XII. COLORES
Al día siguiente no fue a la oficina, se quedó en casa, en su cama, pensativo, confuso, y con casi una alcancía en la cabeza: producto del golpe que le dieron cuando lo robaron en esa calle solitaria. Con la espantosa sensación de que Camus, su Camus, se estaba liando con el que fue su amante.
Marcó a la oficina, más por tener algo que hacer no porque verdaderamente tuviera que hacerlo.
—¿Danielle?
—¡Milo! ¿Cómo te encuentras? —contestó ella, casi la podía ver cruzando y descruzando las piernas enfundadas en una minifalda y con su sonrisa zorra.
—Bien, de hecho mucho mejor… me preguntaba si tienes algo que hacer hoy —ya sabía que le iba a contestar que no, pero era preferible mantener la cortina de que cabía la duda.
—¿Hoy? Bueno, la verdad es que no tenía nada planeado.
—Bueno, si te parece podría pasar por ti y podemos ir a cenar o por una copa…
—Claro, entonces te veo más tarde.
Cuando colgó el teléfono, el griego tenía una sonrisa complacida, de autosuficiencia.
"Si él se divierte sin mí, yo me puedo divertir sin él" se dijo a sí mismo.
Y tal como lo había acordado fue por ella, la verdad es que no tenía idea de qué hablarle, nunca se había detenido a charlar más allá de tópicos de oficina, así que estaba torpe… pero daba lo mismo, ella quería algo más que una charla y él… quería ponerla a cuatro y…
La música estridente y las luces de colores lo mantenían en un estado de euforia constante, eso y lo mucho que había inhalado por la nariz, a su lado Danielle bailaba contoneándose, restregando su voluptuoso cuerpo contra él.
Cuando el nuevo teléfono sonó por sexta ocasión se decidió a contestar.
—¿En dónde estás? ¡Llevo todo el día marcándote! En la oficina dijeron que no habías ido, en tu casa nadie contesta…
—¡Vamos, Camus! No te pongas histérico, sólo quise salir un rato a divertirme —le dijo con malicia y riendo como idiota.
—Es miércoles ¿Estás de juerga entre semana? ¿Esta es tu manera de divertirte? ¿Salir e inhalar todo lo que esté a tu alcance? —espetó furioso el pelirrojo.
—¿A ti que más te da? —finalizó la llamada y se bebió de golpe el vaso que tenía en la mano.
Perdió la noción del tiempo, como siempre pasaba cuando estaba ebrio o drogado. Danielle se encontraba en el mismo estado que él, ahora ya sabía algo nuevo: que a ella también le gustaba pasarlo pipa.
Se metieron entre las callejuelas, fueron a dar a otro tugurio, uno donde según su asistente se podía conseguir droga de diseño a precios casi risibles.
El lugar estaba atestado, con gente de varios estilos.
Todo empezaba a parecerle borroso… turbio…
Por un instante le pareció ver a Camus a lo lejos, su cabello pelirrojo y lacio lo delataba, pero cuando se volvió de nueva cuenta, ya no estaba ahí… tal vez era producto de su embotado cerebro.
Acabaron en un lugar extraño, había un largo pasillo, con piso de madera lleno de agujeros de donde las ratas se asomaban y les observaban, no sabía bien como era que llegaron ahí.
Lo siguiente que sucedió no fue muy claro… simplemente él tenía a la mujer en la cama y él estaba entre sus piernas haciéndole sexo oral, ella gritaba, se retorcía… después todo ocurrió muy rápido…
Despertó cuando un fuerte trueno casi cimbró los muros, algo le pasó por un brazo… se asustó y se sentó de golpe en la cama… una rata le contemplaba con curiosidad.
Se puso en pie y casi pisó el vómito a sus pies, se llevó la mano a la cabeza, le estaba taladrando.
En la pequeña mesilla de noche había un cerro de cocaína y varias líneas listas para ser inhaladas… y más allá, de camino a lo que parecía ser el baño había un camino de sangre…
—¿Danielle?
Caminó hacia allá, abrió la puerta lentamente, esta chirrió… y luego ahogó un grito en la garganta reseca: la mujer pelirroja flotaba en la tina de baño, boca abajo y con el agua teñida de sangre…
