La junta de naciones había terminado. Y como siempre, hubo una nación que se encargó de recordarle a Estados Unidos que se encontraba "rellenito". En ésa ocasión, había sido Alemania.
Pero Japón se dio cuenta de algo bastante extraño. Había sido la primera vez que el americano no se había defendido o contraatacado. De hecho, simplemente sonrió cínicamente y le soltó un "Muérete, nazi envidioso". Y eso había captado bastante la atención del nipón.
—Me he dado cuenta que no te molestó que te llamara "gordo"—confesó el asiático, una vez que el estadounidense se había acercado a él.
—Así que te diste cuenta. Eso significa que me prestas atención—se mofó el norteamericano, guiñando un ojo. Japón intentó hacer caso omiso a eso, ya que lo había descubierto y no quería quedar en evidencia.
—Sólo creo que es un poco curioso. Tampoco te creas tan importante—se encogió de hombros, fingiendo desinterés.
—Ah, bien. De todas formas te contaré.
—No me interesa —mintió.
—Te voy a contar igual.
—Eres un pesado—en el fondo, el japonés esperaba impacientemente a que le contara lo que había sucedido.
—La otra noche, tomé mi Harley, y fui hasta una granja desierta. Allí me senté cerca del trigo, y comencé a pensar…
— ¿Pensar? ¿Tú? Eso es imposible.
—Ja, ja. Qué gracioso—el americano rodó los ojos, hablando con sarcasmo.
—Y yo que creí que el mundo se acabaría en el 2012. Supongo que lo pospusieron para este año…
—Ya, basta de malos chistes sobre el fin del mundo—lo cortó el estadounidense—El punto es que me puse a pensar…
—No tienes idea de lo gracioso que es eso. Vamos, ¡cuéntate otro chiste! —se carcajeó Japón.
—Supongo que no estás interesado en saber. Bien, en ese caso, me retiro—zanjó Estados Unidos, comenzando a ordenar los papeles de su discurso. Incluso se puso su abrigo, y tomó su maletín—Hasta la próxima.
— ¿Eh? Vamos, no te vayas—dijo el asiático, parando de reír en el acto.
El norteamericano se quedó de espaldas a él, en un tétrico silencio. Finalmente se giró para verlo a la cara, y comenzó a reír.
— ¡Oh, por mis gafas, eres tan fácil de engañar!
—Voy a matarte—gruñó Japón, y luego recordó que había dejado la katana en su auto.
—Seguiré con mi apasionante historia—continuó el pelirrojo, quitándose el abrigo—Entre las cosas que reflexioné… ¡Ni se te ocurra reírte! —Siseó, ya que el azabache parecía a punto de largarse a reír nuevamente—Llegué a la conclusión que había muchas cosas por las que lamentarme. Pero mi peso, no. Además, le vi algunas grandes ventajas.
— ¿En serio? Eso es interesante—contestó que japonés— ¿Y qué más?
—Nada más. Fui a mi casa, y dormí. ¿Por qué?
— ¿Acaso ahí termina la historia?
—…Sí. ¿Esperabas algo más?
—Que te hubieras perdido y te hubieras visto obligado a pasar la noche a la intemperie.
—Claro, porque en ese caso habría ido a tu casa a pedirte alojamiento, y eso es lo que quieres, ¿No? —contraatacó el estadounidense.
—Oh, ya cállate. Veamos, dime una de esas "grandes ventajas".
—Bueno, para empezar, paso menos frío.
—Ajá. Y eso que lo dice el tipo más friolento sobre la faz de la Tierra…
—Y tú vendrás a buscar mis abrazos cuándo la nieve te cale hasta los huesos.
—Sigue soñando—Aunque la perspectiva era tentadora en los pensamientos de Japón.
—Además, todos sabemos que es más lindo abrazar a alguien rellenito que a alguien escuálido. Se siente como un oso de peluche.
—Qué estupideces dices. Cómo si existiera la posibilidad de que yo hiciera eso.
—Sigue así. Te estás ganando el premio al peor mentiroso del siglo—Estados Unidos soltó una carcajada, pero luego adoptó una pose pensativa—Bueno, no, creo que el peor mentiroso del siglo sería Alemania. O Lituania. Pero tú sí que estás entre los nominados.
—Vaya, qué honor—contestó con sarcasmo, intentando no sonrojarse.
—Di lo que quieras, pero los dos sabemos que es cierto—el americano soltó una risa entre dientes, y se inclinó hacia abajo para besarle la mejilla a la nación más anciana.
—Aleja tu boca vegetariana de mi rostro.
Y para hacer rabiar aún más al mayor, el norteamericano lo besó en los labios. Algo sumamente espontáneo, pero que descolocó bastante al japonés. Éste se quedó atónito unos momentos, pero luego salió a toda velocidad de la sala de reuniones, dando grandes zancadas.
— ¡Sé que lo disfrutaste! —exclamó el estadounidense.
—Jodido Playboy—se quejó Japón, farfullando insultos y rojo hasta las orejas.
