Problemas
No podía quitármelo de la cabeza. Era algo insignificante, pero cada detalle sin importancia se iba sumando a los anteriores.
Apoyé las manos en mi escritorio.
Primero habían sido encuentros rápidos y ansiosos, cargados de necesidad e irritación. Era casi un castigo lidiar con los impulsos que despertábamos en el otro. Ahora era diferente. Disfrutábamos, quizá en exceso, del tiempo que compartíamos. Todo era lento y premeditado.
Cerré los ojos tratando de pensar en otra cosa.
Luego estaba lo de esta mañana. Había ido a la tienda, y le había visto con Emma en la parte de atrás. Ella preguntaba sobre magia y él respondía con entusiasmo. Me vi reflejada en la escena porque también fue mi mentor.
Entonces sentí su aliento en mi nuca y sus manos bajo mi ropa. Las mismas que horas antes se habían posado en los hombros de esa mujer. Y yo sabía que era irracional dar tanta trascendencia al gesto, pero me molestaba.
Sus dedos se perdieron un poco más en mi cuerpo, mientras su pecho presionaba contra mi espalda.
Recordé la forma en que la hablaba. En como el tono de su voz había ido disminuyendo hasta volverse inaudible. Y la cercanía, la proximidad, la...
Experimenté una punzada de celos.
Nuestra relación era ya demasiado personal. Tenía que conseguir distanciarme un poco y regresar a esos inicios más... físicos.
Mi cuerpo reaccionó y me conectó a la realidad. Las palpitaciones en mi vientre se intensificaban a medida que entraba en mi. Mientras avanzaba lentamente obligándome a contenerme. Por un momento odié aquello. Que me conociera de ese modo, que supiera llevarme a ese punto.
Me quedé quieta intentado evadirme.
- ¿Regina? - le escuché susurrar.
Le ignoré. Terminaríamos y luego vería cómo simplificar las cosas.
Se detuvo y me giró.
- ¿Qué va mal?
Me quedé sin habla. Comprendí que de alguna manera me estaba reclamando. Que era consciente de que una parte de mi no estaba dónde debía. Aquello no parecía serle suficiente.
Le atraje hacia a mi y me hundí en el calor de su boca. Enseguida me olvidé de todo, y nuestras caderas se concentraron en el mismo movimiento. Había un tipo de urgencia diferente.
Y fue entonces cuando entendí la gravedad del problema. Por esa extraña calma que me producía saber que yo no era un simple desahogo. Por esa sensación de caída al vacío en mi estómago, que se extendía en mi pecho. Deseaba que alguien me amara, y si no lo había conseguido me estaba acercando peligrosamente.
