Disclaimer: Ni Sweeney Todd ni su flipante música me pertenecen. ¡Pero eso no significa que no pueda disfrutar de ellos! ^^

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El Salto de Fe


Aquel Domingo amaneció pronto, o eso le pareció a él. El sol había escapado el cielo sólo para despertarle de sus dulces pesadillas donde todavía podía querer a Lucy.

Se mantuvo en la cama, inerte, esperando que alguien le diese por muerto y le enterrase vivo, pero por mucho que lo hacía eso nunca sucedía y se veía arrastrado a continuar una rutina monótona donde su única aspiración era matar a la manga corrupta de la ley.

Así que, como sabía que eso ocurriría tarde o temprano, decidió no pensar en él durante unos minutos y contemplar la solitaria habitación en la que había descansado, escuchar su soledad y llorar los recuerdos.

Antaño con la luz del amanecer el lugar había sido el de más hermosa contemplación del mundo. Ni las pirámides de Egipto, ni el Himalaya, ni las selvas de Perú ni las playas de España, ninguna de ellas podían compararse en belleza ni maravilla a esa habitación.

Ahora todo había cambiado. Las flores, la cuna, el sillón de costura de su esposa, sus perfumes y peines... todo había desaparecido. La Sra. Lovett había habido de empeñarlo para sobrevivir, al principio por ambas, luego por si misma y no la culpaba. Él hubiera hecho lo mismo.

Pero la Sra. Lovett también había cambiado últimamente. La muchacha tozuda que conoció años antes había cambiado y vuelto a cambiar desde que se volvieron a encontrar. Su extraña historia le tenía cautivado. ¿Era posible que algún espíritu la hubiese poseído todo aquél tiempo? Quince años atrás solía ser muy escéptica en esos temas y aunque hubiese cambiado, parecía volver a ser la misma de antes, por eso le extrañaba. Ella mencionó que era un espíritu femenino, ¿podría ser Lucy? Tal vez, ¿quién sabe? Quizá no se lo había mencionado por miedo. No habían vuelto a hablar del tema desde que pasó lo de la niña, y de ello habían pasado un par de días.

Sweeney Todd no sabía si creer en ellos o no, la experiencia le había demostrado que los espíritus que rondaban en su habitación solían ser fantasmas, sí, de sus recuerdos.

Pero este mundo ya es complicado de por sí, nadie sabe nada con certeza. Puede que me dijese la verdad, puede que haya desarrollado alguna especie de... conexión con el más allá.

Entonces debía usarlo a su favor.

Se levantó, pronto empezarían a sonar las campanas de la Iglesia llamando a sus feligreses; "¡Es la hora de despertar! ¡Debéis venir todos a adorarme y darme vuestro dinero!".

Hipócritas...

Le sorprendió ver que la Sra. Lovett estaba en marcha también. Jamás la había visto ir a la Iglesia ni una sola vez en los últimos años.

—¿Dónde va? —preguntó al entrar en la tienda.

—A misa —contestó arreglándose frente a un pequeño espejo de mano.

—¿Para qué? —la mirada que recibió de escándalo le dejó frío—. ¿Qué?

—Fingiré que no he oído eso.

—Usted nunca va a la Iglesia.

—Nunca iba a la Iglesia.

—Ah, cierto, lo del espíritu —trató de sonar casual, pero al verla supo que había ofendido a la panadera.

—Puede creerme o no, eso es decisión suya —le espetó caminando a toda prisa a la puerta. Como de costumbre no pudo traspasarla, tenía que aprender que a Sweeney Todd no se le puede dejar con la palabra en la boca.

—La creo, Sra. Lovett.

—No lo parece.

—Lo hago —la obligó a rodear la mesa y apoyarse en ella—. ¿Por qué va?

—A rezar —suspiró— por mi alma. Usted también debería ir.

—¿Ir? ¿Para qué? No son más que unos saca-dineros. No quieren nada más que...

—Lo que ellos sean no tiene nada que ver, sean avariciosos o no, es la casa del Señor, Sr. Todd, y además es una buena publicidad para la tienda.

—No me solucionará la vida rezarle a un dios que destrozó la mía —se cruzó de brazos ofendido.

—Siempre hay luz al final del camino, querido —puso una mano en la suya—, siempre hay uno nuevo que seguir. Ahora puede estar en la oscuridad, pero hallará luz algún día. Los caminos del Señor son...

—Habla como una monja —se hizo el orejas—, habla como uno de ellos.

—A veces el Señor es... difícil de entender. ¿Ha pensado acaso que si le quitó a Lucy fue para que usted vengara su muerte y librara a esta ciudad de la pesadilla que la atormenta? —preguntó.

—¿Y por qué yo? ¿¡Por qué tuvo que quitármela a mí! —gritó, dolido de verdad.

—El Padre solo se lleva prematuramente a aquellas personas que quiere junto a él en el Cielo, querido —sí, tal vez si tuviera a Benjamin en su ser y no soportaba verle roto—. Quizá consideró que usted era el único capaz de llevar a cabo su misión. Tal vez por eso estoy aquí —susurró, mirando el vacío como si comprendiera algo—, para protegerle de la policía y aquellos que quieran estropear su misión.

—Sus palabras son pamplinas —le dio la espalda.

—Como usted quiera, rezaré por la suya también —suspiró yéndose.

Por un momento creyó haber conectado con el demonio, haber visto a través de su piel el Benjamin que su ser gritaba por encontrar. Pudo verle, roto, perdido en la oscuridad del cuerpo que habitaba. Había querido sacarlo y mimarlo, decirle que todo iría bien, que ahora estaban juntos y le ayudaría a superarlo. Pero su diabólico guardián jamás de se lo permitiría.

Tras llegar a la Iglesia y superar las puertas la misa dio comienzo en sagrado silencio. El cura recitaba su sermón son creencia absoluta en él, pero no podía evitar sentirse confusa y su mente volaba unos metros enfrente de la Iglesia, a su tienda, a momentos antes.

Todavía había gente que entraba rezagada, una o dos personas que no habían conseguido llegar a tiempo. Una de ellas se sentó a su lado, hizo la señal de la cruz y miró con el ceño fruncido al padre que oficiaba.

El hombre se había sentado cerca de ella, tal vez demasiado para ser un desconocido. Estaba a punto de gritarle susurrando cuatro cosas cuando, al mirarle, se quedó completamente paralizada.

—Sr. Todd... —susurró.

—Shh, cállese. ¿Quiere que nos echen?

—Pero...

—No diga nada.

Sabiendo que había influido en él de alguna forma pudo continuar el ritual en paz.


—Madre, tranquilícese, por favor —pedía un hombre a una mujer mayor, abrazándola como podía.

—No puedo, cariño... —sollozaba—... Andrew... —y estalló de nuevo en lágrimas.

—Deje de sufrir...

—Sí, señora —apoyó Sweeney Todd, metiéndose en la conversación—, cuando le quiten a su marido, la manden lejos, la buitreen y además se suicide, entonces sabrá lo que es sufrir.

—¡Sr. Todd! —exclamó escandalizada la panadera, llegando a su lado—. Ruego su indulgencia, Sra. Black, el hombre no sabe lo que dice —ellos le miraron de arriba abajo y le dieron la espalda—. ¿Está loco? —susurró—. ¿Sabe lo que ha tenido que pasar esa mujer?

—Se quejaba sin...

—El Juez Turpin le arrebató a su niño de ocho años, Sr. Todd —le dijo con los ojos ardiendo de ira al solo pensarlo—, lo mandó a la guerra sin miramientos. El Sr. Black fue tras él, prometiéndole a la viuda Black que lo protegería. El hombre murió pero del niño hace años que no saben nada, ni siquiera si está vivo o muerto, desapareció, podría ser esclavo o vaya usted a saber qué le hicieron —le reprendió—. Está en peor situación que usted, ¡y mire como la ha tratado!

El Sr. Todd estaba totalmente anonadado, jamás hubiese pensado que aquella mujer llorase por su hijo perdido y su difunto marido. Al menos él sabía que su mujer estaba enterrada y que su niña era presa del Juez, ellos ni siquiera sabían si el pequeño volvería sano y salvo.

Se apartó de la panadera para acercarse a los Black, el hijo mayor le recibió con un: "¿Y ahora qué quiere? ¿No ha tenido suficiente?".

—Lo siento... —susurró—. No sabía...

—Está bien, querido —contestó la anciana—. Usted no lo sabía. Le ruego que en el futuro tenga más cuidado.

—Yo... mi mujer...

—A veces el dolor nos ciega, pero debemos aprender a ver a través de él y dar ese salto de fe —le sonrió la mujer que todavía lloraba.