No sé que me pasó, se supone que debería estar actualizando Darker Than Light, pero simplemente no pude resistirlo. En este capítulo veremos cómo Ace y Shirohige se conocieron. Así pues más de su pasado se ha resuelto. Espero que lo disfruten.


-12-

Second Path: Hijo.


El castillo de Hakuharu vibró precipitadamente cuando Shirohige golpeó el suelo con su enorme bisento. Frunció el ceño con irritación y se inclinó hacía la orilla de su asiento mientras sus dientes prácticamente crujían de la ira.

—¡¿Qué tonterías estás diciendo?! – su rugido hizo un eco impresionante en las paredes del palacio, los sirvientes y comandantes que estaban ahí se cohibieron inmediatamente.

—Vamos, vamos, no es para que te pongas así, hombre. – Roger, por otra parte, parecía tomárselo con ligereza.

—¡No me vengas con eso, Roger! – Shirohige era enorme, aún sentado se mostraba imponente y cuando se colocaba de pie era seguro que no estabas tratando con un ser humano común y corriente.

—Oyachi. – Marco, uno de sus hombres más fieles y antiguos en su organización se acercó a su padre intentando calmarlo mientras alzaba las manos al frente. —Relájate, vas a derrumbar el castillo.

—Hazle caso a Marco-kun, sabe de lo que habla. – sonrió el pirata del bigote oscuro mientras se llevaba una copa de sake a la boca.

—Tú y yo necesitamos hablar seriamente, Roger. – El Gran Rey, como solían apodarle en Hakuharu avanzó dos pasos y salió de su trono, acercándose a Roger. —Vamos a mis jardines. – se volvió a la servidumbre. —Hijos, quiero sake, mucho. – Newgate sólo pedía grandes cantidades de sake en ocasiones especiales… o cuando tenía muchas ganas de beber, pero era por demás que esta ocasión sería especial.

Roger se levantó cuidadosamente y siguió al su viejo amigo y rival mientras caminaban por hermosos senderos de árboles de sakuras. Detrás de ellos venía toda una caravana en donde portaban sake de la más fina procedencia.

—Siempre me han gustado tus jardines, Shirohige. ¿Por eso llaman a este país Hakuharu, no es así?

—Fue el nombre que escogieron todos.

—Aun así, es un poco irónico que un país tan hermoso tenga a un rey tan gruñón. – Shirohige lo miró por encima de su hombro.

—Sigue así y te arrancaré la lengua.

—Me gustaría ver que lo intentaras. – se carcajeó Roger.

—Hemos llegado. – le señaló la parte más profunda del jardín, un claro rodeado de cerezos con una pequeña cascada y un arroyo.

—Oh, no sabía que este claro existía.

—Pueden dejarlo aquí. – mientras Newgate acomodaba los barriles de sake. —Regresaré al palacio cuando termine de hablar con Roger. – sus hombres asintieron y se retiraron, inmediatamente Shirohige le sirvió una copa a su acompañante y otra para él.

—Puedo comprender que este sea tu lugar favorito. – suspiró Roger mientras se sentaba y daba el primer sorbo. —Es muy agradable y huele de maravilla.

—Es por los cerezos. – comentó el rey, ahora estaba más tranquilo y se sentaba frente a él. —Pero olvida eso, ¿A qué demonios estás jugando, Roger? Me he enterado de los destrozos que causaste en varios puertos de diferentes países, ¿No se supone que eso no iba contigo?

—Ah, sí. – se llevó una mano a la nuca con algo de pena. —Sólo intentaba llamar la atención de la Marina.

—¿Serás idiota? – escupió el monarca. —Tú no necesitas hacer nada para llamar la atención de la Marina.

—Ah, qué curioso, es lo mismo que Garp me dijo.

—¿Garp? – Shirohige frunció el ceño. —¿Has visto a ese tonto?

—Sí, hace dos semanas. – Roger tomó otro sorbo de sake. —¡Que delicioso sake, no cabe duda que eres un hombre afortunado! ¡Mira que beber esto todo los días!

—Deja de lado el sake, Roger. Quiero que seas más claro conmigo. ¿Por qué dijiste que esta sería la última vez que no veríamos?

—Pues como te lo dije al principio, voy a entregarme a la Marina.

—No te lo creo. – Shirohige se sirvió más sake. —¿Por qué perder tu libertad de esa forma tan estúpida?

—Porque dentro de poco no existirá más libertad para mí.

El coloso dejó de beber y le miró por encima de su taza. El rostro de Roger estaba sonriente, pero indiscutiblemente hablaba con una razón oculta.

—¿Por qué dices eso?

—Moriré pronto. – esas palabras causaron más impacto de lo que hubiese podido imaginar.

—¿Que morirás pronto? – el rey se recargó ligeramente al frente. —Yo te veo muy sano.

—Sólo es el exterior, por dentro… - suspiró. —No me queda mucho tiempo.

—¿Entonces es por eso? ¿Viniste a despedirte de mí?

—Por supuesto, a pesar de ser rivales tú y yo hemos sigo amigos desde hace mucho tiempo… tú eres mi nakama, Shirohige.

—No digas estupideces… - el hombre apretó un barril de sake vacío y lo destrozó con suma facilidad.

—Antes de que muera, me gustaría pedirte un favor…

—¿Y qué sería el favor que el Rey Pirata me pedirá?

—¿Rey Pirata? – Roger gozó un momento el apodo.

—He escuchado que los marines te llaman así, aunque no sé si es un apodo digno, dado que eres un idiota.

—¡Que cosas dices! – Roger rio y Shirohige con él.

—¿Y bien, que es lo que quieres de mí?

—Pues verás… - el rostro del Rey de los Piratas cambió a uno lleno de seriedad. —Tal vez no vayas a creerlo pero… - su seriedad cambió a una sonrisa de lo más sincera. —Voy a tener un hijo.

Los ojos de Ace y Marco se enfrentaron por primera vez en la vida. El hombre frente a él se veía serio y al mismo tiempo estaba relajado. Ace tragó saliva y apretó los puños, independientemente de que lo hubiese salvado nadie le aseguraba que no le mataría a sangre fría en cualquier momento.

Tuvo dolor de cabeza y se llevó una mano a ésta, para intentar apaciguarse.

—¿Te encuentras bien? – preguntó Marco.

—Sí. – Ace asintió y cerró los ojos para resistir otra punzada.

—No lo creo. Te ves mal, chico. – miró alrededor, notó que había más niños que se escondían detrás de unos barriles. —Esto debe ser obra de Tenryu, sin duda.

—¡Comandante Marco! – varios hombres habían saltado a la nave que transportaba a los niños y derrotado a toda la tripulación de los traficantes. —Hemos hecho un inventario, sólo transportaban a estos niños y varios barriles de vino, sacos de maíz y pólvora.

—Ya veo. – El comandante miró a Ace, quien seguía mirándole con firmeza. —Será mejor que vengas con nosotros chico. Es lo mejor para ti.

—¿Cómo sé que no me mientes?

—Descuida, no tienes nada de qué preocuparte. – le extendió una mano al frente. —Mi deber era rescatar a un niño de nombre Ace, hemos revisado todos los alrededores buscándote, y supongo que te hemos encontrado.

—Pero yo no me llamo Ace. – inquirió.

—¿Eh? – Marco ladeó la cabeza. —Pero… caes con la descripción que Oyachi nos dijo… Es más. – se llevó una mano al bolsillo de su pantalón y sacó un trozo de papel. Era la fotografía de un niño, posiblemente de cuatro a cinco años, acompañado a su lado de una hermosa mujer. —Este es a quien buscamos y sinceramente te pareces mucho. –se la mostró.

Ace entrecerró los ojos y la observó cuidadosamente. Ese niño era idéntico a él, sin embargo, no recodaba haberse tomado una fotografía así antes, tampoco el haber conocido a una mujer como la de la imagen. Tomó con cuidado el papel y Marco se lo concedió. La cabeza le dolía a horrores pero aun así intentó concentrarse, el rostro de esa dama… ¿Por qué le causaba tanta nostalgia?

—¿Qué pasa? – Marco se percató de su estado. —¿Es que no sabes quién es ella? – sus ojos volvieron a encontrarse, fue ahí cuando lo comprendió. —Oh… - dijo en un susurro.

—¡Comandante! – los gritos de sus hombres volvieron a llamarlo y él los atendió.

—¡Aquí estoy! – se acercó una cuadrilla.

—Hemos subido a bordo a los niños y a los acusados, el comandante Jozu los está arrestando, pregunta por usted.

—Enseguida iremos. – Marco miró a Ace y extendió su mano. —Puedes conservarla si quieres. – dijo refiriéndose a la fotografía. —Ven, no querrás quedarte solo en este barco.

—No. – dijo con simpleza y se permitió confiar en él. Los dos caminaron al barco continuo. Fueron bien recibidos y junto a decenas de hombres que, más que verse como soldados parecían, con total sinceridad, una tripulación pirata.

—¿Es él? – Jozu, un gigantesco hombre que portaba una armadura similar a las tablas de un armadillo, con dos hombreas reforzadas de acero y una barba mal afeitada, según Ace, se acercó a ellos y le miró desde arriba. Ace frunció el ceño al sentirse observado.

—Aa, es idéntico al de la foto. – Marco se dirigió a Ace. —Sé que te dije que podías conservarla pero, ¿Me prestas la foto? – Ace se la concedió y Marco comparó la imagen con el niño.

—Es cierto. – concluyó Jozu. —Está más grande y algo maltratado, pero se ve como el de la fotografía. – suspiró con un tinte de alivio. —Nos tenías preocupados, niño. Oyachi estará muy complacido.

—¿Qué haremos con el resto de los niños? – preguntó el comandante de la fruta Zoan.

—Los llevaremos a Hakuharu, creo. Ellos son de Goa y viendo las circunstancias… no tienen a un hogar al cual volver; no por el momento.

—Me parece bien. – Marco se dio media vuelta y le regresó la fotografía a Portgas. —¿Cuántos años tienes?

—No lo sé. – contestó con total honestidad.

—¿Qué? – Marco miró a Jozu unos segundos.

—Tu nombre es Ace, ¿No es así? – insistió Jozu.

—Es… la primera vez que escucho ese nombre. – eso los dejó sorprendidos y al momento que Ace se llevó una mano a la cabeza para volver a presionarla los dos cerraron los ojos en un gesto de complicidad.

—Ya veo. – Jozu se cruzó de brazos. —Aunque es un inconveniente muy grande.

—No importa, en realidad. – concedió Marco. —Lo hemos salvado y es lo importante. Vamos, Ace, necesitas un baño y que te vea un médico.

—Mi nombre no es Ace. – reprochó el niño.

—¿Ah no? – Marco sonrió ante su inocente afirmación. —¿Y si no es ese, entonces cómo te llamas?

—Pues…

—Te llamaremos Ace mientras averiguas cuál es tu nombre, ¿Te parece?

Ace frunció el ceño y después de pensarlo uno segundos asintió resignado. Así, Marco lo llevó a la enfermería, dejando a Jozu para que dirigiera el barco. El camino a Hukuharu sería largo.

Y así pasaron semanas en ese barco. Ace, que había sido llamado así por todos en esa nave, pasaba la mayor parte del tiempo en la cubierta, observando el cielo y la vieja fotografía que Marco le había regalado. La contempló tanto tiempo que grabó en su mente el rostro de esa mujer y a pesar de que no conocía su nombre sentía en su interior una sensación desoladora. Así mismo observó el rostro del pequeño niño de cuatro años y se dio cuenta que por más que buscara diferencias era inútil. Ese niño era él, pero por alguna razón no entendía el origen de la imagen; en verdad que no podía recordar nada al respecto.

—Llegaremos a Hakuharu dentro de poco, Ace. – Marco se posó a su lado. Últimamente gustaba de observarle desde la punta del mástil en silencio. Ese pequeño niño, si su memoria no le fallaba era el hijo de uno de los personajes más sobresalientes de la historia. El simple hecho de observarlo le hacía recordarle en ciertos gestos y facciones, pero el resto de su modus operandi era sin duda la herencia de otras personas.

El niño le miró sobre su hombro, lo había escuchado hablarle desde lo alto de las velas del singular barco en forma de ballena azul y sólo asintió cuando él le llamó. Ace ubicó su vista al frente y se encontró a lo lejos la imagen de una gran isla, en cuyo centro se alcanzaba a ver, en la meseta más alta, un enorme castillo.

Se llevó una mano a la cabeza, aunque ya se había recuperado de la mayoría de sus lesiones y estaba en perfecta forma, no había ni un día en el que no lo hiciera, como si el dolor aún estuviera ahí; y cabría decir, que en más de una ocasión, Marco sorprendió a Ace mirando hacia atrás, como si una parte de él aún estuviera ausente.

—¡Marco, da la señal a los centinelas! – le gritó Jozu, quien había salido a cubierta para verificar el estado del tiempo.

—¡Enseguida! – sacudió los brazos para que éstos se llenasen de un fuego azul y resplandeciente. Lanzó un par de llamaradas al cielo y la sorpresa de Ace observó cómo se hundían enormes redes de metal y pinchos en el interior del océano. También alcanzó a ver enormes monstruos marinos que eran acorralados por jaulas gigantescas y cadenas que tiraban de ellos como si fueran perros guardianes.

—¿Qué es eso? – musitó, era la primera vez que veía un rey marino.

—Son enormes, ¿No es así? – comentó Marco, quien había volado a su lado. —Se llaman Reyes Marinos, son monstruos del mar capaces de destruir a una flota entera si lo desean.

—¿Existían criatura como esas? – Ace estaba más que sorprendido.

—Así es, las aguas que atraviesan los reinos están llenas de estas criaturas, por lo que es indispensable ser fuertes para poder navegar.

—Vaya. – Ace continuó mirando a los alrededores.

Mientras más se acercaban más presenciaba la construcción de torres sólidas de piedra, cañones en cada puesto de vigilancia y podía apreciar un grupo de al menos siete hombres en cada torre, todos enormes y musculosos, capaces de tumbar arboles usando un solo puño.

Hakuharu era una nación guerrera, llena de trampas, soldados poderosos y armas, capaces de destruir a cualquier incauto que se acercase. Y por si fuera poco, existía dentro de la organización militar una división estratégica y armadas en la cual mandaba un comandante. Eran en total 16 divisiones y su cuartel general era aquel enorme castillo, en donde vivían junto al Gran Rey, o como ellos le llamaban su Padre.

La tierra de Hakuharu era una isla de tamaño promedio, no era tan grande como Goa, pero sí tenía una vegetación exuberante y hermosa, reinaban los bosques de cerezos y también algunas zonas con ríos, lagunas y cascadas. En la última parte de la isla, la zona más al sur, tenía una gran montaña y ahí solía nevar todo el año. Se le conocía como el Monte Haku, y debajo de aquel monte estaban los Bosques de Haru. Quizá por eso era que el reino se llamaba Hakuharu, ya que combinaba, como su nombre lo indicaba, la pulcritud de la primavera.

—¡Es el Comandante Marco y el Comandante Jozu! – gritó un vigía mientras todos se reunían en el puerto.

El barco atracó y la borda bajó para que los navegantes de aquella nave bajasen junto a los niños rescatados y los bandidos. Ace bajó junto a Marco, dado que él insistió en hacerlo.

—A partir de hoy vivirás aquí. – le dijo el comandante y Ace le miró con recelo. —Eres nuestro invitado, Oyachi quiere verte.

—No será… un Tenryuubito, ¿O sí? – una carcajada adornó toda la playa cuando Ace termino su pregunta.

—¡¿Está bromeando ese niño?! – gritó un grupo de soldados.

—¡Qué gracioso es! – dijo otro marinero.

—¡Marco-san, de dónde ha sacado a este niño! – gritaron más. Ace se puso rojo de ira, no lo había dicho para que se burlaran de él.

—¡Ya, ya, todos cállense! – a pesar de todo Marco también reía.

—Ace-chan, no digas cosas tan tontas. – le dijo Jozu, quien se posaba a su lado.

—No me llames así. – gruñó Portgas.

—De acuerdo, tranquilo… - Jozu sonrió, la ira del niño le parecía graciosa.

—Oyachi podrá ser de todo, pero jamás un Tenryuubito. Verás Ace. – Marco se arrodilló a su altura. —Hakuharu es una nación libre y guerrera, detestamos a Tenryu porque es nuestro principal enemigo. Todos somos personas diferentes, pero si en algo nos parecemos es en que estamos contra los Tenryuubitos.

—Mmm… - Ace gruñó y se cruzó de brazos.

—Anda pues. – Marco le dio una palmada en la espalda. —Tenemos que ir al castillo.

—Hemos guardado un carro especial para usted, Marco-san. – dijo uno de los hombres.

—No será necesario, subiremos la meseta nosotros solos.

—Ace irá con nosotros, si se cansa lo cargaremos. – dijo Jozu.

—Eso no sucederá. – replicó Ace.

—Está bien. – Jozu sonrió para aminorar de nuevo la mala cara del chico y se giró a uno de sus oficiales. —Lleven a estos bandidos a prisión y a los niños a un lugar en donde puedan acomodarlos para vivir.

—Sí, comandante. – se retiró para hacer lo que le había pedido.

—Manden un halcón a Oyachi, el chico está aquí. – recomendó Marco y en el puesto de vigilia la orden ya estaba siendo ejecutada. —Vamos, Ace, sé que te gustará nuestra ciudad principal.

Kaen era la capital de Hakuharu y era nada más y nada menos el lugar al que habían llegado. Era una ciudad llena de casas de piedra, empedrados, una avenida principal y entre todas las cosas muchas tiendas y herrerías a disposición del rey. Mientras caminaban Ace se encontró con un gran parque lleno de árboles de cerezos y otro tipo de coníferas. Estaba tan distraído observando el panorama que en varias ocasiones chocó con Marco o Jozu.

Finalmente, se encontraron con una calzada que daba al final con el enorme castillo que habían visto. Subieron en silencio y tal como Marco había dicho Ace apenas y si jadeó un poco. Aunque el niño no lo supiera, él estaba acostumbrado a correr grandes distancias y luchas contra los elementos. No en vano había vivido en la jungla, enfrentándose día a día con los obstáculos de la naturaleza.

Las puertas del castillo eran enormes y hermosas, seguramente mármol y piedra caliza. Un par de guardias los recibieron amablemente mientras se colocaban en guardia y saludaban. Ace se dio cuenta que, a diferencia con la tripulación del barco, los vigilantes portaban armaduras resplandecientes con un extraño símbolo en ellas. Era una cruz con una media luna en medio. Algunas de color rojo, otras de negro, unas más de azul. Podría jurar que varias de las personas de la isla tenían al menos una imagen plasmada en sus vestimentas o tatuada en su cuerpo. Seguramente orgullosas de su escudo nacional.

Caminaron por un largo pasillo que los llevó al recibidor principal y en el fondo se encontraba un gran trono, quizá de unos 10 metros de grande y bastante ancho. Alrededor enormes pilares de piedra blanca y dura portaban banderines con la misma figura que las armaduras del palacio, había en el techo un enorme, habían alrededor grandes ventanas en donde hacían falta vitrales. Ace pensó que el reino se veía lo suficientemente rico como para pagar la artesanía de un soplador de vidrio, pero por alguna razón lo dejo estar.

Alrededor del trono, el cual estaba en una pequeña plataforma, estaban en total dieciséis sillas más pequeñas e igual de cómodas. Marco se acercó a la que estaba a la derecha del gran trono y se sentó un momento.

—Oyachi no está aquí. – informó un hombre desconocido, se trataba de un joven Comandante de la quinta división, el Gran Vista, el de la Espada Floreciente. —El halcón llegó, pero estaba en el jardín. – se acercó a Ace y le sonrió abiertamente. —Tú debes ser Ace-chan, es un placer.

—No me llames así. – profesó molesto el chico, odiaba que le dieran ese sufijo, como si fuese un niño débil.

—Oh, lo lamento. – Vista le acarició la cabeza y Ace le retiró bruscamente la mano. —Tienes un carácter fuerte, ¿Eh? – y después se echó a reír.

—Iré a avisarle a Oyachi que estamos de vuelta, estaba muy impaciente por ver al niño así que…

—No hace falta. – argumentó Marco, mientras se levantaba de su asiento. —Él viene en camino.

Ante la mención de Marco el suelo retumbó como si una manada de elefantes corriese en plena estampida. Ace observó cómo los marcos de las ventanas vibraban estrepitosamente y supo por qué no había cristal en ellos. Las paredes del palacio temblaron ante la llegada del rey.

Los tres comandantes se colocaron expectantes mientras sonreían al ver llegar al hombre más fuerte del mundo. Ace sintió un escalofrío que le hizo sentirse aturdido. Lo primero que contempló fue la gran sombre de Shirohige seguida de un par inmenso de zapatos para después dar su aparición de cuerpo completo. El tipo era enorme, mucha más de lo que se hubiese podido imaginar, y a pesar de que no era un cobarde sintió inmensas ganas de esconderse.

Con dos últimas pisadas El Gran Rey llegó a recibidor mientras dejaba caer al suelo la base de un enorme bisento. Ace entrecerró los ojos al sentir cómo entraba una ráfaga de aire a su alrededor; ¡Ese hombre podía provocar un viento violento con sólo su presencia!

Ace esperó encontrarse con un rey inmaculado y lleno de joyas, incluso esperó una corona, pero en vez de eso encontró un sombrero tricorne con la misma figura que había visto anteriormente. Tenía una cabellera rubia corta que apenas sobresalía debajo de su sombrero; y no podía evitar señalar el bigote en forma de media luna blanco que adornaba su rostro. Su mentón era prominente y se veía lo suficientemente fuerte como para resistir el golpe de una bola de demolición. Sin olvidar que estaba cubierto de la cintura hacia arriba por una capa muy similar a la de los marines, sólo que estaba era enorme y los adornos de los hombros y las mangas eran un poco disímiles. Tenía un pantalón de tela de color amarillo y una faja de color rojo.

Ace encaró a Shirohige y lo primero que se encontró fueron un par de ojos desafiantes con una mirada tan fría y dura como un glacial. Bajó la mirada para contemplar el resto del hombre y se sorprendió en ver que su tórax estaba lleno de cicatrices; sobre todo una que sobresalía entre sus pectorales.

—Vas a mirarme todo el rato o te presentarás, mocoso. – gruñó el rey y su sola voz consiguió provocarle un temblor involuntario que le sacudió de pies a cabeza.

—Mu-Mucho gusto. – se inclinó respetuosamente; no tenía idea de por qué, pero aquel ser humano, si es que podría considerarle uno, le causaba demasiado respeto.

—Así está mejor. – Edward Newgate se inclinó sobre él, cobijándole con su sombra. —Alza la cabeza, quiero ver tu rostro. – demandó en un susurro que para Ace sonó como el ruido de un cañón. Le encaró valientemente.

Hubo un momento en el que nadie habló, una pausa casi eterna; y finalmente el rey sonrió.

—¿Oyachi? – Marco tragó saliva, esperaba no haberse equivocado.

—Sí, es el hijo de Roger. – musitó para después caminar hasta su trono y sentarse. —Menos mal, pensé que a estas alturas ya estaría muerto… o sería presa de los Tenryuubitos. – miró a sus hombres. —Lo han hecho bien, hijos míos.

Jozu y Marco asintieron sonrientes, siempre era un honor hacer sonreír a su padre.

—¿Quién es usted? – la voz pueril de Ace hizo que los cuatro adultos le miraran.

—Yo soy Edward Newgate, el rey de este país. – autoproclamó con justificada razón. —Tú debes ser Ace, ¿No es así?

—Quien sabe. – le contestó él, mientras encogía los hombros. —Pero así es como me llama Marco-san.

—¿Cómo que no sabes? – Shirohige frunció el ceño y después miró a Marco, buscando una explicación.

—Amm, probablemente deba saber algo, Oyachi. Es sólo una suposición, pero creo que eso explicaría muchas cosas.

—¿Qué es lo que tengo que saber? – gruñó, generalmente era amable con sus hijos, pero nunca le gustaron los rodeos.

—Creemos que… Ace perdió la memoria.

Se hizo un silencio e incluso Ace le miró desconcertado.

—¿Qué? – Shirohige pareció expresarse como si la sola idea le pareciera absurda. Miró al niño y después a Marco. —Es idéntico al de la fotografía, no hay duda, ¿Pero cómo pudo perder la memoria?

—No lo sabemos, Oyachi. – Marco se acercó a Ace y colocó una mano en su hombro. —Pero estamos seguros que no erramos, él es a quien buscábamos.

—¿De qué están hablando? – Ace renegó un tanto incómodo. —¿A qué se refieren con que me estaban buscando? Todas estas semanas me mantuve al margen, ¿Quiénes son ustedes realmente? ¿Debería conocerlos?

—No. Incluso si pudieras recordar algo de tu pasado no encontrarías nada de nosotros en tus memorias, porque esta es la primera vez que nos conocemos. – explicó Shirohige. —Hace muchos años hice una promesa y he decidido cumplirla. Tú estás aquí por esa promesa.

—No entiendo.

—No tiene caso que te lo explique si no puedes entenderlo. – Shirohige se reclinó en su trono y se llevó una mano a la cara para recargar su rostro en esta.

—Que fiasco. – replicó Ace y eso hizo sonreír a Newgate con diversión.

—No comas ansias. – animó Vista. —Seguramente tu amnesia no durará mucho, un día despertaras recordándolo todo y entonces entenderás todos.

—Me gustaría entenderlo ahora. – gruñó Ace.

—Prometí que cuidaría de ti en caso de que tu vida corriera inevitable peligro. No tienes nada que temer ahora. – monologó el rey. —Estoy complacido de haberte encontrado antes de que esos bastardos de Tenryu.

—¿Se refiere al país de donde eran esos bandidos?

—¿Cuáles bandidos?

—Ah, sí, Oyachi. – se apresuró a explicar Jozu. —Olvidé informarle en el mensaje, pero rescatamos al niño de una banda de traficantes de esclavos. Junto a él venían varios niños, en este momento los hemos llevado a un orfanato…

—¿Esclavos? – Shirohige frunció el ceño. —¿Qué demonios pretenderán esos Tenryuubitos?

—Son unos monstruos sin corazón, mira que esclavizar a unos pobres niños. – masculló Vista, él era un caballero y no le gustaba la injusticia.

—Quizá estén reclutándoles desde pequeños, no sería la primera vez en la que Tenryu utiliza personas de otros países para sus propósitos bélicos. – opinó Marco.

—Atenderemos ese asunto después. – Shirohige volvió ubicar su atención en Ace. —Mientras tanto tú, pequeño. Debes ir a descansar; a partir de mañana comenzaras a entrenar.

—¿De qué está hablando? – inconscientemente Ace se llevó una mano a su cabeza, en el mismo sitio en donde le habían golpeado. —¿Oiga, habla enserio? ¿Realmente pretende que me quede aquí, sin conocerlos?

—Ya te lo dije, pequeño. He de cumplir mi promesa, te quedarás en Hakuharu y vivirás con nosotros. – Edward sonrió mientras alzaba una mano hasta él. —Únete a mí, se mi hijo.

—¿Qué? – Ace retrocedió. —¡¿Está bromeando?!

—Vive bajo mi nombre y conviértete en un gran guerrero. – prosiguió Shirohige. —Se mi nakama.

—¡De ninguna manera! – Ace gritó molesto. —¡A penas lo conozco, viejo! Pudo haberme salvado de esos bandidos, pero no te debo nada, ¿Entiendes? Sólo quiero saber quién soy realmente, quiero poder recordar mi pasado, ¡No hacerme el hijo de nadie!

—¡Gurararara! – río el rey. —Tienes el espíritu inquebrantable de los D.

—¿D?

—Los hombres con la D siempre están causando alboroto.

—Sigo sin entender nada. – se cruzó de brazos.

—Sólo es cuestión de tiempo; creo que lo que Vista dice es verdad, pronto recuperarás la memoria y te contaré todo lo que sé.

—¿Cómo puedo confiar en ustedes?

—Por que hice una promesa a un buen amigo y jamás rompería mi promesa.

—¿Qué promesa?

Shirohige se levantó hasta donde Ace y alzó una mano hacia él, Ace se encogió en el suelo y después se sorprendió al sentir la palma del rey sobre su cabeza en una caricia cariñosa.

—Prometí que te protegería si tu vida llegase a correr peligro. Ace… - el niño lo encaró. —No importa que tanto lo niegues, ahora vivirás bajo mi protección… Serás el más pequeño de mis hijos, ¡Gurarara! – rio amistosamente.

—Mmm, eso lo veremos. – finalmente el niño dejaba de mostrar hostilidad.

—Estoy seguro de ello. – Shirohige se enderezó y tomó su bisento, hizo sonar el suelo del palacio y Ace la miró sorprendido. —¡Bienvenido a Hakuharu, hijo mío!

¿Cómo contarle todo a alguien que ni siquiera conoce su nombre? Shirohige había decidido callar por mientras, apostando a que muy pronto Ace recuperaría lo que había perdido.

Pero se equivocó, porque aunque le contase sobre su pasado, Ace no sería capaz de recordar lo más importante.

Luffy y Sabo formarían parte de un pasado en blanco.

Continuará…

En el próximo capítulo Ace se convertirá en el poderoso guerrero que es en el presente, conocerá la verdadera identidad de sus padres y nos enteraremos que aunque no puede recordar nada ahora se siente feliz con su nueva familia, no obstante, siente un vacío en su interior que no puede ser llenado con nada y eso, más el recuerdo fugaz de una jungla lo atormentará hasta el día de hoy.

¿Merece un comentario?

Yume no Kaze.