio a través de la ventana en plena fiesta."

Marco no iba a matar a Hiro de amor.

El mitad japonés sintió una mezcla de emociones en su interior. Esperanza ante el prospecto de que Miguel tuviera que renunciar a un amor. Coraje, porque… ¿Qué clase de amigo se alegra de que le rompan el corazón a otro? Él sabía lo que eso se sentía, y era horrible.

Decidió no pensar demasiado en los celos que sentía de que Miguel estuviera enamorado de otra persona, porque iba a ser difícil escupir pétalos ante Tadashi.

"¿Se encuentra bien?"

No pudo evitar seguir al Rivera menor con la mirada mientras limpiaba. Incluso le dieron ganas de decirle que todo iba a estar bien, como Miguel solía hacer con él.

"No, pero estará bien."

"¿...Podrías ayudarle a olvidar el mal rato?"

"Eres su mejor amigo."

"Pasar tiempo con él, o no sé"

"Lo voy a intentar."

"Muchas gracias, Marco, no eres tan malo"

"A ti por decirme."

Besar tus labios quisiera

Besar tus labios quisiera

Malagueña salerosa.

Kyle intentó ignorar el irritante timbre de mariachi de su teléfono lo mejor que pudo mientras la gente del gimnasio, y su entrenador, se le quedaban mirando.

¿En qué momento Marco le cambió el timbre a su contacto de llamada?

Y deciiiiiirte

Niña hermosa

—¿No vas a contestar? —Preguntó su entrenador.

Kyle negó y sólo se concentró en golpear la pera frente a él.

—Puede esperar.

Eres LIIIIIIIIIIIIIIIIIIII—

Medio gimnasio volteó a verlo. Su entrenador alzó una ceja consternado.

...IIIIIIIIIII...

Está bien, contestará, pero SÓLO para callar ese molesto timbre.

—Ahora vengo. —Se excusó, de inmediato yéndose a un lugar más apartado.

...IIIIIIIIIII...

Kyle contestó.

—Es mi día libre. —Gruñó al auricular.

—¡Buenos días a ti también, chefcito! Fresco y fuerte como una gardenia en flor. —Se burló Marco al otro lado de la línea, esquivando un gato callejero que se cruzó en su camino y que casi pisó por estar distraído.

—Cambiaste el timbre de mi teléfono.

—¿Tanto te gustó? Porque te oyes... jadeante. ¡Hey! ¡Pinche perro, quítate cabrón!

Kyle alzó una ceja. No era así como se imaginaba que el piropo continuara…

—¿Estás… bien?

—Estoy en la calle. ¡Puta piedra!

—…Dime qué quieres, antes de que mueras atropellado.

Repentinamente, la voz melosa y coqueta de Marco pasó a tener un tono más serio.

—Iré al grano. A Miguel no le atrae Hiro. Le atrae Tadashi.

Kyle se frenó. Había escuchado a Marco con muchos tonos de voz a lo largo de éstos últimos meses, y ya podía identificar la seriedad de la situación. No pudo evitar preocuparse.

Apretó el celular y los labios. La imagen de Hiro encamado después del día de San Valentín ya había sido suficiente para ponerle tenso y en contra absoluta de Miguel la mayoría de los días, y ahora el imbécil del mexicano… ¿Por qué Marco lo defendía tanto?

Si él no existiera… si tan sólo él no estuviera… ¡Ugh!

—Me estás jodiendo. —Siseó Kyle.

—No. Es verdad. Sé que es un mal momento para… ¡Señora, no mame, no estorbe! …decirlo, pero es urgente.

—¿El mocoso de tu hermano es tan idiota como para enamorarse de alguien que se va a casar?

—No escupas al cielo que se te puede regresar. Esa historia me la contaste tú primero con Cass. ¿Recuerdas?

Kyle guardó silencio y se frotó la sien. Cierto, no era la primera vez que pasaba, lo estaba juzgando mucho, pero… no, que se joda de todos modos. Maldito Miguel, ¿para qué vino a San Fransokyo?

—…Hiro se va a morir por su culpa, Marco. No es como lo de Cass.

Hubo una pequeña pausa al otro lado de la línea. Marco pareció dudar.

—En realidad… los dos pueden… morir.

—…¿Qué? Pero si él es inmune.

Hubo ruidos de que Marco parecía estar entrando a un lugar, y después, silencio. Quién sabe a dónde se habría metido, porque empezó a hablarle en discretos susurros.

—¿...Recuerdas la inmunidad que dije que teníamos, Kyle? Bueno… no mentí, del todo, pero está… condicionada. Sólo podemos sobrevivir el punto que normalmente mataría al resto de las personas… la asfixia. Si se deja avanzar más… bueno.

A Kyle no le gustaba a dónde iba esto.

—El hanahaki se alimenta de los celos, del dolor. No es la mejor idea vivir bajo un mismo techo con la persona que te gusta y no te corresponde… menos si se acaba de comprometer con alguien más. Y, no te lo tomes a mal, pero tú también te pareces mucho a Tadashi, así que para él es como verlo en todos lados…

—...Es decir, que… tu hermano podría morir muy rápidamente.

—… Sí.

Silencio. Kyle lo detestaba, pero, no tanto como para desearle a un niño de quince años una muerte lenta y dolorosa por Hanahaki… en parte porque tampoco deseaba que Hiro viera eso. Pudo hacerse una idea de la angustia de Marco con ese "sí" tan seco, e incluso se arrepintió de desear que Miguel no existiera.

—¿…Qué le va a pasar a Miguel?

—…La verdad, no sé. Jamás dejé que mis flores avanzaran pasado el punto de la asfixia que ha matado a todo mundo… No sé cuánto puede aguantar, ni cómo va a evolucionar.

—…¿Por qué no me dijiste esto antes? —Siseó Kyle.

—¡Pensé que Miguel realmente correspondía a Hiro! No creí que fuera Tadashi… de hecho, Hiro fue quien me hizo notar que Miguel estaba actuando raro, por lo que apenas hoy…

Kyle escuchó sus excusas con el ceño fruncido. Al menos, hasta que recordó casi de golpe que Marco compartía la misma inmunidad que su hermano.

Recordó el momento en que Marco se quedó en cama todo un día, el día que le ofreció té de rosas y vio el rastro de sangre en el dorso de su mano. En su momento no le había preocupado mucho, por creerle inmune al Hanahaki, pero ahora… ahora sabía que todo lo anteriormente dicho también aplicaba a él.

Marco realmente estuvo muriendo todo éste tiempo…

—Espera, Marco… si esa inmunidad aplica a ti… ¿entonces... tú también podrías morir?

—…Uhm…

Marco no contestó, pero a juzgar por el ruido que hubo al otro lado, como si acabara de tropezar con algo, seguido de un "puta madre" suavecito, la respuesta era obvia.

Un nuevo escalofrío recorrió a Kyle, y deseó una negativa más que nunca en su vida.

Te dije

"Por favor

Dime si

Tu jardín sientes curar"

El mariachi se mantuvo en silencio por un momento, haciéndose pendejo mientras se sacudía el polvo por su caída anterior, rezando porque el tema no continuara y apretando el puño al otro lado de la línea. Lo habían agarrado con la guardia baja, y entorpecía cuando eso pasaba.

Pero Kyle en serio quería una respuesta, a juzgar por el modo en que también se mantenía en silencio, esperando a que le contestara algo, así que eventualmente, Marco suspiró y cedió, decidiendo sentarse para evitar más torpezas. Las manos le temblaban.

—… Sí. Yo también puedo morir de Hanahaki.

—… ¿Por qué no dijiste eso antes?

—…Pensé que era lo correcto. Todo parecía tan simple, que no creí que afectara tanto. Yo… lo… lo siento. Me equivoqué.

Kyle se quedó un momento en shock, mientras Marco se aferraba al celular para no dejarlo caer.

Era la primera vez que escuchaba a Marco disculparse por algo, y casi preferiría que la situación no fuera lo bastante seria para ameritarlo.

...Maldito Rivera orgulloso y suicida.

Kyle se llevó una mano a la frente, dando vueltas por la habitación. Su entrenador, a la distancia, vio como su ceño cambiaba de la molestia que sentía al inicio, a la sorpresa, y luego a una creciente preocupación.

—… Si te tranquiliza, tengo un plan para salvar a Hiro y a Miguel. —Aseguró Marco al otro lado de la línea. —Aunque… odio admitir esto, pero, no voy a poder hacerlo solo. Necesito que me ayudes… No tienes que perdonar mi estupidez, pero… por favor… Ayúdame...

Y ahora le estaba rogando… la desesperación de Marco debía estar casi a la par que la suya propia. Así como él temía meter a Hiro en un ataúd… él debía de temer meter a su propio hermano en uno, y más al estar tan lejos de su casa, en Santa Cecilia.

"Quédate

Conmigo

Sin ti no sé a dónde ir"

Kyle se pinchó la nariz, y empezó a medir su respiración para calmarse un poco.

—Sólo escuché dos nombres ahí. ¿Qué hay de ti?

—Me opero. —Apresuró Marco.

—¿...Lo juras?

—Lo juro. Si me ayudas, voy y me opero.

Kyle se frotó la sien. Se frotó los labios. Pensó. Al final, suspiró.

—Mañana te voy a dar un puñetazo en medio de la cara, Marco, pero por hoy, te lo perdono. Ahora, ¿Qué pensabas hacer?

—Hiro se resiste mucho a una operación, y no vamos a poder hacerlo firmar una sin su consentimiento. Voy a tratar de convencerlos de que es una buena opción, pero mientras tanto... necesito que me ayudes a tratar de juntarlos.

Kyle sintió que se ahogaba con su propia saliva.

—¡¿Ése es un plan?!

—¡Baja la voz, no estoy en un lugar donde puedas gritar como mono, Kyle!

—¡Pues deja de decir estupideces! ¡A ti te gusta Hiro, eso te a a matar!

—¡Por eso te dije que me iba a operar si resultaba, es un plan complementario! Yo puedo operarme, pero Hiro es un cabeza dura. Si no consigo convencerlo de operarse, entonces de verdad estarán perdidos. Pero si al mismo tiempo me ayudas a juntarlos, se pueden salvar. No tenemos tiempo para ver si funciona una cosa y luego intentar la otra con Tadashi comprometido, es todo o nada, Kyle.

—… Es el plan más desesperado que he escuchado. Opérate de una vez y déjate de estupideces, tengo el contacto del médico que…

—No puedo hacer eso, ¿Olvidas a qué vine a San Fransokyo? Miguel y yo estamos en una visa extraordinaria, al momento que yo dejo de ser objeto de investigación, estoy fuera. ¡No voy a dejar a mi hermano solo y muriéndose en San Fransokyo!

—¡Entonces opérense los dos y ya!

—¡No mames, no vivimos aquí y no lo cubre nuestro seguro de viajero! No podemos pagar dos operaciones al mismo tiempo ¡Ni vamos a pedirle a Tadashi que haga un esfuerzo extra para costearlo!

—Agh, maldita sea, si hicieran eso además tendrían que regresar a Santa Cecilia y Hiro terminaría mal… ¡¿Por qué rayos Hiro es tan tonto y no se quiere operar, Marco?!

—¡Yo que sé Kyle, tú lo conoces más que yo!

El celular de Marco se cayó en medio de su acalorada discusión.

—¡Con una chingada…!

Sonríe

Se asfixia

Las flores le hacen llorar

Kyle se pasó la mano por el cabello y meditó mientras Marco recuperaba su celular entre maldiciones, comprobando que nadie lo hubiera escuchado, que el aparato funcionara y, por supuesto, calmándose en general.

El chef cerró los ojos, agotando aún más opciones.

En su mente, la imagen de Hiro sonriendo arrogante pero despreocupadamente y con su diastema al medio se apagó poco a poco en su mente, siendo reemplazada por su imagen más reciente y triste: escupiendo flores, enfermo, ojeroso, con migrañas. Negándose a operarse.

… Marco tenía razón. Se estaban quedando sin opciones… no era tiempo de discutir. Se tenían que mover, cada segundo contaba.

—Se me cayó el teléfono. ¿Sigues ahí, chefcito?

Al otro lado de la línea, la voz aterciopelada de Marco sonaba mansa, señal de que ya se había calmado. Kyle suspiró.

—…Odio ver a Hiro enfermo por idiota. —Fue su única respuesta. Después silencio.

—…Y yo no soporto ver a Miguel del mismo modo.

Su entrenador empezó a dirigirle miradas, como viendo a qué hora terminaba la llamada, pero a Kyle no le importó y sólo se escondió un poco más.

—Kyle… —continuó Marco. —No estoy aquí como la fresca mañana viendo a dos escuincles morir de poto-floreado-itis porque quiero… estoy desesperado, por si no te habías dado cuenta.

El cocinero se mordió el labio junto con sus palabras.

Miguel Rivera... no le caía bien, y no era ningún secreto ya.

Era lo opuesto a Marco. Sincero, de noble corazón e inocente rayando la estupidez. Con la mejor de sus intenciones, podía causar mucho daño. Y detestaba ver lo mucho que Hiro se lastimaba buscando el cariño de un ideal imposible que no le decía que sí, pero tampoco lo dejaba ir.

Y se quedaba ahí.

…Ayudándolo en todo, y poniéndolo peor…

Daría cualquier cosa porque el enano se olvidara de Miguel y sobreviviera. Daría un poco más por ir atrás en el tiempo e impedir que ambos muchachos se conocieran. O porque, incluso, se pelearan al punto irreparable de no volver a verse.

Y sin embargo… tenía que admitir que Miguel era importante. Nadie jamás podría dar a Hiro la mitad de lo que Miguel le ofrecía. Y era el hermano menor de Marco… juzgando por sus acciones cada vez más erráticas ante el prospecto de perder a su hermano menor, con la máscara cayéndosele a pedazos… él también se había desesperado al punto de pedirle ayuda a Kyle, de entre todas las personas.

Apretó el puño.

Por mucho que deseara (no sin cierta culpa) que Miguel Rivera desapareciera, la verdad era que eso no iba a solucionar nada, porque ya había dejado su huella en el corazón de la gente. Si desapareciera, esa huella sólo se haría más grande, y aún después de muerto continuaría doliendo e hiriendo gente.

Como pasó con Cass.

…Jamás podría tomar el lugar de Miguel. Kyle jamás sería Miguel Rivera, ni iba a gastar su tiempo intentando convertirse en un imposible. Sólo podía ser él mismo y ayudar a su modo.

Era mejor que Miguel viviera. Con todo y aunque fuera una molesta espina clavada en su dorso y en el corazón de la gente que le importaba. Con todo y su asquerosa inocencia respecto al daño que podía causar.

Era lo mejor para todos.

"Todo va

A estar bien

¡Nuestra amistad vivirá!"

—...Está bien. Yo te ayudo a juntarlos.

—Kyle… muchas gracias.

El alivio en la voz de Marco casi le molestó.

Casi.

—...Pero te juro, te juro, Marco Rivera, que si tenemos éxito, y no te operas y haces la misma estupidez que Miguel de felicitar a los novios el día de su compromiso, te arrancaré las celosías una a una por mi propia mano, sin quirófano y sin anestesia. —Amenazó el cocinero.

—¡Ah, cómo chingas! ¡No lo haré, Kyle! No tengo TAN poco sentido común…

—Ahora tengo que colgar. Voy atrasado en mis series, mañana te veo.

—Está bien, chinito, ponte mamado a gusto. Pero… en serio, gracias por tu ayuda.

—No hay de qué…

Colgó, preguntándose por qué era tan masoquista. Y luego se preguntó por qué, a pesar de todo, sinceramente quería seguir ayudando, aún a costa de sí mismo. Y regresó a golpear la pera del gimnasio más fuerte que nunca.

Por favor

Dime si

Tu jardín se está muriendo

Del otro lado de la ciudad, Marco miraba su celular sentado frente a un cristo, en el banco de la iglesia que había encontrado abierta. Alzó la mirada para ver sus heridas, sus perforaciones.

La corona de espinas.

El perfecto ejemplo de alguien que se había sacrificado y soportado el dolor más intenso, horas de tortura, de agonía, sólo para cargar los pecados del mundo entero. El único que podría entender todo éste lío, seguramente…

Sinceramente, le gustaban las iglesias. No sólo le recordaban los domingos que iba a misa en compañía de su familia, con mamá Elena enseñándole a rezar el rosario. Si no que también estaban rodeadas de vitrales preciosos, e imágenes de gente mucho más pura que él mismo o que cualquiera de las personas que asistían con devoción, sólo para olvidar su fe tan pronto se alejaban tres pasos de la misma.

Pero, por un momento, permitía a la gente ser una buena persona, o al menos cuestionarse su moral.

Se recargó en el asiento y cruzó una pierna un tanto nerviosamente, dejando que el vitral del techo lo iluminara.

—No debe ser cómodo estar ahí arriba, ¿Eh, Jesusito? La gente te recuerda por lo mucho que sufriste. A que jode que te recuerden poniéndote espinas en la cabeza y colgándote de unos clavos en una cruz, momentos antes de tu muerte.

El cristo, obviamente, no contestó. Sólo dirigió su mirada agonizante a Rivera, quien sabía que más bien estaba intentando sincerarse consigo mismo, o buscar consuelo desesperadamente en alguien que lo entendiera, aunque fuera una figura inanimada.

Ni siquiera sabía si le estaba escuchando, desde allá donde fuera que estuviera.

Lentamente, se levantó de su asiento. Colocó sus rodillas en el frío suelo, y juntó sus manos en actitud de rezo, bajando la cabeza.

Tenía que estar muy desesperado para hincarse a rezar.

¡No quiero

que seas

El siguiente en partir!

De niño le dijeron que la oración era para comunicarse con Dios. Y él tenía muchas cosas que contar, y nadie que lo escuchara…

—… Yo sé que no soy muy virtuoso, ni el hombre más puro. —Inició. —Sé que he cometido muchas trastadas, y no he perdido perdón por muchas. Sé que ni siquiera me arrepiento de varias. Pero… Miguel y Hiro no son así. Son algo tontos, pero tienen un buen corazón. Si me escuchas… te pido… por favor. Si salvas a alguien… que sea a ellos dos.

El cristo no contestó, pero Marco no tuvo valor de elevar la vista.

—Sí, sé que jamás te he pedido por alguien que no sea un Rivera, pero… alguien me hizo cambiar de opinión.

Un rostro asiático, fumando, cocinando, apartándose del camino de una persona que iba rumbo a casarse por su propio bien, cruzó por su mente.

El modo en que Miguel se desvivía por otros le era foráneo, a pesar de ser hermanos. Nunca entendió su necedad de ayudar a otros simplemente porque sí.

El modo en que Kyle lo hacía, sin embargo… era mucho más entendible para él.

Marco sonrió levemente.

Sonríe

Muy suave

Al finalmente entender

—No te pido por mí, yo sé sobrevivir. Tampoco voy a pretender que ahora soy un mártir que carga una corona de espinas a todos lados como tú lo haces, pero ellos…

Tragó saliva.

—…Están muy jóvenes. Son muy inocentes. No te los lleves, no se merecen todo ésto. Sé que a tí no te puedo esconder nada de lo que he hecho o dicho, y te debo mucho… Pero me estoy esforzando en corregirme.

No tenía ni idea de cómo iba a salir de la Iglesia. El peso de sus pecados, el dolor de las espinas metafóricas, lo sentía en los hombros.

Ver a Kyle tan preocupado por todo mundo, escuchar su afirmativa a su petición, aún sabiendo lo mucho que detestaba a su hermano Miguel… él si era buena persona, no cómo él. Le estaba dando una nueva perspectiva, esa sobre preocuparse por las personas, que ni siquiera su hermano menor, ni mamá Coco, ni mamá Elena le habían podido brindar.

—Si la Catrina… si ella está ahí contigo, si la conoces… por favor, pídele que no se los lleve. Es… es todo lo que te pido.

Sintió la boca seca. Sintió que se asfixiaba, y sabía que no eran las celosías ésta vez.

Era la situación, que ya hacía mucho que lo había rebasado, lo que le asfixiaba.

—...Dios te salve, María, llena eres de gracia, el señor es contigo…

Sus rezos se perdieron en el eco de una Iglesia vacía, bajo un vitral de colores, donde no sabía si estaba siendo escuchado.

"Vive tú,

Lo siento,

Libre yo te quiero ver"

¡Hola, somos Axu e Infinite! Esperamos que te haya gustado el capítulo de hoy.

Infinite: Siendo sinceros este capítulo también me pegó fuerte. :'D Pero necesitaba escribirlo, para que ustedes también sufrieran.

Muajajaja. (?)

Axu: yo me froté las manos como mosca mientras lo escribíamos. No por nada apodamos a éste capítulo "El Bombazo" de casi 15 mil palabras (?). ¡Ah! Y la canción es una letra que adaptamos especialmente para éste fanfic, pero la original se llama "Secret Garden"

https/watch?v=uzRtl3thhyg

Axu: Los fans de Flowerfell saben de qué hablo… yep, Miguelito es Frisk. Originalmente la íbamos a hacer cover y ponerla hasta arriba, pero… era mucho pedo xd

Infinite: Además canto como Urraca. (?)

Axu: Y yo como zopilote agonizando. Me conformo con leer qué teorías y dibujos van a sacar ahora con todo éste nuevo progreso… amor, familia, amistad. Tantos lazos diferentes y tantas decisiones individuales que tomar...