—Capítulo 10—
Sakurai Ryō
Sus pasos eran inconfundibles para mis oídos, era su presencia. No lo podía ver, pero podía dibujar en mi memoria aquellas botas negras, pesadas por el ruido que hacían. También su aroma me hacía reconocerlo, ese olor concentrado a cigarrillo se distinguía a la perfección sin necesidad de estar cerca.
Traía uno consigo en ese momento, sentí el humo correr por mi rostro. Lo estaba expulsando frente a mí. Temblé, me acobardé solo de pensar que estaba en mí delante.
Me arrancó la cinta negra que cubría la mitad de mi cara. La luz me molestó al principio, hace bastantes días estaba viviendo en la oscuridad. En el ojo izquierdo llevaba un parche, lo había sentido pero pensé que era parte del agarre. No podía abrirlo.
—¿Qu- qué me has hecho? —pregunté, mis manos estaban atadas, no podía palpar— ¿Qué me has puesto…?
—Eso no te interesa, zorro. Tuerto te ves mejor.
Mi otro ojo comenzó a lagrimear, no sentía nada en el otro. Absolutamente nada. Presentía que jamás podría volver a ver de ese lado.
Me inspeccionó a detalle. Mis piernas, mis brazos, mis genitales. Solo se quería cerciorar de que no tuviera nada infectado. No le servía si me enfermaba. Me dio el visto bueno, apagando el cigarrillo contra mi piel. Apreté mi ojo, aguantando. Pero dejé escapar un pequeño quejido.
Esa sonrisa lujuriosa se extendió. Le causaba morbo verme tan indefenso, tan dispuesto a sus pies, tan suyo por su derecho de posesividad. Supuse que así me imaginó por muchas noches al conocerme por internet, cuando creí que era sincero al decirme que me amaba. Pero al estar ahí encerrado, me di cuenta que su única intención había sido verme sublevado.
Fui un niño ingenuo.
Mi madre tenía razón en todo lo que me decía, no debí fiarme de alguien por internet.
Según él, yo soy su prototipo perfecto, que por meses había estado buscando a un chico que le excitara con tan solo mirarlo. Yo encajé.
Le gusta todo de mí, mi cabello, mis ojos y sobretodo mi piel, que se enrojecía con apenas un pequeño golpe. Como en ese momento, que seguía teniendo en mi muslo marcas rojas de los toques que me dio con una varilla de madera antes de ayer por la madrugada.
—¿No tienes que decirme algo, puta? —me preguntó, había cogido mis cabellos y los jalaba hacia atrás para poder ver mi rostro— ¿Y bien?
—Bue… buenos di… días… a- amo. —La voz se me cortaba con esa palabra. No lo aceptaba, no asimilaba estar viviendo eso.
—Perfecto —Sacó de su bolsillo un bozal, que me lo colocó apretando uno más que ayer. Mis mejillas se estiraron por esa bola negra que cubría mi boca—. Escucha, hoy te dejaré con un amigo. Te presté por unas horas, sé educado y no hagas nada estúpido.
Me dio una fuerte cachetada que torció mi rostro.
—S-sí, amo —susurré. En mi ojo se me estaban acumulando las lágrimas.
Detestaba las agresiones. Me causan repulsión los golpes, como él. Ese amor que me había mantenido con una sonrisa por varios meses se había convertido en odio en tan solo cuatro días.
No entendía qué le podía causar tanto placer, apreté el ojo dejando caer esas gotas saladas, que él lamió, haciéndome estremecer. Dirigió su mirada hacia mí, pensé que ese día no tendría que lidiar con sus distorsiones, pero no fue así. Tocaba mi cuerpo sin pudor, lo acariciaba con deseos de tenerme por siempre a su lado. De aprisionarme para que no me vaya, que entendiera su forma de ver el placer sexual, muy aparte de una relación vainilla convencional.
Pero eso no significaba que no me amara, lo hacía, me amaba de esa forma distorsionada.
Deslizó dos dedos por mi pecho llegando a mi punta derecha. Lucía un pircing azul trasversal que hace un día me lo había hecho contra mi voluntad.
Asco a mí mismo
Tenía que sentir odio por la persona que me lastimaba tanto, pero sus manos rozando mi piel, esa mirada cuando se tornaba suave. Me hacía pensar que quizás el Makoto que yo conocí todavía estaba por alguna parte de ese alter ego.
Disfruté de sus caricias, de la humedad de su lengua succionando mi punta. Mordía sin ser delicado y jaló de esta, provocándome placer. Me sentía sucio por admitirlo hacia mis adentros… solo a veces, podía sentir el morbo recorrerme. Solo por ser él, solo lo permitiría de él. Soportaba algunas agresiones, pero él también podía llegar al exceso de mis parámetros.
—Cada vez que llores te daré un verdadero motivo para que lo hagas, zorra —dijo alejándose unos centímetros de mí.
Metió dos dedos entre mi rostro y el sujetador, y jaló de él con fuerza arrancándomelo. La hebilla raspó mi mejilla, que surgió al mismo tiempo que mi grito de dolor.
Se bajó la bragueta del pantalón y sacó su miembro, medía bastante para su talla. Era grueso, con un par de venas que sobresalían por el largo hasta llegar casi a la punta.
Lo que más le gusta es violarme de manera oral.
Ladeé el rostro, no lo iba a permitir. Mis piernas se movieron, haciendo sonar las cadenas que me sujetaban. El nerviosismo no me dejaba pensar. Makoto me tomó del cuello, apretó lo suficiente como para dejarme quieto y tuvo que sacar un motor de electricidad, con eso en una mano me tenía controlado. Todavía estaba la marca de la última descarga eléctrica que me dio, en mi espalda aún se encontraba caliente esa zona.
—Empieza, ¿o necesitas ayuda?
Negué apenas moviendo ligeramente mi cabeza, me estiró lo más que pudo y con asco empecé a chupar, solo la mitad —no cabía más—. La punta rozaba el comienzo de mi garganta.
Metía y sacaba lo más rápido que podía, el cuello lo tenía acalambrado por el cansancio. "Demasiado lento, idiota", masculló mi amo. Cogió mi cabeza con las dos manos y hundió su falo dentro de mi boca, a la fuerza me hizo agilizar. Salía y entraba de él sin dejarme siquiera respirar, la saliva comenzó a acumularse y chorreaba por las comisuras de mis labios, resbalando por mi cuerpo.
Tocía cada vez que podía para avisar que me estaba asfixiando, no podía tomar aire, su falo pasaba por mi garganta presionando contra las paredes. Pero no le hizo el mayor caso. Di un par de arcadas, me estaban dando ganas de vomitar.
—Hazlo bien si no quieres que te ayude. —Me ordenó sacando su sexo para dejarme respirar. Escupí toda la saliva que tenía acumulada a un lado—. Te ves asqueroso.
—Ya no más… por favor.
—¿Todavía no lo entiendes? Entre más ruegues, más enciendes mi deseo de torturarte —sonrió, prendió el motor de electricidad y lo presionó contra uno de mis brazos.
Mi grito ahogado inundó el lugar. Seguida de una súplica interrumpida por el llanto. Alejó el aparato viendo la marca de dos puntos de piel chamuscada, más un hilo de sangre resbalar. Mi cabello se había erizado, al igual que mis vellos. Tenía la piel de gallina.
—Déjame ir… Mis padres… Mis padres deben estar preocupados por mí, te- te van a buscar y-… puedes terminar en prisión… Pero si- No… No —Abrí el ojo desmesuradamente al sentir la presión—. ¡No! ¡Por favor para! ¡No más, por favor! ¡Te lo suplico!
Una de las botas estaba aplastando mis testículos ya bastante sensibles. Me dio una patada en todo el miembro, fue tan doloroso que tuve que morderme el labio inferior para no gritar.
—¿Me vas a volver a hablar de tus papás? —preguntó con sorna.
—… No —murmuré
—¿Cómo? —"No", volví a decir a decir agitando la cabeza.
Me desajustó los cuatro amarres que tenía cayendo al suelo sin poder pararme. No sentía mis extremidades después de todo el tiempo que había estado ahí colgado.
Tuvo la necesidad de arrastrarme de los pelos hacia mi jaula, donde me encerró con llave. Dentro había una bolsa pequeña de comida para perro. Mi alimento. No había comido hace dos días, las tripas me rugían, comería lo que sea. También había un depósito con agua.
—Espero que sepas comportarte. —Pateó las barandas a la vez que habló. Se arregló el pantalón y salió del lugar con las manos hundidas en los bolsillos.
Su amigo vendría en unos quince minutos a cuidarme… Prefería pensarlo así. Además que por precaución siempre me encargaba con alguien.
Me quedé solo de nuevo en esa habitación, con una mano jalé la bolsa de croquetas y la abrí con los dientes después de tres intentos. Me metí un puñado a la boca. El sabor era repugnante, mastiqué nauseabundo. Traté de ignorar lo más que pude esa sensación tan repulsiva, pero no resistí más. Escupí la última porción y me tapé la boca con ambas manos.
Arrojé. Más de tres arcadas seguidas. Vomité lo poco que había puesto en mi estómago a un lado de la jaula, acerqué el depósito de agua y sin enjuagarme tomé más de la mitad. No podía vivir de agua, necesitaba algo sólido.
Me cubrí el rostro con las manos, la desesperanza ya era bastante grande ¿Por qué no podía salir de ahí? ¿Por qué nadie me había encontrado? Volví a llorar, más abierto, más libre de poder hacer retumbar mis quejidos. Quería irme a casa, abrazar a mi madre y decirle que ella tenía razón en todo, que no debía confiar en personas a través de internet, que las intenciones mayormente nunca eran buenas.
Los pasos de un extraño me hicieron detenerme, alguien que no conocía. Me aferré a las barras de acero para verlo mejor. Era un chico como mi amo, pero de facciones más finas. Más alto, un aire diferente y atractivo. Traía consigo una tablilla y un lapicero.
—Vomitaste. —Fue lo primero que oí—. Llamaré a alguien, un momento.
Trajo a un señor de limpieza, traía un overol que lo distinguía de alguna compañía u hotel ¿No estaba en una casa? El muchacho limpió el vómito y echó desinfectante con olor a fresas. Dio una leve inclinación antes de retirarse.
Estornudé dos veces, era alérgico a ese aroma.
—Antes de nada déjame presentarme, seamos cordiales. Soy el encargado del inventario de mascotas, un gusto conocerte —me dijo sin mirarme, tomando asiento en la única silla que había en el lugar—. Te voy a ser unas preguntas, créeme que te conviene colaborar y decir la verdad.
No dije nada, solo seguí inspeccionando a ese chico. No se veía una mala persona, tenía un aspecto totalmente diferente.
—Aquí en tu contrato dice que te llamas… ¿Sakurai Ryō? ¿Es eso correcto? —Asenté— Edad 23 años, hijo único, estudias en una academia de creación de manga, tus padres son divorciados y vives con tu madre ¿Todo es verdad?
Volví a afirmar.
—¿Qué te motivó a seguir la práctica del Bondage? —"¿Qué?", pregunté con un hilo de voz—¿Qué te motivó a seguir la práctica del Bondage? O si quieres verlo de otra manera, a este tipo de juegos donde hay un amo y un sumiso ¿Qué te motivó? —preguntó de nuevo.
Nada. Absolutamente nada. Me habían secuestrado hace cuatro días, jamás en mi vida me hubiese ofrecido a seguir una secuencia de juegos sadomasoquistas que solo me hacían llorar.
Aferrarme a la idea que algún día la policía me encontrará es mi único anhelo allí encerrado.
Apreté los labios, no debía llorar de nuevo.
—Creo que te reservas esa pregunta, veamos —dijo sin molestarse. Buscó entre los papeles que tenía un contrato que le había dado de seguro mi amo—. Veamos qué ha puesto Hanamiya sobre ti, Sakurai —susurró.
"Hanamiya…", ese debía ser el nombre de mi amo. Hasta en su nombre me había mentido, nunca fue sincero conmigo.
Cerré las manos contra las barandas, resbalándolas unos centímetros.
—Ya veo, te gusta jugar a la negación —leyó con una sonrisa en el rostro—. A muchos les gusta este papel. Tomaré esto como referencia —Apuntó un par de cosas antes de volver a mirarme como un paquete— ¿A qué eres alérgico? Esto sí te recomiendo responderme.
—A los olores fuertes y a la castaña —respondí, di un suspiro y me atreví a mirarlo a los ojos, aunque solo se le notara uno—. Disculpe, ¿usted me puede dejar ir?
—No es una opción.
Dejó de preguntarme cosas y llenó más formularios que tenía. Lo vi firmar la última hoja, supuse que ya era tiempo de culminar con eso.
—Dame tu mano. —Me pidió al estar cerca de mí—. Necesito tu huella digital aquí.
Me manchó el dedo con tinta azul y puso mi índice sobre el papel. También me pidió que firmara sin oponerme, sino podría irme mucho peor.
O lo peor, que mi amo me obligara a hacerlo. Ningún sumiso involuntario acudiría a esa opción, porque según las cláusulas del contrato eso significaba una tortura pasando los límites impuestos por nosotros. Se le daba libertad al amo y no era placentero si solo una de las dos partes disfrutaba de los juegos.
—Eres un buen chico… Cuando pueda te traeré comida, sé que esas galletas pueden ser asquerosas. Y bueno… ya vinieron por ti.
Escuché la puerta abrirse de par en par, un tipo corpulento había entrado a la habitación. De tez morena y brazos bastante proporcionados, también lucía una barba. Temblé. Su rostro no se veía amigable como el de cabello negro.
Le supliqué que no me dejase solo, pero él soltó un suspiro. Se despidió de mí y pude ver algo de pena en sus ojos. Él podía sacarme de ahí. Estiré mi brazo para que retenerlo, lo cogí del brazo. Rogaría lo que fuese necesario.
—Pagué por ti, niño. No me vengas con cojudeces —escuché del otro, abrió mi jaula y me arrastró por el suelo.
Tuve que soltar al otro chico, mis dedos no resistían más los jalones. No quería ser de nuevo un juguete sexual ¿Por qué la vida es tan cruel?
Me encerró en un cuarto en el cual no podía ver nada, tanteé hasta ser aventado a una cama. Traté de arrastrarme, salir de ahí. Pero fui alzado desde el pie. No sabía dónde me estaba apoyando, solo veía oscuridad alrededor mío.
—Todo estará bien. —Esa era otra voz, risas comenzaron a hacerse presente. Había más de uno allí adentró.
Comencé a sentir sus manos, tocaban mi cuerpo sin importarles mis lágrimas ni mis súplicas. Peleé con ellos lo más que pude hasta recibir un golpe en el rostro, luché para estar consciente. Pestañeé varias veces, pero fue inútil. Sentí mis fuerzas desvanecerse poco a poco y sin saber cómo perdí totalmente el conocimiento.
Unas semanas después…
Desperté de nuevo sobre ese frío suelo, congelado, con los brazos entumecidos por esa incómoda posición. Todo me seguía dando vueltas como cuando me dormí, la cabeza me punzaba y los ascos no habían desaparecido. Los mareos persistían por haber estado de cabeza por muchas horas.
Llevé una mano a mi boca al sentir las ganas de vomitar, me vinieron arcadas seguidas hasta exasperar espuma blanca. No tenía nada en el estómago.
¿Por qué la vida es tan injusta?
¿Es esto lo que uno se merece por ser bueno con la gente? ¿Por creer que las personas tienen bondad en su interior? Con esto solo confirmé que un Dios no existe, solo somos los humanos. Entre nosotros nos juzgamos, entre nosotros nos matamos.
Sobé mi frente, estresado, no podía con esos hincones. Me iba a volver loco. Asqueado volteé hacia el otro lado, el olor del vómito me ponía peor.
Miré vagamente hacia el techo de esa jaula, pude ver mis rayas. Con una tiza había marcado todos los días que llevaba ahí. Ya casi son más de tres semanas de estar lejos de casa. Sonreí forzado para no caer otra vez en depresión, de nada me serviría llorar. Eso no me sacaría de esos barrotes.
Puse su mano sobre el ojo que tenía vendado, seguía sin tener idea de lo que me había hecho. Simplemente un día amanecí con él tapado, doliendo, hincando. No tuve el valor de retirarme la venda. Él me lo ofreció, me tiró un espejo para que me viera. Pero solo temblé, las manos me sudaron. No quiero ver lo que me ha hecho. Sentí esas ganas tremendas de llorar por tener el presentimiento de que jamás podría ver de nuevo con mi pupila derecha. Era muy probable que no tuviera nada ahí, no debía seguir atormentándome. Me limpié ese par de lágrimas que habían resbalado por mi mejilla, acaricié mi piel antes de que él viniera y me destruyera más.
Escuché sus pasos, sonaba como si estuviese arrastrando algo. Me retraje, abracé con horror mis piernas. No quería que me volviera a tocar, ni que me maltratara. Desde el rincón pude verlo entrar, llevaba esas botas negras como todos los días. Un polo negro y ese pantalón militar que le daba un aire más rudo.
A su lado traía a un chico, tenía las manos sobre un collar del cual lo estaba jalando. Lo ahorcaba. Le dio tres patadas en el abdomen, tosió sin parar. No esperó a que recuperara aliento, lo aventó hacia las rejas. Su cabeza chocó contra los barrotes, lo vi con claridad. Vi su frente impactarse con los fierros.
Me encogí aún más.
—Este será tu nuevo hogar, rabo de mierda. —Con el pie golpeó la jaula, me hizo soltar un jadeo de susto— ¿Qué espera, zorro? Déjalo entrar, dormirá contigo.
Como pude, traté de sacarle el seguro a la entrada. Mis dedos no me ayudaban, estaban cocidos en pares y me jalaba la piel cada vez que los movía mucho. Los únicos que tenía libres eran los pulgares, que me ayudaban la mayoría de veces a maniobrar manijas. Saqué el candado y con la pierna empujé la rejilla para que se abriera de par en par.
El chico no reaccionaba, se había desmayado al estamparse. Él lo metió a empujones. Cerró de nuevo la reja dejando su pie derecho afuera, ya imaginaba para qué. Ese chico debía ser un novato como yo. Le colocó una tablilla de madera, aprisionándoselo. No lo podría meter de nuevo así utilizara todo su fuerza.
Me dio lástima, yo sé cómo duele esa marca.
—¿Y tú qué miras? —me dijo casi gritándome— ¿Quieres salir, pedazo de carne? ¿Quieres jugar un poco acaso?
Negué y miré hacia otro lado.
—Lo- lo siento, amo —me disculpé—. Lo siento.
Bufó antes de irse.
Me acerqué hacia ese chico, por la ropa que traía podía deducir que era uno de esos muchachos de dinero. Su collar, sus pulseras y el reloj. Incluso su cinta, no era una pita como la mía, sino una pañoleta de tela jaspeada negra.
Quise tocarlo, pero el sonido de la puerta me hizo volver a mi lugar. Apegarme a la esquina para que él se olvidara de mi existencia. Makoto puso la cubeta con carbón hirviendo a unos pocos metros del pie, metió un extremo del fierro con la marca de la organización y la mantuvo ahí por varios minutos.
El chico comenzó a despabilarse, lo lamenté por él. Aunque de todas maneras se hubiera levantado al sentir su piel fundirse. Pestañeó varias veces y trató de pararse, ahí fue cuando se dio cuenta que uno de sus pies estaba trancado. Giró la cabeza para ver por qué y pude ver en su rostro el pánico.
Forzó, rogó y gritó para que alguien viniera a rescatarlo. Era inútil, todas sus súplicas eran inútiles. Solo conseguiría que lo torturasen más.
Él no se toca el corazón con nada. Es cruel.
Me tapé los oídos para no oírlo. Fue tan rápido todo, sacar esa vara y clavársela en la planta. Su grito fue ensordecedor, su llanto. Apreté los ojos, no quería oír el sufrimiento ajeno.
Se la retiró cuando estuvo seguro de haber quedado bien marcado. En la planta del pie ahora tenía un círculo con una X en una esquina. Símbolo de la organización. Se retiró después de eso, no me miró ni me habló.
Di un suspiro de alivio, de saber que en ese momento no me haría nada. Tragué saliva y dirigí mi vista hacia el chico. Tenía las manos sobre su rostro, lo tapaba y lloraba sin guardarse nada. Se explayaba bastante, debía quitarse eso si no quería ser apaleado.
—No- no-… no llores. —Traté de calmarlo—. Si… si él se molesta, te puede ir mucho peor…
Parecía no oírme, escuché la tablilla. De nuevo trataba de guardar su pie. Se iba a lastimar la piel. Le puse una mano encima del brazo y él me rechazó.
—¡Déjame! —me gritó— ¡Tú y yo no somos iguales!
—Yo tampoco soy lo que tú crees —le respondí.
Entendía su angustia. Sabía perfectamente qué era sentirse en la cloaca del mundo. Saber que jamás podrías salir de ahí y resignarte a estar en el encierro.
La puerta se abrió de nuevo, un hombre de limpieza metió la mano entre las barandas para limpiar lo que yo había hecho. Terminó de desinfectar y recogió mi plato de comida, en su poder tenía una bolsa de croquetas para perro. Echó dos porciones y la volvió a dejar en su lugar. También puso dos botellas de agua en el cajón de madera antes de irse. Ya estaba acostumbrado al sabor, los primeros días había sido una verdadera tortura comer esa pepas con olor a tierra. Cogí las de color marmoleado, eran las más ricas si podía usar esa palabra.
Comí unas cuantas en silencio, mientras mi compañero terminaba de calmarse. Ya no sollozaba tanto. Pero aún se escuchaban sus jadeos. Con mi mano, le puse a su alcance la comida, sino comía se podía desmayar. Él miró con asco el plato.
—Es- es lo único que hay. —Le advertí—. No te dará otra cosa… Si no te lo terminas, te dejará de hambre una semana… Come…No lo quieres ver enojado.
No me hacía caso, cogí una de las bolitas de carne roja según la bolsa. Si se le cogía el gusto, no era tan terrible. Él no me la aceptó.
—No pienso comer comida de perro —susurró, hundió su rostro entre sus brazos. No lo molestaría más, debía haber pasado un día muy duro.
Terminé de comer por mi cuenta y me comí su ración para no ocasionarle problemas. De todas maneras, en la mañana volverían a llenar el plato. Quizás para el siguiente día ya esté mucho mejor.
No se lo dije, pero me dio cierta envidia. Verlo tan bien en el aspecto físico, me recordó a mí cuando apenas llegué. No como ahora, estoy con tatuajes, con aretes y marcas de todas las cicatrices que me dejó con esa pequeña navaja que mi amo siempre lleva.
Sentado cerré mis ojos apoyando la cabeza hacia atrás. Mañana sería otro día… otro día que esperaré que Aomine-san me encuentre. No sé si Dios me abandonó, pero él no lo hará. Estoy seguro.
Gracias por leer~
