Nota (de un autor arrepentido): Bueno, que puedo decir cuando cualquier excusa se queda corta. Supongo que la mayoría de vosotros no esperabais ya que actualizase. Os confieso una cosa, yo tampoco.
Escribir este fanfic está siendo una de las tareas más agotadoras que he hecho en mi vida. Y sin embargo, tengo que reconocer que sin duda es gratificante. Todos los meses que he estado sin actualizar, me encontraba muchas veces con mono de escribir, de plasmar mis ideas en papel; pues me encanta que las leáis. Y sin embargo, por una cosa o por otra siempre acababa dejándolo estar; sobre todo por no tener que daros esta explicación que os estoy dando ahora.
He de decir que lo que me ha decidido a ponerme de nuevo en marcha han sido vuestros comentarios, especialmente los que me han llegado en este periodo de inactividad; ya que mucha gente nueva se ha animado a comentar al ver que no actualizaba.
Me encanta que os guste la historia, y por esa razón voy a continuar. Pero quiero deciros una cosa, porque si no lo hago creo que no seré capaz de terminar la historia. Cada capítulo de estos, tiene detrás de sí unas quince horas de trabajo (y hablo sólo de tiempo de escritura y repaso). Le dedico mi tiempo muy a gusto, esperando que quede lo mejor posible para vosotros, y todo lo que pido a cambio es que vosotros dediquéis tres minutos para comentar, aunque sea negativamente (lo podéis hacer de forma anónima). No esperéis a que esté un mes sin actualizar para comentar, porque entonces perdemos el hilo de la historia, yo y vosotros.
A los que ya comentaban cada semana, daros las gracias, y pediros perdón. Si me dais una segunda oportunidad, y continuáis leyendo y comentando, prometo no defraudaros de nuevo.
Sin más, os dejo con el capítulo, aunque como es continuación del anterior, os recomiendo que releáis antes aquel si no lo recordáis bien.
CAPITULO 12: Pillados (Si no has leído la nota, no continúes ¬¬)
La vida como retrato era, de largo, una vida mucho más aburrida que la de fantasma. Aún más, cuando se había disfrutado en vida de la notoriedad y la fama de la que había gozado Dilys Derwent en sus días.
Dilys era consciente de que su verdadero yo se encontraba en realidad 'al otro lado', disfrutando de una eternidad de paz y descanso muy lejos de allí. Sin embargo, lejos de aliviar su malestar, este hecho no hacía sino aumentar su desazón por haber sido abandonada en aquel mundo plano e insípido.
Hacía más de tres siglos, Dilys había sido una de las brujas más prometedoras de su generación. Durante muchos años, había sido directora del Hospital san Mungo de Enfermedades y Heridas Mágicas, y sólo había dejado este puesto cuando le habían ofrecido hacerse cargo de la dirección del Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería, un cargo que, algunos consideraban, rivalizaba en importancia con el de Ministro de Magia. Tres siglos después sin embargo, Dilys se veía confinada a los límites de su retrato y unos pocos más que tenía permitido visitar; obligada a ver pasar por delante suyo a gente que mucho tiempo atrás la había olvidado y que ni siquiera le echaba un rápido vistazo.
Pero sin duda lo que peor llevaba Dilys, era la llamada Ley de Cooperación de Retratos. Por ley, el destruir cualquier retrato de un personaje público constituía un delito castigado con una multa de una cuantía considerable; sin embargo, nada impedía que dicho retrato acabase pudriéndose en un mugriento almacén sin volver a ver nunca más la luz del sol, si éste se negaba a cooperar.
La situación era aún peor en casos como el de Dilys, que en vida no había tenido que responder nunca ante nadie y que al tener dos retratos, ahora se veía obligada a rendir cuentas tanto frente a la directora de Hogwarts, como frente al de san Mungo, al que encima consideraba un cretino. Por esta razón, cuando Dilys descubrió a tres muchachos andando a hurtadillas por el hospital, decidió investigar un poco más antes de informar. Había además algo en uno de los muchachos que la había intrigado. Sin decir nada, siguió a los muchachos en silencio, prestando especial atención al chico de alborotado cabello negro.
Albus, ocupado como había estado en sus pensamientos el día de su primera visita al hospital, no recordaba qué camino había tomado para llegar a la habitación de su tío. Así, tras su enfrentamiento con Marcus Belby, él, Anne y Scorpius deambularon por los pasillos del hospital tratando de hallar alguna indicación que les ayudase a encontrar el camino; muy conscientes de que el tiempo jugaba en su contra.
Albus estaba a punto de darse por vencido, a punto de decirle a sus amigos que sería mejor que volviesen, cuando la voz de una mujer les dejó a todos parados en el sitio conteniendo la respiración.
-Podríais decirme que es lo que buscáis con tanta insistencia –dijo con tono neutro- Tal vez yo podría ayudaros.
Albus miró alrededor suyo, tratando de localizar de dónde había venido la voz, pero no parecía haber nadie a la vista. Fue Anne la que le indicó con el dedo que mirase a la pared, donde en un cuadro una anciana bruja con tirabuzones plateados en el pelo les observaba, inafectada al parecer por los hechizos antidetección que los alumnos estaban empleando.
-No hacemos nada malo –se disculpó aprisa Albus, intentando convencer a la bruja de que no los delatase.
-Excusatio non petita, accusatio manifesta –respondió crípticamente la anciana, con media sonrisa en la cara.
-¿Eso es un conjuro, o es que no habla usted inglés? –preguntó tontamente Scorpius.
-Es una frase hecha, pequeño inepto –le contestó la bruja sorprendida- Desde luego… los jóvenes de hoy en día cada vez sabéis menos –añadió lanzándoles uno a uno una mirada ofendida. Al llegar a Albus, sin embargo, cambió su expresión por una de afable cordialidad.
-Es increíble. Tú en Slytherin, me pregunto en qué estaba pensando ese viejo sombrero andrajoso cuando te seleccionó –comentó la anciana como si conociese a Albus de toda la vida.
-Bueno, en parte yo se lo pedí –admitió Albus- Además, yo no soy mi padre –añadió con un tono que retaba a cualquiera que se atreviese a negarlo.
-¿Tu padre dices, chico? –preguntó confundida la bruja.
-Eh… claro, Harry Potter –explicó Albus igual de confundido.
-¡Oh! ¿Es que eres el hijo de Potter? –preguntó sorprendida la anciana- Muy interesante, ya lo creo, muy interesante –comentó más para sí misma que para los chicos- Pero yo en realidad lo decía por… -comenzó la bruja. Sin embargo, fuera lo que fuese lo que iba a decir, decidió dejar la frase sin terminar tras lanzar una mirada de desconfianza a Scorpius y a Anne. Después, cambiando de tema, les preguntó- En cualquier caso, ¿qué es lo que hacéis por aquí a estas horas?
-Verá señora –comenzó a explicarse Anne en un tono que, Albus sabía, era de fingida inocencia- hemos venido a ver al tío de Albus, Ronald Weasley. Fue atacado el otro día.
-Oh, pobre cielo –dijo mirando a Albus con sincera compasión- La habitación de tu tío es la 427. Por ese pasillo un poco más adelante hay unas escaleras que suben al piso cuarto–señaló con el dedo.
-Muchas gracias, señora… -dudó Albus.
-¡Oh, qué cabeza la mía! –exclamó la anciana- Mi nombre es Dilys Derwent. Ha sido un placer conoceros a los tres, aunque haya sido en circunstancias tan funestas. Curioso que cada vez que conozco a un Potter, es porque un Weasley ha sido atacado.
-Un placer conocerla a usted también, señora Derwent –respondieron Albus, Anne y Scorpius a coro, sin entender este último comentario. Los tres, se volvieron para marcharse hacia donde la anciana les había indicado. La señora Derwent, sin embargo, le dirigió unas últimas palabras a Albus- Joven Potter, querido, que sepas que eres bienvenido a hacerme una visita en mi retrato del despacho de la directora McGonagall cuando lo desees.
Y sin que mediase palabra alguna más, Dilys Derwent caminó hasta el borde del lienzo y desapareció por detrás del marco. Albus, aún tardó unos segundos más en reaccionar. Sin duda pensaría mucho sobre esa conversación a lo largo de la semana, pero ahora no era el momento ni el lugar. Con un gesto de Albus, él y sus amigos siguieron su camino.
Para cuando llegaron a la habitación 427, Albus sabía que no les quedaba demasiado tiempo. Debían de ser alrededor de las tres de la mañana, e iban a necesitar tiempo para volver sin ser vistos hasta la Sala Común de Slytherin. Aún así, una vez allí no tenía sentido marcharse sin ver a su tío, por lo que el joven se acercó a la puerta y, tras dudar unos segundos, la abrió tratando de hacer el menor ruido posible. Tomando aire, Albus entró silenciosamente en la habitación, mientras que Anne y Scorpius, decidieron darle a su amigo un poco de privacidad y se quedaron fuera montando guardia.
Nada podría haber preparado a Albus para lo que se encontró en aquella habitación. La tenue luz que entraba proveniente del pasillo a través de la puerta por la que acababa de entrar el chico, era suficiente para que éste, llevando como llevaba las gafas de Dugbog, pudiese ver en la estancia como si fuese de día.
Justo en frente suyo, reposando la cabeza sobre una estrecha cama donde descansaba un hombre que Albus no reconoció, se hallaba su tía Hermione. En su cara quedaban rastros de haber estado llorando hacía muy poco, hasta que había caído rendida ante el cansancio, y entre sus manos sostenía con sumo cuidado una de las del enfermo que yacía en la cama.
Fue entonces cuando Albus se dio cuenta de quién debía ser el otro hombre. Acercándose, pudo distinguir los destellos rojizos en el cabello de su tío; pero nada más en aquella decrépita figura recordaba al hombre otrora sano y alegre que él conocía.
Tapado como estaba por las mantas, la cara era todo lo que Albus podía ver de su tío. Sin embargo, sólo ésta fue ya más que suficiente para hacerle desear al muchacho salir corriendo. Al ver la expresión de dolor y miedo en los ojos de su tío, y las grandes heridas que antes habían sido su nariz y sus orejas, sin poderlo evitar, Albus vomitó a un lado de la cama. Y entonces, aunque tan sólo duró un momento, experimentó una punzada de odio hacia su padre. Lo odió por haber permitido que eso sucediera, y sobre todo por haberles mentido, por haberles dicho a él y a sus primos que todo iba a estar bien, que su tío iba a recuperarse sin problemas.
Sabiendo que andaban cortos de tiempo, y que ya había hecho lo que había venido a hacer, Albus se volvió para marcharse, casi deseando no haber entrado allí en primer lugar. Sin embargo, cuando ya estaba en el marco de la puerta, al echar la vista atrás, Albus vio un folio de papel que colgaba a los pies de la cama. Volviendo sobre sus pasos, y aún temblando de rabia, decidió ver qué es lo que decía el informe médico sobre su tío. Saltándose todo el galimatías médico, Albus fue a la parte importante, la parte donde decía qué es lo que tenía, y si iba a estar bien. Aún así, el chico apenas sí entendió la mitad de lo que leyó.
… El paciente se encuentra en estado de coma profundo, provocado por un fuerte traumatismo cráneo-encefálico. Además, el enfermo presenta signos de haber sido torturado con una variedad de hechizos de naturaleza desconocida; si bien parece plausible que, entre otros, fuesen empleadas tanto la maldición Cruciatus, como la Tortura Metamórfica. El estado del paciente no presenta mejoría, y no es posible pronosticar si recuperará la consciencia, ni tampoco si, en caso de hacerlo, será en pleno uso de sus facultades motoras y sensoriales…
Las lágrimas escapaban de sus ojos sin que Albus lo pudiese remediar, y sentía una presión asfixiante en el pecho. No había entendido la mayoría de las palabras técnicas que aparecían en el informe, y siendo como era alumno de primero, nunca había oído hablar de la maldición Cruciatus o de la Tortura Metamórfica; pero ahora ya sabía lo que se temía: que era posible, tal vez incluso probable, que su tío no se recuperase nunca de aquel ataque.
Sin querer mirar atrás, Albus echó a correr, con lágrimas aún cayéndole de los ojos, y salió de la habitación al pasillo donde lo esperaban sus amigos. Scorpius, al ver las lágrimas en el rostro de su amigo, corrió a su lado e hizo algo que días después no reconocería haber hecho. Abrazó a Albus, apoyándole la cabeza contra su hombro, y entonces sí, Albus rompió a llorar desconsoladamente.
Más de dos horas después de que llegara la carta de la sobrina de McGonagall, los chicos aún no habían regresado al colegio, y tanto Harry como la directora comenzaban a impacientarse. Harry no entendía por qué podrían haber querido salir del castillo a aquellas horas de la noche en el día de Navidad; y en realidad poco le importaba, estaba furioso.
Cierto era que él, a la edad de Albus, tampoco había sido un alumno ejemplar en el sentido convencional de la palabra; pero desde luego, nunca se le había ocurrido escaparse de los seguros terrenos del colegio en mitad de la noche.
Todavía rondaban estas ideas la cabeza de Harry, cuando en la chimenea un fuego verde intenso ardió iluminando la habitación. Él y McGonagall giraron la cabeza hacia allí, pero ninguno de los dos vio a nadie salir del fuego. Harry, entendiendo de inmediato lo que pasaba, dijo con voz severa:
-Albus Severus, quitaos ahora mismo esa Capa de Invisibilidad –su voz no dejaba duda de que estaba enfadado.
Por un momento nada pareció suceder, entonces, como salidos de la nada la cabeza y después el cuerpo de Albus se materializaron en el despacho. En el rostro del chico podían verse aún marcas de haber estado llorando, y a decir verdad parecía costarle trabajo incluso mantenerse de pie. Sólo esto logró calmar un poco los ánimos de su padre, que relajó ligeramente su expresión de enfado.
-Albus, hijo, ¿Qué ha pasado? –preguntó preocupado.
-¿Es que no están con usted el señor Malfoy y la señorita Zabini? –preguntó a su vez McGonagall con una sonrisa- Potter, parece que tenemos a nuestros ladrones –añadió triunfal mirando a Harry.
-Son niños, Minerva… -arguyó Harry, más preocupado en realidad por el motivo de las lágrimas de su hijo.
-Son Slytherins, Harry –adujo la directora.
-Minerva, ¿cómo iban unos alumnos de primero a romper los encantamientos con los que estaba protegido el armario? –razonó el padre de Albus. Después, volviéndose hacia este, le preguntó- Albus, ¿tú sabes dónde están Anne y Scorpius?
Albus dudó un momento, no queriendo delatar a sus amigos. Su padre, entendiendo bien el motivo de su reticencia le dijo con un tono amable, pero que no daba lugar a zafarse- No te esfuerces en protegerlos, Al. Sabemos que han usado la chimenea detrás de ti. Sólo queremos saber si iban o no contigo.
-Están aquí –contestó entonces el chico con la voz tomada, sin atreverse a mirar siquiera a su padre a la cara- No sabemos deshacer el Encantamiento Desilusionador.
Harry y McGonagall abrieron la boca sorprendidos. Fue sin embargo la directora, la que primero reaccionó y sacando su varita, barrió con ella toda la habitación sin hacer uso de una sola palabra. Al momento, tanto Anne como Scorpius se hicieron visibles.
-¿A quién habéis pedido ayuda para salir? –preguntó Harry sorprendido.
-A nadie –contestaron a la vez Anne y Scorpius, sin comprender el motivo de la pregunta. Albus sin embargo, ahora que tenía quien diese explicaciones por él, prefirió mantenerse en silencio, con la mirada fija en los pies de su padre.
-Algún alumno de un curso superior os ha tenido que ayudar con los Encantamientos Desilusionadores –acusó la directora mirándolos con severidad.
-Anne lleva todo el curso practicando –explicó Scorpius.
-No digáis tonterías. No hay manera de que un alumno de primero… -comenzó el padre de Albus. Pero tuvo que cerrar la boca, porque en ese momento Anne sacó su varita e hizo desaparecer de la vista de todos a Scorpius.
-¿Y bien, Potter? –intervino la profesora McGonagall asombrada- ¿sigues pensando que unos alumnos de primero son incapaces de hurgar en mi armario?
-Tranquila, Minerva. Estoy seguro de que tienen una explicación de por qué están fuera de la cama a estas horas –contestó Harry. Después volviéndose a los chicos, y mirándoles uno a uno, preguntó- ¿Y bien? ¿Quién me va a decir por qué razón habéis salido del castillo de madrugada?
Viendo que Albus seguía mirando al suelo, sin atreverse a mirar a su padre, fue Scorpius el que se animó a contestar.
-Verá, señor… -dudó Scorpius- Al estaba muy preocupado por su tío… así que, decidimos hacerle una visita al hospital san Mungo.
Con la boca abierta por la sorpresa, Harry miró a su hijo, comprendiendo ahora el motivo de sus lágrimas, así como que no pudiera ni mirarle a la cara. Volviéndose a la directora le preguntó:
-¿Me dejarías charlar un rato a solas con mi hijo, Minerva? Parece evidente que esta noche no vamos a resolver lo del robo, podemos hablar de ello mañana a primera hora –ofreció.
-Eh… sí, creo que será mejor que vaya a descansar un rato más –concedió la directora lanzando a Albus una mirada comprensiva. Después, mirando a Anne y a Scorpius con una mirada en nada parecida a la que acababa de dirigir a Albus, les dijo reprobatoriamente- Malfoy, Zabini, ustedes dos pueden irse también. Pero no piensen que me he olvidado de sus castigos. Recibirán noticias mías mañana mismo –les informó. Y tras despedirse de Harry con un "Hasta mañana, Potter", se marchó camino de su dormitorio. Anne y Scorpius no tardaron en irse ellos también, dejando solos a Albus, que hacía minutos que no abría la boca, y a su padre.
Varios minutos después de que Anne y Scorpius hubiesen abandonado el despacho de la directora, ni Albus ni Harry habían abierto aún la boca. El primero, seguía poniendo todo su empeño en mirar a cualquier lugar excepto a la cara de su padre; mientras que Harry observaba a su hijo evaluadoramente, tratando de encontrar las palabras más adecuadas con las que dirigirse a su hijo. No fue hasta que escuchó a lo lejos las campanadas del reloj de la torre dando las cuatro, cuando Harry, saliendo de su ensimismamiento, se dio cuenta de que no tenían toda la noche. Su hijo tenía aspecto de necesitar todo el descanso que pudiera obtener.
-No sabes lo que me recuerdas a mí con tu edad –dijo Harry mirando a su hijo con una mezcla de cariño y comprensión. La frase, pareció ser la acertada, pues al menos consiguió hacer que Albus por fin, se atreviese a mirar a su padre a la cara.
-¿Tu también te escapaste del castillo por la noche? –preguntó Albus sorprendido aunque sin que su asombro llegarse a reflejarse en su cara.
-Bueno… no –reconoció Harry, contento de por lo menos haber conseguido arrancarle a su hijo unas pocas palabras- Pero lo habría hecho sin dudarlo si hubiesen atacado a tu tío y no me hubiesen dejado verlo –explicó.
Albus volvió a permanecer en silencio, meditando las últimas palabras de su padre. Tras un rato, le hizo a su padre la pregunta que éste más temía. Una pregunta, que no podía responder.
-Papá –dijo, y a pesar de todos sus esfuerzos, no fue capaz de evitar que se le escapasen un par de lágrimas- ¿Quién hizo esto? ¿Quién podría querer hacerle eso al tío Ron?
-Para esa pregunta no tengo respuesta, hijo –contestó Harry con semblante triste- Pero no me cabe duda de que tuvo que ser alguien muy fuerte, quienquiera que fuera. Tu tío era… es –se corrigió- un mago asombrosamente bueno.
Nuevamente se hizo el silencio en la habitación. Pronto, sin embargo, fue roto por el padre de Albus, que estaba decidido a que su hijo descansase cuanto fuera posible.
-Creo que será mejor que te vayas a la cama, Albus. Necesitas descansar –le recomendó comprensivamente- Pero antes, tengo que hacerte una última pregunta… -dijo con un asomo de duda- ¿Vas a contarles a tu hermano y a tus primos lo que has visto esta noche?
Albus meditó la respuesta brevemente. Por un momento, se imaginó reuniéndoles a todos, y contándoles cómo había encontrado a su tío, todo lo que había leído en el informe; pero pronto se dio cuenta de que no sería capaz. Era mejor que no se enterasen, Rose y Victoire ya habían llorado suficiente.
-No, papá. No sabría como decírselo -explicó.
Harry asintió aprobadoramente. Después mirando a su hijo a los ojos le preguntó en lo que era casi una disculpa- Entonces, ¿entiendes por qué no os lo contamos tu tía y yo en primer lugar?
-Sí, papá –respondió Albus con sinceridad- Ha sido muy duro ver así al tío Ron.
-¿Preferirías no haberlo visto? –le preguntó su padre interesado.
Albus reflexionó unos segundos sobre la pregunta. Había sido horrible ver en ese estado a su tío, pero también la incertidumbre, el no saber qué le había pasado a su tío, habría sido difícil de soportar por más tiempo.
-Creo que no, papá –decidió finalmente Albus- Siempre es mejor saber.
-Eres mucho más sabio de lo que yo era a tu edad, hijo –dijo orgulloso el padre de Albus. Y por alguna razón desconocida para éste, dirigió la mirada hacia uno de los retratos que colgaban de los muros del despacho; el de un anciano con gafas de medialuna, rostro amable y, larga barba y cabellos plateados, que dormía ajeno a la conversación que tenía lugar delante suyo.
Nota: Bueno, deciros para los que lo estéis dudando, que el personaje de Dilys Derwent no es de mi invención; sino que aparece en LODF. Tampoco la Tortura Metamórfica la he inventado yo. A ésta hace mención Lockhart en LCS cuando petrifican a la Señora Norris.
No sé cuántos de los que me leíais antes os animareis a continuar leyéndome. Y además me da un poco de vergüenza responder a comentarios de hace meses, pero como prometí que todo review tendría contestación, pues paso ahora a responderos.
Muchas gracias a todos los que habéis comentado.
Alexander Malfoy Black: Tú, como siempre, comentando cada capítulo. No puedo sino darte las gracias, y esperar que puedas perdonarme. Preguntabas por el contenido de las memorias, todo se verá. Pero ya ves que Harry ha sido mucho más comprensivo de lo que esperabas. =P
Un saludo, y lo dicho, a ver si te vuelves a enganchar.
f-fate: Lector nuevo, siempre un placer ver que más gente se anima a leer. Espero que continúes leyendo, ya que comentabas que te estaba gustando mucho. Si no, culpa mía, y lo siento.
Un saludo a ti también, y gracias por tan buena crítica.
Ginnya Potter: Uno de los comentarios que más me ha animado a continuar. Aunque como he dicho, me gustaría que no hiciese falta que esté un mes sin escribir para que comentéis.
Aún así, muchas gracias por comentar, que más vale tarde que nunca, y decirte que espero que sigas leyendo y te siga gustando tanto.
Seamisai: Siempre un placer ver que me sigues leyendo, aunque no aguantes al Albus que estoy creando. XDD
Hacías muchas preguntas en tu comentario, ninguna de las cuales puedo responder, pero que aún así me gusta que se me hagan =P. Muchas gracias además por lo de las líneas horizontales, voy a intentarlo con éste capítulo a ver que tal.
Un saludo, y te digo lo mismo que a los demás, a ver si te animas a seguir leyendo.
