recuerden de ke nada me pertenece

Capitulo 12

Descalza, envuelta en una fina bata de seda, Bella esperaba dócilmente sentada en su cama mientras el doctor Franco le tomaba la tensión. El doctor tenía manos hábiles y un talante amable, casi paternal. Sin embargo, Bella no acababa de acostumbrarse a su consulta semanal con el médico de la familia. Y tampoco se resignaba a soportar las sesiones que cada dos semanas tenía que pasar con su colega, el eminente y erudito psiquiatra doctor Kijinsky. No era una inválida, y desde luego no estaba enferma.

Cierto, se cansaba más fácilmente de lo que hubiera deseado, pero sabía que estaba recuperando sus fuerzas. Y sus sesiones con el doctor Kijinsky, el reputado analista, se reducían a simples conversaciones. Conversaciones que, en su opinión, no eran más que una pérdida de tiempo. Y era el tiempo, al fin y al cabo, lo que necesitaba recuperar.

Ocupaba la mayor parte del día con los preparativos del baile benéfico que se celebraría la primera semana de junio. Comida, vino, música, ornamentos. Entretenimiento, cartas de aceptación, de disculpa, peticiones varias. Aunque parecía disfrutar con todos aquellos pormenores, estos a menudo resultaban difíciles. Cuando alguien pagaba una gran suma de dinero para asistir a un baile, fuera este benéfico o no, esperaba y merecía lo mejor de lo mejor. Esa misma mañana, Bella había pasado tres horas interminables con el florista para asegurarse de que sus instrucciones eran seguidas al pie de la letra.

- La tensión la tienes bien -el doctor Franco guardó el tensiómetro en su maletín-. Y de pulso y de color, también. Físicamente, no parece haber complicaciones. De lo único que me quejo es que todavía estás un poco delgada. No te vendría mal engordar cinco kilos.

- Si engordara cinco kilos, a mi modista le daría un ataque -contestó ella con una media sonrisa-. Está encantada conmigo tal y como estoy.

- Bah -el doctor Franco se rascó la hermosa barba blanca-. A tu modista le gustaría que sus clientas fueran perchas. Tienes que engordar un poco, Bella. Tu familia tiende a ser excesivamente delgada. ¿Te estás tomando las vitaminas que te receté?

- Todas las mañanas.

- Bien, bien -se quitó el estetoscopio y lo guardó en el maletín-. Tu padre me ha dicho que no has querido anular tus compromisos oficiales.

Bella se puso a la defensiva inmediatamente.

- Me gusta estar ocupada-

- En eso no has cambiado. Querida mía... -apartando el maletín, el doctor se sentó en la cama, junto a ella. Aquella muestra de familiaridad sorprendió a Bella, que ya se había acostumbrado a las reglas de protocolo que regían su vida. Pero, viendo al doctor Franco tan a sus anchas, pensó que sin duda habían estado en aquella situación docenas de veces-. Como te decía, físicamente ya casi te has recuperado del todo. Yo siento gran respeto por los conocimientos y la experiencia del doctor Kijinsky, o no se lo habría recomendado a tu padre. Sin embargo, me gustaría que me dijeras cómo te sientes.

Bella cruzó las manos sobre el regazo.

- Doctor Franco...

- Estás harta de médicos -dijo él, haciendo un gesto desdeñoso con la mano-. Te aburren las consultas, los reconocimientos, las sesiones... Preguntas, piensas, demasiadas preguntas. Quieres seguir adelante con tu vida.

Ella sonrió, divertida y un tanto desconcertada.

- Parece que no hace falta que le diga cómo me siento. ¿Tiene la costumbre de leerles el pensamiento a todos sus pacientes, doctor Franco? -él no sonrió, pero siguió mirándola con expresión amable y tolerante. De pronto, Bella se sintió mezquina y grosera-. Lo siento -le tocó el brazo a modo de disculpa, espontáneamente-. Lo que he dicho parecía un sarcasmo. Pero no pretendía serlo. Lo cierto es, doctor Franco, que siento muchas cosas... demasiadas cosas. Y todo el mundo parece comprenderlas antes que yo.

- ¿Tienes la impresión de que estamos simplificando el problema de tu amnesia?

- No... -vacilante, ella sacudió la cabeza-. Es solo que todo el mundo parece pensar que es un problema menor que se resolverá por sí mismo. Supongo que, políticamente, es lo más conveniente.

En sus palabras afloraba un leve resentimiento. El doctor Franco, que sabía cuánto estaba sufriendo su padre, se mordió la lengua para no decírselo.

- Nadie, y menos aún yo, que soy tu médico, se toma a la ligera lo que te ocurre. Sin embargo, para los que te rodean y te quieren, resulta difícil comprenderlo del todo y aceptarlo. Por eso quiero que me digas cómo te sientes.

- No sé bien qué podría decirle. Ni qué quiero decirle.

- Bella, yo te ayudé a nacer. Traté tus resfriados, te atendí cuando tuviste el sarampión y hasta te extirpé las amígdalas. Tu cuerpo no me es ajeno, ni tampoco tu mente -hizo una pausa, mientras ella intentaba asimilar aquella información-. Te resulta difícil hablar con tu padre por temor a hacerle daño.

- Sí -ella lo miró: el rostro amable, la barba blanca-. Con él me resulta más difícil que con nadie. Antes de que Emmett se marchara... Regresó a Oxford, a regañadientes...

- Sí, ya sé que habría preferido quedarse aquí, con sus perros y sus caballos.

- Sí -ella se echó a reír, sacudiendo el pelo.- Cuando Emmett estaba aquí, por alguna razón me resultaba más fácil hablar con mi padre. Emmett es tan alegre y extrovertido... Con él, no me siento obligada a decir siempre lo correcto, lo que se espera de mí. Jasper es distinto. Tengo la impresión de que con él debo andarme con pies de plomo. Es tan... Bueno, tan serio.

- El Príncipe Don Perfecto -Franco sonrió al ver la cara de Bella. Su vaga expresión de desaprobación era una buena señal-. No te lo tomes como una falta de respeto, Bella. Así era como Emmett y tú llamabais a Jasper cuando erais niños.

Ella estuvo a punto de sonreír.

- Qué malvados.

- Oh, él tampoco se queda corto. A Emmett lo llama «Lord Pereza».

Ella dejó escapar un sonido que se parecía sospechosamente a una risita y cruzó las piernas.

- No me extraña. Yo me ofrecí voluntaria para ayudar a Emmett a hacer las maletas. Me resulta difícil de creer que alguien pueda vivir con semejante desorden. ¿Y a mí? -arqueó una ceja-. ¿Cómo me llamaban mis hermanos?

- Su Altiveza...

- Oh -Bella se quedó callada un momento y luego se echó a reír-. Supongo que me lo merecía.

- De vez en cuando.

- Creo... siento -se corrigió ella- que somos una familia muy unida. ¿Es cierto?

El doctor Franco pensó que un «sí» no significaría nada. Era una respuesta demasiado simple.

- Una vez al año, pasáis dos semanas en Zúrich, en famille, sin sirvientes, sin extraños. Una vez me dijiste que, gracias a esas dos semanas, eras capaz de soportar las otras cincuenta que tiene el año.

- Ella asintió, comprendiendo lo que quería decir.

- Dígame de qué murió mi madre, doctor Franco.

- La princesa Esme era una mujer muy delicada -dijo él cuidadosamente-. Estaba en un congreso de la Cruz Roja, en París, y contrajo neumonía. Hubo complicaciones. Y nunca se recuperó.

Bella deseó sentir alguna emoción. Habría sido un consuelo sentir pena, dolor, en vez de aquel vacío.

Cruzó las manos de nuevo y se las miró fijamente.

- ¿Yo la quería?

- Ella era el centro de vuestra familia. El ancla, el corazón. Tú la querías muchísimo, Bella.

Creerlo le resultaba casi, casi tan reconfortante como sentirlo.

- ¿Cuánto tiempo estuvo enferma?

- Seis meses.

La familia se habría unido, habría formado una piña. De eso estaba segura.

- Parece que no aceptamos fácilmente a los extraños.

Franco volvió a sonreír.

- No.

- A Edward Masen, ¿lo conoce usted bien?

- ¿Al americano? -Franco se encogió de hombros-. Solo un poco. Tu padre lo tiene en gran estima.

- Pero Jasper desconfía de él.

- Es lógico -dijo Franco lentamente, intrigado por el giro que había tomado la conversación. Quizá Bella aún no reconociera a su familia, pero esta seguía siendo, como había sido siempre, su principal preocupación-. El príncipe Jasper solo quiere protegerte, y no acepta con agrado la presencia en palacio de personas extrañas a la familia. Esa farsa del compromiso... -hizo una pausa al ver que Bella achicaba los ojos, pero malinterpretó su expresión-. Por favor, no me malinterpretes. A mí no me gusta chismorrear. Y, como médico de la familia real, gozo de la confianza de tu padre.

Ella descruzó las piernas y se levantó. No le apetecía seguir sentada.

- ¿Y está de acuerdo con él?

Franco alzó una de sus pobladas cejas blancas.

- Yo nunca me atrevería a quitarle la razón al príncipe Carlisle, salvo en cuestiones médicas, naturalmente. Sin embargo, sé que ese compromiso disgusta a tu hermano, el cual se siente responsable de tu bienestar.

- ¿Y mis sentimientos? -la calma de Bella se había desvanecido de repente. Se giró y miró fijamente al doctor, que estaba de pie, junto a la camilla, con las manos unidas a la espalda-. ¿Alguien los tiene en cuenta? Esa... esa pretensión de que todo va bien, esa farsa del romance relámpago con el hijo del amigo de mi padre... Todo eso me pone enferma -tomó un peine de madreperla que había sobre su cómoda y empezó a darse golpecitos con él en la palma de la mano-. Ayer se anunció el compromiso y hoy los periódicos casi no hablan de otra cosa. No hay en ellos más que especulaciones, opiniones, mezquinos cotilleos. Dondequiera que vaya me encuentro las mismas preguntas, el mismo alboroto, los mismos románticos suspiros -su impaciencia era evidente. El doctor la conocía bien. Con las manos todavía unidas a la espalda, guardó silencio y esperó a que Bella acabara de dar rienda suelta a su enojo-. Esta misma mañana, mientras intentaba organizar el baile, me han preguntado por mi vestido de novia. ¿Será blanco o de color marfil? ¿Lo hará mi sastra o un modisto de París, como el de mi madre? ¡Mi vestido de novia! -exclamó, alzando las manos-. Y, yo mientras tanto, tengo que organizar un banquete para quinientas personas. ¿La ceremonia se celebrará en la capilla de palacio o en la catedral? ¿Asistirán mis amigos de la universidad a la fiesta? ¿Elegiré a la princesa inglesa o a la condesa francesa para que sea mi dama de honor? De ninguna de las cuales me acuerdo, por cierto. Cuanto más tratamos de ocultar lo que ocurre, más absurdo se vuelve todo.

- Tu padre solo intenta asegurar tu bienestar, Bella. El tuyo y el de su pueblo.

- ¿Es que para él hay alguna diferencia? -preguntó, exasperada, y volvió a dejar el peine sobre la cómoda-. Lo siento -su voz se calmó de repente-. Eso ha sido injusto. Pero es que me resulto tan difícil aceptar el engaño... Y, sin embargo, estoy metida en él hasta el cuello. En cuanto a Edward... -se interrumpió, molesta consigo misma por haber pensado en él.

- Edward es un hombre atractivo -acabó el doctor Franco por ella.

Esbozando una lenta y cautelosa sonrisa, Bella observó a su médico.

- Es usted un médico excelente, doctor Franco.

Él hizo una rápida y gentil genuflexión.

- Conozco a mis pacientes, Alteza.

- Sí, es atractivo -admitió ella-, pero no siempre amable. La verdad es que su soberbia no me resulta particularmente atrayente, sobre teniendo en cuenta que supuestamente es mi prometido. Sin embargo, desempeñaré mi papel lo mejor que pueda. Cuando recupere la memoria, el americano podrá volver a su granja y yo seguiré con mi vida. Así es como me siento, doctor Franco -puso ambas manos sobre el respaldo de una silla-. Así, dicho en pocas palabras, es como me siento. Deseo recordar. Quiero comprender lo que ocurre a mí alrededor. Y deseo recuperar mi vida.

- Recordarás, Bella.

- ¿Está seguro?

- Como médico, no puedo estar seguro de nada -inclinándose y dejando escapar un suspiro al hacerlo, recogió su maletín-. Pero, como alguien que te conoce desde la cuna, estoy convencido de ello.

- Eso quería oír -ella se encaminó hacia la puerta.

- No hace falta que me acompañes -el doctor Franco le dio una suave palmadita en la espalda-. Iré a informar a tu padre antes de irme de que estás bien.

- Gracias, doctor Franco.

- Bella -se detuvo ante la puerta que acababa de abrir-, a veces, todos tenemos que disimular.

Ella inclinó la cabeza con un gesto frío y regio.

- Eso tengo entendido.


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