Bueno, ya sabéis: One Piece no me pertenece, es de un tal Eiichiro Oda; un genio, el tío.
¿DESTINO O ELECCIÓN?
CAPÍTULO 12. UN SUEÑO PINTADO
LO PRIMERO que vi al salir de la iglesia fue la escalera y dos grandes cubos de pintura blanca en la puerta de la escuela. Los pasé con cuidado a la clase y miré a mi alrededor. La verdad es que el panorama era desolador. Los años habían dejado profundas huellas y el techo recordaba constantemente que en Zuzumiko llueve con mucha frecuencia. Sobre todo, iba a ser muy difícil de ocultar la gotera de junto a la ventana.
Pero me propuse a mí misma que no me iba a desanimar. Empezaría en cuanto desayunara y pintaría la escuela, pasara lo que pasara. Después de todo, peor de lo que estaba no iba a quedar.
Ataviada con mis más viejos pantalones y una harapienta camisa, puse manos a la obra.
El primer paso fue como para desanimar a cualquiera. Introduce el cepillo en el cubo y, generosamente empapado, lo pasé enérgicamente por el techo.
¡Zas! Una lluvia de pintura blanca se abatió sin compasión sobre mi cara. Tonetti, el payaso que hacía las delicias de mi niñez, no tenía el rostro tan blanco.
Me lavé y volví a intentarlo. El resultado fue el mismo; menos mal que ahora había tenido la precaución de atarme un pañuelo a la cabeza.
Me senté desalentada en el lado en que había amontonado las sillas y pupitres y traté de recordar cómo lo hacía Morgan. Untaba y pintaba, untaba y pintaba... ¡Claro! Pero él lo hacía en una pared, no en el techo. Y volví a subir a la escalera, brocha en mano.
Aquella vez fuí menos generosa con la pintura y me las arreglé mejor. Descubrí que podía dar dos brochazos sin mojarme y que, si seguidamente daba una ligera sacudida a la brocha sobre el cubo, ya no chorreaba nada.
Al cabo de un par de horas vi con satisfacción que el techo azul estaba ya cubierto y que aunque ahora, todavía húmedo, se viera gris, al secarse blanquearía; y no me importaba nada las manos que tuviera que darle, ahora que ya conocía el sistema.
Las paredes fueron coser y cantar. Además, las manchas eran sólo roces o garabatos de lápiz, así que no se mostraban tan rebeldes como las goteras del techo.
Estaba satisfecha, sí, cuando cansada volví casa a comer.
-Robin y Vivi han venido a verte. Han dicho que volverán por la tarde -me dijo Kaya.
Pero por la tarde tampoco me encontraron. Hacía calor y, como había dejado abiertas las ventanas de la parte trasera de la escuela, la pintura se había secado y pude darle otra mano. Cuando terminé me froté las manos satisfecha. Aquello ya iba teniendo otro aspecto. Sólo aquella inoportuna gotera de junto a la ventana...
Me dediqué a ella de lleno. Le una, otra, otra, hasta seis capas de pintura blanca. Pero ella seguía allá, erre que erre, emergiendo amarillenta entre la nívea superficie de su alrededor.
La gotera y yo nos habíamos declarado la guerra. Yo estaba dispuesta a vencerla y ella a sobrevivir. Y además, yo ya no me conformaba con dejar la clase algo mejor de lo que estaba. Quería que mi escuela no tuviera un solo defecto.
Al fin, una mañana, no sé cómo mis ojos tropezaron con la hilera de pequeños botes de pintura que la tía Kokoro me había dado y tuve una idea luminosa. Y nunca mejor dicho eso de luminosa.
Tenía también una brocha pequeña que me había dado prestado Morgan. Abrí un bote de amarillo-anaranjado y, apretando los dientes con determinación, me encaré con la gotera.
Extendí pintura a placer y, después de un rato, bajé de la escalera para contemplar de lejos mi obra.
¡Había vencido!
Desde el blanco techo y cubriendo por completo la rebelde mancha, un sol amarillo-naranja me sonreía. Sus rayos luminosos se extendían por el techo y también bajaban un poco por la pared.
Quedé tan satisfecha del efecto que me dije a mí los mayores piropos y, enfebrecida por el éxito, decidí que tenía allí cuatro limpias paredes para iluminar.
Árboles, flores, mariposas, caracoles, patos... Todo tenía cabida en mi escuela. Lo que no sabía dibujar lo copiaba descaradamente de los libros de cuentos, agrandándolo con cuadrículas, y luego lo coloreaba haciendo uso de aquellos botes de pintura que la tía Kokoro me había dado por no tirarlos a la basura.
Sólo tenía una brocha, que lavaba en aguarrás cada vez que tenía que cambiar de color, y también usé para los trozos finos el pincelito de una tintura que la abuela se daba en un callo que tenía en el pie y otro que venía en el frasco del tinte para los zapatos. Con ellos pintaba las semillas de las flores, las antenas de las mariposas y me salían unos ojos muy aceptables.
Como ya he dicho antes, la clase me quedó preciosa. Ni en los primeros momentos de mi euforia como maestra pude soñar nunca que tendría una escuela tan bonita.
Decidí que un repaso a los marcos y contraventanas no le iría tampoco nada mal, porque, como siempre ocurre, ahora que el interior estaba tan bonito, las ventas parecían deslucidas.
La pintura verde me la proporcionó Iceberg, que acaba de pintar su carro y, afortunadamente, no me preguntó para qué la quería. Hubiera sido capaz de prohibirme renovar lo que así les legaron sus abuelos.
Tenía ya poco tiempo, así que empecé en seguida con ese nuevo trabajo, casi con prisa.
También aquello iba a salirme bien. El verde era de un bonito tono y sobre cada ventanillo pinté un corazón anaranjado, que hacía muy infantil y muy acogedor. Parecía como una casa de cuento. Lo malo es que el aguarrás se me había terminado y la brocha estaba un poco dura... ¡También era mala suerte, cuando faltaba tan poco para acabar...!
UN TRACTOR bajaba por la carretera. Ya se me había metido el sol y yo quería terminar de pintar el marco de aquella ventana, pero estaba algo cansada.
El tractor se detuvo junto a la cerca y alguien saltó de él. Lo conocí en seguida. El corazón comenzó a golpear alocadamente dentro de mí, pero seguí extendiendo la primera verde.
-Pero si ya no puedes ver nada -me dijo.
-Es verdad, pero quería terminar hoy esto.
Hacía más de dos meses que no lo veía. Estaba más moreno y me gustó que se quedara allí conmigo.
-¿No tienes una brocha mejor que ésa?
-No. Iba muy bien hasta que se me ha terminado el aguarrás. Como no he podido limpiarla bien, se ha endurecido.
Le miré. Era esa hora en que aún no ha anochecido del todo y todas las cosas se ven más bonitas, con una luz que no es precisamente la del sol, que parece que brota de nosotros mismos.
Cerré con fuerza el bote de pintura y recogí las cosas. Luffy lanzó una mirada al interior de la escuela.
-Pero... Pero, ¿ésa es la escuela? ¿La vieja escuela de Zuzumiko? ¿Cómo has podido hacer algo tan bonito?
Si esperaba con ilusión la llegada de los niños para ver el efector que les causaba todo, ahora tuve una doble alegría. Nunca, nunca me habían hecho un elogio que me diera mayor placer. El corazón me desbordaba de gozo, hubiera saltado y gritado de alegría, porque a él le gustaba mi escuela.
Y de pronto el hechizo se rompió. Luffy me miró muy serio.
-¿Por qué has tenido que venir a un sitio como este, donde nadie sabrá nunca apreciarte ni agradecerte todo esto?
-Yo creo que todos me quieren. En cuanto a lo demás... nunca he hecho nada para que me lo agradezcan. He trabajado estos días y he disfrutado haciéndolo. Sé que les gustará a los escolares, y esto es suficiente.
-Te creo, pero seguramente nadie más lo creerá. Todos esos padres, que debían haber pintado ellos mismos la escuela hace ya un montón de años, encontrarḉan perfectamente natural que lo hayas hecho tú. Incluso alguna pensará que, si lo has hecho, de alguna manera pensarás cobrarlo.
-¿Pero cómo puedes decir eso?
Estaba desolada.
-Porque lo sé. Porque a mí hace ya años que la vida empezó a arañarme... Mira -dijo de pronto señalando el camino de la iglesia. Buggy subía cansinamente junto a su carro cargado de heno. Lo seguían Nuin y Akari.
-Ahí tienes a uno de tus celosos padres. Te exigirá al máximo como maestra, pero no mandará a sus hijas a la escuela si las necesita para ayudar en la casa... ¿Cómo puede consentir que dos chiquillas trabajen como animales?
-Sólo tiene hijas... Y son pobres -dije dolida.
-¿Pobres? -repitió incrédulo.
¿Es que podía llamarse pobre a un hombre que poseía las tierras que veíamos frente a nosotros y que apenas podían abarcarse con la mirada? No tenía hijos varones, es verdad, pero eso que antes podía ser la desgracia para un labrador, ahora ya no lo era.
-Eso lo dices porque tú tienes una cosechadora y una sembradora -me atreví a decir. Sabía que sus modernas máquinas eran la envidia del pueblo.
-Sí, pero que todavía no he terminado de pagar. No se trata sólo de eso. Es esa especie de mezquindad que todos llevan dentro. ¿Quién se pone a pensar antes de sembrar si es aquello lo que necesita el mercado? El año pasado faltaron pimientos y el que los tenía los vendió muy caros. Este año todo el mundo ha puesto pimientos, y será mayor la oferta que la demanda. El fruto se perderá... ¿Qué les importa además que esta o aquella tierra no sea la adecuada? Y el campo que nos hubiera dado unas habas, un trigo o una avena excelentes, nos dará unos pobres pimientos. Pero claro, si el año pasado algunos se enriquecieron con ellos, este año tratan de enriquecerse todos.
-¿Y no hay alguna forma de llegar a un acuerdo entre todos, de planificar las cosechas, de no hacerse así la guerra unos a otros? -dije. Yo entendía muy poco de los problemas del campo y todo aquello era nuevo para mí.
-¿Planificar? ¿Quién se atrevería a hablar con los hombres de nuestro pueblo para hacerlo? "Si éste viene a decirnos lo que tenemos que sembrar, no será para salir él perdiendo" -dijo imitando a la perfección el hablar maliciosos de los viejos de Zuzumiko-. Hay personas que para ganar algo, siempre creen que ha de perder otro. Ganar todos, cooperando, les parece imposible; sobre todo si se hace desinteresadamente. También yo una vez tuve ilusiones. Soñé con la transformación de un pueblo. Con modernas máquinas con las que sembraríamos y recogeríamos todo entre todos, en una sola semana. Nadie me apoyó. Somos cuarenta y nueve familias y preferimos tener cuarenta y nueve viejas máquinas sembradoras, cuarenta y nueve segadoras, cuarenta y nueve trilladoras. ¿No es ridículo? Pero ellos dijeron: "Las tierras de Monkey son llanas. Seguro que quiere traer esas nuevas máquinas porque allí rendirán más. El será el más beneficiado. Nos quiere engañar a todos".
Lo comprendía. Me parecía que tenía razón. Yo quería a los zuzumikanos, pero sabía que eran así, tal como me los había pintado: egoístas, desconfiados, y me quedé triste. Hasta olvidé de momento mi flamante escuela.
-Cuánto lo siento -fue lo único que supe decir.
Nos quedamos un rato en silencio. Era ya completamente de noche y yo cerré la puerta de la clase. Luffy se fue hacia la carretera.
Llegué hasta él corriendo.
-Pero yo lucharé -le dije con una decisión que no sé si tenía en realidad-. Lucharé desde mi sitio. Todos esos chicos estudiarán y tendrán una cultura, y no serán tan cabezones como sus padres. Porque van a saber que la cabeza no sirve sólo para colgar la boina.
Me miró desde lo alto de su tractor.
-Si alguno de tus chicos estudia no será para quedarse aquí. Huirá del pueblo y su padre lo animará a ello, que para eso se ha sacrificado, no para que malgaste aquí su talento como lo estás haciendo tú. Aunque, seguramente, tú también te irás. Las chicas como tú no se entierran en sitios como éste. A todo lo más que llegan es a casarse con el médico, si es que es joven, y después de un par de años él recuerda de improviso aquella vocación hacia la cirugía plástica, que siempre tuvo, y se marchan a la cuidad para especializarse.
-¡No me iré! -protesté. Y después, llena de rabia, grité:- ¡Y las chicas como yo se casan con quien quieren! ¿Lo oyes? ¡Con quien quieren!
Y me quedé desolada en la puerta de la escuela más bonita del mundo, diciendo en voz baja:
-Y no me iré. No pienso irme.
DESPUES de esto pensé que ya no lo vería más. Pero me equivoqué, porque al día siguiente volvió.
Estaba pintando cuando oí el tractor, pero hice como que no lo veía. Mas él no debía de guardarme rencor, porque se bajó y saltó la cerca. Yo seguí sin moverme, afanosa en mi tarea, y ni siquiera me volví cuando vi que se acercaba.
Debía de estar muy cerca de mí, porque sentí aquel inconfundible aroma a hinojo que siempre llevaba consigo y que a mí me gustaba tanto. Los latidos de mi corazón casi debían de oírse, y a mí me hubiera gustado que aquel momento no se acabara nunca.
-¿No quieres probar con ésta? -me dijo de repente. Y me mostraba una brocha magnífica, nuevecita y flexible.
-¡Vaya! Es estupenda. Con ésta se puede bordear y todo.
Hasta pena me dio embadurnarla con la pintura de color verde manzana.
Me sentí sorprendida cuando vi que Luffy pegaba alrededor de todos los marcos y sobre el cristal una cinta engomada.
-Con esto puedes pintar con más libertad, sin miedo a manchar los cristales. Cuando la pintura esté seca, lo quitas.
-Pues tienes razón..., ya ves lo que es la ignorancia. Las otras ventanas me costará mucho limpiarlas. Oye, ¿tienes por casualidad en tu casa aguarrás?
-Sí. También te lo he traído.
Me quedé conmovida y más todavía cuando él, sin decirme una palabra, se puso a pintar a mi lado la otra hoja de la ventana. La escuela me parecía alegre, luminosa... Sentí la alegría de vivir, de estar allí en pleno campo, de respirar aquel aire tan puro, de ser joven...
-¿Desde cuándo eres así? -me preguntó de pronto. Llevábamos un rato grande en silencio.
-¿Así? ¿Cómo?
-Pues buena, generosa... ¿Se nace ya así o hay un momento en la vida que te transforma?
Me eché a reír. Era la primera vez en la vida que alguien me llamaba buena y me sorprendió que fuera él precisamente. Me sorprendió y me halagó un poco, no puedo negarlo.
Yo tenía en la escuela una cafetera y un hornillo de alcohol y a media mañana le ofrecí café. Aceptó y aquello me hizo muy feliz.
Nos sentamos a tomarlo en las escaleras de la escuela que daban al prado y aquel momento de intimidad me gustó. Muy cerca debía haber un pasto, porque se oía una armónica.
-¿Tú tocas algo? -le pregunté. Y es que Zuzumiko era el pueblo más melómano que he conocido. No había familia que no tuviera en su casa guitarra, acordeón o flauta. Hasta Usopp y Yasopp tocaban instrumentos que era una maravilla.
Me sorprendió que tardara tanto en contestar a una pregunta tan simple.
-Sí -dijo al fin.
-¿La guitarra?
Se había puesto serio. Terriblemente serio. ¿Por qué sería?
-No. El órgano.
Me quedé de una pieza. Aquello eran palabras mayores. Pero no me atreví a hacer ningún comentario. Se veía que no quería hablar de ello, porque se bebió de un trago el café, se bajó el sombrero dejando una sombra en su rostro y apoyó su espalda en la puerta sin decir palabra. Se me ocurrió, así de pronto, que me había tomado el pelo. ¡Mira que el órgano!
También yo bebí el café que me quedaba. Me hubiera gustado saber algo de él, pero me parecía poco discreto preguntarle qué era lo que había estudiado antes de volver al pueblo y mucho menos lo de la novia.
Debió de ser un caso de telepatía.
-¿Tienes novio?
-No. Y tú, ¿tienes novia? -después de todo, si él me lo había preguntado, también podía hacerlo yo. Dentro de mí sentía el corazón palpitar rápidamente por el hecho de que me preguntara si salía con alguien. Me sentía una idiota adolescente enamorada...
-Tampoco.
Y luego, como en un arranque de buen humor, añadió:
-La tuve. Pero me dejó por malo.
Me saltó la risa. Comprendo que no era lo más oportuno, pero es que yo soy el colmo. Nunca reacciono como debiera, y entonces tuve las ganas de reír, porque me había puesto muy contenta.
Pero a él no le importó, porque también se rió.
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Continuará...
Bueno hasta el capítulo, sé que os parece raro la actitud de Luffy, pero es que este es un Luffy diferente, en cierto modo sin meterme con él... está amargado. Pero tranquilos que no siempre durará, y que dentro de unos capítulos sabréis el por qué de su comportamiento, así que no estéis confusos porque todo tiene explicación en los siguientes capítulos ^^
Doy las gracias por sus reviews a: nami8221, Nico Ale, Iris Cid, Shironeko, ZoroRoronoaForever y Zu Robin Kato. Muchas por expresar sus opiniones ^^
Sin más, espero les haya gustado este escrito, ya saben, los reviews son gratis, siempre bienvenidos, pero sobre todo, me alegran mucho el día.
Nos leemos ^^
Fatima-swan
