_Acuerdos privados_

Este fic no me pertenece es solo una adaptación del libro "Acuerdos privados" de Sherry Thomas.

Los personajes al igual que la historia no me pertenecen son creación original de las genios de CLAMP, hago esta adaptación sin fines de lucro, solo es con la simple intención de entretener a los lectores, aclarando que no infrinjo ningún tipo de ley.

Ahora sin más que agregar comencemos…

.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.

22 de mayo de 1893

Un club de caballeros le había parecido el remedio perfecto después de un largo y cansado viaje de negocios de una semana al continente, durante el cual había pensado muy poco en sus negocios y demasiado en su esposa. Pero Shaoran estaba empezando a lamentar haberse hecho socio. Nunca antes había puesto los pies en un club de caballeros ingleses, pero abrigaba la impresión de que sería un lugar silencioso y tranquilo, lleno de hombres que huían de las restricciones de la esposa y el hogar, bebían whisky escocés, sostenían desganados debates políticos y roncaban ligeramente detrás de sus ejemplares del Times.

Ciertamente, el interior del club, que parecía que no lo hubieran tocado en medio siglo —los descoloridos cortinajes de color burdeos, el papel de las paredes oscurecido por las manchas que dejaban las luces de gas y un mobiliario del que dentro de otra década, más o menos, dirían que había visto tiempos mejores—, le había parecido idóneo para un estado de somnolencia, con las falsas esperanzas de que así podría matar la tarde, rumiando en paz. Y eso había hecho durante unos minutos, hasta que se vio rodeado por una multitud que quería serle presentada.

La conversación derivó rápidamente hacia las propiedades de Shaoran. No le había dado demasiada credibilidad a la señora Kinomoto cuando, en una de sus cartas, afirmaba que la sociedad había cambiado y que ahora la gente no podía dejar de hablar del dinero. Ahora lo cría.

—¿Cuánto costaría un yate? —preguntó un joven impaciente.

—¿Se puede hacer un beneficio considerable? —inquirió otro.

Tal vez la depresión agrícola que había reducido a la mitad muchas rentas de grandes propiedades tuviera algo que ver. La aristocracia empezaba a pasar apuros. La mansión, los carruajes y los sirvientes eran una sangría de dinero, un dinero que cada día era más escaso. El desempleo, durante siglos la norma para los caballeros —para poder dedicar el tiempo a ocupar el cargo de parlamentario y magistrado—, era, cada vez más, una posición insostenible. Pero, todavía, eran pocos los caballeros que tenían la audacia de trabajar. Así que hablaban para apagar la comezón de la ansiedad colectiva.

—Un yate así cuesta tanto que solo un puñado de los americanos más ricos se lo pueden permitir —dijo Shaoran—. Pero, por desgracia, no tanto como para que los proveedores puedan hacerse ricos de forma instantánea.

Si tuviera que depender solo de la empresa de su propiedad donde diseñaban y fabricaban yates, sería un hombre acomodado, pero ni de lejos lo bastante rico como para codearse con la élite de Manhattan. Eran sus otras empresas marítimas, la línea de buques de carga y los astilleros donde construían barcos comerciales, las que formaban lo que los americanos llamaban «la carne y las patatas», es decir, la parte fundamental de su cartera.

—¿Cómo se llega a ser propietario de una firma así? —preguntó un hombre del grupo de interlocutores, este no tan joven como los otros y que, a juzgar por su silueta, parecía embutido en un corsé debajo del chaleco.

Shaoran miró hacia el reloj de pie que había entre dos librerías, en la pared del fondo. Sin importar la hora que fuera, iba a decir que lo esperaban en otro sitio en media hora. Eran las tres y cuarto y, junto al reloj, estaba lord Wrenworth observando divertido a la multitud que rodeaba a Shaoran.

—¿Cómo? —Shaoran volvió a mirar al hombre encorsetado—. Se trata de buena suerte, el momento oportuno y una esposa que vale su peso en oro, querido amigo.

Su respuesta fue recibida con un silencio a mitad de camino entre el escándalo y el respeto. Aprovechó la oportunidad para levantarse.

—Les ruego que me excusen, caballeros. Me gustaría hablar un momento con lord Wrenworth.

«Mi hija me envía postales desde el Distrito de los Lagos. Me han dicho que lord Wrenworth también está allí.»

«Mi hija va a Escocia con un numeroso grupo de amigos, lord Wrenworth entre ellos, para pasar una semana.»

«Mi hija, cuando la vi la última vez en una cena, exhibía un par de pulseras de diamantes que no le había visto antes. Se mostró inusualmente evasiva respecto a su procedencia.»

La señora Kinomoto se había mostrado muy pródiga en sus elogios de lord Wrenworth —«un hombre con el que todos los hombres quieren estar y al que todas las mujeres quieren cautivar»—, pero casi no había exagerado. El hombre parecía elegante sin esfuerzo, a la moda sin esfuerzo y tranquilo y sereno sin esfuerzo.

—Ha congregado a toda una multitud, milord Li —dijo lord Wrenworth con una sonrisa mientras Shaoran y él se estrechaban la mano—. Es objeto de enorme curiosidad por estos lares.

—Ah, sí, la última incorporación al circo, etcétera —respondió Shaoran—. Señor, es usted afortunado de estar tan bien situado que no necesite ensuciar su mente pensando en el comercio.

Lord Wrenworth se echó a reír.

—En cuanto a eso, milord, está muy equivocado. Los caballeros ricos necesitan dinero en igual medida que los caballeros pobres; tenemos unos gastos mucho mayores. Pero me atrevería a decir que su éxito material alimenta solo una parte de la curiosidad colectiva.

—Déjeme que lo adivine; se trata de ese pequeño asunto del divorcio.

—A falta de un buen asesinato a la antigua usanza, un divorcio emparejado a acusaciones de adulterio es lo mejor que cualquiera puede esperar, cuando se está de humor para algunos chismorreos entretenidos.

—Desde luego. ¿Qué ha oído decir?

Lord Wrenworth enarcó una ceja, pero procedió a responder a la pregunta de Shaoran.

—Tengo la suerte de contar con un batallón de cuñadas. Una, que cuenta con fuentes absolutamente fidedignas, declara que está usted dispuesto a aceptar una anulación siempre que lady Li le entregue la mitad de su fortuna y prometa viajar al lugar donde ella pasará la noche de bodas en su buque insignia de lujo.

—Interesante porque no me ocupo del tránsito de pasajeros.

—Debe de estar usted en un error —dijo lord Wrenworth—. Aunque, por supuesto, otra de las hermanas de lady Wrenworth, con fuentes igualmente fidedignas, insiste en que está a un paso de una gran reconciliación.

Shaoran asintió.

—Y usted está a favor del viejo statu quo. Quizá valga la pena que le informe de que lady Li está bastante molesta con usted, ella creía que era usted mejor amigo de lord Tsukishiro.

—Entonces no sería tan buen amigo de ella —replicó lord Wrenworth, hablando en serio—. Lord Tsukishiro, aunque es un hombre de una bondad irreprochable... Hablando del diablo... los aficionados a los rumores tendrán nuevos chismes que contar esta noche.

Señaló con la barbilla hacia la puerta. Shaoran se volvió y vio a un joven que se les acercaba. Aunque se encorvaba ligeramente, seguía siendo alto, algo más de metro ochenta. Tenía la cara redonda, la mandíbula fuerte y unos ojos limpios y sin complicaciones. En toda la estancia, los hombres dejaron lo que estaban haciendo y se quedaron contemplando abiertamente cómo avanzaba, dirigiendo su mirada de Shaoran al joven y viceversa, pero lord Tsukishiro permanecía ajeno al revuelo que había causado.

El joven le tendió la mano a lord Wrenworth.

—Lord Wren, encantado de verlo. —Tenía una voz melodiosa, sorprendentemente de basso profundo—. Estaba pensando en enviarle una nota. Lady Wren me preguntó hace un par de meses si pintaría un retrato suyo. Bien, le dije que no era muy bueno con los retratos. Pero estos días... bueno, usted ya sabe lo que sucede... parece que dispongo de mucho tiempo. Si sigue interesada...

—Estoy seguro de que le encantará, Yukito —dijo lord Wrenworth tranquilamente. Se volvió hace Shaoran—. Lord Li, ¿me permite que le presente a lord Tsukishiro Stuart? Yukito, lord Li.

Shaoran le tendió la mano.

—Es un placer, señor.

Lord Tsukishiro parpadeó. Se quedó mirando fijamente a Shaoran durante un segundo, como si esperara algo nefasto. Luego, tragó saliva y estrechó la mano de Shaoran con la suya, que era grande y un poco gordezuela.

—Oh, bien... Encantado, seguro, milord.

Por alguna razón, pese a todo lo que la señora Kinomoto le había escrito, Shaoran esperaba ver un espécimen de hombre de primera clase. Lord Tsukishiro no era ese hombre. Al lado de lord Wrenworth, parecía demasiado corriente, con un aspecto agradable, pero común y corriente, con ropa un par de años por detrás de la vanguardia de la moda y un porte sencillo.

—¿Es usted pintor, lord Tsukishiro?

—No, no, solo soy un aficionado.

—Tonterías —dijo lord Wrenworth—. Lord Tsukishiro es un pintor consumado para su edad.

Su edad; otra cosa que Shaoran no esperaba. Lord Tsukishiro no podía haber vivido más de veinticuatro inviernos; era una criatura, apenas lo bastante mayor para que empezara a salirle barba.

—Lord Wrenworth es demasiado amable —murmuró lord Tsukishiro. Shaoran vio que estaba empezando a sudar, pese al frío interior del club.

—Permítame que disienta —insistió lord Wrenworth—. Tengo una de las obras de Yukito en casa. Lady Wrenworth la admira mucho. De hecho, creo que lady...

De repente, lord Tsukishiro pareció presa del pánico.

—¡Wren!

Lord Wrenworth se quedó desconcertado.

—¿Sí, Yukito?

Lord Tsukishiro no consiguió encontrar una respuesta rápida.

—Yo... esto... lo he olvidado.

—¿Qué estaba a punto de decir, lord Wrenworth? —preguntó Shaoran.

—Solo que creo que mi madre política le rogó que se la regalara —dijo lord Wrenworth—. Pero lady Wrenworth se negó a separarse de ella.

—Oh —musitó lord Tsukishiro, con la cara de un color carmín que rivalizaba con las cortinas.

Los dos hombres mayores intercambiaron una mirada. Lord Wrenworth se encogió de hombros imperceptiblemente, como si no tuviera ni idea de lo que había motivado el estallido de lord Tsukishiro. Pero Shaoran lo había adivinado.

—¿Es lady Li, al igual que lady Wrenworth, una admiradora de su obra, lord Tsukishiro?

Lord Tsukishiro miró a lord Wrenworth en busca de ayuda, pero este decidió no involucrarse y dejó que lord Tsukishiro respondiera él sólito a la directa pregunta de Shaoran.

—Esto... lady Li siempre ha sido muy amable con... mis esfuerzos. Es una gran coleccionista de arte.

No era algo que Shaoran hubiera dicho de su esposa. Pero suponía que, posiblemente, en una sociedad enamorada de los estilos y temas clásicos de sir Tsukishiro Leighton y Lawrence Alma-Tadema, bien pudiera ser dueña de una de las mayores colecciones de cuadros impresionistas.

—Entiendo que aprueba las últimas tendencias en el arte, ¿me equivoco?

—Sí que las apruebo, señor. —Lord Tsukishiro se relajó levemente.

—Entonces debe venir a verme la próxima vez que esté en Nueva York. Mi colección es muy superior a la de lady Li, por lo menos en cantidad.

El pobre chico no sabía a qué atenerse y se preguntaba si le estaban tomando el pelo, pero decidió responder a la invitación de Shaoran como si se la hubiera hecho de buena fe.

—Será un honor, señor.

En aquel momento, Shaoran vio lo que Saku debía de haber visto en el muchacho: su bondad, su sinceridad, su buena disposición a pensar lo mejor de todas las personas que conocía, una disposición que nacía menos de la ingenuidad que de una nobleza innata.

Lord Tsukishiro vaciló.

—¿Va a volver a América pronto o se quedará con nosotros un tiempo?

También tenía valor para hacerle aquella pregunta directamente.

—Supongo que permaneceré en Londres hasta que se resuelva el asunto de mi divorcio.

El rubor de lord Tsukishiro superaba ahora a la paprika húngara, tanto en color como en intensidad. Lord Wrenworth sacó el reloj y miró la hora.

—Dios santo, tendría que haberme reunido con lady Wrenworth en la librería hace cinco minutos. Deben disculparme, caballeros. No hay en el infierno furia peor que la de una mujer a la que se ha hecho esperar.

Había que decir en su honor que lord Tsukishiro no salió corriendo, aunque el deseo de hacerlo estaba claramente escrito en su cara. Shaoran miró alrededor de la sala. De repente, crujieron los periódicos, se reanudaron las conversaciones, y los cigarros, que habían estado dejando caer cenizas en la alfombra escarlata y azul, encontraron de nuevo su sitio en los labios, bajo los bigotes.

Satisfecho de que la curiosidad desenfrenada e indecorosa de la sala hubiera quedado refrenada por el momento, Shaoran volvió a prestar atención a lord Tsukishiro.

—Entiendo que desea casarse con mi esposa.

El color desapareció del rostro de lord Tsukishiro, pero se mantuvo firme.

—Así es.

—¿Por qué?

—La amo.

Shaoran no tenía más remedio que creerlo. La respuesta de lord Tsukishiro rebosaba de la clase de claridad que nace de la más profunda convicción. No hizo caso de la punzada de dolor que sintió en el pecho.

—¿Y aparte de eso?

—¿Cómo dice?

—El amor es una emoción poco fiable. ¿Qué tiene lady Li que le hace pensar que no lamentará casarse con ella?

Lord Tsukishiro tragó saliva.

—Es amable, sensata y valiente. Comprende el mundo, pero no deja que la corrompa. Es magnífica. Es como... como... —No encontraba las palabras.

—¿Como el sol en el cielo? —ofreció Shaoran, suspirando en su interior.

—Sí, exactamente —respondió lord Tsukishiro—. ¿Cómo... cómo lo ha adivinado, señor?

«Porque en un tiempo yo pensaba lo mismo. Y, a veces, lo sigo pensando.»

—Pura casualidad —respondió Shaoran—. Dígame joven, ¿ha pensado alguna vez que quizá no sea fácil estar casado con una mujer como ella?

Lord Tsukishiro pareció perplejo, como un niño al que le permiten comer mucho helado cuando a él solo le dejaban tomar unas pocas cucharadas cada vez.

—¿Cómo?

Shaoran hizo un movimiento negativo con la cabeza. ¿Qué podía decir?

—No haga caso de las divagaciones de un viejo. —Le ofreció la mano de nuevo—. Le deseo mucha suerte.

—Gracias, señor. —Lord Tsukishiro parecía a la vez aliviado y agradecido—. Gracias. Igualmente.

«Que gane el mejor.»

La respuesta llegó casi a la punta de la lengua de Shaoran antes de que se diera cuenta de lo que estaba a punto de decir y se la tragase entera. No podía ser que quisiera decir en serio nada que se acercara a aquello. Ni siquiera podía haberlo pensado. No la necesitaba. No quería que volviera con él. Eran solo los restos del naufragio que quedaban en su mente, arrojados a la playa por un súbito brote de posesividad masculina.

Saludó con un gesto a lord Tsukishiro y a otros hombres, recuperó el sombrero y el bastón, y salió del club para encontrarse con una bella tarde. Todo estaba mal. El cielo debería haber sido amenazador, el viento, frío, la lluvia, violenta. Se habría alegrado de un tiempo así, habría recibido con los brazos abiertos la incomodidad de quedar empapado y el aislamiento de un aguacero helado.

En cambio, debía soportar aquel sol implacablemente bello de un día de principios de verano y escuchar el gorjeo de los pájaros y las risas de los niños mientras todos sus argumentos lógicos y cuidadosamente construidos amenazaban con derrumbarse a su alrededor.

Saku se equivocaba. No había sido por Theodora. Nunca había sido por Theodora. Siempre había sido por ella.

Saku le estaba causando problemas a Victoria.

—Duque de Perrin. —Frunció el ceño—. ¿Cómo es que lo conoces?

Esta no era la reacción que Victoria esperaba de Saku. Había mencionado al duque solo de manera muy casual mientras trataba de convencer a Saku de que pasara algún tiempo fuera de Londres.

—Da la casualidad de que es mi vecino. Nos conocimos durante uno de sus paseos diarios.

—Me sorprende que le permitieses que se presentara. —Una doncella con blusa blanca, falda negra y un largo delantal de peto se acercó y les llenó los vasos con agua mineral. Victoria lo había arreglado para que se encontraran en un salón de té para señoras. No confiaba en que los sirvientes de Saku no contasen chismes—. Pensaba que, por lo general, te mantenías lejos de canallas y libertinos.

—¡Canallas y libertinos! —exclamó Victoria—. ¿Qué tiene eso que ver con su excelencia? Es muy respetado, para que lo sepas.

—Tuvo un accidente de caza, casi mortal, hace unos quince años. Después de eso se retiró de la sociedad. Y para que lo sepas, hasta entonces había sido un auténtico libertino, un jugador y un réprobo de la cabeza a los pies.

Victoria se llevó la servilleta a los labios para disimular que se había quedado boquiabierta. El duque había sido su vecino cuando ella era joven. Y volvía a ser su vecino ahora. Pero tenía que admitir que no tenía ni idea de lo que había hecho durante los más de veinte años que habían pasado.

—Bueno, no puede ser peor que Carrington, ¿o sí?

—¿Carrington? —Saku se la quedó mirando fijamente—. ¿Por qué lo comparas con Carrington? ¿Estás pensando en casarte con él?

—¡No, desde luego que no! —negó Victoria acaloradamente. Al instante siguiente, deseó no haberlo hecho, porque Saku la miraba con el ceño fruncido, suspicaz.

—Entonces, ¿qué haces invitándolo a cenar? —Su voz se volvía más estridente a cada palabra—. Dime que no estás planeando alguna locura para convertirme en la próxima duquesa de Perrin.

Victoria suspiró.

—No hay ningún mal en ello, ¿verdad?

—Madre, creo haberte dicho ya que voy a casarme con lord Tsukishiro Stuart, una vez que me haya divorciado de Li. —Saku habló lentamente, como si se dirigiera a un niño muy lerdo.

—Pero no podrás divorciarte hasta dentro de un tiempo —señaló Victoria, sensatamente—. Tus sentimientos hacia lord Tsukishiro pueden haber cambiado para entonces.

—¿Me estás llamando voluble?

—No, claro que no. —Cielos, ¿cómo se le explica a una chica que su futuro esposo tiene menos cerebro que un mosquito?—. Solo digo que, bueno, no creo que lord Tsukishiro sea el hombre más adecuado para ti.

—Es bueno, amable y cariñoso, y no tiene absolutamente ningún vicio. Me quiere mucho. ¿Qué otro hombre puede ser mejor para mí?

Caramba. Aquella chica la estaba poniendo a prueba.

—Pero tienes que pensarlo con mucho cuidado. Eres una mujer inteligente. ¿De verdad puedes respetar a un hombre que no posee la misma perspicacia?

—¿Por qué no acabas de una vez y dices que es corto de entendederas?

Muchacha estúpida.

—De acuerdo, creo que es corto y que tiene un cerebro más espeso que el pudin Nesselrode. Y no puedo soportar la idea de que te cases con él. No te llega ni a la suela del zapato.

Saku se levantó con calma.

—Me alegro de haberte visto, madre. Te deseo una estancia agradable en Londres. Lo lamento, pero no podré ir a Devon la semana que viene ni la siguiente ni la de después. Buenos días.

Victoria resistió el impulso de ocultar la cara entre las manos, estaba desconcertada. Había tenido mucho cuidado en no mencionar a Shaoran ni criticar a Saku por la petición de divorcio. ¿Y ahora tampoco podía afirmar algo obvio relativo a lord Tsukishiro?

Saku llegó a casa echando humo. ¿Qué le pasaba a su madre? Había pasado un milenio desde que Saku acabó por aceptar la falta de sentido de un título. Pero la señora Kinomoto seguía aferrada a la ilusión de que una corona de hojas de apio curaba todos los males. Fue a buscar a Creso. Nada ni nadie la sosegaban como hacía Creso, con su comprensión paciente y su afecto constante. Pero Creso no estaba en su habitación ni en la cocina, donde iba en ocasiones cuando recuperaba el apetito.

De repente, sintió un escalofrío de miedo.

—¿Dónde está Creso? —le preguntó a Wei—. ¿Está…?

—No, señora. Está bien. Creo que está con lord Li en el invernadero.

Así que Shaoran había vuelto de dondequiera que hubiera estado la semana anterior.

—Muy bien. Iré a rescatarlo.

El invernadero se extendía casi a todo lo ancho de la casa. Desde el exterior, era un oasis de verdor, incluso en los días más grises del invierno; las parras y las frondas de los heléchos tejían una cascada verde al otro lado de las paredes de cristal. Desde el interior, la estructura permitía ver sin impedimento la calle y el parque que había más allá.

Shaoran estaba desparramado, de forma poco elegante, en un sillón de mimbre al fondo del invernadero, con los brazos extendídos sobre el respaldo del sillón y los pies, descalzos, apoyados en una otomana de mimbre delante de él. Creso estaba tumbado, roncando, junto a él.

Shaoran estaba de perfil a ella, aquel perfil fuerte, perfecto, que antes que tanto le había recordado a la estatua del Apolo de Belvedere. Apartó la mirada de las ventanas abiertas al oír que se acercaba, pero no se levantó.

—Milady Li —dijo, con burlona cortesía.

Ella no le hizo caso, cogió a Creso —que se debatió y resoplo para luego acomodarse en sus brazos y seguir con su siesta— y dio media vuelta para marcharse.

—Esta tarde, en el club, me han presentado a lord Tsukishiro —dijo su esposo—. Fue un encuentro edificante.

Ella se volvió como un rayo.

—Déjame que lo adivine. Encuentras que tiene tanta inteligencia como un huevo duro.

Que se atreviera a decir lo contrario. Tenía ganas de darle una bofetada a alguien. A él.

—No encontré que fuera una persona elocuente ni de mundo. Pero no era esa la intención de mi comentario.

—¿Cuál era esa intención, pues? —preguntó ella, desconfiada.

—Que sería un esposo excelente para cualquier mujer. Es sincero, firme y leal.

Saku se quedó estupefacta. Gracias.

La mirada de Shaoran volvió al mundo exterior. Una brisa agradable invadió el invernadero, alborotándole el pelo, liso y espeso. Los carruajes que abandonaban el parque se agolpaban ahora calle abajo. El aire resonaba con las llamadas de los cocheros, advirtiendo a sus caballos y a los demás cocheros que tuvieran cuidado con el atasco.

Al parecer, la corta conversación había tocado a su fin. Pero el asombroso elogio que Shaoran había hecho de Yukito había abierto una oportunidad que no podía dejar pasar.

—¿Harás lo que es honorable y me liberarás de este matrimonio? Quiero a Yukito y él me quiere a mí. Deja que nos casemos mientras todavía somos jóvenes para forjar una vida juntos.

En su perfecta inmovilidad percibió una súbita rigidez.

—Por favor —dijo Saku lentamente—. Te lo ruego. Devuélveme la libertad.

La mirada de Shaoran siguió fija en la marea cotidiana de faetones y birlochos, la exhibición del orgullo y la vanidad de Inglaterra.

—No he dicho que sería un buen marido para ti.

—¿Y qué sabrás tú de lo que es ser un buen marido para alguien? —Lamentó las palabras en cuanto salieron de su boca. Pero no había manera de retirarlas.

—Absolutamente nada —reconoció él, sin vacilar—. Pero por lo menos vi algunos de tus defectos. Te encontraba interesante y atractiva pese a ellos o, quizá, debido a ellos. Lord Tsukishiro adora el suelo que pisas, porque tú tienes la clase de fuerza, resistencia y carácter con la que él solo puede soñar. Cuando te mira, solo ve el halo que ha creado a tu alrededor.

—¿Qué hay de malo en ser perfecta a los ojos de mi amado?

Sus miradas se encontraron.

—Lo miro y veo a un hombre que cree que, en esta casa, vamos a ser tan castos como Dios Padre y María. ¿Sabe que lo estás protegiendo de la verdad? ¿Sabe que unas cuantas mentiras enormes al servicio del amor no significan nada para ti? ¿Sabe que tu fuerza puede llegar a la crueldad más despiadada?

Saku habría escupido en el suelo, de no haber sido educada por Victoria Kinomoto.

—Te miro y veo a un hombre que sigue anclado en 1883. ¿Ese hombre sabe que ya han pasado diez años? ¿Sabe que yo he seguido adelante, que es él quien se muestra implacable y cruel ahora? ¿Y de verdad cree que pienso decirle al hombre que amo que voy a ser fecundada por otro, en contra de mis deseos?

Alguien se rió a lo lejos, una risita aguda, femenina. Creso gimió y rebulló en sus brazos. Lo estaba aplastando con la rigidez de su abrazo. Soltó un suspiro entrecortado y obligó a sus músculos a relajarse.

Él se llevó dos dedos a la sien derecha.

—Haces que suene muy feo, querida. ¿No crees que me merezco sacar algo de este matrimonio antes de que saltes a tu «felices para siempre»?

—No lo sé —dijo ella—. Y no me importa. Lo único que sé es que Yukito es mi última oportunidad de ser feliz en esta vida. Me casaré con él, aunque tenga que convertirme en lady Macbeth y destruir a todos los que se crucen en mi camino.

El entrecerró los ojos. Tenían el verde oscuro de un bosque de pesadilla.

—¿Preparándote para volver a tus antiguas tretas?

—¿Cómo puedo tener escrúpulos cuando tú no dejas de recordarme que no los tengo? —Su corazón era un pantano de amargura, hacia él y hacia ella misma—. Empezaremos nuestro único año esta noche. No más tarde. No cuando tú tengas, finalmente, ganas. Esta noche. Y no me importa lo más mínimo que tengas que pasarte el resto de la noche vomitando.

El se limitó a sonreír.