CAPITULO XII

Su esposo condujo su montura por un sendero lateral flanqueado por altos álamos, en dirección oeste. No era el camino de vuelta y Hermione preguntó:

— ¿Adónde vamos?

—Pensé que os agradaría más conocer la aldea de Hosmegade, que pertenece al ducado, que estar encerrada entre los muros del castillo. Ni siquiera se volvió para hablarle.

— ¿Pertenece al ducado?

—Así es. Arrendamos las tierras y ellos las trabajan desde hace siglos, siempre ha sido así.

—Y sois responsables de ellos.

—Me encargo de su bienestar, por supuesto.

—Como un señor feudal. —Ella se enojaba por momentos teniendo que mantener una conversación con una espalda erguida.

—Más o menos. Hasta ahora nadie se ha quejado.

¿Quejarse?, Se preguntó ella con ironía. ¿Quién se atrevería a protestar ante él? Con sólo mirar el témpano de sus ojosesmeraldas, renunciarían.

Una ardilla roja atravesó el camino, ascendió por el tronco de un árbol y se encaramo en una rama alta. Desde su bastión, arrugó su naricilla como si amedrentara a los dos intrusos que invadían sus dominios. Mione se dejó llevar por la simpatía que le despertaba el animalillo, estiró la mano delante de su nariz y movió los dedos a modo de burla al tiempo que le sacaba la lengua. La ardilla se perdió entre las ramas y ella, sin perder la sonrisa, controló el nerviosismo de su montura que corcoveaba. No se dio cuenta que los ojos de su esposo se habían quedado prendidos en ella.

Si Mione esperaba encontrar a campesinos callados que evitaran cruzarse con el patrón, se confundió de medio a medio. Al entrar en el pueblo por lo que era la calle principal, les recibió un conjunto de casas bajas y cuidadas con techos de pizarra negra y ventanas adornadas con tiestos rebosantes de flores. Algunas cestas de mimbre repletas de prímulas en forma de estrella colgaban junto a los dinteles de las puertas engalanando de rojo, amarillo, rosa o blanco las entradas de las viviendas.

Potter condujo a su caballo hasta el centro de la aldea y ella le siguió sin perder de vista ningún detalle. A uno y otro lado de la plazuela aparecían pequeños jardines cuidados con esmero, tiendas, una taberna. Algunos pequeños correteaban, jugando a pillarse, bajo la atenta mirada de unos ancianos. A su paso, advirtió que aquellas gentes saludaban a su esposo con inclinaciones de cabeza y rostros francos.

Harry frenó junto a la fuente, pero ella, encantada con el pueblo que tanto le recordaba a los de sus amadas tierras del norte de Escocia, no reaccionaba. Los aldeanos se fueron arremolinando, congregándose en torno a ellos y cercando al duque tan pronto descabalgó. Asombrada, vio que los más pequeños le solicitaban una golosina tirándole de los faldones de la levita. Potter revolvió el cabello a un par de mocosos, buscó algunas monedas y se las entregó provocando la algarabía de los chicuelos que se alejaron gritando de alegría. Después se acercó a ella.

Parpadeó ante sus brazos extendidos, esperando a que decidiera bajar de Ensueño. ¿Un asesino?, volvió a preguntarse. ¿Era aquel hombre el mismo que hacía un rato le había ordenado total sumisión? Algo no casaba. Tan absorta estaba que no captó del todo lo que Potter le decía.

— ¿Qué?

—Os preguntaba si deseáis refrescaros un poco en la cantina. La sidra aquí es excelente. —Totalmente confusa, Mione iba de sorpresa en sorpresa. Pasó la pierna por encima de la silla y se dejó resbalar por un costado permitiendo que las manos de su esposo la sujetaran hasta dejarla en el suelo. Miró a su alrededor: todos la observaban en completo silencio.

— ¿Qué sucede? le preguntó muy bajito.

—Seguramente están impresionados por vuestra belleza, milady — contestó en el mismo tono confidencial, sin apartarse un milímetro de ella.

— ¡Qué tontería!

Potter la pegó a su costado y ella permitió aquella muestra de posesión, aunque se envaró.

—Les presento a la nueva duquesa de Gryffindor.

Mione se encogió cuando las gentes de la aldea estallaron de júbilo y vitorearon la buena llueva. Respetuosamente, algunos se acercaron y estrecharon la mano de su esposo. Regalándole a ella sencillas reverencias. No le quedó más remedio que contagiarse de la alegría general y les sonrió satisfecha, devolviéndoles sus muestras de afecto.

Las gentes se fueron alejando para retornar a sus quehaceres, murmurando en grupos, y ellos se encaminaron a la taberna-posada, un establecimiento no muy grande, pero limpio y ordenado.

—Son gentes estupendas— decía Potter—. Y fiables, Mucho más sensatos y laboriosos que los aristócratas que viven esencialmente para lucirse entre chismorreos y fiestas; supongo que el mundo al que estáis acostumbrada.

Él parecía encontrarse más a gusto allí, más que entre individuos de su propia clase social. Desconcertada, respingó ante una voz potente y tosca que rompió el silencio.

— ¡vaya, vaya! El demonio en persona nos hace el honor de una visita.

Mione centró su atención en el hombretón que había deslizado tan grosero comentario. Era un tipo que debía de medir casi dos metros, de cabello rojizo y encrespado, largo hasta los hombros y brazos como troncos. Una barba corta y bien recortada le cubría un rostro adusto pero atractivo. Estaba repantingado en un banco junto a la chimenea y las piernas sobre la mesa, con las gastadas botas como mástil.

Ella temió la confrontación: Potter la hizo a un lado y atravesó el local a grandes zancadas. Al llegar a la altura del otro barrió con el brazo las piernas de quien le increpara, expulsándolas de la mesa.

— ¡Cochino cerdo del infierno! —Escuchó, con el corazón en un puño—. Aún te debo un puñetazo y creo que es momento de saldar cuentas.

Mione retrocedió, los ojos abiertos como platos, muda como el resto de los parroquianos que, curiosamente, no parecían dar importancia a la riña. Por el contrario, les observaban con interés y seguían el diálogo, al parecer. Divertidos.

— La última vez te largaste a H ogwarts House con un ojo morado, chico — replicó el hombretón
— ¿Cuál fue? ¿El derecho? ¿Es que quieres que te ponga el otro igual? — Y prorrumpió en carcajadas mientras se levantaba.

Mione palideció. Si parecía grande sentado, de pie intimidaba. Sacaba más de una cabeza al duque, con hombros al menos una cuarta más anchos que los de su esposo.

— Si lo haces, se lo contaré a Luna y dormirás en el cobertizo toda una semana.

Ella no entendía nada.

— Y serías capaz... —- oyó al otro.

—Lo juro por todos los duendes del bosque —aseguró Potter.

El personaje se paró en medio y un segundo después ambos se estrechaban en un abrazo, palmeándose en la espalda y regalándose algún que otro vocablo típico de los varones. Potter se volvió hacia ella y la llamo. Se acercó con cierto recelo, preguntándose quién era aquel sujeto que la observaba con indisimulado descaro.

—Mi lady, quiero que conozcáis a un buen amigo: Ronald Lovegood. Ella es mi esposa.

Por sus ojos Azules claros pasó un relámpago de asombro. Mione le saludó con una inclinación de cabeza y él respondió con una reverenda digna de un aristócrata. De pronto, se encontró sonriendo a aquel gigante.

—Duquesa— tronó su voz de barítono —es un honor.

— Lo mismo digo, señor Lovegood.

— ¡Por Dios, mi lady! protestó— Nadie me ha llamado así desde que tengo uso de razón. Ron es más que suficiente para mí.

Se sentaron a la mesa y al momento el tabernero dejó sobre ella una botella de sidra y tres vasos. Ronald sirvió y alzó el suyo en un brindis.

— Por la nueva duquesa de Gryffindor. Por la Duquesa de Chocolate. — Ella enarcó sus cejas y Ronald se echó a reír—. Es por vuestro ojos, señora. Jamás se ha visto por aquí unos ojos tan parecido al Chocolate.

A ella le gustó el sobrenombre. Sí, era mucho más divertido que el auténtico.

—Me gusta, Ron. La Duquesa de Chocolate. — Se echó a reír—. A mi abuelo le daría un ataque si se enterase.

A Harry le resultaba imposible dejar de mirarla. Su rostro irradiaba frescura, su cabello suelto eran ondas danzando en torno a su cabeza y escurriéndose hombros abajo. Desde luego, el sobrenombre con el que Ron acababa de bautizarla era del todo apropiado.

—Señora —dijo Lovegood—, estoy completamente enamorado de mi esposa, pero vos sois la mujer más bonita que he visto nunca. ¿De veras no sois un hada?

Mione le brindó una coqueta caída de pestañas que levantó un exagerado suspiro en él y ella volvió a reír desinhibida.

— Tendréis que venir a comer a casa. Luna y los críos se alegrarán de verte y querrán conocer a tu esposa. — Nada más hacer el ofrecimiento, continuó muy serio— . Si a su excelencia no le importa entrar en una casa humilde.

¿Importarle? Recordó Mione las veces que había pasado la noche fuera de Ness Tower, compartiendo una velada agradable y distendida con alguna familia de los alrededores.

— ¿Tenéis queso y pan de hoga, Ron?

—Por supuesto, mi lady.

— Entonces acepto. Pero la sidra será asunto nuestro. ¿No es así, milord? — dijo dirigiéndose a su esposo. Acto seguido se levanto. — ¿Nos vamos? ¡Ah! os importaría enviar a alguien para avisar a Molly Se preocupará si no aparezco. — Sin esperar respuesta, porque no era una petición, sino una orden apenas sugerida, se dirigió a la salida.

Harry reaccionó un poco más lento de lo que cabía esperar. Intercambió una rápida mirada con su amigo y encargó al posadero unas cuantas botellas de sidra, sorprendido aún por la facilidad con que ella demolía susdefensas.

Aunque no fue exactamente queso y pan de hogaza lo que degustaron en casa de Ron, Hermione pocas veces se había sentido tan liberada. Los Lovegood eran labradores y él. Además, se encargaba del molino.

Al llegar. Mione se encontró a una mujer delgada, no muy alta y en avanzado estado de gestación, que trajinaba en los fogones. Viéndoles entrar, se limpió las manos en el delantal y se lanzó a los brazos de Harry, que la recogió en el aire y giró con ella. Cuando la dejó en el suelo, la muchacha esperó que le presentaran a la desconocida, un poco azorada por su infantil comportamiento, tratándose de una dama. Fue sólo un instante porque inmediatamente una corriente de simpatía empezó a fluir entre ellas. Como si el vozarrón de Ron hubiese sido el tañido de una campana, dos chiquillos, entraron a la carrera desde el patio trasero. Ron los cogió a ambos y los colocó sobre sus caderas. Besándolos en la cabeza. Al soltarlos, corrieron hacia Potter, que no les negó unas cuantas vueltas en el aire levantando su excitación.

Para Mione fue otro descubrimiento: jugaba con los pequeños corno cualquier padre, y disfrutó de la escena hasta que Luna puso un poco de orden. Se los presentó, orgullosa:

— Estos son Lorcan y Lysander.

Las viandas fueron sencillas pero exquisitas: pan horneado aquella misma mañana, pescado salado, carne encebollada y tarta de manzana. Consumieron las tres botellas de sidra y otra adicional que Ron aportó para celebrar su visita.

En la sobremesa, mientras los niños jugaban fuera, Luna y Mione conversaron sobre Escocia.

—Viví durante seis años en Edimburgo le contó, con la ensoñación pintada en el rostro—. Me gustaría volver alguna vez.

—Si decides hacerlo, me encantaría que te alojaras en Ness Tower.

Luna habló del bebé que esperaban y Mione se apresuró a ofrecerle su ayuda incondicional. Entretanto, no perdía detalle de la conversación que Ron y Harry mantenían: cómo mejorar la cosecha del año siguiente, la rueda nueva para el molino, el arreglo del tejado de la pequeña capilla del pueblo... Su esposo se le revelaba como un patrón preocupado por el buen funcionamiento de sus tierras y el bienestar de sus arrendatarios.

Luna era una joven dicharachera y divertida, y la única capaz de mantener a raya a su par de diablillos, a su esposo y al duque. Todos acataban de buen grado sus órdenes y, a pesar de su pequeña estatura y su frágil apariencia su cabello dorado recogido en dos largas trenzas aniñaban su aspecto sus instrucciones no se discutían. Ron no disimulaba la adoración que sentía hacia ella. Y Harry tampoco.

Finalizada la charla, todos contribuyeron a recoger la mesa y fregar los platos. Mione no salía de su asombro: su marido secaba los platos mientras bromeaba con Ron, que se encargaba de aclararlos. Ella, por su parte, entretenía a los niños.

Después, pasearon por las inmediaciones y llegaron hasta el río. Hermione lo estaba pasando maravillosamente, y accedió a la petición de los pequeños que tiraban de ella hacia la orilla. Se pasó las faldas por entre las piernas y se las remetió por delante en la cinturilla. Y así, con aquel aspecto tan distante del de una duquesa, intentaron atrapar una trucha entre los tres, llenando el lugar de risas, gritos y chapoteos.

Ron, con su esposa apoyada en su hombro, medio adormilada, no perdía detalle, recostado en un álamo.

—Es todo un hallazgo.

— ¡Ajá! — Asintió Potter—. Un hallazgo muy descarado.

— ¿A qué te refieres?

— Mira de frente, dice las cosas a la cara y no se muerde la lengua.

—Lo he notado. Y me gusta. Ya era hora que encontraras una mujer que no te dijera sí a todo. —Potter gruñó por lo bajo—. Y dime, ¿qué le ha parecido a la duquesa viuda la unión con los Granger?

—Puedes imaginarlo. Puso el grito en el cielo y se marchó a York.

El corpachón de Ron vibró al compás de una risa profanada al ver a Mione hundirse en el río ante un ataque de sus hijos a la par, saliendo después escupiendo agua.

—Luna tendrá que prestarle alguna ropa dijo —. Le caerá bien a la vieja gruñona, estoy seguro.

—No apuestes nada, ya conoces a mi abuela.

—Esa chica es capaz de conquistar a cualquiera. —Miró de reojo a su amigo, que había fruncido el ceño convenido de lo que acababa de decir.

Llegó el momento de partir y tener que abandonar tan grata compañía. Mione y los niños, chorreando, se adelantaron con Luna hasta la casa. Una vez allí, se secó el pelo y esta le prestó ropa y un par de zapatos.

— ¿volveréis? — Preguntó Ron— . Los niños suelen preguntar por Harry y ahora te echarán de menos a ti.

—Procuraré... — dudó Mione, que tenía en cuenta las exigencias de su esposo.

—Mejor todavía. ¿Por qué no pasáis unos días en casa? — intervino Harry tomando a Alice de la cintura y besándola en el cuello.

— Deja esas manos quietas. —Se las golpeó—. ¿Qué va a pensar tu esposa de estas confianzas?

—Lo mismo que Ron, si es la mitad de inteligente de lo que imagino— repuso él, atento a la reacción de Hermione—. Sólo que te quiero.

— ¡Harry Potter!

El duque estalló en risas que fueron coreadas por Ron y la propia joven, un tanto azorada, echando miradas de reojo a la duquesa. Pero Mione también sonreía, gratamente impresionada de tan curioso trío, donde la camaradería arropaba una amistad que se adivinaba antigua.

—Lo digo en serio —insistió Potter—. Lorcan y Lysander disfrutarían lo suyo en el castillo.

—No estoy para ir a ninguna parte. Harry— negó Luna—. Estoy gorda como una vaca. ¿Cuánto falta?

—Para mi gusto, mucho aún.

—Avisadme. Enviará al doctor...

—No te preocupes. Es el tercero y será fácil, Además, Andrómeda lleva mas de treinta años atendiendo nuestra aldea.
Se intercambiaron promesas de una futura reunión. Si el matrimonio no iba a Hogwarts House, serían Mione y Harry los que se acercarían cuando llegara el nuevo retoño.

Capitulo 12

¡Qué emoción!

Nuevo capítulo sobre esta grandiosa historia aristócrata de Nieves Hidalgo…

Espero que la estén pasando bien.

Ruithe 24/06/18 1:10 AM.