Holis! he vuelto, lamento mucho la demora muchas cosas han ocurrido en mi vida en este tiempo pero nunca me olvide de ustedes...
declaaracion obligada los personajes pertenecen como todas saben a S. Meyer, yo solo juego con ellos porque me encantan,,,,,,, y la historia es una adaptacion de un libro de E. K
no molesto mas las dejo con la historia.
Capítulo 10
El temor se mezcló a la repentina descarga de adrenalina que invadió el cuerpo de Bella al oír el disparo. Se pegó al suelo bajo el peso del cuerpo de Edward que la reconfortaba y la aterrorizaba al mismo tiempo. ¡Alguien les había disparado! De hecho seguía haciéndolo, pensó al oír un segundo disparo que dio en un árbol cercano y le arrancó una pequeña rama.
Cerró los ojos con fuerza y se tapó la cabeza con los brazos mientras rezaba para que cesaran los disparos. Por fin lo hicieron unos segundos después y el bosque quedó en completo silencio.
—No te muevas —le susurró Edward al oído—. No creo que se haya ido.
Tenía razón. Aunque habían dejado de sonar las balas, de pronto se oyó el sonido de unos pasos.
Tenía el corazón en la garganta. El que les había disparado iba hacia ellos y el pánico se apoderó de ella. Un pánico que desapareció bruscamente al oír una voz áspera que decía:
—Salgan de mi propiedad.
Reconoció de inmediato la voz de Sam Parker. El temor desapareció dejando paso a la irritación.
—¿Cómo se te ocurre dispararme, Sam? —le preguntó mientras se quitaba de encima a Edward para poder ponerse en pie.
Su antiguo compañero de clase la miró con asombro.
—¿Bella?
—Sí.
Edward se levantó también y observó al otro hombre con lógica desconfianza. Sam Uley no era la clase de persona de la que uno se fiaba instintivamente; tenía unos rasgos angulosos que le daba un aspecto casi feroz. Sin embargo la expresión de su rostro en ese momento era de arrepentimiento.
—No sabía que eras tú.
—¿Es que disparas a cualquiera que entre en tu propiedad?
—Para eso están los carteles. No me gusta que entre nadie sin mi permiso.
A diferencia de la mayoría de los habitantes de Forks, Sam no se dirigía a ella como si fuese una enferma mental y, aunque en el instituto no habían sido amigos, Bella siempre había sido amable con aquel muchacho excéntrico y solitario, algo que él no había olvidado.
—Quizá debieras comprobar de quién se trata antes de disparar —le sugirió—. Podrías habernos matado.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó Sam antes de mirar a Edward—. ¿Y quién es ese?
—Es Edward, mi... —titubeó y después dijo—: Un amigo. Hemos venido a ver a Jake.
Sam frunció el ceño.
—¿Sabía que ibais a venir?
—Claro —Bella no miró a Edward para no ver su gesto de desaprobación—. Aunque no sé por qué dijo que viniéramos aquí. ¿Utiliza mucho tu cabaña?
En el rostro de Sam apareció algo parecido a una sonrisa.
—Bastante —hizo una breve pausa—. ¿Estás segura de que os dijo que vinierais aquí?
—Sí —respondió.
—Bueno, está bien. Entonces os acompañaré.
Cuando Sam echó a andar y se disponía a seguirlo, Edward la agarró del brazo y la retuvo.
—¿Qué demonios estás haciendo? —le susurró—. Jake no sabe que estás aquí y no le va a hacer ninguna gracia que lo hayas seguido.
—No podía decirle que estábamos espiando al sheriff —respondió ella—. Tú sígueme la corriente.
Edward no dijo nada, pero lo siguió, aunque estaba segura que no lo hacía de buena gana.
—¿Qué tal estás? —le preguntó Sam, volviéndose hacia ellos—. Me enteré de lo de tu accidente.
—Estoy bien —dijo, encogiéndose de hombros.
Sam volvió a mirarla con más dulzura.
—El funeral de Angela fue duro, ¿verdad?
—Sí que lo fue, sí —admitió.
—Era una chica estupenda. Espero que descubran quién fue el bastardo que la mató.
«A eso he venido», pensó, pero se limitó a asentir.
Por fin llegaron a un pequeño claro del bosque en el que se encontraba la cabaña de madera. Había luz en el interior y la puerta estaba abierta, allí estaba el sheriff de Forks, que debía de haber oído los disparos y había salido a ver qué ocurría.
—¿Qué demonios hacéis aquí? —preguntó al verlos, lanzándoles a Edward y a ella una mirada fulminadora.
Sam se volvió a mirarla.
—¿No decías que os esperaba?
Bella esbozó una sonrisa de inocencia.
—Puede que haya exagerado un poco.
A Sam no pareció molestarle demasiado que le hubiera mentido. De hecho, se despidió de ellos y se largó de allí para que resolvieran sus asuntos a solas, así que Edward y ella se quedaron frente a frente con la ira de Jake.
El sheriff estaba furioso, sí, pero también parecía avergonzado, quizá por su atuendo, o más bien por la falta de ello.
Estaba desnudo de cintura para arriba.
No parecía el aspecto más adecuado para reunirse con un cómplice.
Entonces apareció por la puerta una figura femenina que lo aclaró todo.
—No puede ser —murmuró Bella.
—¿Qué ocurre? —allí estaba Lauren Mallorie con una diminuta combinación rosa—. ¿Qué hace esta aquí? —dijo al ver a Bella.
—Eso mismo querría saber yo —respondió Jake—. ¿Y bien?
—Te hemos seguido —anunció Bella sin rodeos, en lugar de admitir que se habían colado en su despacho y habían escuchado una llamada telefónica que habían malinterpretado por completo.
—Podría arrestaros por esto —amenazó el sheriff.
—Pero no vas a hacerlo —aseguró ella con certeza—. Si lo haces, saldrá a la luz lo que estabas haciendo aquí y no creo que quieras que ocurra eso —se aventuró a decir, echando un vistazo al cuerpo medio desnudo de Lauren.
—¿Se puede saber qué te pasa? —le preguntó Lauren, poniéndose las manos en las caderas—. ¿Por qué tienes que ser tan entrometida?
Bella no se inmutó.
—Solo intento averiguar quién mató a mi amiga. ¿Tan difícil de entender es?
—De eso me encargo yo —replicó Jake.
—Pues no lo estás haciendo nada bien —le recordó Bella—. En lugar de investigar, estás aquí retozando con una mujer casada. ¿Está enterado Tyler?
Lauren se quedó pálida al oír el nombre de su marido.
—No, no lo sabe —reconoció—. Y, si le dices una sola palabra, te mato.
Jake la hizo callar con una simple mirada.
—No tiene sentido que nos amenacemos los unos a los otros —la voz del sheriff sonaba crispada—. ¿Qué es lo que quieres, Bella?
—Quiero descubrir la verdad —aclaró con sencillez—. Y no quiero que te interpongas.
Jake frunció el ceño.
—Y supongo que, si tratara de impedírtelo, le dirás a todo el mundo lo que has visto esta noche.
Lo vio mirar a Lauren y le asombró ver la ternura con que lo hacía. Vaya. ¿De verdad estaba enamorado de ella? ¿No sabría que seguramente para ella no era más que otra conquista más?
Jake debió de ver la compasión con que lo observaba porque al volver a mirarla soltó un suspiro de resignación.
—Llevamos cinco años juntos.
La confesión la dejó atónita.
—Tyler no sabe nada —siguió diciendo el sheriff—, y queremos que siga siendo así.
Para su sorpresa, a Lauren se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Mi marido tiene un problema cardiaco y esto acabaría con él —tuvo que tragar saliva varias veces para no echarse a llorar—. Hace unos años empezó a sospechar, así que intenté despistarle propagando rumores sobre mí y... otros hombres. Era todo tan ridículo que no se los creyó y dio por hecho que lo de Tyler también era mentira.
—¿Tú misma extendiste el rumor de que te acostabas con todos los turistas que pasaban por el pueblo? —preguntó Bella, incrédula.
Su antigua compañera de clase asintió con tristeza.
—Tenemos tres hijos en común, pero hace mucho tiempo que no estamos enamorados —Lauren miró al sheriff con verdadera adoración—. El único hombre al que quiero es a Jake.
Bella se sintió terriblemente culpable. Edward había tenido razón al no querer ir allí a espiar al sheriff. Ahora que veía a Jake tan enamorado de Lauren no le parecía un asesino.
Respiró hondo antes de volver a hablar.
—¿Mataste tú a Angela? —le preguntó directamente.
El sheriff la miró a los ojos durante un largo rato.
—No, yo no la maté..
Habló con tal convicción que Bella supo que no estaba mintiendo; Jacob Black no era el asesino de su mejor amiga. El secreto al que se había referido durante la conversación por teléfono era su historia con Lauren, no su intervención en la muerte de Angela.
—¿Me dejarás investigar para intentar averiguar quién lo hizo?
Jake soltó una bocanada de aire.
—Bella, te aseguro que he estado investigando, pero no hay nada que descubrir. Ha pasado demasiado tiempo y no hay sospechosos, ni pruebas. Nada.
—Es posible, pero me gustaría intentarlo.
Jake bajó el brazo para agarrarle la mano a Lauren.
—Si te doy mi palabra, ¿mantendrás esto en secreto?
Lo habría hecho de todos modos, pero asintió.
—Sí, te lo prometo.
—Está bien. Investiga todo lo que quieras, pero no creo que sepamos nunca quién la mató.
—Ya veremos.
Se hizo un intenso silencio durante el que Bella se dio cuenta de que empezaba a hacerse tarde, por lo que le dijo a Edward que debían irse.
—Siento mucho haberos interrumpido —les dijo a Jake y a Lauren—. Angela era... muy importante para mí y necesito saber qué le pasó.
Para su asombro, Lauren se acercó a ella y le puso una mano en el brazo.
—Lo sabrás —le aseguró la pelirroja con una inesperada amabilidad.
Bella la miró a los ojos.
—Gracias, Lauren. No te preocupes, vuestro secreto está a salvo conmigo —se dirigió a Jake—. Si te llama mi padre...
—Le diré que no estás entrometiéndote en la investigación y que no hay motivo para que tengas que volver a Washington.
Esas palabras le hicieron sentir un profundo alivio.
—Gracias.
—No creo que matara a Angela —reconoció Edward en el camino de vuelta a casa.
—Yo tampoco. Lo que significa que tenemos que encontrar otro sospechoso. ¿Qué te parece si volvemos a repasar todo lo que tenemos cuando lleguemos?
—Claro —dijo sin apartar la mirada de la carretera—. También podríamos hablar de lo descuidada que eres con tu propia seguridad.
Solo pretendía hacer un comentario despreocupado, pero en cuanto pronunció las palabras recordó lo que había pasado en el bosque y lo que había sentido al tener debajo el cuerpo frágil y vulnerable de Bella. Ese tipo podría haberla matado.
El temor le hizo apretar los labios con tensión. Dios. Precisamente eso era por lo que debería haber mandado a paseo al senador cuando le había pedido que le ayudara. No quería preocuparse por Bella. Era demasiado impulsiva, siempre dispuesta a aceptar el reportaje más arriesgado.
Sabía que en parte lo hacía para demostrar que era capaz de todo; llevaba años intentando demostrar a sus jefes que era algo más que la hija frívola de un senador. Siempre se arriesgaba al máximo.
—¿Y si Sam te hubiera dado? —le dijo con repentina rabia—. Te dije que no era buena idea seguir a Jake, pero en lugar de hacerme caso, te lanzaste sin pensar y conseguiste que nos dispararan.
Bella no parecía inmutarse por la reprimenda.
—Sam no pretendía matarnos, solo asustarnos —entonces hizo una pausa y lo miró con sorpresa—. Estabas preocupado por mí —dijo, maravillada.
—Sí, ¿y qué? —rugió él.
La risa de Bella inundó el coche de alegría.
—Que es muy agradable. Te has comportado como un cretino desde que volvimos a encontrarnos, así que me gusta saber que sigo importándote, aunque sea un poco.
¿Un poco? Dios, ojalá fuera solo eso, pero tenía la impresión de que lo que sentía por Bella iba mucho más allá. Solo llevaba dos días en su vida y ya le había hecho perder la cabeza de nuevo.
—Tú a mí también me importas —añadió ella suavemente.
Aparte de sus compañeros de equipo, había poca gente a la que le importara. Tampoco era algo que le importara, pues hacía tiempo que había llegado a la conclusión de que estaba mejor así.
—He pensado mucho en ti estos dos años —siguió diciendo—. Y me he preocupado por ti.
Edward clavó la mirada en el asfalto porque, si la miraba, sabía que vería en sus ojos un millón de emociones para las que no estaba preparado. Y seguramente no lo estaría nunca.
—No tenías por qué —gruñó—. Ya sabes que sé cuidarme.
—¿Como te cuidaste en Johannesburgo?
¿Cómo demonios sabía eso?
—Jasper me llamó —le aclaró ella sin necesidad de preguntárselo.
Edward apretó las manos alrededor del volante.
—Ese entrometido hijo de...
—No te enfades con él.
De pronto le puso la mano sobre la suya. Edward estuvo a punto de soltar el volante apartarse de ella, pero mantuvo la calma. También podría habérsela apartado al parar el coche frente a la mansión de los Swan, pero no lo hizo. Que Dios lo ayudara, pero le gustaba sentir su mano.
—Me llamó cuando estabas en el hospital —le explicó mientras le acariciaba los nudillos—. Me contó que te habían disparado mientras rescatabas a la hija del embajador y que habías perdido mucha sangre. Quería que fuera.
Se volvió lentamente hacia ella. Le conmovió la preocupación que vio en sus ojos.
—Pero no lo hiciste.
—No. Pensé hacerlo, pero sabía que a ti no te gustaría. Me habías dicho que saliera de tu vida y eso fue lo que hice.
Sintió una punzada de culpa al oír aquello, pero no tenía ningún sentido. Había tenido todo el derecho del mundo para decirle lo que le había dicho aquel día. ¿Entonces por qué le dolía tanto el haberle hecho daño?
—No fue nada, Bella. No pongas esa cara.
Ella le apretó las manos.
—¿Qué ocurre?
—Debería haber ido —susurró—. Pasé horas angustiada. Llegué a hacer la reserva de un billete de avión, pero al final me acobardé. No soportaba la idea de que volvieras a mirarme de ese modo.
—¿De qué modo? —le preguntó e inmediatamente se arrepintió de haberlo hecho.
—Como si me odiaras.
—Yo nunca te odié. Te amaba, incluso cuando rompimos, seguía amándote —meneó la cabeza con tristeza—. Tardé dos años en olvidarte.
Le temblaban las manos y durante un rato simplemente lo miró a los ojos, hasta que apartó la vista de él.
—¿Me olvidaste?
La miró a los ojos y dijo:
—Sí.
Era mentira. En los últimos dos días había podido comprobar que no la había olvidado, ni mucho menos. Seguía deseándola con todas sus fuerzas, pero de nada serviría decirle la verdad. No le había mentido cuando le había dicho que no quería volver a tener una relación seria. Le gustaba la vida solitaria que había llevado esos dos años. Además, las relaciones siempre habían sido algo difíciles para él, incluso con Bella; en todo momento había sentido que no estaba hecho para ello, pero Bella lo había conquistado con su inteligencia, su alegría y su espontaneidad, hasta el punto de llegar a creer que podría tener un matrimonio feliz.
Pero cuando ella había cancelado la boda, se había dado cuenta de la realidad.
Su infancia le había causado un daño irreparable. Siempre esperaría demasiado de cualquier relación, nadie podría cumplir sus expectativas.
En cierto modo, Bella le había hecho un favor al hacerle ver que estaba mejor solo.
—Creo que no estás diciendo la verdad.
La tristeza que transmitían las palabras de Bella lo sacó de su ensimismamiento.
—Lo que ocurre es que no quieres creerlo.
Volvió a mirarlo fijamente a los ojos y durante un rato se quedaron así, mirándose el uno al otro, hasta que Bella meneó la cabeza y apartó la mirada.
—Vamos —dijo ella sin expresión alguna.
No importaba si le creía o si realmente la había olvidado o no. No tenían ningún futuro y eso era lo único que importaba.
Salió del coche y la siguió hasta la puerta de la casa, donde Bella se detuvo en seco antes de llegar a meter la llave en la cerradura.
—¿Eso estaba antes ahí?
Edward miró al lugar donde ella estaba señalando. En el suelo del porche había un sobre sin sello, ni remitente, ni destinatario.
—No, no estaba —lo agarró por una esquina—. Ábrelo.
Bella miró el sobre como si fuera una bomba.
—Hazlo tú.
—Sí, señora —dijo él con una tenue sonrisa.
Ninguno de los dos dijo nada mientras sacaba la única hoja que había dentro, agarrándola de una punta por si había la posibilidad de encontrar alguna huella en el papel.
Solo había tres palabras en la hoja, cada una de ellas formada por letras recortadas de algún periódico y pegadas en el papel como si fuera el mensaje de un asesino en serie. Tres únicas palabras que sin embargo decían mucho y que le provocaron un escalofrío a Edward.
Vete del pueblo.
