Asimilando su incapacidad para revelar la verdad y crear riesgos nuevos e innecesarios, tales como una nueva degradación de rango para Gabriel o un despido para sí misma (por no mencionar la curiosidad médica que despertaría su género híbrido si saliese a la luz), la suiza regresó a su despacho. Se sentó a oscuras en su escritorio y se preguntó una vez más si había tomado la decisión correcta.
Tomó aire. Miró a su alrededor; la regleta del ordenador estaba encendida. De hecho, el pequeño led de la torre también brillaba. Tenía el pc en marcha. Al parecer había estado tan cansada tras la operación de Genij que no había recordado apagarlo. Encendió la pantalla para asegurarse de que no había dejado sin guardar ningún archivo importante, y descubrió un bloc de notas abierto en el centro del escritorio. Una dirección precedía a las palabras «te esperaré hasta la una de la madrugada para hablar de nuestro trato».
Con movimientos propios de un autómata, Angela recogió de su cajón la pistola que Gabriel le había regalado y salió de la consulta.
Había apagado la regleta con un pisotón.
Contra todo pronóstico, Moira no había citado a la doctora en un almacén abandonado o algún otro emplazamiento siniestro; la esperaba en el ático de un pequeño bloque de apartamentos limpio y moderno.
Un conserje (perplejo ante el tardío disfraz de Halloween) le abrió la puerta a Angela, que fue directa al ascensor. Cuando las puertas se cerraron en la primera planta, metió la mano en el bolso, agarró su pistola sin sacarla todavía y subió con el dedo en el gatillo. Entrar. Disparar a la frente de Moira. Acabar con sus problemas.
Llegó a su planta. Las manos le sudaban. No quería soltar el arma para apartarse algunos mechones de pelo que se le metían en los ojos.
Avanzó caminando con pesadez. Un cabello se le había enredado en las pestañas y le dio un pequeño tirón. Parpadeó varias veces. La puerta de delante era la de su anfitriona. Entrar. Dispararla en la frente. Absolutamente letal y eficaz. El final de sus problemas.
La genetista abrió la puerta. El corazón de Mercy latió con tanta fuerza que sintió que sus entrañas se estremecían.
—Llegas tarde.
El final de sus problemas…
El final de… su juramento hipocrático.
—He operado… —Soltó la pistola y sacó la mano del bolso para apartarse el pelo de la cara—. Y, después, me he quedado dormida. Acabo de ver tu mensaje.
No podía hacerlo.
Entró al recibidor del apartamento. Sobre su cabeza había una claraboya sencilla que dejaba ver el cielo estrellado de Berna, y delante una puerta abierta que daba a la habitación principal de la casa. Por lo que veía, el lugar estaba impecable, esterilizado como para operar a corazón abierto de inmediato. Una serie de pequeñas máquinas contrastaban con las paredes blancas. Había probetas y matraces llenas de líquidos amarillos y morados. Más que vivienda, era un laboratorio.
—¿Cómo has estado?
—Maravillosamente, gracias —replicó con sarcasmo—. ¿Tu estancia por la prisión estadounidense?
—Incómoda, pero práctica y conveniente. Overwatch no permitiría en sus filas a nadie cuyo historial no fuese inmaculado. Cometí un error al hurgar en los historiales del proyecto soldado con tanta impaciencia, y he pagado por ello. A partir de hoy —contempló a Mercy, que había retrocedido hasta una de las paredes blancas del recibidor y se apoyaba en ella sintiendo que se asfixiaba—, nada volverá a escapar a mi control.
La doctora cruzó los brazos sobre el escote de su disfraz.
«Podría haber disparado…».
—¿Eso crees? —replicó.
—Encuentro hilarante que consideres que estás en posición de cuestionar mis palabras. Quizá no estás teniendo en cuenta que has venido aquí porque así lo he dispuesto yo.
«Debería haber disparado… ahora ya es tarde».
—Puedo eliminarme a mí misma de la ecuación. Jamás te saldrán las cuentas de esa forma.
—¿Te despedirías de Overwatch para liberarte de tu responsabilidad para conmigo? —La irlandesa avanzó hacia la doctora sin poder contener una sonrisa socarrona. Angela, con una mueca de demencial desesperación, sacó la pistola y se encañonó a sí misma introduciendo la punta del arma en el interior de su boca—. Veo que por «eliminar» te referías a algo notablemente más drástico.
Una de las manos de Moira se cerró sobre la barbilla de la suiza. La obligó a mirar en otra dirección para sacarle el arma de la boca, y luego se la arrebató con suma sencillez. Contempló la pistola con una mueca indignada en sus ojos dicromáticos. En el cañón brillaba un hilo de la saliva de Angela. Lo limpió con un sutil lengüetazo y, después, abrió la recámara y dejó que el arma cayese al suelo. La munición se desparramó por el suelo.
—Le quieres mucho más de lo que te conviene, ¿no es así? Has olvidado que tengo en mis manos los conocimientos necesarios para alterar la genética a un nivel inconcebible… y, todo este numerito con la pistola me ha irritado mucho, Angela. La última vez te ofrecí un trato amistoso en el que incluí pruebas fehacientes para que las analizases y, en consecuencia, tomases una decisión lógica; hoy no estoy de humor. Obedece, haz los trámites necesarios para mi inmediata incorporación a Overwatch o usaré lo que sé sobre los cambios en la estructura celular de tu novio para reducirlo a una masa atrofiada de tendones.
Abandonó el recibidor de su casa por la puerta que Mercy había oteado, cerrando con un airado portazo.
Una vez en casa, Angela contempló su cama vacía. Con gran pesar, comenzó a recoger las cosas de Gabriel, que seguía en Italia.
