Lo primero es una inmensa disculpa. Nada justifica que haya estado dos años y medio sin actualizar. Lo lamento para aquellos que seguían el fic asiduamente.
Ahora va un cutre-intento de justificación. He tenido una (larga) época bastante mala. La situación económica de España, como sabéis, no es la mejor del mundo. Se me quitaron las ganas de todo y mi creatividad se redujo a 0. Tengo todo el fic prácticamente escrito, con solo pocos huecos para rellenar, pero sencillamente me sentaba delante del ordenador y era incapaz de escribir nada. Y así ha sido, aunque no lo creáis, durante dos años y pico.
No es que las cosas estén mejores ahora, pero hace poco me puse y empecé a escribir y eso me mantuvo ocupada y feliz. Es más de lo que puedo decir de muchas aficiones en los últimos tiempos.
También debo añadir que me quedé un poco en shock después de Ciudad de las Almas Perdidas, porque cambió un poco mi perspectiva sobre lo que estaba escribiendo. Nunca he dejado de ser fan de este universo y muy especialmente del Malec, pero ya me entendéis. Al final he decidido que este es un universo alterno y que no tengo por qué cambiar nada de lo que tenía planeado (siempre que sea IC, claro).
Y ya después de este rollo que no viene a cuento, vuelve el fic (y espero que para quedarse). Besos a todos los que leen y de nuevo perdón a los antiguos lectores a los que dejé colgados. Soy un ser indigno.
XII. Sobre caídas de seis metros y hermanas perspicaces
Una súbita tormenta que no habían visto venir enturbió el cielo sobre sus cabezas cuando los tres hermanos Lightwood empezaron a ascender por la suave colina cubierta de hierba. La noche había sido negra como el ónice hasta sólo unos minutos antes, cuando los relámpagos lejanos habían empezado a iluminar fugazmente la campiña con destellos de un azul monstruoso. Trotaban en silencio, con el escozor de las runas recién pintadas ardiéndoles bajo la ropa.
Alec levantó brevemente la vista para mirar más allá del borde de la capucha negra de su capa de viaje: en la cúspide del promontorio se atisbaba la sobria silueta de un edificio, temible contra el fondo de tinta revuelta. Apretó el cuchillo serafín que llevaba en el cinturón, preparándose mentalmente para una nueva cacería. Su instinto no era tan bueno como el de Jace o Isabelle, pero sabía perfectamente cuándo se acercaba algo.
Se detuvieron a unos cincuenta metros del edificio: no era más que una vieja mansión en ruinas edificada en piedra. Las ventanas de los pisos superiores golpeaban, descorchadas, contra los marcos a merced del viento. Alec sintió estremecerse a Fearless bajo su peso, y el animal bufó inquieto y casi atemorizado. Incluso su caballo sabía que algo no iba bien, y él también pudo verlo al fin.
La tierra era gris alrededor de la casa, sin árboles ni hierba. Un frío demencial parecía ondear a su alrededor como un perpetuo invierno. Jace les dedicó una mirada significativa.
―Creo que esto confirma nuestra teoría ―apuntó.
Aquel círculo de vida arrasada, succionada de raíz, solo podía indicar magia negra muy poderosa.
Descabalgaron a la vez, haciendo acopio de toda la indiferencia posible. El viento removía el cabello de Isabelle que se escapaba de la capucha, entretejiéndolo con hojas secas. Fue un detalle del que solo Alec se percató.
Todos supieron enseguida que habían cometido un paso en falso. El suelo se resquebrajó bajo sus pies, como si se abrieran antiguas tumbas, y aparecieron los demonios.
―Empieza la fiesta ―anunció Jace, desenfundando dos cuchillos serafín gemelos.
Segundos más tarde, los tres se movían como sombras entre criaturas que parecían retales cosidos de otras muchas. Había demonios desagradables y luego estaban aquellos, seres producto de magia negra que no había salido bien. Algunos tenían más miembros de la cuenta y otros menos. Algunos eran ciegos, o sordos, pero desde luego tenían un olfato imposible que les permitía ubicarles sin margen de error.
No solían ser un problema… pero eran un claro anuncio de algo más grande que estaba por venir.
Isabelle hacía girar el látigo a su alrededor, un huracán dorado que cercenaba los miembros deformes que se acercaran lo más mínimo a ella. Jace despachó de dos golpes a uno especialmente insistente, descuidando impunemente su espalda. La criatura que se acercó por su retaguardia, sin embargo, se encontró rápidamente con la barrera infranqueable de su parabatai. Alec aferró al demonio por el cuello y lo inclinó hacia atrás. Jace surgió de la penumbra inmediatamente después, coordinado al milímetro con él, y decapitó a la sebosa criatura con un solo golpe de cuchillo. La capa de Alec se impregnó de icor, y se apresuró a quitársela al sentir que chisporroteaba como si la hubiera tocado ácido.
―Odio la sangre de demonio ―rezongó. El frío húmedo de la noche le incidía en cada hueco de piel expuesta, haciéndole estremecer.
Observaron el campo vacío de nuevo, los restos de demonio difuminándose como cenizas en el aire cargado. Los tres se dirigieron sin más demora hacia el edificio. Sus pies ni siquiera hacían ruido en el suelo desnudo, en parte por la habilidad practicada durante años y en parte por las runas de sigilo quemadas en su piel. Jace abrió los portones de una patada.
Nada sigiloso pero indudablemente rápido.
El interior estaba sumido en la oscuridad más absoluta, aunque sus ojos penetraban en la densa negrura. Ante ellos se abría un enorme recibidor sembrado de vigas que habían sido pasto de la carcoma. Una destartalada escalera doble conducía a los pisos superiores, con trozos carentes de peldaños y barandilla. El polvo flotaba en el aire e hizo que los dos hermanos Lightwood, propicios a las alergias, fruncieran la nariz con irritación. Había una línea continua de un metro de ancho libre de polvo en el centro del pasillo, como si algo hubiera sido… arrastrado.
Isabelle les dedicó un gesto de cabeza y empezó a andar, el látigo en su mano moviéndose inquieto sobre su piel.
Avanzaron en silencio, dejando huellas leves en la densa capa de polvo. Alec caminaba en la retaguardia, con una flecha tensada en el arco y la mirada inquieta oteando los corredores por los que iban cruzando. Las Marcas recién hechas serpenteaban sobre su piel como pequeñas corrientes eléctricas. Alec había notado, aunque no había pruebas fehacientes de ello, que las runas que Jace dibujaba en él y a la inversa eran varias veces más potentes de lo habitual. Tal vez era algo relacionado con el lazo de parabatai, pero instintivamente siempre lo hacían de aquel modo.
Isabelle se detuvo y se volvió hacia ellos; la piedra roja que llevaba al cuello destelló como sangre fresca.
―Hay algo ahí delante ―anunció, desenrollando el látigo de su brazo.
Alec inspiró profundamente. Sus dedos jugueteaban inquietos con la cuerda del arco. Siempre alerta. Los tres asintieron al unísono mientras salían al inmenso corredor y sus ojos topaban con lo que había al final del pasillo. La senda libre de polvo terminaba al otro lado de una gigantesca puerta entreabierta, descorchada y deshecha por la carcoma. Jace tomó aire un instante y luego la empujó, desvelando la estancia oscura que había al otro lado.
Nada sucedió, aunque ninguno bajó la guardia. A la sensible nariz de Alec llegó de pronto un desagradable olor a cobre y putrefacción. Isabelle y Jace levantaron las piedras mágicas que llevaban en las manos; la luz iridiscente inundó la habitación y los tres levantaron la cabeza.
Al instante siguiente desearon que hubiera seguido reinando la oscuridad.
Una hilera de cadáveres humanos colgaba del techo en arneses, los vientres abiertos y las entrañas pendiendo de forma grotesca. El suelo bajo sus pies era del color de la sangre reciente, las baldosas resbaladizas bajo las suelas de sus botas. Jace torció la boca, asqueado, al tiempo que Isabelle se cubría los labios con una mano en un intento de contener las arcadas. Alec, con menos ceremonias, se hizo a un lado y vomitó contra una pared cercana.
―¿Qué es esto…? ―preguntó Isabelle, aun sintiéndose mareada―. ¿Qué tipo de demonio está actuando aquí?
―No estoy seguro de que sea un demonio ―opinó Jace sin mirarla.
Oteó cada rincón de la estancia, como si esperara que el culpable se escondiera en alguna esquina que les había pasado por alto.
―¿Os gusta mi pequeña colección? ―sugirió una voz desde las sombras.
Por lo visto, el misterioso autor de aquella atrocidad no se andaba con rodeos ni pretendía jugar con ellos al escondite. Surgió en medio de una voluta de cenizas, de pie en una actitud poco menos que arrogante.
Era un brujo. Alec lo supo de inmediato por las finas alas de murciélago… y aquel característico olor a azúcar quemado que dejaba la magia en el aire.
―Sabía que no tardaríais en aparecer, hijos del Ángel ―siseó. Su voz era sumamente desagradable al oído―. Y eso no hará sino aumentar mi maravilloso muestrario de vidas embotelladas.
La mano que tensaba la cuerda del arco le tembló momentáneamente a Alec. Siempre le habían enseñado que los brujos podían parecer humanos pero que no lo eran. Que en ellos seguía latiendo un atisbo de la maldad innata que sus progenitores demoníacos poseían. Por primera vez aquel pensamiento le partía el alma, porque recordaba a Magnus y era incapaz de ver nada maligno en él.
―Tierra llamando a Alec ―masculló Jace desde su derecha.
El aludido se volvió hacia su parabatai y luego levantó la cabeza, siguiendo la trayectoria de su mirada. Siete demonios fenaron se deslizaban, vaporosos como la niebla, entre las vigas semiderruidas. Parecían sólo corpóreos en parte, pero las garras negras que hendían la madera podrida y los dos pares de ojos rasgados y rojos como la sangre eran muy reales.
―Esto se pone feo ―murmuró Isabelle, el látigo de electro chasqueando inquieto por probar sangre demoníaca.
―No me desagradaría disecarte, preciosa ―siseó el brujo con una sonrisa maligna―. O quizás al chico del cabello de oro…
Y de pronto todos los demonios se lanzaron sobre ellos.
Luchar contra demonios fenaron era un auténtico suplicio. Eran rápidos como relámpagos, dejando solo retazos de la estela negra de su cuerpo como fantasmas harapientos. Pero las garras hendían su piel al deslizarse entre ellos, siendo solo un mar de arañazos sin autor que dejaban sangre en el aire antes de que los tres hermanos pudieran ver a las criaturas en sí.
Alec tensó el arco en dirección a la negrura revuelta que eran los cuerpos de los demonios, y esperó pacientemente con un ojo entornado. Soltó la flecha, aunque esta se perdió sin tocar blanco en el espacio de detrás. Algo le desgarró la piel de la pierna izquierda, aunque intentó mantener el pulso firme. A su lado, Isabelle lanzó el látigo hacia adelante y éste siseó como ascuas dejadas caer sobre agua.
―Maldita sea ―gruñó Jace, lanzando mandobles a ciegas con los cuchillos serafín. Al menos los demonios no parecían querer acercarse a nada hecho con aquel cristal.
Alec contó mentalmente y luego soltó otra flecha. Un aullido salvaje, que helaba la sangre en las venas, le fue devuelto del maremágnum de humo negro.
Era todo lo que necesitaba. Levantó una mano y gesticuló con los dedos para que sus hermanos lo vieran. Jace sonrió triunfante, lamiéndole el hilo de sangre que le había resbalado hasta los labios desde un corte en la mejilla.
Una vez habían captado el patrón de movimientos, aquella batalla estaba ganada. Jace e Isabelle se lanzaron hacia la oscuridad con un brazo delante para protegerse el rostro.
El látigo de Isabelle crujía y se retorcía como una cinta. Isabelle vio a los ojos rojos de un demonio moverse como fuegos fatuos para esquivarlo, pero giró sobre sus talones y lo atrapó con un giro de muñeca antes de que huyera en dirección contraria. El látigo emitió un chisporroteo temible y uno de los demonios se evaporó en una voluta negra.
Jace saltó en el aire como una pantera dorada y lanzó un cuchillo serafín contra una forma evanescente. El arma se clavó en el suelo, partiendo al demonio por la mitad y disgregándolo en el aire. Hizo girar el segundo cuchillo en el aire para emprenderla con uno que venía por la retaguardia.
Alec por su lado se mantenía al margen de la lucha, una flecha tensa en el arco apuntando sin descanso a los puntos ciegos de sus hermanos por si necesitaban un disparo de apoyo. No obstante la mirada del brujo al otro lado captó su atención.
Estaba visiblemente nervioso, sudoroso por encima de la palidez de la piel. Y en su rostro había una terrible expresión de reconocimiento. Sus labios se curvaron para exponer una sonrisa de dientes afilados y Alec oyó una voz siseante en su cabeza.
"Huelo a brujo en ti. Hijo del Ángel, ¿a qué juegas con la progenie de demonios?"
Después la magia, envuelta en chispas rojas y azules, le golpeó de lleno en el pecho y le propulsó hacia atrás contra la ventana.
A la velocidad del relámpago, Alec sacó una flecha de la aljaba y la encajó en el arco justo cuando su espalda chocaba contra la vidriera y la rompía en mil pedazos. Soltó la cuerda mientras aquel vacío en el estómago le indicaba que la gravedad estaba haciendo su trabajo.
Escuchó un grito en el interior de la estancia, deformado a causa de la creciente distancia. Sonrió fugazmente a sabiendas de que había dado en el blanco. Acto seguido sus huesos crujieron con el impacto y sus sentidos se vieron momentáneamente anulados.
El pitido en los oídos y los puntos blancos que danzaban ante sus ojos le mantuvieron entretenido varios minutos aún contra su voluntad. Seguía teniendo el arco bien asido en la mano pero el golpe había provocado que su punto de gravedad se moviera constantemente, impidiéndole incorporarse.
―¡Alec! ―irrumpió la voz de Isabelle en aquel mar de confusión.
El chico parpadeó con insistencia e intentó que el mundo dejara de girar a su alrededor. La vidriera era un montañita dispersa de materiales irreconocibles entre los que estaba tendido. Isabelle y Jace estaban asomados a los resto de la ventana: por la actitud de ambos, dando impunemente la espalda al interior, aquello debía haber finalizado.
La cabeza de Alec se movió lánguidamente, su cabello oscuro moteado de astillas y cristales rotos.
―¿Sigues de una pieza? ―preguntó Isabelle.
Alec gruñó un par de improperios y levantó el pulgar. Ambos suspiraron con alivio.
―¿Qué es, la quincuagésimo sexta vez que te rompes la crisma en lo que va de mes? ―sugirió Jace con ironía.
―Cállate ―le espetó Alec, arrancando su maltrecho cuerpo de entre los escombros.
Era plena noche. Los corredores estaban vacíos, con sólo algunos rezagados marchándose a sus habitaciones tras las opípara cena habitual. Alec caminaba de puntillas, deslizándose como una sombra confusa por pasillos y esquinas hacia el ala sur.
Había aguardado un rato después de que Jace se marchara para escurrirse fuera de su cuarto y cruzar el palacio en dirección a la habitación de Magnus. Se había puesto una runa de sigilo en el antebrazo y sus pies no hacían el menor ruido, como si fuera descalzo. Aún llevaba las ropas que había usado en la misión, lo cual le permitía huir de la vista de los guardias que custodiaban los accesos principales y los vestíbulos.
El corazón le martilleaba contra las costillas, implacable. Cada vez le resultaba más difícil separarse de Magnus para ir a cazar… y ello le asustaba y le gratificaba a partes iguales. Aquel tipo de dependencia no era algo deseable para alguien cuya vida consistía en pasar largas temporada fuera del hogar.
Al girar una esquina, tardó demasiado en darse cuenta de que había topado ni más ni menos que con el Príncipe en persona.
―B-buenas noches, Alteza ―saludó Alec atropelladamente con una inclinación de cabeza.
La propicia luz de una antorcha cercana arrancaba reflejos rojos en el cabello negligentemente plateado del hijo de Valentine.
―¿Qué haces por aquí a estas horas? ―sugirió Sebastian con el ceño fruncido.
―Voy a ver mi hermano Jonathan ―mintió rápidamente Alec.
―¿En el ala sur? ―inquirió Sebastian, curvando las cejas con aire inquisitivo―. Creía que tu parabatai se aloja cerca de ti, en el ala oeste.
Ups.
―Él… no está en su habitación ―inventó sobre la marcha―. Está en la armería. Lo hace a menudo cuando no puede dormir.
Sebastian arqueó una ceja, como si no creyera del todo su historia, pero se limitó a dedicarle una sonrisa maliciosa mientras pasaba de largo.
―Cuídate, Lightwood ―murmuró―. Aunque no lo creas, es algo que puede serte útil.
Y después desapareció tras una esquina sin decir una sola palabra más. Alec contuvo las ganas de suspirar sonoramente y se apresuró a seguir su camino. No quería tener ningún nuevo encuentro desafortunado.
Tuvo que pegarse a un muro cuando Tessa Gray cruzó el corredor contiguo al que él se encontraba. No iba sola: distinguió un cabello oscuro como el suyo en su acompañante, pero no estaba de humor para sentirse curioso. Solo quería que desaparecieran de su camino para llegar cuanto antes a su destino.
Cuando por fin la falda color salmón de la bruja se perdió por el fondo del corredor, Alec correteó de puntillas hacia aquella puerta que tan bien conocía. Entró sin molestarse en pedir permiso y pegó la espalda a la puerta en un suspiro de alivio.
―Magnus ―le llamó en un susurro, avanzando un par de pasos.
Nada se movía en la penumbra. Ni siquiera podía oír el ronroneo de Presidente Miau. Frunció el ceño, decepcionado. ¿Acaso Magnus no estaba en su cuarto?
Y de repente alguien surgió de la oscuridad y le apresó por detrás. Se tensó en el acto y dio un brinco... justo antes de reconocer el tacto y notar el perfume.
―¡Bu! ―escuchó una voz burlona contra su oído.
Alec suspiró con alivio, aunque el pulso se le había multiplicado por cuatro pocos segundos antes. Magnus seguía partiéndose de risa contra su oreja.
―Nunca… NUNCA vuelvas a hacer eso ―le advirtió, intentando sonar más enfadado de lo que en realidad estaba―. Podría hacerte daño sin querer.
―Perdona que no tiemble de miedo ―se burló Magnus, besándole en la sien.
Alec se volvió y le besó a él en la boca, pasándole las manos por detrás del cuello. Magnus se echó hacia atrás cuando el muchacho dio por concluido el beso, que se prolongó varios segundos.
―Es inusual que estés tan… cariñoso ―suspiró, con la respiración acelerada.
―Te echaba de menos ―reconoció el chico, muy a su pesar, acariciándole el vello de la nuca.
Nunca le había importado dormir a la intemperie, en lugares escarpados o fríos, húmedos y desagradables, pero desde que dormía con Magnus había cogido malos hábitos. No era capaz de descansar igual al no sentir sus rodillas rozándole las piernas, su brazo bajo la mejilla o la respiración tranquila en la nuca.
Magnus sonrió y se acercó hasta que las puntas de sus narices se tocaron.
―No seré yo el que se queje por dicha debilidad ―aseguró.
El brujo percibió olor a sangre y cuero, y por debajo un ligero toque a quemado que le era tan familiar como respirar.
―Hueles a magia ―observó, separándole de él con ojos interrogantes.
Alec se preguntó cómo rayos había podido notarlo.
―Un brujo descarriado ―le informó escuetamente, quitándose el jubón―. Sacrificios humanos a cambio de los misterios de la magia negra. Todo muy desagradable.
Le lanzó una mirada que pretendía ser discreta, aunque no funcionó. Magnus iba sin teñir, con el cabello azabache despeinado en todas direcciones y sin una gota de maquillaje. Vestía una bata de seda roja con dibujos de dragones negros y dorados que le llegaba hasta los pies. Alec se fijó en la porción de pecho desnudo en forma de V, bronceada y lisa, que brillaba bajo la luz de las velas. Tragó saliva.
―Ha habido cacerías peores en lo que a brujos respecta ―murmuró, intentando distraerle de su anterior y descarado escrutinio―. Desagradable, pero no difícil.
Magnus notó sombras azules bajo sus ojos: parecía exhausto, lo cual no era demasiado raro. Muchas noches Alec estaba tan agotado y dolorido que caía redondo nada más tocar la cama. Cuando no sucedía, Magnus intentaba hacerle sentir mejor, besándole la frente y acariciándole el pelo hasta que se quedaba dormido.
Todo apuntaba a que aquella sería una de aquellas noches.
Alec se dejó caer con un sonoro suspiro en el peculiar colchón de Magnus, cubierto de colchas amarillas. Se deshizo uno a uno los lazos de la camisa negra y se la quitó, siseando levemente al tensar los brazos. Magnus prestó más atención y descubrió de inmediato por qué: la espalda blanca sembrada de Marcas estaba cruzada por grandes verdugones desiguales que dolían a simple vista.
Se acercó por detrás, preocupado, y delineó uno de los hematomas con el dedo. Alec se quejó ante el contacto y se volvió a mirarle con reproche.
―¿Qué diablos haces? ―le espetó.
―Vaya, creía que era cosa de mi imaginación, dado que no has considerado oportuno mencionar que parece que te hayan aplastado la espalda a martillazos ―replicó Magnus.
―Atravesé una ventana y caí desde seis metros ―explicó Alec, volviéndose al frente y quitándose las botas―. No es como si fuera a morirme por eso. Además, ya se están curando: por alguna razón, el iratze cura más rápido las heridas que los simples cardenales…
Después frunció la nariz y se olisqueó la muñeca. Sus hermanos y él se habían bañado justo después de terminar la cacería, pero de eso hacía casi dos días. El deseo impulsivo de reunirse con Magnus le había vencido y se había olvidado incluso de lo más básico.
―Debo oler como el infierno ―se percató. Hizo un ademán de ponerse en pie―. Debería darme un baño…
―Tiéndete ―le interrumpió Magnus, poniéndole una mano en el hombro―. Dudo que puedas llegar hasta la bañera.
Exageraba, por supuesto, pero Alec obedeció dócilmente y se tumbó de cara a la almohada con los brazos cruzados bajo esta. Magnus esbozó una ancha sonrisa aunque él no pudiera verla: el Alec que había conocido a su llegada jamás de los jamases se hubiera tendido sin camisa en una cama ajena y le hubiera dado la espalda.
Lo tomó como un voto de confianza. Con aquel alentador pensamiento en la cabeza se inclinó sobre la cómoda y rebuscó en uno de los caóticos cajones. Alec le observaba de medio lado. Estaba guapísimo con el cabello revuelto ocultándole parcialmente los ojos, chispeantes de anticipación.
―¿Qué exactamente planeas hacerme?
Las cejas de Magnus se arquearon y se volvió hacia él con una expresión que pretendía ser sufriente.
―No sabes la de respuestas que acabo de sopesar en éste instante ―murmuró―. La mayoría no son adecuadas para niños.
Alec se ruborizó violentamente ante las implicaciones pero no comentó nada.
―Había pensado en un masaje ―admitió Magnus mostrándole un pequeño frasco cerámico.
―¿Es esa cosa que los mundanos hacen en sus espaldas para relajarse? ―preguntó Alec, escéptico.
Magnus reaccionó como si le hubiera dispensado un feo insulto.
―Dime que no va a ser tu primer masaje… ―suplicó.
―En realidad no los necesitamos ―explicó Alec apoyándose sobre los codos―. Las runas hacen ese tipo de cosas, distendiendo los músculos.
―Agradece tu suerte, nefilim ―dijo Magnus en tono amenazador―. No todos tienen la ocasión de disfrutar de mis masajes. Y ahora túmbate ―añadió, poniéndole una mano en la espalda y derribándole bruscamente sobre la colcha.
Le oyó reír contra la almohada como un niño que no teme a nada. Tal vez por eso el brujo experimentó una maliciosa satisfacción cuando el muchacho dio un respingo al poner la primera capa de crema sobre su piel.
¿Por qué demonios se había prestado a aquello, se preguntó Alec? El ungüento estaba frío como el hielo, aunque las manos de Magnus acudieron raudas a esparcirlo por su espalda y pronto entró en calor. A su nariz llegó un olor penetrante y aromático.
―Huele a hierbabuena… ―murmuró.
―Entre otras cosas ―confesó Magnus untando sus omóplatos―. Esta mezcla era típica del sitio donde nací.
―¿Dónde naciste? ―quiso saber Alec.
Magnus calló unos instantes, dándose cuenta de que le había incitado a hacer una pregunta que no quería responder. Se limitó a incrementar la fuerza sobre la curva de su espalda.
―Muy lejos de aquí, en el Continente al otro lado del mar ―fue la escueta respuesta.
Después se puso manos a la obra, moviendo firmemente los pulgares por la extensión de piel sembrada de tatuajes y moretones. Alec se quejó en voz alta cuando sus dedos se hundieron sin compasión en los nudos que músculos y tendones habían formado bajo la piel.
―Por todos los demonios: tu espalda parece un enorme bloque de piedra ―se alarmó Magnus.
―Creía que un masaje era algo relajante ―protestó Alec―. En cambio me están dando ganas de darte un puñetazo.
―Eres un mocoso impaciente, ¿lo sabías? ―le espetó Magnus fingiendo estar ofendido―. Duele porque tienes años de tensión acumulada en los músculos. Espera unos minutos y estarás suplicando perdón por lo que acabas de decir.
Estuvieron en silencio largo rato, con solo el sonido de las manos de Magnus masajeando la piel y topándose ocasionalmente con un nódulo de nervios que chasqueaba al desaparecer. Había algo de íntimo en un gesto aparentemente tan simple, de confianza intrínseca en el momento en el que el joven le había permitido recorrer su cuerpo con las manos desnudas.
―Estás haciendo trampa… ―murmuró Alec al cabo de un rato.
―¿Qué? ―inquirió Magnus. ¿Qué había hecho mal?
―Que eso es trampa… ―repitió el chico con voz adormecida. Emitió un suspiro placentero―. Estás usando la magia: nadie puede hacer lo que tú haces con las manos sin algún truco.
Magnus se rió en voz alta, condescendiente, mientras presionaba con las yemas de los pulgares en el hueco de sus omóplatos. En realidad no había empleado aún la magia aunque planeara hacerlo en breve: probablemente estaba disfrutando tanto de deslizar impunemente las manos por aquella firme espalda de ensueño como Alec de recibir sus caricias.
Aquel sentimiento de pertenencia, de reciprocidad, era algo que rara vez había conocido a pesar de sus largos años de vida.
Notando aflorar su lado más atrevido, se aventuró un poco más y deslizó suavemente los dedos por la línea de su columna, descendiendo hasta rozar una de las últimas vértebras. Alec no pareció darse cuenta, sumido en un sopor ligero y reparador, así que no consideró necesario apartar la mano de dicha zona peligrosa. ¿Seguiría inocentemente ajeno si venciera la cinturilla de sus pantalones y tanteara aquel pedazo de piel que aún le era desconocido?
Alec por su lado estaba sumido en remanso de paz que rara vez había conocido. Su mente se había vaciado de pensamientos y casi liberado de la prisión que era su cuerpo agotado. Uno de sus brazos colgaba sin fuerzas por el lado del colchón mientras el otro se apoyaba lánguidamente en la almohada. Se sentía profundamente relajado, en parte por la presencia de Magnus y en parte por sus manos milagrosas. Casi podría acostumbrarse a aquel tipo de atenciones.
Tardó mucho en notar que las manos de Magnus estaban menos ocupadas en reducir la tensión de su espalda que en disfrutar de su piel desnuda.
La paz se volatilizó entonces para dejar paso a una sensación pulsante, agradablemente ardiente, allí donde los dedos del brujo delineaban sus costillas o el final de su espalda. Se contuvo cuando las manos le abarcaron los lados, resbalando por culpa del aceite, y le acariciaron aquel lugar del vientre donde solo su madre y hermanos sabían que tenía cosquillas. Fue consciente de pronto del cambio de postura de su acompañante, de las piernas hundidas en el colchón a cada lado de su cuerpo. Cercano. Accesible.
Alec cerró el puño sobre la sábana y la retorció; las manos de Magnus le tocaban por todas partes, deslizándose entre aceite y sudor por las curvas de sus brazos. Presionando, sintiéndole. Estaba seguro de que el pecho del brujo estaba tan cerca de su espalda que cada respiración reducía el espacio entre ambos. Notó el aliente de Magnus impactar en la parte posterior de su cuello, erizándole el cabello de la nuca y gesticulando palabras de adoración para que las notara a través de la piel.
El nefilim no pudo contenerse más, y apoyándose sobre un codo se dio la vuelta y atrapó la nuca de Magnus para hacerle descender en un beso torpe y hambriento.
Magnus soltó un gemido quedo que le hizo morirse en el acto de vergüenza. Hacía mucho tiempo que nadie conseguía arrancarle un suspiro tan auténtico, anhelante. Pero no le sorprendió: bajo él, Alec era un cúmulo imposible de fuerza y deseo irrefrenable. De manos convulsas que tiraron de su camisa de noche, sacándosela de los pantalones, y apretaron su espalda como si pretendiera arañarle el alma.
Alec se arqueó hacia arriba, provocando que sus cuerpos coincidieran desde las caderas a los muslos. Magnus deslizó la mano por la parte exterior de su pierna por encima de los pantalones de cuero, enganchándose en la parte posterior de su rodilla para reducir la distancia entre ambos. Separó los labios del nefilim con los propios y buscó su lengua, gemidos quedos de éxtasis confundiéndose en sus bocas. Los dedos de Alec se enredaban en su cabello y tiraban de él, un intento casi exitoso de llevar el control.
La magia se derramaba por sus dedos, incontrolable, y de buen seguro estaba haciendo cosquillas en la piel del muchacho. Era algo que sucedía a menudo cuando sus emociones se disparaban y la energía fluía en consonancia. No todo el mundo lo conseguía, sin embargo.
De hecho… Magnus ya casi lo había olvidado.
Alec echó la cabeza hacia atrás, despegando sus bocas. Sus labios húmedos y tentadores sonrieron mientras se recostaba de nuevo en el colchón, delineando la mandíbula de Magnus con los pulgares. El brujo se inclinó para depositar un suave beso sobre su pecho, a medio camino entre el diafragma y la clavícula.
―Ya no están ―murmuró contra su piel.
El nefilim no supo a qué se refería. O tal vez su mente no le permitía pensar con coherencia.
―¿Eh? ―preguntó, confuso.
―Los moretones ―puntualizó Magnus―. Ya no están.
Alec parpadeó con insistencia y después se llevó una mano al hombro para comprobar que, efectivamente, no había ni rastro de dolor. Le dedicó a Magnus una mirada reprobatoria.
―Sabía que acabarías haciendo trampas.
―Sigues sin dejar pasar ni una ―se rió el brujo, besándole la sien izquierda.
Alec se dejó caer de lado sobre la almohada; Magnus le imitó, con la barbilla apoyada en una mano. La otra se paseaba indolente por la curva de la cintura de Alec, erizando la piel a su paso. Su mirada no obstante no se desenganchaba de su rostro, de aquellos ojos que reflejaban los suyos en una inmensidad azul.
Empezaron a reír al mismo tiempo, de un modo distendido que llenó la habitación de carcajadas que no obedecían a ningún fin.
―¿Qué? ―preguntó Alec con lagrimitas en los ojos.
―Tú también te estás riendo ―apuntó Magnus.
―Has empezado tú ―le acusó Alec, golpeándole un brazo en un fingido gesto reprobatorio.
―Mentiroso ―masculló el brujo.
Después suspiró y escondió parcialmente la sonrisa entre el anular y el meñique.
―Pienso en todo lo que me ha llevado aquí ―murmuró―. He visto cosas que escapan incluso a tu imaginación, nefilim… Y aun así, al final de todos los senderos, está este sitio. Estás tú. ¿No te parece increíble?
Alec se removió inquieto en la misma posición. Su rostro quedó semi-oculto por la almohada.
―No suelo pensar tan a lo grande ―admitió.
―Deberías hacerlo de vez en cuando ―opinó Magnus―. Creo que cada uno construye su destino, pero también que hay sucesos inevitables. Y yo estaba destinado a conocerte tarde o temprano.
Eran palabras hermosas, pero Alec no confiaba tanto en su suerte. Los nefilim no solían hacerlo, con la muerte como constante en sus vidas.
Se le cerró la garganta al recordar lo que había visto en la última cacería, los cadáveres colgando sin vida de arneses para que un brujo sin moral utilizara sus muertes para obtener un secreto.
Él podría haber sido uno de aquellos macabros trofeos. Un caído más en el cumplimiento del deber. Tal vez lo fuera algún día no muy lejano, desangrado por algún vampiro o devorado por un hombre lobo atenazado por el hambre. La muerte podía tocarlos a todos sin previo aviso, fueran o no hijos del Ángel.
Vio por el rabillo del ojo que Magnus se inclinaba para apagar la única vela que aún ardía en la habitación, y sus reflejos actuaron por él.
―Espera ―dijo, apresándole la muñeca.
La idea de apagar la luz y sumirse en el silencio de pronto le parecía aterradora.
―¿Estás bien? ―sugirió Magnus, preocupado.
Alec tragó saliva imperceptiblemente antes de contestar, sabiendo que había perdido la batalla.
―No… ―admitió.
Cualquier otro hubiera insistido, preguntando, indagando en la razón de su cambio de actitud. Pero Magnus lo supo sin tener que preguntarlo, con solo notar la curva de sus cejas y el estremecimiento leve de sus manos.
―La dejaré encendida, en ése caso ―murmuró, reacomodándose.
Alec se relajó solo en parte, notando el frío cuchillazo de la culpabilidad. Aquella noche estaba siendo perfecta y su debilidad había tenido que aparecer para ensombrecerla. Cerró los ojos con resignación, intentando controlar unas emociones desbordadas que le volvían peligrosamente débil.
Notó el pecho desnudo de Magnus pegarse al suyo, piel contra piel, y sin embargo no le importó. Le daba seguridad, como si su simple contacto pudiera borrar el recuerdo de los horrores que había visto y que aún conseguían que una parte de él se estremeciera como un niño asustado. Cerró los ojos; las lágrimas contenidas le quemaron dentro de los párpados, pero sabía que no duraría mucho.
Nunca había caído en la cuenta de lo psicológicamente destrozado que quedaba al volver de las cacerías. Claro que siempre había tenido pesadillas horrendas después de acabar con demonios especialmente sanguinarios, y en ocasiones había llegado a perder el apetito durante días… pero la solución siempre había sido callar, fingir que todo estaba bien y encogerse entre las mantas para que nadie le oyera despertarse llorando y gimoteando de un sueño horripilantemente vívido.
Por primera vez alguien le esperaba al regresar, alguien que no estaba atado a aquel destino asumido por los cazadores de sombras de poder no volver a ver el hogar. Todos ellos sabían que morirían algún día entre las garras de alguna criatura malévola y lo aceptaban, pero Magnus era ajeno a eso, inamovible. Un punto constante en su vida. Y la idea de morir y abandonarle era absolutamente insoportable.
Por eso cuando regresaba de semanas de ver víctimas semidevoradas, arrastrarse por el lodo y cazar criaturas surgidas de lo más profundo del averno, se plantaba tembloroso y frágil ante la puerta de la habitación de Magnus y se dejaba caer entre sus brazos siempre abiertos. Se desnudaba por unas horas del orgullo y la compostura y permitía que el brujo le arropara entre las sábanas y se tendiera a su lado. Los brazos de Magnus se cerraban a su alrededor, cálidos y definitivamente reales, manteniéndole armado como las piezas de una armadura hueca. El brujo susurraba palabras hermosas en su oído, y le aseguraba mil y una veces que todo estaba bien hasta que la calma se adueñaba de él. Su tacto, su calor, eran como bálsamos que le recomponían mientras estuviera cerca, y Magnus besaba y acariciaba hasta que su alma ya no estaba quebrada.
El brujo apretó más el agarre que ejercía sobre su espalda, como si le protegiera de cualquier mal que fuera a acosarle. Por la mañana Alec volvería a ser un chico cargado de malos recuerdos, un cazador que mataba porque había nacido para ello; pero entre sus brazos, ajeno al resto del mundo, se sentía totalmente feliz.
La primera nevada del año se derramó sobre Idris a finales de diciembre. Los riscos que rodeaban el valle llevaban semanas cubiertos de blanco, pero la caída de los primeros copos grandes y pesados en plena ciudad era un acontecimiento que nadie pasó por alto.
Aquella mañana los niños de nefilim y subterráneos salieron a jugar sobre la densa capa de nieve que les llegaba hasta las rodillas. Sus risas fueron lo que despertaron a Magnus, que se asomó a su ventana con una sonrisa torcida en el gesto. Detestaba a los niños, pero ver cómo cachorros de nefilim y hombres lobo se confundían en la blancura virgen era una estampa encantadora.
Aquella época en concreto era muy esperada en Puerto de Plata, aunque desconocía si se celebraba del mismo modo en Idris. En la ciudad erigida junto al mar era costumbre ofrecer regalos a los seres más queridos. Él no había tenido a nadie, salvo Camille y por una corta época, para poner en práctica la tradición, pero en aquel momento le apetecía especialmente. La idea de ver el rostro de Alec iluminarse al recibir un presente le hacía sonreír.
Cualquier cosa que quisiera podía obtenerse con los contactos adecuados… el problema era qué. ¿Qué se le regala a un cazador de sombras? No estaba seguro de que Alec saltara de alegría si le obsequiaba con alguna arma de destrucción masiva… y mucho menos cualquier tipo de ropa llamativa que rompiera su monotonía de negro y más negro.
Mientras caminaba con aire ausente por el palacio vio a la hija de los Lightwood descender unas escaleras sobre sus habituales tacones titánicos, aunque en aquella ocasión vestía un largo abrigo de pelo negro que cubría su normalmente expuesta anatomía. Encontrarse con Isabelle siempre suponía una curiosa sensación en su cabeza, porque sus rasgos eran tan parecidos a los de Alec que la situación resultaba extraña.
Ella le vio, sonrió con aquellos labios que cualquier mujer envidiaría, y se acercó a él.
―¿Caminas conmigo, Magnus? ―propuso―. Hace un día estupendo para dar un paseo.
Él, como buen caballero, inclinó la cabeza con cortesía y le tendió el brazo que ella aceptó.
En realidad no llegaron a salir del palacio. Las plantas inferiores de la fortaleza gozaban de aquel recorrido franqueado de columnas que se abría a la perspectiva de Idris, así que mucha gente las utilizaba para sus paseos diarios, especialmente en los días más fríos.
Isabelle no había dicho nada desde que le había sugerido el paseo, pero sonreía ampliamente y caminaba con aplomo. Alec, en alguno de sus arranques de sinceridad, le había hablado de la afición de su hermana por buscar conquistas entre los subterráneos, algo que ponía bastante en tensión a sus padres. Maryse podía estar de acuerdo con que los subterráneos gozaran de los mismos derechos que los nefilim, pero otra cosa muy distinta era permitir que su hija saliera con uno. Además, Isabelle no se fijaba tanto en los nobles como en aquellos que habitaban en los barrios bajos, lejos de los ojos de sus padres y la corte.
No estaba seguro de cómo debía reaccionar si la muchacha mostraba señales de querer más que un paseo de su persona. Desaparecer en medio de una voluta de humo no era la opción más elegante, pero sí la única que se le ocurría.
―Te noto inusualmente preocupado ―comentó de pronto Isabelle, interrumpiendo sus quebraderos de cabeza―. Y tu silencio resulta inquietante.
―Mi locuacidad no es continua; de ser así me quedaría sin saliva ―apostilló el brujo para salir del paso―. No voy a negar que resulta como mínimo peculiar que una chica como tú decida pasar una mañana idílica paseando con alguien que le da la misma conversación que un muro sólido.
Isabelle se detuvo con aquella elegancia felina que la caracterizaba, una sonrisa condescendiente curvando sus labios pintados de carmín. Miró brevemente alrededor para cerciorarse de que estaban solos en el pasillo antes de hablar.
―En realidad quería hablar sobre Alec ―admitió.
El brujo se tensó como una vara. Ugh, tenía un mal presentimiento. Pero Isabelle superó sus temores y expectativas.
―¿Cuánto lleváis saliendo? ―sugirió la chica, retirándose parte de la melena del hombro izquierdo―. ¿Dos meses? ¿Tres?
Magnus sintió cómo se le cortaba la respiración y sus ojos se agrandaron, aunque se esforzó en mantener la compostura. Isabelle había sonado lo bastante resoluta como para saber que fingir ignorancia no le llevaría a ninguna parte.
―¿Te lo ha dicho él? ―quiso saber, incrédulo, tratando de disimular su turbación.
―¿Alec? Ja-ja ―se burló Isabelle con ironía―. Ni tirándole de la lengua con unas tenazas al rojo vivo confesaría algo como eso. No, no me ha dicho nada, pero tengo ojos en la cara, y gracias al Ángel son superdesarrollados ―puntualizó, mordaz―. He visto cómo te mira, cómo se comporta cuando estás en la misma habitación que él. Le conozco bien: es transparente para mí y es obvio que se le ilumina la cara cuando te ve aparecer. Está perdidamente enamorado de ti, Magnus Bane.
Una vez más, Magnus no supo qué decir. No solamente por la naturalidad de Isabelle, sino por su afirmación rotuna.
"Está perdidamente enamorado de ti, Magnus Bane"
―Lo cual sinceramente me preocupa ―confesó la chica―. Alec puede fingir ser fuerte, pero es vulnerable y muy fácil de herir. Aunque quiera aparentar que soporta todo lo que le echen encima, basta una palabra en mal momento para hundirle.
―Sé todo eso ―la cortó Magnus―. Yo nunca le haría daño.
―Sobre eso… ―murmuró la chica con voz sospechosamente suave y calmada.
Magnus solo tuvo tiempo de ver algo dorado destellar por el rabillo del ojo antes de sentirlo presionar en la base de su cuello. El látigo de Isabelle desprendía un calor casi corrosivo contra su barbilla.
―Te juro que si esto es un juego yo misma impediré que sigas "conquistando" a jovencitos desprevenidos por ahí ―siseó masticando las palabras―. No sé si te ha quedado claro.
―Cristalino ―repuso el brujo, tentado de tragar saliva―. Ahora haz el favor de apartar eso de mí.
Isabelle le acuchilló con la mirada unos instantes más, pero después apartó el látigo que se enrolló obediente en su antebrazo cubierto de pieles. Acto seguido se bajó la manga para cubrir el artilugio, tal vez un intento de parecer de nuevo desarmada.
―Alec siempre ha captado la atención de otros hombres ―admitió la chica con el ceño aún fruncido―. Debe ser algo en su aspecto o en el modo que tiene de hacerse el responsable… No lo sé, pero es como una especie de imán para los que comparten sus inclinaciones.
―Nunca me ha hablado de eso ―apuntó Magnus, molesto.
―Naturalmente ―corroboró Isabelle―: me he encargado yo misma de despachar a los más molestos antes de que él mismo pudiera notarlos. No quiero que nadie le haga sufrir. Comprenderás que quiera asegurarme de que no eres únicamente uno más en dicha lista de indeseables.
Je. Aquello no le había resultado ajeno a Magnus pero verlo con sus propios ojos era extrañamente satisfactorio. Alec podía velar por sus hermanos en el campo de batalla, pero eran ellos los que le protegían a él con dientes y garras cuando soltaban las armas.
―Admito que la primera vez que le vi no pretendía ir en serio con él ―confesó, intentando sonar serio―. Me pareció un blanco fácil, un joven inocente que estaba pidiendo a gritos que alguien le enseñara un poco de diversión…
Tuvo la sensación de que Isabelle iba a morderle como siguiera por aquel camino.
―Pero ahora es muy distinto ―prosiguió―. Lo ha sido desde el principio aunque yo no lo supiera. Y la segunda, la tercera vez que me encontré con él… ya empezaba a intuirlo.
―Todos los hombres sabéis decir palabras bonitas, Magnus ―puntualizó Isabelle sin dejarse amilanar―. Y por desgracia a menudo os sirven para llevaros a chicos y chicas ingenuos a la cama.
―Si hubiera querido simplemente llevarme a alguien a la cama no hubiera ido a por tu hermano, eso te lo garantizo ―murmuró Magnus. Empezaba molestarle que cuestionaran sus intenciones―. Nadie se parte la crisma por algo que puede conseguir más fácilmente.
Se metió las manos en los bolsillos. Era un gesto que a menudo le acompañaba cuando iba a decir algo importante, aunque no había logrado quitarse jamás el maldito tic.
―Alec no es el tipo de persona del que alguien quiere separarse una vez le ha conocido ―murmuró, casi en un susurro―. Siempre se pone a retorcer cosas con las manos cuando está nervioso. Enrojece del todo, hasta las orejas, cuando está avergonzado. Y cuando sonríe… se le forma un hoyuelo en la comisura izquierda ―murmuró, sonriendo para sí con la mirada soñadora.
Inevitablemente todos aquellos gentos se presentaron en la mente de Isabelle. Los veía en Alec, en aquellas pequeñas cosas que le definían en su abanico de perfectas imperfecciones. Que Magnus los notara y atesorara debía significar algo.
―Cuando estoy con él, siento como si volviera a ser joven e inexperto ―confesó Magnus. La voz le temblaba de emoción sin que pudiera ni quisiera evitarlo―. Me palpita el corazón como si fuera a salírseme del pecho ―hizo una pausa breve, intentando condensar en palabras lo que quería decir―. No debes preocuparte, Isabelle: es él el que me tiene atrapado a mí y no al revés.
La chica no replicó, como si creyera que añadir algo más empañaría la grandeza de aquellas palabras. Los ojos le brillaban, enormes y muy negros, mientras le empatía iba adueñándose de sus rasgos. Por alguna razón, provocar aquella reacción en Isabelle consiguió que Magnus se sintiera incómodo.
―Dices que le conoces, que es tu hermano y bla, bla, bla ―apostilló el brujo, poniendo los ojos en blanco―. Pero sé sincera, ¿cuál ha sido la evidencia definitiva? Lo digo por no resultar tan obvio en un futuro próximo y acabar con un Alec histérico.
―Su súbito interés en cambiar de tema cuando le pregunto por los moratones del cuello, por ejemplo ―apuntó Isabelle―. Un consejo: para la próxima intenta hacérselos donde no se vean. Quizá sea un detalle sin importancia del lugar del que vienes, pero aquí la gente tiene por costumbre hablar y preguntar. Y mucho.
―Tomo nota ―masculló Magnus, fastidiado porque una adolescente tuviera que puntualizarle algo tan obvio.
Isabelle parecía por fin satisfecha, como si se hubiera quitado un gran peso de los hombros. Al menos su sonrisa no ocultaba instintos maternales asesinos.
―Bueno, ¿ya lo habéis hecho? ―preguntó sin el menor pudor.
Magnus estuvo tentado de reír a carcajadas. La idea en sí resultaba amarga y a la vez cómica.
―Alec se desmayaría si llegara a proponérselo tan pronto… o peor, me golpearía ―eso le parecía más probable―. No quiero estropearlo.
Ante aquella última puntualización los labios de Isabelle se curvaron en una sonrisa genuina que resultaba casi dulce.
―Vaya… Alec es muy afortunado ―opinó.
Magnus no contestó, suficientemente satisfecho con haberse ganado a la hermana problemática de su novio. Era más de lo que había podido esperar. Iba a marcharse, pero en su lugar giró ágilmente sobre sus talones y se frotó la nuca con insistencia.
―Por curiosidad… ¿Alguna recomendación sobre un hipotético regalo para tu excesivamente complicado hermano?
Isabelle torció los labios a un lado, pensativa, haciendo que aflorara en su labio izquierdo el mismo hoyuelo que en la cara de su hermano.
―Consíguele algo dulce ―propuso―. Le conozco como si fuera mi hijo y te garantizo que las cosas dulces le vuelven loco.
A la mente de Magnus acudió la imagen del rostro de Alec, los ojos azules iluminándose al poner frente a sus ojos un postre especialmente apetitoso. De pronto se murió por besar de nuevo aquellas mejillas de pómulos altos.
―Solo una cosa ―dijo Isabelle, interrumpiendo sus ensoñaciones―: ¿debería empezar a llamarte "cuñado"?
―Será mejor que no lo hagas ―opinó Magnus con el ceño fruncido.
Incluso para él aquello hubiera sido demasiado.
Clary troceó con notable aburrimiento el calabacín de su plato. Miró derredor, buscando con los ojos a alguien con quien entablar conversación, pero todos tenían ya alguien con quien hablar. Agachó la cabeza, suspirando dentro de aquel corsé que aborrecía.
Simon volvía a estar enfermo. En realidad prácticamente no le había visto después del incidente con el hombre lobo, y en parte era también su culpa. Había empezado a entrenar con Isabelle semanas atrás, partiendo de un adiestramiento básico con armas arrojadizas, y el entusiasmo de tales conocimientos le quitaba mucho tiempo libre.
Se había sentido culpable tras varios días de ausencia del muchacho en su vida. Cuando había preguntado a Amatis al respecto, le había confirmado que el chico tenía fiebre y no quería verla por miedo a contagiarla. De eso hacía ya más de dos semanas. Como nefilim tenía un organismo más resistente que la media y desconocía cuánto tardaba un humano corriente en curarse de las enfermedades más comunes, así que supuso que no debía preocuparse demasiado.
La única preocupación real era lo mucho que lo echaba de menos.
Apartó los ojos de la conversación, inaudible para ella, que mantenían su madre y Lucian Graymark y miró a su padre. Valentine no le había dirigido la palabra en toda la cena. De hecho llevaba días más serio de la habitual, aunque Clary lo achacó a la presión del puesto que ocupaba. Aquella noche parecía especialmente irascible, como un volcán a punto de estallar.
Por desgracia para ella, eligió una mala técnica para intentar reducir la tensión.
―¿Por qué parece como si hubieras recibido la peor noticia del universo? ―le preguntó con una leve carcajada.
Esperaba que él le sonriera de vuelta, acariciándole la cabeza con cariño tal vez. La reacción que vino la tomó totalmente desprevenida: Valentine apretó con tanta fuerza la copa de vino entre los dedos que bien podría haberla hecho estallar.
―Porque mi hija ha elegido como amante a un mundano ―soltó de pronto.
Su voz sonó más fuerte de lo que probablemente pretendía.
O tal vez no.
El silencio en la sala se volvió absoluto. Ni un solo murmullo circulaba entre los comensales, aunque varios cientos de personas estaban presentes. Naturalmente, un exabrupto del rey llamaba la atención de cualquiera.
Clary sentía como si alguien le hubiera atravesado el pecho y estrujado el corazón con la mano desnuda. Oteó rápidamente la sala para mirar a cualquiera que no fuera a su padre. Los hermanos Lightwood la observaban perplejos. Isabelle horrorizada, Alec ojiplático. La expresión de Jace sin embargo oscilaba más entre la compasión y la empatía.
La chica se volvió hacia su padre, viéndolo velado a causa de las lágrimas de rabia que le nublaban la vista. Oh, no le dolía que Valentine hubiera descubierto que estaba con Simon. Pero sí el veneno manifiesto en su voz y el hecho de que hubiera hecho partícipe a todo el mundo sin consultarle.
―¿Por qué has tenido que decirlo delante de todos? ―balbuceó.
―Es un escarmiento, Clarissa ―siseó Valentine sin mirarla directamente―. La vergüenza será suficiente para hacer que te replantees tu elección.
―No me avergüenzo en absoluto ―sentenció Clary, las lágrimas de rabia ardiéndole en los ojos―. No entiendo por qué debe ser una vergüenza en una nación que proclama ser la más tolerante del mundo. Si ser la princesa de este país implica estar por encima de todos y considerarlos inferiores, entonces no quiero serlo.
Entonces Valentine sí la miró, sus ojos tan oscuros como los de su primogénito. Aquellos ojos jamás la habían mirado así, y Clary sintió una amalgama imposible de decepción y culpabilidad en el pecho. No obstante, la rabia era más poderosa. Creía que el tiempo en el que su vida ya estaba decidida, su futuro matrimonio con el heredero de alguna familia influyente fijado, ya era historia.
Valentine acababa de echar por suelo aquella ilusión. Por supuesto que no, se dijo. Tonta. Iba a casarse con algún nefilim de una familia poderosa. Y Simon no era lo suficiente bueno ni por asomo a los ojos del rey.
―Vete a tu cuarto ―ordenó Valentine―. Ahora.
Aquello sí le resultó humillante: que su padre la mandara a la cama como una niña pequeña con una rabieta. Se puso en pie, asegurándose de hacer el mayor ruido posible con la silla, y salió del salón haciendo chocar con fuerza los tacones contra el suelo.
Agradeció que el corredor estuviera prácticamente vacío, la mayor parte de gente aún cenando. Las lágrimas vencieron al final la barrera de sus párpados y le quemaron en los pómulos. Se apresuró a retirarlas con el dorso de la mano mientras se detenía, insegura sobre aquellos tacones que odiaba.
¿Cómo se había enterado su padre? Solo había dos personas que sabían lo suyo con Simon: Isabelle y Jace Wayland. No imaginaba a la chica yendo ante Valentine para decirle que su hija mantenía una relación con un mundano, pero sí a aquel muchacho rubio que parecía tenérsela jurada.
Se lo iba a hacer pagar si era así. Ella debería habérselo dicho a sus padres cuando estuviera lista. Nadie tenía el derecho a tomar aquella decisión por ella.
―Hermana ―dijo una voz conocida a su espalda.
Clary levantó la cabeza bruscamente, y todo encajó como las piezas de un abominable rompecabezas. Sus ojos se agrandaron, incrédulos, mientras se daba la vuelta lentamente y miraba a Sebastian de pie a menos de dos metros de ella.
Aquella mirada le dijo más que cualquier confesión. La seriedad imposible y el orgullo de alguien que cree haber hecho lo correcto. Sintió un retortijón de hiel en el estómago.
Había olvidado quién más podía relacionar a Simon con ella: Sebastian. Su hermano, que había encontrado al muchacho en su habitación aquel día que parecía ya tan lejano.
―Tú se lo has contado… ―comprendió de pronto.
Él no lo negó, por supuesto. De hecho se encogió levemente de hombros sin variar la expresión de su cara.
―Es por tu bien, Clarissa ―repuso.
Sin siquiera tomarse dos segundos de reflexión, Clary lanzó la mano hacia adelante y la estrelló en la mejilla de su hermano. La bofetada hizo eco en el corredor, siendo audible para más gente de la que la chica hubiera querido.
Sebastian permaneció estático, con la mejilla vuelta donde seguramente afloraría la marca enrojecida de una mano pequeña. Clary apretó los dientes al tiempo que las lágrimas se hacían ver de nuevo en sus ojos verdes.
―¡No tenías ningún derecho! ―gritó. Ya no le importaba lo más mínimo quien pudiera o quisiera escucharles―. ¡Es mi vida, no la tuya! ¡Soy yo quien debe elegir lo que quiero o no quiero hacer…!
Lo siguiente que sintió fue una mano, fuerte como una tenaza, cerrarse sobre su muñeca y tirar violentamente de ella.
Clary emitió un quejido, porque el agarre de Sebastian era tan fuerte que bien podría haberle astillado los huesos de la articulación. Levantó la mirada, incapaz de ocultar su miedo. Sus ojos eran pozos negros de emociones deformadas, y de nuevo Clary sintió que el terror la embargaba teniendo a su propio hermano cerca.
―Ve con mucho cuidado, Clarissa ―siseó Sebastian―. No me hagas recordarte con quién estás hablando.
La chica se puso a temblar de los pies a la cabeza. La amenaza era lo suficiente obvia como para que la captara a la primera. Ya no era capaz de reconocer al niño de cabello plateado con el que había crecido, cuyas sonrisas inundaban sus memorias.
Sebastian la soltó al cabo de unos segundos, dejando un círculo enrojecido alrededor de su muñeca. Giró sobre sus talones sin mirarla y volvió al salón, cerrando la puerta lentamente como si no hubiera sucedido nada.
Clary siguió mirando con un rictus de terror el punto en el que su hermano había desaparecido. Tuvo que luchar contra sí misma para que las rodillas no le fallaran y le dejaran caer allí mismo sin demasiadas ceremonias.
Qué idiota había sido al creer que todo empezaba a ir bien para ella.
El auténtico infierno empezaba ahora.
