Hola de nuevo a todos. Siento haberme retrasado tanto en actualizar. Estoy de Erasmus en Bélgica, y he estado bastante liada con el cambio de país y todo eso. Ahora que ya llevo aquí un mes y me he centrado, aquí os dejo el siguiente capítulo. Está pendiente de revisión, por lo tanto va sin título y espero que disculpéis las faltas (que las habrá). Como de costumbre, voy a responder los reviews sin logear, pero antes gracias a todos por leer y por vuestra enorme paciencia. Un saludo también a Fairiel y gracias por sus amables palabras sobre la historia.
Roxana: gracias por tu entusiasmo, de verdad. Me has dado el empujón que necesitaba para terminar de una vez el capítulo. Y sí, a pesar de pertenecer a otra raza, Gil-galad también pertenece al sexo masculino, para lo bueno y para lo malo. Cuídate y gracias por seguir ahí.
Amaral: espero que tú también pasaras buenas fiestas. Como le digo a Roxana, los hombres son hombres, sean Elfos o mortales. Gracias por pasarte y cuídate.
El sol caía implacable sobre la arena dorada del desierto de Harad, sin nada más que dunas y algunos arbustos espinosos y achaparrados en centenares de millas a la redonda. Desde el escaso refugio que ofrecía un peñasco rocoso sobresaliente de la arena circundante, Elenna se ajusto la capucha sobre los ojos y escudriñó el cielo. Calculó que aún quedaban un par de horas para el anochecer, así que se ajustó la máscara que le cubría el rostro y se acurrucó en la escasa sombra disponible bajo la roca. Viajar bajo aquel calor era una locura: probablemente moriría antes de dos horas. Así que lo mejor era tratar de quedarse a la sombra y partir en busca del oasis al anochecer.
Suspiró y siguió con un dedo la línea que marcaba el camino hasta el oasis más cercano. Había conseguido un mapa del desierto en la última caravana con la que se había encontrado. También le habían proporcionado dos pellejos de agua. Los Haradrim de las ciudades se habían convertido en un pueblo arrogante y orgulloso, bajo la influencia de los númenóreanos renegados; pero los nómadas del desierto eran humildes y hospitalarios, una vez superada su desconfianza hacia los extranjeros. Elenna también daba gracias por su discreción; los nómadas no hablaban de sus viajes, de manera que tampoco hacían preguntas.
Al principio había temido que su tono de piel llamaría demasiado la atención, pero después de casi un año tan al sur, su bronceado podría pasar por el de una nativa, así como su cabello negro. El color de sus ojos también le había proporcionado algún que otro quebradero de cabeza hasta que llegó a Umbar, y paseando por el mercado se percató de que muchos Haradrim tenían allí ojos grises, sin duda resultado de la mezcla con los númenóreanos. Había habido quien la tomó por la hija de algún señor menor, que viajara hacia el norte en busca de zonas más fértiles en las que pasar los meses de más calor, y Elenna no se molestó en desmentir la historia.
Una vez que hubo solucionado el tema de pasar desapercibida para los locales, el viaje había sido bastante agradable. Aunque lo que había visto y oído en Umbar no iba a gustarle nada a su padre. Los Haradrim no podían contarse entre los pueblos amigos de los Elfos; pero en aquellos días en los que la Sombra se extendía poco a poco por la Tierra Media, habían llegado a adorar a los númenóreanos renegados como a dioses encarnados en mortales. Y eso significaba más problemas para Isildur y Anárion; más guarniciones que destinar a guardar las fronteras. Como si no tuvieran ya suficientes preocupaciones, con el número creciente de orcos rondando por las Montañas de la Sombra.
Mientras el sol se deslizaba lentamente hacia el horizonte, tornándose anaranjado conforme iba bajando, los pensamientos de Elenna comenzaron a vagar otra vez hacia el Norte. Se preguntaba qué estaría haciendo Elendil en ese momento, cómo marcharían las cosas en Annúminas en su ausencia. Claro que su padre se las arreglaba perfectamente sin ella, pero desde que había muerto su madre, Elenna había sido su mano derecha, asumiendo el papel de Dama de Andúnië en Rómenna. Cuando la había enviado al exilio, como avanzadilla de las huestes de Dúnedain que poblarían más tarde Eriador, Elendil esperaba enviar a su hija a la seguridad. Pero ahora estaba en un peligro constante y mortal, y su padre lo sabía. Aquello debía de estar destrozándolo por dentro, pero como era habitual en él, no compartiría sus temores con nadie salvo con sus hijos. Y tal vez… antes de que pudiera dominarse, su mente viajó a las lejanas costas de Lindon.
La nostalgia que tenía de su hogar no era nada comparada con la añoranza que sentía de Lindon. Se preguntó si Gil-galad sabría algo de su paradero, si Elendil se lo habría confiado. ¿Lo habría sentido? ¿Le importaría? Se arrepintió una vez más de las duras palabras de despedida que le había dedicado, pero no había otra salida. Elenna jamás aprobaría la osadía de Pharazôn, pero en el fondo de su corazón ella también temía a la muerte, ahora que tenía algo que perder. Y aunque ella no deseaba la inmortalidad, temía que los Valar interpretaran su amor por el rey como otra manera de acceder al don de los Primeros Nacidos. Y ella no deseaba ocupar un lugar que no le pertenecía; por lo tanto, había pasado a ocupar el lugar asignado para ella desde su nacimiento: junto a su padre.
Y aún así… podía repetirse mil veces que su decisión había sido la correcta, pero en momentos como aquel, cuando la soledad parecía cerrarse a su alrededor, lo echaba de menos. Le parecía que desde que había abandonado Lindon su vida era un eterno agujero de oscuridad. No importaba que el sol fuera implacablemente ardiente en el desierto de Harad, no podía rivalizar con la luminosa presencia de Gil-galad, la Estrella Radiante de los Noldor.
Se le formó un nudo en la garganta y trató de devolver sus pensamientos a la capital de Arnor. Tal vez su padre estuviera escudriñando el sur en ese mismo momento, tratando de comunicarse con las piedras que sus hermanos guardaban en Gondor, para obtener noticias de su única hija. Sabía que su padre había llamado "locura" a aquella misión, y le había dicho que no saldría viva de Harad si se descubría quién era, pero también sabía, desde la primera reunión, que no había otro modo de obtener noticias. La primera delegación que Anárion había enviado como gesto de buena voluntad consistía en un contingente de sus mejores guerreros, sin embargo, visto que apenas regresaron cinco de aquella expedición, Elendil desistió de la negociación directa y optó por el espionaje.
La práctica totalidad de los consejeros de su padre se habían opuesto, al menos al principio, a que Elenna fuera la elegida para aquella incursión tras las líneas enemigas. Sin embargo, ella sabía que en el fondo pensaban que debía suplir la falta de sus dos hermanos, ocupados en gobernar sus tierras al sur. Y ella misma deseaba con todas sus fuerzas demostrar su valía; había pasado toda su vida entrenándose para aquello, para ser la mano derecha de su padre. Y a fin de cuentas, tal y como había señalado Aradan, el capitán de la guardia, en la discusión que decidió los detalles de la misión, una mujer joven llamaría menos la atención que un soldado, mientras tuviera la precaución de no viajar sola. Cosa que Elenna había hecho uniéndose a la primera caravana con la que se cruzó para atravesar el desierto y llegar a Umbar.
La misión había sido provechosa, una vez consiguió una red de contactos, no todos dispuestos a rebelarse, pero sí opositores a la ocupación de los Dúnedain. Incluso había podido colarse en varias cenas de la alta sociedad, como acompañante de un noble haradrim quien en realidad mantenía una relación secreta con su maestro de armas, y era un ferviente activista contra la supremacía de los Hombres del Oeste y su oscura religión. A Elenna le hacía gracia que los númenóreanos negros hubieran tardado tan poco en imponer sus prejuicios sobre el sexo y el matrimonio, diciendo que las costumbres liberales de Andúnië eran resultado del contacto con los Elfos. Si ellos supieran…
El tema había salido en la conversación porque se habían sentado justo enfrente de Erendis y Adanel. Elenna no estaba de humor para bailar, teniendo de pronto tantas ganas de estrangular a alguien, o al menos de pegar patadas. Gil-galad lo había sentido, probablemente, porque fue él quien le propuso sentarse con los demás, y al menos escuchar la última composición de Faelon, que en ese momento cantaba sobre el estrado acompañado de una pequeña lira.
-Alteza-la saludó Adanel-estáis radiante esta noche.
-Vaya, gracias Adanel.-Elenna agradeció el cumplido con la sonrisa más natural que consiguió elaborar. Erendis echó una mirada extraña a la sanadora.
-Sí, tú también estás muy guapa.-Adanel, que se había levantado para saludar a Gil-galad, pasó los brazos por los hombros de Erendis y le dio un pequeño beso en la coronilla.-Y es agradable que lleves un vestido por una vez.
-Yo creo que le sienta muy bien.-intervino Gil-galad, sin entender muy bien a dónde exactamente iba aquella conversación.
-Gracias, majestad.-Erendis inclinó la cabeza cortésmente.
-Es que su trabajo le deja poco tiempo para arreglarse.-explicó Adanel con cara de circunstancias. Elenna se echó a reír.
-No te preocupes, Erendis, yo te comprendo.-siguió riéndose, aliviada por fin del peso de unos recuerdos que aún le dolían, al menos en su orgullo-Si no fuera por los invitados tan insignes que tenemos hoy-señaló a Gil-galad con la cabeza-no me habría puesto esto ni loca.
Adanel sonrió. Justo en ese momento la música cambió; a Faelon se le había unido su padre y unos cuantos músicos más, y comenzaron a tocar una alegre melodía. La sanadora agarró a Erendis del brazo.
-Vamos a bailar.-suplicó, como una niña pidiendo su golosina favorita-Por favor.
-Está bien.-cedió Erendis, y se dejó arrastrar hacia la improvisada pista de baile junto al estrado.
Elenna las siguió con la mirada, divertida, hasta que divisó a lo lejos a Damrod bailando con una amiga suya de la infancia. Frunció el ceño, y tratando de distraerse, se sirvió pan y un poco de queso, sólo para mantener las manos ocupadas. Hasta que la voz de Gil-galad interrumpió sus pensamientos.
-¿Aún lo amas?-la estaba mirando con una ceja arqueada. Elenna resopló.
-No.-sorprendida por la pregunta, le lanzó una mirada significativa-En realidad, me alegro de que esté con Terenalda. Supongo que ella es mucho más dulce y femenina que yo. Es lo que él quería.
-Pero aún te duele.-él la miraba como si no comprendiera lo que sentía.
-Fue hace muchos años.-Elenna suspiró-Pero me hizo mucho daño. Yo lo amaba, supongo, pero él me rompió el corazón.
-De una manera bastante poco elegante, debo añadir.-señaló Gil-galad. Como al descuido, puso su mano sobre la de ella.-No fue muy amable contigo.
-No.-inesperadamente, Elenna sonrió-Pero Isildur tampoco fue amable con él, cuando se enteró.
Gil-galad rió al comprender lo que ella quería decir.
-Al menos Adanel y Erendis parecen divertirse.-dijo al cabo de un rato. Elenna asintió.
-Isilmë y Elatan también.-los había visto en un rincón un poco apartado de los demás, teóricamente bailando, pero en realidad besándose y dedicándose todo tipo de atenciones.-Por fin.-Gil-galad asintió.
-Parece que todo el mundo es feliz.-apuntó-Excepto nosotros.-Elenna le dirigió una dura mirada.
-No podemos, ya te lo dije.-su expresión estaba a medio camino entre la exasperación y la tristeza-Lo de Adanel y Erendis es más fácil que lo nuestro.
-Ellas nunca podrán casarse.-señaló Gil-galad-Ni tener hijos.
-No. Pero se quieren, y estarán juntas hasta la muerte. Y puede que más allá.-Elenna suspiró y lo miró-En cambio, nosotros…
-Sí, ya lo sé.-Gil-galad respiró hondo. Sabía que le había prometido no volver a tocar el tema, pero simplemente no era capaz. No podía renunciar a ella sin más.-Llevo en este mundo desde mucho antes de que Númenor siquiera existiera; conozco el destino de los Hombres.
-No, no lo conoces.-Elenna negó con la cabeza, con tristeza-La muerte terminará por alcanzarme en unos años que tal vez sean largos para mí, pero no para ti. Y si me amas tanto como dices, no encontrarás consuelo en este mundo para semejante dolor.
Gil-galad permaneció en silencio un rato, considerando las palabras de ella, y preguntándose cuándo había empezado a sonar como Elrond. Era consciente del dolor que provocaría la eventual separación, en caso de que Elenna terminara convenciéndose por fin de que en realidad lo que quería era estar con él. Pero también estaba seguro de que los años que les quedaran por pasar juntos, por cortos que fueran, suavizarían ese dolor, lo harían menos amargo.
-No consideras la felicidad que podría traerte.-repuso-Y si, como tú dices, lo que siento por ti fuese algo prohibido, dudo mucho de que Eru me lo hubiese puesto en el corazón.
-No… no puedo hacerte eso. ¿Es que no lo comprendes?-Elenna parecía a punto de echarse a llorar-Tú conoces mejor que yo mis sentimientos y… así se me parta el corazón y quede roto por siempre, no te condenaré a ese dolor. No estoy dispuesta a que sufras por mi causa. Si todo hubiera sido como debería haber sido en Númenor, esto nunca habría pasado.
-Pero no es así.-replicó Gil-galad-El único rayo de esperanza que trajo la Caída fue el que tú entraras en mi vida. Sin ti, mi corazón seguiría hueco y vacío.
-Tienes a doncellas de tu raza más que dispuestas a llenar ese vacío.-dijo Elenna no sin cierta amargura-Arien, por ejemplo.
-Arien. Sí. Supongo que ella está más que dispuesta, no obstante… no la amo. No como te amo a ti.-Gil-galad hizo una pausa y suspiró-Y no deseo atarme a alguien a quien no amo. Nadie saldría bien de esto, ni tú, ni yo, ni ella.
-Por mí no te preocupes.-Elenna se encogió de hombros-Supongo que terminaré claudicando y casándome con alguien, un capitán, que mi padre escoja para mí.
-No lo haré. Jamás.-dijo Gil-galad con firmeza-Mi padre cometió el error de casarse con quien no amaba, y sólo dolor nació de esa unión.
-Y tú.-Elenna lo miró sin comprender-Creía que en tu raza eso no era posible.
-En general, no.-explicó Gil-galad, con aire triste-Pero mi padre se encontró de pronto con la responsabilidad de tener que engendrar un heredero… y amaba a alguien a quien no podía tener. Así que escogió a mi madre.
No dio más pistas sobre la identidad ese misterioso amor, y Elenna no insistió, visto que era un tema que no le agradaba demasiado. Conmovida, puso su mano sobre la de él, a pesar de haberse jurado que no volvería a iniciar contacto físico, para evitar tentaciones.
-Pienso que hizo lo que debía hacer.-dijo con suavidad-Sabía que su obligación era tener un heredero, alguien que guiara a los Noldor en caso de que él cayera.
-Fue mi tío.-la interrumpió él-Al menos de nombre. Yo era demasiado joven para ocupar el trono cuando mi padre murió.
-Tenía un deber para con su pueblo, y lo cumplió.-continuó ella, implacable-Tú deberías hacer lo mismo. Por nuestro bien.
-Tú no lo sabes.-replicó Gil-galad, ahora ligeramente molesto-Tus padres se amaban. No comprendes el sufrimiento que le trajo a mi madre, no…
-Estoy segura de que de alguna manera sí que la quiso.-repuso Elenna con amabilidad-Y también te quería a ti; de lo contrario no te habría enviado tan lejos de tu hogar. Para protegerte.-Gil-galad resopló, pero ella se levantó y le tendió la mano-Si no deseas hablar del tema, tal vez pueda sacarte a bailar yo a ti.
Una inesperada sonrisa iluminó el rostro del rey noldo. Aceptó la mano que ella le tendía y la acompañó hasta el centro de la improvisada pista de baile. Y durante unas horas aquella noche fueron felices, ignorando los cuchicheos a su alrededor y la oscuridad que pronto empezaría a cubrir la faz de la Tierra Media.
Casi dos años habían pasado ya desde aquel día, y las palabras de Elenna aún resonaban en la mente de Gil-galad. Cuando volvió a abrir los ojos, regresando del mundo de los recuerdos, tuvo que volver a cerrarlos un instante hasta que sus ojos se acostumbraron a la luz. Unos rayos de sol se filtraban, oblicuos, por unas estrechas ventanas en lo alto de las paredes, pero por lo demás todo eran sombras.
Pensativo, deslizó los dedos por la hoja del formidable mandoble que había pertenecido una vez a su padre. Se decía que aquellas armas Noldor guardaban de algún modo una parte de la esencia de su propietario; fuese o no verdad, cada vez que la tocaba, sentía algo muy cálido en la punta de los dedos. Y eso le hacía recordar que sí que había habido momentos felices. Rememoró la expresión de satisfacción y orgullo en el rostro de Fingon el día en que consiguió tensar el arco y acertar en el centro del blanco por primera vez, y la risa dulce de su madre cuando le había confesado alguna pequeña travesura. Recordaba también alguna que otra noche pasada en el estudio de su abuelo, porque se había despertado en mitad de la noche y no había podido volver a dormirse. Fingolfin lo había acogido en su regazo y le había relatado innumerables historias, hasta que el sueño había terminado por volver.
Y si no hubiera poseído el don, tal vez nunca hubiera visto la sombra que empañaba la felicidad de su padre. Apenas había empezado a aprender a controlarlo cuando recibieron una inesperada visita en Hithlum, y por primera vez Gil-galad vio lo que había detrás del matrimonio de sus padres. Era lo mismo que vio en los ojos de su madre cuando acudió a las Falas, poco después de la muerte de su padre en la batalla de las Lágrimas Innumerables. Le había llevado la espada de Fingon, pero él nunca se sintió capaz de blandirla. Sostenerla era una cosa, pero no creía que fuese capaz de llegar a entrenarse con ella. Se sentiría extraño si lo hiciera, como un intruso y no el hijo de su padre, pero había algo en aquella arma que no debería estar allí. Como aquella estrella de ocho puntas; no era más que la marca del fabricante, pero… aquel no era su sitio.
Dejó el arma en su sitio y suspiró. Tal vez Elenna tuviera razón, y en vez de plantearse siquiera casarse con una mortal, debiera preocuparse por cumplir con sus responsabilidades. Sauron les había dado un respiro durante unos meses después de la caída, pero la tregua no duraría mucho más. Ya empezaba a haber informes de avistamientos de lobos y criaturas aún más tenebrosas; los ataques no tardarían en llegar. Era una suerte que Elendil hubiera decidido instalarse justo entre Lindon e Imladris, y sus hijos tan cerca de Mordor, pues cualquier actividad sospechosa sería inmediatamente detectada, y podrían prepararse para lo que estaba por venir.
Sin embargo, si intentaba adivinar un futuro sin ella, lo único que veía era oscuridad. Siendo un espíritu sujeto al destino de Arda, Sauron no podía desaparecer así por así, y Gil-galad esperaba que al menos Elendil tuviera tiempo de reorganizarse y contar con un ejército en condiciones para poder plantarle cara. En cuanto a él, no tenía otra opción que luchar, y sabía que su pueblo no esperaba menos. Y precisamente por si caía, empezaba a preguntarse si debería asegurar el futuro de Lindon. Tal vez debería seguir el ejemplo de Fingon y dejar un heredero que guiase a su pueblo… si es que quedaba alguien a quien guiar cuando todo aquello terminara.
Si lo miraba desde esa perspectiva, el plan de aquella mañana no parecía tan mala idea. Había atisbado por fin aquello que Arien guardaba tan celosamente en su mente, y empezaba a considerar si sería lo correcto. Recordaba las palabras de Elenna; tal vez debería resignarse a hacer lo que se esperaba de él y engendrar un heredero a la corona de los Noldor, con alguien que no plantease dudas sobre el destino que habrían de seguir.
Antes de salir de la armería, tomó uno de los arcos delgados de los Teleri y se ciñó el carcaj a la espalda. Nunca llevaba un arco al campo de batalla; por lo general, lo reservaba para salir de caza, en las escasas ocasiones en las que podía librarse de sus obligaciones un rato y el mar le negaba la posibilidad de salir a navegar.
Arien lo esperaba junto a la fuente, en la misma entrada del palacio. Para aquella ocasión había dejado de lado uno de sus innumerables vestidos verdes y en su lugar iba vestida como un varón, con camisa, túnica, pantalones y capa de tonos similares a la vegetación de Lindon. Encima de su hombro izquierdo asomaba un gran arco de tejo, y en la cintura llevaba un cuchillo de caza. Su porte era diferente; había algo en su manera de caminar que le recordó a Elenna.
-Buenos días.-lo saludó ella alegremente. Sin esperar respuesta, echó a andar hacia la arcada que conducía al exterior. Él la siguió, perplejo.
-¿Vamos a ir a pie?- Arien se giró y sonrió, divertida.
-Claro. No vamos a alejarnos mucho.-se echó la capucha sobre la cara y echó a andar hacia su derecha. Saliéndose del camino pavimentado que bajaba a la ciudad, tomó un sendero que rodeaba el palacio y ascendía en suave pendiente por la colina.
El sol asomaba tímidamente entre los árboles, mientras ellos seguían colina arriba, por el sendero que serpenteaba entre raíces y rocas. Al cabo de una hora de marcha en el más absoluto silencio, roto sólo por el canto de los pájaros entre las ramas más altas, Gil-galad se dio cuenta de una cosa.
-No vamos a cazar nada por aquí.-adivinó. Arien se detuvo y se dio la vuelta-No hay animales a este lado de la colina, salvo pájaros y ardillas.
-Cierto.-ella se encogió de hombros-Pero llegaremos a la cima en una hora.-y sin añadir nada más, continuó caminando. Gil-galad hizo una mueca al notar que ella se esforzaba en concentrarse en el camino para no tener que pensar nada más. Le estaba ocultando algo.
Debería decirle algo, meditó, mientras proseguían la marcha. Arien le había dicho hacía ya tiempo que se conformaría con lo que él pudiera ofrecerle; sin embargo Gil-galad sabía que ella jamás renunciaría a él. No mientras Elenna siguiera negándose a acercarse a menos de cincuenta millas de Forlond, y desde luego negándose rotundamente a cambiar la naturaleza de su relación. Podía llegar a entender que Arien considerase eso como que tenía el camino libre otra vez. Pero la doncella sabía de sobra que él no la amaba, no como amaba a la hija de Elendil.
Llegaron a la cima de la colina en un tiempo mucho más breve de lo que cualquier mortal podría siquiera intentar imitar. Allí, en un claro, se celebraba la primera parte de la celebración del Solsticio de Verano. Arien avanzó hasta la línea de árboles, y de un ágil salto se subió a una rama baja. Se volvió para mirar a Gil-galad, pero antes de que pudiera decir nada él la alcanzó. Se desplazaron sigilosamente de árbol en árbol hacia la ladera este de la colina. Cualquier humano que pudiese estar paseando entre los árboles tan sólo alcanzaría a escuchar un susurro muy tenue que venía de las ramas altas, y ni siquiera alcanzaría a verlos si no hacían un movimiento brusco. Y lo mismo podía decirse de ciervos o cualquier tipo de presa a la que fuesen a acechar.
Desde luego no era el estilo de los Noldor, más a favor de la caza a caballo y en campo abierto, pero Gil-galad disfrutaba también de la quietud entre los árboles, y de la satisfacción de cazar sin nada más que su puntería y su habilidad para pasar desapercibido. Tenía la ligera sensación de que su educación entre los Teleri tenía algo que ver. Arien también parecía a gusto, pues al igual que él, ella era una excepción entre los Noldor, más cerca en aficiones y preferencias a los elfos de los bosques, aunque no en temperamento.
-¿Qué estamos buscando exactamente?-murmuró Gil-galad al cabo de un rato, cuando ya habían descendido hasta casi la mitad de la ladera. El sol se alzaba ya cerca del cénit; por fortuna el dosel de hojas sobre sus cabezas los mantenía frescos.
-No estamos lejos.-respondió Arien en el mismo tono, con una sonrisa traviesa que recordaba a una niña que fuese a robar del tarro de galletas de la cocina sin que nadie se enterase. Se llevó un dedo a los labios-Escucha.
En el silencio del bosque, lo primero que oyó fue el canto de los pájaros. La brisa susurrando entre las hojas también formaba parte de los sonidos habituales entre los árboles. Y allí, debajo de todo eso, escuchó el débil sonido del agua deslizándose entre las rocas.
-Hay un arroyo un poco más abajo.-explicó Arien-En un buen día aparecerán unos cuatro o cinco ciervos, y si no hay ninguno siempre se puede coger un pez.-se sentó sobre la rama en la que estaba y lo miró, echándose la capucha hacia atrás.
-No sabía que tu padre te permitiera alejarte tanto de Forlond.-dijo Gil-galad, acomodándose en otra rama en el mismo roble.
-Él tampoco lo sabe.-Arien volvió a sonreír-Sólo vengo de vez en cuando, cuando el trabajo ante el telar se vuelve demasiado repetitivo.-se encogió de hombros y se dispuso a continuar.
Gil-galad la siguió, reflexionando sobre aquella faceta del carácter de Arien hasta entonces desconocida. Le resultaba extraño no haber sabido nada en los más de tres mil años que la conocía. Era cierto que por lo general la caza no se consideraba una actividad propia de doncellas; de todos modos, con los antecedentes que tenía en la familia, él no pensaba ponerse a censurar. No creía que tuviese nada de malo el que las elfas supieran manejar armas e incluso que disfrutaran con ello; había probado ser muy útil en caso de ataque.
Sin embargo, resultaba extraña la concentración de Arien en llegar al arroyo, como si fuera algo que pudiera salir mal si no ponía todo su empeño en ello. Aquello lo preocupó; avanzó por el bosque con los cinco sentidos alerta por si detectaba algún peligro, pese a saber que no había ninguno. Con los Dúnedain asentados al este, sus fronteras estaban bien guardadas. Nada podría atravesar todo Eriador y llegar hasta ellos sin que fuese detectado.
Arien se detuvo al llegar cerca del arroyo. Enroscó las piernas en una rama particularmente gruesa, para mantener la estabilidad y al mismo tiempo tener las manos libres. Gil-galad la observó a poca distancia mientras tendía el arco y tensaba la cuerda, doblando la madera con muchísimo cuidado.
-Premio.-murmuró ella al ver que en la otra orilla aparecía trotando un ciervo joven. Ignorante de la presencia de los dos elfos en las ramas al otro lado del arroyo, bajó la cabeza y se puso a beber. Arien sacó una flecha del carcaj, la puso en la cuerda y se la llevó hasta la oreja. Apuntó con cuidado y soltó la cuerda. La flecha salió silbando de sus manos y fue a clavarse… en la hierba a varios pies del cervatillo. Éste se asustó, y de un brinco se apartó del arroyo. Antes de que la doncella dejara escapar un juramento entre dientes, el animalillo ya se había perdido trotando en la espesura.
-No ha sido tu mejor tiro.-dijo Gil-galad gentilmente, mientras ella se daba la vuelta apesadumbrada. Evitó su mirada y se deslizó por el tronco hasta el suelo. Cruzó el arroyo y recuperó la flecha, después se volvió y echó a andar entre los árboles sin decir palabra.
-Si quieres-ofreció él un rato después, mientras caminaban de vuelta a la cima de la colina-puedo ayudarte a mejorarlo.-Arien se volvió al instante y lo miró con sus ojos esmeralda. Asintió brevemente y reemprendieron la marcha.
-Me falta práctica.-masculló Arien cuando llegaron al claro. Hacía girar la flecha entre los dedos, rematada con plumas teñidas de verde. Gil-galad sonrió levemente al notar su frustración.
-Ven. Iremos al campo de tiro.-encabezó la marcha de regreso a Forlond. Arien caminaba un par de pasos por detrás, todavía sin hablar, pero sin aquella sensación de necesitar concentrarse para aislarse de algo. En realidad, parecía haberse librado de algún peso, y cuando ya se vislumbraban los tejados del palacio entre los árboles, echó a correr por delante de él. Gil-galad la siguió, y entre risas llegaron pronto a una de las puertas traseras del palacio. Atravesaron un pasillo y una larga galería hasta llegar a patio de armas. Estaba vacío, pues aún faltaban varias horas para el cambio de guardia.
-Debes procurar extender bien el brazo.-empezó por ayudarla a mejorar la postura. Sospechaba que debido a su sexo, Arien no había recibido entrenamiento adecuado, sino que había aprendido a disparar por imitación, así que necesitaría unos cuantos consejos.-Así.-le cogió la muñeca que sujetaba el arco con una mano y la obligó a ponerla lo más recta posible.-Muy bien.
-Y ahora-le tendió una de aquellas flechas con el penacho verde-ponla en la cuerda. Asegúrate de que está bien tensa primero.
La doncella obedeció. Estiró la cuerda todo lo que pudo, apuntó, soltó… y la flecha fue a caer a unos cuantos pies del blanco. Masculló una maldición.
-No mires la flecha.-la aconsejó Gil-galad-Mira el blanco.
-Eso hago.-murmuró Arien. Tomó otra flecha, repitió la operación… pero esta vez se le fue demasiado arriba. Chocó contra la pared de piedra del otro lado del patio de armas. El campo de tiro era el único que no se abría a una galería, para evitar accidentes con flechas fuera de control, como era el caso. Lo volvió a intentar con otra, pero fue a caer más cerca del blanco a su izquierda que al que se suponía que estaba apuntando.
-No pienses en tus manos.-dijo Gil-galad. Con cierta incomodidad, se situó detrás de ella, y con una mano le cogió la muñeca que sostenía el arco. Con la otra sujetó la mano que tensaba la cuerda, reduciendo la distancia entre ellos a prácticamente nada. Nunca habían estado tan cerca, y sólo entonces se dio cuenta del olor a lavanda del cabello de Arien.
-¿Así está bien?-dijo ella en uno tono de voz mucho más bajo del que habían estado empleando. Giró lentamente la cabeza para encontrarse con la mirada azul de él.
-Está perfecto.-Gil-galad respiró hondo. Para su sorpresa, ella mantuvo un férreo autocontrol y se dedicó a concentrarse en el blanco que tenía al otro lado del campo de tiro. Despacio, la hizo tensar la cuerda del arco.-¿Lo tienes?
-Sí…-musitó Arien. Él la hizo soltar la flecha, que esta vez se clavó limpiamente en el centro del blanco.
-¡Lo he conseguido!-exclamó ella. Soltó el arco y se dio la vuelta… y antes de que Gil-galad pudiera siquiera adivinar sus intenciones, Arien le echó los brazos al cuello y lo besó.
Él se quedó paralizado un instante, incómodo por no ser capaz de responder. Bastó ese momento de duda de Gil-galad para que Arien se apartase. Esta vez su rostro no era ya la máscara de indiferencia impenetrable, sino que era un reflejo de la humillación y el dolor que sentía.
-Arien...-Gil-galad negó tristemente con la cabeza-No puedo.
-¿Qué tengo que hacer?-murmuró ella en voz muy baja. Le temblaba el labio, y tenía los ojos vidriosos, como si estuviera conteniendo las lágrimas. Su autocontrol se había esfumado; entre la autocompasión y la tristeza que sentía, Gil-galad entrevió el rostro de Elenna en los pensamientos de Arien. Y entonces todas las piezas encajaron. La partida de caza nada más despuntar el alba, y la insistencia de ella en que fuesen los dos solos, todo el numerito del arco y la flecha…
-Has intentado parecerte a ella ¿verdad?-dijo en el mismo tono-¿Creías que así conseguirías cambiar lo que siento?
-No lo sé.-Arien se mordió el labio; una lágrima solitaria se deslizó por su mejilla-Sólo… sólo quería ponerte las cosas más fáciles. Ahorrarte un poco de dolor.
-¿Cómo?-Gil-galad enarcó una ceja, sorprendido y enfadado consigo mismo por no haberlo visto venir. Empezaba a pensar que su don no funcionaba con las mujeres.
-Bueno… -dijo Arien con la voz tomada-ella morirá algún día, y yo no, y… no tendrías que pasarte la eternidad añorándola. Me tendrías a mí.-se sonrojó y bajó la mirada.
-Ya lo había pensado.-murmuró él-Pero las cosas no funcionan así, Arien. No hay nada que puedas hacer para conseguir que mi corazón se aparte de ella y se incline hacia ti.
-Pero ella se ha marchado.-adujo Arien débilmente-Porque hasta ella sabe que es un desafío a los Poderes. Ya les ha caído un castigo terrible encima; hace bien en no querer arriesgar nada más.-Gil-galad alzó las cejas.
-Fuiste tú ¿verdad? Tú le hablaste a Elenna de las consecuencias que podría traer que decidiera unirse a mí.-Arien no respondió, pero no hizo falta. Su expresión culpable lo decía todo. Nadie en Forlond, salvo Glorfindel, conocía las razones que Elenna le había dado para rechazar su amor y marcharse.
-Yo sólo me limité a aconsejarla.-dijo ella al fin, encogiéndose de hombros con aire miserable-Ella tomó la decisión de marcharse. Y desde mi punto de vista, hizo lo más correcto.
-Esa decisión no es tuya.-replicó Gil-galad con más dureza de la que pretendía, pero empezaba a enfadarse de verdad.-Sólo Eru sabe lo que pasaría si Elenna decidiera seguir a su corazón en vez de a su sentido del deber. No te corresponde a ti anticipar lo que sea que Mandos haya dispuesto al final del camino.
-Yo… lo siento.-murmuró ella en voz baja-Sólo quería… ya sabes lo que siento.
-Sí.-Gil-galad suspiró y trató de calmarse-Y ojalá yo sintiera lo mismo. Pero mi respuesta no ha cambiado.
-Ya.-Arien se enjugó las lágrimas con el dorso de la mano.-Yo… voy a marcharme. Necesito estar sola.-se dio la vuelta y sin una palabra más echó a correr hacia la gran arcada de piedra que llevaba al patio principal y la salida. En su precipitada huida casi se llevó por delante a Galdor y Glorfindel, que en ese momento franqueaban la entrada hacia el patio de armas.
-¿Qué ha sido eso?-Glorfindel se volvió para mirar a la salida. Gil-galad suspiró.
-Arien pensó que podía hacerme cambiar de opinión.-dijo con cierta tristeza-Sobra decir que no ha sido así.
-Sí, recuerdo que algo mencionó sobre una excursión…-Galdor arqueó las cejas en dirección al arco que Gil-galad llevaba a la espalda. De verdad era algo inusual verlo con ese tipo de arma.
-Iré a hablar con ella.-dijo Glorfindel.
-Ha dicho que necesitaba estar sola.
-Ya, pero nunca lo dicen en serio.-Glorfindel se encogió de hombros.-Con tu permiso…-no esperó respuesta y se encaminó hacia los grandes arcos de piedra.
Gil-galad volvió en sí cuando el eco de los pasos de su capitán se perdió más allá de las puertas del palacio. Se dio cuenta de que aún llevaba el arco a la espalda, y que debía cambiarse y ponerse presentable para la primera reunión de la mañana con los enviados de Elendil. Los Dúnedain habían reabierto la antigua ruta de comercio que cruzaba las Montañas Nubladas en el paso de Isengard, de manera que pronto empezaron a llegar de nuevo a Lindon mercancías de todo tipo: artesanía y sobre todo frutas y vegetales procedentes del cálido sur. Círdan y Elendil ya habían acordado los impuestos sobre cada tipo de mercancía, pero el señor telerín deseaba conocer la opinión de su antiguo pupilo al respecto.
Suspiró. Galadriel le había dicho una vez que la política era divertida hasta que entraba el papeleo en escena, y tres mil años después, Gil-galad estaba totalmente de acuerdo con ella. Iba a dirigir sus pasos a la armería, antes de subir a cambiarse a sus aposentos, cuando se percató de que Galdor seguía de pie a su lado, mirándolo con algo cercano a la preocupación brillando en los ojos.
-Así que Arien no se da por vencida.
-No.-no podía menos que sentir piedad por la doncella, condenada a desear un amor que siempre estaría fuera de su alcance-Y me duele en el alma tener que rechazarla; sin embargo, no puedo hacer que mi corazón cambie de parecer.
-Es cierto.-coincidió Galdor-Aún así, si conozco algo a Arien, sé que seguirá insistiendo. Los Noldor no sois la clase de gente que se rinde fácilmente.
-Soy consciente de ello.-murmuró el rey, pasando un dedo por la cuerda del arco.
-¿Y no pensáis hacer nada al respecto?
-No sé qué más puedo hacer.-reconoció Gil-galad-Elenna ni siquiera me escribe…
-Podríais hablar con Elendil.-sugirió Galdor encogiéndose de hombros-La tradición es la tradición.
-No puedo imaginarme a Elendil obligándola a casarse.-repuso Gil-galad-Si no lo ha hecho hasta ahora, nunca lo hará.
-Tal vez. Pero la muchacha tiene un gran respeto por su padre.-señaló Galdor-La opinión de Elendil es para ella más importante que ninguna otra.
-Oh. Comprendo.-entendió perfectamente a dónde quería llegar el carpintero teleri. Esbozó una lenta sonrisa-Si me disculpas, Galdor… tengo un reino que gobernar…
-Claro. Yo también debo regresar al trabajo.-hizo una reverencia. Gil-galad sonrió.
-Si ves a Glorfindel-dijo, mientras se alejaba hacia la armería, con la semilla de un plan germinando en la mente-dile que lo necesitaré aquí a mediodía.
-Lo haré, majestad.-Galdor observó sonriente la espalda de su rey mientras desaparecía en la puerta de la armería. Sabía que Gil-galad había visto la idea que le había acudido a la mente, y se alegraba de que también le pareciese un buen plan.
Lo sé. Odiáis a Arien, ¿verdad? Yo la entiendo demasiado bien, pobrecita.
Espero que el siguiente no me lleve tantísimo tiempo. Gracias a todos por leer, y una vez más os digo que todas las opiniones son bien recibidas.
