Disclaimer: Harry Potter es propiedad de J. K. Rowling.


Hola a todos gente.

Seguramente ahora debéis de estar un poco enfadados por lo mucho que he tardado en subir este capítulo. Cómo comunique en otros fics, mi ordenador se estropeo y no fue hasta el mes pasado que me lo cambiaron. Además de que las dos primeras semanas de agosto estuve de vacaciones y la presencia de internet fue mínima. Y como si aquello no fuese suficiente, hasta hace nada he tenido un bloqueo mental. Pero ya todo eso ha pasado y vuelvo con todos vosotros.

También mencione que iba a volver a releerme las historias de nuevo desde el principio así que no esperéis estos nuevos capítulos muy pronto.

Y ahora a disfrutar de dicho capítulo.


—Muy bien, creo que un capítulo más y nos podríamos ir a dormir —dijo Dumbledore, consultando su reloj.

—Perfecto —sonrió Astoria—. Pues dejadme que yo lea el siguiente... o acabaré durmiéndome —esto último lo murmuró por lo bajo y solamente fue escuchado por su hermana mayor—. El mapa del merodeador

—¿Encontraste el mapa? —exclamó James encantado.

—¿De qué mapa hablas, cariño? —le preguntó Lily con una sonrisa inocente dibujada en su rostro. James tragó saliva.

—A-ah nada, cariño.

La señora Pomfrey insistió en que Harry se quedara en la enfermería el fin de semana.

—Muy típico de ella —suspiró Charlie, recordando las veces que se había tenido que quedar en la enfermería por culpa de un partido de quidditch.

El muchacho no se quejó, pero no le permitió que tirara los restos de la Nimbus 2.000. Sabía que era una tontería y que la Nimbus no podía repararse, pero Harry no podía evitarlo. Era como perder a uno de sus mejores amigos.

—Es normal —dijo James—. Aunque es básicamente obligatorio cambiar de escoba cuando la tuya se va quedando vieja, la primera escoba es algo que tienes que guardar si o si.

—La primera y también las otras —señaló Lily.

Lo visitó gente sin parar; todos con la intención de infundirle ánimos. Hagrid le envió unas flores llenas de tijeretas y que parecían coles amarillas, y Ginny Weasley, sonrojada, apareció con una tarjeta de saludo que ella misma había hecho y que cantaba con voz estridente salvo cuando se cerraba y se metía debajo del frutero.

Más de uno rió ante aquello mientras que la pelirroja se sonrojaba y bajaba la cabeza apenada. Ella estaba segura de que había hecho correctamente aquel encantamiento. Tal vez si le hubiese pedido ayuda a Hermione en vez de hacerlo ella misma...

El equipo de Gryffindor volvió a visitarlo el domingo por la mañana, esta vez con Wood, que aseguró a Harry con voz de ultratumba que no lo culpaba en absoluto.

—Es que tampoco tiene motivos para culparlo —dijo Tonks, frunciendo el ceño—. Fue culpa de los dementores, no suya.

Ron y Hermione no se iban hasta que llegaba la noche.

—Eso es ser buenos amigos —murmuró Holly.

En realidad la chica se sentía un poco triste. A ella también le hubiese gustado estar con su hermano, pero por desgracia ella no existía en aquel mundo.

Pero nada de cuanto dijera o hiciese nadie podía aliviar a Harry, porque los demás sólo conocían la mitad de lo que le preocupaba.

Aquello alarmo a los padres de Harry quienes, rápidamente miraron a su hijo mayor en busca de explicaciones. Harry suspiró y señaló el libro que Astoria sujetaba con la cabeza.

No había dicho nada a nadie acerca del Grim, ni siquiera a Ron y a Hermione, porque sabía que Ron se asustaría y Hermione se burlaría.

—Claro —dijeron ambos a la vez con total confianza.

El hecho era, sin embargo, que el Grim se le había aparecido dos veces y en las dos ocasiones había habido accidentes casi fatales. La primera casi lo había atropellado el autobús noctámbulo. La segunda había caído de veinte metros de altura. ¿Iba a acosarlo el Grim hasta la muerte? ¿Iba a pasar él el resto de su vida esperando las apariciones del animal?

Sirius hizo una mueca. Él nunca había tenido intenciones de asustar a su ahijado de aquella manera.

Y luego estaban los dementores. Harry se sentía muy humillado cada vez que pensaba en ellos.

—No te mortifiques con ello, Harry —dijo Hermione, mirando a su "hermano".

—Intento no hacerlo —le aseguró Harry.

Todo el mundo decía que los dementores eran espantosos, pero nadie se desmayaba al verlos... Nadie más oía en su cabeza el eco de los gritos de sus padres antes de morir.

A decir verdad nadie se sorprendió por dicha revelación. Ya todos habían supuesto que se trataba de algo por el estilo. Holly se estremeció pensando que, de ninguna de las maneras, le gustaría estar en el lugar de su hermano mayor.

Porque Harry sabía ya de quién era aquella voz que gritaba. En la enfermería, desvelado durante la noche, contemplando las rayas que la luz de la luna dibujaba en el techo, oía sus palabras una y otra vez. Cuando se le acercaban los dementores, oía los últimos gritos de su madre, su afán por protegerlo de lord Voldemort, y las carcajadas de lord Voldemort antes de matarla...

—Mi pequeño —murmuró Lily con muchas ganas de entrar dentro del libro y abrazar a su hijo.

Pero como no podía hacerlo, se conformó con abrazar al Harry de la sala. Éste de golpe se encontró siendo asfixiado directamente contra el pecho de su madre.

—Esto, Lily... —murmuró James viendo como la piel de su primogénito se iba volviendo azul—. Creo que sería mejor si lo soltarás.

—¿Eh?... ¡Ah! Perdona, Harry —se disculpó Lily dejando ir por fin a su hijo.

—N-no importa —jadeó Harry con las mejillas sonrojadas e intentando recuperar el aire que había perdido.

Harry dormía irregularmente, sumergiéndose en sueños plagados de manos corruptas y viscosas y de gritos de terror, y se despertaba sobresaltado para volver a oír los gritos de su madre.

Esta vez fue Holly quién abrazó a su hermano. Harry, en el fondo, se sintió agradecido por aquello. Pasaba de volver a ser asfixiado por su madre.

Fue un alivio regresar el lunes al bullicio del colegio, donde estaba obligado a pensar en otras cosas, aunque tuviera que soportar las burlas de Draco Malfoy. Malfoy no cabía en sí de gozo por la derrota de Gryffindor.

—No sé de que narices se burla —dijo Will—. Él bien que fingió una lesión para no jugar bajo la lluvia.

Por fin se había quitado las vendas y lo había celebrado parodiando la caída de Harry.

—Más le vale andarse con cuidado o en el próximo partido de quidditch será él el que caiga —dijeron los gemelos Weasley de forma sombría.

La mayor parte de la siguiente clase de Pociones la pasó Malfoy imitando por toda la mazmorra a los dementores. Llegó un momento en que Ron no pudo soportarlo más y le arrojó un corazón de cocodrilo grande y viscoso.

Varios estallaron en aplausos y risas.

—¡Bien hecho, Ron! —le felicitó Sirius.

Le dio en la cara y consiguió que Snape le quitara cincuenta puntos a Gryffindor.

—Técnicamente tiene motivos para hacerlo... Aunque también tendría que haberle quitado puntos a Draco por andar molestando a Harry —se apresuró a señalar Jake viendo que ya algunos empezaban a quejarse.

—A decir verdad, los chicos tienen razón, Albus —dijo McGonagall—. Severus se aprovecha demasiado de los puntos, quitando de forma injusta y añadiendo también de forma injusta.

Dumbledore suspiró.

—Tienes razón, Minerva. Aunque no me guste, voy a tener que prohibir a Severus que pueda quitar o dar puntos.

—Si Snape vuelve a dar la clase de Defensa Contra las Artes Oscuras, me pondré enfermo —explicó Ron,

—Por favor que no esté —suplicó Bill.

mientras se dirigían al aula de Lupin, tras el almuerzo—. Mira a ver quién está, Hermione.

Hermione se asomó al aula.

—¡Estupendo!

El profesor Lupin había vuelto al aula.

—¡Perfecto! —exclamaron varios.

Ciertamente, tenía aspecto de convaleciente. Las togas de siempre le quedaban grandes y tenía ojeras.

Definitivamente fue a causa de la luna llena pensaron James y Sirius mirando a su amigo de reojo.

Sin embargo, sonrió a los alumnos mientras se sentaban, y ellos prorrumpieron inmediatamente en quejas sobre el comportamiento de Snape durante la enfermedad de Lupin.

—Sinceramente estaba esperando aquello —comentó Remus con diversión.

—No es justo. Sólo estaba haciendo una sustitución ¿Por qué tenía que mandarnos trabajo?

—Tienen razón. Snape no tenía derecho a mandarles trabajo de una asignatura que no era suya, a menos que Remus se lo pidiese —señaló Arthur.

—No sabemos nada sobre los hombres lobo...

—Imbécil —mascullaron James y Sirius.

—¡... dos pergaminos!

—¿Le dijisteis al profesor Snape que todavía no habíamos llegado ahí? —preguntó el profesor Lupin, frunciendo un poco el entrecejo.

No era muy difícil suponer que era lo que quería conseguir pensó el licántropo.

Volvió a producirse un barullo.

—Si, pero dijo que íbamos muy atrasados...

—Iban a buen ritmo teniendo en cuenta de que tercero está especialmente diseñado para dar a las criaturas tenebrosas y que seguían en el primer trimestre —apuntó Percy.

—... no nos escuchó...

—¡... dos pergaminos!

—Hay alguien a quién eso le ha afectado mucho —comentó Regulus con diversión.

El profesor Lupin sonrió ante la indignación que se dibujaba en todas las caras.

—No os preocupéis. Hablaré con el profesor Snape. No tendréis que hacer el trabajo.

—¡Faltaría más! —exclamó Molly.

—¡Oh, no! —exclamó Hermione, decepcionada—. ¡Yo ya lo he terminado!

Varios estallaron en carcajadas por aquella revelación, sonrojando a la chica a más no poder.

Tuvieron una clase muy agradable. El profesor Lupin había llevado una caja de cristal que contenía un hinkypunk, una criatura pequeña de una sola pata que parecía hecha de humo, enclenque y aparentemente inofensiva.

—Sobre todo aparentemente inofensiva —masculló Ron con rabia.

Sus amigos tuvieron que ocultar la cara para impedir que él los viese riéndose.

—Atrae a los viajeros a las ciénagas —dijo el profesor Lupin mientras los alumnos tomaban apuntes—. ¿Veis el farol que le cuelga de la mano? Le sale al paso, el viajero sigue la luz y entonces...

El hinkypunk produjo un chirrido horrible contra el cristal.

—Que asco de criaturas —murmuró Charlie.

Al sonar el timbre, todos, Harry entre ellos, recogieron sus cosas y se dirigieron a la puerta, pero...

—Espera un momento, Harry —le dijo Lupin—, me gustaría hablar un momento contigo.

Varios se preguntaron de que querría hablar Lupin con Harry.

Harry volvió sobre sus pasos y vio al profesor cubrir la caja del hinkypunk.

—Me han contado lo del partido —dijo Lupin, volviendo a su mesa y metiendo los libros en su maletín—. Y lamento mucho lo de tu escoba. ¿Será posible arreglarla?

—No —contestó Harry—, el árbol la hizo trizas.

James hizo una mueca ante aquello. A pesar de que la escoba no era suya, él podía entender el dolor de su hijo.

Lupin suspiró.

—Plantaron el sauce boxeador el mismo año que llegué a Hogwarts. La gente jugaba a un juego que consistía en aproximarse lo suficiente para tocar el tronco.

—Es juego es demasiado estúpido —dijo Eli con el ceño fruncido.

—Idea de estos dos —dijo Remus señalando a James y a Sirius.

—Cómo no —suspiraron Lily y Sally a la vez.

Un chico llamado Davey Gudgeon casi perdió un ojo y se nos prohibió acercarnos.

—Para ser Ravenclaw no es que fuese muy inteligente —murmuró James.

—Me parece que su hijo va a nuestro curso, en Ravenclaw. ¿Verdad, Luna? —comentó Ginny, mirando a su rubia amiga.

—Así es —confirmó ella.

Ninguna escoba habría salido airosa.

—¿Ha oído también lo de los dementores? —dijo Harry, haciendo un esfuerzo.

Lupin le dirigió una mirada rápida.

—Sí, lo oí.

—Hagrid me contó lo que ocurrió. "Remus, unos dementores derribaron a Harry de su escoba el sábado", eso fue lo primero que me dijo en cuanto lo vi —explicó Remus.

Creo que nadie ha visto nunca tan enfadado al profesor Dumbledore.

—Y seguramente aún puede lucir mucho más enfadado —murmuró Reg.

Están cada vez más rabiosos porque Dumbledore se niega a dejarlos entrar en los terrenos del colegio...

—Claro que no los iba a dejar pasar —suspiró Dumbledore.

Fue la razón por la que te caíste, ¿no?

—Sí —respondió Harry. Dudó un momento y se le escapó la pregunta que le rondaba por la cabeza—. ¿Por qué? ¿Por qué me afectan de esta manera?¿Acaso soy...?

—No —dijeron casi todos entendiendo la pregunta de Harry.

—No tiene nada que ver con la cobardía —dijo el profesor Lupin tajantemente, como si le hubiera leído el pensamiento

—Siendo amigo de James durante años pues me resulta fácil conocerte —aclaró Remus.

—. Los dementores te afectan más que a los demás porque en tu pasado hay cosas horribles que los demás no tienen. —Un rayo de sol invernal cruzó el aula, iluminando el cabello gris de Lupin y las líneas de su joven rostro—. Los dementores están entre las criaturas más nauseabundas del mundo. Infestan los lugares más oscuros y más sucios. Disfrutan con la desesperación y la destrucción ajenas, se llevan la paz, la esperanza y la alegría de cuanto les rodea. Incluso los muggles perciben su presencia, aunque no pueden verlos. Si alguien se acerca mucho a un dementor; éste le quitará hasta el último sentimiento positivo y hasta el último recuerdo dichoso. Si puede, el dementor se alimentará de él hasta convertirlo en su semejante: en un ser desalmado y maligno. Le dejará sin otra cosa que las peores experiencias de su vida. Y el peor de tus recuerdos, Harry, es tan horrible que derribaría a cualquiera de su escoba. No tienes de qué avergonzarte.

—Los dementores han de ser las segundas criaturas en desaparecer de la faz de la tierra —dijo Emily con seguridad.

—¿Cuales son las primeras? —preguntó Daphne con curiosidad.

—Las cucarachas.

—Cuando hay alguno cerca de mí... —Harry miró la mesa de Lupin, con los músculos del cuello tensos—oigo el momento en que Voldemort mató a mi madre.

Lupin hizo con el brazo un movimiento repentino, como si fuera a coger a Harry por el hombro, pero lo pensó mejor.

Remus hizo una mueca. Estaba a punto de hacer aquello, pero no creía tener la confianza suficiente.

Hubo un momento de silencio y luego...

—¿Por qué acudieron al partido? —preguntó Harry con tristeza.

—Tenían hambre —gruñó Sirius quién, tras haber convivido con ellos en Azkaban durante doce años, los conocía perfectamente.

—Están hambrientos —explicó Lupin tranquilamente, cerrando el maletín, que dio un chasquido—. Dumbledore no los deja entrar en el colegio,

—Solo faltaba eso, dementores deambulando por sus anchas por el castillo —gruñó McGonagall.

de forma que su suministro de presas humanas se ha agotado... Supongo que no pudieron resistirse a la gran multitud que había en el estadio. Toda aquella emoción... El ambiente caldeado... Para ellos, tenía que ser como un banquete.

—Azkaban debe de ser horrible —masculló Harry.

—Ni te lo imaginas —murmuró Sirius. Sally le cogió la mano con firmeza.

Lupin asintió con melancolía.

—La fortaleza está en una pequeña isla, perdida en el mar. Pero no hacen falta muros ni agua para tener a los presos encerrados, porque todos están atrapados dentro de su propia cabeza, incapaces de tener un pensamiento alegre. La mayoría enloquece al cabo de unas semanas.

—No me extraña que haya quienes prefieran morir —dijo James.

—Pero Sirius Black escapó —dijo Harry despacio—. Escapó...

—Eso es porque soy un genio —dijo Sirius con algo de orgullo.

El maletín de Lupin cayó de la mesa. Tuvo que inclinarse para recogerlo:

—Sí —dijo incorporándose—. Black debe de haber descubierto la manera de hacerles frente. Yo no lo habría creído posible... En teoría, los dementores quitan al brujo todos sus poderes si están con él el tiempo suficiente.

—Usted ahuyentó en el tren a aquel dementor —dijo Harry de repente.

—La verdad es que estuvo impresionante —admitió Neville sobrecogido.

—Hay algunas defensas que uno puede utilizar —explicó Lupin—. Pero en el tren sólo había un dementor. Cuantos más hay, más difícil resulta defenderse.

—Básicamente como en todo —gruñó Moody.

—¿Qué defensas? —preguntó Harry inmediatamente—. ¿Puede enseñarme?

—No soy ningún experto en la lucha contra los dementores, Harry. Más bien lo contrario...

—¿Es una broma? —preguntó Sirius con sorpresa.

—¡Pero si eras el mejor del grupo! —exclamó James.

—Pero si los dementores acuden a otro partido de quidditch, tengo que tener algún arma contra ellos.

Lupin vio a Harry tan decidido que dudó un momento

Remus sonrió. En ese momento Harry se parecía tanto a James, que él se había quedado momentáneamente sin palabras.

y luego dijo:

—Bueno, de acuerdo. Intentaré ayudarte. Pero me temo que no podrá ser hasta el próximo trimestre. Tengo mucho que hacer antes de las vacaciones. Elegí un momento muy inoportuno para caer enfermo.

Los que conocían la condición de Remus resoplaron.

Con la promesa de que Lupin le daría clases antidementores, la esperanza de que tal vez no tuviera que volver a oír la muerte de su madre, y la derrota que Ravenclaw infligió a Hufflepuff en el partido de quidditch de finales de noviembre, el estado de ánimo de Harry mejoró mucho.

Tonks y Eli gruñeron por lo bajo, mientras que Holly sonreía contenta.

Gryffindor no había perdido todas las posibilidades de ganar la copa, aunque tampoco podían permitirse otra derrota. Wood recuperó su energía obsesiva y entrenó al equipo con la dureza de costumbre bajo la fría llovizna que persistió durante todo el mes de diciembre.

—Ése es el Wood que tanto queremos —dijo Fred.

—Aunque sea un pesado de cojones en los entrenamientos —añadió George.

—¡Fred! ¡George! —exclamó Molly.

Harry no vio la menor señal de los dementores dentro del recinto del colegio. La ira de Dumbledore parecía mantenerlos en sus puestos, en las entradas.

—Que es dónde debería estar —dijo Lily con firmeza.

—En primer lugar no tendrían que estar en el castillo —señaló Sally.

Dos semanas antes de que terminara el trimestre, el cielo se aclaró de repente, volviéndose de un deslumbrante blanco opalino, y los terrenos embarrados aparecieron una mañana cubiertos de escarcha. Dentro del castillo había ambiente navideño.

La mayoría suspiró. Sea cual sea la estación del año, oír hablar de la Navidad siempre era bueno.

El profesor Flitwick, que daba Encantamientos, ya había decorado su aula con luces brillantes que resultaron ser hadas de verdad, que revoloteaban. Los alumnos comentaban entusiasmados sus planes para las vacaciones. Ron y Hermione habían decidido quedarse en Hogwarts, y aunque Ron dijo que era porque no podía aguantar a Percy durante dos semanas, y Hermione alegó que necesitaba utilizar la biblioteca, no consiguieron engañar a Harry: se quedaban para hacerle compañía y él se sintió muy agradecido.

—No sé de que hablas —dijeron Ron y Hermione a la vez sonrojándose levemente.

Para satisfacción de todos menos de Harry, estaba programada otra salida a Hogsmeade para el último fin de semana del trimestre.

—Se me olvidaba que suelen haber dos salidas por trimestre —murmuró Lily.

—¡Podemos hacer allí todas las compras de Navidad! —dijo Hermione—. ¡A mis padres les encantaría el hilo dental mentolado de Honeydukes!

—Es muy difícil que algo de Honeydukes no te guste —suspiró Bill.

Resignado a ser el único de tercero que no iría, Harry le pidió prestado a Wood su ejemplar de El mundo de la escoba, y decidió pasar el día informándose sobre los diferentes modelos.

—Cuanto antes consigas una escoba mejor —dijo Will.

En los entrenamientos había montado en una de las escobas del colegio, una antigua Estrella Fugaz muy lenta que volaba a trompicones; estaba claro que necesitaba una escoba propia.

—Esa es la primera norma para los jugadores de quidditch de todo el mundo.

La mañana del sábado de la excursión, se despidió de Ron y de Hermione, envueltos en capas y bufandas, y subió solo la escalera de mármol que conducía a la torre de Gryffindor. Habla empezado a nevar y el castillo estaba muy tranquilo y silencioso.

—¡Pss, Harry!

Se dio la vuelta a mitad del corredor del tercer piso y vio a Fred y a George que lo miraban desde detrás de la estatua de una bruja tuerta y jorobada.

—¿Qué hacéis ahí? —preguntó Molly mirando a sus hijos con sospecha.

—¿Qué hacéis? —preguntó Harry con curiosidad—. ¿Cómo es que no estáis camino de Hogsmeade?

—Eso quiero saber yo —masculló Molly.

—Hemos venido a darte un poco de alegría antes de irnos —le dijo Fred guiñándole el ojo misteriosamente—. Entra aquí...

Le señaló con la cabeza un aula vacía que estaba a la izquierda de la estatua de la bruja. Harry entró detrás de Fred y George. George cerró la puerta sigilosamente y se volvió, mirando a Harry con una amplia sonrisa.

—Un regalo navideño por adelantado, Harry —dijo.

—No lo aceptes —dijeron todos los hermanos Weasley, menos Ron.

—¡Vamos ya! ¡No íbamos a gastarle una broma! —exclamaron los gemelos.

Fred sacó algo de debajo de la capa y lo puso en una mesa, haciendo con el brazo un ademán rimbombante. Era un pergamino grande, cuadrado, muy desgastado.

—¡Lo es! —exclamó James con alegría mientras empezaba a festejarlo con Sirius y Remus (éste último a regañadientes).

—¿Qué les pasa? —preguntó Sally con desconfianza.

No tenía nada escrito. Harry, sospechando que fuera una de las bromas de Fred y George, lo miró con detenimiento.

—¿Qué es?

—Esto, Harry, es el secreto de nuestro éxito —dijo George, acariciando el pergamino.

—Nos cuesta desprendernos de él —dijo Fred—. Pero anoche llegamos a la conclusión de que tú lo necesitas más que nosotros.

—Por supuesto. Harry es uno de los herederos legítimos —señaló James—. Igual que Holly.

—Sin olvidar a mis hijos —añadió Sirius—. Y a los de Lunático.

—Yo no voy a tener hijos —murmuró Remus, recibiendo una doble colleja por parte de sus amigos.

—Tú vas a tener lo que nosotros te digamos —gruñeron ambos.

—De todas formas, nos lo sabemos de memoria. Tuyo es. A nosotros ya no nos hace falta.

—En realidad si que os hace falta —dijo Remus.

—¿Y para qué necesito un pergamino viejo? —preguntó Harry.

—¡No blasfemes, hijo! —gritó James, ganándose una ostia en la nuca por parte de cierta pelirroja.

—¡Un pergamino viejo! —exclamó Fred, cerrando los ojos y haciendo una mueca de dolor; como si Harry lo hubiera ofendido gravemente—. Explícaselo, George.

—Bueno, Harry.. cuando estábamos en primero.. y éramos jóvenes, despreocupados e inocentes...

—¡¿Cómo?! —exclamaron los hermanos Weasley con idénticas muecas de incredulidad.

—Harry se rió. Dudaba que Fred y George hubieran sido inocentes alguna vez—. Bueno, más inocentes de lo que somos ahora... tuvimos un pequeño problema con Filch.

—Cómo no —suspiraron los padres de los gemelos.

—Tiramos una bomba fétida en el pasillo y se molestó.

—No sé por que lo hizo —dijo Emily con sarcasmo.

—Así que nos llevó a su despacho y empezó a amenazarnos con el habitual...

—... castigo...

—... de descuartizamiento...

—... y fue inevitable que viéramos en uno de sus archivadores un cajón en que ponía «Confiscado y altamente peligroso».

—No me digáis... —dijo Harry sonriendo.

—Bueno, ¿qué habrías hecho tú?

—Seguramente abrirlo —admitió Harry.

—Y quién diga que no, miente —señaló Holly.

—preguntó Fred—George se encargó de distraerlo lanzando otra bomba fétida, yo abrí a toda prisa el cajón y cogí... esto.

—No fue tan malo como parece —dijo George—. Creemos que Filch no sabía utilizarlo. Probablemente sospechaba lo que era, porque si no, no lo habría confiscado.

—Nos vio usarlo —dijo James—. Pero por suerte tienes que ser un mago para hacerlo, y no alcanzó a oír las palabras mágicas.

—¿Y sabéis utilizarlo?

—Si —dijo Fred, sonriendo con complicidad—. Esta pequeña maravilla nos ha enseñado más que todos los profesores del colegio.

—Me estáis tomando el pelo —dijo Harry, mirando el pergamino.

—Ah, ¿sí? ¿Te estamos tomando el pelo? —dijo George.

Sacó la varita, tocó con ella el pergamino y pronunció:

—Juro solemnemente que mis intenciones no son buenas.

A la vez que Astoria iba leyendo esas líneas, los Merodeadores la iban recitando con actitud solemne siendo acompañados por los gemelos Weasley.

E inmediatamente, a partir del punto en que había tocado la varita de George, empezaron a aparecer unas finas líneas de tinta, como filamentos de telaraña. Se unieron unas con otras, se cruzaron y se abrieron en abanico en cada una de las esquinas del pergamino. Luego empezaron a aparecer palabras en la parte superior. Palabras en caracteres grandes, verdes y floreados que proclamaban:

Los señores Lunático, Colagusano, Canuto y Cornamenta

proveedores de artículos para magos traviesos

están orgullosos de presentar

EL MAPA DEL MERODEADOR

Era un mapa que mostraba cada detalle del castillo de Hogwarts y de sus terrenos.

—¿Cuando hicisteis eso? —exclamó Sally con asombro.

—Lo terminamos a finales de quinto, pero empezamos a hacerlo a mitades de tercero —explicó Sirius.

—Desde luego os salen cosas increíbles cuando le ponéis ganas —bufó Lily con asombro.

Pero lo más extraordinario eran las pequeñas motas de tinta que se movían por él, cada una etiquetada con un nombre escrito con letra diminuta. Estupefacto, Harry se inclinó sobre el mapa. Una mota de la esquina superior izquierda, etiquetada con el nombre del profesor Dumbledore, lo mostraba caminando por su estudio. La gata del portero, la Señora Norris, patrullaba por la segunda planta, y Peeves se hallaba en aquel momento en la sala de los trofeos, dando tumbos. Y mientras los ojos de Harry recorrían los pasillos que conocía, se percató de otra cosa: aquel mapa mostraba una serie de pasadizos en los que él no había entrado nunca. Muchos parecían conducir...

—Exactamente a Hogsmeade

Fue en ese momento en que los Merodeadores se dieron cuenta de que dos profesores estaban con ellos. No creían que con Dumbledore hubiese problemas, pero con McGonagall...

—Señor Potter —dijo McGonagall en ese momento con voz suave mirando a Harry.

—¡S-sí! —chilló Harry con voz aguda,

—No voy a confiscarle el mapa ni nada parecido —Harry respiró con alivio—. Simplemente le voy a pedir que me lo preste algunas noches.

Los gemelos Weasley gesticularon salvajemente detrás de la profesora, indicándole a Harry que se negase.

—Por supuesto —respondió Harry. Estaba seguro que, de otro modo, hubiese perdido el mapa para siempre.

—dijo Fred, recorriéndolos con el dedo—. Hay siete en total. Ahora bien, Filch conoce estos cuatro. —Los señaló—. Pero nosotros estamos seguros de que nadie más conoce estos otros. Olvídate de éste de detrás del espejo de la cuarta planta. Lo hemos utilizado hasta el invierno pasado, pero ahora está completamente bloqueado.

—Es una lástima. Realmente era un lugar espacioso —suspiró James. Había sido en ese lugar dónde habían aprendido a ser animagos.

Y en cuanto a éste, no creemos que nadie lo haya utilizado nunca, porque el sauce boxeador está plantado justo en la entrada.

Los Merodeadores rieron en voz baja.

Pero éste de aquí lleva directamente al sótano de Honeydukes. Lo hemos atravesado montones de veces.

—Eso explica muchas cosas —suspiró Percy.

Y la entrada está al lado mismo de esta aula, como quizás hayas notado, en la joroba de la bruja tuerta.

—Lunático, Colagusano, Canuto y Cornamenta —suspiró George, señalando la cabecera del mapa—. Les debemos tanto...

—Hombres nobles que trabajaron sin descanso para ayudar a una nueva generación de quebrantadores de la ley —dijo Fred solemnemente.

—No es que fuese nuestra intención, pero nos gusta ver que somos de ayuda en el futuro —dijo Sirius.

—Bien —añadió George—. No olvides borrarlo después de haberlo utilizado.

—Eso debe ser lo esencial —dijo Jake.

—De lo contrario, cualquiera podría leerlo —dijo Fred en tono de advertencia.

—No tienes más que tocarlo con la varita y decir: «¡Travesura realizada!», y se quedará en blanco.

—Así que, joven Harry —dijo Fred, imitando a Percy admirablemente—, pórtate bien.

—Nos veremos en Honeydukes —le dijo George, guiñándole un ojo.

Salieron del aula sonriendo con satisfacción.

—Cualquiera querría ese mapa —suspiró Daphne.

Harry se quedó allí, mirando el mapa milagroso. Vio que la mota de tinta que correspondía a la Señora Norris se volvía a la izquierda y se paraba a olfatear algo en el suelo. Si realmente Filch no lo conocía, él no tendría que pasar por el lado de los dementores. Pero incluso mientras permanecía allí, emocionado, recordó algo que en una ocasión había oído al señor Weasley: «No confíes en nada que piense si no ves dónde tiene el cerebro.»

—Eso mismo —dijo Arthur mirando mal a sus dos hijos.

Aquel mapa parecía uno de aquellos peligrosos objetos mágicos contra los que el señor Weasley les advertía. «Artículos para magos traviesos...» Ahora bien, meditó Harry, él sólo quería utilizarlo para ir a Hogsmeade. No era lo mismo que robar o atacar a alguien... Y Fred y George lo habían utilizado durante años sin que ocurriera nada horrible.

—Eso es verdad —señaló Tonks.

Harry recorrió con el dedo el pasadizo secreto que llevaba a Honeydukes.

Entonces, muy rápidamente, como si obedeciera una orden, enrolló el mapa, se lo escondió en la túnica y se fue a toda prisa hacia la puerta del abrió cinco centímetros. No había nadie allí fuera. Con mucho cuidado, salió del aula y se colocó detrás de la estatua de la bruja tuerta.

—Digno hijo mío —suspiró James con orgullo.

¿Qué tenía que hacer? Sacó de nuevo el mapa y vio con asombro que en él había aparecido una mota de tinta con el rótulo «Harry Potter». Esta mota se encontraba exactamente donde estaba el verdadero Harry, hacia la mitad del corredor de la tercera planta. Harry lo miró con atención. Su otro yo de tinta parecía golpear a la bruja con la varita. Rápidamente, Harry extrajo su varita y le dio a la estatua unos golpecitos. Nada ocurrió. Volvió a mirar el mapa. Al lado de la mota había un diminuto letrero, como un bocadillo de tebeo. Decía: «Dissendio.»

—Ese mapa es una maravilla —alabó Moody, francamente impresionado.

—¡Dissendio! —susurró Harry, volviendo a golpear con la varita la estatua de la bruja.

Inmediatamente, la joroba de la estatua se abrió lo suficiente para que pudiera pasar por ella una persona delgada.

Los Merodeadores recordaban como Peter más de una vez tenía dificultad para pasar por ese estrecho hueco.

Harry miró a ambos lados del corredor, guardó el mapa, metió la cabeza por el agujero y se impulsó hacia delante. Se deslizó por un largo trecho de lo que parecía un tobogán de piedra y aterrizó en una tierra fría y húmeda. Se puso en pie, mirando a su alrededor. Estaba totalmente oscuro. Levantó la varita, murmuró ¡Lumos!, y vio que se encontraba en un pasadizo muy estrecho, bajo y cubierto de barro. Levantó el mapa, lo golpeó con la punta de la varita y dijo: «¡Travesura realizada!» El mapa se quedó inmediatamente en blanco. Lo dobló con cuidado, se lo guardó en la túnica, y con el corazón latiéndole con fuerza, sintiéndose al mismo tiempo emocionado y temeroso, se puso en camino.

Lily suspiró mirando a su hijo.

—No te castigo porque entiendo que tengas tantas ganas de ir a Hogsmeade. Pero la próxima no te la paso, ¿entendido? —señaló Lily.

Harry tragó saliva con dificultad.

El pasadizo se doblaba y retorcía, más parecido a la madriguera de un conejo gigante que a ninguna otra cosa. Harry corrió por él, con la varita por delante, tropezando de vez en cuando en el suelo irregular.

Tardó mucho, pero a Harry le animaba la idea de llegar a Honeydukes. Después de una hora más o menos, el camino comenzó a ascender. Jadeando, aceleró el paso. Tenía la cara caliente y los pies muy fríos.

—Ese pasadizo será el más seguro para salir de Hogwarts en secreto, pero en invierno es muy frió —señaló James.

—Y en verano demasiado caliente.

Diez minutos después, llegó al pie de una escalera de piedra que se perdía en las alturas. Procurando no hacer ruido, comenzó a subir. Cien escalones, doscientos... perdió la cuenta mientras subía mirándose los pies... Luego, de improviso, su cabeza dio en algo duro. Parecía una trampilla.

James gruñó mientras se frotaba la cabeza. La de veces que se había chocado con eso.

Aguzó el oído mientras se frotaba la cabeza. No oía nada. Muy despacio, levantó ligeramente la trampilla y miró por la rendija.

Se encontraba en un sótano lleno de cajas y cajones de madera.

—Que recuerdos —suspiraron algunos bromistas.

—Más te vale llevarme allí alguna vez —dijo Holly mirando a su hermano.

Salió y volvió a bajar la trampilla. Se disimulaba tan bien en el suelo cubierto de polvo que era imposible que nadie se diera cuenta de que estaba allí. Harry anduvo sigilosamente hacia la escalera de madera. Ahora oía voces, además del tañido de una campana y el chirriar de una puerta al abrirse y cerrarse.

Mientras se preguntaba qué haría, oyó abrirse otra puerta mucho más cerca de él. Alguien se dirigía hacia allí.

—Y coge otra caja de babosas de gelatina, querido. Casi se han acabado —dijo una voz femenina.

Un par de pies bajaba por la escalera. Harry se ocultó tras un cajón grande y aguardó a que pasaran.

—No había problema si te pillaba —dijo en ese momento Fred.

—Los dueños saben de dicho pasadizo secreto, pero no les importa mucho... siempre que les compres algo. Y más te vale no intentar salir de la tienda si vas a verlos fuera del horario de visita de Hogsmeade, porque no te dejan —explicó George.

Oyó que el hombre movía unas cajas y las ponía contra la pared de enfrente. Tal vez no se presentara otra oportunidad...

Rápida y sigilosamente, salió del escondite y subió por la escalera. Al mirar hacia atrás vio un trasero gigantesco y una cabeza calva y brillante metida en una caja.

—El pobre se está quedando calvo —suspiró James.

—Y eso que cuando íbamos nosotros tenía una melena increíble —añadió Sirius de forma nostálgica.

Harry llegó a la puerta que estaba al final de la escalera, la atravesó y se encontró tras el mostrador de Honeydukes. Agachó la cabeza, salió a gatas y se volvió a incorporar.

Honeydukes estaba tan abarrotada de alumnos de Hogwarts que nadie se fijó en Harry. Pasó por detrás de ellos, mirando a su alrededor; y tuvo que contener la risa al imaginarse la cara que pondría Dudley si pudiera ver dónde se encontraba.

La mayoría estalló en risas al imaginarse la cara del primo de Harry en aquella tienda.

—Tenemos que llevarlo allí alguna vez —suspiró Will, secándose los ojos.

La tienda estaba llena de estantes repletos de los dulces más apetitosos que se puedan imaginar.

Cremosos trozos de turrón, cubitos de helado de coco de color rosa trémulo, gruesos caramelos de café con leche, cientos de chocolates diferentes puestos en filas. Había un barril enorme lleno de alubias de sabores y otro de Meigas Fritas, las bolas de helado levitador de las que le había hablado Ron. En otra pared había dulces de efectos especiales: el chicle droobles, que hacía los mejores globos (podía llenar una habitación de globos de color jacinto que tardaban días en explotar), la rara seda dental con sabor a menta, diablillos negros de pimienta («¡quema a tus amigos con el aliento!»); ratones de helado («¡oye a tus dientes rechinar y castañetear!»); crema de menta en forma de sapo («¡realmente saltan en el estómago!»); frágiles plumas de azúcar hilado y caramelos que estallaban.

A medida que aquellos dulces se iban mencionando en la lectura, muchos de ellos empezaban a salivar y sus ojos emitían cierto brillo.

Harry se apretujó entre una multitud de chicos de sexto, y vio un letrero colgado en el rincón más apartado de la tienda («Sabores insólitos»). Ron y Hermione estaban debajo, observando una bandeja de pirulíes con sabor a sangre.

—¿En serio? —resopló Ginny, mirando a ambos chicos—. Seguramente hay sitios más discretos por el pueblo para estar a solas y meteros mano...

—¡No era eso! —chillaron los dos, sonrojándose.

Harry se les acercó a hurtadillas por detrás.

—Uf, no, Harry no querrá de éstos. Creo que son para vampiros —decía Hermione.

—¿En serio ibais a regalarle eso? —preguntó Daphne con una mueca—. Quién os oyera creería que en verdad lo odiáis.

—¿Y qué te parece esto? —dijo Ron acercando un tarro de cucarachas a la nariz de Hermione.

—¿Seguro que en verdad no lo odiáis? —preguntó Reg haciendo una mueca.

—Aún peor —dijo Harry.

A Ron casi se le cayó el bote.

—Se te olvido el fantástico grito que pegó —señaló Hermione con diversión.

—Creo que fue algo como: "¡Por la sagrada y divina barba de Merlín, ¿cómo coño has llegado aquí, Potter?!" Creo que fue algo así, ¿verdad? —comentó Harry con una sonrisa.

—¡Harry! —gritó Hermione—. ¿Qué haces aquí? ¿Cómo... como lo has hecho...?

—¡Ahí va! —dijo Ron muy impresionado—. ¡Has aprendido a materializarte!

—Y ese fue el intento de Ron para parecer que no se había asustado —dijo Harry.

—Ja ja —se burló Ron con sarcasmo.

—Por supuesto que no —dijo Harry. Bajó la voz para que ninguno de los de sexto pudiera oírle y les contó lo del mapa del merodeador.

—¿Por qué Fred y George no me lo han dejado nunca? ¡Son mis hermanos!

—A nosotros tampoco nos lo dijeron —soltaron el resto de hermanos Weasley.

—¡Pero Harry no se quedará con él! —dijo Hermione, como si la idea fuera absurda—. Se lo entregará a la profesora McGonagall. ¿A que sí, Harry?

Todos miraron a Hermione como si estuviese loca. Hasta Percy consideraba que deshacerse del mapa era una estupidez.

—¡No! —contestó Harry

—¿Estás loca? —dijo Ron, mirando a Hermione con ojos muy abiertos—. ¿Entregar algo tan estupendo?

—¡Si lo entrego tendré que explicar dónde lo conseguí! Filch se enteraría de que Fred y George se lo cogieron.

—Seguramente ya lo sabrá —dijo Sally—. Parece estúpido, pero no se le pasa esté tipo de cosas.

—Pero ¿y Sirius Black? —susurró Hermione—. ¡Podría estar utilizando alguno de los pasadizos del mapa para entrar en el castillo!

—Claro que los utilizaba —dijo Sirius al sentir varias miradas encima suyo.

¡Los profesores tienen que saberlo!

—No puede entrar por un pasadizo —dijo enseguida Harry—. Hay siete pasadizos secretos en el mapa, ¿verdad? Fred y George saben que Filch conoce cuatro. Y en cuanto a los otros tres... uno está bloqueado y nadie lo puede atravesar; otro tiene plantado en la entrada el sauce boxeador; de forma que no se puede salir;

Justamente ese usaba yo.

y el que acabo de atravesar yo..., bien..., es realmente difícil distinguir la entrada, ahí abajo, en el sótano... Así que a menos que supiera que se encontraba allí...

Claro que lo sabía.

Harry dudó. ¿Y si Black sabía que la entrada del pasadizo estaba allí?

—Para no saberlo si fui yo quién descubrí el pasadizo —dijo Sirius con orgullo—. Aunque fue gracias a Sally que lo encontre.

—¿Yo? —preguntó ésta sorprendida.

—Bueno, gracias a ti y a tus ganas de hechizarme —aclaró el animago.

Ron, sin embargo, se aclaró la garganta y señaló un rótulo que estaba pegado en la parte interior de la puerta de la tienda:

POR ORDEN DEL MINISTERIO DE MAGIA

Se recuerda a los clientes que hasta nuevo aviso los dementores patrullarán

las calles cada noche después de la puesta de sol.

—No me gusta nada eso —murmuró Regulus.

Se ha tomado esta medida

pensando en la seguridad de los habitantes de Hogsmeade y se levantará tras

la captura de Sirius Black. Es aconsejable, por lo tanto, que los ciudadanos

finalicen las compras mucho antes de que se haga de noche.

¡Felices Pascuas!

—¿Lo veis? —dijo Ron en voz baja—. Me gustaría ver a Black tratando de entrar en Honeydukes con los dementores por todo el pueblo. De cualquier forma, los propietarios de Honeydukes lo oirían entrar, ¿no? Viven encima de la tienda.

—Sí, pero... —Parecía que Hermione se esforzaba por hallar nuevas objeciones—. Mira, a pesar de lo que digas, Harry no debería venir a Hogsmeade porque no tiene autorización. ¡Si alguien lo descubre se verá en un grave aprieto! Y todavía no ha anochecido: ¿qué ocurriría si Sirius Black apareciera hoy? ¿Si apareciera ahora?

—Pues que sería muy estúpido para hacerlo —señaló Neville.

—Pues que las pasaría moradas para localizar aquí a Harry —dijo Ron, señalando con la cabeza la nieve densa que formaba remolinos al otro lado de las ventanas con parteluz. Vamos, Hermione, es Navidad. Harry se merece un descanso.

Hermione hizo una mueca. Si Ron no hubiese dicho eso, habría seguido insistiendo hasta que Harry hubiese vuelto a Hogwarts.

Hermione se mordió el labio. Parecía muy preocupada.

—¿Me vas a delatar? —le preguntó Harry con una sonrisa.

Y aquello había sido lo que había faltado para rematarla del todo. ¿Cómo decirle que no cuando ponía esa sonrisa y faltaba poco para Navidad?

—Claro que no, pero, la verdad...

—¿Has visto las Meigas Fritas, Harry? —preguntó Ron, cogiéndolo del brazo y llevándoselo hasta el tonel en que estaban—. ¿Y las babosas de gelatina? ¿Y las píldoras ácidas? Fred me dio una cuando tenía siete años. Me hizo un agujero en la lengua.

—Aún me duele cuando lo recuerdo —suspiró Ron con una mueca en la cara.

Recuerdo que mi madre le dio una buena tunda con la escoba. —Ron se quedó pensativo, mirando la caja de píldoras—. ¿Creéis que Fred picaría y cogería una cucaracha si le dijera que son cacahuetes?

—No se parecen lo suficiente —señaló Luna.

Después de pagar los dulces que habían cogido, salieron los tres a la ventisca de la calle.

Hogsmeade era como una postal de Navidad. Las tiendas y casitas con techumbre de paja estaban cubiertas por una capa de nieve crujiente. En las puertas había adornos navideños y filas de velas embrujadas que colgaban de los árboles.

Todos los que habían visitado Hogsmeade en el pasado coincidan que el mejor momento para verlo era justamente cuando estaba nevado.

—Suena precioso —suspiró Emily con encanto.

A Harry le dio un escalofrío. A diferencia de Ron y Hermione, no había cogido su capa.

—Eso ha sido un fallo. Aunque mejor que nadie te viese yendo a buscar una capa o habrías resultado sospechoso.

Subieron por la calle, inclinando la cabeza contra el viento. Ron y Hermione gritaban con la boca tapada por la bufanda.

—Ahí está correos.

—Zonko está allí.

—Podríamos ir a la cabaña de los gritos.

—En una sola visita es imposible que lo veas todo —dijo Charlie.

—Os propongo otra cosa —dijo Ron, castañeteando los dientes—. ¿Qué tal si tomamos una cerveza de mantequilla en Las Tres Escobas?

—Eso es una buena manera de pasar el rato —dijo Tonks, recordando las veces que iba a Hogsmeade con sus amigos.

A Harry le apetecía muchísimo, porque el viento era horrible y tenía las manos congeladas. Así que cruzaron la calle y a los pocos minutos entraron en el bar. Estaba calentito y lleno de gente, de bullicio y de humo. Una mujer guapa y de buena figura servía a un grupo de pendencieros en la barra.

—Pasen los años que pasen, Rosmerta sigue estando igual de bien que siempre —comentó James.

—¿Ah, sí? Pues quizás deberías pasar más tiempo con ella, James —replicó Lily sonriendo siniestramente.

—Pero tú estás todavía mejor, cariño —se apresuró a decir el hombre, mientras se ponía pálido.

—Ésa es la señora Rosmerta —dijo Ron—. Voy por las bebidas, ¿eh? —añadió sonrojándose un poco.

—Te entiendo —dijeron varios.

Harry y Hermione se dirigieron a la parte trasera del bar; donde quedaba libre una mesa pequeña, entre la ventana y un bonito árbol navideño, al lado de la chimenea. Ron regresó cinco minutos más tarde con tres jarras de caliente y espumosa cerveza de mantequilla.

—¡Felices Pascuas! —dijo levantando la jarra, muy contento.

Harry bebió hasta el fondo. Era lo más delicioso que había probado en la vida, y reconfortaba cada célula del cuerpo.

—Nada mejor que la cerveza de mantequilla en invierno —dijo Sally.

Una repentina corriente de aire lo despeinó. Se había vuelto a abrir la puerta de Las Tres Escobas. Harry echó un vistazo por encima de la jarra y casi se atragantó.

—Tu suerte es pésima —comentó Astoria volviendo a la lectura.

El profesor Flitwick y la profesora McGonagall acababan de entrar en el bar con una ráfaga de copos de nieve. Los seguía Hagrid muy de cerca, inmerso en una conversación con un hombre corpulento que llevaba un sombrero hongo de color verde lima y una capa de rayas finas: era Cornelius Fudge, el ministro de Magia

—Pésima no, lo siguiente. Tres profesores y el ministro de magia a la vez —señaló Will.

. En menos de un segundo, Ron y Hermione obligaron a Harry a agacharse y esconderse debajo de la mesa, empujándolo con las manos. Chorreando cerveza de mantequilla y en cuclillas, empuñando con fuerza la jarra vacía, Harry observó los pies de los tres adultos,

—¿No eran cuatro? —preguntó Neville confuso.

—Puede que como Hagrid es tan grande que no lo contara —murmuró Harry.

que se acercaban a la barra, se detenían, se daban la vuelta y avanzaban hacia donde él estaba. Hermione susurró:

—¡Mobiliarbo!

El árbol de Navidad que había al lado de la mesa se elevó unos centímetros, se corrió hacia un lado y, suavemente, se volvió a posar delante de ellos, ocultándolos.

McGonagall levantó una ceja, sorprendida de no haberse dado cuenta de eso.

Mirando a través de las ramas más bajas y densas, Harry vio las patas de cuatro sillas que se separaban de la mesa de al lado, y oyó a los profesores y al ministro resoplar y suspirar mientras se sentaban. Luego vio otro par de pies con zapatos de tacón alto y de color turquesa brillante, y oyó una voz femenina:

—Una tacita de alhelí...

—Para Minnie —dijo James. La profesora lo fulminó con la mirada.

—Para mí —indicó la voz de la profesora McGonagall.

—Dos litros de hidromiel caliente con especias...

—Hagrid —señaló Sirius.

—Gracias, Rosmerta —dijo Hagrid.

—Un jarabe de cereza y gaseosa con hielo y sombrilla.

—Flitwick —murmuró Remus.

—¡Mmm! —dijo el profesor Flitwick, relamiéndose.

—Y ese debe de ser el de Fudge —dijo Arthur.

—El ron de grosella tiene que ser para usted, señor ministro.

—Gracias, Rosmerta, querida —dijo la voz de Fudge—. Estoy encantado de volver a verte. Tómate tú otro, ¿quieres? Ven y únete a nosotros...

—Muchas gracias, señor ministro.

Harry vio alejarse y regresar los llamativos tacones. Sentía los latidos del corazón en la garganta. ¿Cómo no se le había ocurrido que también para los profesores era el último fin de semana del trimestre? ¿Cuánto tiempo se quedarían allí sentados? Necesitaba tiempo para volver a entrar en Honeydukes a hurtadillas si quería volver al colegio aquella noche... A la pierna de Hermione le dio un tic.

—Y eso que no la veías por arriba —comentó Ron—. No paraba de decir que nunca te olvidarías de los hechizos que te tirase encima por escaparte del colegio.

Hermione se sonrojo mientras todos se reían.

—¿Qué le trae por estos pagos, señor ministro? —dijo la voz de la señora Rosmerta.

Harry vio girarse la parte inferior del grueso cuerpo de Fudge, como si estuviera comprobando que no había nadie cerca. Luego dijo en voz baja:

—¿Qué va a ser; querida? Sirius Black. Me imagino que sabes lo que ocurrió en el colegio en Halloween.

—Sí, oí un rumor —admitió la señora Rosmerta.

—¿Se lo contaste a todo el bar; Hagrid? —dijo la profesora McGonagall enfadada.

—¿Acaso lo duda? —preguntó Remus con una sonrisa.

—Siendo sinceros, no —respondió la profesora a regañadientes.

—¿Cree que Black sigue por la zona, señor ministro? —susurró la señora Rosmerta.

—Estoy seguro —dijo Fudge escuetamente.

—Me sorprende que sea listo, pero no lo suficiente —comentó Sirius.

—¿Sabe que los dementores han registrado ya dos veces este local? —dijo la señora Rosmerta—. Me espantaron a toda la clientela. Es fatal para el negocio, señor ministro.

—Es lo malo de tener un local como ese en estas situaciones —dijo Luna.

Sirius se mostró un poco culpable por lo que acababa de oír.

—Rosmerta querida, a mí no me gustan más que a ti —dijo Fudge con incomodidad—. Pero son precauciones necesarias... Son un mal necesario. Acabo de tropezarme con algunos: están furiosos con Dumbledore porque no los deja entrar en los terrenos del castillo.

—Es que ni siquiera tendrían que estar cerca de allí —murmuró Jake.

—Menos mal —dijo la profesora McGonagall tajantemente. —¿Cómo íbamos a dar clase con esos monstruos rondando por allí?

—Bien dicho, bien dicho —dijo el pequeño profesor Flitwick, cuyos pies colgaban a treinta centímetros del suelo.

Un par rieron por eso.

—De todas formas —objetó Fudge—, están aquí para defendernos de algo mucho peor. Todos sabemos de lo que Black es capaz...

—Me gustaría oír de que es capaz mi padre —murmuró Regulus oscuramente.

—¿Sabéis? Todavía me cuesta creerlo —dijo pensativa la señora Rosmerta—. De toda la gente que se pasó al lado Tenebroso, Sirius Black era el último del que hubiera pensado...

—Ella y cualquiera que lo conociese —admitió McGonagall.

Quiero decir, lo recuerdo cuando era un niño en Hogwarts. Si me hubierais dicho entonces en qué se iba a convertir; habría creído que habíais tomado demasiado hidromiel.

—No sabes la mitad de la historia, Rosmerta —dijo Fudge con aspereza—. La gente desconoce lo peor.

—¿Lo peor? —dijo la señora Rosmerta con la voz impregnada de curiosidad—. ¿Peor que matar a toda esa gente?

Sirius se mordió el labio. Él no era ningún estúpido, y estaba convencido de lo que se iba a hablar en el libro.

Así que Harry se enteró por ahí pensó Black.

—Desde luego, eso quiero decir —dijo Fudge.

—No puedo creerlo. ¿Qué podría ser peor?

—Dices que te acuerdas de cuando estaba en Hogwarts, Rosmerta —susurró la profesora McGonagall—. ¿Sabes quién era su mejor amigo?

—Es bastante difícil que alguien olvide eso —dijo Dumbledore con una pequeña sonrisa.

—Pues claro —dijo la señora Rosmerta riendo ligeramente—. Nunca se veía al uno sin el otro. ¡La de veces que estuvieron aquí! Siempre me hacían reír. ¡Un par de cómicos, Sirius Black y James Potter!

—No creo que esa sea la mejor forma de saber que el mejor amigo de tu padre es uno de los asesinos más buscado de Gran Bretaña —dijo Will.

A Harry se le cayó la jarra de la mano, produciendo un fuerte ruido de metal. Ron le dio con el pie.

—Exactamente —dijo la profesora McGonagall—. Black y Potter. Cabecillas de su pandilla. Los dos eran muy inteligentes. Excepcionalmente inteligentes. Creo que nunca hemos tenido dos alborotadores como ellos.

—No sé —dijo Hagrid, riendo entre dientes—. Fred y George Weasley podrían dejarlos atrás.

—¡Hagrid si que sabe!

—¡Nos acabas de traicionar, Hagrid!

—¡Cualquiera habría dicho que Black y Potter eran hermanos! —terció el profesor Flitwick—. ¡Inseparables!

—¡Somos hermanos! —dijeron los dos hombres a la vez.

Reg hizo una mueca extraña con su rostro. Nunca le había gustado que Sirius dijese que James Potter era su hermano.

—¡Por supuesto que lo eran! —dijo Fudge—. Potter confiaba en Black más que en ningún otro amigo. Nada cambió cuando dejaron el colegio. Black fue el padrino de boda cuando James se casó con Lily. Luego fue el padrino de Harry. Harry no sabe nada, claro. Ya te puedes imaginar cuánto se impresionaría si lo supiera.

—Me impresione bastante de saberlo —admitió Harry.

—¿Porque Black se alió con Quien Ustedes Saben? —susurró la señora Rosmerta.

—Porque fui un idiota que creía ciegamente en las tonterías que le soltaban de pequeño —respondió Reg—. ¿Qué? Ella a preguntado por un Black.

—Aún peor; querida... —Fudge bajó la voz y continuó en un susurro casi inaudible—. Los Potter no ignoraban que Quien Tú Sabes iba tras ellos. Dumbledore, que luchaba incansablemente contra Quien Tú Sabes, tenía cierto número de espías. Uno le dio el soplo y Dumbledore alertó inmediatamente a James y a Lily. Les aconsejó ocultarse. Bien, por supuesto que Quien Tú Sabes no era alguien de quien uno se pudiera ocultar fácilmente. Dumbledore les dijo que su mejor defensa era el encantamiento Fidelio.

Lily frunció el ceño. ¿Por qué ese encantamiento no había servido?

—¿Cómo funciona eso? —preguntó la señora Rosmerta, muerta de curiosidad.

El profesor Flitwick carraspeó.

—Es un encantamiento tremendamente complicado —dijo con voz de pito—que supone el ocultamiento mágico de algo dentro de una sola mente. La información se oculta dentro de la persona elegida, que es el guardián secreto. Y en lo sucesivo es imposible encontrar lo que guarda, a menos que el guardián secreto opte por divulgarlo. Mientras el guardián secreto se negara a hablar, Quien Tú Sabes podía registrar el pueblo en que estaban James y Lily sin encontrarlos nunca, aunque tuviera la nariz pegada a la ventana de la salita de estar de la pareja.

—¿Así que Black era el guardián secreto de los Potter? —susurró la señora Rosmerta.

—Naturalmente —dijo la profesora McGonagall

James y Lily se miraron. Ellos habían muerto por culpa de Voldemort, y seguramente se debía a que el guardián secreto les había delatado. Si era eso, estaban cien por cien seguros de que Sirius no era el guardián secreto.

—. James Potter le dijo a Dumbledore que Black daría su vida antes de revelar dónde se ocultaban, y que Black estaba pensando en ocultarse él también... Y aun así, Dumbledore seguía preocupado. Él mismo se ofreció como guardián secreto de los Potter.

—¿Sospechaba de Black? —exclamó la señora Rosmerta.

—En realidad no —respondió Dumbledore—. Simplemente quería asegurarme de que a los Potter no les ocurría nada. Lamentablemente no fue así.

—Dumbledore estaba convencido de que alguien cercano a los Potter había informado a Quien Tú Sabes de sus movimientos

—Eso sí, pero de Sirius Black me resultaba bastante difícil de creer.

—dijo la profesora McGonagall con voz misteriosa—. De hecho, llevaba algún tiempo sospechando que en nuestro bando teníamos un traidor que pasaba información a Quien Tú Sabes.

—¿Y a pesar de todo James Potter insistió en que el guardián secreto fuera Black?

—No hay pruebas de que sea Sirius el espía —gruñó James con furia.

—Así es —confirmó Fudge—. Y apenas una semana después de que se hubiera llevado a cabo el encantamiento Fidelio...

—¿Black los traicionó? —musitó la señora Rosmerta.

James y Lily miraron a Sirius, que tenía la cabeza bajada. Sally estaba a su lado, tomando su mano como consuelo.

—Desde luego. Black estaba cansado de su papel de espía. Estaba dispuesto a declarar abiertamente su apoyo a Quien Tú Sabes. Y parece que tenía la intención de hacerlo en el momento en que murieran los Potter. Pero como sabemos todos, Quien Tú Sabes sucumbió ante el pequeño Harry Potter. Con sus poderes destruidos, completamente debilitado, huyó. Y esto dejó a Black en una situación incómoda. Su amo había caído en el mismo momento en que Black había descubierto su juego. No tenía otra elección que escapar...

—Sucio y asqueroso traidor —dijo Hagrid, tan alto que la mitad del bar se quedó en silencio.

Sirius hizo una mueca.

—Hagrid es muy temperamental —explicó Charlie—. Sobre todo si hay alcohol cerca...

—Chist —dijo la profesora McGonagall.

—¡Me lo encontré —bramó Hagrid—, seguramente fui yo el último que lo vio antes de que matara a toda aquella gente! ¡Fui yo quien rescató a Harry de la casa de Lily y James, después de su asesinato! Lo saqué de entre las ruinas, pobrecito.

—No está bien robar el mérito a otras personas, Hagrid —le riño Sirius como si el gigantesco hombre estuviese allí.

Tenía una herida grande en la frente y sus padres habían muerto... Y Sirius Black apareció en aquella moto voladora que solía llevar. No se me ocurrió preguntarme lo que había ido a hacer allí. No sabia que él había sido el guardián secreto de Lily y James. Pensé que se había enterado del ataque de Quien Vosotros Sabéis y había acudido para ver en qué podía ayudar. Estaba pálido y tembloroso. ¿Y sabéis lo que hice? ¡ME PUSE A CONSOLAR A AQUEL TRAIDOR ASESINO! —exclamó Hagrid.

—Una reacción lógica... a lo de consolarlo —dijo Emily.

—Hagrid, por favor —dijo la profesora McGonagall—, baja la voz.

—¿Cómo iba a saber yo que su turbación no se debía a lo que les había pasado a Lily y a James? ¡Lo que le turbaba era la suerte de Quien Vosotros Sabéis! Y entonces me dijo: «Dame a Harry, Hagrid. Soy su padrino. Yo cuidaré de él...» ¡Ja! ¡Pero yo tenía órdenes de Dumbledore y le dije a Black que no! Dumbledore me había dicho que Harry tenía que ir a casa de sus tíos. Black discutió, pero al final tuvo que ceder. Me dijo que cogiera su moto para llevar a Harry hasta la casa de los Dursley. «No la necesito ya», me dijo. Tendría que haberme dado cuenta de que había algo raro en todo aquello. Adoraba su moto. ¿Por qué me la daba? ¿Por qué decía que ya no la necesitaba?

—¡Porqué era de madrugada y era noviembre! ¡Por eso te la daba! —chilló Sirius con la respiración alterada.

Ya no podía seguir callado ni un minuto más. Entendía el odio de Hagrid, pero eso no quería decir que no le doliese. Era una tortura estar escuchando eso con James y Lily a su lado. Por suerte ambos parecían estar totalmente seguros de la inocencia de Sirius y le brindaban sonrisas y miradas de ánimo.

La verdad es que una moto deja demasiadas huellas, es muy fácil de seguir.

—¡Si era una moto voladora! —exclamó James rodando los ojos.

Dumbledore sabía que él era el guardián de los Potter. Black tenía que huir aquella noche. Sabía que el Ministerio no tardaría en perseguirlo. Pero ¿y si le hubiera entregado a Harry, eh? Apuesto a que lo habría arrojado de la moto en alta mar. ¡Al hijo de su mejor amigo! Y es que cuando un mago se pasa al lado tenebroso, no hay nada ni nadie que le importe...

En ese momento Sirius se puso de pie.

—Lo siento, creo que me voy a acostar ya —murmuró dirigiéndose a los dormitorios.

—Sirius... —Sally se puso de pie, dispuesta a seguirla. Pero, tras dudar un poco, regreso a su sitio. Estaba segura de que ahora su novio necesitaba estar a solas.

Tras la perorata de Hagrid hubo un largo silencio. Luego, la señora Rosmerta dijo con cierta satisfacción:

—Pero no consiguió huir; ¿verdad? El Ministerio de Magia lo atrapó al día siguiente.

—¡Ah, si lo hubiéramos encontrado nosotros...! —dijo Fudge con amargura—. No fuimos nosotros, fue el pequeño Peter Pettigrew: otro de los amigos de Potter.

—¿Peter? —preguntó James con sorpresa.

Siendo sinceros le costaba creer que Peter hubiese sido él solo en busca de Sirius. Lo normal era que, si creía que Sirius era el culpable, fuese a pedirle ayuda a Remus. Fue entonces cuando se dio cuenta de la expresión sombría de Remus y de la mirada de odio de Harry ante la mención de Peter y lo entendió.

—¡Tiene que ser una puta broma! —gritó James completamente alterado-

—James...

—¡Eso debe de ser falso!

—Papá...

—¡Una jodida y pesada broma!

—Papi...

—¡Es imposible que...

—¡Cornamenta, relájate ya! —gritó al final Remus abofeteando a James—. Luego te explico lo que quieras, pero deja que la lectura siga.

Enloquecido de dolor; sin duda, y sabiendo que Black era el guardián secreto de los Black, él mismo lo persiguió.

—¿Pettigrew...? ¿Aquel gordito que lo seguía a todas partes? —preguntó la señora Rosmerta.

—Adoraba a Black y a Potter.

—Ya lo veo —murmuró Harry, mirando preocupado a su padre.

Eran sus héroes —dijo la profesora McGonagall—. No era tan inteligente como ellos y a menudo yo era brusca con él. Podéis imaginaros cómo me pesa ahora... —Su voz sonaba como si tuviera un resfriado repentino.

—Venga, venga, Minerva —le dijo Fudge amablemente—. Pettigrew murió como un héroe. Los testigos oculares (muggles, por supuesto, tuvimos que borrarles la memoria...) nos contaron que Pettigrew había arrinconado a Black. Dicen que sollozaba: «¡A Lily y a James, Sirius! ¿Cómo pudiste...?» Y entonces sacó la varita. Aunque, claro, Black fue más rápido. Hizo polvo a Pettigrew.

—¿Cómo que polvo? —preguntó Reg confuso.

—Eso dicen —respondió Bill—. Solamente encontraron un dedo de Pettigrew.

—¿Solo un dedo? —Reg frunció el ceño de forma pensativa—. ¿Nada más?

Bill negó con la cabeza y Reg empezó a repasar mentalmente todas las maldiciones que conocía que hiciesen volar a alguien en pedazos.

La profesora McGonagall se sonó la nariz y dijo con voz llorosa:

—¡Qué chico más alocado, qué bobo! Siempre fue muy malo en los duelos. Tenía que habérselo dejado al Ministerio...

—Os digo que si yo hubiera encontrado a Black antes que Pettigrew, no habría perdido el tiempo con varitas... Lo habría descuartizado, miembro por miembro —gruñó Hagrid.

—Definitivamente no es bueno meterse con Hagrid —comentó Holly, viendo con preocupación a Regulus.

—No sabes lo que dices, Hagrid —dijo Fudge con brusquedad—. Nadie salvo los muy preparados Magos de Choque del Grupo de Operaciones Mágicas Especiales habría tenido una oportunidad contra Black, después de haberlo acorralado. En aquel entonces yo era el subsecretario del Departamento de Catástrofes en el Mundo de la Magia, y fui uno de los primeros en personarse en el lugar de los hechos cuando Black mató a toda aquella gente. Nunca, nunca lo olvidaré. Todavía a veces sueño con ello. Un cráter en el centro de la calle, tan profundo que había reventado las alcantarillas. Había cadáveres por todas partes. Muggles gritando. Y Black allí, riéndose, con los restos de Pettigrew delante... Una túnica manchada de sangre y unos... unos trozos de su cuerpo.

—En verdad solo un dedo —murmuró Remus.

La voz de Fudge se detuvo de repente. Cinco narices se sonaron.

—Bueno, ahí lo tienes, Rosmerta —dijo Fudge con la voz tomada—. A Black se lo llevaron veinte miembros del Grupo de Operaciones Mágicas Especiales, y Pettigrew fue investido Caballero de primera clase de la Orden de Merlín, que creo que fue de algún consuelo para su pobre madre. Black ha estado desde entonces en Azkaban.

—Doce años —murmuró Sally oscuramente.

La señora Rosmerta dio un largo suspiro.

—¿Es cierto que está loco, señor ministro?

—Me gustaría poder asegurar que lo estaba —dijo Fudge—. Ciertamente creo que la derrota de su amo lo trastornó durante algún tiempo. El asesinato de Pettigrew y de todos aquellos muggles fue la acción de un hombre acorralado y desesperado: cruel, inútil, sin sentido. Sin embargo, en mi última inspección de Azkaban pude ver a Black. La mayoría de los presos que hay allí hablan en la oscuridad consigo mismos. Han perdido el juicio... Pero me quedé sorprendido de lo normal que parecía Black. Estuvo hablando conmigo con total sensatez.

Eso tendría que ser una pista de que el verdadero culpable era Peter y no Sirius pensó James con pesar. Ahora que la rabia había desaparecido, le costaba asimilar lo que acababa de descubrir.

Fue desconcertante. Me dio la impresión de que se aburría. Me preguntó si había acabado de leer el periódico. Tan sereno como os podáis imaginar; me dijo que echaba de menos los crucigramas.

—¿Crucigramas? Tal vez si que estaba algo loco —el intento de broma de Remus solo arrancó un par de risas.

Sí, me quedé estupefacto al comprobar el escaso efecto que los dementores parecían tener sobre él. Y él era uno de los que estaban más vigilados en Azkaban, ¿sabéis? Tenía dementores ante la puerta día y noche.

—Pero ¿qué pretende al fugarse?

—Era por eso —susurró James, recordando a la mascota del mejor amigo de su hijo.

—preguntó la señora Rosmerta—. ¡Dios mío, señor ministro! No intentará reunirse con Quien Usted Sabe, ¿verdad?

—Me atrevería a afirmar que es su... su... objetivo final —respondió Fudge evasivamente—. Pero esperamos atraparlo antes. Tengo que decir que Quien Tú Sabes, solo y sin amigos, es una cosa... pero con su más devoto seguidor, me estremezco al pensar lo poco que tardará en volver a alzarse...

Hubo un sonido hueco, como cuando el vidrio golpea la madera. Alguien había dejado su vaso.

—Si tiene que cenar con el director, Cornelius, lo mejor será que nos vayamos acercando al castillo.

Todos los pies que había ante Harry volvieron a soportar el cuerpo de sus propietarios. La parte inferior de las capas se balanceó y los llamativos tacones de la señora Rosmerta desaparecieron tras el mostrador. Volvió a abrirse la puerta de Las Tres Escobas, entró otra ráfaga de nieve y los profesores desaparecieron.

—Suerte que no los pillaron escuchando a escondidas —dijo Neville.

—¿Harry?

Las caras de Ron y Hermione se asomaron bajo la mesa. Los dos lo miraron fijamente, sin saber qué decir.

—Fin del capítulo —anunció Astoria, dejando escapar un pequeño bostezo.

—Pues bien. Todos a dormir —anunció Dumbledore.


Hola gente.

Décimo segundo capítulo del fic. Tenía pensado que este capítulo fuese uno de no lectura, pero como no se me ocurría nada al final fue uno de lectura. Por suerte puede que sea capaz de sacar un par de temas de conversación para el siguiente capítulo.

Bueno espero que os haya gustado.

Se despide,

Grytherin18-Friki.