Harry Potter es propiedad de JK Rowling.
→ Espero que disfruten de la lectura.
Clavel rosa
—Walburga Black—
Es curioso que Sirius se haya demorado bastante tiempo en hacer magia accidental, no obstante, no lo ha considerado importante.
Su primogénito ha tenido cuatro años cuando ha catapultado el dragón de peluche de su hermano menor por la ventana que da a la calle, dejando al pequeño Regulus lloriqueando ante la ausencia de este. Walburga ha estado dividida en cuanto a la reacción que debe tener; por un lado está orgullosa que su hijo no sea un inmundo squib, por otro quiere regañarle por molestar a su hermano menor por quinta vez en lo que ha ido de la tarde.
Desde que Sirius ha nacido ha aprendido que ser una madre ejemplar es más complicado de lo que se ve.
El primer reto que ha enfrentado son las horas de sueño interrumpidas en los momentos más frustrantes. Ella ha amado los sueños de belleza, lo que ha llevado a cabo en las horas que ha elegido pertinentes, dándoles una sanción ejemplar a Cygnus y Phineas si la han llegado a despertar. Afortunadamente Orión es un esposo muy complaciente que no hace ningún ruido si Walburga se lo pide.
Ha tenido que resignarse a dormir en los instantes en que Sirius también lo ha hecho, lo que ha podido ser o bien entrada la noche o muy temprano. Orión, por su parte, ha tenido su propia dosis de infortunio. Los papeles que ha estado organizando han sido profanados con crayones y marcas de manos embarradas con tintas.
—Ojalá que Sirius no sea tan problemático cuando crezca —dice Walburga.
Orión se espabila al escuchar la voz de su esposa. Ambos se encuentran en el despacho de Orión, haciendo los últimos preparativos para el baile que organizará Walburga la semana entrante.
—El tiempo lo dirá —dice Orión, dando otro sorbo al café cargado que ha preparado. Dos hijos es el máximo para ellos—. ¿A quiénes más debemos invitar? Nuestros familiares están en la lista, también el resto de las familias del Sagrado Veintiocho y los funcionarios de los altos cargos del Ministerio de Magia que están dentro de tus estándares. ¿No hay ninguno más?
Walburga lo piensa durante casi dos minutos.
—Si no los incluimos en la primera revisión, no es imperativa su presencia.
Orión da un asentimiento y continúa redactando las invitaciones. El silencio es apreciado en el Número Doce de Grimmauld Place, ya que las mejores ideas surgen cuando solo se escuchan los pensamientos de la persona pero con hijos se ha vuelto el peor de los enemigos que nunca ha pisado la mansión. La semana pasada Walburga se ha echado una pequeña siesta por cinco minutos mientras ha disfrutado de la paz y tranquilidad; sin embargo, ha sido demasiado silencio. Se ha despertado solamente para encontrar la casa desordenada, con la vajilla quebrada y los retazos de la cortina nueva hecha jirones.
Como no ha podido descubrir quién ha sido el causante, Orión simplemente les ha dado una ligera advertencia a sus hijos y les ha asegurado que una travesura de esta magnitud no será tolerada por segunda vez. Los niños, en cambio, se han ido de la sala de estar sin preocuparse por el mundo.
Es irónico que hasta ahora haya aprendido a valorar los minúsculos detalles que ha pasado por alto. Dejando a su esposo en la ardua labor, se retira del despacho para asegurarse que los niños se hayan quedado donde los ha dejado. Aunque técnicamente imposible que Regulus se salga de la cuna sin recibir ayuda de alguno de sus padres o de Kreacher, no está de más asegurarse que un muy travieso Sirius no haya averiado el ensamblaje del mueble, de nuevo.
—Mamá —dice Sirius. El niño está caminando a prisa por los pasillos tratando de alcanzar a su madre; una vez que ha llegado a donde está, tira de la parte inferior del vestido de Walburga—. Estoy aburrido. Quiero jugar.
Walburga se encoge de hombros.
—¿Y qué hay de los crayones que te compré?
—Se perdieron.
Esta es la habitual excusa de Sirius cada vez que no encuentra lo que sea que haya obligado a sus padres a comprar. Los galeones de la bóveda familiar puede comprar otro artículo y de muchísima mejor calidad que el anterior, sin embargo, Walburga no está educando a un mago para que derroche la fortuna Black por simple capricho. Pólux se ha encargado de inculcar en la mente de Walburga que la fortuna Black no será eterna si todos sus integrantes la gastan en las nimiedades más insignificantes que hayan.
¿Pero cómo se lo tiene que decir para que lo aprenda? No quiere llevar la cuenta de la cantidad de objetos que Kreacher ha tenido que buscar en la casa porque alguno de los niños los ha extraviado y, obstinadamente, no han querido un sustituto. Regulus, el mes pasado, ha dejado por ahí su manta favorita y Kreacher ha puesto patas arriba el Número Doce de Grimmauld Place para encontrar y Regulus finalmente pueda dormir.
—Deberías tener más cuidado. —Una advertencia no está de más. Sirius asiente, empieza a correr hacia la habitación de Regulus— y deja a Regulus dormir. Él no tiene la culpa que seas tan impaciente para esperar que se despierte.
—Ya está despierto —le dice alegre, como si hubiese ignorado la última frase—. Y duerme mucho —añade, en una queja.
—Tú eras igual. Y te llevaré a la tienda de madame Malkin, necesitas una túnica nueva.
Sirius hace una mueca de disgusto y se sienta en el suelo, cruzando los brazos a la altura del pecho. Su primogénito está a punto de hacer una rabieta ante la idea de pasar tres, cuatro o cinco horas en búsqueda de la túnica perfecta que le combine con el resto del atuendo que le ha comprado. Le divierte que Sirius intente escabullirse; no importa qué tan rápido huya, Walburga siempre es más rápida que él.
—¿Otra? —protesta Sirius, en un tono que le advierte que está a unos segundos de empezar—. Tengo muchas. Me aburro con madame Malkin.
—No te estoy pidiendo tu opinión —dice, complacida ante el bufido de exasperación que ha proferido Sirius. Ya crecerá y aprenderá a valorar la importancia del aseo personal. Por ahora, es responsabilidad de ella y solo de ella que sus hijos estén más que presentables—, te estoy informando que vas a ir.
Sirius hace un mohín, disgustado.
—No voy a ir y no me vas a obligar.
Walburga levanta una ceja y ladea la cabeza al extremo contrario, con las manos en la cadera.
Eso es lo que él piensa.
CLAVEL ROSA:
→ Simboliza el amor de una mujer o de una madre.
