La mujer bajaba los oscuros escalones con lentitud, calculando cada paso. La piedra estaba muy desgastada en los sótanos, y la escalera de caracol que servía de enlace con el exterior hacía mucho tiempo que se había convertido en un peligro. Cuando terminó de bajar, la mujer caminó por el corredor, únicamente iluminado con algunas antorchas, hasta llegar a la antesala de los calabozos. Bajó rápidamente la vista para no mirar directamente los instrumentos de tortura que se apelotonaban y se dirigió a la pequeña mesa situada en una esquina donde tres soldados de guardia jugaban a las cartas junto al carcelero. Al verla, todos dejaron la partida y de inmediato se levantaron, ya que era una gran falta de respeto estar sentado ante un superior.
-Mi señora –dijo el carcelero con un deje de sorpresa- Es inusual veros aquí abajo.
La mujer ni siquiera se molestó en mirar aquel patético grupo. Se acercó, ahora con la cabeza bien alta y a paso decidido, hacia las puertas de las celdas.
-He venido a hacer una visita a nuestra joven amiga. Pero antes de ver nada –añadió cuando el carcelero se apresuró a sacar el manojo de llaves- Quiero saber qué tal se encuentra.
Durante unos momentos nadie habló. Entonces se adelantó uno de los guardias:
-No lo sabemos, señora. Desde que llegó, no hemos abierto la puerta de la celda, tal y como nos ordenó el barón…
-Le damos la comida por la gatera, no la hemos visto el rostro desde que fue encerrada –dijo el segundo guardia.
-Además –añadió el tercero- de día ella no dice ni una palabra. Cuando le pasamos la comida por la gatera siempre, y actuando con el permiso del señor, hemos intentado hablar con ella, pero nunca nos responde. Sólo habla estando dormida.
-¿Dormida, dices? –preguntó la mujer.
-Sí, señora. Llora y grita en sueños.
-¿Y qué dice exactamente? –volvió a preguntar, intrigada.
-Bueno –respondió el carcelero- No deja de llamar a un tal Philip, a sus tías y a sus padres. Les pregunta por qué no vienen a por ella, y ése tipo de cosas. Todos los nuevos lo hacen –aquellas palabras fueron dichas con la mayor naturalidad del mundo, obviamente debido a la costumbre. Sin embargo, la dama no pudo evitar estremecerse durante un segundo.
-Está bien –dijo- Ahora abrid la celda. Después quiero estar a solas con ella. Os avisaré cuando me marche.
El carcelero se apresuró a abrir. Una vez hecho esto, la mujer aguardó en el umbral hasta que los otros hubieron desaparecido de su vista. Acto seguido entró.
Se quedó de piedra al contemplar el cuadro que se mostraba ante ella. La celda olía a demonios, exhalaba un olor a podredumbre que era insoportable. Los dos únicos objetos de la instancia eran un jarro de arcilla medio lleno de agua y un cuenco del mismo material. Y, agazapada en un rincón, entre toda aquella suciedad, tapada con una deshilachada manta, estaba la heredera al trono de Glenhaven.
Katwein de Hedmark se le acercó con cuidado al ver que la joven no se movía. Pero se relajó cuando vio que sólo estaba dormida. Entonces, con lentitud y tacto para no despertarla, la mujer le quitó la manta. Aurora, que siempre había sido muy delgada, ahora estaba casi al borde de la inanición. Tenía ojeras de dormir mal, y su precioso cabello ahora era una maraña desordenada. Su vestido, tan bello antaño, estaba hecho jirones que apenas la cubrían.
-Feliz cumpleaños, alteza –susurró en sueños.
Katwein no quiso ver más. Le colocó la manta por encima y salió a grandes zancadas de la celda. Al atravesar el corredor se encontró con los soldados y el carcelero, pero pasó de largo y subió las escaleras de dos en dos, sin mirar donde pisaba. Salió al patio y caminó hacia la torre del homenaje. Una vez dentro atravesó la gran sala y subió hasta los aposentos ducales, evitando a todo aquel que se encontraba. Tal y como esperaba, dentro estaba su marido, pavoneándose de la victoria del día anterior ante sus amigos. La mujer se quedó quieta en el umbral, con la cabeza gacha.
-…Como veis, el muy estúpido no pudo ni siquiera hacer una mísera brecha en la muralla. No conseguirá nada y él lo sabe, pero se comporta como un gallito de corral, como ha hecho siempre…-los hombres escuchaban y reían. Givric hizo ademán de continuar, paro reparó entonces en su esposa y su sonrisa se transformó en un gesto de preocupación- Katwein…-susurró- Querida, ¿te ocurre algo?
Al oír aquellas palabras, la mujer se sobresaltó. Alzó la vista y descubrió que todos los presentes la miraban preocupados. Entonces sintió que tenía las mejillas húmedas. Levantó una mano y se tocó la cara. Estaba llorando.
-No, no es nada –respondió con una pequeña sonrisa. Se secó las lágrimas y se unió a la conversación.
-Ahora –dijo Givric cuando se hubieron quedado a solas- ¿Vas a decirme por qué llorabas?
La mujer tomó aire antes de hablar.
-He ido a visitar a Aurora.
-¿Que has hecho qué? –preguntó Givric con enfado.
Katwein se encogió de hombros.
-Pues sí, lo hice. Y ésa visita me ha hecho confirmar que todo ésta situación es un absurdo…
-Katwein…-le interrumpió su marido.
-¡No, déjame hablar! –gritó la mujer. Sin quererlo, había empezado a llorar de nuevo- Fui…Fui a verla al agujero donde tú la tienes encerrada. Hice que me dejaran a solas con ella. Pero, cuando entré, no vi a la princesa –tragó saliva- ¿Sabes a quién vi en ésa inmunda celda? ¿Tienes idea de a quién vi?
El barón negó lentamente con la cabeza, sin emitir sonido alguno.
-Vi a Ingrid en lugar de Aurora. ¡A Ingrid; a nuestra hija! ¡Nuestra hija, ¿no te das cuenta?! ¡Ésa chica que en éste mismo instante se pudre en las mazmorras podría ser ella!
-No entiendo por qué dices eso, aquí nuestros hijos están seguros…
-¿Pero lo estarán cuando Stefan cruce las puertas, Givric? ¿Lo estarán? No quiero ver a mis hijos sufriendo la ira del rey por algo que no han hecho…Yo te he obedecido, he obedecido todas tus órdenes, así que ambos somos culpables, pero nuestros hijos no tienen nada que ver. Pero a Stefan no le importará, y los mandará directos al tormento, tal y como nosotros hicimos con su hija…
El llanto le impedía seguir hablando. Givric se levantó de su asiento y se situó frente a ella Le acarició una mejilla con suavidad.
-Escúchame –dijo pausadamente- Bajo ninguna circunstancia permitiré que el bastardo de mi primo toque a nuestros hijos. Pero tampoco voy a permitir rendirme ahora, no cuando estoy tan cerca. Teniendo a la princesa como rehén, Stefan hará cualquier cosa con tal de que su única hija esté sana y salva. Incluso abdicar. Y cuando lo haya hecho, yo seré rey por derecho propio…
-¡¿Pero por qué?! –Saltó su mujer en medio de las lágrimas- ¿Por qué tanta ambición? ¿Por qué deseas con tanto fervor convertirte en rey?
-Porque –contestó él- quiero dároslo todo. Mi meta siempre ha sido llegar a lo más alto para poder dar a los míos todo lo que pidieran y más –hizo una pausa. Se aparó de su mujer y se acercó a la ventana- Mira –dijo señalando el paisaje- Mira éste lugar de mala muerte, donde siempre hace frío, donde los siervos son salvajes a medio civilizar. Nosotros nos pudrimos en éste agujero mientras ellos viven la buena vida en su cómodo castillo. Tú, Katwein, tú mereces ser reina más que ninguna otra, y nuestros hijos se merecen una vida mejor que crecer en éste lugar…Ellos lo saben y me apoyan.
Givric volvió junto a su esposa y la abrazó.
-Sí –susurró ella- ellos son nuestro tesoro. Moriría si a alguno de los dos le ocurriera algo…
-Más te vale que pidas perdón ahora –dijo Stefan.
Philip miraba desafiante a Neriah, aún sin comprender del todo la historia que le acababan de contar. Le costaba asumir que aquella maldita bruja fuera la tía materna de Aurora…
-Vamos, ¿a qué esperas? –le increpó su padre.
Tanto su padre como los de su prometida estaban frente a él, mirándole como si fuese un apestado. Pero si creían que así podían intimidarle, se equivocaban. De ninguna manera iba a pedir perdón a la bruja que casi los mata a Aurora y a él.
-Majestad –dijo dirigiéndose a la reina Fleur- Lamento profundamente mi comportamiento. Os prometo que no volverá a suceder…
-No es conmigo con quien tienes que disculparte –respondió la reina- Además, creo que Neriah también quiere decirte algo…
Neriah soltó un bufido. Miró a su hermana y ésta le hizo un gesto para que hablara.
-Yo… –dijo- Yo… Siento mucho haberos encerrado, y…-volvió a mirar a Fleur antes de seguir. Era muy difícil de decir- y también siento haberos atacado. Aceptad mis disculpas…
El joven la miró sorprendido. Pero pronto su gesto se endureció de nuevo.
-No pienso aceptarlas. No sois más que un lobo vestido de oveja –contestó con dureza.
-En tal caso –interfirió su padre- Mañana, en vez de ir a la batalla con los demás hombres, te quedarás aquí limpiando las armaduras y los establos. Si te comportas como un chiquillo, se te castigará como a tal. Ahora vete. Sería una verdadera lástima que fuese mañana el día de la liberación de Aurora y su prometido estuviera limpiando como un vulgar paje…
Furioso, el muchacho se dio la vuelta y salió sin decir una palabra.
-Creo –dijo Stefan- que te has pasado un poco con ésa última frase…
-Debe aprender y saber estar a la altura –respondió Hubert- He mencionado a tu hija para que la próxima vez recuerde antes de volver a hacer algo semejante. Por cierto –añadió- Hoy, que yo recuerde, era su cumpleaños….
-Sí, así es –dijo Fleur con tristeza.
Hubert sonrió con confianza.
-Vamos, mujer, no te pongas así –contestó con la mejor de sus sonrisas- ¡Verás como dentro de poco la vuelves a tener contigo! Ah, por cierto, mi mujer te manda recuerdos…
