Capitulo 10

- Algo en amarillo pálido, creo.- dijo alice con decisión, sentándose en medio de tantas telas que parecía como si un arco iris hubiera explotado en la habitación.

- Amarillo.- Repitió bella, masticando el lado de su labio inferior.- No creo que apague mi tez.

Como esta era al menos la décima sugerencia que Bella había rechazado, alice suspiró y sacudió su cabeza con una sonrisa. Tuvo que requisar el cuarto trasero en la tienda de su modista en la calle Oxford expresamente con el objetivo de ordenar un ajuar para Bella.

- Lo siento.- dijo Bella sinceramente.- No tenía intención de ser difícil. Está claro que tengo poca experiencia con este tipo de cosas.

Nunca le habían permitido escoger los estilos o los colores de sus vestidos. Según los dictados de Lord james, ella siempre llevaba diseños castos en colores oscuros. Lamentablemente era ahora difícil de imaginarse a si misma en azul vivo, o amarillo, o, que el cielo le ayuda, rosa. Y la idea de exponer la mayoría de la parte superior de su pecho en público era tan embarazoso que se había muerto de vergüenza ante las atrevidas ilustraciones del libro de muestras que alice le había enseñado.

La hermana mayor de edward, en su honor, era notablemente paciente. Enfocó a Bella con una uniforme mirada azul y una sonrisa persuasiva que tenía una semejanza poco común con su hermano.

- Bella, querida, no eres difícil en lo más mínimo, pero —

- Mentirosa.- Respondió Bella inmediatamente, y ambas se rieron.

- Esta bien.- dijo alice con una sonrisa.- eres condenadamente difícil, aunque estoy segura que es involuntario. Por lo tanto voy a hacerte dos peticiones. Primero, por favor ten en cuenta que esto no es un asunto de vida-o-muerte. El escoger un vestido no es demasiado difícil, especialmente cuando esta siendo uno aconsejado por una amiga astuta y muy elegante — que sería yo.

Bella sonrió.

- ¿Y la segunda petición?.

- La segunda es…por favor confía en mí.- Mientras alice le sostenía su mirada, estaba claro que el magnetismo de la familia de mansen no estaba limitado a los hombres. Ella irradiaba una mezcla de cordialidad y seguridad en sí misma a la que era imposible resistirse.- No dejaré que parezcas desaseada o vulgar.- prometió.- Tengo un gusto excelente, y he estado fuera en la sociedad de Londres durante algún tiempo, mientras que tu has estado…

- ¿Enterrada en Hampshire?.- Bella satisfizo amablemente.

- Sí, exactamente. Y si insistes en vestir en el estilo monótono que es apropiado para una mujer con el doble de tu edad, te sentirás fuera de sitio entre tu propia gente. Además, indudablemente perjudicaría malamente a mi hermano, porque los chismes susurrarán que debe ser tacaño contigo, si vistes con sencillez —

- No.- Dijo Bella automáticamente.- Sería injusto para él, cuando me ha dado permiso para comprar cualquier cosa que desee.

- Entonces déjeme escoger algunas cosas para ti.- engatusó alice.

Bella asintió, reflejando que estaba probablemente demasiado lejos de la moderación. Tendría que aprender a confiar en otra gente.

- Estoy en tus manos.- dijo con resignación.- Llevaré todo lo que sugieras.

Alice se movía limpiamente con satisfacción.

- ¡Excelente!.- levantó un libro de patrones de su regazo y comenzó a insertar trocitos de papel entre las páginas que le gustaban particularmente. La luz jugada sobre su pelo dorado oscuro, recalcando sombras de trigo y miel en los brillantes filamentos. Era una mujer extraordinariamente bonita, sus delicados y decididos rasgos un eco femenino de la enérgica cara de edward. De tanto en tanto hacía una pausa para dar a Bella una mirada evaluativa, seguida por un asentimiento o una rápida sacudida de su cabeza.

Lottie se sentó plácidamente y bebió un poco de té que el ayudante de la modista había traído. Llovía pesadamente fuera y la tarde era gris y fresca, pero el cuarto era acogedor y tranquilo. Las complejas cosas femeninas cubrían o estaban amontonadas por todas partes…cordones derramados, longitudes de cinta de seda y terciopelo, bonitas flores artificiales, sus pétalos adornados con cuentas de cristal para simular gotas de rocío.

De vez en cuando la modista aparecía, consultaba con alice y tomaba apuntes, luego discretamente desaparecía. Algunos clientes, le había dicho Alice a Bella, necesitan que la modista los asista a cada minuto. Otros eran mucho más decididos en sus preferencias y les gustaba tomar decisiones sin interferencia.

Tranquilamente ensimismada, Bella casi se asustó cuando Alice habló.

- No puedes imaginarte lo emocionada que estaba cuando Nick escribió que había tomado a una novia.- Alice sujetó dos telas unidas y las examinó críticamente, girándolas para ver como afectaba la luz el tejido.. Dime,¿ qué fue lo primero que te atrajo de mi hermano?.

- Es un hombre guapo.- dijo Bella cautelosamente.- Yo no podía menos de notar sus ojos, y el pelo negro, y…era también muy encantador, y… - hizo una pausa, su mente volvió a aquellos tranquilos momentos calentados por sol ante la puerta del beso cerca el bosque…que hastiado del mundo parecía, cuanta necesidad de consuelo. -Desolado.- dijo, casi sin aliento.- Me preguntaba como un hombre tan extraordinario podía ser la persona más triste que jamás había conocido.

- Oh, Bella.- dijo Alice suavemente.- Me pregunto por qué pudiste ver eso en él, cuando todos los demás consideran que es invulnerable.- Inclinándose adelante, sostuvo un trozo de pálida seda ámbar bajo la barbilla de Bella, probándolo contra su tez, luego lo bajó.- Durante la mayor parte de su vida, Edward ha tenido que luchar por la supervivencia. Era tan joven cuando nuestros padres murieron…y se hizo tan rebelde después… - dio una pequeña sacudida rápida de su cabeza, como si se zafara de una repentina multitud de dolorosos recuerdos.- Y luego se escapó a Londres, y no oí nada de él, hasta que un día me enteré que había sido condenado por algún pequeño crimen y condenado a un barco prisión. Unos meses después de eso, me dijeron que había muerto por enfermedad a bordo del barco. Lloré durante años.

- ¿Por qué no acudió a ti? Al menos podría haber enviado una carta de alguna forma, para ahorrarte semejante angustia innecesaria.

- Creo que estaba demasiado avergonzado, después de lo que le había pasado. Trató de olvidar que Anthony, Lord mansen, alguna vez había existido. Era más fácil encerrar todo lejos y crear una nueva vida para él como Edward cullen.

- ¿Después de lo que había pasado?.- preguntó Bella, perpleja.- ¿Te refieres a su encarcelamiento?.

Los ojos azules oscuros de alice buscaron los suyos. Pareciendo comprender que no se le había hablado a Bella sobre algo importante, se volvió reservada.- Sí, su encarcelamiento.- dijo vagamente, y Bella sabía que alice protegía a su hermano de alguna misteriosa manera.

- ¿Cómo te enteraste de que aún estaba vivo?.

- Vine a Londres.- contestó alice,- para vengarme del magistrado que lo había condenado al barco prisión. Le culpaba por la muerte de mi hermano. Pero para mi consternación, pronto me encontré enamorada de él.

- ¿Sir jasper?.- bella la miró fijamente con asombro.- No me extraña que a Edward no— Dándose cuenta de lo había estado a punto de decir, se detuvo bruscamente.

- ¿Le tenga tanta aversión ?.- terminó alice para ella con una risa pesarosa.- Sí, los dos no se tienen ningún cariño el uno al otro. Sin embargo, eso no le ha impedido a mi marido hacer todo lo que puede para ayudar a Edward. Ya ves, incluso después de que Edward se uniera a los detectives, él era…bastante imprudente.

- Sí, - Reconoció bella cautelosamente.- tiene una constitución bastante vigorosa.

Alice rió sin humor.

- Me temo que fue más que eso, querida. Durante tres años Edward ha corrido riesgos descabellados, sin parecer preocuparse de si vive o muere.

- ¿Pero por qué?.

- Ciertos acontecimientos en el pasado de Edward lo han hecho más bien amargado e indiferente. Mi marido y sir Grant han procurado ambos ayudarle a cambiar para bien. Yo no siempre estaba de acuerdo con sus métodos. Puedo asegurarte que sir jasper y yo hemos entablado combate en algunos animados debates sobre el asunto. Sin embargo, mientras el tiempo ha pasado, parece que mi hermano ha mejorado en muchos aspectos. Y bella, estoy muy animada por el hecho de que se haya casado contigo.- Tomó la mano de bella y la exprimió calurosamente.

- Alice… - bella apartó su mirada mientras hablaba de mala gana.- No creo que el matrimonio realmente podría caracterizarse como un matrimonio por amor.

- No.- aceptó la otra mujer suavemente.- Me temo que la experiencia de amar y ser amado sea bastante extraña para Nick. Sin duda le llevará algún tiempo reconocer el sentimiento por lo que es.

Lottie estaba segura de que alice tenia la intención de tranquilizarla. Sin embargo, la idea de que Edward cullen se enamorara de ella no sólo era improbable sino también alarmante. Él nunca bajaría la guardia hasta ese punto, nunca permitirá a alguien semejante poder sobre él, y si lo hiciera, muy bien podría hacerse tan obsesivo y dominante como Lord james. No quería que nadie la amara. Aunque estaba claro que algunas personas encontraban una gran alegría en el amor, como Alice y sir Jasper, Bella no podía evitar considerarlo como una trampa. El arreglo que ella y Nick habían elaborado era mucho más seguro.

Nick se encontró extrañamente a la deriva después que abandonó la oficina pública. Había comenzado a llover, y las nubes que florecían prometían un diluvio más pesado aún por venir. Al descubierto, cruzando a zancadas por el pavimento liso, sentía el frío, las gruesas salpicaduras de agua hundiéndose por su pelo y apedreando el cerrado tejido de la tela de su abrigo. Debería buscar refugio en algún lugar…El Oso pardo, una taberna situada frente al Nº 3 de Bow Street…o quizás La Casa de Café de Tom, donde el médico preferido de los agentes, el Doctor Linley, solía aparecer. O su propio hogar…pero se espantó de ese pensamiento al instante.

La lluvia caía más pesada, en frías y empapadas lágrimas lo que llevó a vendedores callejeros y a los peatones a agruparse bajo los toldos de las tiendas. Muchachos flacuchos entraban como flechas en la calle para ir a buscar taxis para los caballeros que habían sido pillados desprevenidos por la lluvia. Paraguas rotos abiertos, sus armazones torcidos por las fuertes ráfagas de viento, mientras el cielo era dividido por los dentados rayos de los relámpagos. El aire perdió su característico olor a patio de cuadra y tomó la frescura de la lluvia de primavera. Corrientes marrones traspasaban las alcantarillas, librándolas de la pestilente sustancia que los limpiadores nocturnos habían fallado en quitar durante las rondas de la tarde.

Edward anduvo sin dirección, mientras la lluvia se deslizaba bajando por su cara y goteaba de su barbilla. Por lo general en su tiempo libre iba a algún sitio con Sayer o Ruthven a intercambiar historias ante una cerveza y un bistec, o asistirían a un combate de boxeo o una comedia subida de tono en Drury Lane. A veces patrullaban las calles en un pequeño grupo, inspeccionando tranquilamente las carreteras y callejones ante cualquier signo de alteración.

Pensando en otros detectives, Edward sabía que pronto perdería su compañerismo. Era una locura esperar que fuera de otra manera. Ya no podía moverse en su mundo más — sir jasper lo había hecho imposible. ¿Pero por qué? ¿Por qué el bastardo entrometido no podía haberle dejado sobradamente en paz? La mente de Edward perseguía en círculos, fallando en aprehender la respuesta. Quizás tenía algo que ver con la búsqueda indefectible de sir jasper de lo correcto, del orden. Edward había nacido vizconde y por lo tanto debía ser restituido a su posición, no importa lo poco apto que fuera para ello.

Edward pensó en lo que sabía de la nobleza, de sus hábitos y rituales, las incontables normas de conducta, el inevitable retiro de los aristócratas hacendados de la realidad de la vida común. Trataba de imaginarse pasando la mayoría de su tiempo holgazaneando en salas y salones, o haciendo crujir su periódico recién planchado en el club. Dando discursos ante los Lores para demostrar su conciencia social. Asistiendo a soirees, y charlando sobre arte y literatura, y cambiando cotilleos sobre otros caballeros con medias de seda.

Una sensación de pánico lo llenó. No se había sentido así de atrapado, ese agobio, desde que le bajaron a la oscura y apestosa bodega del barco prisión y encadenaron junto a los más envilecidos seres imaginables. Pero entonces él sabía que la libertad yacía justo fuera de los cascos del barco anclado. Y ahora no había ningún lugar para escaparse.

Como un animal en una jaula, su mente buscaba con movimientos enfadados, buscando una especie de refugio.

- ¡cullen!.- La exclamación amistosa interrumpió sus pensamientos.

Nick Sayer se acercó a Edward con su acostumbrada simpática sonrisa. Grande, apuesto y simpático por naturaleza, a todos los agentes les gustaba Sayer, y era único en el que Edward más confiaba en una situación difícil.

- Finalmente has regresado.- exclamó Sayer, intercambiando un caluroso apretón de manos. Sus ojos negros centellearon bajo el ala de su sombrero empapado.- Veo que acabas de venir de la oficina. Sin duda sir Grant te ha dado una endemoniada misión para compensar tu larga ausencia.

Edward encontró que su arsenal habitual de agudos chistes estaba agotado. Sacudió su cabeza, encontrando difícil de explicar como su vida se había vuelto patas arriba en el espacio de una semana.

- Ninguna misión.- dijo con voz ronca.- He sido despedido.

-¿Qué?.- Sayer le miraba sin comprender.- ¿Es para bien? Eres el mejor hombre que tiene Morgan. ¿Por qué demonios haría eso?.

- Porque voy a ser vizconde.

De pronto la perplejidad de Sayer desapareció, y se rió.

- Y yo voy a ser el duque de Devonshire.

Edward no forzó una sonrisa, solo miró a Sayer con sombría resignación que provocó que la diversión del otro hombre se desvaneciera ligeramente.

- ¿cullen,-preguntó Sayer.- no es un poco temprano para que estés confundido?.

- No he estado bebiendo.

Ignorando la declaración, Sayer señaló con un gesto La Casa de Café de Tom.

- Venga, intentaremos ponerte sobrio con algo de café. Quizás Linley esté allí— él puede echar una mano para comprender que te ha aturdido tanto.

Después de numerosas tazas de café que habían sido generosamente endulzadas con terrones de azúcar moreno, Edward se sentía como un reloj de bolsillo al que se le había sido dado cuerda demasiado fuerte. Encontraba poco consuelo en la compañía de Sayer y Linley, que claramente no sabían que hacer de su inverosímil afirmación. Ellos lo presionaron por detalles que era incapaz de dar, porque no podía reunir el valor para hablar de un pasado que había pasado una década y media tratando de olvidar. Finalmente los dejó en La Casa de Café y volvió a pasear bajo la lluvia. Amargamente pensó que el único período de su vida en la cual había sido capaz de tomar decisiones por si mismo habían sido sus años como señor de crimen. Sería condenado fácilmente por pasar por alto la violenta miseria de aquellos años y pensar sólo en el placer salvaje que había obtenido en burlar a sir jasper en todo momento. Si alguien le hubiera dicho en aquel entonces que un día estaría trabajando para Bow Street, y casado, y obligado a llevar el maldito titulo familiar…Santo Infierno. Habría tomado todas y cada una de las medidas para evitar semejante destino.

Pero no podía pensar en lo que podría haber hecho de manera diferente. El trato con sir jasper había sido inevitable. Y a partir del momento en que había visto a bella que de pie sobre aquel muro sobre el acantilado del río en Hampshire, la había deseado. Sabía también que nunca dejaría de desearla, y probablemente debería abandonar todas las tentativas de lograr entender por qué. A veces no había ningún motivo — la cosa era simplemente así.

Pensando en el olor dulcemente erótico de su esposa y sus elocuentes ojos castaños, de pronto se encontró delante de una joyería. El lugar estaba desprovisto de clientes, excepto uno que se disponía a salir disparado hacia el aguacero bajo la cuestionable cubierta de un abollado paraguas.

Nick entró justo cuando el otro hombre se precipito hacia fuera. Retirando el pelo que goteaba de sus ojos, echó un vistazo por la tienda, notando las mesas cubiertas de fieltro y la puerta que conducía la segura habitación de atrás.

- ¿Señor?.- Un joyero se acercó a él, de su cuello colgaba una lupa de gran aumento. Le echó un vistazo a Edward de agradable interrogación.- ¿Puedo ayudarle?.

- Quiero un zafiro.- Le dijo Edward.- Para un anillo de señora.

El hombre sonrió.

- Entonces ha hecho bien en venir aquí, porque recientemente he importado una selección magnífica de zafiros de Ceilán. ¿Hay un peso particular que tenga en mente?.

- Al menos cinco quilates, sin defectos. Algo más grande, si lo tiene.

Los ojos del joyero brillaron con evidente impaciencia.

- Una señora afortunada por recibir un regalo tan generoso.

- Es para la esposa de un vizconde.- dijo Edward sardónicamente, desatando su abrigo empapado por lluvia.

Era por la tarde cuando Edward volvió a la Calle Betterton. Desmontando en la entrada de su casa, le dio las riendas al lacayo, que se había lanzado hacia fuera en la tormenta con un paraguas.

Rechazando el paraguas, que le serviría de poco en este momento, Edward subió chapoteando los escalones delanteros. La Sra. Trench cerró la puerta contra la bravuconería de la tormenta, sus ojos se ensancharon ante la vista de él. Entonces bella apareció, aseada y seca con su vestido gris oscuro, su pelo plateado a la luz de la lámpara.

- ¡Por Dios!, estas medio ahogado.- exclamó bella, apresurándolo a avanzar. Reclutó a una criada para ayudar a retirar el abrigo empapado de sus hombros y ofreciéndole quitar sus botas fangosas allí mismo en el vestíbulo. Edward apenas oyó lo que ella dijo a los criados, toda su conciencia enfocada en la pequeña silueta de bella mientras la seguía arriba.

- Debes tener frío.- dijo con preocupación, echando un vistazo sobre su hombro.- Pondré en marcha la ducha para calentarle, y luego puedes sentarse delante del fuego. Salí antes con tu hermana — ella vino de visita, y fuimos a la calle Oxford y pasamos una mañana encantadora en la modista. Prometo que lamentarás darme carta blanca con tu crédito, porque permití a alice persuadirme para encargar un escandaloso número de vestidos. Unos cuantos eran positivamente escandalosos — Temo que nunca tendré coraje para llevarlos fuera de casa. Y luego hicimos una excursión a la librería, y fue allí donde realmente perdí la cabeza. Sin duda nos he empobrecido ahora…

Una descripción extensa de varias de sus compras siguió, mientras le empujaba suavemente dentro del vestidor y le mandaba quitarse su ropa mojada. Edward se movía con un cuidado fuera de lo normal, su intensa conciencia de ella casi le hacía torpe. Bella atribuyó su lentitud a la frialdad tomada afuera, diciendo algo sobre los peligros para la salud de pasear en una tormenta, y que debía beber una taza de té con brandy después de la ducha. Él no tenía frío en absoluto. Estaba ardiendo por dentro, recordando detalles de la noche anterior…sus pechos, sus muslos abiertos, los sitios donde la sedosa suavidad desembocaba en los claros e íntimos rizos.

Simplemente no podía caer sobre ella en el momento que entró en la casa, como si no tuviera un mínimo de autocontrol. Pero ah, como lo deseó, pensó con una sonrisa sardónica, manejando torpemente los broches de su ropa. Las ropas mojadas cayeron con dificultad. A pesar de su calor interior, se dio cuenta de que en verdad se había enfriado. Oyó el traqueteo de las tuberías mientras bella ponía en marcha la ducha, y luego su vacilante toque en la puerta.

- Te he traído tu bata.- llegó su voz sorda. Su mano apareció alrededor del marco de la puerta con el terciopelo Borgoña agarrado entre sus dedos.

Edward miró su pequeña mano, el sensible interior de su muñeca con un pequeño esbozo de las venas. Anoche había sido fácil encontrar cada latido de su pulso, cada lugar vulnerable de su cuerpo. Se encontró extendiendo la mano, ignorando la bata prefiriendo envolver sus dedos alrededor de su delicada muñeca. Empujó la puerta para abrirla totalmente y la arrastró delante de él, mirando su cara ruborizada. No le era difícil de ver lo que él deseaba.

- No necesito bata.- dijo bruscamente, tirando la ropa de su mano y dejándola caer al suelo.

- La ducha….- Murmuró bella, callando cuando él alcanzó los botones de la abertura delantera de su vestido. Sus dedos se volvieron rápidos y seguros, quitando el corpiño para revelar la obra de lino y el corsé que moldeaba su carne. Él empujó hacia abajo las mangas, llevándose los tirantes de la camisa con ellas, y puso su boca en la curva desnuda de su hombro.

Milagrosamente ella se relajó en su abrazo con una buena voluntad que él no había esperado. Inflamado, probó la fina piel de su hombro, besó y lamió el sendero hasta su garganta, mientras él acariciaba sus manos libres del vestido y lo empujaba hasta sus caderas

La ducha comenzó a calentarse, saturando el aire de vapor. Edward desenganchó la parte delantera del corsé, comprimiendo brevemente los rígidos bordes de la ropa, liberándolos después completamente. Bella se agarró a sus hombros mientras se movía para ayudarle a quitar el resto de su ropa interior. Sus ojos estaban cerrados, sus párpados translúcidos temblando ligeramente cuando comenzó a respirar con largos suspiros.

Ávidamente, Edward la arrastró con él dentro de la lluvia caliente de la ducha. Girando su cara para apartarla de la corriente del agua, bella descansó su cabeza sobre su hombro, permaneciendo de pie pasivamente mientras sus manos se deslizaban sobre su cuerpo. Sus pechos eran pequeños, pero llenaban sus manos, los pezones se endurecieron por el apretón de sus dedos. Él modeló sus manos sobre su cintura sin límite, la elevación de sus caderas, su redondo trasero…acariciándola por todas partes, moviéndola contra la atiborrada longitud de su sexo. Gimiendo, ella separó sus muslos en sumisión a su mano exploradora, presionando su delicada carne contra su pulgar acariciante. Cuando entro en ella con sus dedos, ella jadeó e instintivamente se relajó a la delicada penetración. Él la acarició, pasando la mano sobre los profundos y secretos lugares que la llevaron al borde del orgasmo. Cuando estuvo lista para correrse, la levantó contra la pared embaldosada, un brazo bajo sus caderas, el otro detrás de su espalda. Ella hizo un sonido de sorpresa y se aferró a él, sus ojos se ensanchan cuando él empujó su miembro dentro de ella. Su carne se cerró apretadamente alrededor de el, tragándose cada pulgada de su miembro mientras la dejó que se acomodara contra él.

- Te tengo.- murmuró, su cuerpo resbaladizo cerrado firmemente en sus brazos.- No tengas miedo.

Respirando rápido, ella apoyó la parte de atrás de su cabeza contra su brazo. Con el agua caliente cayendo por su espalda, y el lozano cuerpo femenino empalado en él, cada pensamiento lúcido se evaporó rápidamente. Él la llenaba con intensas oleadas ascendentes, una y otra vez, hasta que ella gritó y se agarró con fuerza alrededor de él en sensuales contracciones. Edward se mantuvo inmóvil, sintiéndola temblar alrededor de él, las profundidades de su cuerpo se hicieron casi insoportablemente ceñidas. Sus espasmos parecían arrastrarlo más hondo, provocando olas de placer de su ingle, y se estremeció mientras se consumía dentro de ella.

Liberándola despacio, la dejó deslizarse hacia abajo de su cuerpo hasta que sus pies tocaron el embaldosado. Él ahuecó una mano alrededor de su cabeza mojada y frotó su boca sobre su pelo empapado, sus pestañas empapadas, la punta redonda de su nariz. Justo cuando alcanzó sus labios, ella apartó su cara, y él gruñó de frustración, muriéndose por su sabor. Nunca había deseado nada tan desesperadamente. Por una fracción de segundo estuvo tentado de sostener su cabeza con sus manos y aplastar su boca en la suya. Pero eso no le satisfaría…no podía conseguir lo que deseaba de ella por la fuerza.

Llevando a bella de la ducha, secó a ambos delante del hogar del dormitorio y peinó el largo pelo de bella. Las finas hebras eran de color ámbar oscuro cuando se mojaban, volviéndose de un tono pálido de champán cuando estaban secas. Admirando el contraste de los brillantes cabellos contra su bata de terciopelo, los alisó con sus dedos.

- ¿Qué os dijisteis tu y sir Grant?.- preguntó bella, inclinándose atrás contra su pecho cuando se sentaron sobre la gruesa alfombra Aubusson. Ella llevaba otra de sus batas, que era al menos tres veces su tamaño.

- Él apoyó la decisión de sir jasper, naturalmente.- dijo Edward, sorprendido por dentro de comprender que su amarga desesperación de la mañana se había apagado considerablemente. Parecía que su mente se reconciliaba ante la perspectiva de lo que se presentaba en el futuro, aunque de mala gana. Le contó lo que Morgan había dicho sobre que los detectives se disolverían pronto, y bella se retorció para mirarlo con pensativo ceño fruncido.

- ¿Londres sin los detectives de Bow Street ?.

- Las cosas cambian.- dijo rotundamente.- Lo estoy aprendiendo.

bella se sentó para afrontarlo, irreflexivamente curvando su brazo alrededor de su rodilla levantada de apoyo.

- Edward .- dijo cautelosamente.- cuando alice y yo hablábamos hoy, ella mencionó algo que creo que desearas saber, aun cuando se supone que es una sorpresa.

- No me gustan sorpresas.- refunfuñó.- Ya he tenido bastantes últimamente.

- Sí, eso es lo que pensé.

Sus ojos eran de un limpio castaño oscuro, como relucientes tazas de té de cayena. Edward miró fijamente su cara dulcemente curvada, la barbilla demasiado puntiaguda, la nariz demasiado corta. Las pocas imperfecciones hacían su belleza única y eternamente interesante, mientras que los rasgos más clásicamente formados le habrían aburrido rápidamente. Su cuerpo reaccionó con placer ante la presión del brazo delgado enganchado alrededor de su pierna y el lado de su pecho que rozaba su rodilla.

- ¿Qué te contó mi hermana?.-preguntó.

Bella alisó los pliegues sueltos de la bata de seda.

- Concierne a la casa de tu familia en Worcestershire. Alice y sir jasper la han restaurado, como un regalo para ti. Están reparando el señorío y ajardinado las tierras. Alice ha puesto gran cuidado en seleccionar telas y pinturas y mobiliario que se parecieran estrechamente a los que recordaba. Dice que se parece más bien a un viaje atrás en el tiempo…que cuando traspasa la entrada delantera, medio espera oír la voz de vuestra madre llamándola, y encontrar a vuestro padre fumando en la biblioteca—

- Dios mío.- dijo Edward entre dientes, poniéndose de pie.

Bella permaneció delante del fuego, extendiendo sus manos hacia el calor.

- Quieren llevarnos allí después de que la citación judicial llegue. Pensé que es mejor advertirte por adelantado, para concederte tiempo para prepararte.

- Gracias.- Edward logró decir tensamente.- Aunque ninguna cantidad de tiempo sería suficiente para eso. La casa familiar…Worcestershire…no había vuelto allí desde que él y Alice se habían quedado huérfanos. ¿No había un maldito escape de allí? Sintió como si estuviera siendo arrastrado inexorablemente hacia un hoyo sin fondo. El nombre de Sydney, el título, la hacienda, los recuerdos…no quería nada de eso, y lo empujaban a eso a pesar de todo.

Una sospecha repentina se extendió por él.

- ¿Qué más te contó mi hermana?.

- Nada de importancia.

Edward habría sido capaz de ver si su hermana hubiera confiado en ella. Pero parecía que alice no lo había traicionado de ese modo. Y si ella no le había contado a bella por ahora, probablemente seguiría manteniendo su silencio. Ligeramente relajando, restregó sus dedos por su pelo despeinado.

- Malditos todos y todo.- dijo con voz baja. Pero cuando vio la expresión indignada sobre la cara de Edward, añadió.- Excepto tu.

- Faltaría más.- replicó.- Estoy de tu lado, lo sabes.

- ¿Lo estas?.- preguntó, acariciando la idea a pesar suyo.

- Tu vida no es la única que se ha vuelto desordenada.- lo informó.- ¡Y pensar que estaba preocupada por los problemas que mi familia causarían!

Edward estaba tentado de reír en medio de su irritación. Fue hasta donde ella se sentó y bajó una mano hacia ella.

- Si deja de llover.- dijo, tirando de ella hacia arriba.-visitaremos a tus padres mañana.

La cara expresiva de bella traicionó tanto consternación como impaciencia.

- Si no es conveniente…esto, si tienes otros planes… estoy dispuesta a esperar.

- No tengo planes.- dijo Edward, pensando brevemente en su rechazo.- Mañana será tan conveniente como cualquier otro día.

- Gracias. Realmente quiero verlos. Sólo espero — bella se calló, sus cejas se juntaron. El dobladillo de la bata se arrastró en una larga cola mientras Edward iba hacia el fuego. Edward la siguió inmediatamente, deseando muchísimo abrazarla y tranquilizarla, besar sus labios hasta que se ablandaran bajo los suyos.

- Intenta no pensar en ello.- la aconsejó.- Angustiarte tu misma no cambiará nada.

- No será una visita agradable. No puedo pensar en una situación en la cual las dos partes podrían sentirse más traicionados mutuamente. Aunque estoy segura de que la mayoría de la gente me culparía.

Edward acarició los lados de sus brazos sobre las mangas de seda.

- ¿Si tuvieras que volver a hacerlo otra vez, te habrías quedado para casarse con james?.

- Seguramente no.

Girando a bella para enfrentarlo, alisó su pelo atrás de su frente.

- Entonces te prohíbo que te sientas culpable por ello.

- ¿Prohíbes?.- repitió, arqueando sus cejas.

Edward sonrió abiertamente.

- ¿Prometiste obedecerme, verdad? Bien, haz como digo, o afronta las consecuencias.

- ¿Cuáles son?.

Él desató su bata, la dejó caer al suelo, y se puso a demostrar exactamente lo que quería decir.

La Familia Swan vivía en una aldea dos millas al oeste del Londres moderno, una rama residencial rodeada por tierra de cultivo. Edward recordaba la casa bien estructurada pero desvencijada de su visita anterior, al principio de su búsqueda de bella. La ironía de volver a ellos como su nuevo y muchísimo menos deseado yerno lo habría hecho reír, porque la situación contenía fuertes elementos de farsa. Sin embargo, su diversión privada estaba apisonada por el silencio impenetrable de bella. Deseaba poder ahorrarla la dificultad de ver a su familia. Por otra parte, era necesario para bella hacerles frente y al menos intentar hacer las paces.

La pequeña casa de estilo Tudor estaba en una hilera de casas arquitectónicamente similares. Encabezadas por pequeños cuadros de jardín, demasiado crecidos, el rojo ladrillo exterior tristemente desmoronado. La puerta de la calle estaba levantada cuatro pasos de la tierra, la estrecha entrada conducía a dos habitaciones en la planta baja que servían como salas. Al lado de la entrada, otro juego de escalones de piedra conducía al sótano abajo, que contenía una cocina y un tanque de almacenaje de agua que se llenaba por la cañería principal en el camino.

Tres niños jugaban en los terrenos de jardín, blandiendo palos y corriendo en círculos. Como bella, eran muy rubios, tenían la piel blanca, y eran de constitución delgada. Había visto a los niños antes, le habían dicho a Edward sus nombres, pero no podía recordarlos. El carruaje se quedó en el pavimentado camino para carruajes, y las pequeñas caras aparecieron en la puerta delantera, mirando fijamente por las tablillas desconchadas mientras Edward ayudaba a bella a descender del carruaje.

La cara de bella estaba en apariencia tranquila, pero Edward vio como apretaba fuertemente sus dedos enguantados, y experimentó algo que él nunca había conocido antes— preocupación por los sentimientos de otro. No le gustó.

Bella se paró ante la puerta, su cara pálida.

- Hola.- murmuró.- ¿Tu eres Charles? Oh, has crecido tanto, apenas puedo reconocerte. ¿Y Elisa, y — ¡Por amor de Dios!, ¿aquel es el bebé Albert?

- ¡No soy un bebé!.- chilló el niño con indignación.

bella se sonrojó, serena al borde entre las lágrimas y la risa.

- Por qué, no de verdad. Debéis tener tres años ahora.

- Eres nuestra hermana Isabella.- dijo Elisa. Su pequeña cara seria tenía dos trenzas largas a los lados.- La que se escapó.

- Sí.- la boca de bella estaba tocada con repentina melancolía.- Ya no deseo estar lejos, Elisa. Os he echado tanto de menos a todos.

- Tendrías que casarte con Lord james.- dijo Charles, mirándola con redondos ojos azules. Se enfado mucho de que no lo hicieras, y ahora él va a—

- ¡Charles!.- La voz inquieta de una mujer llegó desde la entrada.- Cállate y sepárate de la puerta inmediatamente.

- Pero es Isabella.- protestó el muchacho.

- Sí, soy consciente de eso. A ver, niños, todos vosotros. Decid a la cocinera que os haga tostadas con mermelada.

La que hablaba era la madre de bella, una mujer frágilmente delgada a comienzos de los cuarenta años, con una cara excepcionalmente estrecha y el pelo rubio claro. Nick recordó que su marido era de constitución fornida con mejillas llenas. Ninguno de la pareja era particularmente hermoso, pero por algún truco de la naturaleza bella había heredado los mejores rasgos de cada uno.

- Mama.- Dijo bella suavemente, agarrando la parte de arriaba de la puerta. Los niños se escaparon rápidamente, impacientes por el convite prometido.

La Sra. Swan miraba a su hija con una mirada sin brillo, las líneas ásperas marcadas entre su nariz y boca, y a través de su frente.

- Lord james vino no hace ni dos días.- dijo ella. La sencilla frase contenía tanto acusación como crítica.

Privada de palabras, Lottie miró sobre su hombro a Edward. Él entró en acción inmediatamente, uniéndose a ella en la puerta y descorriendo el pestillo.

- ¿Podemos entrar, Sra. swan?.- preguntó. Él introdujo a bella hacia la casa sin esperar permiso. Algún diablo lo incitó a añadir.- ¿o la llamo Mama?.- Puso un énfasis burlón sobre la última sílaba de la palabra, como bella hacía.

Por su descaro, bella a escondidas le dio un codazo en las costillas mientras entraban en la casa, y él sonrió abiertamente.

El interior de la casa olía a humedad. Las cortinas de las ventanas habían sido dadas la vueltas muchas veces, hasta que ambos lados estuvieron desigualmente descoloridos por el sol, mientras que las viejas alfombras habían puesto tan delgadas que no se distinguía ningún modelo regular. Todo desde las figuras de porcelana desportilladas sobre la chimenea hasta el papel mugriento sobre las paredes contribuía a la imagen de decadente refinamiento. La Sra. Swan daba la misma impresión, moviéndose con la gracia cansada y la cohibición de alguien que una vez había estado acostumbrado a mejor vida.

- ¿Dónde está Padre?.- Preguntó bella, permaneciendo de pie en el centro de la sala, que era apenas más grande que un armario.

- Visitando a tu tío, en la ciudad.

Los tres de pie en el centro de la habitación, mientras un silencio torpe espesaba el aire.

- ¿Por qué has venido, Isabella?.- preguntó su madre finalmente.

- Te he echado de menos, yo— Lottie hizo una pausa ante el decidido vacío que vio en la cara de su madre. Edward sintió la lucha de su esposa entre el orgullo obstinado y el remordimiento mientas seguía con cuidado.- Quería decirte que siento lo que hice.

- Desearía poder creer eso.- contestó la Sra. Swan resueltamente.- Sin embargo, no lo creo. No te arrepientes de abandonar tus responsabilidades, tampoco lamentas colocar tus propias necesidades por encima de las de otros.

Edward descubrió que no le era fácil para escuchar a alguien criticando a su esposa — incluso si esa persona resultaba ser su propia madre. Por el bien de bella, sin embargo, se concentró en mantener la boca cerrada. Agarrando sus manos detrás de su espalda, se centró en el diseño borroso de la alfombra antigua.

- Lamento causarte tanto dolor y preocupación, mama.- dijo bella.- Siento también los dos años de silencio que han pasado entre nosotros.

Finalmente La Sra. swan mostró algún signo de emoción, su voz afilada con la cólera.

- Fue culpa tuya — no nuestra.

- Por supuesto.- reconoció humildemente su hija.- No me atrevo a pedirte que me perdones, pero —

- Lo hecho, hecho está.-interrumpió Edward, incapaz de tolerar el tono sumiso de bella. Que le condenaran si permanecía de pie mientras ella se ponía de rodillas arrepentida. Colocó cuidadosamente una mano en la cintura del corsé de bella en un gesto posesivo. Su mirada fría y segura atrapó a la Sra. swan.- No se gana nada hablando del pasado. Hemos venido para hablar del futuro.

- Usted no tiene ninguna participación en nuestro futuro, Sr. cullen.- Los ojos azules de la mujer estaban helados de desprecio.- Le culpo totalmente por nuestra situación tanto como a mi hija. Nunca habría hablado con usted ni contestado sus preguntas si hubiera sabido que su propósito final era quedársela para usted.

- Ese no era mi plan.- Edward dejó que sus dedos acomodarse en la curva de la cintura de bella, recordando la suavidad deliciosa bajo el cerrado corsé.- No tenía idea de que querría casarme con bella hasta que la conocí. Pero era obvio entonces como lo es ahora que bella estará mejor atendida casándose conmigo que con james.

- Esta muy confundido.- espetó la Sra. Swan enojada.- ¡Sinvergüenza arrogante! ¿Cómo se atreve a compararse a un par del reino?.

El sentimiento de bella se fortalecieron a su lado, Edward la apretó sutilmente en un mensaje silencioso para que no corrigiera a su madre en ese asunto. Que le condenaran si usara su propio título para compararse de cualquier modo con james.

- Lord james es un hombre de gran riqueza y refinamiento.- siguió la Sra. swan.- Él es sumamente educado y honorable y de gran consideración. Y si no fuera por el egoísmo de mi hija y su interferencia, Isabella ahora sería su esposa.

- Usted ha omitido algunos puntos.- dijo Nick.- Incluyendo el hecho de que james es treinta años más mayor que bella y resulta que esta tan loco como la perforadora de un zapatero.

El color de la cara de la Sra. Swan se condensó en dos manchas brillantes sobre sus altos pómulos.

- ¡No esta loco!

Por el bien de bella, Edward luchó por controlar su furia repentina. Se la imaginó como una niña pequeña, indefensa, siendo encerrada sola en una habitación con un depredador como james. Y esta mujer lo había permitido. Se hizo silenciosamente la promesa de que bella nunca jamás estaría sin protección. Le dedicó una dura mirada a la Sra. Howard.

- ¿No vio nada malo en las atenciones obsesivas de james hacia una muchacha de ocho años?.- preguntó suavemente.

- A la nobleza se le permiten sus debilidades, . Su sangre superior contiene algunas excentricidades. Pero desde luego, usted no sabría nada sobre eso.

- Podría sorprenderse.- dijo Edward sardónicamente.- A pesar de todo, Lord james es apenas un modelo para el comportamiento racional. Los dispositivos sociales de los que una vez disfrutó se han marchitado debido a sus supuestas debilidades. Se ha retirado de la sociedad y pasa la mayor parte de su tiempo en su mansión, ocultándose de la luz del sol. Su vida se centra alrededor del intento de moldear a una muchacha vulnerable en su versión de la mujer ideal — a la que no se le permite siquiera respirar sin su permiso. ¿Antes de que culpe a bella por huir de eso, conteste esta pregunta con honestidad —¿Querría casarse con semejante hombre?.

La Sra. Howard se evitó tener que contestar por la llegada repentina de Bree la hermana menor de bella, una bonita muchacha de dieciséis años con una cara mofletuda y ojos azules con densas pestañas. Su pelo era mucho más oscuro que el de bella, marrón claro en vez de rubio, y su figura estaba mucho más generosamente dotada. Deteniéndose sin aliento en la entrada, Bree contempló a su hermana pródiga con un grito de entusiasmo.

- ¡Bella!.- se precipitó y agarró a su hermana mayor en un fuerte abrazo.- ¡Oh, bella, has vuelto! Te eché de menos cada día, y pensaba en ti, y temía por ti—

-Bree, te he echado de menos incluso más- dijo bella con una risa ahogada.- No me atreví a escribirte, pero ah, como quise hacerlo. Uno podría empapelar las paredes con las cartas que deseó enviar—

-Bree.- interrumpió su madre.- Vuelve a tu cuarto.

O no la oyó o no la hizo caso, mientras Bree retrocedía para mirar a bella.

- ¡Que guapa estas!.- exclamó ella.- Sabía que lo estarías. Sabía que … - Su voz se calmó cuando capto una vista de Edward de pie cerca.- ¿Realmente te casaste con él?.- susurró con placer escandalizado que hizo sonreír a Edward.

Edward le echó un vistazo con una expresión curiosa. Edward se preguntó si ella tenía aversión a reconocerlo como su marido. No parecía disgustada, pero tampoco parecía muy entusiasta.

- ,- dijo bella.- ¿creo que has conocido a mi hermana?.

- Señorita Bree.- murmuró con una leve inclinación.- Un placer verla otra vez.

La muchacha enrojeció e hizo una reverencia, y miró hacia atrás a bella.- ¿Vivirás en Londres?.- preguntó.- ¿Me llevaras allí de visita? Tanto tiempo yo—

-Bree.- dijo la Sra. Swan significativamente.- Vete a tu cuarto ahora. Es más que suficiente de tonterías

- Sí, Mama.- La muchacha lanzó sus brazos alrededor de bella para un último abrazo. Susurró algo en el oído de su hermana mayor, una pregunta que bella contestó con un murmullo consolador y un asentimiento. Adivinando que había sido otra petición para ser invitada a una visita, Nick reprimió una sonrisa. Parecía que bella no era la única hija voluntariosa en la Familia swan.

Con un vistazo tímido a Edward, Bree abandonó la habitación y dio un suspiro mientras se alejaba de la sala.

Animada por el obvio placer de su hermana al verla otra vez, bella lanzó a la Sra. Swan un ojeada de suplica.

- Mamá, hay tantas cosas que debo decirte—

- Me temo que no haya ninguna razón para una remota discusión.- dijo su madre con frágil dignidad.- Has hecho tu elección, y también tu padre y yo. Nuestra conexión con Lord james esta demasiado afianzada para romperse. Cumpliremos nuestras obligaciones con él, Isabella— Incluso si no estas dispuesta.

bella la miró con confusión.

- ¿Cómo logras eso, Mama?.

- Eso ya no te concierne.

- Pero no veo — bella comenzó, y Edward interrumpió, su mirada se cerró en la Sra. swan. Durante años había negociado satisfactoriamente con criminales endurecidos, había trabajado demasiado con magistrados, culpables, inocentes, y todos los del medio. Que le condenaran si no pudiera llegar a algún tipo del compromiso con su propia suegra.

- Sra. swan, entiendo que no soy su primera opción como marido para bella.- le dedicó una sonrisa sardónica y encantadora que le funcionaba bien con la mayor parte de las mujeres.- El diablo sabe que no sería de la preferencia de todos. Pero como están las cosas, me mostraré un benefactor mucho más generoso que james.- echó un vistazo deliberadamente a su ruinoso entorno y devolvió su mirada a la suya.- No hay ninguna razón por la que no debería hacer mejoras en la casa y restaurarla a su satisfacción. También pagaré por la educación de los niños y procuraré que Bree tenga una salida apropiada. Si quiere, usted puede viajar al extranjero y pasar los meses de verano en la costa. Dígame todo lo que quiere y lo tendrá.

La expresión de la mujer era francamente incrédula.

- ¿Y por qué haría usted todo lo eso?.

- Para el placer de mi esposa.- contestó sin la vacilación.

Bella se volvió hacia él con una mirada con los ojos redondos maravillada. Con aire despreocupado tocó el cuello de su corpiño, pensando que era un pequeño precio a pagar por lo que ella le daba.

Lamentablemente el gesto íntimo pareció endurecer a la Sra. Swan contra él.

- No queremos nada de usted, Sr. cullen.

- Entiendo que esta en deuda con james.- persistió Edward, sintiendo que no había ningún modo de dirigir la cuestión más que con franqueza.- Me ocuparé de eso. Ya me he ofrecido a reembolsarlo por los años de Edward en la escuela, y asumiré sus otras obligaciones financieras también.

- Usted no puede permitirse a mantener semejantes promesas.- dijo la .- E incluso si pudiera, la respuesta aún sería no. Le ofrezco que se marche, Sr. Cullen porque no hablaré más del asunto.

Edward le dio una mirada inquisitiva, descubriendo desesperación…inquietud…culpabilidad. Todo su instinto le advertía que ocultaba algo.

- Le visitaré otra vez,- dijo con cuidado.- cuando el Sr. swan esté en casa.

- Su respuesta no será diferente de la mía.

Edward no indicó que había oído el rechazo.

- Buen día, Sra. swan. Nos vamos con Dios con todo deseo para su salud y su felicidad.

Los dedos de bella se apretaron fuerte por la manga de abrigo de Edward mientras luchaba para dominar sus emociones.

- Adiós, mama.- dijo con voz ronca y salió con él.

Edward la entregó con cuidado en el carruaje y echó un vistazo atrás al cuadro de jardín vacío. Todas las ventanas de la casa estaban libres, excepto una en la primera planta, donde la cara redonda de Bree apareció. Ella agitó desesperadamente la mano y descansó su barbilla sobre sus manos cuando la puerta del carruaje se cerró.

El vehículo arrancó con una sacudida antes de que los caballos se adaptaran a su ritmo. Bella apoyó su cabeza contra la tapicería aterciopelada, sus ojos cerrados, su boca temblando. El brillo de las lágrimas no derramadas apareció bajo sus abundantes pestañas doradas.

- Tontamente había esperado una recepción más cálida.- dijo, intentando un tono irónico y fallando completamente cuando medio sollozo escapó de su garganta.

Edward se sentó allí desconcertado y terriblemente impotente, su cuerpo tensándose por todas partes. La vista de su esposa llorando le llenaba de alarma. Para su alivio, ella se las arregló para conseguir el control sobre sus emociones, y apretó los talones de sus manos enguantadas en sus ojos.

- Ellos no podían permitirse rechazar mi oferta,- dijo Edward,- a no ser que todavía estén recibiendo dinero de james.

Bella sacudió su cabeza confundida.

- Pero no tiene sentido que siguiera apoyando a mi familia ahora que me he casado contigo.

- ¿Tienen alguna otra fuente de ingresos?.

- No puedo pensar ninguna. Quizás mi tío puede darles un poco. No lo suficiente para mantenerlos indefinidamente, pese a todo.

- Hmmm.- considerando varias posibilidades, Edward se inclinó atrás en la esquina de su asiento, su mirada se fijó en el paisaje que empujaba por delante de la ventana.

- ¿ Edward …realmente le dijiste a Lord james que le reembolsarías mi matrícula de la escuela durante todos esos años?.

- Sí.

Extrañamente, bella no preguntó por qué, sólo se ocupó arreglando sus faldas y tirando de sus mangas para cubrir sus muñecas. Quitándose sus guantes, los dobló y los puso a su lado sobre el asiento del carruaje. Edward la miró a través de los ojos entreabiertos. Cuando ella no pudo encontrar nada más que ajustar o enderezar, sintió valor suficiente para mirarlo.

- ¿Ahora qué?.-preguntó, como si se preparase para una nueva ronda de dificultades.

Edward consideró la pregunta, sintiendo un tirón en el centro de su pecho cuando vio la resolución en su expresión. Ella había aguantado los pocos días pasados con una ecuanimidad que era extraordinaria para una muchacha de su edad. Sin duda cualquier otra joven ya habría quedado reducida a a un montón de sollozos. Deseaba eliminar la mirada cansada de sus ojos y por una vez verla despreocupada y relajada.

- Bien, ,- dijo, moviéndose al espacio al lado de ella.- durante los próximos dos días, propongo que nos divirtamos.

- Diversión.- repitió, como si la palabra le fuera desconocida.- Perdóname, pero mi capacidad para el placer está más bien disminuida actualmente.

Edward sonrió y colocó su mano sobre el contorno de su muslo.

- Estas en la ciudad más apasionante del mundo,- murmuró,- en la compañía de un marido viril y joven y sus ganancias mal adquiridas.- besó su oreja, haciéndola temblar.- Créeme, bella, hay mucha diversión que obtener.

Bella no habría pensado que algo podría sacudirla de su desaliento después de la fría acogida de su madre. Sin embargo, Edward la entretuvo tan a fondo durante los pocos días siguientes que encontró difícil pensar en nada más que en él.

Esa noche Edward la llevó a una taberna teatral donde la música y los actos cómicos estaban organizados para atraer a los clientes. Localizado en Covent Garden, El Vestris—llamado por el una vez popular bailarín italiano de ópera—era un campo de encuentro para la gente del teatro, aristócratas miserables, y toda clase de vistosos personajes. El lugar estaba sucio y apestaba a vino y humo, el suelo tan pegajoso que bella estaba en el peligro de salirse directamente fuera de sus zapatos. Ella cruzó el umbral a regañadientes, porque las jóvenes de calidad nunca eran vistas en semejantes sitios a no ser en la compañía de sus maridos—e incluso entonces era sumamente cuestionable. Edward inmediatamente fue aclamado por los ocupantes de la taberna, muchos de ellos parecían ser completos rufianes. Después de un breve intervalo de palmadas en la espalda e intercambio de insultos amistosos, Edward llevó a bella a una mesa. Se les sirvió una cena con bistec y patatas, una botella de oporto, y dos tazas de algo llamado "heavy wet".

Aunque bella nunca había comido en público antes y se había sentido de manera absurdamente cohibida, con el mejor de los ánimos atacó el bistec que fácilmente podría haber servido para una familia de cuatro.

- ¿Qué es esto?.- preguntó, con cautela tomando su taza y mirando detenidamente en las marrones profundidades espumosas.

- Cerveza.- Contestó Edward, descansando su brazo detrás de su silla.- Prueba un poco.

Obedientemente tomó un sorbo de la bebida espesa con sabor a grano, y su cara entera se arrugó con aversión. Riendo por su expresión, Edward dijo a una camarera cercana que le trajese un poco de ponche de ginebra. Más clientes alardeaban en el edificio, las tazas se hacían sonar pesadamente sobre las abolladas mesas de madera, y las camareras se movían afanosamente entre la muchedumbre con grandes jarras.

En la parte delantera de la taberna, una divertida cancioncilla musical era cantada por una mujer delgada que usaba ropa de la hombre y corpulento caballero con un abundante bigote que estaba vestido como una campesina, con un enorme pecho falso que se balanceaba de un lado al otro cuando se movía. Cuando "el chaval" persiguió "a la campesina" alrededor de la taberna, cantando una conmovedora canción de amor que elogiaba su belleza, el lugar estalló en un bramido de risa. La absoluta estupidez de la actuación era imposible de resistir. Puesta contra el costado de su marido, con una taza de ponche de ginebra astringente en sus manos, bella trataba sin éxito de sofocar un ataque de risas tontas.

Más actuaciones siguieron…canciones verdes y bailes, divertidas poesías, incluso una demostración de acrobacias y juegos malabares. Se hizo tarde, las esquinas de la taberna se oscurecieron, y en la atmósfera relajada, más de unas pocas parejas comenzaron a complacerse con algunas caricias indiscretas y besos. Bella sabía que debería haber estado impresionada, pero el ponche de ginebra la había puesto soñolienta y aturdida. Descubrió que estaba sentada sobre el regazo de Nick, sus piernas metidas entre las suyas, y la única razón por la que era capaz de sentarse derecha era el hecho de que sus brazos estaban alrededor de ella.

- Oh, querido.- dijo ella, mirando fijamente su taza casi vacía.- ¿Bebí todo eso?.

Edward tomó la taza de ella y la puso sobre la mesa.

- Me temo que si.

- Sólo tu podrías deshacer mis años de educación en Maidstone en una tarde.- dijo, haciéndole sonreír abiertamente.

Su mirada bajó hasta su boca, y trazo el borde de su mandíbula con la yema de su dedo.

- ¿Estas completamente pervertida ahora? ¿No? Entonces vamos a casa, y terminaré el trabajo.

Sintiéndose insegura y muy caliente, Bella se rió tontamente mientras él la guiaba por la taberna.

- El suelo esta lleno de baches.- le dijo, apoyando con fuerza contra su costado.

- No es el suelo, cariño, son tus pies.

Considerando esto, Bella echó un vistazo desde su cara divertida a sus propios pies.

- Realmente se sienten como si los hubieran colocado en las piernas equivocadas.

Edward sacudió su cabeza, sus ojos azules brillando por la risa.

- No tienes tolerancia por la ginebra, ¿verdad? aquí, déjame llevarte.

- No, no deseo ser un espectáculo.- protestó cuando la levantó contra su pecho y la llevó a la calle. Parando la vista en ellos, un lacayo que esperaba se apresuró al final de la calle, donde su carruaje esperaba en una fila larga.

- Serás más que un espectáculo si te caes de cara.- Replico Edward.

- No estoy tan lejos de eso.- protestó Bella. Sin embargo, sus brazos eran tan sólidos y su hombro tan acogedor que se acurrucó contra él con un suspiro. El olor ligeramente almizclado de su piel mezclado con el fresco olor a almidón de su corbata, una mezcla tan atrayente que se acercó más poco a poco para inhalar profundamente.

Edward se paró junto a la calle. Su cabeza giró, su mejilla afeitada acariciando la suya y haciendo que su piel se estremeciera.

- ¿Qué estas haciendo?.

- Tu olor… - dijo ella distraídamente.- Es maravilloso. Lo noté la primera vez que nos encontramos, cuando casi me hiciste caer del muro.

Una risa se avivó en su garganta.

- Te salvé de la caída, quieres decir.

Cautivado por la textura picante de su piel, Bella presionó sus labios bajo su mandíbula. Lo sintió tragar con fuerza, el movimiento ondulando contra su boca. Era la primera vez que se le había insinuado, y el pequeño gesto fue sorprendentemente eficaz. Parado allí de pie sujetándola con fuerza, su de pecho subía y bajaba con su cada vez más fatigosa respiración. Cautivada por la idea de que podía excitarle tan fácilmente, Bella tiró del nudo se su corbata y le beso el costado de su cuello.

- No, Bella.

Ella acarició con la punta de su uña sobre la piel áspera por el pelo, arañando con delicadeza.

- Bella … - intentó otra vez. Lo que fuera que había tenido la intención de decir fue olvidado cuando ella besó su oreja y tomó el lóbulo entre sus dientes en un suave mordisco.

El carruaje paró delante de ellos, y el lacayo se ocupó de ajustar el escalón de quita y pon. Formando sus rasgos en una máscara vacía, Edward metió a Bella dentro del carruaje y subió después de ella.

En cuanto la puerta se cerró, la arrastró hasta su regazo y tiró violentamente de la parte delantera de su vestido. Ella extendió la mano para jugar con su pelo, enredando sus dedos en los espesos mechones negros. Desatando la parte superior de su corsé, movió suavemente un pecho hacia fuera y cerró su boca sobre el suave pezón. La provocativa succión hizo que se arqueara contra él con un gemido de placer. Sus manos investigaron desesperadamente bajo sus faldas, deslizando las ultimas masas de paño y lino para encontrar la húmeda abertura de sus calzones. Su mano era demasiado grande para deslizarse dentro de la ropa interior, y la rasgó con una facilidad que la hizo jadear. Su muslos se abrieron en impotente bienvenida , y su visión se veló cuando un dedo largo se movió con cuidado dentro de ella. Acunándola en su regazo, con su mano moviéndose con cuidado entre sus piernas, sintió sus que músculos interiores comenzaban a apretarse rítmicamente.

Un gemido escapo de él, y arrastró sus caderas sobre las suyas, manipulando violentamente la parte delantera de su pantalón.

- Estas tan mojada… no puedo esperar, Bella, déjame…siéntate en mi regazo, y pon su piernas…oh, Dios, sí, justo ahí...

Ella se sentó a horcajadas sobre él por propia voluntad, aspirando su aliento mientras la penetraba, sus manos impulsando sus caderas hacia abajo hasta que se hubo enterrado hasta la empuñadura. Él esta deliciosamente duro y grueso dentro de ella, manteniéndose inmóvil mientras el movimiento del carruaje empujaba sus cuerpos unidos. A escondidas Bella frotaba el dolorido punto de su sexo contra él, sintiendo las olas de calor que se elevaban del lugar por donde estaban unidos. Una de sus manos pasó delicadamente sobre la parte alta de su espalda.

Bella jadeó cuando una sacudida vigorosa de las ruedas del carruaje le impulsó más hondo dentro de ella.

- No tenemos mucho tiempo.- logró decir ella contra su garganta.- La taberna esta muy cerca de la casa.

Edward respondió con un gemido torturado.

- La próxima vez haré que el conductor nos lleve por todo Londres…dos veces.- Él deslizó su pulgar hasta la cima de su sexo mojado y le dio golpecitos suaves y rápidos, incrementando su placer rápidamente hasta que ella se acurrucó contra él con un sollozo, abrumada por la explosiva sensación. Enganchando sus caderas hacia arriba con desesperados empujes, gruñó y enterró su cara en la curva de su cuello, su pasión alcanzado una culminación cegadora.

Ambos respiraron en largos jadeos, mientras su carne desnuda estaba encerrada junta bajo las capas de ropa desaliñada.

- Nunca es suficiente.- dijo Edward bruscamente, su mano ahuecada sobre sus suaves nalgas, sosteniéndola firmemente contra él.- Se siente demasiado bien para parar.

Bella entendió lo que intentaba expresar. La necesidad inextinguible entre ellos era más que mera ansia física. Encontró una satisfacción en estar juntos que estaba mucho más allá de la conexión de sus cuerpos. Hasta ese momento, sin embargo, no había sabido que él lo sentía también…y se preguntó si él tenía tanto miedo de reconocer el sentimiento como ella.