Code Geass R3: VenganZe!

Juego Número Diez: El secuestro.

"Los jóvenes de hoy aman el lujo, desprecian la autoridad y tiranizan a sus maestros". Así opinaba Sócrates hace dos mil cuatrocientos años. ¿Tendría razón?

Probablemente si levantara la cabeza y viera en lo que se ha convertido la sociedad a la que él aportó tanto, volvería a rogar a los atenienses que acabaran con su vida.

Un cigarrito y un trago a la botella de dos litros de Coca-Cola a la hora del desayuno –leyó Henry de su cuaderno.

– Señor Hess, ¿seguro que entendió el ejercicio que les pedí hacer en casa? –Preguntó la profesora con aire confundido.

– "Di qué dos cosas echarías de menos en una isla desierta" –repitió el enunciado del ejercicio que debían haber realizado en casa para la asignatura de Español–. Creo que he contestado lo que me han pedido, maestra. Sin tabaco y Coca-Cola no soy persona.

La mujer, que era increíblemente parecida a un sapo cogió el boli rojo de la desgracia y dibujó una triste carita llorosa en la casilla destinada a las valoraciones de éste desdichado alumno. Henry Hess era, con diferencia, el alumno más estrafalario de cuantos estaban matriculados en el St. Mary. Era bromista a más no poder, descarado sin igual y un holgazán de la vieja escuela que lograba pasar de curso por muy poco cada año; lo que se dice un pieza.

– Vale. Pasemos al señor Brighella. Señor Brighella: ¿Cuales serían las cosas que más echaría usted de menos en una isla desierta?

El castaño se apartó el flequillo de la cara y bajó la vista a la libreta de Español, que además utilizaba para Matemáticas, Biología, Historia, Arte, Literatura, Física y Química.

Las dos cosas que más echaría de menos en una isla desierta serían mis hermanos pequeños – contestó sin la más mínima emoción.

Mercy murmuró algo a la chica rubia de al lado, Maria, y ésta se rió en voz baja. Dante nunca les había hablado de que tuviera ningún hermano, por eso estaba un poco sorprendida de esa respuesta. A decir verdad, nunca les había hablado de ningún miembro de su familia ni nada así. El joven había sido muy prudente procurando no dar ningún dato sobre ningún pariente suyo, ya que un mínimo desliz supondría el más grande de los desastres.

Muy bien señor Brighella, veo que usted sí que ha prestado atención a mis clases y que se preocupa por aprenderse la gramática y el vocabulario; lástima que su amigo no. Señorita Blue, ahora usted, ya que tiene tantas ganas de hablar; ejercicio veintitrés.

Henry, al igual que había hecho su hermana momentos antes, amortiguó una risa, acto por el que se ganó una mirada iracunda de la profesora con cara de sapo. Las miradas de Dante comparadas con las de ella no pasaban de amistosas. Era algo increíble: si las miradas mataran, ella daría clase a cuerpos en descomposición.

XXX

Había pasado ya un mes desde que Dante e Ina fueron a visitar a la madre y al abuelo del primero en Eneida. Durante todo ese tiempo los asesinatos no cesaron, mas al contrario aumentaron. La pizarra de la unidad de Nagisa ya estaba muchísimo más llena que cuando empezaron con el caso, casi a rebosar. Dentro de muy poco tiempo haría falta que Volkova armara otra con las nuevas pistas que habían logrado recolectar.

– Hay innumerables razones para no dar respaldo a la teoría de que el asesino es un sicario profesional –dijo a sus compañeros apuntado con un láser al panel repleto de fotografías y documentos.

– ¿Y cuales son? –preguntó Kadogawa– Creo que está bastante claro que no estamos tratando con un tío normal con una mundana escopeta. Está completamente claro que es un puto profesional.

– Si con eso quieres decir que tiene estilo, no te lo niego –repuso, y apuntó con el señalador que llevaba en la mano a una foto de un casquillo de bala–, pero deja que te exponga mi punto de vista.

– Por favor, Volkova –pidió Nagisa.

Éste carraspeó para ganarse la atención de aquellos (o mejor dicho aquella, Elin) que no le estaban haciendo caso, y se preparó para mostrar su teoría maestra de por qué aquél hombre no era más que un involucrado en la causa.

– Razón número uno: es un asesino que sólo mata en los fines de semana. Un asesino profesional, como indica su nombre, tiene el matar por oficio. ¿Qué sicario se dedica sólo a asesinar en fines de semana, cuando no hay trabajo o clases? Razón número dos: no usa balas adecuadas para las misiones. Un asesino de verdad, profesional como decís algunos, utiliza munición fina o sofisticada, o dicho de otro modo: fácil de adquirir, que mate rápido y que no lesione mucho el cuerpo del blanco. Éste tipo utiliza para sus trabajos munición blanda que, literalmente, revienta el tío al que dispara, dejándolo todo perdido de sangre. Como veréis lógico, un asesino profesional, que vive de la muerte ajena, cuida bien sus espaldas para que no le pillen, y es por eso que nunca dejará un escenario lleno de sangre, tripas, órganos vitales, astillas de hueso y pedazos de cerebro tirados por tierra. Uno de los principios de ésta gente es que el escenario debe modificarse lo menos posible durante un acto: lo único que debe delatar el crimen es el cadáver del objetivo; nada más. Otro punto a mi favor –añadió después de estar un tiempo en silencio– es la fuerza empleada cuando mató a Giannino Ribera y a los otros tres decapitados cuando los sujetaba para cortarles la cabeza. Una persona sin ningún vínculo emocional no hubiera tenido problema alguno para cortarlos sin hacerles daño, pero él hizo tanta fuerza con el pulgar sobre la nuez que acabó por partirsela. Eso denota rabia y...

– Hay otros muchos datos que demuestran que sí es profesional –interrumpió Kadogawa–, como por ejemplo la arena que encontraron los científicos en todos los escenarios del crimen: con ese tipo de arena se rellenan las bolsitas que los tiradores del ejército utilizan para apoyar las armas y así apuntar mejor. Su puntería es excepcional, y sus armas denotan cierto nivel. No me irás a decir ahora que es un aficionado, ¿verdad?

– Un aficionado no –volvió a negar–, pero sí poco experimentado. Desde luego no le tiembla el pulso, pero le falta mucho por aprender. Como aquél que dice, acaba de empezar con esto.

– Hablas como un auténtico asesino a sueldo –observó Nathan O'Neill.

¿Quién te ha dicho que no lo soy? Torció una sonrisa, bajó la vista al suelo y se sentó en su silla, de cara al pizarrón como antes. Nagisa se puso de pie frente a todos ellos, como una profesora a punto de dar clase después de haber hecho uno de sus alumnos una exposición. Traía cara de pocos amigos.

– Acabo de recibir un mensaje importante. En él se me informa de que se ha creado un grupo de cuarenta personas destinadas a ayudarnos en la tarea de encontrar al shooter y a cualquier miembro de la Real Orden de Caballería. Efectivamente, nos acaban de ascender: somos la primera defensa de Britannia contra el terrorismo. Mañana mismo llegarán a la Sede. Daos cuenta que no son cualquiera, sino que han sido seleccionados a dedo por Zero. Espera que nos llevemos bien con ellos ya que al parecer colaboraremos durante mucho tiempo.

– ¿Cuáles serán exactamente sus funciones? –preguntó la hermosa sueca.

– Harán nuestro trabajo sucio: arrestos, interrogatorios... esas cosas.

– Terrorismo de estado; seguro.

– ¿Perdón, Volkova? –Alzó la voz la japonesa.

– Se ve a la legua que quieren que con ellos practiquemos el terrorismo de estado, es decir: matar, coaccionar y secuestrar a posibles terroristas. Blanco y en botella...

– No siempre es leche –cortó tajante Elin–. Sólo es una unidad especial. No sé en qué te basas para asegurar esas cosas.

– Si no me equivoco, señorita Nagisa –profirió el ruso-alemán–, creo que el mensaje de Zero no acaba ahí. ¿Tendría la amabilidad de acabar de leerlo?

Desconcertada, se guardó el móvil en el bolsillo de la chaqueta y apretó los puños. Intentó aparentar confianza, pero no podía. ¿Cómo diablos sabía que ahí no acababa el comunicado, que ese mensaje tenía otra parte más peliaguda?

– Si recuerdo bien, decía algo así como "Parámetros de fuerza que debes usar: Ninguno. Estáis autorizados a todo, incluso a suprimir posibles molestias". ¿Me equivoco?

– ¿Cómo tú...?

– Lo he leído gracias al reflejo de las gafas de O'Neill.

Todas las miradas se clavaron en el britannian de melena rubia desaliñada, que se subía las gafas justo en el instante en el que lo nombraron. Empezó a reír de manera socarrona y reveló:

– ¡Parece que yo no era el único al que le interesaba ese mensaje! ¿Eh, Volkova? –Se carcajeó.

– Desde luego que no. Y ahí está la prueba de que si los aceptamos vamos a meternos en un jardín que no es el nuestro.

– La unidad está bajo mi total control, Aleksander –aseguró–. Bajo mis órdenes nadie matará a nadie a no ser de que sea estrictamente necesario, y espero que no lo sea nunca, ya que no me gusta segar vidas. Bajo mi supervisión, el Grupo Antiterrorista de Protección, que es como se llama, nos ayudará a agilizar las cosas. Y mucho. ¿Alguna pregunta más?

Todos levantaron los brazos como niños, y se pasaron casi tres horas haciendo y contestando cuestiones; unas importantes y otras no tanto. A pesar de dar muchas explicaciones, a cada cual más convincente, a Volkova no le entraba en la cabeza aquello del Grupo Antiterrorista. Había estado destinado en muchos sitios, y siempre que un mando creaba un grupo destinado a reforzar otro u ocuparse del "trabajo sucio" estaba claro que eran asesinos de no terroristas, sino sospechosos de serlo. Y daba la casualidad de que todos acababan mal.

XXX

Dante se dispuso a volver solo al Castillo Alighieri cuando Mercy (como siempre) lo hizo parar para acoplarse. Parecía más ufana de lo normal. No tenía ni idea del por qué, pero tampoco le interesaba demasiado.

– Así que tienes hermanos... ¡Vaya! Nunca lo hubiera dicho. No te imagino como el típico hermano mayor que se pasa el día ayudando a sus hermanitos a hacer los deberes y protegiéndoles del peligroso mundo que les envuelve. Te veía más como hijo único, como yo –declaró.

– Bueno, en cierto modo no te equivocas, hace mucho que no los veo –reveló, no muy seguro de si aquella sinceridad le acarrearía algún futuro problema.

– ¿Por qué? ¿No vives con ellos?

– No. Ellos viven con mis padres en Pendragón, y yo aquí en casa de un familiar.

– ¿Un abuelo o algo así?

Sonrió. Menos mal que Harpman no ha oído ésto, porque se hubiese puesto hecho una auténtica fiera.

– Sí, podría decirse que más o menos has acertado.

La morena esbozó una sonrisa de oreja a oreja, y caminó en silencio durante un ratito. Al fin, se llenó de valor e hizo la pregunta que tanto le costaba plantear. Es más, no sabía si debía plantearla.

– Dante, ¿tienes novia? –Preguntó muy cortada.

Al oír esas palabras casi se tropezó con una baldosa medio rota de la acera. ¿A qué demonios viene eso?

– No. ¿Por qué lo dices? –Atinó a responder.

– Henry me ha dicho que sí, que es una chica con una voz muy dulce, y que pasaste todo el sábado con ella.

– Ya sabes como son los Hess: son unos completos exagerados. No tengo novia, esa chica simplemente era una amiga.

– ¿La conozco?

– Fuiste tú quien me la presento. El sábado lo pasé con Yúlia Nanjo como buenos amigos que somos.

¡Diablos! ¡Maldito el día en que te la presenté! Aparte de ser inteligente y estar muy buena (como yo) es rica. ¿Quién diablos puede competir contra eso?

– ¿Seguro que sólo como amigos? –Insistió.

– Sí, sólo como amigos. ¿Por qué lo preguntas? Pareces muy interesada.

– ¡Arrogante! Que sepas que tengo novio. Y es...

– Henry me ha dicho que habéis roto. Más bien me ha dicho que él ha roto contigo porque te ibas con otros en las fiestas o tal.

– Sí, bueno. ¿Me dejas acabar? Como iba a decir... tengo novio. Es Richard Maximus. Empecé a salir con él dos días antes de acabar con Henry. Es un chico muy majo.

– Pues a mi me parece un estúpido, un gilipollas, un arrogante, un imbécil y un superficial. Además me cae muy mal.

La morena tragó saliva. ¡Glups! No me esperaba que mi estrategia para ligármelo a base de darle celos surtiera efecto tan rápido. Seguiré picándolo...

– Si lo conocieses te caería fabulosamente –actuó.

– Si conociéndolo poco me cae mal... ¿Cómo me va a caer mejor conociéndolo más? Tú que eres buena en matemáticas deberías saber lo fácil que es de entender esa regla de proporcionalidad.

– A veces eres muy cerrado de mente. ¿No te lo habían dicho nunca? –Preguntó sin esperar respuesta.– Deberías ser más abierto a amistades.

– Sí, pero no a esas –zanjó el castaño.

Medio ahora después ya había llegado a Alighieri, en donde debía encontrarse con un invitado especial cuyo nombre Harpman había preferido guardar en secreto. A pesar de su silencio, él y los dos mayordomos ya habían hecho sus apuestas.

Ya estaba en el jardín cuando se topó con Horatio el pelirrojo, quien ayudaba al jardinero a regar los rosales mientras silbaba una alegre melodía. Le preguntó en qué lugar de la casa estaba el invitado, y si ya sabía quién era. Él negó con la cabeza.

– No, no lo sé aún, Su Alteza. Sin embargo, conozco donde está reunido con el ex-conde: en el jardín de atrás.

– Muchas gracias, Horatio.

Subió a su cuarto, dejó tirada de cualquier manera la mochila y bajó a la cocina, en donde cogió una lata de Coca-Cola; luego fue al jardín a atender a su invitado. Caminó hasta la mesa y las sillas de plástico en las que estaban sentados. Sus ojos no podían dar crédito a lo que estaba viendo.

En el lado derecho de la mesa, con un peso aproximado de setenta kilogramos y una altura de más o menos un metro ochenta... ¡El ex-conde Virgil Harpman! En el izquierdo, con un peso aproximado de ciento cincuenta kilos, una altura de dos metros diez (casi veinte) y dos brazos más anchos que el cuerpo del viejo aristócrata... ¡El invitado sorpresa!

– Es una descortesía mirar de esa manera a las personas, y de mucha más descortesía es irrumpir en una conversación sin ni siquiera saludar al personal –pronunció el invitado sorpresa con un claro acento escandinavo.

Llevaba un traje negro impecable, hecho a medida (como no podía ser de otra forma), y unos zapatos italianos relucientes, también hechos en exclusiva para sus pies. Su piel era blanca como el marfil, y sus ojos azules como un despejado cielo estival. A pesar de su altura y su peso, no estaba gordo, aunque sí muy musculado. Sus pectorales se marcaban en la camisa negra que llevaba. Parecía haber sido sacado de la mitología de las viejas Grecia y Roma.

– Siéntate, por favor, Dante.

El gigante rubio se presentó al tercer invitado nada más tocar la silla.

– Mi nombre en clave es Señor Azul y he venido para recoger las opiniones de cada uno de los miembros de la División respecto a un tema muy candente en nuestro círculo. Espero que vosotros también utilicéis vuestros nombres en clave en las reuniones para evitar problemas.

– Me parece una tontería eso de los nombres en clave, si de todas formas nos conocemos. Conozco al ex-conde, y también sé tu nombre, te llamas Jonas y eres...

– No sigas –paró el europeo, visiblemente enojado–. Los nombres en clave fueron establecidos por los miembros fundadores, como creo que comprenderás, sería inapropiado que perdiéramos esas viejas y bonitas costumbres que han hecho que la organización dure más de tres siglos. ¿No cree, Señor Morado? –Virgil Harpman asintió no muy conforme– ¿Has entendido, Señor Rojo?

Dante gruñó un casi inaudible "Sí" y preguntó al Señor Azul sobre qué debían votar aquella vez. Éste abrió su maletín y dejó sobre la mesa un par de folios amarillos, casi como de pergamino, en los que habían una serie de anotaciones hechas en su mayoría a pluma. El documento tenía el ilustrativo título de ¿Qué medidas deberían aplicarse en caso de que Lelouch estuviese vivo?

– Escribe aquí tu opinión, debajo de las demás –señaló un trozo sin garabatear.

Harpman le tendió una pluma estilográfica plateada con detalles en oro para que escribiera lo que quisiera. Antes de eso, leyó algunas opiniones anteriores. Las había largas (Señor Marrón– "Éste sujeto de tener el geass realmente podría suponer el siguiente eslabón de la cadena evolutiva. De su ADN y su 'don' podríamos sacar suficiente información genética como para crear nuestra propia raza sucesora, una mejorada en todos los campos y con habilidades especiales. Podría tener usos interesantes en la bioquímica, la biomecánica, la biofísica, la medicina, e incluso la zoología, puesto que...") y cortas (Señora Rosa– "Torturarlo hasta hacerlo cantar y luego matarlo"), pero todas ellas compartían algo: ningún miembro de la División había planteado el aliarse con él de ninguna forma.

Fue leyendo una a una todas las opiniones hasta llegar a la del ex-conde, que simplemente había escrito: Señor Gris– "Situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas".

En esa frase encontró la inspiración necesaria para crear la suya, considerablemente más corta que ninguna otra: Señor Rojo– "Aliarnos". Pasó el papel a ras de la mesa a Jonas, quien lo miró con extrañeza y al fin asintió y lo metió de nuevo en el maletín.

– Bien, ya ha quedado clausurada la reunión –informó el anciano–, ahora supongo que podremos llamarnos por nuestros nombres. ¿Es o no es, Jonas Palmgren?

– Efectivamente, Virgil Harpman. Por cierto. Debo pedirte un favor: necesito que me alojes durante un tiempo –sonrió, y de repente su expresión se volvió de golpe amable.

Dante negó con el dedo índice de tal forma que el escandinavo no lo viera, pero el ex-conde sí. No le sirvió de nada, ya que su opinión recibió un caso omiso.

– Claro, mientras sea poco tiempo no veo ningún problema.

– Unas dos o tres semanas. No más.

– Entonces no tengo nada en contra –manifestó el viejo.

– ¡Ah! Cuando he venido, me ha abierto la puerta una jovencita muy mona de cabellos color trigo. ¿Me la podríais presentar?

Otra de las curiosidades de Jonas Palmgren era que sólo tenía dieciocho años; muy a su pesar su aspecto hacía creer que tenía mínimo cuarenta. Muchas veces cuando salía con sus amigas o bien lo confundían con el padre de alguna de ellas, o bien lo miraban con recelo, casi como si fuera un pervertido o un violador. Eso le fastidiaba mucho, ya que solo quería salir a divertirse. De tantas veces que habían llamado a la policía por él ya lo conocían y ni siquiera acudían a ver que pasaba.

– No creo que le gusten los gigantes –se mofó el chaval.

Jonas le lanzó una mirada severa, y cogió con el dedo índice y pulgar la lata de Coca-Cola que el príncipe se había estado bebiendo durante el encuentro. No tuvo que esforzarse mucho para dejarla tan plana como una hoja de papel.

A pesar de que Harpman se reía, nadie dijo nada en un buen rato.

XXX

Con mucha mala fe Dante se las ingenió para que Ina y Jonas se sentaran uno al lado del otro. Lo hizo por pura diversión: era muy gracioso ver a la mestiza (que no era muy alta, más bien de estatura normal) al lado del gigante escandinavo.

Como no era de extrañar, ella se dio cuenta muy rápido de sus intenciones (sobre todo porque cada vez que el castaño levantaba la cabeza de su plato los miraba y sonreía maliciosamente). Aún así, no puso mala cara por estar la mesa dispuesta de aquella manera. Jonas era (a pesar de sus desmedidas proporciones) un chico amable, simpático, cortés y atento. Cumplía de sobra el estereotipo de que la gente grande a menudo es la más afable.

La cena fue igual a la comida sólo que al final de ella, Ina se le acercó a Ij Britannia y muy tímida le hizo una confesión.

– Llevo algo más de un mes aquí y aún no hemos salido juntos –soltó a bocajarro.

– ¿Perdón? –Preguntó muy muy sorprendido.

– Sí, ya sabes. Me gustaría conocer Forket; podríamos salir los dos este sábado y así me enseñas los lugares más famosos. ¿Qué dices? ¿Lo harás? ¡Me hace mucha ilusión! Jonas podría venir también, si el quiere. –Reconoció impaciente por oír un "Sí".

– Bueno... –dijo con aires meditabundos, que no eran otra cosa que ganas de hacerse el interesante– no tengo mucho que hacer este sábado. Por mí, vale. Pero Jonas sí, me ha contado que tiene un compromiso que atender en una ciudad cercana y que le llevará todo el día.

– ¡Vaya! Entonces tendremos que ir nosotros dos. Seguro que nos lo pasamos muy bien.

– Mh, eso espero.

XXX

El día comenzó algo más tarde que los demás para Dante, ya que por lo visto algún gracioso le había robado el despertador, algo que nunca antes había pasado. Lo más rápido que pudo se lavó, se vistió y se arregló. Llegó al instituto con tres horas de retraso; se había perdido la primera mitad de las clases de aquél día. Jonas Palmgren... Aunque no tenía pruebas sabía que había sido él. Como si lo viese. ¿Quién otro podría haber sido? Ese gracioso de Jonas Palmgren alias "Señor Azul", como no.

– Hoy tres mala cara –le comentó Xavier en el patio.

– Pareces un tejón –se burló Henry, y Robert rió–. ¿Qué pasa? ¿No te funciona el despertador?

Tomó una bocanada de aire y en vez de contestar con alguna de sus ingeniosidades se limitó a suspirar pesadamente.

– Prefiero no hablar de ello.

XXX

Como ya era costumbre, a la hora de la salida Mercy le pegó un par de gritos desde atrás e hizo que se detuviese para que ella pudiera alcanzarlo y así irse juntos a casa. Ese día tenía noticias que darle al chico, que por cierto no le sentarían nada bien.

– ¿Por qué has faltado las tres primeras horas? –Quiso saber.

– Me ha fallado el despertador. Cosas que pasan –le quitó importancia.

Se encogió de hombros y fue a lo que realmente le interesaba.

– Nos han mandado un trabajo en la hora de Biología. Le hemos dicho a la profesora que irías con nosotros. Espero que no te importe.

– ¿Quiénes sois "vosotros"?

Temía que le hubiesen puesto en el grupo de...

– Maria y... –contestó Mercy de manera dulce. A él oír aquél nombre le sentó tan bien como un disparo en la cara. Y si el que venía era el que él se imaginaba, aquello ya se convertiría en una auténtica tragedia.

Y...

– Richard –añadió.

Se quedó petrificado. ¿Cómo había podido tocarle ir con ese par de imbéciles? Definitivamente mataría al sueco al llegar a Alighieri. Se las iba a pagar caras y con intereses.

– Entonces, ¿qué? ¿Vienes con nosotros?

– Sí –suspiró. ¿Tengo otra opción?

– Perfecto.

XXX

– ¡Escandinavo de los huevos! ¡Eres un hijo de...! –Gritó el joven príncipe nada más entrar por la puerta del castillo, muy furioso.

– ¡Shhh! Silencio –murmuró el gigante rubio con una manta bajo el brazo y con un ademán le indicó que entrara en el salón tras él.

Dejó la mochila por ahí tirada y lo siguió. Se encontró con la rubia echada de cualquier forma sobre el sofá y al gigante intentando acomodarla para que su sueño no se viese perturbado por ningún factor.

– Ayudame a ponerla bien. Cógela de la cabeza y apóyala en el reposabrazos –ordenó.

– ¿Así?

– Sí. Tu amiga es extraña. ¿Siempre se queda despierta hasta las nueve de la mañana? –Interrogó con curiosidad.

– Sí; ya sé que es extraña. Es más o menos como un murciélago: duerme de día y está despierta de noche –expuso.

– Sólo que mucho más guapa. A decir verdad es encantadora. No costaría nada enamorarse de ella. ¿No crees? –Agregó.

– No sabría que decirte.

Además, nunca he estado enamorado ni quiero estarlo.

– Bueno. Venías gritándome y estabas a punto de hacerme recordar a mi madre. ¿Por qué? –Sonrió con sorna.

– ¿Que por qué? ¡Ayer cogiste mi despertador!

– ¡Shhh! Te lo cogí porque tenía que levantarme temprano.

– El caso es que yo también.

– Tenía que ir a una reunión con dos millonarios amigos de mi familia.

– ¿Y a mi qué? Esto no se va a quedar así, me voy a vengar, Jonas Palmgren. Estás advertido.

El Señor Azul rió sin darle tregua. ¡Era tan gracioso! Decía que se iba a vengar, ¿quién? ¿él?

– ¿Me estas amenazando? ¿Me estás intentando decir que eso es una amenaza?

– No. Es una promesa –y subió la escalera a grandes zancadas hasta llegar a su cuarto.

XXX

Se habían jugado a piedra, papel y tijeras quién debía ir a recibir a los miembros de la G.A.P. al helipuerto de la Orden. La suerte había elegido a Aleksander y a Elin para cumplir aquella fácil (pero fastidiosa) misión de recepción.

No tardaron mucho en tocar tierra los dos helicópteros encargados de transportar a toda la tropa. Eran del mismo modelo que tiempo atrás habían sido utilizados para evacuar la Sede de los BK de Pendragón por las amenazas de Maldini de acabar con la vida de dos invitados cada hora, solo que más pequeños.

La ancha puerta del primer helicóptero se abrió, y de ella salió un hombre algo entrado en carnes con un tupido bigote blanco y un traje militar repleto de condecoraciones. También llevaba un rifle de asalto en la espalda. Se pasó una mano por la calva y avanzó unos cuantos pasos hasta situarse a la altura de los dos jóvenes. Les hizo el saludo militar típico y se presentó ante ellos.

– Soy el capitán Holzinger Law, comandante del Grupo Antiterrorista de Protección; para servirles.

– Mi nombre es Elin Johanesson, y soy de la unidad de Nagisa Chiba. Éste de aquí –indicó con la mano– es mi compañero Aleksander Volkova.

Volkova torció la cabeza a modo de saludo y comprobó que cada vez eran más los muchachos que habían salido de los vehículos aéreos. Todos los miembros del grupo compartían unos rasgos comunes: todos eran hombres, todos eran altos, todos eran musculosos, y todos tenían una cara inexpresiva. Inmediatamente sus sospechas de que todo eso acabaría mal se confirmaron.

XXX

– Sólo estamos a mitad de semana y ya quiero morirme. –Con esa frase Suzaku inauguró la reunión aquél día. El trío había pasado de reunirse cada día a sólo una vez por semana. No era necesario verse tanto las caras.

Les pasó un periódico a ras de la mesa, era el Britannian Wall. CC intentó cogerlo, pero Lelouch se lo arrebató ya en las manos de ella y empezó a leer con interés creciente en voz alta.

– "Plataforma Por Britannia va a ir a las elecciones". –Era el titular– "Según el portavoz del partido, Dragan Farnel, "PPB irá a las elecciones del 2020, y no sólo eso, sino que las ganará".

– ¡Su candidatura llega en el momento adecuado para provocar el desastre! Imaginate, como si no hubieran ya suficientes fanáticos de la extrema derecha pululando por ahí. ¡Nos faltaba él!

– ¿Y no podemos vetarlo o algo así? –Le preguntó Lelouch muy ingenuo.

– Sería inconstitucional –explicó la bruja–, iría en contra de los tratados que tú mismo escribiste.

– No se le puede echar, es inevitable, pero... ¡No lo sé! Debemos hacer algo, debemos encontrar a un buen candidato capaz de combatirlo –dijo Suzaku Kururugi, y a continuación se quitó el casco y lo dejó encima de la mesa.

– Un organismo internacional como lo es la Federación Unida no puede entrometerse en las elecciones de un país –recordó la peliverde, decidida a poner todos los peros posibles a todas las ideas propuestas.

– ¡Y qué con eso! –Exclamó Lamperouge– Todas las piezas están ya sobre el tablero. ¡Y por Dios; nos jugamos Britannia!

XXX

– Estoy seguro de que crees mucho en Dios, pero... ¿verdad que miras antes de cruzar una calle?

– No tiene ninguna gracia –susurró, y siguió con sus rezos.

Lo hacía cada mañana. Se arrodillaba tras la cama frente a la ventana por la que entraban los primeros rayos del sol y con los dedos de las manos entrelazados empezaba a murmurar maravillas a su Creador, al que Dante veía como una divina chorrada.

– ¿Sabes que Dios es mi personaje de ficción favorito? –Insistió en sus deseos de hacerla enfadar.

– ¡Vaya! Parece que hoy te has levantado algo más estúpido de lo normal –ironizó.

– Puede.

– ¿Qué? ¿Hoy no tienes que ir al insti?

– Hoy no. Me voy a Pendragón a ver a Nana. Ya puedes ir arreglándote, tú también te vienes.

Esa noticia le alegró la mañana. ¡No todas tenían la oportunidad de conocer a la fémina más importante del mundo! La admiraba, y no sólo por su posición, sino también por lo que había tenido que luchar para llegar a ella y por cómo era. Por supuesto, no conocía la verdadera historia con Lelouch y Suzaku, pero lo poco que sabía la encantaba.

Estaba vestida con uno de sus improvisados pijamas: una (para ella) larga camiseta XL que le caía hasta los muslos y que Virgil le había birlado al chico para dársela a ella. Muchas mujeres dicen aquello de: "Si me vieras por la mañana, cambiaría tu opinión acerca de mí". La suya acerca de ella no varió. Con el cabello alborotado y sin arreglar, estaba aún mejor que maquillada, mucho más natural. El color rojo de la camiseta la favorecía.

– ¡Gracias por llevarme contigo! ¡Créeme: eres el mejor!

– Sí, claro. Pero vete arreglando ya, no puedes presentarte ante la Emperatriz con esos pelos de loca.

– ¡Ahora mismo! Por cierto, ¿iremos en avión?

– Bueno, si tú quieres ir en bicicleta... –Dijo muy sarcástico– Utilizaremos un jet propiedad de la Stona, la constructora de Harpman. Espero que no tengas miedo a las alturas.

– Claro que no.

XXX

Ya en el hangar, el aparato que tenía delante de sus narices era enorme. Recordaba vagamente a un transbordador espacial, salvo que le habían afeitado la parte superior, de manera que era completamente liso. Semejaba un cuña de titánicas proporciones. La primera impresión de Ina fue que debía estar soñando. El vehículo parecía tan apropiado para volar como un Volkswagen. Las alas prácticamente no existían. Eran dos aletas rechonchas en la parte posterior del fuselaje. Un par de timones dorsales se alzaban en la sección de popa. El resto del avión era casco (unos cincuenta metros de longitud) sin ventanas, únicamente casco.

– Doscientos cincuenta mil kilos con los depósitos llenos –comunicó Harpman, como si fuese un padre presumiendo ante sus amigos de primogénito–. Funciona con hidrógeno. El fuselaje está hecho de una matriz de titanio con fibras de carburo de silicio.

– ¿Esa cosa vuela? –preguntó Haibara.

El piloto, que estaba a su diestra, sonrió.

– Oh, claro. –Guió a Dante y a Ina para que entraran hasta el avión, Harpman no subió, él se quedaba en tierra–. Tiene un aspecto curioso, ya, pero será mejor que te acostumbres a él, jovencita. Dentro de cinco años casi todos los aviones serán así, TCAV: Transportes Civiles de Alta Velocidad. La Stona ha sido de las primeras empresas del mundo en adquirir uno con su correspondiente piloto, que soy yo.

Se sentaron en dos butacas contiguas con Ina en el lado de la ventana y Dante en el del pasillo. Poco después llegó Bastian, que había ido a aparcar la limusina en el aeropuerto y que al volver se sentó delante de la chica.

– Dime, Dante: ¿Cómo es la Emperatriz? ¿Es simpática?

– Es maravillosa. De todos mis medios hermanos, ella es la más normal.

XXX

– Dante para variar tampoco ha venido hoy ¿verdad? –preguntó el profesor de Sociales al pasar lista aquella mañana, muy seguro de la respuesta que iban a darle.

– No. Hoy creo que tenía que ir al médico –contestó Xavier Leed.

– Vaya... ¿Estará enfermo? Últimamente falta mucho –aventuró el profesor no sin cierta picardía en la voz.

– Ese lo que tiene es cuento –compartió Richard muy seguro.

Tú sí que tienes cuento, idiota; caviló Henry, y a continuación alguien dijo:

– Vaya al médico o no sí que falta mucho a clase. Pero sea como sea no hace novillos, ya que siempre que no ha venido le ha enseñado al día siguiente al tutor un justificante médico, así que tendrá sus motivos, digo yo –le defendió Mercy.

– ¿Y en el médico pierde toda la mañana? Como he dicho antes es todo cuento –Rick se reafirmó en su postura.

– Bueno, dejemos ya el tema y vayamos a sumergirnos en algo completamente ajeno a él. ¿Alguien podría decirme el nombre de los cuatro máximos nobles benefactores de Charles zi. Britannia? –solicitó el profesor.

Más rápida que ninguna otra, Mercy levantó el brazo siendo así la única persona en todo el salón de clases dispuesta a demostrar sus conocimientos. El profesor le dio paso con un leve movimiento de cabeza:

– Fueron el duque Jameson, el marqués de Berswick, el conde de Rosenkreuz y el conde de Maldini.

– Muy bien –halagó el profesor Joseph Stan, y presentó otra cuestión–. Ahora, ¿quién podría decirme el número de hijos de Charles zi. Britannia?

– Veinticinco, aunque no me sé los nombres de todos.

– No importa, Mercy. Como siempre sensacional –siguió con sus halagos–, te felicito. Ya podrían hacer otros lo mismo –miró a Henry que se estaba masajeando el cuello con haraganería– ¿Verdad que sí, Hess?

– Claro, ¿por qué no? ¿Y por qué siempre tengo que ser yo el ejemplo de lo que podrían hacer todos?

XXX

Ina sintió emoción al pensar en la majestuosidad del vestíbulo del Palacio. Sólo la mitad del pan de oro del techo habría bastado para reflotar el Barclays. Un guardia con lanza les guió a ella, al príncipe y al mayordomo hasta un ascensor muy ornamentado de color plata.

Cuando llegaron al último piso y se dirigieron hacia el salón en el que se suponía que estaba la Emperatriz, cuatro guardias imperiales corrieron hacia ellos, con aspecto preocupado esgrimiendo sus armas. Todos ellos apuntaron con las lanzas a la rubia.

– ¿Qué hace esta espada aquí? ¿Acaso no está prohibido a los visitantes traer escolta? –Preguntó uno de ellos.

El que les acompañaba de antes dio un paso al frente y les explicó que el visitante era Dante, muy amigo de la joven. Éstos retrocedieron con expresión suspicaz y Dante sugirió a la britannian-japonesa al oído que como prueba de su buena fe dejara la katana en manos del cuerpo de seguridad. Accedió a regañadientes, ya que esa arma era su posesión más preciada (ya que de hecho era la única que tenía).

– Vayan a ver si Su Majestad está reunida con alguien –ordenó el mismo guardia de antes–. De inmediato.

– ¡Sí señor!

Uno de los guardias se dirigió corriendo a comprobar si ésta quería recibir la visita. Los demás se quedaron inmóviles. El guardia al que Ina le había dejado la katana estudió la avispa emblema del clan Akino-Tsubarai con curiosidad y la palpó con la yema del dedo índice. De la forma en la que miraba se deducía que entendía el valor de lo que tenía entre manos.

De improvisto, el soldado que había ido a ver a la Emperatriz se apareció ante ellos.

– La Emperatriz dice que le atenderá con gusto, Su Alteza. Si es tan amable de seguirme... –pidió.

Llegaron al final del largo, ancho y decorado pasillo y luego giraron la izquierda, en donde les esperaba otro aún más monumental que desembocaba en un gigantesco portón custodiado por otros dos soldados. Los cinco miembros de seguridad de antes hablaron con ellos en voz baja, y acto seguido abrieron las puertas. Dante e Ina pasaron al salón, pero Sebastian esperó fuera. Nada más cruzar el umbral de la puerta vieron que no estaban solos: Guilford y Cornelia estaban allí también.

– Vaya, el guardia me ha dicho que podía entrar. Creo que será mejor que espere fuera. No quiero interrumpir –se excusó.

– No, no, pasa Dante. Y dile a tu amiga que pase también –solicitó la castaña.

Ésta los saludó a todos muy nerviosa con exageradas reverencias. El príncipe y ella se sentaron en un caro sofá enfrente de la segunda princesa y de su esposo. Cornelia le tendió un papel titulado Operación Juche. Lo leyó y con señas pidió permiso para prestárselo a la rubia; Cornelia no parecía muy conforme, pero Guilford dijo que sí sonriendo.

– Como has podido comprobar, la situación en la península de Corea es crítica. Corea del Norte está visiblemente enfadada con los sureños por haberlos denunciado al Comité Solucionador de Conflictos por hundir el buque de guerra Cheonan. Como estoy segura, habrás oído hablar de ello –compartió con los recién llegados.

– Sí, si no me equivoco pasó el día dieciséis y hubo cuarenta y seis muertos. Lo leí en El Grito. Al parecer no se encontraron pruebas de que hubiesen sido ellos.

Cuando la rubia acabó de leer, dejó el papel sobre la mesa. Guilford lo recogió y se lo guardó.

– El caso es que los norcoreanos están preparando una declaración de guerra que a todas luces van a presentar el día uno de mayo. Algunos cargos de la F.U.N. hemos tenido acceso en exclusiva a lo que sería un borrador del documento. En él se leen cosas como: "El pueblo norcoreano está preparado para reaccionar rápidamente con toda la fuerza de éste a todas las medidas agresivas, incluyendo la guerra total". –Les contó.

– Mh... quizá la pregunta sea muy estúpida, pero... las dos coreas se han desanexionado de la Federación prometiendo severas represalias contra ella. ¿No sería bueno dejar que se destruyesen ellas solas?

– Eso pensó ella al principio –dijo Guilford refiriéndose a su esposa–. Sin embargo, no todo acaba ahí. Corea del Sur cuenta con el apoyo de todo el Euro Universo. Sabemos de sobra que lo que quieren es que se maten entre ellos para luego ir y colonizarlo todo, así se asegurarían una buena posición en caso de guerra con la Federación. Los norcoreanos han pedido ayuda a China, exclusivamente a China. Y los chinos no quieren meterse en el ajo sin el respaldo de los demás miembros de la Federación, ya que se encuentran muy débiles.

– Debemos procurar o que los coreanos se reconcilien o que el E.U. no se meta en el asunto –sintentizó Nunnally.

– Pero no es tan fácil, los dos presidentes son muy belicosos. No accederán a una tregua –objetó él.

– Lo harán si encontramos al verdadero responsable del hundimiento del navío. Algunas pistas apuntan al Euro Universo, concretamente a Suecia. Su presidente, Wennerström, está preparando algo, y no sólo ahí, sino también en el continente de Oceanía. Es muy raro –manifestó Gilbert.

– Entonces la cosa está clara: demostrar que fueron los europeos y tomar represalias.

– Evidentemente, Dante. Los servicios de inteligencia ya están trabajando en ello, pero tememos que la confrontación empiece antes de que saquemos algo en claro. No suelo pedir consejo a adolescentes de catorce años en lo referente a lo bélico, he estado en tres guerras muy complicadas, pero... ¿Tienes alguna idea?

– Eso me ha ofendido, Cornelia. Supongo que podríamos hacer que confesasen de alguna forma.

– ¿Por ejemplo? –Terció Nunnally.

– Creando discordia. Dentro de poco, si no me equivoco, va a celebrarse un foro de naciones al que vendrán dos países europeos: Noruega e Irlanda. Sólo hay que comerles un poco la cabeza. No es tan difícil. Quizá el embajador de alguno de ellos cante.

– No parece mala idea –valoró Nunnally.

– Y de hecho no lo es del todo –Cornelia frunció el ceño–. Aunque de no hacerlo bien podría traernos más problemas que éxitos. Habrá que pulirla mucho, pero en un principio no es mala.

De improvisto, una melodía empezó a sonar en la estancia. Guilford se metió la mano en el bolsillo y sacó un pequeño aparato de color rojo claro que a todas luces era un móvil de última generación. Se lo llevó a la oreja y empezó a hablar.

– ¿Ya es hora? Estoy reunido con Su... ¿Qué? ¿Que no se puede aplazar más? … Entiendo, entiendo.

– ¿Quién es? –gruñó la pelimorada. Nunnally sonrió.

Guilford tapó el auricular y en voz muy baja para que su interlocutor no lo oyera musitó:

– Es un miembro del Comité Solucionador de Problemas. Al parecer quiere vernos ya.

– ¿Le has dicho que ahora mismo no podemos? –Replicó.

– Sí.

– ¿Y qué dice?

– Qué él no puede en otro momento.

– ¡Esto es inaudito! ¿En qué momento se ha visto él con el derecho interrumpir una charla con la Emperatriz?

– No lo sé, pero no grites, que te va a oír... –intentó tranquilizar.

– ¡Pues me da igual! ¡Que me oiga! ¡Pásame el teléfono ahora mismo, voy a hablar yo con él!

– ¡Jamás! –Exclamó, y dirigiéndose al hombre de la otra línea dijo:– Ahora mismo partimos hacia allí.

Presionó el botón rojo y Cornelia le lanzó una mirada muy dura. Su mensaje no podía estar más claro: "¿Pero qué diablos has hecho?".

– No estamos tan bien de tiempo como para ir retrasando la quedada. Hoy mismo a las cinco estaremos en su despacho, así que nos vamos. Su Majestad –se inclinó–, Su Alteza –volvió a inclinarse ante el chico– y señorita –agachó la cabeza delante de la rubia–; mucho gusto.

Cornelia se despidió con apretones de mano, refunfuñando sobre la decisión de su esposo de acudir al encuentro ese mismo día. Desde luego... deberíamos ser nosotros quienes le exigiéramos, y no al revés.

Nada más cerrarse la puerta tras la pareja, Dante cambió su cara a una mucho más seria, decidido a contarle a la jovencísima jefa de estado el verdadero motivo de su visita. A ella su cambio facial no le pasó inadvertido, y también se puso más circunspecta.

– El ex-conde Harpman me ha pedido que te de esto –de uno de los bolsillos del pantalón vaquero sacó un pequeño papel arrugado en el que aparentemente sólo habían números muy pequeños sin ningún tipo de orden.

Ella lo tomó con cuidado e intentó descifrar el código, pero constató que el mensaje estaba muy bien oculto.

– Me he enterado de que Lloyd Asplund vendrá dentro de poco a una cena que vas a dar en el Palacio. Virgil no podrá venir, así que me ha dicho que te lo entregue a ti para que cuando llegue el momento tú se lo des a él. Los códigos de ese papel una vez descifrados revelan el nombre de cuarenta ex-nobles traidores, cuya gran mayoría conspira con la Real Orden de Caballería. Aunque no está ahí, me gustaría que le comentaras a Asplund que quizá el ex-conde de Berswick podría ser otro de esos traidores.

– ¿Tu abuelo? –Se sorprendió– ¿En qué te basas?

– Cuando fui a la Villa Imperial Eneida oí una conversación en la que intentaba convencer al duque Jameson de que se uniera a la R.O.C. en contra tuya. Creo que dados sus antecedentes sería recomendable investigarlo –y en esas palabras Ina notó un deje de rencor.

Vi Britannia meditó durante un instante antes de dar su aprobación asintiendo un par de veces con la cabeza. Dados sus antecedentes... sí, por descontado hay que investigarlo.

– De acuerdo. Nagisa necesita sospechosos para seguir con su investigación y ese podría ser un buen hilo del que tirar. ¡Ah! ¿Sabíais que la G.A.P. se le a unido? Han pasado a ser de una unidad marginada dentro del Departamento de Delitos Violentos a un grupo de élite propiamente dicho.

– No, no sabía ni que existiera esa tal G.A.P. ¿Qué significan sus siglas? –curioseó.

– Grupo Antiterrorista de Protección. Son los mejores. Toda la cúpula de la Orden confía en ellos para acabar con esos malvados terroristas.

– Les deseo suerte –apoyó Ij. Britannia.

– Yo igual –se sumó Haibara.

Nunnally les sonrió cálidamente a los dos y empezó a hablar de cosas más triviales como, por ejemplo, cuál era el grado de amistad entre su medio-hermano y la chica que había traído a conocerla.

XXX

Holzinger Law oyó el pitido de su busca en la cafetería de la Sede, mientras se metía una cuchara repleta de sopa en la boca. Inmediatamente tragó, dejó el bártulo en el plato y prestó atención al asunto que reclamaba su atención. Era de Zero en persona, y decía:

"Secuestro. Reúnete con los demás en el polígono industrial Palermo".

Se levantó a toda prisa, dejó un par de billetes en la mesa y se fue corriendo hasta la salida más cercana.

XXX

Nagisa estaba escuchando música en la radio cuando Suzaku le contó las últimas noticias.

– Necesito que vayas urgentemente al polígono industrial Palermo. Cinco secuestradores, todos ellos de la R.O.C., han apresado a diez personas en el interior de una fábrica abandonada. Están muy bien armados y dicen que sólo dejarán a los rehenes ir si ven a Schneizel. De no acceder en una hora matarán a los rehenes y se suicidarán.

– ¿Schneizel? –Se extrañó– ¿Y cómo vamos a hacer eso?

– No podemos hacerlo. Deberás dirigir la operación de rescate junto a Holzinger. Suerte.

– La necesitaremos –se dijo a sí misma.

XXX

Llegaron allí casi al mismo tiempo. El capitán Law salió de su coche a toda prisa, directo al de ella para abrirle la puerta en un gesto gentil que no se molestó en agradecer.

– Veinte de mis hombres han perimetrado ya la zona, el resto está por llegar. Supongo que ya te lo habrán dicho, pero se presume que tienen dos frames en su haber.

La noticia le cayó como un jarro de agua fría en pleno invierno.

– No. No lo sabía.

– Pues ahora ya sí. Son dos modelos Sutherland viejos –informó.

– ¡Madre mía! ¡Estamos bien! ¿Tan fácil es conseguir un knightmare frame en este país para que todos los chalados tengan al menos uno? –Preguntó retóricamente.– Bueno –se serenó un poco–, ¿cuál es la distribución de tus hombres?

– Seis en frames –los señaló–, cuatro francotiradores ahí y ahí –indicó los puntos con el dedo–, y el resto bueno... aquí apuntando al almacén y manteniendo alejados a los curiosos.

– ¿Dónde está el negociador? –Inquirió.

– Me temo que no va a llegar hasta dentro de cuarenta minutos, para cuando ya no nos haga falta. ¿Le apetecería hablar a usted?

– No creo que yo sea la mejor opción para ello. No sé, usted tiene más experiencia en estos asuntos que yo –se echó un par de pasos atrás y por poco tropezó con un coche patrulla.

– Mh... ¿Cómo se lo digo, señorita? Si usted no practica, nunca tendrá experiencia. Yo no me considero un gran orador, pero en caso de que usted no pueda seguir hablando lo haré yo, y cuando sea yo el que ya no puede hablar... no habrá más remedio que pasar a la acción.

Vaya, a ver si Volkova va a tener razón... para variar. Hizo una mueca y preguntó por el megáfono, un knight surgido de alguna parte le dio uno. Se acercó lo más que le dejaron al almacén y sin saber muy bien qué decir, optó por presentarse. El aparato le temblaba entre las manos.

– Mi nombre es Nagisa, y soy yo quien está a cargo de la operación de rescate.

Nadie respondió. Bajó la mirada, y sin ni idea de qué hacer se miró los zapatos, muy nerviosa, y era comprensible: nunca diez vidas habían dependido directamente de ella.

Suspiró y dejó el megáfono en el capó de un coche. No esperaba ya que le respondieran cuando escuchó de unos altavoces la siguiente frase:

– No haremos daño a ninguna de estas diez personas siempre y cuando se cumpla una condición: queremos ver a Schneizel el. Britannia para comprobar que el segundo príncipe del Imperio aún vive.

En una exhalación recuperó el megáfono, e intentó hablar, pero las palabras no salieron de su boca.

– Schneizel está enfermo. No puede venir –mintió a Holzinger.

– ¿Está usted bien, Nagisa? –Se interesó el hombre.

– Creo que será mejor que le ceda a usted el mando. Traer a Schneizel es inviable. Me temo que o se encuentra otra cosa con la que negociar, o habrá que aplicar la fuerza con todas sus consecuencias.

– ¿Autoriza usted un asalto? –Quiso asegurarse– Mire que yo no...

– Lo autorizo siempre y cuando sea la última opción.

Holzinger asintió y tomó el megáfono. Habló de una forma mucho más gallarda que su compañera. Su voz transmitía seguridad en que todo aquello iba a salir bien.

– Mi nombre es Holzinger Law, capitán de la Orden de los Caballeros Negros y comandante del Grupo Antiterrorista de Protección. Lamento decirles que su petición ha sido denegada; como estoy seguro que comprenderá, traer en tan poco tiempo a Su Alteza es imposible. Lamentamos mucho decírselo. Si tiene otras demandas... estamos dispuestos a negociar a cambio de la libertad de esas diez personas que tienen retenidas.

– No tenemos más peticiones. Sólo queremos ver a Schneizel.

Law se acarició la barbilla mientras murmuraba un sinfín de improperios en contra de los terroristas. Al fin y con voz clara, en un último intento de hacerles abandonar las armas, respondió:

– Ha dicho usted que lucha por Britannia... esas personas que tiene retenidas son de Britannia. ¿Qué favor le hace usted a la nación asesinando a sus compatriotas? Un país no es más que un trozo de tierra si no tiene nadie que lo habite.

– Me temo que se equivoca. Estas personas que tengo retenidas son traidores a la sangre, escoria, lacra social... basura. Le haría un favor al país. Igual que se lo he hecho acabando con esos otros veinticuatro.

Chiba y Holzinger se miraron con incredulidad. ¿Veinticuatro? Esa cifra... no, no podía ser él.

– Señorita Nagisa, ¿cuántas víctimas tenía a sus espaldas el shooter?

– Veintidós... si no recuerdo mal.

– Vaya, pero si nos hemos topado con Harry "el Sucio". Simplemente genial. A todas las unidades, preparados para entrar en el edificio –dijo por walkie-talkie.

– ¡Espere! Mi equipo está a punto de llegar, si se espera unos instantes... quizá alguno de ellos pueda ofrecer una solución alternativa.

– Ya pueden darse prisa en venir, porque en cinco minutos entramos con todas las consecuencias. Ese tipo es más peligroso que un mono con pistola.

XXX

Ya en el pasillo y con Sebastian, Dante consultó a la rubia qué tal le había caído su hermana y si había cumplido con sus expectativas. Ella, con ojos brillantes, asintió enérgicamente.

– Es la persona más agradable que he conocido nunca. Me da la sensación que podríamos ser grandes amigas –aventuró con esperanza.

– Ya. Bueno. Quizá otro día te presente a Kaguya Sumeragi.

– ¿Kaguya Sumeragi la Canciller de la Federación Unida de Naciones?

– Sí –afirmó.

– ¿También la conoces?

– Pues claro. Me la presentó Nana el día en el que debía haberse firmado la Carta Sigma. Creo que eso fue lo único positivo que me pasó en todo el día.

– ¿Te gusta?

Se encogió de hombros.

– Natural. Es una chica muy guapa, ¿no crees?

Más o menos.

XXX

– ¡Wow! ¿Así que el secuestrador es el shooter? –Lamperouge no salía de su asombro– Si le capturamos... ¡Imagínate! Menuda suerte... el primer día que colaboran la G.A.P. y Nagisa y lo encuentran... y no sólo lo encuentran: ¡Lo acorralan!

– Bueno, no te emociones. El secuestro aún no se ha solucionado –Suzaku bajó los ojos de la pantalla del ordenador portátil y agachó la pantalla.

– Tienes razón –dijo CC–, como dijo el Señor Lobo en Pulp Fiction "No empecemos a chuparnos las pollas todavía".

Suzaku no le dio mayor importancia a aquella frase, por contra Lelouch la miró feliz.

No sabía por qué era: si por lo que había dicho, o por cómo lo había dicho. De todas formas, CC se asustó y puso cara de dolor de estómago mientras abrazaba con más fuerza de la normal al bueno de Cheese-kun. ¡Cuantísimo había sufrido ya ese muñeco por culpa de Vi Britannia!

XXX

– ¿Seguro que una vez esto acabe podremos escapar sin problemas, Claudio?

– Claro que sí, Marvin.

En el interior del almacén nada era lo que parecía desde fuera. El secuestro no existía, sino que era una farsa muy bien orquestada por Nina, aunque claro, ellos no lo sabían. En su lugar creían que el cerebro de toda la trama había sido Kanon Maldini, su flamante líder. La justificación para montar todo aquél espectáculo no era que otra que comprobar si Su Alteza Schneizel había sido capturado (o eliminado) por la Orden de los Caballeros Negros o si aún estaba libre. El veterano de dos guerras Marvin Nash, tercero al mando en la R.O.C. detrás de Lorenz, sería el encargado de comandarla, con la ayuda especial del tirador.

Uno de los hombres de Nash, deseoso de saber qué hora era, consultó el reloj que llevaba en la muñeca. Sólo quedaban veinte minutos para que el "secuestro" acabara y todo el mundo supiese de que algo había pasado con Schneizel, el príncipe más querido en Britannia con diferencia y el sucesor natural de Charles.

XXX

– ¡Eureka! –exclamó el informático, y todos se volvieron hacia él.

Nathan O'Neill tardó varios segundos en creerse lo que estaba viendo en pantalla. Vía satélite había logrado burlar los cortafuegos de uno de los dos knightmares participantes en el secuestro e introducir un troyano en el sistema, dándole acceso directo al sensor Factsphere.

Pese a no poder controlar el knightmare de ninguna forma, gracias a aquello podía ver lo mismo que veía el piloto en pantalla. O lo que es lo mismo: tenía acceso directo a un visor térmico que no sólo confirmaría cuántos secuestradores y cuantos secuestrados había, sino que también podía aportar información valiosa sobre las armas que esgrimían los terroristas.

Pero claro, se encontró con algo con lo que no esperaba dar: trece, todas ellas armadas, y otro knightmare. Elin lo vio de reojo, y no pudo evitar sonreír. Cogió su teléfono móvil e inmediatamente contactó con su jefa.

– ¿Elin? ¿Falta mucho para que vengáis?

– No, pero no es ese el motivo de mi llamada. El almacén; O'Neill se ha metido en el sistema de uno de los dos frames terroristas. No hay rehenes, todos son de la Real Orden de Caballería. Repito: no hay rehenes.

– ¿Estás segura?

Tapó el auricular del aparato con la mano y se volvió hacia el britannian.

– O'Neill... ¿Estás seguro de que no hay rehenes?

– Al ochenta y nueve por ciento.

Volvió a hablar con Nagisa, y una palabra de ella bastó para convencer a la japonesa.

– Sí –fue rotunda.

– De acuerdo. Venid de todas formas, quizá nos hagáis falta.

Apagó el teléfono y muy contenta miró al rubio a los ojos.

– ¡Eres un cielo, Nate! –exclamó, y en agradecimiento por su eficiente trabajo le dio un beso en la mejilla.

– Sí por hackear un knightmare frame obsoleto me has dado un beso no quiero ni imaginarme lo que me darías si supieras todo lo que sé hacer.

Los otros tres en el furgón (Volkova, Kadogawa y Nohara) rieron alegremente ante tal aseveración.

XXX

– ¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda! –Bramó el piloto del frame infectado– ¡Me han colado un troyano!

– ¿Eing? –saltó Nash.

– Un sistema espía. Seguramente sepan que lo de los rehenes es una farsa. El sensor Factsphere es lo primero a lo que tienen acceso una vez extendido el virus.

– Señor Nash... se están preparando para entrar –alertó el otro piloto, consultando su pantalla– ¿Qué hacemos?

Los soldados empezaron a mirarse unos a otros con desconfianza, cogiendo con fuerza los subfusiles. Querían disimularlo para no quedar como unos cobardes ante sus compañeros de armas, pero no servía de nada: estaban despavoridos.

– ¿Qué hacemos? ¿Escapamos? –articuló un soldado que no paraba de mirar a la salida de emergencia.

Esa era la pregunta que se hacían todos excepto uno: Claudio Harry "el Sucio" Darlton. Dio un paso al frente y giró sobre los talones para ponerse delante de sus hombres. Con voz firme y clara y mirada severa declaró lo siguiente:

– No tengáis miedo. A mi orden quiero que los frames disparéis las bombas de humo y justo en ese instante os salgáis de ellos y junto con los demás empecéis a bajar por el túnel. Ni antes ni después de eso. Chico –dijo refiriéndose al piloto del frame sano–, quiero que me avises cuando esos asquerosos traidores estén a menos de cincuenta metros de nosotros. ¡Y por Dios, animad esas caras! Hemos cumplido la misión a la perfección: ha quedado demostrado que Schneizel el. Britannia ha sido neutralizado. Es triste, pero ésto nos dará fuerzas para continuar con nuestra empresa.

– Vaya, Darlton, hablas como tu padre –comentó Nash.

– Es lo más bonito que me han dicho nunca.

El enorme Marvin sonrió.

– Estoy impaciente por sentir otra vez el fantástico olor de tripas desparramadas y sangre –le confesó a Claudio.

– Eres un sádico.

– ¡Cincuenta metros! –exclamó el chico del frame, para enseguida añadir:– ¡Cuarenta! ¡Treinta! Varias unidades de frames se están acercando. No hay ninguna aérea. ¡Veinte! ¡Diez! ¡Cinco!

– ¡Rápido! ¡Disparad esas putas bombas de humo YA! –Ordenó.

Ambos obedecieron y del interior de los frames empezó a salir una espesa neblina blancuzca. Tan sólo cinco segundos después de aquello se oyó un ruido metálico ensordecedor. Los frames de la Orden ya habían penetrado en el recinto derribando dos de las paredes.

– ¡Yo os cubro! –Gritó Darlton.

– ¡Pero señor! –Replicó uno de los hombres bajo su mando.

– ¡Pero nada, chico! –Se inmiscuyó Marvin Nash– ¡Ya le has oído, él se encarga!

XXX

Nagisa vio como la neblina empezaba a salir y por un momento creyó que había un incendio. Enseguida una piloto la sacó de dudas: aquello lo habían provocado los terroristas para así poder escapar. ¿Pero cómo? Túneles, claro. Justo en la fábrica había una boca de alcantarillado.

– Está todo lleno de niebla, de no ser por el sensor Factsphere no podríamos ni movernos. Los frames enemigos están quietos, no se mueven. Parece que los han abandonado. Esto es muy...

Ahí se cortó la conexión. El inquietante último sonido proveniente de ese knightmare fue el de un cristal rompiéndose.

– ¡Aquí Nagisa Chiba a Alfa 03, necesito saber el estado de Alfa 09!

– Aquí Alfa 03 para Nag...-

Tampoco pudo acabar la transmisión. ¿Qué diablos está pasando ahí dentro? Holzinger estaba tan sorprendido como ella. Cada uno, por otros transmisores, intentaron comunicarse con unidades diferentes, pero ora no respondían, ora se interrumpía la conexión tras un crujido de cristales.

XXX

Volkova salió del furgón corriendo, directo hacia Nagisa para interesarse por las últimas novedades en el lugar de los hechos. Ésta se lo resumió todo muy por encima y el ruso empezó a sacar sus propias conclusiones.

– Han sido muy astutos al planear una estrategia así. Su líder es un auténtico genio. No sé quién los dirige, si Maldini u otro por encima de él, como dicen tus superiores, pero de todas formas... ¡Vaya!

– ¡Aleksander! –recriminó Elin desde atrás.

– ¿Qué? ¿No puedo decir que ha sido una muy buena jugada? Es cierto. Cuando se disipe el humo seguramente veamos a los pilotos de los frames muertos, y a una sombra corriendo entre la niebla restante, como en las películas. No sería de extrañar que el asesino hubiera cubierto a sus camaradas.

Tal como predijo, la niebla fue disipándose a causa del viento del este dejando entreverse cinco frames, tres de ellos de la Orden de los Caballeros. Y, efectivamente, allí estaba la silueta corriendo. Sin pensárselo dos veces saltó el perímetro de seguridad y se adentró en la espesa niebla, hasta lograr que su figura se perdiera.

– ¡Volkova! –Gritaron algunos, en un intento vano de hacerlo volver.

– Si no han podido con el shooter los tres frames que enviamos... ¿Cómo va a poder él? –Se preguntó Holzinger.

– Está loco, pero es muy muy bueno –lo apoyó Elin.

– ¿Cómo estás tan segura? –Dudó Kadogawa.

– Porque se le ve en los ojos.

– Pues vas apañada si te crees que vas a poder saber cómo son los chicos en realidad sólo por los ojos –se burló Nathan.

– Nate tiene razón. Pero... Bueno. ¿Cómo dirías que es un chico con los ojos verdes, como yo? –Preguntó Nohara.

Muy idiota, pensó.

XXX

Mientras corría se sacó las dos semiautomáticas de los bolsillos de la chaqueta, las amartilló y se preparó para ir de caza. El famoso shooter...

– Lo capturaré –se prometió.

Aún había mucha niebla, pero ya se podía ver mucho mejor que antes. Gracias a eso logró distinguir otra vez la figura del asesino a lo lejos, en las escaleras que conducían a la segunda planta. Corrió tras él, disparándole. Pareció no enterarse de los primeros tiros, pero a partir del cuarto fue cuando se dio cuenta de que alguien iba a por él. Un escalofrío provocado por la adrenalina le recorrió el cuerpo. ¡Aquello se iba a poner interesante!

– Lo llevas claro si crees que vas a poder conmigo –espetó Claudio al ruso.

– Transparente.

Disparó un par de veces, y el britannian notó como las dos balas le rozaban la oreja derecha. Por poco. Disparó un par de veces y volvió a ponerse en marcha, camino a la última planta. Aleksander no dudó ni un instante en seguirlo, y pegando tiros fue tras él.

XXX

Mercy se sentía triste. Creía que el plan de dar celos a Dante con Richard iba a surtir efecto, pero más que eso, ocurría todo lo contrario. Ella sabía que a Dante (y a todos los de su grupo) Richard le caía mal, pero no esperaba que llegara al extremo de pasar de ella sólo por estar saliendo con él. Le había salido el tiro por la culata.

Richard le daba pena, ya que lo sentía enamorado, pero de todas formas él sólo era un peón en su partida de ajedrez por el corazón de Brighella, alguien prescindible. Sabía que esos pensamientos que tenía eran egoístas y mezquinos, pero se justificaba a sí misma con la idea de entablar una relación más que amistosa con el chaval de ojos color avellana. Al fin y al cabo, en el amor y en la guerra todo vale.

XXX

La persecución duró unos diez minutos, en los que subieron por escaleras, paredes e incluso tuvieron que saltar sobre maquinaria pesada. Era tipo las películas hollywoodienses, en donde se disparaban un montón de veces y nadie sufría ningún daño.

De pronto Claudio se detuvo y miró fijamente a Volkova a los ojos. Desde la posición en la que estaba no se le podía ver ninguna parte más del cuerpo, pero eso él no lo sabía. A esas alturas del combate le importaba una mierda que pudiera verle la cara, ya que iba a morir.

– ¡Ríndete y no saldrás herido! –Advirtió el mercenario de la Orden de los Caballeros Negros.

En lugar de hacer lo que le decían se sacó tranquilamente del bolso un cartucho, desechó el usado y lo puso en su lugar. Volkova apretó el gatillo, pero no tenía balas, así que hizo lo mismo que su rival con la diferencia de que muchísimo más rápido que él. El tiroteo se reanudó a una velocidad mayor a la de antes y ambos empezaron a correr para lados opuestos. A diferencia del miembro de la R.O.C. Volkova no temía por su vida; de donde venía los tiroteos así eran el pan de cada día. Estaba acostumbrado a ellos, no en vano era el segundo mejor asesino del mejor escuadrón de asesinos del mundo.

De pronto, Claudio notó algo en el hombro y se escondió tras un gran contenedor de mercancías. Notó un calor intenso, cómo algo se clavaba en su brazo y cómo la sangre caliente iba saliendo a borbotones de la herida y se deslizaba por la extremidad hacia abajo. Esto está durando demasiado, será mejor que escape ya. A estas horas deben estar ya lo suficientemente lejos y dispersos como para hacer boom.

– ¡Ha sido un placer batirme en duelo contra ti! ¡Ya nos veremos otro día!

El castaño no sabía por qué había dicho eso. ¿Acaso no hubiese quedado mejor algo así como "Nos veremos en el infierno"? Quizá le había obligado a decir así aquella frase su subconsciente, que en el fondo sabía que se volverían a ver las caras. Pero eso no importaba, una vez en la base tendría tiempo de sobra para pensar en todo eso y más. Salió de su escondrijo. Hurgó en el bolsillo de la chaqueta y con el brazo que no le dolía se acercó la granada a la boca, con ésta le quitó la a anilla, y se preparó para lanzarla contra su contrincante. Con toda la fuerza que poseía la lanzó todo lo alta que pudo.

Dándose cuenta de lo que pasaba, Volkova lanzó una de las pistolas al suelo, y agarró la que le quedaba con ambas manos, para apuntar mejor. Disparó directamente contra el pecho de su contrincante, haciéndolo retroceder hasta chocarse con la pared de atrás. La granada ya se le había escapado de las manos, y en cuestión de décimas de segundo ya se oía la fortísima explosión que ambos esperaban. En muy poco tiempo las vigas del techo empezaron a derrumbarse y las paredes a caerse. La niebla había dejado paso a una enorme tormenta de polvo que lo tenía cegado. En escaso tiempo empezaron a encenderse pequeños fuegos que enseguida ya eran hogueras.

Maldita sea... esto parecen las putas fallas de Valencia.

A partir de ahí las explosiones se sucedieron, puesto que el fuego había llegado a los combustibles. Prácticamente a gatas salió del edificio y se arrastró lo más que pudo hacia donde estaban los demás, la mascarilla de anti-gas de un bombero fue lo último que vio antes de dormirse plácidamente en el suelo.

XXX

– ¡Despierta, Volkova! –Aulló Nagisa al chico, que dormía en tranquilamente en la parte trasera de un coche patrulla.

– ¿Pero qué...?

– Eso digo yo... ¿Pero en qué estabas pensando para entrar ahí, inconsciente? ¡Desde luego...! Medallas tendrás, pero conocimiento ninguno, es que...

El rubio se frotó la frente y luego el pelo con la mano, al mirarla la vio llena de cenizas; no se esperaba otra cosa. La cabeza le dolía a horrores, igual que todas las demás partes de su cuerpo. Era algo a lo que ya estaba acostumbrado. Eso sí, debía reconocer que su contrincante era digno, pero no lo suficiente para derrotarle. Si hubiese estado en la Fábrica fácilmente hubiese alcanzado el grado veinte.

– ¿Cómo ha ido el duelo? –Fue por lo que se interesó O'Neill.

– Movidillo. He reventado una granada al vuelo y el he dado un par de veces: en el brazo y en el pecho.

Todos se quedaron boquiabiertos.

– Estás bromeando, ¿no? –cuestionó Elin.

Sacudió la cabeza de un lado a otro unas pocas veces.

– Yo nunca bromeo.

– Entonces... ¿has arriesgado tu vida sólo por acabar con la del shooter?

– ¿No es ese mi trabajo?

Ahora pertenezco a la Orden de los Caballeros Negros, ellos son mis amos y debo contentar a su líder, ese tal Zero. Si para contentar a Zero debo morir, lo haré con gusto. Para eso he nacido y he recibido tanta instrucción.

El rubio se reincorporó un poco y entro los huecos que dejaban las cabezas de sus compañeros de unidad vislumbró tierra.

– ¿Dónde estamos?

– En un descampado –resolvió Kadogawa.

– ¿A cuantos kilómetros de la fábrica?

– Dos, dos y medio si acaso... el humo se estaba extendiendo, no podíamos quedarnos todos allí.

– Bien. ¿Desde aquí se puede ver?

– Claro –afirmó Elin.

– ¿Ya han reventado toda la carga que llevaban?

– ¿Perdón?

Un estruendo como nunca habían oído anteriormente les penetró los tímpanos. La nube de humo y polvo de la fábrica había aumentado muchísimo y la fábrica... la fábrica ya no estaba. Y tampoco estaban las fábricas de alrededor, ni las casas, ni los frames...Todos se giraron hacia el ruso.

– ¿Veis? A eso me refería –y volvió a desmayarse.

XXX

– Este año los Cowboys ganarán la liga, ya verás...

– Para nada, los Reds la tienen en el bolsillo. Tienen el mejor equipo que se ha visto en años –replicó CC al japonés.

El teléfono de sobremesa de Zero empezó a sonar al mismo tiempo que una lucecita roja se iluminaba.

– Vaya, parece que es importante.

Lo descolgó y se lo llevó a la oreja. Estuvo así durante algo más de cinco minutos, sin soltar una sola palabra hasta al final, cuando dijo: "De acuerdo, llama a Ohgi". Colgó el auricular, y Lelouch le preguntó el porqué de su cara. De repente se había quedado pálido como la cera.

– Lelouch, ¿te acuerdas del secuestro este en el que ha intervenido el G.A.P.?

– Claro que sí, sólo ha pasado una hora desde que hablamos de ello. ¿Qué pasa? ¿Le ha pasado algo a algún rehén?

Negó.

– No había rehenes. Hemos descubierto que era una farsa.

– ¡Caramba! ¡Buen trabajo, y antes de la hora! –Constató, mirando su reloj de pulsera– ¿Has felicitado a la G.A.P, no?

– No.

– ¿Por qué? –Se sorprendió.

– Porque están muertos.


N.A. ¡Y aquí se acaba el capítulo número diez: El secuestro! Espero que les haya gustado, y perdón otra vez por el retraso (vaya, me parece que de ahora en adelante voy a repetir mucho esa frase). Mh...

¿Habrá sobrevivido Claudio Darlton a los disparos de Volkova y al incendio? ¿Cuales eran los verdaderos propósitos de la R.O.C. al provocar ese infierno en la fábrica abandonada? ¿Conseguirá Nate ligarse a Elin? ¿La táctica de Mercy surtira efecto en Dante? Y la bonus question...: ¿Qué pasaría si el video de Volkova y Darlton luchando se hiciese famoso en Internet? Todo esto y mucho más en el próximo capítulo: The real gunslingers.

PD: Sí, a simple vista la pregunta bonus no tiene nada de importancia o no parece muy real, pero creedme, gracias a YouTube van a pasar un montón de cosas relacionadas con Dante, Volkova, Darlton, Harpman, Ina, Elin, Nielsen y un personaje muy especial que estoy preparando... ¡Si quieren saber más solo tienen que seguir leyendo el fic!

Gracias por leer, y por favor: ¡Comenten!