Los personajes de Twilight no me pertenecen, la historia es completamente de mi autoría.
Canción del capítulo:
The blower's daughter - Damien Rice
Capítulo 11 - Sin amor, sin gloria, sin héroe en su cielo
" Y así es,
Tal como dijiste que sería,
La vida transcurre tranquila para mi
La mayor parte del tiempo.
Y así es,
La historia más corta,
Sin amor, sin gloria,
Sin héroe en su cielo ".
Damien Rice
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—¡Edward, tienes cinco minutos! —Solo muevo mi cabeza en afirmación hacia Stefan, quien apenas me mira y sale corriendo a terminar de preparar todo. Estiro mi brazo para agarrar mi montera frente a la imagen de Nuestra Señora de la Esperanza Macarena. Me hago la señal de la cruz y me pongo mi último elemento en la cabeza antes de darme la media vuelta y caminar por el pasillo que me conduce al ruedo.
Una especie de déjà vu me recorre de pies a cabeza. Aquí estoy, donde todo comenzó, donde mi vida se partió en dos.
Camino lentamente y me doy cuenta de que es la primera vez que mi mente no está concentrada en el toro al que me voy a enfrentar en menos de tres minutos, sino en Bella. Y cuando pienso en ella solo puedo ver sus ojos llenos de las lágrimas que nunca llegan a derramarse…, me parece verla frente a mí, delicada pero fiera y puedo ver la decepción, la rabia, el odio brotando por cada poro de su piel, seguido de su espalda mientras se aleja de mí y cierra la puerta tras ella, dejando un espacio que jamás pensé que sentiría tan profundo en mi casa, mi cama, en mi alma, recordándome que ella ya no está y jamás volverá.
Los gritos de la multitud me sacan de mis recuerdos y sacudo la cabeza, pues no es momento de pensar en otra cosa que no sea la faena. Stefan me da unas palmadas en la espalda cuando me ve y me alienta a caminar dentro del ruedo; a la vista de más de diez mil personas que llenan la plaza de toros de Zaragoza me presento como es debido y doy una pequeña caminata por la arena, la multitud me ovaciona y yo sonrío, pero cuando voy a mitad de camino soy interrumpido por otro tipo de gritos, unos que llevo años escuchando.
—¡Asesino! —Cierro los ojos y respiro profundo antes de darme la vuelta.
Ahí está ella. Sus ojos se conectan inmediatamente con los míos, ya ni siquiera escucho lo que gritan, solo soy consciente de que hace casi cinco meses no la veo. No puedo dejar de mirarla, el tiempo parece detenerse y el ruido a nuestro alrededor no existe. No ha cambiado casi nada, no parece tanto tiempo sin ella y a la vez se me antoja una eternidad. Si acaso su cabello está un poco más largo y parece un poco más delgada. Sus labios… y sus mejillas sonrosadas me invitan a acariciarlas. Pero me abstengo, aunque mis dedos pican por ello.
―Edward, para con esto, detente —Su dulce voz me suplica y sigo prendado a sus dulces pozos castaños. Guardo un momento de silencio, sin encontrar más palabras en mi mente que un lastimero "vuelve", pero un momento después la batalla que se ha estado librando por tanto tiempo en mi pecho me abruma.
―Esto es lo que soy, no puedo renunciar a eso —mi respuesta sale como un suspiro, pero Bella me escucha. Lágrimas empiezan a brotar de sus ojos, esas gotas saladas que no vi el día que salió de mi casa después de haberse enterado de todo mi engaño invaden por completo su rostro. Suavemente se limpia las mejillas con la mano, y cuando su mirada se enfoca nuevamente en mí sus ojos me traspasan con millones de agujas punzantes.
―Yo tampoco —responde antes de ser sacada del ruedo por las personas de seguridad del evento.
Me giro y me obligo a sonreír al público antes de enfrentarme a la puerta por la que segundos después sale Viggo, mi nuevo compañero de acto, para él su único y último acto.
Mi capote entra en juego, reto al toro con la mirada y de sus fosas nasales salen jadeos enfurecidos. Los "ole" del público retumbaban en mis oídos y me obligo a que esos sonidos hagan vibrar mi sangre como lo hacía antaño, pero nada sucede en mí, estoy actuando como un autómata, solo la imagen de Bella se presenta ante mis ojos.
Miro nuevamente a Viggo y asumiendo el riesgo, pues después del accidente mi reputación como el futuro gran matador del mundo ha bajado en gran medida, me voy hacia uno de los laterales donde está Stefan y le pido un par de banderillas.
—¿Estás seguro? —No respondo, simplemente recibo los instrumentos y me acerco con parsimonia a Viggo, quien corre enfurecido en mi dirección, me hago a un lado y cuando menos me doy cuenta las banderillas están sobre el lomo del toro y la gente aplaude enardecida. Y mi encuentro con Viggo sigue hasta que algunas banderillas más son puestas y el momento de sacar mi espada llega: el estoque; es el momento de terminar con mi función.
Mi brazo tiembla cuando la espada alcanza su objetivo y los vítores del público inundan la plaza; un acto del que debería sentirme feliz y victorioso no me hace sentir sino vacío. Mi cuerpo no responde más que para ordenarle a mis rodillas flaquear y caer así ante el gran cuerpo sin vida de Viggo.
Soy incapaz de ver al público, solo mis manos están en mi campo de visión. Dos pesadas lagrimas caen sobre mis palmas, no me molesto en limpiarme pues le abren paso a cientos más que inundan mis mejillas, desbordando mi alma.
—¿Éste soy yo? —Me pregunto mientras con la mirada borrosa veo mi espada ensangrentada—. ¿Éste soy yo? —no puedo parar de repetírmelo hasta que soy consciente de que varias manos me ponen en pie, me entregan un ramo de flores y me siento volar cuando soy cargado por varios hombres que me llevan por la plaza, para saludar a los aficionados y recibir sus vítores y felicitaciones.
—¡Eso fue fenomenal, Edward! —los brazos de Stefan me envuelven apenas estoy sobre mis pies—. Eres grande, muchacho, mira que hacer semejante espectáculo después del accidente… ¿Qué sucede? —Se interrumpe cuando se da cuenta que mi actitud no es la esperada. No respondo, solo bajo la cabeza y apuño mi montera—. Deja esa actitud, hijo. ¡Tienes que estar feliz! ¡No solo porque lo hiciste fenomenal sino porque Vladimir Di Salvo te vio y quiere representarte!
Mis ojos se amplían y mis hombros caen aún más, no sé cómo reaccionar, solo siento que me desvanezco. Lo que tanto tiempo soñé se está cumpliendo. ¿Y qué? Solo quiero salir corriendo y abrazar a Bella, pedirle perdón y olvidarme de todo lo que no sea ella.
—Vladimir te espera en el camerino, Edward —me dice feliz. Solo asiento y trato de sonreír para que no siga cuestionando mi actitud. Me dirijo rápidamente al camerino para cambiarme y salir rápidamente de ese lugar, pues todo lo que llena mi mente es la idea de buscar a Bella.
—¡Edward! Que dicha al fin conocerte —me saluda Vladimir Di Salvo, un hombre rubio, de tez muy blanca, acento italiano, figura un tanto encorvada y a pesar de su edad, que ronda los setenta años, me saca unos dos centímetros. Es justo como me lo imaginé, imponente y autoritario. Nos damos la mano y me la recibe con fuerza—. Supongo que tu representante ya te habrá contado —me dice sonriente.
—Algo me dijo.
—Bueno. ¿Qué dices al respecto?
—Es algo que siempre soñé…
—¡Perfecto! ¡No se diga más! —dice jubiloso, sin dejarme terminar de hablar —Te contactarás con mi secretaria y…
—Vladimir. —Llamo su atención, deteniendo su discurso. —Sí, es algo que siempre soñé, pero ya no. —Me evalúa por un momento, desconcertado —Pienso retirarme —suelto si más después de un pequeño suspiro. La expresión de Vladimir se transforma inmediatamente al completo asombro.
—¿Cómo? —dice Stefan, quien entra en ese momento.
—Lo que escuchaste. —Me doy la vuelta y Stefan me mira con el triple de sorpresa de Vladimir. —Descubrí que esta no es mi vida, no quiero seguir con esto.
—Pero Edward…
—Bueno —interrumpe Vladimir—. Si esa es tu decisión no puedo seguir aquí, mi tiempo es muy valioso. Sin embargo, ya te digo desde ahora, es una verdadera lástima. Si cambias de opinión, llámame. —Me extiende una tarjetita dorada con su nombre y número antes de volver a ponerse sus anteojos para salir.
El silencio llena por completo el camerino mientras me encamino a cambiarme, sé que Stefan tiene miles de preguntas en su cabeza, pero no las hace, se queda parado en la puerta observándome. No es sino hasta que termino de ponerme mis tenis que lo miro. La pregunta silenciosa en cada facción de su rostro.
—Tengo que recuperarla —le digo simplemente porque sé que él me entiende. Suspira y asiente.
Cuando Bella se enteró de la verdad no pude decirle nada, pues no tuve tiempo cuando la encontré de espaldas a la ventana de mi habitación con mi celular en la mano. Lo supe al instante, Stefan me había llamado, era una llamada que estaba esperando, pero con Bella ahí simplemente me olvidé.
—Sabes lo que más me duele? —me dijo escueta cuando se giró—. Que me haya tenido que enterar por otra persona, si me lo hubieses dicho… —la frustración clara en cada expresión suya—. No vuelvas a buscarme.
Fueron sus últimas palabras antes de marcharse y dejarme con el corazón partido en miles de pedazos.
Y he cumplido su petición hasta ahora, pero ya no puedo más con esto, simplemente no soy capaz, el hecho de haberme sentido tan vacío cuando estuve en el ruedo fue una señal, algo que no puedo dejar pasar por alto.
Stefan me da una palmada en la espalda cuando llego a la puerta.
—No me esperes —le grito sobre mi hombro antes de alejarme a pasos agigantados.
Me escabullo entre la multitud y desde mi estatura soy capaz de ver sobre las personas, pero no puedo encontrar a Bella y cuando me doy cuenta ya estoy del lado oriente de la plaza, cerca de los otros camerinos. La gente se dispersa a gran velocidad, pero Bella nada. Me giro y a unos diez metros la encuentro iluminada por la tenue luz de un bombillo, recostada contra una de las paredes del pasillo, como si estuviera esperándome.
Salvo el espacio que nos separa y la electricidad que siempre atraviesa mi cuerpo cuando la siento cerca me recorre de pies a cabeza. Bella ni siquiera me mira cuando me pongo a su lado.
Esta posición me recuerda hace años, cuando nos besamos por vez primera. Miramos cómo la gente va desocupando el lugar hasta que el bullicio se hace lejano y la soledad y el silencio nos envuelven.
—Vuelve —le susurro, aún sin mirarla. Una risa sin humor me hace alzar la cabeza y girar hacia ella.
—¿Es en serio? —mueve su cabeza y mira sus pies—. No seas cínico, Edward.
—Perdón —susurro, nuevamente sin mirarla. Suspira antes de hablar.
—Conocía cómo eras, lo sabía y aun así… ¿por qué creí que cambiarías por mí? Ni siquiera vale la pena. —Empieza a alejarse pero la detengo, halándola del brazo y la acerco hacia mí. Su rostro cerca del mío, su calor cobijándome.
—Perdón, Bella. —Tenerla entre mis brazos es como si nunca se hubiera ido, mi cuerpo reconoce al suyo y la atraigo un poco más, rodeándola por la cintura. Mi mano se alza y acaricio su suave mejilla de porcelana. La acerco un poco más. Sin embargo, sus brazos continúan rígidos a sus costados y sus ojos fulminantes me traspasan.
—Suéltame.
—No. No lo haré. Si cambié, lo hice porque te amo. Te amo y necesito tenerte a mi lado.
—No te creo y, por el contrario, yo no te amo —dice mordaz, mirándome a los ojos, sin un ápice de vacilación.
Acerco mis labios a su cuello y el calor emana de cada poro de su piel, la siento estremecerse cuando respiro pesadamente sobre su carne. Sin embargo, no se mueve y yo continuo mi recorrido hasta llegar a su boca, sin besarla; continuo quieto, a un centímetro de los labios que por tanto tiempo he extrañado. Bella cierra los ojos.
—Pues no te creo porque tus ojos, tu respiración, cada poro de tu piel grita que me amas, que me deseas—. Sus ojos se abren y lucha para soltarse, pero no le dejo y la apreto más contra mi cuerpo.
—Suéltame —repite y nos giro para dejarla contra la pared, sin la posibilidad para escapar.
—Te entiendo, Bella, soy un idiota que no supe hacer las cosas como debía. —Acaricio mi nariz con la suya y sus hombros rígidos se relajan un poco. Su lengua sale y humedece sus labios, en una invitación totalmente involuntaria, pues apenas lo hace trata de ocultarlo llevando su rostro a un lado. Sonrío y tomo su mentón entre mis dedos para girar su rostro y mirarla, no quiero perder el contacto con sus ojos—. Pero no te voy a perder, no voy a dejar que te vayas para siempre de mi vida, nunca voy a desistir—. Y la beso, su cálida boca permanece cerrada, sin corresponder a mi gesto y sin embargo yo sigo moviendo mis labios sobre ella, con delicadeza, haciéndole sentir en ese gesto mi amor, devoción y el sello de mi promesa. Espero su respuesta, pero no llega, así que me alejo un poco. Sus ojos siguen abiertos, fijos en los míos—. No voy a desistir. ¿Me oíste, Bella? Nunca. Eres mía, así como yo soy tuyo y eso no puedes negarlo. —Y con eso la suelto y camino hacia la salida.
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—Desde pequeño soñé con ser torero y anhelaba envejecer en el ruedo, pero todo se desmoronó. Y ahora, toda la vida que había planeado simplemente se me antoja atroz. —Suspiro y miro los imponentes acantilados blancos que contrastan con el horizonte, por donde poco a poco los últimos vestigios del día van desapareciendo, dejando una estela de colores naranjas, amarillos y rojos.
—Nunca lo que planeamos es lo que nos va a hacer felices —susurra mi madre—. Yo soñaba con ser una gran artista y viajar por el mundo, libre, sin ataduras —suelta una suave risa y estira su mano para tomar la mía—. Pero conocí a Carlisle.
—¿Y eres feliz? —le pregunto, mirándola a los ojos. Ella me sonríe y me da un dulce apretón en la mano.
—Como nunca lo planee —sigo mirándola y en sus ojos puedo verlo, mi padre es quien la hace libre y feliz. Le sonrío y me muevo para pasar un brazo por sus hombros y atraerla hacia mí, en un suave abrazo.
Cuando dejé Madrid hace tres meses estaba tan perdido, mi corazón y mi mente no podían sincronizarse. Si bien ya había decidido dejar mi profesión como torero, mi cabeza aún me gritaba que estaba cometiendo una estupidez, aunque mi corazón se sintiera más libre y aún más lleno que nunca ante la posibilidad de poder recuperar a Bella, sin mentiras de por medio y sin obstáculos que pudieran alejarnos.
Tenía que alejarme de todo para encontrarme, para aclarar toda mi vida, porque Bella se merecía a alguien capaz de saber lo que quiere, alguien que no tenga tanta mierda encima. Así que decidí regresar a casa de mis padres por un tiempo.
Cuando mi mamá abrió la puerta lo supo en seguida, no podía estar más contenta y, mi padre, aunque triste por mi decisión, declaró que me apoyaba en lo que deseara. Así que más tranquilo en ese aspecto me sumergí en días de tocar el piano y tardes de caminatas por la ciudad que me vio crecer, Dover, Inglaterra.
—Fácilmente puedo imaginarme con Bella aquí —le confieso a mi madre, quien sigue con mi mano entre las suyas, acariciando mi dorso—. Mirando el atardecer mientras nos hacemos cariños y reímos por comentarios tontos. —Sonrío al recordar el suave tintineo de su sonrisa, la calidez de sus ojos rientes y aquella tarde cuando nos pasamos horas viendo formas en las nubes—. Muy fácilmente puedo planear una vida entera con Bella —Cierro los ojos, fue tan poco el tiempo que me fue concedido a su lado. Mi madre suelta una suave risa y yo bufo, sé que parezco un idiota enamorado, pero no me importa.
—¿Y qué esperas para ir por ella?
—No sé qué hacer con mi vida, mamá, no sé qué ofrecerle aparte de mi pasado. No tengo un futuro claro, no…
—Edward —me detiene—. Deja de darte tan duro, hijo. Si bien tomaste un camino que ahora te arrepientes, no puedes renegar de ello. —La miro confundido. Ella me mira pacientemente y pasa su mano por mi cabello, tratando de ordenarlo, en un gesto que ha tenido desde que me acuerdo—. Si no hubieses elegido ese camino, quizá nunca la hubieses conocido. Y si ahora no sabes muy bien qué hacer, no te afanes, eres joven y tienes inmensidad de caminos por los que puedes irte, pero ahora lo que tienes que hacer es recuperarla. —Me alienta y percibo en su tono de voz cierta aprehensión.
La comprendo, por largas semanas me ha visto despertarme y seguir mi vida sin un objetivo, donde el piano es mi única actividad donde puedo sumergirme en mi tristeza, recordándola, tocando siempre el mismo repertorio de mis nuevas composiciones llamadas: "Para Bella". Hasta yo me doy cuenta de lo patético que es eso.
Tomo un largo trago de aire y regreso a mirar a la casi oscuridad del horizonte. Una suave brisa golpea mi rostro.
—Tengo miedo —susurro bajo.
—¡No seas cobarde! —La fuerte voz de mi padre nos sorprende, así que mi mamá y yo nos giramos para verlo. Carlisle agarra una silla y la ubica a mi otro lado, donde se sienta cómodamente—. Desde pequeño te enseñé a luchar por lo que quieres, ¿no es así? —Asiento, con los ojos como platos, sintiéndome patéticamente regañado—. Pues entonces lucha y ve por ella, Edward; no va con tu personalidad el no ir a por ello. —mentalmente le doy la razón, nunca he sido así, pero al mismo tiempo, nunca me ha dado tanto temor algo, el hecho de pensar en que quizá nunca pueda recuperarla, sentir aún más su rechazo… eso me abruma totalmente y me deja incapacitado—. Está bien tener miedo —murmura mi padre como leyendo mi pensamiento—, pero que eso no te acobarde. Coge al toro por los cuernos, hijo…
—¡Carlisle! —reprende mi madre y él solo se ríe.
—Está bien, es una mala metáfora. Pero es lo mismo con la vida. —Voltea su rostro hacia mí y me mira fijamente—. Ve al ruedo por su amor, Edward.
Así es como al día siguiente, a primera hora, estoy tomando un vuelo de regreso a Madrid, la ansiedad hace que mi pierna rebote violentamente mientras espero el llamado a abordaje. Me despedí de mis padres, dándoles las gracias y prometiéndoles volver a visitarlos con Bella, cosa que hizo iluminar los ojos de mi madre y sonreír a mi padre, quien me dio una palmada en la espalda en gesto de apoyo.
Las dos horas y veinte minutos de vuelo hasta Madrid se me hacen eternas, no tengo ánimo de comer nada así que rechazo cualquier cosa que la azafata está ofreciendo, mi mente está llena de un itinerario rígido: tengo planeado llegar, dejar mis cosas en casa, pasar por la florería recogiendo el arreglo de flores que ordené hace unas horas de camino a Londres, y después iré inmediatamente hasta el trabajo de Bella, donde seguramente está; llegaré, me pondré de rodillas y le pediré perdón, no me importa si me veo patético haciéndolo, más patético me veré toda mi vida sin ella. Mi plan no es muy imaginativo y un tanto cliché, pero estoy dispuesto a hacer lo que sea por lograr su perdón y es mi primer paso.
Cuando llego a casa todo está en silencio, dejo mi maleta en la entrada, de donde seguramente la recogerá Helena, quien prometió regresar ese mismo día en la noche. Agarro las llaves de mi auto y conduzco a la florería, donde ya está listo mi pedido especial, un hermoso arreglo de flores amarillas, mezcla de tulipanes, lirios, gerberas y rosas. Y ahora, el internet también fue mi salvación, al buscar me encontré con que el amarillo y justamente ese tipo de flores son las que regalas para pedir perdón. Con cuidado lo meto el canasto en la parte trasera y me dirijo hasta el museo.
Cuando llego al lugar con el florero en mis manos todos me miran, y me importa un comino.
—Buenos días, ¿en qué puedo ayudarlo? —me pregunta en la entrada el guarda del museo, quien me mira desconcertado.
—Hola, necesito entregarle esto a Bella Swan.
—Déjelas aquí y se las hago llegar.
—¡No! —Pego un grito y alejo las flores de sus manos. —La sorpresa del hombre de seguridad es evidente.
—Entonces deme un momento y la llamo.
—¡No! —espeto nuevamente, deteniéndolo antes de que se gire. Me mira con sospecha —Disculpe. Pero quiero entregárselas personalmente. Usted me entiende —le digo confidencialmente mientras le sonrío un poco y le guiño un ojo en complicidad, un poco nervioso, no va a ser justo en este momento que por mi reacción el señor se asuste y me obligue a dejar el lugar. Por su parte, el guardia me mira por unos segundos más y sonríe mientras asiente, dejándome pasar. Suelto todo el aire que he estado conteniendo y le sonrío.
—Gracias, hombre —le susurro al pasar a su lado.
—No, Alice, llegamos y fuimos directamente a… —Las palabras de la recepcionista se apagan cuando pone sus ojos en mí y claramente en el florero en mis manos—. Sí, buenas tardes. ¿En qué puedo ayudarle? —me saluda. La pequeña Alice se gira y sus ojos inmediatamente me fulminan apenas me reconoce.
—¿Qué haces aquí? —pregunta mordaz.
—Alice, necesito encontrar a Bella —suelto sin más, con súplica en el tono de mi voz.
—¿Quién te crees, pedazo de gil…?
—¿Puedes insultarme después de decirme en dónde está Bella? —me mira de arriba abajo, evaluándome por un momento.
—¿Qué te hace creer que te lo diré? Ya le hiciste bastante daño y unas florecitas —señala despectiva al objeto en mis manos—, no van a…
—La amo, Alice, no puedo vivir sin ella. Necesito recuperarla. —continúa en silencio y sus dedos empiezan a tamborilear sobre el mesón de recepción.
—Al fondo y a la derecha. Sigues por ese pasillo nuevamente hasta el fondo y puedes encontrarla en la segunda puerta a la izquierda —habla la recepcionista.
Alice se gira y la fulmina con la mirada.
—Traidora.
—Gracias…
—Camila.
—Gracias, Camila. Te debo una —le sonrío y me apresuro a seguir sus indicaciones.
Camino por los impolutos pasillos, repitiendo las indicaciones en susurros para no olvidarlo o en el peor de los casos, perderme, porque fácilmente lo haría en medio de este sitio laberíntico. Una vez lo hice y fue aterrador.
—Podemos ir a cenar.
—No sé si pueda, James, tengo planes con Alice —la voz de Bella me hace detener en la segunda puerta a la derecha. Mi corazón se dispara y la sangre sube inmediatamente a mi cabeza, haciendo que todo en mi interior palpite de furia.
—Es la tercera vez que me rechazas. No seas tan rogada, Bells. —Sonrío.
—Claro que te rechaza, imbécil —murmuro antes de girar el pomo y abrir la puerta.
—No es mi intención rechazarte, solo que…
—Shh, no tienes que excusarte —La imagen con la que me encuentro es con la del tal James acorralando a Bella contra la pared, con su rostro casi encima del de mi chica protesta. Ella se ve tan pequeña e indefensa ahí. Veo todo rojo y mis manos se aprietan en torno al canasto que sostengo.
—Buenas tardes —digo con furia, tomando por sorpresa a Bella y por supuesto al tal James, quien se aleja inmediatamente de mi chica.
—No hay acceso a visitantes a esta zona —me informa el tipejo. Lo miro de arriba abajo, lo ignoro y regreso a mirar a Bella, quien me mira con sus amplios ojos marrones.
—Bella.
—¿Qué haces aquí?
—Vine a traerte esto. —Le muestro las flores. Se queda en silencio por un momento, su mirada oscila entre el ramo y yo, sé que sabe su significado y los nervios que me recorren de pies a cabeza se intensifican. ¿Y si me las tira en la cara?
Suspira y seguidamente me señala una mesa, donde las dejo con cuidado. Me siento pisando sobre huevos. Un silencio incómodo nos envuelve.
—Bien, puedes retirarte —dice James.
—Bien puedes retirarte tú, imbécil —le gruño, acercándome un paso. Él me mira con sus ojos asustados y sus manos en alto.
—¡Hey! —Alerta Bella y me detengo.
—Cobarde —murmuro y me giro nuevamente hacia Bella, quien me está mirando sorprendida.
—¿Qué haces aquí? —pregunta bajito.
—Vine a traerte esto y… —Mis nervios me acojonan, me paso la mano por el cabello, desordenándolo terriblemente. Suelto un bufido— ¿Quieres salir a cenar conmigo? —le pregunto, ignorando al hijo de puta a su lado, quien sigue como un imbécil mirándonos, como un partido de tenis cada vez que hablamos, quiero partirle la cara solo por haberse atrevido a respirar el mismo aire que Bella, pero si lo hago sé que ratificaré no ser más que un troglodita.
Ella vuelve a quedarse en silencio y no sé si tomar eso como buena o mala señal. Quiero llevarme la mano nuevamente a mi cabello, pero me abstengo. Bella atrapa su labio inferior con sus dientes, claro signo de que está nerviosa; muero por acercarme, soltar su labio y atraparlo con los míos.
—No —dice finalmente, bajando su vista al suelo—. Voy a salir a cenar con James. —Un ligero sonrojo invade sus mejillas—. ¿No es así? —Lo mira. James no sabe qué responder, desconcertado la mira por unos segundos y después asiente, volviendo sus ojos victoriosos hacia mí.
Suelto una suave risa, tratando de esconder mis nervios y la decepción. Vuelvo a mirar a Bella, a quien le sonrío y le guiño un ojo.
«No me iré de aquí sin haber puesto mi primera banderilla.» Saco una pequeña tarjeta del bolsillo interior de mi chaqueta para dejarla en medio de un tulipán y una rosa, con las letras escritas por mi propia mano claramente visibles.
"Estoy en el ruedo por tu amor, mi chica protesta"
Me doy la media vuelta y salgo, con una sola idea en la mente: hasta la próxima faena.
Si todavía estás aquí, leyéndome, quiero agradecer tu infinita paciencia, espero con ansias tus comentarios comentarios, opiniones :)
Gracias también por sus alertas y favoritos, así como las chicas que comentan, con sus opiniones me ayudan a mejorar como "escritora".
Nos leemos pronto.
Beijos
Merce
