Fandom: LHDP

Pareja: Pepa/Silvia

Disclaimer: La mayoría de los personajes presentes en esta historia pertenecen a Antena 3 y Globomedia, yo sólo los he cogido prestados durante un rato para escribirla.

Los comentarios y opiniones de cualquier índole son simpre bienvenidos. :)


Capítulo 12

La habitación estaba inundada de luz cuando Pepa abrió los ojos por segunda vez esa mañana. Silvia seguía acurrucada en el lugar en el que se había acomodado la noche anterior, con su cabeza reposando sobre el hombro de la morena , que no tenía ninguna intención de protestar. La sonrisa acudió a sus labios al recordar su primer despertar de esa día, cuando las cosquillas que el pelo rojizo de su mujer le estaba haciendo en la mejilla la obligaron a salir del profundo sueño en el que había estado sumida minutos antes. Despertarse al lado de Silvia siempre le alegraba el día. Si pudiéramos cambiar esta habitación de hospital por la nuestra, el despertar habría sido redondo, pensó.

Las enfermeras que se habían pasado por la habitación un rato antes para atender a su higiene personal le habían dado un poco de margen a la pareja al ver que la pelirroja dormía todavía profundamente al lado de su mujer. Pepa ni siquiera había tenido que pedírselo, al parecer la Doctora Castro había hecho infinidad de amistades durante su estancia en el hospital. Así que, no sabía ni cuanto tiempo después, Pepa se encontraba en un duermevela; su cuerpo parecía no haber tenido suficiente con el sueño acumulado durante su estado de coma, de hecho ni siquiera era consciente del tiempo que había pasado en el hospital, pero si le hubieran preguntado habría contestado que meses. El vago recuerdo del tormento que había padecido durante todo ese tiempo hacía que la duración del mismo se magnificara en su mente.

Los momentos que su cuerpo le concedía para mantenerse alerta, Pepa los gastaba contemplando el rostro de Silvia. Le habría gustado decir que la pelirroja estaba relajada y feliz descansando a su lado, pero lo cierto era que incluso mientras Silvia dormía, Pepa podía apreciar en sus rasgos la preocupación y el malestar. Su ceño seguía fruncido, como si algo no le permitiese descansar ni siquiera ahora que Pepa estaba por fin fuera de peligro; la inquietud que reflejaba el rostro de su mujer era algo que preocupaba a Pepa sobremanera, esa imagen unida al llanto inconsolable y a su comportamiento del día anterior la llenaban de intranquilidad, pero la morena era incapaz de señalar qué era lo que le provocaba ese desasosiego que sentía.

Quizá estaba dándole demasiada importancia a algo que probablemente carecía de ella. Después de todo, no le había sido difícil adivinar que el comportamiento de la pelirroja la noche anterior se había debido al simple hecho de que Silvia estaba aterrada, y su despertar la había removido de una manera que ni siquiera la propia Silvia había sido capaz de comprender. Pepa lo había pasado mal, pero ella no había sufrido la situación de ver a su mujer postrada en una cama con la incertidumbre de saber si iba a despertar algún día o si nunca volvería a ver sus ojos abrirse. Sólo imaginárselo le provocaba escalofríos, no era difícil entender por tanto parte de la reacción de Silvia; y sin embargo, la inquietud se negaba a abandonar el subconsciente de Pepa, que harta de darle vueltas a algo que ahora mismo no podía remediar, intentó relajarse cerrando los ojos, tratando de mantener a sus pensamientos a raya.

No habían transcurrido ni unos segundos, cuando escuchó de nuevo la puerta de la habitación. Pepa mantuvo sus ojos cerrados, intuyendo que si las enfermeras la veían dormida, volverían a posponer la tarea. La morena quería que Silvia descansara, su mujer se había pasado la mayor parte de la noche llorando, y su cara denotaba el estado de completo agotamiento en el que se encontraba la pelirroja. Sin embargo, quienquiera que hubiera entrado estaba cerrando la puerta, pero no parecía haber abandonado la habitación. Pepa, intrigada, abrió los ojos para encontrarse con una Lola que se encontraba de espaldas a la cama, haciendo esfuerzos sobrehumanos para cerrar la puerta de la habitación sin hacer el mínimo ruido.

Cuando por fin lo consiguió, su cuñada se giró para dirigir su mirada hacia donde se encontraban ellas, y Pepa, intuyendo la reacción de Lola, recibió la cara de sorpresa de esta con un dedo pegado a sus labios, indicándole que no gritara para no despertar a Silvia.

Lola consiguió reprimir el grito de alegría, pero casi a costa de un infarto. La mujer no había esperado encontrarse a una Pepa consciente cuando esa mañana había salido de casa para hacer la visita acostumbrada al hospital. Las manos de Lola se encontraban cubriendo su boca, en un esfuerzo por contener las palabras que sin duda se agolpaban para salir, presas de la alegría. Pero consiguió calmar el impulso de saludar a su cuñada con efusividad, y se tranquilizó lo suficiente como para retirar las manos de su rostro y dedicarle una gran sonrisa a Pepa.

La morena le devolvió la sonrisa, y las lágrimas se agolparon en los ojos de Lola, no sólo por la alegría de ver a Pepa despierta, si no por la certeza de saber que su hermana, su niña, iba a salir adelante ahora que Pepa había vuelto.

–¡Pepa! –la voz de Lola no podía ocultar la alegría, aunque sorprendentemente consiguió emitir el nombre de su cuñada en un tono que podría haber pasado por un susurro.

Lola se encontraba a escasos centímetros de la cama en la que se encontraban las dos mujeres, y a pesar del bajo tono de voz en el que había hablado, Silvia se removió en su sueño y entreabrió sus ojos lentamente, tratando de defenderse de la insultante luz que entraba por la ventana. Era como si en su cerebro hubiera un mecanismo que la hacía saltar, como si tuviera un resorte, cada vez que oía ese nombre.

Los ojos de Silvia consiguieron por fin enfocarse y se encontraron de nuevo con la cara sonriente de Pepa. Ella le devolvió la sonrisa, pero la suya era una sonrisa tímida e insegura; sonreía porque no había sido un sueño, Pepa estaba despierta, pero la morena podía apreciar algo más detrás de la mirada de esos ojos negros, y el desasosiego que había intentado enterrar hacía unos minutos volvió a apoderarse de ella. Sin embargo, Pepa no permitió que la sonrisa abandonara su rostro mientras observaba a una Silvia que trataba de incorporarse, sin incomodarla demasiado, para reposar su espalda contra la parte de atrás de la cama.

La mirada de Silvia se despegó levemente de la figura de Pepa al percatarse de la presencia de su hermana en la habitación, pero no tuvo tiempo ni de pronunciar el nombre de Lola para saludarla. La mujer se había adelantado a su hermana y ya la estaba apretujando contra sí en un abrazo que dejó a Silvia sin aliento.

–¡Ay mis niñas! –no dejaba de repetir sin soltar a Silvia excepto para alargar su mano y apretar el brazo de Pepa con cariño; pero de repente, Lola soltó a Silvia y la sonrisa que parecía haberse convertido en un rasgo permanente de su cara desapareció sin dejar rastro. Silvia se quedó sorprendida por el cambio de actitud de su hermana, más aún cuando esta le propinó un "leve" manotazo en el brazo.

–¡Lola! –Silvia la miró como si hubiera perdido la cabeza a la vez que se frotaba la zona de impacto, pero la cara de Lola no cambió ni un ápice a pesar del tono de reprocha de Silvia.

–¿Y tú a qué estabas esperando para avisar de que Pepa se había despertado, eh? Con lo preocupado que está todo el mundo, caramba –le dijo, cruzándose de brazos como una madre esperando la respuesta de su hijo aún sabiendo que en su cabeza ya tiene listo el veredicto de culpable.

–Ay, Lola, no te pongas así. Anda –Silvia se acercó a su hermana que todavía parecía reacia a querer dejar pasar el tema por alto–, no seas boba. Si se despertó ya casi de noche. Además, todavía está un poco grogui, la pobre.

Lola miró a Pepa, tratando de adivinar la verdad de las palabras de Silvia en el rostro de Pepa, y efectivamente se dio cuenta de que la morena todavía parecía estar un poco fuera de juego. La expresión de Lola se suavizó al encontrarse con los ojos cansados de Pepa, y esta aprovechó para intentar quitarle hierro al asunto llamando la atención de Lola antes de que pudiera volver a dirigirse acusadoramente a su hermana.

–Hola…Lola. –le dijo, con su voz todavía ronca por el desuso.

–¿Hola Lola?, qué "hola Lola" ni qué niño muerto, haz el favor de recibir a tu cuñada como Dios manda. –Lola se acercó un poco más a la cama y depositó un largo y sonoro beso en la mejilla de Pepa. Cuando se apartó dejó su mano en la mejilla opuesta durante un par de segundos, como intentando convencerse, al igual que su hermana había hecho horas antes, de que Pepa estaba realmente despierta.

–Hola…cuñada. –Enmendó Pepa, y Lola no pudo evitar reírse.

–¿Cómo estás, cariño mío?

–Torpe –respondió Pepa con un, apenas perceptible, encogimiento de hombros–, me…cuesta pensar –acertó a decir lentamente sin perder la sonrisa.

Lola se sentó en el borde de la cama y cogió la mano de Pepa que reposaba sobre las sábanas al tiempo que miraba a Silvia con cara de preocupación.

–Es normal, Lola –Silvia le aseguró–. Ha sido mucho tiempo sin realizar las funciones que nos resultan más básicas a todos, le costará un poquito de tiempo, pero en nada estará como nueva.

Silvia dedicó una mirada fugaz a Pepa, pero volvió a centrar su atención rápidamente en su hermana. Esta vez la sonrisa de Pepa sí se desdibujó por completo. –Por eso no quise llamaros ayer –continuó la pelirroja–. Era muy tarde, y no me parecía justo daros la buena noticia para acto seguido pediros que no vinierais a verla para que pudiera descansar.

Lola asintió, comprendiendo la actitud de Silvia, y de nuevo se dirigió a la morena que se encontraba pensativa en la cama. –Pues ya lo has oído, Pepa –le dijo mientras apretaba suavemente la mano que aún sujetaba–. A recuperarse cuanto antes, que San Antonio no es lo mismo sin ti.

Apenas Lola pronunció esas palabras, una mirada de profunda tristeza se reflejó por unos segundos en los ojos de Silvia, un gesto que habría pasado desapercibido para cualquiera, pero no para Pepa. Algo pasaba, algo que no le habían contado todavía. Era como si ocurrieran miles de cosas a su alrededor pero su cabeza funcionara un par de velocidades más lenta que el mundo que la rodeaba. Pepa se sentía como si estuviera en un medio desconocido en el que le resultaba complicado actuar.

Desde que se había despertado, apenas si había tenido un momento a solas con Silvia, y las miles de preguntas que quería hacerle se negaban a salir de su boca. En parte porque aún le costaba trabajo hablar, y en parte porque había visto el frágil estado en el que se encontraba la pelirroja, no quería añadir más tristeza a los ojos de Silvia. Pepa decidió esperar para hacer esas preguntas que se la estaban comiendo por dentro; no tenía ni idea de qué había pasado después de recibir el disparo, pero se consoló con saber que al menos Silvia estaba bien. De momento tendría que valerle con eso, aunque verla comportarse de una manera tan distante estaba haciéndoselo tremendamente difícil de llevar.

–De todas formas –añadió Silvia al tiempo que sacudía su cabeza como intentando alejar un mal recuerdo de su mente–, esta tarde van a hacerle un montón de pruebas para descartar cualquier posible daño permanente.

Ante la mención de posibles daños permanentes, Lola volvió a apretar la mano de Pepa inconscientemente, y su cara volvió a reflejar preocupación.

–Ay, Lola. Que no, que no es nada malo –Silvia se apresuró a tranquilizarla–, no pongas esa cara. Que el médico que la trata está convencido de que todo va a ir bien.

Pepa no salía de su asombro, Silvia se comportaba como si no pasara nada. Todas esas cosas debería estar diciéndoselas a ella, pero en cambio rehuía de su mirada, y todas esas frases tranquilizadoras se las decía a Lola en vez de a ella. A una Lola que le había mantenido la mirada más veces en los veinte minutos que llevaba allí que Silvia en todas las horas que Pepa llevaba despierta.

–Anima esa cara, cuñada –la voz de Lola la sacó de su ensimismamiento–, que ya has oído a la pelirroja. Todo va a ir bien, cariño mío.

La sonrisa volvía a estar presente en la cara de su cuñada, y Pepa no vio la necesidad de explicarle a Lola que su cara no reflejaba preocupación por su estado de salud si no por esa misma pelirroja de la que Lola hablaba. La morena le dedicó una tenue sonrisa, y giró sus ojos hacia donde estaba Silvia, que de nuevo bajó la cabeza en cuanto su mirada se cruzó con la de Pepa.

–Claro...que sí, Lola –dijo tratando de disfrazar la duda que reflejaba su voz–, claro que...sí.

Continuará...