Disclaimer: Como no se me ha ocurrido la idea, ni he escrito y publicado los libros, cabe deducir que Harry Potter no es de mi propiedad. Aunque le aceptaría unos milloncejos a J. K.
Lily
No había nadie como Hugo. De vez en cuando, Lily levantaba la vista de los libros, para observar como su primo ayudaba a los más pequeños con sus deberes.
Ella también esperaba su turno para que le echara una mano. Como siempre, se le atascaban los ejercicios de Astronomía y tenía que presentarlos esa misma noche. Así que se levantó, compuso su mejor "cara de pedir", ensayada muchas veces ante el espejo, y se acercó a él.
Como siempre, Hugo gruñó un poquito antes de entregarle el rollo de pergamino.
— Deberías quitarte esa costumbre de copiar las tareas. Así no aprenderás nada.
Apenas había empezado a copiar la carta astral, cuando Holofernex Cox sentó a su lado.
— ¿Hacemos juntos los deberes de Astronomía?
— Mmm… Si por eso te refieres a si puedes copiar los de mi primo… Ni se te ocurra —le constestó, golpeándole en la mano. —Pero luego puedes mirar los míos —añadió.
Era un chico simpático, bastante guapo. Casi todas las Griffyndor de su curso estaban tontas con él y, desde luego, a Lily le divertía.
Pero por alguna razón, no le acababa de gustar. Quizá sonreía demasiado. Tal vez no era lo bastante inteligente. Demasiado rubio, tal vez. Además, siempre estaba copiándole los ejercicios, en lugar de preguntar directamente a Hugo.
Aún así, no estaba muy segura de qué era lo que le faltaba a su compañero. Pero sin darse cuenta, allí estaba, aceptando ir con él a Hogsmeade.
— Espero que no le importe mucho a tu primo.
— ¿Hugo? ¿Por qué lo dices?
— Porque nos está vigilando — contestó él, levantando la vista hacia el lugar dónde se sentaba el joven, que se dio la vuelta al sentir su mirada.
— Siempre me cuida mucho, tendrás que pedirle permiso — bromeó ella.
Hugo siempre estaba allí para cuidarla. No había nadie como él.
Avance: Hugo
No había nadie como Lily. Y cuando se acercaba a él con su carita pecosa y ese mohín de sus labios, era incapaz de negarle nada. Aunque ambos sabían que tampoco se negaría sin las caritas. Era un juego, una tradición.
