Disclaimer: La serie de HBO 'Juego de Tronos' no es de mi propiedad, como tampoco lo es la serie de libros 'Canción de Hielo y Fuego' del escritor estadounidense George R. R. Martin.


DAWN

Capítulo 12:

Storm of Visions


Visenya cayó de rodillas suavemente. Shane observaba la macabra procesión que tenía lugar en la Costa Naranja desde el pedestal en sus aposentos personales. Le dirigió una mirada solemne para comunicarle que comprendía la gravedad de la epidemia.

—No tengo derecho a pedirte nada—tragó la reina—. Sé que esperaban los Primeros Hombres de ti, y detesto pedírtelo yo también. Pero soy madre. No puedo permitir que bebés mueran en el lecho y que los ancianos sean asesinados para disminuir las bocas que alimentar. Muchos de esos hombres intentaron hacerme la guerra, pero acudieron a mí cuando todas las puertas les fueron cerradas. No soy la clase de mujer que disfruta del sufrimiento ajeno. No siento alegría en este momento. De ser necesario tomaré lo que es mío con fuego y sangre, pero primero responderé a la injusticia con justicia.

Shane inclinó la cabeza antes de liberar una solitaria lágrima en el vial que Visy cargaba.

No se atrevía a abrirles las puertas. Les había enviado sanadores, recitadores de hechizos y cirujanos barberos, pero algunos habían caído enfermos también, y sus artes no sirvieron para aminorar el progreso galopante de la enfermedad que había llegado a lomos de la yegua clara. Separar a los sanos de los enfermos también había resultado inútil. Los Segundos Hijos lo habían intentado, y apartaron por la fuerza a los maridos de sus esposas y a los hijos de sus padres, aunque los myrienses llorasen, pataleasen y les tirasen piedras. A los pocos días, los enfermos estaban muertos, y los sanos, enfermos.

Hasta alimentarlos se hacía cada vez más difícil. Les hacía llegar lo que podía, pero cada día eran más, y los elefantes le cerraban las bodegas para impedirle ayudarlos. También costaba cada vez más encontrar hombres que llevaran las provisiones: demasiados de sus enviados habían contraído la colerina. A otros los habían atacado en el camino de vuelta a la ciudad. El día anterior habían volcado una carreta y habían matado a dos de sus soldados, de modo que la reina decidió entregar los alimentos en persona. Todos y cada uno de sus consejeros trataron de disuadirla con argumentos fervorosos, incluso Aenar y Daario olvidaron el rencor entre ellos para suplicarle entrar en razón, pero Visenya se mostró inamovible.

—No les daré la espalda—dijo con testarudez. Si jamás le había afectado la psoriagrís, la colerina sangrienta no mellaría en ella—. Una reina tiene que conocer el sufrimiento de su pueblo.

Sufrimiento era lo único que no les faltaba. Los inmaculados se situaron a su alrededor para impedir que los myrienses y los lysenos se lanzaran sobre las provisiones. En cuanto se detuvieron, los enfermos empezaron a avanzar hacia ellos, cojeando y tambaleándose, cada vez en mayor número. Los aulladores dothrakis les cortaron el paso.

Antes del mediodía había ya una docena de piras. Las columnas de humo negro se alzaban para hollar el despiadado cielo azul. Visy huyó de las hogueras, con la ropa de montar sucia y llena de cenizas, al divisar un montón de cadáveres compuesto por bebés muertos. Había pasado la noche en vela, maldiciendo su debilidad, antes de tomar la decisión de recurrir a Shane.

Un dragón era capaz de derretir la roca, destruir el acero, asesinar a cualquier enemigo y enfrentar las eras como una fuerza inamovible, pero no era capaz de curar a los enfermos ni de alimentar a los hambrientos. Sólo el fénix sería capaz de curar todas las enfermedades del mundo con una lágrima.

Visy apretó el vial contra su corazón al correr hacia los patios del Palacio de la Triarquía. Había cerrado las puertas con el fin de evitar contagios, pero la enfermedad se estaba extendiendo. Había muchos afectados: libertos, mercenarios, volantineses y hasta dothrakis, aunque por el momento no había tocado a ningún inmaculado.

Aelix atrapó el vial con el pico. Debía acabar con la colerina antes de que más bebés sucumbieran a la hambruna. Las piras funerarias le rompieron el corazón porque esperaba un hijo del hombre que amaba.

—Depende de nosotros, de los incomprendidos y de los inadaptados el salvar a esas personas—susurró Visenya—. No nos guardan rencor por ser diferentes, nos aborrecen porque somos mejores que ellos. A veces no existe más remedio que pensar en algo más que en la propia indiferencia. Si eres fuerte, sé también misericordioso, de forma que tus enemigos puedan respetarte y no solo temerte—presionó la frente contra las plumas de Aelix—. Demuéstrales que las bestias fantásticas han regresado al mundo para quedarse.

—¡Visy! —Aenar la estrechó en sus brazos cuando el ave del trueno ascendió al cielo, reuniendo las nubes de tormenta en sus alas. Un torbellino de aire rodeó la ciudad cuando los relámpagos fundieron las lágrimas del fénix con la lluvia que comenzó a caer—. Pensé que cometerías una de las locuras que acostumbras. No arriesgues la vida de nuestro bebé, luna de mi vida.

—Jamás pondría en riesgo su vida—tragó Visenya. La sangre del dragón no evitaba que sufriera las dolencias de hombres comunes, su poder era el responsable de acabar con todas las maldiciones. Si la sangre tuviese algo que ver, la princesa Daenerys, hija de Jaehaerys el Sabio, jamás habría muerto de escalofríos durante la epidemia que azotó los Siete Reinos—. No podía permitir semejante matanza. La crueldad no está en mi naturaleza.

—Lo sé—asintió Aenar. No le importó que los dornienses presenciaran los besos que compartía con el hombre que amaba con todo el corazón. Adoraba empaparse con su aroma y adoraba acariciarle el cabello castaño. Los hombres morenos siempre le habían parecido irresistibles—. A pesar de todo, tienes un corazón gentil que es incapaz de tolerar la crueldad.

La lluvia de Aelix llamó la atención de todos los volantineses cuando los heridos y los quemados comenzaron a sanar.

—Ven conmigo—Visenya sujetó la mano de su esposo para guiarlo hasta el nido de Rhaegon. Daenerys lloró como una niña al comprender que su querido capitán prefería a la radiante reina, que pasaba las noches entre sus piernas. Aunque notó el dolor en los ojos de su tía, no estaba dispuesta a permitir más encubrimientos—. De prisa, o la Guardia Real lo impedirá.

Visy simplemente entrecerró los ojos hacia el misterioso náufrago que su sol y estrellas rescató del mar. El hombre insistía en seguir a Aenar como una sombra, como si fuese un caballero de la Guardia Real. Debía mantenerlo vigilado.

—Sólo tú podrías montar al dragón de hielo sin temblar—Aenar negó con la cabeza—. Vuela, mi amor

El frío nunca le había molestado como a los demás. A menudo se quedaba sola fuera de las ruinas de la Antigua Valyria, después de que su caballero se hubiera marchado en busca de calor, o para cocinar la sopa de verdura caliente que le gustaba.

Le parecía que Rhaegon siempre había formado parte de su vida, una visión atisbada, atravesando velozmente el cielo con sus alas serenas y azules. Los dragones de hielo eran poco comunes, incluso en la Era del Amanecer, y cada vez que se dejaban ver, todos los niños señalaban con el dedo asombrados, mientras los mayores murmuraban y sacudían la cabeza. Cuando los dragones de hielo se acercaban a la tierra era señal de que se avecinaba un invierno largo y gélido.

El dragón de hielo era de un blanco cristalino, ese tono blanco tan intenso y frío que casi es azul. Estaba cubierto de escarcha, de modo que cuando movía la piel, ésta se rompía y crujía como cruje la capa de hielo de la nieve bajo las botas de un hombre, y se caían copos de escarcha.

Sus ojos eran claros, profundos y fríos como una estrella.

Sus alas eran enormes y se parecían a las de un murciélago, teñidas de un pálido azul transparente. Visy podía ver las nubes a través de ellas, y a menudo la bóveda celeste, cuando revoloteaba trazando círculos por los cielos.

Sus dientes eran carámbanos, una hilera triple, lanzas dentadas de tamaño desigual cuyo blanco contrastaba con sus fauces azul oscuro. Cuando el dragón de hielo batía sus alas, soplaban vientos fríos, la nieve se arremolinaba y se movía deprisa, y el mundo parecía encoger y temblar.

Y cuando el dragón de hielo abría su gran boca y espiraba, no era fuego lo que salía de ella, el hedor ardiente y sulfuroso de los dragones menores. Cuando respiraba se formaba hielo. El calor desaparecía. Las lumbres se consumían y se apagaban, castigadas por el frío. Los árboles se helaban hasta sus almas pausadas y secretas, y sus ramas se volvían quebradizas y crujían a causa de su propio peso. Los animales se volvían azules, gemían y se morían, con los ojos saltones y la piel cubierta de escarcha.

El dragón de hielo escupía muerte al mundo; muerte y silencio y frío. Pero a Visy no le daba miedo. Ella era la hija de la magia, y el dragón de hielo era su hijo.

La noche que Euron Greyjoy decidió saquear Valyria, la noche que conoció a su futuro esposo, fue la noche que se montó en él por primera vez.

Ella no tenía arreos ni látigo, como los que usaron los jinetes de la Casa Targaryen. En ocasiones, el batir de las alas amenazaba con sacudirla del lugar al que estaba agarrada, y el viento azotaba su rostro. Pero Visy no tenía miedo.

Sobrevolaron el Puente Largo, donde una multitud de gente salió a verlos pasar. Sobrevolaron el Templo de R'hllor, de piedra fundida, gigantesco y monstruoso. Volaron muy alto en el cielo, tan alto que Visy solo fue capaz de oír los gritos de sorpresa y las aclamaciones de los enfermos que alzaban las manos para agradecerle a la Reina Dragón.

Volaron durante la mayor parte del día, y al final el dragón dio una gran vuelta a toda velocidad y descendió en espiral, planeando con sus rígidas y relucientes alas. La dejó en el campo, donde los antiguos infectados decidieron cargarla.

Fue entonces que Visenya notó que un cometa tan rojo como la sangre que surcaba los cielos.


La cola del cometa rasgaba el amanecer; era una brecha roja que sangraba como una herida en el cielo rosado y violáceo. Los dothrakis llamaban al cometa estrella sangrante. Los ancianos murmuraban que era un mal presagio, pero Visenya Targaryen lo había visto por primera vez cuando acabó con la epidemia de colerina sangrienta, el día en que las lágrimas del fénix cayeron del cielo con la ayuda del ave del trueno.

Era reacia a creer en profecías; no le agradaba pensar que su vida había sido escrita en una roca millones de años antes de su nacimiento. La última vez que presenció el vuelo de una estrella sangrante tenía nueve años, y se levantaba del Mar Humeante con cuatro dragones recién nacidos aferrados a su cuerpo. Le habían advertido que las estrellas sangrarían cuando el mundo se deshiciera de sus cadenas, pero no creía haber liberado al mundo con una lluvia que azotó todas las Ciudades Libres.

La sacerdotisa roja no se la había ganado en cuerpo y alma, no la había hecho apartarse de los dioses de los Siete Reinos, tanto de los nuevos como de los antiguos, para adorar al que llamaban Señor de Luz porque jamás creyó en dioses de ningún tipo. Los dioses jamás le ofrecieron consuelo ni la protegieron de los violadores, ella misma forjó su destino con magia y determinación.

—No es necesario que ataquéis las Ciudades Libres, el pueblo clama vuestro nombre desde Braavos hasta Lys, desde Pentos a Qohor—Kinvara tomó un pulcro sorbo de vino—. Mirad por las ventanas, mi reina. Ahí está la señal que aguardabais, grabada en el cielo. Es roja, del rojo de las llamas, roja como el corazón ardiente del dios verdadero. Es su estandarte, y también el vuestro. Surca los cielos como el aliento llameante de un dragón. Sois la Reina Dragón. Significa que ha llegado vuestro momento, alteza. Significa que debéis forjar un trono como lo hizo en su momento Aegon el Conquistador. Solo debéis dar la orden y abrazar el poder del Señor de Luz.

—El Señor de Luz susurra en vuestro oído muchas cosas—dijo Visenya. Debía cabalgar para hacerse con Myr, pero la carretera valyria en esa dirección únicamente llegaba a las ruinas de Sar Mell. Aerion fundió la roca que le permitió crear el Camino de la Reina, pero no podría acabar con tantas montañas él sólo. Nymeris y Vhalia no eran más que polluelos, incapaces de sostener una llama por largo tiempo, y no podía contar con Daenys. Velaerys, Duncan, Lucerys y Jhae escogieron vivir lejos de ella. Le parecía doloroso, pero inevitable—. Aegon tomó los Siete Reinos con fuego y sangre, y reunió las espadas de sus enemigos conquistados para forjar el Trono de Hierro. Mis enemigos rindieron las armas porque salvé sus vidas cuando todas las puertas les fueron cerradas.

—Habéis conquistado sus corazones—afirmó Kinvara de Asshai, hechicera, portadora de sombras y Suma Sacerdotisa de R'hllor, el Señor de Luz, el Corazón de Fuego, el Dios de la Llama y la Sombra. Visy no podía permitir que el fanatismo religioso se extendiera más allá de todo control—. Es hora de tomar lo que os pertenece.


Durante las siguientes semanas, sus enemigos desaparecieron como moscas cuando comprendieron la magnitud de su poder. El camino a Myr estaba cada vez más concurrido, todo el tráfico circulaba de este a oeste, y todos marchaban para servir a la Reina Dragón.

Al principio, los mercenarios myrienses y los aulladores de Khal Moro pensaron que la exigua cantidad de soldados que arribó a la ciudad no sería rival para sus hombres, pero todos ellos terminaron suplicando por su vida a los pies de la Khaleesi del Gran Mar de Estrellas.

Las hombres marchaban con cansancio, sus ropajes estaban sucios y raídos, y las espadas, las picas y las hachas que llevaban los soldados estaban melladas y a menudo manchadas. Algunos habían perdido sus armas; avanzaban cojeando a tientas, con las manos vacías. Y las filas de heridos que seguían a las columnas con frecuencia eran más largas que las propias columnas. Visy estaba en la hierba al borde del camino observando cómo pasaban. Vio a un hombre sin ojos que caminaba apoyado en otro con una sola pierna. Vio a hombres sin piernas, sin brazos, o sin ambas cosas. Vio a un hombre con la cabeza abierta por un hacha y a muchos hombres cubiertos de sangre coagulada y mugre, hombres que gemían en voz baja mientras andaban.

Pero sobre todo Visy vio a los hombres quemados. Había docenas de ellos en cada columna que pasaba, hombres con la piel negra y chamuscado cayéndose a tiras, que habían perdido un brazo o una pierna o la mitad de la cara por culpa del aliento caliente de Aerion.

Les ofreció la opción de rendirse, pero decidieron pelear como los necios que eran, después de enviarle la cabeza cercenada de su emisario. La testarudez de los jinetes que yacían calcinados en las Tierras de la Discordia únicamente provocó que Visenya le añadiera más broches y trenzas a su peinado.

Las Tres Hijas rodeaban el vasto y fértil talón de Essos, el promontorio que separaba el Mar del Verano del Mar Angosto, y que en otros tiempos formó parte del puente de tierra que unió dicho continente con Poniente. La ciudad fortificada de Tyrosh ocupaba el más septentrional y oriental de los Peldaños de Piedra, la cadena de islas que permaneció tras caer el Brazo de Dorne al mar. Myr se elevaba sobre el continente, en el lugar donde un antiguo camino del dragón llegaba a las plácidas aguas del gran golfo conocido como Mar de Myrth. Lys quedaba al sur, en un pequeño archipiélago de islas ubicado en Mar del Verano.

En historia, cultura, costumbres, idioma y religión las tres ciudades poseían más en común que con cualquiera otra de las Ciudades Libres. Eran ciudades mercantiles, protegidas por altas murallas y por mercenarios, más dominadas por la riqueza que por la cuna y donde el comercio se consideraba una profesión más honrosa que la de las armas. Lys y Myr solían ser gobernadas por cónclaves de magísteres elegidos entre los hombres más ricos y nobles de la ciudad. Tyrosh era dirigida por un arconte, al que se eligía entre los miembros de un cónclave similar. Las tres eran ciudades de esclavos, en que los siervos aventajaban a los ciudadanos libres en proporción de tres a uno. Todas eran puertos, y el mar salado representaba su savia vital. Como Valyria, su madre, las tres hijas carecían de una fe establecida. En sus calles se entremezclaban templos y santuarios dedicados a muchos y distintos dioses.

Visenya ordenó el asesinato de los magísteres que prestaron servicios a la Triarquía, y el pueblo obedeció gustoso las peticiones de su nueva reina. Los magísteres perpetraron una matanza de infectados con colerina sangrienta: asesinaron bebés, acabaron con ancianos y despreciaron a los mercenarios que ellos mismos contrataron para defender los muros de su ciudad. Todos los desposeídos que corrieron a la Reina Dragón regresaron para colgarlos en las plazas. Los cadáveres mutilados apestaron durante días, hasta que los perros hambrientos que perseguían a su khalasar decidieron darse un festín con ellos.

Sus enemigos disminuían considerablemente, pero aún conservaba en su mente a Norvos y a Qohor. Cuando acabara con Essos, enviaría tropas a Naath para destruir a los piratas y a los corsarios que secuestraban niños para venderlos en los mercados de Qarth. Le debía a Missandei la protección de aquel pacifico pueblo rodeado de mariposas.

—Decidme—inquirió Visy al dirigirse a los campos ennegrecidos. Los magísteres construyeron un monstruoso escorpión que disparó gigantescos proyectiles al cielo sin cesar. Rhaegon recibió los disparos, todos y cada uno de ellos, sin sufrir daño alguno. Aerion, por otro lado, recibió una flecha en el ala derecha—. Si mis… abuelos… hubiesen sido libres para hacer lo que les dictaba el corazón, ¿con quiénes se habrían casado?

Ser Abuelo inclinó la cabeza. Adoraba a su joven reina con todo el corazón, pero sancionaba la relación que mantenía con Aenar Greyjoy. A lo largo de su vida sirvió a tres reyes indignos: uno débil, uno loco y uno borracho, hasta que el mocoso cruel que ocupaba el Trono de Hierro decidió arrebatarle la capa blanca. Una reina le demostró, en el ocaso de sus años, que valía la pena luchar por una causa noble antes de morir.

—La reina Rhaella siempre fue consciente de sus obligaciones—comenzó Ser Barristan. Era obvio que lo pasaba mal, como si cada palabra fuese una piedra que debía tragarse—. Aunque, en cierta ocasión, se enamoró de un joven caballero de las Tierras de la Tormenta que portó su prenda en un torneo y la nombró reina del amor y la belleza. No duró mucho.

—¿Qué pasó con el caballero?

—Dejó la lanza el día en que la reina se casó con vuestro abuelo. Después se volvió muy piadoso, y se le oyó decir que solo la Doncella podía reemplazar a la reina Rhaella en su corazón. Su romance era imposible, por supuesto. Un caballero hacendado no es consorte digno de una princesa de sangre real.

—¿Y el Rey Loco? —Visy alzó una ceja. Cargaba en sus manos el ungüento medicinal creado con las lágrimas de Shane para curar el ala de Aerion—. Arthur dijo que Tywin Lannister siempre le guardó rencor por manosear a su esposa.

—Cuando ella se casó con Tywin, vuestro abuelo bebió demasiado vino durante la boda y lo oyeron decir cuánto lamentaba que hubiesen abolido el derecho de pernada. Una broma de borrachos, nada más, pero Tywin Lannister no es de los que olvidan unas palabras semejantes, ni las libertades que se tomó vuestro abuelo durante el encamamiento.

—Es evidente que Aenar no os agrada—señaló Visy. Su esposo debió navegar a Lys para romper el bloqueo marítimo en los Peldaños de Piedra. Los magísteres acudieron al Banco de Hierro, y a los Siete Reinos, para financiar la construcción de una flota en Tyrosh. Los Lannister ansiaban verla derrotada antes de que posara sus ojos en el Trono de Hierro. A duras penas solventaban los gastos del reino con el oro que les quedaba, pero preferían utilizarlo para financiar a sus enemigos secretamente—. Él no sólo es el padre de mi hijo, es mi esposo. Haríais bien en tratarlo con respeto.

Las visiones no siempre eran claras, la mayoría de las veces estaban plagadas de simbolismos y acertijos, pero sabía lo suficiente para descifrarlas todas. El león de la roca que perdió su melena de oro auguraba que las minas de los Lannister fueron vaciadas por completo. Sobrevivían con las reservas en sus bodegas, y con las monedas que los señores menores les entregaban como impuesto. Cuando ya no pudieran ocultar semejante bancarrota, todos perderían el respeto hacia los supuestos leones de occidente, y los Tyrell surgirían como la familia más rica en todo Poniente.

Visenya financiaba nuevos uniformes para los Inmaculados y pagaba el sueldo de todos los libertos bajo su mano por medio de la alquimia. Los brujos que moraban en Asshai de la Sombra costeaban los productos que llegaban en las caravanas mercantes al convertir materiales comunes en oro puro, y ella decidió emularlos por sugerencia de Kinvara. No era una experta en el arte porque comenzaba a practicarlo, pero era competente en ello. Pensaba reconstruir las ciudades destruidas por los dothrakis durante el Siglo de Sangre, y necesitaría todas las riquezas disponibles para llevar a cabo semejante tarea.

No cruzaría el Mar Angosto para enfrentar a los Lannister en el campo de batalla, acabaría con ellos de una manera mucho más satisfactoria. Cobraría venganza por la muerte de Aegon y Rhaenys, por las conspiraciones en su contra y por todos los intentos de asesinato que había sufrido.


Aunque divisaba un reino verde a través de la ventana, no era el verde intenso del verano. Se notaba la presencia del otoño; el invierno no tardaría en llegar. La hierba era más clara de lo que recordaba, de un verde apagado y enfermizo a punto de amarillear; después, se pondría pardusca. La vegetación estaba muriendo.

El cometa le iluminaba el camino, y caminaba con pasos seguros a través de los corredores. Los olores le llenaban la cabeza, vívidos y embriagadores: el hedor verde y fangoso de las charcas calientes, el perfume intenso de la tierra abonada.

La corona de Robb Stark estaba recién salida de la forja, y le pareció que era un gran peso sobre su cabeza. La antigua corona de los Reyes del Invierno se había perdido hacía ya tres siglos, cuando Torrhen Stark se arrodilló en gesto de sumisión ante Aegon el Conquistador. Nadie sabía qué había hecho Aegon con ella, pero el herrero de Lord Hoster Tully era un buen artesano, y la corona de Robb se asemejaba mucho al aspecto que, según las leyendas, tenía la que había ceñido las frentes de los antiguos Stark: un aro abierto de cobre batido, con incisiones en forma de las runas de los primeros hombres, y por encima, nueve púas de hierro negro labradas en forma de espadas. Nada de oro, plata ni piedras preciosas; los metales del invierno eran el bronce y el hierro, oscuros y fuertes para combatir el frío.

Cuando los guardias llevaron al cautivo a su presencia, Robb pidió su espada. El escudero se la ofreció con el puño por delante, y el supuesto rey la desenvainó y se la puso cruzada sobre las rodillas, a modo de amenaza evidente para todos.

Pero lo que ponía nervioso a los presentes no era la espada, sino la fiera. Un lobo huargo más grande que ningún otro cánido, esbelto, color humo oscuro, con ojos que eran como oro fundido trotó para lamer la palma de Visenya. La enorme criatura percibía su presencia, aunque era incapaz de verla.

—En primer lugar, la reina deberá liberar a mis hermanas y proporcionarles un medio de transporte por mar desde Desembarco del Rey hasta Puerto Blanco. Quede claro que el compromiso entre Sansa y Joffrey Baratheon se cancela. Cuando mi castellano me haga saber que mis hermanas han vuelto sanas y salvas a Invernalia, liberaré a los primos de la reina, al escudero Willem Lannister y a tu hermano Tion Frey, y les proporcionaré escolta hasta Roca Casterly o hasta el lugar que ella indique.

—Es un estúpido—Visenya masajeó el puente de su nariz con exasperación. Los Lannister jamás liberarían a las hermanas de Robb Stark para traer de regreso a miembros secundarios de su familia—. Sólo es un niño jugando a la guerra.

—En segundo lugar, nos serán devueltos los huesos de mi padre, para que descanse en paz junto a sus hermanos en las criptas de Invernalia, tal como él habría deseado. También nos serán devueltos los restos de los hombres de su guardia que murieron a su servicio en Desembarco del Rey. En tercer lugar, Hielo, el mandoble de mi padre, me será devuelto aquí, en Aguasdulces. En cuarto lugar, la reina le ordenará a su padre, Lord Tywin, que libere a mis caballeros y señores vasallos que fueron hechos prisioneros durante la batalla del Forca Verde en el Tridente. Una vez lo haga, yo liberaré a los prisioneros que tomamos en el Bosque Susurrante y en la Batalla de los Campamentos, con excepción de Jaime Lannister, que permanecerá como rehén para garantizar el buen comportamiento de su padre.

—Debe ser el primo de mi sol y estrellas—susurró Visy al sentarse en las escalinatas junto a Robb Stark. Estudió la sonrisa astuta de Theon Greyjoy, sin saber qué deducir de ella. Aquel joven tenía una expresión extraña, como si supiera un chiste que solo él entendiera—. Parece ser que tenemos algo más en común: nuestros primos son idiotas.

—Y por último, el rey Joffrey y la reina regente renunciarán a todo derecho sobre el Norte. Desde este momento y hasta el fin de los tiempos, no somos parte de su reino, sino un reino libre e independiente, como antaño. Nuestros dominios comprenderán todas las tierras de los Stark al norte del Cuello, y las tierras regadas por el río Tridente y sus afluentes, delimitadas por el Colmillo Dorado al oeste y por las Montañas de la Luna al este. El maestre Vyman ha dibujado un mapa en el que están marcadas las fronteras que exigimos. Se te entregará una copia para la reina. Lord Tywin deberá retirarse al otro lado de estas fronteras y detener de inmediato sus actividades de saqueo, incendio y pillaje. La reina regente y su hijo no podrán recaudar impuestos ni solicitar servicios de mi pueblo, y liberarán a mis señores y caballeros de cualquier juramento de lealtad, deuda, promesa u obligación con el Trono de Hierro y las casas Baratheon y Lannister. Además, como prenda de paz, los Lannister entregarán a diez rehenes de alta cuna, que se designarán de mutuo acuerdo. Los trataré como huéspedes de honor, tal como corresponde a su condición. Mientras se respete lo establecido en este pacto, liberaré cada año a dos rehenes y los devolveré sanos y salvos a sus familias. Estas son las condiciones. Si la reina se aviene a ellas, habrá paz. De lo contrario le daré otro Bosque Susurrante.

Robb Stark silvó para llamar a Viento Gris, pero el lobo permaneció junto a la Reina Dragón. Comprendió que los Stark perderían la guerra porque el hombre que los guiaba carecía de carácter. El idiota pensaba que Tywin Lannister, el asesino de niñas pequeñas, el verdugo de bebés y el destructor de casas nobles aceptaría de buena gana la secesión del Norte. La vida de sus sobrinos debía parecerle un sacrificio necesario para originar una dinastía que durara mil años.

Visenya apretó los labios al comprender que Robb Stark jamás le envió la misiva que prometía entregarle el Trono de Hierro. Alguien falsificó el sello de la Casa Stark para hacerle creer que los grandes señores de Poniente apoyarían su reclamo, cuando desembarcara con un poderoso ejército. Un grupo de conspiradores la deseaba en los Siete Reinos.

—No saben con quién están tratando…


Los señores de los dragones de la Antigua Valyria controlaban a sus monturas con hechizos de atadura y cuernos mágicos; Visenya no había tenido que recurrir a semejantes artes.

Los recuerdos la acompañaban: las nubes vistas desde arriba; caballos del tamaño de hormigas que galopaban por la hierba; una luna de plata tan cercana que casi podía tocarla; ríos resplandecientes y azules que espejeaban al sol.

A lomos de Rhaegon se sentía plena. En lo alto del cielo, los pesares del mundo no llegaban hasta ella. Las niñas podían permitirse pasar la vida jugando, pero ella era una mujer, una reina y una esposa, con millares de hijos que la necesitaban. Rhaegon descendió y ella debió hacer lo mismo: tenía que ponerse la corona para caminar al puerto de Myr, para recibir a la flota de su amado esposo.

Ser Jorah estaba a su lado, su viejo oso gruñón. Tenía a Irri, a Jhiqui y a Seik para atender sus antojos; a Ser Abuelo, a la Pantera Negra y a la Espada del Amanecer para cuidar de su bebé. Pero necesitaba que su sol y estrellas la abrazara por las noches, y que besara su vientre para demostrarle que amaba al hijo que crecía en su interior.

Visy cruzó los dedos sobre el bultito en su abdomen al pensar en la primera parada de su esposo.

Lys, la más hermosa de las Ciudades Libres, gozaba tal vez del clima más salubre de todo el mundo conocido. Bañada por brisas regaladas, calentada por el sol y situada en una isla fértil donde proliferaban las palmeras y los árboles frutales, y que circundaban aguas de un azul verdoso, abundantes en peces, Lys fue fundada como lugar de retiro por los señores dragón de la Antigua Valyria, un paraíso en donde reponerse con vinos exquisitos, dulces doncellas y suaves músicas antes de regresar a los fuegos del Feudo Franco. A pesar de la Maldición, Lys seguía siendo una fiesta para los sentidos, y un bálsamo para el alma. Sus casas de mancebía eran famosas en el mundo entero, y se decía que sus puestas de sol no tenían comparación. Las lysenas eran hermosas, pues más que en cualquier otro lugar del mundo conocido conservaban ahí la fuerza de los antiguos linajes valyrios.

Incluso el pueblo llano poseía tez clara, cabello plateado y ojos violetas como los señores dragón de antaño. Hasta los reyes y príncipes Targaryen de otros tiempos recurrían a Lys en ocasiones en busca de esposas y de amantes, no menos por su hermosura que por su sangre.

Visy, en el fondo de su corazón, temía que cierto capitán hubiese encontrado una tentación en las calles de Lys. Le habían arrebatado todo al nacer, y no podía evitar pensar que atentarían para quitarle todo lo que había construido. Había encontrado un hombre que amaba a la mujer, no a la reina, y temía perderlo porque le rompería el corazón.

Sabía que a Ser Abuelo no le caía en gracia Aenar ni confiaba en él. Aun así, su respuesta no habría podido ser más galante cuando Visenya mencionó la belleza de las lysenas.

—No hay mujer más bella que vuestra alteza. Habría que ser ciego para no verlo.

Aenar besó sus nudillos al descender del barco con el náufrago que había logrado convertirse en su mano derecha. Aunque deseaba saltar sobre él, debían mantener las apariencias hasta terminar con la conquista de las Ciudades Libres.

—Tyrosh os pertenece, mi reina—Visy tragó saliva. Cuando hincó una rodilla en tierra ante ella, se le desbocó el corazón. Tenía el cabello salpicado de sangre reseca, y un corte profundo en el antebrazo. Llevaba la manga izquierda ensangrentada casi hasta el codo.

—Estáis herido—dijo sobresaltada.

Tomó la mano de Aenar al encaminarse a sus aposentos personales en el edificio principal, con el corazón pendiendo de un hilo. El bebé pateó durante el trayecto para manifestarle la preocupación que sentía.

La Guardia Real realizó una reverencia al permitirles un poco de privacidad. En la terraza soplaba una brisa fresca, y Aenar suspiró de placer al entrar en el agua caliente. Mientras lo bañaba, le lavó los pies, le frotó la espalda y le cepilló el cabello castaño con dulzura. Después le aplicó el ungüento de Shane en el antebrazo para aliviarle el dolor. , y lo vistió de nuevo con ropa fresca.

—No es nada—Aenar le acarició la mejilla para tranquilizarla, y la besó. El cabello le olía a aceites aromáticos, y su boca era tierna y dulce—. Un ballestero intentó clavarme una saeta en el ojo, pero fui más rápido que la flecha. Deseaba regresar con mi reina para regocijarme en el calor de su lecho.

—Está pateando—tragó Visy al percibir los golpecitos que eran depositados en su vientre. Desde que su hijo alcanzó la madurez necesaria, pateaba cuando pensaba en el porvenir de su padre. La visión que presenció en Mantarys continuaba provocándole incertidumbre; la sirena se dirigió al infante como si fuese un príncipe—. Aemon sabe que su padre ha regresado.

—¿Aemon? —Aenar giró para rodearle la cintura con las manos. En aquellos ojos cambiantes, el risueño bebé que gorgoteó en los brazos de su madre aún pervivía—. Tenía entendido que pensabas nombrarlo en honor al anciano que te crio.

—Arthur dijo que su nombre no es apto para un príncipe de la sangre del dragón—se lamentó Visenya. La Espada del Amanecer argumentó en contra de su decisión a penas fue captada por sus oídos. El rey que pasó gran parte de su vida con un caballero, Aegon el Improbable, nombró a su hijo mayor en honor a Ser Duncan. Todos ellos terminaron muriendo en Refugio Estival, entre fuego y hechicería, después de que el Príncipe de las Libélulas abdicara al trono. Arthur no deseaba que su hijo repitiera la historia de Duncan Targaryen—. El Caballero Dragón fue un gran guerrero, y empuñó a Hermana Oscura como yo. Cumplió con su deber hasta el final, por más doloroso que fuera.

—Aemon será—aceptó Aenar con una sonrisa. Visy le frotó los hombros doloridos con ternura al pensar en sus protectores. No creía que al honorable Caballero Dragón le hubiese agradado su Guardia Real. El oso gruñón frecuentaba casas de mancebía para follarse a prostitutas con el cabello plateado, y Ser Abuelo decidió proteger la espalda del hombre que asesinó al querido príncipe Rhaegar con un martillazo—. ¿Cómo sabes que es un niño?

—Lo sé—tragó Visenya. Los votos de la Guardia Real siempre le parecieron estúpidos. No necesitaban renunciar a todo lo demás para protegerle la espalda, y no lo permitiría. Eran seres humanos que tenían las mismas necesidades que ella—. Y sé que lucirá como tú.

—Las mujeres caerán rendidas a sus pies, sobretodo las reinas—Aenar recargó la cabeza en el regazo de Visy, que permanecía sentada en el borde de la piscina para trenzarle el cabello—. Sólo quería llegar contigo, luna de mi vida. No me importó asesinar a cien hombres para lograrlo.

Sólo quería tenerte de regreso, mi sol y estrellas—aceptó Visenya, también en dothraki. Después de parecer un idiota en las reuniones del Consejo, decidió pedirle a su pequeña escriba que le enseñara el idioma de los señores de los caballos. Le gustaba practicar con ella en privado—. Y creo que es más bien al revés. No soy yo quién besa el suelo bajo tus pies.

Las mujeres solían caer rendidas en mis brazos—sonrió Aenar, cruzando los brazos sobre el pecho desnudo. La reina entrecerró los ojos. Aunque no era celosa por naturaleza, a ninguna mujer le agradaba oír sobre los pasados amoríos de su esposo—. Ahora solo quiero a una.

Visenya lo regañó cuando fue arrojada a la piscina caliente, para que él pudiera aprovecharse de su sensible cuerpo.


Sobre las serenas aguas azules se difundían el toque lento y rítmico de los tambores y el chapoteo suave de los cascos que rompían las olas. Mientras estaba de pie en el castillo de proa contemplando cómo sus dragones se perseguían mutuamente por el cielo azul sin una nube, Visenya Targaryen se sentía más feliz que nunca.

Sus dothrakis llamaban al mar agua envenenada, porque desconfiaban de todo líquido que sus caballos no pudieran beber. El día en que las naves levaron anclas en Myr, cualquiera habría dicho que ponían proa al infierno y no a Pentos. Los jinetes miraban la línea de la costa, cada vez más lejana, con los ojos muy abiertos, decididos a no mostrar miedo en presencia de los demás, mientras sus doncellas, Irri y Jhiqui, se agarraban con desesperación a los pasamanos y vomitaban por la borda a cada leve oscilación. El resto del poderoso khalasar de Visy permanecía bajo cubierta, prefiriendo la compañía de sus nerviosas cabalgaduras al horripilante mundo sin tierra en torno a las naves. Cuando una galerna repentina los sacudió a los tres días de viaje, ella los oyó por las escotillas; los caballos relinchaban y daban coces, y los jinetes rezaban con voces trémulas en la oscuridad.

No había galerna que pudiera asustar a Visy. Portadora de Tormentas la llamaban, porque lo único que le quedaba al nacer eran las tempestades que auguraban su presencia. Sabía que las tormentas azotaban el Mar Angosto con frecuencia, aunque nunca las había visto con sus propios ojos. Amaba el mar. Le gustaban el olor penetrante y salado del aire y la inmensidad del horizonte infinito, limitado solo por la bóveda de cielo azul que lo cubría. Le parecía obvio, en cierto sentido, que hubiera terminado enamorándose de un hombre que descendía de los mares.

La tripulación, que al principio había sentido tanto miedo como curiosidad, comenzó a mostrar un extraño y enconado orgullo por las bestias fantásticas que dormitaban bajo cubierta. A todos ellos, desde el célebre capitán Greyjoy hasta el pinche de cocina, les encantaba ver las maravillas que podían llevar a cabo. Aenar ni siquiera vaticinaba que el kraken que derrotó a la flota de los Triarcas de Volantis y a las naves de los qarthienses en el Golfo de las Penas, emergió de las profundidades porque él se hallaba en problemas.

Más atrevida que Vhalia, la dragona amatista había sido la primera en probar las alas encima del agua, la primera en volar de una nave a otra, la primera en perderse dentro de una nube pasajera y la primera en matar. Los peces voladores, en cuanto rompían la superficie del agua, se veían envueltos en una llamarada, atrapados y engullidos.

—En los Siete Reinos se cuentan historias sobre dragones tan grandes que eran capaces de sacar un kraken del mar—mencionó Ser Barristan cuando Rhaegon proyectó un arcoíris sobre la flota—. Balerion, el Terror Negro, tenía doscientos años cuando murió, durante el reinado de Jaehaerys el Conciliador. Era tan grande que podía tragarse un uro entero.

—Y Rhaegon podría tragarse a Balerion—Visy sabía perfectamente que los dragones de la Antigua Valyria no alcanzaban ni la mitad del tamaño que ostentaban sus gélidos pares—. El Pozo Dragón fue el principio del fin para mi familia. Eran magníficos, provocaban admiración y temor a todos los que llegaban a contemplarlos. Y los encerraron en una jaula. Cuando los obligaron a menguar, mis antepasados menguaron también. No eran especiales sin ellos. Eran iguales que todos los demás—acarició la cabeza de Vhalia—. Un dragón no es un esclavo: no están hechos para vivir encerrados.

—Las ruinas del Pozo Dragón permanecen en la colina de Rhaenys. Era un edificio cavernoso, con puertas de hierro tan anchas que treinta caballeros podían entrar por ellas a la vez, hombro con hombro—Ser Barristan retrocedió cuando Aerion emergió del agua con un cachalote en las fauces—. Serví en los días en que el rey Aerys ocupaba el Trono de Hierro y caminaba bajo las calaveras de dragones que colgaban de las paredes del salón del trono. Como el rey no podía tener un dragón, le ordenaba a sus piromantes que fabricaran cientos de ánforas con fuego valyrio.

—Arthur me habló de esas calaveras. El Usurpador las retiró y las ocultó. No podía resistir que lo mirasen cuando se sentaba en su trono robado—Visenya pensó en la sala que albergaba el Trono de Hierro, en los tapices con escenas de cacerías que colgaban de las paredes—. Dijisteis que Rhaegar estaría orgulloso de mí. No creo que mis acciones lo hubiesen enorgullecido. Arthur fue su mejor amigo, y piensa que él hubiera intentado casarme con Aegon.

—Se decía que ningún hombre llegó nunca a conocer a fondo al príncipe Rhaegar. Myles Mooton era el escudero del príncipe Rhaegar, y lo sustituyó Richard Lonmouth. Cuando se ganaron sus espuelas, el propio príncipe los armó caballeros, y ellos siguieron siendo sus compañeros más allegados. También el joven Lord Connington compartía el aprecio del príncipe—Visenya frunció el ceño. Arthur, con bastante burla, solía decirle que Rhaegar conquistó el corazón de Jon Connington en más de un sentido—. Cuando era muy joven, el príncipe de Rocadragón era un gran aficionado a los libros. Comenzó a leer tan temprano que la gente decía que la reina Rhaella debió de devorar algunos libros y una vela cuando tenía a su hijo en las entrañas. A Rhaegar no le interesaban los juegos de los demás niños. Los maestres estaban sobrecogidos por su talento, pero los caballeros de su padre bromeaban con amargura, diciendo que Baelor el Santo había renacido. Hasta un día en que el príncipe Rhaegar encontró en sus pergaminos algo que lo hizo cambiar. Nadie sabe qué pudo ser; solo, que el niño apareció repentinamente una mañana en el patio cuando los caballeros vestían sus armaduras de acero. Dijo que necesitaría armadura y espada porque debía ser un guerrero.

—La profecía del Príncipe Prometido, creo que fue lo que encontró en sus pergaminos. Rhaegar solía pensar que su destino era convertirse en el héroe que traería de regreso el amanecer—Visenya gimió cuando el bebé le propinó una patada bastante fuerte. Ser Abuelo corrió en su auxilio de inmediato—. Aemon está pateando.

—Necesitáis protección, alteza.

Era cierto que necesitaba protección. El Usurpador, en el Trono de Hierro, había ofrecido tierras y un señorío al hombre que la matara. Ya se había llevado a cabo un intento, con un asesino de los Hombres sin Rostro. Mientras más se aproximaba a Poniente, más deseaban verla muerta. En Volantis, habían mandado en pos de ella a un hombre pesaroso, para vengar a los magos que ella había condenado en Mantarys. Los hechiceros no olvidaban nunca una ofensa, decían, y los Hombres Pesarosos nunca fallaban al matar. Los khals dothrakis estarían en su contra. Los aulladores de Khal Moro desertaron a su favor cuando Visenya sostuvo la cabeza del idiota como un trofeo. En aquel entonces, su vientre no era lo suficientemente grande para impedirle asesinar a un hombre. Visenya ya no podría luchar con khals dothrakis o lidiar con asesinos ella misma, su seguridad dependería de la Guardia Real hasta dar a luz.

Más tarde, aquella noche, mientras la Estrella de Sangre continuaba avanzando en la oscuridad, Aenar le acarició el bultito en el abdomen. Una pared del camarote estaba forrada de estanterías y cubos llenos de pergaminos antiguos. En otra había estantes de ungüentos, hierbas y pócimas. Debía cargar sus implementos mágicos cada vez que viajaba.

—Me parece que una reina que no confía en nadie es tan tonta como una reina que confía en todo el mundo—suspiró el nacido del hierro cuando oyó su impresión respecto del misterioso náufrago que lo asistía—. Halios me ha demostrado su lealtad en múltiples oportunidades, luna de mi vida. Sé que puedo confiar en él, lo siento en lo más profundo.

—Me parece que oculta más de lo que aparenta—Visenya sabía que Halios Geron albergaba buenas intenciones, pero le desagrada la actitud tan misteriosa que demostraba—. Se refiere a ti como un rey.

—Sabe que eres mi esposa y que estás embarazada. No es difícil intuirlo—Aenar le rodeó el abdomen con los brazos. Ella abandonó el grimorio que garabateaba para girar en sus piernas. Intentaba enseñarle como manipular el agua—. No me agrada ese título absurdo, le pedí que se abstuviera de llamarme así, pero se niega completamente.

El náufrago lo llamaba rey mucho antes de que Visenya decidiera casarse con él. Sabía que el hombre no intentaría hacerle daño porque le profesaba una enorme lealtad, pero desconfiaba de él por las verdades que callaba. La sirena le suplicó brindarle ayuda al príncipe de su corazón.

—Esposa de los mares… —susurró. Le parecía que debía mantener una conversación bastante seria Halios Geron. Las visiones, Kinvara y Shiera insinuaban que había logrado toparse con una conspiración que trascendía los límites de la tierra—. Después de lidiar con la Compañía Dorada, nadie podrá oponerse a lo nuestro. Y no me importa lo que piensen al respecto los nobles idiotas. Yo soy tuya y tú eres mío, hasta el fin de mis días.


Aquella noche había algo diferente. Unas sombras claras se deslizaban entre los árboles. Giró la cabeza y vio otra sombra blanca en la oscuridad. Desapareció al instante. El viento agitaba suavemente las ramas y hacía que se arañaran unas a otras con dedos de madera

Una sombra surgió de la oscuridad del bosque. Era alta, tan dura y flaca como los huesos viejos, con carne pálida como la leche. Su armadura parecía cambiar de color cada vez que se movía; en un momento dado era blanca como la nieve recién caída, al siguiente negra como las sombras, o salpicada del oscuro verde grisáceo de los árboles. Con cada paso que daba, los juegos de luces y sombras danzaban como la luz de la luna sobre el agua.

El Otro se deslizó adelante con pasos silenciosos. Llevaba en la mano una espada larga que no se parecía a ninguna que hubiera visto en la vida. En su forja no había tomado parte metal humano alguno. Era un rayo de luna translúcido, una esquirla de cristal tan delgada que casi no se veía de canto. Aquella arma emitía un tenue resplandor azulado, una luz fantasmagórica que centelleaba en su filo. Visy comprendió que la magia del hielo era más cortante que cualquier hoja.

El Otro se detuvo. Le vio los ojos; azules, más oscuros y más azules que ningún ojo humano, de un azul que ardía como el hielo. Eran los ojos de Rhaegon. Estaban fijos en la espada temblorosa que sostenía el solitario explorador de la Guardia de la Noche.

La espada transparente hendió el aire.

El cuervo la detuvo con acero. Cuando las hojas chocaron, no se oyó el ruido de metal contra metal; tan solo un sonido agudo, silbante, apenas por encima del umbral de audición, como el grito de dolor de un animal.

Cuando las hojas volvieron a encontrarse, el acero se quebró.

Un grito despertó ecos en el bosque nocturno, y la hoja tembló y saltó en mil pedazos que salieron disparados como una lluvia de agujas. El explorador cayó de rodillas entre gritos mientras se cubría los ojos. La sangre le manaba entre los dedos.

Los observadores se adelantaron al unísono, como si les hubieran dado alguna señal. Las espadas se alzaron y descendieron en un silencio sepulcral. Fue una carnicería sin ira. Las hojas translúcidas hendían la cota de malla como si fuera seda. A su lado, sonaban voces y risas agudas como carámbanos.

El cadáver del primer explorador yacía de bruces en la nieve, con un brazo extendido. La gruesa capa de marta estaba desgarrada por mil sitios. Allí tendido, muerto, resultaba más obvio que nunca que era muy joven. Un niño. Encontró a unos pasos lo que quedaba de la espada, con la punta rota y retorcida como un árbol sobre el que hubiera caído un rayo.

Entonces, el cadáver se levantó. Sus ropas lujosas eran andrajos; el rostro, una máscara ensangrentada. Tenía un fragmento afilado de su espada clavado en la pupila blanca y ciega del ojo izquierdo. El derecho estaba abierto. La pupila ardía con un brillo azul. Veía.


La Guardia Real y todos los miembros del Consejo Pequeño corrieron tras la reina después de conquistar Pentos. Las torres cuadradas de ladrillo que conformaban el perfil de la ciudad eran siluetas negras ante el cielo. Visy oía perfectamente los argumentos fervorosos, y las aclamaciones de los libertos que buscaban cargarla en sus brazos.

No había sido un conquista difícil. Los esclavos que tripulaban la exigua flota de Pentos corrieron con el rabo entre las piernas al medir el tamaño de la flota de Aenar Greyjoy, y los Inmaculados que servían como guardias personales depusieron las armas cuando Rhaegon cubrió el sol con las alas. La ciudad cayó en menos de un día.

Los hediondos cadáveres de los cobardes magísteres que tramaron con la Triarquía colgaban de la Puerta del Amanecer. Eran asediados por los moscas, y eran roídos por los mismos perros que devoraron a sus pares myrienses. Los dothrakis no podían estar más orgullosos de su Khaleesi.

—¡Visenya! —Aenar intentó detenerla, sin éxito alguno—. Prometiste que no cometerías una de tus locuras hasta que Aemon naciera.

—Necesito verlo—negó Visy, con testarudez. No necesitaba el exquisito abrigo de piel que vestía para mantener la temperatura. Era incapaz de verse afectada por el clima, aunque sabía que aquella capacidad incomodaba a las personas. No podría caminar en medio de una tormenta de nieve sin causar sorpresa—. Regresaré en tres días.

—¿Dónde demonios piensas ir? —Aenar alzó los brazos con indignación, mientras la reina cruzaba los jardines de hierba como un dragón enardecido. La Compañía Dorada le importaba un carajo, ella misma podría acabar con los vástagos de Aceroamargo con un chasquido de dedos. Los espectros que moraban en sus sueños eran el verdadero enemigo—. Ni siquiera Rhaegon sería capaz de llevarte al otro lado del mundo en tres días.

—Rhaegon no puede hacerlo, Shiek sí—Visenya trepó sobre el lomo del zouwu, y sujetó la melena luminiscente para evitar caerse como una estúpida. El salto seguramente le provocaría náuseas—. Hasta mi regreso, estás a cargo. Es hora de que todos lo sepan. Los nobles idiotas pueden reclamar cuanto deseen, yo me encargaré de enviarlos al infierno—apretó los dientes al dirigirle una mirada a la Espada del Amanecer. No estaba de humor para soportar las quejas del mundo entero—. Estaré con Aemon.

Entonces, el zouwu encendió la melena dorada y saltó con ella en la cima de su lomo. El paisaje desapareció para ser sustituido por un túnel de imágenes hechas de niebla, que terminaron transformándose en el camino que conducía al muro de hielo más grande del mundo.


Yo misma me he sorprendido: terminé el capítulo en tres días. Espero que sea de su agrado. He intentado explicar algunas cosas que quedaron pendientes en el capítulo anterior. Espero sinceramente no haberlos infartados pero, de vez en cuando, debo cometer acciones que todos los demás creen una locura (como Visy). ¿Qué opinan de esto? Lo tenía pensado hace mucho tiempo, pero no me atrevía. ¿Cómo creen que serán todos esos encuentros? Necesito sugerencias. Como aclaración, cuando dije el tiempo que tenía de embarazo, se me olvidó contabilizar el tiempo que pasó en Volantis. Tiene poco más de cuatro meses.

Maeljuri: Creo que respondí todo en este capítulo. Con respecto a la pregunta, es obvio que la Khaleesi viajará a Poniente antes de lo esperado.

Krasni: Sip, su conexión es bastante mágica. No puedo decir más porque sería arruinar la trama. Con respecto a Robb, respondí en este. Él sabe de la Reina Dragón, pero no le pediría ayuda a una desconocida hasta desesperarse por completo. Respecto a lo otro, solo tienen conocimiento de Visenya como Targaryen. Arthur se la llevó porque Ned jamás lograría ocultar sus rasgos de la Antigua Valyria, y porque sabía que la asesinarían en la cuna si decidía llevarla a Invernalia. Jon lucía como un Stark, era mucho más sencillo hacerlo pasar como bastardo.

Mari: Sip, que lástima (en cierto modo repitieron la historia de Rhaegar y Lyanna). Estoy pensando en la ceremonia simbólica que jamás tuvieron. La Guardia Real de Visenya no es como la de Poniente (pocos caballeros respetaron los votos), ella les permite tener tierras y familia, pero ninguno hace mérito para ello. No he pensado en un nombre para el Libro (expresión pensativa). Ella no desea Naath para conquistarla. Actualmente, los corsarios de las Islas Basilisco viajan a la isla para robar a los niño y venderlos en Qarth. Visenya desea frenar ese tráfico de esclavos. Ella no luchó en el campo de batalla cuando derrotó a Khal Moro, simplemente montó a Rhaegon para mantener al bebé fuera de peligro. Arthur le llevó al Khal para que lo decapitara en persona. Respecto a las lagrimas de fénix, la lluvia fue como la que el ave del trueno provocó en Animales Fantásticos. Saludos!