Capítulo 10

La presentación resultó cumplir todas las expectativas de E. A., que quedó muy satisfecho. Jessica había sugerido salir a tomar algo después, pero había dejado el tema cuando él le había dicho que se iba a Seattle esa misma noche.

Sin embargo, E. A. llevaba menos de media hora en el hotel cuando recibió una llamada de la rubia despampanante. Por la inseguridad de su voz, E. A. sospechaba que iba a volver a intentarlo.

—No te entretengo —le dijo y suspiró con exasperación.

Podía oír la voz de Bella de fondo, pero no entendía lo que decía.

—Lo siento, Edward. ¿Puedes esperar un momento?

Bella no había estado en la oficina esa tarde. Heather, la nueva recepcionista de la agencia lo había recibido con la efusiva profesionalidad que caracterizaba a los miembros de Swan & Associates, pero no había podido decirle cuándo volvía. Y Jessica tampoco había podido indicarle el paradero de su media hermanastra.

A su favor había que decir que se había deshecho en halagos para con Bella por la preparación de la gala, e incluso le había sugerido a su madre que la pusieran a cargo de los eventos publicitarios de los clientes.

«Sólo si la pones al frente de un equipo de trabajo», le había dicho él, pero ella había batido sus pestañas como si no entendiera por qué era necesario.

—Lo siento —la oyó decir de nuevo—. Un cliente quiere cambiar el anuncio antes de que salga mañana por la mañana —dijo y suspiró—. En cualquier caso, estaba pensando… Dijiste que volvías en Acción de Gracias por la tarde. Siempre cenamos en casa de mis abuelos, por parte de madre. ¿Por qué no vienes con nosotros? Nunca falta gente. Mi abuelo es artista, así que conocerías a mucha gente interesante. Incluso puede que hagas algunos contactos importantes. No nos sentamos a la mesa hasta las seis. A esa hora estarías de vuelta. ¿No?

E. A. pasó por delante de la televisión encendida y añadió su kit de afeitado a la maleta. Con contactos o sin contactos, no iba a aceptar.

—No sé a qué hora llegaré —dijo, repitiendo lo que le había dicho a Kay—. Pero gracias por la invitación. Te lo agradezco.

—De nada. Sólo quería preguntarte. No nos hemos visto en mucho tiempo, sin contar el día de hoy.

—Los dos hemos estado muy ocupados.

—Lo sé. Deberías tomarte algo de tiempo libre. ¿No crees? La última vez invitaste tú. Ahora me toca a mí. ¿No crees?

E. A. se detuvo entre el armario y la cama. Cerró los ojos, se pasó una mano por el cabello y exhaló el aliento.

No quería hacer aquello. No quería quedar para tomar algo.

—Pasará bastante tiempo antes de que vuelva a tener tiempo libre. Después de ocuparme de algunos asuntos aquí, me iré al extranjero. Llevo tiempo alejado de ese proyecto.

—Claro. Lo entiendo. Entonces te veo en abril o mayo, para que le des el visto bueno a los anuncios. Necesitamos un margen de tres meses para las revistas.

—Genial. Y, Jessica… —le dijo, aliviado—. Gracias por la campaña. Tú y tu equipo habéis hecho un trabajo estupendo.

Ella le dijo que se alegraba de que le hubiera gustado y poco después se despidió.

La presión se desvaneció después de terminar lo de Jessica. E. A. no estaba dispuesto a seguir con esa absurda búsqueda hasta el año siguiente, pero no tenía ni idea de lo que iba a hacer después. Había descubierto que aquellas condiciones de Carlisle no estaban bien, sobre todo después de haberlas puesto en práctica. Podía evadir, pero engañar era otra cosa.

No obstante, tenía asuntos más urgentes de los que preocuparse en ese momento. Tenía que terminar de hacer la maleta y marcharse a Seattle. Allí lo esperaban varias reuniones con su equipo de diseño y también con la Consejería de Urbanismo. La primera cita la tenía a las nueve de la mañana. Y la semana siguiente tenía que reunirse con Emmet para hablar del proyecto de Singapur. Sólo entonces volvería a Portland para terminar la obra de la residencia.

No le llevaría mucho más de unos días terminar la ampliación de la terraza interior, conseguida gracias al derribo de la pared interior de un antiguo almacén. Sin embargo, la ampliación principal, aquella que requería de un permiso de urbanismo para tomar parte del jardín, debía esperar al verano siguiente. Kay pensaba que el dinero saldría de los beneficios obtenidos en la gala benéfica, pero él se haría cargo de ello, así como de los gastos de Edna.

Miró aquel apartamento sencillo y funcional por última vez por si había olvidado algo, y agarró las maletas, los planos y el maletín.

Fue entonces cuando pensó en Bella.

Ella lo había evitado a propósito.

En su mente no quedaba la más mínima duda cuando salió al exterior en medio de la lluvia.

Si ella no quería verlo, no había ningún problema. Pero él iría a verla cuando regresara. Antes de marcharse para siempre, tenía que hacerle saber que no era la clase de hombre que jugaba con dos mujeres a la vez. Ésa nunca había sido su intención y ella debía saberlo.

Nunca había tenido ocasión de hablar con ella de la universidad. Puede que ella pensara que no era asunto suyo, pero alguien tenía que decirle que ya era hora de que hiciera algo para sí misma.

Edward tenía razón.

Bella estaba enfrascada en sus pensamientos mientras conducía por aquella carretera mojada. Acababa de dejar a su abuela delante de la televisión y sólo llevaba cinco minutos en el coche, pero ya había llegado a dos conclusiones. Echaba mucho de menos a la mujer que su abuela había sido. Añoraba su ingenio y sus largas charlas, pero sobre todo echaba de menos la sensación de sentirse querida y protegida.

Y Edward tenía razón respecto a lo de su futuro. Había abierto el sobre que él había dejado en su vestíbulo y al ver los planes de estudios de los departamentos de Oceanografía, había entendido de qué quería hablarle.

Al principio había pensado que no tenía tiempo de volver a la universidad con tantas obligaciones, pero la puerta nunca se había cerrado del todo.

Bella se dio cuenta de que debía de hacer algo con su futuro antes de que fuera demasiado tarde. Si asistía a clases nocturnas o hacía los cursos a distancia, podría superar las asignaturas que no requerían prácticas presénciales. Sólo tendría que hablar con Jill para que la dejara salir antes los días de clase.

Pero había otra cosa más. Debía darle las gracias a Edward aunque le resultara muy difícil.

Ya no le quedaba ninguna duda: estaba enamorada de él sin remedio y hubiera hecho cualquier cosa porque no fuera así.

Siempre había sabido que era un hombre de mundo, y quizá tenía una mujer en Seattle, otra en Singapur… Tal vez ella y Jessica no habían sido más que una aventura para él.

Pero a pesar de todo, tenía que agradecerle lo que había hecho por ella. Una vez más.

En ese momento se oyó un golpe seco y el volante dio un giro brusco. Aterrorizada, Bella siguió adelante y se resistió a pisar el freno. Un año antes había tenido un pinchazo similar y el camión que iba detrás había estado a punto de chocar contra ella. En aquella ocasión un agente le había dicho que nunca debía pisar el freno y que debía sujetar con fuerza el volante.

Bella recordó sus consejos y se aferró al volante. Como no tenía coches detrás, fue disminuyendo poco a poco hasta detenerse debajo de una farola.

A la derecha tenía un campo de golf y a la izquierda se alzaba una colina cubierta de arbustos que separaba la calle de un parque empresarial. Era el día de Acción de Gracias y a las cinco de la tarde todo debía de estar cerrado.

Por delante no se veía nada excepto la oscuridad del crepúsculo. Las farolas iluminadas se perdían en la lejanía. A su espalda, la vista era igual de desoladora.

—Un final perfecto —murmuró.

Sacó el móvil y el monedero, buscó su tarjeta de Autoclub y marcó el número. Pasaron cinco largos minutos antes de que atendieran la llamada y la operadora le dijo que les llevaría tres o cuatro horas llegar hasta ella.

Bella le dio las gracias y decidió cambiarla ella misma.

Sabía cambiar una rueda, pero no quería hacerlo en medio de aquel aguacero.

Pensando que sería inútil esperar la llegada de un buen samaritano, apagó el motor, se quitó el cinturón y desbloqueó el maletero. Estaba lloviendo a cántaros.

Se puso el abrigo y sacó la rueda de recambio del hueco del maletero, pero no tardó en descubrir que algo iba mal. La había apoyado contra la rueda pinchada cuando notó que no pesaba bastante.

Ésa era la rueda que se había pinchado con un clavo el año anterior. Ella tenía intención de arreglarla, pero aquella semana había tenido que preparar una convención de Jill, y lo había olvidado por completo.

Enfadada consigo misma, Bella se dispuso a guardar la rueda nuevamente. Había amainado un poco y la lluvia se había convertido en una leve llovizna que calaba hasta los huesos.

El agua helada le empapó el cabello mientras metía la rueda en el maletero. Podía sentir la humedad deslizándose por su cuello mientras se secaba las manos en la toalla que estaba junto al gato.

Cuando por fin entró en el coche, chorreaba agua por todas partes.

Llamó a sus vecinos de la derecha, pero saltó el contestador, y el de la izquierda se había ido a pasar el fin de semana fuera. Jill y Jessica ya estarían al otro lado de la ciudad, en casa de su familia, y tampoco quería molestarlas. Estarían a punto de sentarse a la mesa.

Aunque tenía la calefacción a tope, le temblaba todo el cuerpo y tenía los pies encharcados.

Sabía que Edward debía estar de vuelta, pero él era su último recurso.

El repiqueteo de la lluvia sobre el techo del coche se hizo más fuerte.

Estaban cayendo chuzos de punta.

Gotas de agua le corrían por la manga del abrigo cuando decidió agarrar el móvil. Había cometido el error de enamorarse de él, pero en ese momento necesitaba su ayuda.

E. A. había salido de Seattle más tarde de lo planeado. Cuando sonó el teléfono y vio el nombre de Bella en la pantalla, estaba al norte de Portland.

—¿Qué tal la cena?

—Te echamos de menos. Pero no te llamo por eso —le dijo, algo indecisa—. ¿Ya estás en Portland?

—Estoy a veinte minutos. ¿Qué sucede?

—He pinchado —confesó resignada—. ¿Te importaría venir a buscarme? Los del seguro no pueden venir antes de las ocho o las nueve.

E. A. frunció el ceño. Más allá de los limpiaparabrisas, las franjas luminosas de la carretera pasaban a toda prisa.

—¿Dónde estás?

Le dijo que estaba junto al campo de golf, a unos tres kilómetros de la residencia. E. A. conocía la zona y sabía que no había casas o negocios alrededor.

—¿Has bloqueado las puertas?

—Sí.

—¿Hay mucho tráfico?

—No. Pero estoy bien. O lo estaré cuando me seque.

A E. A. no le hacía mucha gracia que estuviera sola en mitad de una carretera desierta. Como no quería colgarle el teléfono, le preguntó por qué se había mojado y así se enteró de lo del neumático de la rueda de recambio. Eso le hizo recordar la abolladura del guardabarros.

—Y si nunca arreglaste la rueda… ¿Qué hay de la abolladura del guardabarros? ¿Lo arreglaste?

Ella titubeó.

—He estado muy ocupada.

—Lo tomaré como un «no».

Bella guardó silencio.

—¿Sabes, Bella? Que hayas olvidado arreglar la rueda de recambio porque estabas ocupada con un asunto de Jill es sólo una anécdota, y también que hayas olvidado arreglar la abolladura porque estabas liada con lo de la gala. Pero si vas sumando cosas, descubrirás que siempre estás demasiado ocupada con los problemas de otros como para ocuparte de los tuyos.

—Lo sé —admitió ella.

—¿Y?

—Voy a asistir a clase por la noche.

Aquellas palabras lo tomaron por sorpresa.

Bella le dio las gracias por la información y él no tuvo más remedio que admitir que se lo había encargado a su secretaria. Entonces le preguntó cuándo iba a empezar.

Todavía estaban hablando de ello cuando E. A. divisó el pequeño sedan negro junto a la farola.

Como iba en dirección contraria, tomó un cambio de sentido y paró detrás de ella. Entonces le abrió la puerta del pasajero y Bella corrió hasta el todoterreno bajo la lluvia.

—No estás mojada —le dijo al verla entrar—. Estas empapada.

—Un poquito.

En el verde resplandor de las luces del salpicadero, E. A. la vio peinarse con los dedos.

—¿Tienes frío?

—Estoy bien —le dijo sin mirarlo—. Gracias por venir.

—No hay de que. Bueno… —dijo él mientras arrancaba el coche—. Estábamos hablando de pedirle a Jill las vacaciones de verano para asistir a las clases de buceo.

—Eso es —murmuró ella y le explicó que no sabía cómo se lo tomaría.

Después se mostró preocupada por su abuela, que tal vez llegaría a olvidarla por completo si sólo la visitaba los fines de semana.

La conversación parecía de lo más normal, pero J T. sabía que faltaba algo de confianza. La tensión se sentía en el ambiente. Cuando por fin se hizo el silencio entre ellos, la mirada de Bella se perdió en la oscuridad que cegaba la ventanilla del pasajero.

Cuando llegaron, E. A. la acompañó hasta el porche.

—No tenías por qué bajar —le dijo ella, mientras abría la puerta con la llave.

Estaba lloviendo a cántaros y el agua rebotaba contra el camino de cemento y los peldaños de la entrada. El aliento de Bella se congelaba.

E. A. la había oído al parar el coche, pero había salido de todos modos.

—Quiero hablar contigo —le dijo.

—Ya hemos hablado.

—No sobre esto.

Bella abrió la puerta y nada más entrar encendió la luz. Entonces se volvió hacia él. Había dejado encendidas las lámparas junto al sofá, y el salón parecía muy acogedor.

—¿Sobre qué? —le preguntó.

E. A. cerró la puerta tras de sí.

—Sécate primero —le dijo él mientras se limpiaba las botas en el felpudo—. Tienes frío.

Bella estaba a punto de negarlo cuando el calor de la habitación la hizo sentir escalofríos. Con aquellos zapatos encharcados, se le puso la piel de gallina.

Como no había captado la indirecta en el coche, tendría que probar otra estrategia. Edward parecía decidido a quedarse allí.

—Te agradezco que me hayas traído —le dijo mientras se sacudía los zapatos de los pies—. Pero acabas de llegar a la ciudad, y no quiero entretenerte. Debes de estar cansado —le dijo mientras se desabrochaba el abrigo—. Y sé que mañana tienes mucho que hacer en la residencia. Supongo que quieres empezar temprano.

Edward no se movió y Bella puso algo de distancia yendo hacia el perchero que estaba junto a la escalera. Se estaba quitando el abrigo cuando sintió que tiraban de él.

—No estoy cansado —Edward tomó la prenda y la colgó en el perchero—. Y no voy a ir a ninguna parte hasta que hablemos. Puedes empezar diciéndome por qué quieres echarme. Pero quizá quieras quitarte eso antes.

Las gotas de agua brillaron en su cabello húmedo cuando miró sus medias empapadas. Bella bajó la vista y comprobó que tenía razón.

—No estoy tratando de echarte —le dijo sin subir la mirada más allá de su camisa.

Él no respondió de inmediato.

Bella dio media vuelta y se dirigió hacia el comedor. En el reflejo de las ventanas, vio como se quitaba la chaqueta. Temblando de frío, volvió al pasillo y encendió la luz. Entonces entró en el baño y tomó una toalla. Al ver su propio reflejo en el espejo, no pudo evitar la exclamación. Él debió de oírla.

—¿Estás bien?

«No», pensó Bella. «No lo estoy. Tengo frío, estoy hecha un espanto, me apetece llorar y quiero que te vayas».

—¿Bella? —su voz estaba más cerca.

Ella tomó la toalla y salió al pasillo.

Comenzó a secarse el pelo.

—¿Sabes, Edward? Ahora no es un buen momento.

—Vale. Sólo dime por qué quieres que me vaya y me iré.

—Nunca he dicho que quiera que te vayas.

—No ha sido necesario.

—Edward…

—Habla conmigo, Bella.

—No hay nada de qué hablar.

—Eso no es verdad —sus ojos se clavaban en los de Bella—. Tienes un problema y quiero que me digas de qué se trata.