Disculpad, saludo entre mis enormes montañas de resúmenes, apuntes, trabajo y estrés. ¡Pero estoy viva y he vuelto! No me retrasé (un día, quizá, y si nos ponemos exquisitos), así que estoy gratamente sorprendida. Creí que no iba a darme tiempo a publicar esta semana, ¡pero sí!

Poco que decir, como siempre gracias a todos por leerme, voy a contestar a vuestras reviews individualmente y a dejaros con el capítulo:

Vanegirl9: Me llegó la misma review dos veces, pero descuida, suele pasar, ¡FanFiction es así a veces! Admito que mi Riku está siendo incluso más celoso e insoportable que el que recordaba cuando jugué a Kingdom Hearts, y cada vez más, con decirte que incluso yo le estoy empezando a odiar a cada palabra que escribo... Y respecto a Sora, parece que me gusta hacerle sufrir, lo noto. Respecto a si era Roxas o Ventus, se trataba de Ventus; como bien dices, Sora no ha perdido el corazón, así que no puede ser Roxas. Y... poco más, ¡me alegra que te haya gustado y aquí tienes el nuevo capítulo! (¡Y Sora no pudo romper la puerta porque los sincorazón de Riku se lo impidieron!)

misato-tsumemasa: ¡Muchas gracias por tu review, y aquí tienes el nuevo capítulo para apaciguar tu intriga!

Nebyura: Nah, no tengo intención de añadir violaciones. Aunque no negaré que es algo que podría haber pasado, dado el estado emocional en el que se encuentra Riku. Y sí, ya deseaba poner a Ventus en la historia, sentía que estaba ignorándole, tanto a él como a Vanitas, ¡pero ya empiezan a tener protagonismo! Muchas gracias y, como siempre, espero que te guste este capítulo.

SexyDiva: ¡Ya esperaba tu (¿vuestra?) review! Me alegra no haber decepcionado y que la escena de Riku y Sora en el camarote de Garfio no dejara indiferente. Ya que incluso tan poco shonen-ai explíticamente hablando, es un regalo que os doy. Y respecto a lo de Sora en el mundo de Campanilla, vestido como ella... Vaya, a veces me encantaría poder dibujar bien y así poder representar esa imagen, ¡Riku se moriría! Y, bueno, no me enrollo más respondiendo, ¡espero que te (os) guste!

Edurne: Riku no odia a Sora, aunque pueda parecerlo gracias a tu actitud; digamos que no le agrada la idea de que Sora se relacione con otras personas y se olvide de él. Y ese miedo le ha llevado a una actitud enfermiza. ¡Aquí tienes la continuación!

Nada más que añadir, gracias por las reviews y por todo vuestro apoyo. ¡Ya sólo quedan dos capítulos para el "final"!

Disclaimers: Kingdom Hearts y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Square-Enix y Disney.


Amigo Imaginario −

Capítulo XI

Bastión Hueco


Abrió sus ojos. No podía ver el cielo, todo estaba oscuro… o eso pensó hasta que, al mirar bajo sus pies, encontró un enorme y brillante suelo. Una especie de vidriera. Observó aquellos coloridos cristales que iluminaban todo el lugar, y pudo reconocer varios detalles en ellos, como la figura de un paopú o una balsa, así como esos pececillos que colgaban del techo de su habitación o aquella misteriosa cueva en la que siempre sospechó que vivía un monstruo, por mucho que su mejor amigo no le creyera. También pudo reconocer la playa en la que siempre jugaba hasta que atardecía, sus enormes palmeras, el mar, las nubes…

El pequeño Sora, a sus cuatro años de edad, siempre fue algo asustadizo cuando no se encontraba delante de Riku y, sin embargo, en aquel misterioso lugar no se sentía amenazado. Todo lo contrario. No entendía exactamente por qué, pero aquel sitio tan deslumbrante le producía una agradable sensación de calidez y protección. Sentía como si estuviera en casa, seguro; como si nada pudiera ocurrirle.

Sin embargo, algo llamó su atención.

Al ver aquella pequeña luz, tan débil, bajaba lentamente desde la completa oscuridad para acercarse a él. Por un momento, el inocente castaño pensó que debía tratarse de una estrella fugaz y no dudó un minuto en acercarse hacia el borde de aquella plataforma de cristal, observándola con total admiración y preguntándose qué deseo podría pedir.

Pero, entonces, recordó las palabras de su mejor amigo. Alguien, en algún lugar, debía estar realmente triste, esperando a que le ayudara. Y esa tenue luz debía ser, sin duda, ese alguien.

—¡Hey! –llamó a aquella voz, llevando las manos cerca de sus labios, gritando un poco para poder ser escuchado. —¿Puedes oírme?

—Estaba atrapado en la Oscuridad… pero, entonces, escuché tu voz.

La voz, proveniente de ese diminuto resplandor, sonaba débil, ligeramente apagada y cansada. Al pequeño Sora le recordó a la voz de su padre, en aquellas noches en las que era incapaz de dormirse y le pedía que le contara alguna historia –esas sobre héroes y grandes aventuras que tanto le gustaban– y no conseguía que se durmiera.

Cansada. Cansada, pero cariñosa.

—Estaba solo, pero seguí el sonido de tu voz y me llevó a la Luz. Aquí, contigo.

La voz continuaba explicándose, cayendo lentamente hasta posarse sobre las manos del niño, quién le recibía con una amable sonrisa.

—Me diste algo muy importante, cuando más lo necesitaba. –prosiguió. —Una segunda oportunidad.

Aunque no pudiera ver su rostro, Sora pudo imaginar que, fuera quién fuera, estaba sonriendo.

—¿Lo hice? –preguntó el pequeño, algo confundido. No llegaba a entender el significado de aquellas palabras.

—Sí, pero… –el invitado hizo una breve pausa antes de seguir. —Ahora tengo que volver a dormir.

Fue al escuchar aquellas palabras cuando Sora se dio cuenta de que algo no iba bien. Esa voz, ahora tan melancólica y ligeramente arrepentida, hizo que el pequeño castaño le dedicara una mirada de preocupación a esa no tan brillante luz, agachando un poco la cabeza.

—¿Estás triste? –preguntó.

—¿Te importaría… si me quedara aquí, contigo? –fue la respuesta, o más bien tímida petición, de la misteriosa voz.

Sora asintió, casi sin pensarlo. Sabía que su invitado debía ser, sin duda, ese alguien que estaba profundamente triste, esperando su ayuda, tal y como le había dicho Riku. Y sentía que no era la primera vez que le ayudaba; sin duda, se conocían de antes.

—¡Claro! Si hará que te sientas mejor…

—Gracias.

Y, tras esas últimas palabras de sincero agradecimiento, esa pequeña luz se internó en el pecho del ojiazul, en su corazón. El pequeño cerró los ojos, dejando escapar un suspiro, con una apacible sonrisa dibujada en sus labios. Su nuevo amigo era realmente cálido.

Sin embargo, todo se oscureció, asustando al desprotegido niño, acompañado de una fría y desesperante sensación.

A pesar de estar prácticamente en penumbras, Sora pudo distinguir una nueva figura ante él. Una que llevaba un casco ocultando su rostro y que, a pesar de ello, estaba convencido de que le miraba, son sorna y de forma espeluznante.

—Volvemos a encontrarnos, amigo mío.

Un desagradable escalofrío recorrió la espalda del pequeño, que retrocedió un par de pasos, asustado y temblando, provocando una sonora carcajada por parte del intruso, que se limitó a acercarse más a él, cargado de seguridad.

—¿No te acuerdas de mí? Me hiciste una promesa, ¿recuerdas?

—¿V-Vani…?

La misteriosa silueta asintió antes de que Sora pudiera terminar de responder, sosteniendo sus manos y provocándole un nuevo escalofrío. Sus manos, al contrario que la luz que había sostenido instantes atrás, eran muy frías. Inhumanamente frías.

—Estaremos siempre juntos, Sora. –le recordó. —Yo nunca te abandonaré.

Los torpes y atemorizados balbuceos del asustado niño fueron la única respuesta que recibió el mayor. Sonrió maliciosamente bajo su casco.

—Pero, recuerda… –prosiguió, acercándose a su oído. —Tienes que vengarme. Derrotar al elegido. Juntos.


Un agitado Sora despertó, jadeante y sudoroso, tiritando. No recordaba eso o, al menos, no lo había recordado hasta ahora. Hacía ya diez años de eso, y siempre que Riku le preguntaba qué fue lo que le hizo gritar y llorar aquella noche, no era capaz de decírselo, no se acordaba.

Estaba aterrado. Aterrado del que, hasta ahora, había sido su amigo imaginario; no sabía qué es era lo que quiso decir Vanitas con aquellas palabras, pero –fuera lo que fuera– su cuerpo temblaba sólo de pensarlo.

Tardó unos segundos en ser consciente del lugar en el que se encontraba.

Miró a su alrededor. Era un lugar oscuro, frío y abandonado. El silencio era prácticamente sepulcral, únicamente roto por el sonido del agua caer, desde algún lugar lejano, gota a gota sobre el suelo. No había nada a su alrededor y, cuando pudo mirar a su derecha, se encontró con unos barrotes que le impedían salir de ese pequeño e incómodo rincón.

Estaba en una prisión.

—¡Riku! –lo llamó, sin pensar. —¿¡Dónde estás!?

Se abrazó a sus rodillas, inquieto. No le gustaba ese lugar, no recordaba cómo había llegado hasta allí; tampoco sabía dónde se encontraban Donald y Goofy. Lo último que recordaba, era al albino llevándoselo.

—Por fin despiertas.

El castaño alzó la mirada, esperanzado, al reconocer la voz que lo llamaba; era la voz de su mejor amigo, con esa sorna característica cuando trataba de burlarse de él. Confiaba en que esa actitud quería decir que todo estaba bien, que estaba a salvo y que todo lo que haría el mayor sería reírse de su torpeza y sacarlo de allí.

Se dio cuenta de que las cosas no eran tan sencillas ni tan idílicas al ver esos ojos aguamarina mirarle con la frialdad que, desgraciadamente, ya le habían dedicado en varias ocasiones.

—¿Por qué…? ¿Por qué estoy aquí, Riku? –preguntó, mirando a su alrededor, aún aturdido. —¿Dónde están Donald y Goofy? ¿Cómo me has traído aquí? ¿Qué está pasando?

A pesar de la avalancha de preguntas, Riku se mantuvo impasible, sin mover un solo músculo de su rostro, mirando al menor, que se había levantado y ahora sus manos sostenían esos barrotes que le aprisionaban. Ni siquiera esa expresión confundida, su cuerpo temblando o esos ojos azules brillando como si fueran a echarse a llorar de un momento a otro lograron conmover al peliplateado.

—¿Tan preocupado estás por tus nuevos amigos? ¿Más que por nosotros?

—¡Ya basta con eso! –protestó el castaño. —¿¡Qué mosca te ha picado!?

—No volverás a verlos. –fue todo lo que dijo, ignorando sus palabras. —Te quedarás aquí y sólo saldrás cuando yo lo quiera así.

Una sonrisa sarcástica se dibujó en sus labios cuando Sora hizo aparecer su llave-espada. Ni siquiera retrocedió; el ojiazul no podría alcanzarle tras esos barrotes y, aunque pudiera, Riku sabía que su mejor amigo jamás osaría hacerle daño.

No le temía.

—¡Te has vuelto completamente loco!

Esa risa reprimida entre los labios del albino sólo convenció a Sora de que estaba en lo cierto.

—Gracias por cargar con ella todo este tiempo, chico de los recados. –fue la única respuesta que recibió por parte del mayor.

—¿Eh? ¿A qué te refieres?

—A la llave-espada. –contestó, señalando su característica arma. —¿Acaso creías que eras el elegido de verdad? ¿Tú? No me hagas reír, Sora.

—No entiendo lo que…

Yo soy el verdadero portador de la llave-espada.

Y, en ese momento, el arma que hasta entonces hacía pertenecido al castaño, desapareció de entre sus manos para aparecer entre las de Riku, quién seguía con aquella sonrisa sarcástica e incluso cruel en su rostro.

—¿¡Qué demonios ha pasado!? ¿¡Por qué la tienes tú!?

—Porque siempre me ha pertenecido. Tú me la arrebataste. Ellos me lo dijeron.

—Eso… eso no es verdad. Yo… yo no…

—Me despediré de tus nuevos amigos por ti, Sora. No volverás a hacer nada. –ordenó.

Lanzó algo dentro de la celda de Sora y, al verlo, el castaño dejó escapar una especie de quejido sordo. Una espada de madera estaba tendida en el suelo, con su nombre escrito en ella, aunque ya era prácticamente imperceptible.

Sora recordaba esa espada.

—Juega a ser un héroe con eso.

Sin darle más explicaciones, dio media vuelta, dispuesto a marcharse e ignorando los gritos del castaño, llamándole e incluso suplicándole que se quedara. No iba a atender a ellos, no ahora.

—¡Riku! ¡Por favor, no te vayas! –gritaba, una y otra vez. —¡No escuches a Maléfica! ¡Es malvada, confía en mí!

Siguió caminando.

—¡Déjame ver a Kairi! ¿Dónde está? ¡Quiero verla! ¡No me dejes aquí solo!

Se detuvo. Esta vez, su expresión cambió. Frunció el ceño y emitió un gruñido que incluso Sora pudo escuchar. Apretó sus puños, sosteniendo con fuerza la empuñadura de su nueva arma.

Sin embargo, volvió a caminar.

—No volverás a verla. No volverás a ver a nadie. –determinó, impasible. —…Excepto a mí.

Cuando abandonó por fin aquellas mazmorras, todo lo que pudo escucharse fueron los débiles sollozos del castaño.


—Así que por fin la has recuperado… Enhorabuena, verdadero elegido.

La voz de Maléfica, victoriosa, resonó en la enorme habitación. Todas las princesas permanecían reunidas en sus prisiones de cristal, mientras que el cuerpo de Kairi se encontraba tendido sobre el suelo, junto a Riku, que no apartaba la mirada de la que ahora era su llave-espada.

—No quiere estar solo. –murmuró, sorprendiendo a la hechicera. —Odia estar solo.

—Él se lo ha buscado por haberte abandonado, Riku. Es lo que merece. –quiso consolarlo. —Lo haces por su bien. Y por ti, para que no vuelva a sustituirte.

—Fui yo quién le abandonó. –corrigió.

—Fue él quien no sostuvo tu mano.

Sin decirle nada más, la bruja fue a observar a las princesas. Riku pudo escuchar como ésta maldecía, y entendía la razón; aún no habían encontrado a la séptima princesa, y tanto Maléfica como sus aliados comenzaban a impacientarse. Incluso él comenzaba a impacientarse, pues esas princesas eran la clave para salvar a su amiga.

Salvar a su amiga… y conseguir que Sora fuera suyo.

Miró a la pelirroja. A pesar de su estado, aquella apacible sonrisa le hacía pensar, a veces, que sólo se encontraba dormida, en un largo y agradable sueño del que pronto despertaría. Y, sin embargo, el albino era consciente de que no lo haría hasta que encontrara la forma de salvarla.

—Sé que piensas que no estoy haciendo lo correcto. –murmuró el joven, aún sabiendo que no sería respondido. —Pero no puedo permitir que lo alejen de mi lado. Lo sabes, ¿verdad? Tú siempre lo has sabido.

Se agachó, junto al cuerpo de la muchacha, acariciando su mejilla, despacio y con delicadeza, temiendo romperla. Kairi siempre tuvo un aspecto muy frágil, y ahora parecía que pudiera romperse en cualquier momento. Y, sin embargo, esa sonrisa no desparecía.

—Sora no me lo perdonará jamás, ¿verdad?

Aunque hubiera podido ser respondido, un desagradable sonido hizo que tuviera que apartarse, buscando a Maléfica con la mirada. Estaba mirando a las princesas, pero ahora su fiel siervo, aquel incordioso pajarraco negro, se encontraba sobre su hombro. Riku no pudo escuchar más que el ruido que producía cada vez que abría su pico, pero la expresión de la oscura hechicera hizo que se sintiera algo inquieto.

Sin dudarlo, bajó junto a ella.

—¿Qué ha pasado?

—Tenemos un intruso en las mazmorras. Esa maldita bestia…

—Sora…

Antes de que Maléfica pudiera decir nada más, Riku ya había salido de la sala, corriendo.

No iba a permitir que el castaño saliera de su celda, pero tampoco consentiría que aquella violenta bestia que Maléfica había atrapado hacía tiempo, durante la búsqueda de una de las princesas, le dañara.


El castaño se encontraba aún en la fría y oscura mazmorra, encogido y abrazado a sus rodillas. Seguía emitiendo algunos sollozos que trataba de acallar mordiendo sus labios, en vano. No había nadie allí, estaba completamente solo, pero permaneció ahí, escondiéndose con su propio cuerpo, con sus brazos y piernas, como si alguien estuviera observándole.

No trató de escapar. La espada de madera que Riku le había ofrecido seguía tendida en el suelo, frente a él.

De pronto, un estruendo hizo que se escondiera un poco más, asustado. Los rugidos que pudo escuchar después no consiguieron tranquilizarle. O, al menos, no hasta que se dio cuenta, al escucharlos más detenidamente, de que fuera lo que fuera que estuviera rugiendo de esa manera, estaba triste.

Levantó su cabeza, secándose las lágrimas, para encontrarse con un enorme ser, de pelaje castaño que cubría con una enorme tela azul que, al parecer, debía ser una especie de capa.

—¿Quién… quién eres?

—Bella…

El castaño se incorporó, acercándose a los barrotes una vez más, observando a la bestia con cierta curiosidad, hasta que ésta rugió, golpeando una de las paredes. Sora retrocedió, nuevamente asustado, y preguntándose si el que hasta ahora fue su mejor amigo había mandado a aquella criatura a acabar con él. Tragó saliva, y posteriormente negó con la cabeza. Riku jamás haría algo así, ¿verdad?

Sin embargo, cuando pudo ver los ojos de la bestia, volvió a acercarse. Tenía unos ojos azules, tristes y que le recordaban a los ojos de un humano. Es más, Sora estaba convencido de que esos ojos eran humanos.

—¿Quién es Bella? –se atrevió a preguntar.

—Alguien importante. –fue la escueta respuesta, entre gruñidos, de la bestia. —Tengo que salvarla.

—Entiendo… –murmuró. —También… hay personas a las que quiero salvar. Pero ya no puedo. Creo que… es tarde.

Volvió a asustarse cuando la enorme criatura volteó para mirarle. Parecía furiosa, y lo confirmó al ver que se acercaba. Retrocedió, cubriéndose con sus brazos y cerrando los ojos. Pudo escuchar otro estruendo, muy cerca de él. ¿Iba a matarlo?

Al abrir los ojos, se sorprendió al comprobar que se encontraba ileso y que, sin embargo, los barrotes estaban destrozados.

Podía salir.

—Ve a salvarlos. Nunca es tarde.

El ojiazul sonrió débilmente, asintiendo con la cabeza. Tal vez aún le quedara una oportunidad para convencer a Riku. Se agachó, recogiendo la espada de madera del suelo, sosteniéndola de la misma forma que siempre había hecho en las Islas. Como volvería a hacer cuando volvieran a casa, los tres; Riku, Kairi y él.

—Riku, Kairi… seré un héroe. Uno de verdad. Os lo prometo.


El peliplateado se apresuró a llegar hasta las mazmorras. Sin embargo, se encontró con una desagradable sorpresa cuanto llegó al vestíbulo del castillo. No dudó ni un segundo en mostrarles una mueca de repulsión a los nuevos visitantes.

—¡Donald! ¡Es él, el amigo de Sora!

—¿¡Dónde lo tienes!? ¡Vas a pagar por tus actos! –gritó el pato, aunque Riku fue casi incapaz de entenderlo y se limitó a encogerse los hombros, con una sonrisa burlona.

Donald comenzó a gritar otras palabras que ni el joven, ni siquiera Goofy, pudieron entender. Sólo creyó conocer las intenciones del mago cuando hizo aparecer su bastón, que apuntaba hacia él amenazante.

—¿Estás seguro de lo que vas a hacer? –preguntó, desafiante. —¿Al verdadero elegido de la llave-espada?

Sorprendiendo a los dos guerreros, la misteriosa arma apareció en su mano cuando la extendió. Sonrió nuevamente, observando las expresiones de desconcierto de ambos, que ahora se miraban sin saber qué debían hacer.

—Debemos ir con él. –determinó Donald.

—¡Pero, Donald…! –protestó el escudero. —Sora nos necesita, ¡no podemos abandonarlo!

—El rey nos ordenó viajar junto al elegido de la llave-espada. –le recordó. —No podemos hacer otra cosa.

—Vaya, vaya… Sora tiene un criterio nefasto para elegir a sus nuevos amigos. –comentó el albino con sorna. —¿Dos perros del rey que le abandonan sin pensarlo?

—¡Es nuestra misión! ¡Es importante! –se defendió el pato, dando saltos y gritando de nuevo.

—No me importa. Yo no he pedido ser acompañado.

Chasqueando sus dedos, hizo aparecer a los sincorazón, que rodearon a Donald y Goofy. Ignorando sus gritos y acusaciones, Riku siguió caminando hacia las mazmorras, dispuesto a encontrar al castaño y, esta vez, llevarlo a un lugar en el que estuviera seguro. Seguro y completamente solo.


Gracias a un atajo que encontraron en las mazmorras, Sora y la bestia consiguieron llegar al castillo. Tras atravesar una enorme biblioteca, encontraron una puerta que el castaño esperaba que pudiera llevarle a la salida. Aunque no sabía qué haría después; no sabía dónde estaban Donald y Goofy, ni siquiera sabía con certeza dónde se encontraba él y no parecía que a esa criatura que le acompañaba pareciera importarle demasiado saber el lugar en el que se encontraban.

Sin embargo, debía agradecer lo que había hecho por él. Habría sido incapaz de derrotar a todos los sincorazón que se pusieron en su camino de no ser por los fuertes y certeros golpes que aquella bestia arremetía contra todos, defendiéndole.

—A Bella le encantaban los libros. –comentó aquella voz grave y profundamente melancólica.

—Podrás enseñarle este lugar cuando la encontremos. –prometió Sora, sonriéndole.

—La última vez que nos vimos, le dije cosas horribles. –confesó la bestia. —Ella sólo quería ayudarme, y no pude disculparme.

Sin vacilar, Sora se acercó a su nuevo compañero, acercando lentamente su mano hacia el brazo de éste. La dejó ahí apoyada, en una tímida muestra de apoyo.

—En ese caso, debes disculparte cuando la encuentres, ¿no crees?

Con una tímida sonrisa que sorprendió al castaño, la bestia sonrió.

—Me llamo Sora. –continuó el muchacho. —¿Cuál es tu nombre?

—…Bestia.

El joven parpadeó varias veces.

—¿En serio?

—¿Hay algún problema?

Al ver aquel rostro amenazante de "Bestia", Sora negó varias veces con la cabeza, llevándose la mano tras la nuca después, riendo de manera nerviosa.

—¡No, no! ¡Para nada! Es un nombre muy… intuitivo.

Bestia avanzó sin más hacia la puerta, abriéndola de un fuerte golpe que la destrozó. El ojiazul dio un pequeño bote, aunque ya había empezado a acostumbrarse a los métodos de su nuevo amigo. Dejó escapar una débil risilla y lo siguió.

No esperaba encontrarse con Kairi tendida en el suelo, inconsciente.

—¡Kairi!

Corrió hacia ella, sosteniéndola e intentando reanimarla. Zarandeó su cuerpo varias veces, la llamó, pero fue en vano. No volvió a ocurrir lo que sucedió en el barco pirata; Kairi no se movió ni un milímetro.

—¿Kairi…? ¿Qué ocurre? ¡Abre los ojos!

Un gruñido proveniente de Bestia hizo que volviera a mirar hacia atrás, asustado. Su compañero parecía haber visto algo… o a alguien, que fue lo que comprobó al ver a una hermosa mujer en la puerta que acababan de destrozar para entrar.

La joven, de cabello castaño con un elegante recogido, vestía un brillante vestido de color amarillo y poseía unos brillantes ojos de color avellana. Su sonrisa, dulce y cándida, formada por unos labios rosados que contrastaban con su pálida piel, parecían haber hipnotizado por completo a la bestia.

Bella.

Sin mediar palabra, su compañero salió corriendo hacia ella, persiguiéndola. Y, para sorpresa del castaño, ambos desaparecieron en la oscuridad. Quiso perseguirlos, pero algo le impedía avanzar.

—¿Qué demonios…?

Golpeó al aire, comprobando que una especie de muro invisible le impedía seguir avanzando.

—Te has quedado solo.

Antes de que Sora pudiera preguntarse de quién era aquella voz que le hablaba con sorna, fue capaz de reconocerla cuando escuchó esa estridente y sonora carcajada.

Vanitas.

—Bienvenido a tu última parada, Sora: Bastión Hueco.


Empiezo a sentirme terriblemente cruel dejando los capítulos siempre así. Y más cuando iba a escribir esta escena con Vanitas hasta el final originalmente, y no lo he hecho porque me estaba quedando demasiado largo. Sin embargo, espero que os haya gustado.

Por fin expliqué qué pasó aquella noche, hace diez años, cuando Sora abrió su corazón siguiendo los consejos de Riku. Puede que, con tanta ausencia y tanto capítulo, casi ni lo recordárais. Pero bueno, era necesario escribir esa escena y prometí que lo haría.

Nada más. Queda muy poco para terminar y, sinceramente, sigo dudando respecto al final. Tengo varias posibilidades en mi cabeza, y no sé exactamente por cuál decantarme. Lo que sé, es que probablemente tenga una segunda parte que, sin embargo, tardaré un largo tiempo en publicar. Necesito terminar mis proyectos actuales, escribir algunos nuevos y me gustaría publicar la secuela cuando tenga unos cuantos capítulos escritos y así no agobiarme. Pero eso, por ahora, no es seguro.

¡Nos leemos!