Disclaimer: Harry Potter y su universo no me pertenecen.

Este fic participa en el reto anual "Long Story" del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black

Testigo

Capítulo 11

La Orden

Mientras Harry y Ginny desayunaban en Grimmauld Place, alguien tocó a la puerta de la casa. Sólo amigos cercanos podían encontrar la casa, así que los dos corrieron a la entrada. Si alguno de sus amigos estaba ahí afuera, seguramente no era por algo bueno. Los que estaban parados en el umbral eran Ron y Hermione. ¿Qué demonios hacían los dos tan temprano ahí? Se veían asustados, nerviosos.

Harry abrió la puerta rápidamente y sus amigos entraron, no sin mirar a su alrededor antes de hacerlo. Como si los estuvieran siguiendo. Harry apretó los labios. Sabía que el nuevo ministro era un hijo de puta, pero no se esperaba que las cosas cambiaran tan rápido.

—¿Qué pasa? —le preguntó Ginny mientras los guiaban a la cocina—. Ron, ¿qué demonios está pasando?

—Se llevaron a los Preston a Azkaban, Harry. —Ron no le contestó a su hermana, sino a Harry.

El ex Jefe de la Oficina de Aurores se quedó helado por un momento. Conocía bien a Stephen Preston, un empleado del departamento de Leyes Mágicas en el Ministerio. Estaba casado con una chica muy simpática y tenían una pequeña. Harry los había visto muchas veces en el Callejón y no parecían el tipo de personas que podrían terminar en la prisión de los magos. Todo lo contrario, si le preguntaban a él.

—¿Y la niña? —La primera preocupación del joven fue la hija de la pareja. Ya había visto suficientes hijos perdiendo a sus padres, no quería ver a nadie más pasar por lo mismo.

—También. Se los llevaron a los tres —musitó Hermione con la voz baja.

—¿Qué mierda está pasando? ¿Por qué se los llevaron ahí con el bebé? No es un lugar para un bebé —bufó el chico sentándose a la mesa—. Aunque ya no haya dementores, es un asco de lugar.

—No les importó. Se los llevaron igual —dijo Hermione—. Y no sólo a ellos. A dos o tres familias también.

—¿Bajo qué malditos cargos? Preston es un buen tío y no le haría daño a nadie. No se me ocurren razo…

—Ser sangre puras, y por ende, colaborar con el régimen de Voldemort —lo cortó Hermione con un hilo de voz. Había escuchado las primeras sentencias la tarde anterior y aún no podía creerlo.

Todo el sistema que estaba tratando de construir se había desmoronado en cosa de segundos. El Ministro de la Magia, ese cabrón de Leavitt, que ni siquiera había sido elegido para el cargo, estaba dando sentencias arbitrarias y castigando a todos los que podía.

—Presto no trabajó para Voldemort —dijo Harry.

—Lo sé, ¿pero tú crees que a alguien le importa? —le espetó su amiga. La gente necesita culpar a alguien. Lo que Leavitt está haciendo es algo de psicología elemental: está distrayendo a la gente. Ya sabes que antes culpó al Ministerio de no estar haciendo nada para detener a los Caballeros de Némesis por estar buscando mortífagos.

—¡No estábamos buscando mortífagos! —la interrumpió Harry.

—Lo sabes tú y lo sé yo —respondió su amiga con un gesto de la mano—. No toda la gente. La cosa es que Leavitt busca que la gente dirija su rabia contra los magos sangre pura que trabajaron para Voldemort, según él.

—¿Papá y mamá? —preguntó Ginny suavemente, mirando a Ron—. ¿Ya saben de todo esto, no?

—Sí, y ya se están preparando para esconderse —contestó Ron—. Pasamos por ahí antes de venir aquí. Bill y Fleur también lo saben y se están preparando para irse a Francia. Percy también, con Audrey.

—¿Y George y Angelina?

—George sigue en el hospital —respondió Ron con una mueca de frustración—. Quizás los muy hijos de puta sean capaces de mandarlo a Azkaban desde ahí. No me sorprendería nada. Angelina está protegiendo su casa en cualquier caso.

Hermione tomó la mano de su novio y le sonrió esperando tranquilizarlo un poco. Ginny respiró hondo y se levantó de la mesa. James, su primer hijo, iba a despertar en cualquier momento y tendría hambre. Ese niño comía como un heliogábalo.

El silencio se instaló en la cocina por unos momentos. Hermione deslizaba un dedo sobre la mano de Ron, perdida en sus pensamientos. Nunca antes en su vida se había sentido más frustrada, ni siquiera cuando trataba devolverles la memoria a sus padres en Australia.

—No. No podemos dejar que Leavitt se salga con la suya. No podemos dejar que ese hijo de puta haga lo que quiera con el mundo mágico, después de todo lo que habíamos logrado.

Hermione y Ron levantaron la vista para mirar a su amigo. Harry estaba hablando muy despacio, pero su voz inundaba la cocina.

—¿Y qué pretendes hacer, Harry?

—Lo único que podemos hacer en este momento. Voy a llamar a La Orden.

-o-

Cuando Seamus despertó, las imágenes de la noche anterior aparecieron inmediatamente en su memoria. Esa conversación larga y tendida con Tracey, besarla, quedarse dormido junto a ella, con los dedos enredados en su pelo.

—Despierta —susurró en el oído de la chica. La vio apretar los ojos con fuerza, sonriendo como una niña traviesa—. Vamos, mujer, tienes que levantarte para hacerme el desayuno—añadió deslizando una mano por la pierna desnuda de la chica.

—¡Seamus! —protestó la joven sin abrir los ojos. Él se rió y la abrazó—. El desayuno te lo haces tú, estúpido.

El joven la besó en la mejilla y sonrió.

—También te lo puedo traer a la cama —dijo. Tracey seguía sin abrir los ojos, pero sonrió al oírlo.

—Eso suena bien. Permiso —el joven se acomodó sobre la cama y se incorporó para buscar algo de ropa para ponerse. Ninguno de los dos había tenido demasiado cuidado la noche anterior y su ropa estaba desperdigada por toda la pequeña habitación de Tracey. Cuando logró localizar los calzoncillos, junto a una de las patas de la cama, le dio un sacudón a la chica.

—Oye, ¿te importaría pasarme mis calzoncillos? Están más cerca de ti.

En ese momento, Tracey se incorporó de un salto en la cama, como si por primera vez fuera consciente de su desnudez. Se ruborizó, pero al momento siguiente, pareció darse cuenta de lo ridículo de su actitud. Seamus ya la había visto desnuda la noche anterior. ¿Por qué sería diferente ahora?

Sin preocuparse de que él la viera, se estiró y alcanzó la prenda del joven.

—Gracias, guapa. —Le guiñó un ojo y se puso los calzoncillos rápidamente antes de sentarse en el bordillo de la cama—. ¿No me acompañas?

—Pásame algo para que me ponga —pidió la chica con una sonrisa traviesa. El joven se inclinó junto a la cama y le tendió los calzones a la chica. Después se levantó y le tendió su propia camisa, que estaba tirada en el suelo un poco más alejada.

Tracey se vistió apresuradamente y se levantó. Seamus la miró con una sonrisa burlona.

—Vaya, te queda mejor a ti que a mí —dijo tras dirigirle una mirada apreciativa—. Quizás te la deje, ¿eh? Por cierto, ¿crees que Vane habrá escuchado lo de anoche?

Tracey terminó de abotonársela y le sonrió.

—Estúpido. Además, Emma no estuvo aquí anoche. Tenía turno en San Mungo.

—Qué turno más conveniente. Vamos a la cocina, que se me están empezando a ocurrir cosas más interesantes que desayunar y prefiero hacerlas con el estómago lleno —dijo él guiñándole un ojo.

Antes de que pudieran empezar a desayunar, sintieron un golpeteo en la ventana de la salita. Seamus se levantó a abrir.

—Es la lechuza de Harry —musitó al verla. Abrió la ventana con ansiedad y cogió el pedazo de papel que esta traía.

—«¿Tienes un galeón?» —leyó Tracey por sobre su hombro—. ¿Por qué Potter te mandaría eso? Juraría que es rico, o al menos, vive muy cómodo —dijo arrugando la nariz.

—No me está pidiendo un galeón. Me está preguntando si tengo uno, que es algo muy distinto. —Tracey alzó una ceja mientras el joven iba a buscar su chaqueta, que estaba colgada en el perchero de la entrada. Rebuscó en los bolsillos por unos momentos y sacó una enorme moneda dorada.

—¿Y para qué te sirve un galeón?

—Así —Seamus volvió junto a ella—. Así podemos definir dónde nos reuniremos y dónde. Los numeritos de aquí son la fecha y la hora—apuntó a la moneda—. Y los de aquí nos indican el lugar. Los tenemos codificados, para que sea más fácil.

—¿Qué es todo esto? ¿Por qué Potter tendría un mecanismo así?

—Lo usábamos en el Colegio para evadir a Umbridge y a los Carrow —explicó él—. Hermione le hizo unas cuantas modificaciones para que lo pudiéramos usar para reunirnos de vez en cuando, en plan de amigos.

Seamus no pudo evitar sonreír un poco al decir eso. La verdad era que la nueva Orden del Fénix, que Harry había fundado con los antiguos miembros de la Orden y los que habían participado en el Ejército de Dumbledore, nunca había pensado en que tendrían que volver a la acción tan pronto. En los meses después de la caída de Voldemort, se habían dedicado a apoyar al disminuido cuerpo de Aurores a apresar mortífagos que habían logrado escapar, pero nada muy serio a partir de eso.

Pero ahora eran necesarios.

—¿Quiénes son «nosotros»? —preguntó Tracey.

—La Orden del Fénix. Dumbledore la fundó para poder ayudar al mundo mágico cuando lo necesitase.

—¿Y qué tengo que hacer para unirme? —preguntó Tracey a continuación, dejándolo helado por unos momentos.

—¿Perdón?

—Lo que escuchaste. ¿Qué tengo que hacer para unirme a la Orden?

-o-

El lugar de reunión era la casa de Harry, que casi todos los miembros habían visitado alguna vez. Seamus guió a Tracey hacia el umbral de la puerta y golpeó. Harry no se demoró ni medio segundo en abrirles. Seguramente estaba tan ansioso como ellos.

—¿Qué hace ella aquí? —preguntó al ver a Tracey junto a su viejo amigo. Los hizo pasar sin dejar de mirar a Tracey de reojo.

—¿No se supone que tengo que protegerla a toda hora? —preguntó Seamus con su habitual mueca burlona—. Pues eso, aquí está. —La expresión de Harry no se alteró en lo más mínimo—. Ya en serio, quiere unirse. Ayudarnos en lo que pueda.

—Adelante, mientras más mejor.

Los guió al salón de la casa. Seamus casi se sintió de regreso en Hogwarts. Podía reconocer a casi todos los que estaban ahí, incluyendo a mucha gente a la que no veía hacía años. A otros nunca los había visto, como al chico alto que estaba parado junto a Luna Lovegood, o a la chica que acompañaba al bueno de Dennis Creevey. También estaba ahí el Ministro Shacklebotl, que tenía todo el aspecto de alguien que no ha dormido en días. El primero en saludarlos fue Dean, por supuesto.

—Oye, nuestro departamento te extraña —le dijo al abrazarlo antes de saludar a Tracey—. Hace semanas que no te pasas ni a decir hola.

—¿Y cuántas de esas semanas te las has pasado en Berwick? —preguntó a su vez Seamus con el mismo tono.

Si los demás miraron a Tracey con desconfianza al entrar a la habitación, ver a Dean saludándola como si tal cosa los hizo relajarse. No corrieron a saludarla, por supuesto, pero al menos la dejaron de mirar como si una serpiente de cascabel estuviera junto a Seamus. Susan Bones incluso le dirigió una sonrisa y la saludó con la mano.

Unas cuantas personas más llegaron, y Harry pareció considerar que había reunido un quórum suficiente como para empezar con la reunión.

—Cómo supongo que saben, el Ministerio de la Magia ya no está en manos confiables. Victor Leavitt ha decidido hacer suya la tarea de destruir lo que llevamos años construyendo. Él no quiere que las cosas sean más justas para todos. Quiere venganza.

El silencio se había instalado en la habitación y todos se miraban de reojo. Quizás había algunos que habían pensado que Leavitt los estaba ayudando, que lo que estaba haciendo era lo correcto. Pero Tracey sintió que en ese momento, todos los presentes estaban dispuestos a defender incluso a los Malfoy.

Cuando Potter empezó a pedir ideas para trazar planes de ataque, todos ahí empezaron a sugerir cosas.

Iban a luchar como fuese.


El conflicto crece por minutos. Pero ahora hay gente dispuesta a luchar por lo que creen correcto y es el momento de hacerlo. Tracey y Seamus están juntos, al menos.

¡Hasta el próximo capítulo!

Muselina