Era lunes por la mañana, un típico día de esos en el que todos emprenden su rutina con la pereza haciendo peso e impidiendo el hecho de darle inicio con entusiasmo a otra semana de otoño. Yo siempre solía culpar al clima de esta estación, porque por alguna razón era más difícil levantarse en las mañanas nubladas y frías; consideraba que era una diabólica invitación para seguir durmiendo y flojeando envuelto entre cómodas sábanas en vez de ir a trabajar. Sin embargo, ese no era mi caso ya que siempre me obligaba a levantarme muy temprano incluso cuando no tenía ni las más mínimas ganas de siquiera moverme… Lo que a veces (por no decir siempre) me provocaba un humor de los mil demonios.
Ese lunes llegué al cuartel con diez minutos de anticipación por petición de Erwin, no pasó a buscarme como de costumbre porque tuvo que estar allí más temprano de lo usual.
Entré a mi oficina y lo vi sentado en una de las sillas frente a mi escritorio y de espalda a la puerta, caminé y me dejé caer en el asiento que me correspondía como "jefe" de aquel lugar. El rubio despegó la vista de unos documentos que tenía en las manos y optó por tomar una posición más relajada.
—Buen día, ¿qué tal estás hoy? —me saludó.
—Bien, normal. ¿Tú? —posé mi codo en el reposabrazos de mi silla y a su vez apoyé la mejilla en mi mano empuñada.
—Pues, no me quejo —se encogió de hombros y me tendió los papeles—. Necesito tu ayuda con esto. Tengo ir a una reunión que probablemente abarcará todo mi día, y me preguntaba si podías revisarlos por mí.
—¿Son los reportes del fin de semana de tu grupo? — él asintió, los tomé y los ojeé por encima—. Claro, yo lo hago.
—Cuando regrese paso por acá para recogerlos y llevarlos yo mismo al archivo.
—De acuerdo —los coloqué sobre el escritorio. Estaba a punto de comenzar cuando sentí aún el peso de su mirada sobre mí, alcé la cabeza y lo vi interrogante ante ese extraño brillo en sus ojos y esa pequeña sonrisa sobre sus labios, que por cierto no tenía ni la menor idea a qué se debía.
—Salgamos el sábado a beber y embriagarnos como en los viejos tiempos —dijo ignorando la pregunta silenciosa que le hacía con mi expresión por su extraña actitud.
—Apenas es lunes y ya estás pensando en la farra del fin de semana… Debería darte vergüenza, Erwin —me burlé con fingida decepción.
—Sólo estoy algo nostálgico —comentó riendo un poco mientras yo alzaba una ceja—. No me mires así, joder, Levi.
—¿Qué mierda te pasa? —no pude obviar el tono de sorpresa y ansiedad en mi voz, no era para nada normal oír al inmutable y calculador capitán Erwin decir cosas como esas.
—El imbécil que es como mi hermano va a casarse y ya no podré compartir con él como de costumbre —contestó con pesar.
—Tch, el hecho de tener un anillo en mi dedo y un maldito papel que cambie mi estado civil de forma legal no significa que vaya a cambiar mi vida.
Fruncí el ceño al escuchar el "PFFFF" y la escandalosa carcajada que soltó Erwin apenas terminé de decir aquello. Reía sin parar, tanto, que llegó al punto de tener que inclinarse levemente y detenerse a duras penas para librarse del dolor en el abdomen causado por la falta de aire. Puse los ojos en blanco y bufé con fastidio, ni de coña iba a permitir que Mikasa me manipulara y mucho menos que me impidiera salir o hacer cosas que eran habituales para mí, esas que eran parte de mi día a día… Y de mis fines de semana.
No le encontraba la gracia. Tsk, ¿acaso eso formaba parte de estar casado? ¿Tener que cambiar mi estilo de vida sólo porque a ella no le guste lo que hago?
Eso sería totalmente patético y humillante.
—Con Mikasa al lado ni siquiera vas a querer hacerlo —prosiguió ya más calmado—. Vas a preferir mil veces quedarte en casa arrullado entre sus brazos que salir así sea a la esquina.
—Cállate —ya comenzaba a irritarme—. Eso es ridículo.
Estuvo a punto de decir algo más cuando el sonido de la puerta abrirse de golpe atrajo toda nuestra atención. Apreté los dientes al ver a la mocosa detenerse en el umbral con una mezcla de asombro y vergüenza en su cara con sus grandes ojos grises abiertos de par en par puestos en mi acompañante.
Él se levantó lentamente sin pestañear como si estuviese viendo a un fantasma parado justo delante de sus narices; estaba seguro que la sorpresa no cabía en sí, las únicas dos personas a las que le permitía entrar de esa manera eran a él mismo y a Hanji. Por su parte, ya era la segunda vez que la azabache irrumpía de esa manera en mi oficina, no obstante, era la primera vez que lo hacía en presencia del rubio. Ni siquiera recordaba por qué demonios le dije que, por tratarse de ella, podía entrar sin tocar. Menuda idiotez.
"Que momento tan oportuno para llegar", ironicé en mi mente mirándola fijamente sin moverme ni cambiar mi expresión de seriedad.
Ella reaccionó un par de segundos después y con un lindo color rosáceo en su rostro hizo el saludo formal como es obligatorio al estar frente a un superior.
—Discúlpeme capitán, no debí entrar así, yo… —balbuceaba, pero se calló al ver como Erwin le sonreía y negaba divertido con la cabeza.
—Buenos días, Mikasa —la saludó con suavidad.
—Buenos días —logró hablar sin tanto nerviosismo esta vez.
—No te preocupes por haber entrado así. No son necesarias tantas formalidades, no para ti —estas simples palabras provocaron que el rubor se extendiera hasta sus orejas e incluso cubriera un poco su nariz—. Puedes omitir también el saludo, al menos ante mí.
Mikasa abrió y se cerró la boca de inmediato sin saber qué decir. Parpadeó un par de veces y asintió formando una pequeña sonrisa sobre sus labios mientras relajaba un poco la postura rígida que había mantenido desde que entró.
—Gracias, capitán.
—Erwin. Llámame Erwin.
No pude evitar levantar las cejas con asombro ante tal escena, él nunca se comportaba así con nadie a excepción de la cuatro ojos. Siempre (al igual que yo) mantiene ante los subordinados una actitud seria e intimidante, jamás lo había visto actuar de esta manera con algún otro miembro del cuartel... Era imposible no sorprenderme. Quizás debería comenzar a tomarme en serio el hecho de que Erwin realmente la consideraba como su… cuñada, como parte de su familia. Joder, eso sonaba demasiado extraño.
—Levi —su voz firme me sacó de mis pensamientos con una patada, fijó sus ojos azules en mí y esbozó una sonrisa burlona que por suerte la muchacha no pudo ver—. Gracias de antemano por la ayuda. Que tengan un feliz lunes.
Y sin decir nada más, se fue dejando detrás de sí a una Mikasa aturdida y a mí con una rara sensación recorriéndome el cuerpo. Apenas cerró la puerta, la azabache dejó salir aire sonoramente y yo posé mis ojos en ella aún sin inmutarme, había permanecido muy quieto y callado hasta ese entonces. Sin embargo, por alguna extraña razón que desconocía, por primera vez a ella no pareció intimidarla en lo más mínimo, al contrario: me regaló una sonrisa lo suficientemente amplia como para mostrarme sus perfectos dientes blancos mientras recortaba la distancia que nos separaba con grandes zancadas.
Arrugué el entrecejo casi imperceptiblemente siguiendo con la mirada cada gesto y movimiento que hacía hasta que se detuvo junto a la silla que ocupó Erwin y se sentó sin apartar sus orbes de los míos. Había algo en ellos, algo… diferente. Brillaban de esa manera tan bonita y particular, pero en ese momento pude notar algo más. Su rostro lo percibí radiante, más jovial, con un semblante tan relajado, alegre y al fin sin rastro de las ojeras que todos los días anteriores fueron una sombra que resaltaba mucho en su pálida piel. Su cabello… ¿Lo había cortado? Hmp, no, no era eso. Sus labios tenían un precioso color rosáceo al igual que sus mejillas a pesar de que no tenía ni una pizca de maquillaje en su rostro.
Perfecta. Esa era la palabra adecuada para describirla.
Y ese lunes ella lucía más hermosa que nunca.
Bajé un poco más la vista y sonreí internamente al ver que estaba usando mi abrigo, ni siquiera me acordaba que se lo había quedado. Por primera vez no tenía en su cuello esa molesta bufanda roja y mi atención se detuvo allí, en un fino collar de plata que descendía por su garganta escondiéndose bajo su ropa hasta llegar a… Sus agraciados y redondos pechos que quedaban tortuosamente ajustados en su uniforme.
Tragué duro. Mierda.
Me golpeé mentalmente y de inmediato desvié la atención a la pila de papeles que estaban sobre mi escritorio. Los tomé y comencé a ordenarlos mientras hacía un gran esfuerzo por concentrarme pero por más que quería hacerlo, no podía. Mi subconsciente me pedía a gritos alzar de nuevo la cara para observarla, detallarla y deleitarme de toda ella como si fuese la Octava Maravilla del Mundo la que tuviese a un metro de distancia.
—¿Qué haces? —habló al fin.
—Revisando estos informes, son de Erwin —contesté con un tono de voz neutro sin interrumpir mi tarea.
—¿Puedo ayudarte?
Alcé la mirada hacia ella y vi que tenía ambos codos apoyados sobre la mesa y su barbilla acunada entre sus manos, adornaba su carita con una pequeña sonrisa y algunos mechones de su flequillo caían sin cuidado sobre sus ojos. Asentí lentamente sumergiéndome en esos pozos grises que se me hacía imposible de ignorar, notando que definitivamente ese día estaban más lúcidos que en todas las ocasiones anteriores. De pronto sentí curiosidad y algo de envidia hacia lo que sea que causa ese efecto en ella, juro que daría lo que fuese por poder causarlo también.
Le pasé unos cuantos informes y ella los aceptó con entusiasmo.
—Organízalos por lugar y fecha —asintió y comenzó a leerlos detenidamente.
Volví a mi labor y al terminar la miré por sobre las hojas que sostenía en mis manos, me quedé enganchado observando su expresión de concentración: sus cejas un poco juntas y sus labios levemente apretados sin despegar ni por un segundo su atención de los documentos. La claridad que se colaba por la ventana se reflejaba directo en ella, su cabello parecía estar más brillante y sedoso y su piel más blanca y suave. Me invadieron unas terribles ganas de estirarme hacia ella para acariciarla y mimarla como lo hice aquella noche antes de dormir. "Contrólate", me reprimí mentalmente, pero para mi desgracia, cada día que pasaba era mucho más difícil hacerlo.
Suspiré pesadamente. Dejé los informes en la mesa y busqué en uno de los cajones el sello de "revisado", los marqué y los firmé. Mikasa me pasó los suyos e hice lo mismo sin vacilar para finalmente guardarlos en el cajón donde tenía los míos.
—¿No vas a revisar lo que hice? —"¿Fue preocupación eso que percibí en su voz?", pensé.
—No, confío en lo que haces —respondí levantándome—. Vámonos, se nos hace tarde.
Salí de la oficina con presura y ella hizo lo mismo siguiéndome el paso, caminando a mi lado y no detrás o delante de mí como antes solía hacerlo.
La mocosa estuvo risueña durante todo el día. Pasó casi todo el tiempo tarareando melodías que no fui capaz de reconocer y saludaba a sus conocidos con más calidez y cariño de lo usual. A mí, por mi parte, se me hacía imposible apartar mi atención de ella, más de una vez me descubrió observándola de reojo detenidamente. Me sentía intrigado, demasiado para ser honesto. ¿Qué podría ser lo que la puso tan contenta? ¿Acaso sucedió algo importante en estos dos días sin verla? ¿Se debe a alguna salida? ¿Fue a alguna fiesta? ¿Habrá conocido a alguien más? ¿A algún sujeto, quizás? Sin darme cuenta apreté los dientes y empuñé las manos; no, no debería ser por eso…
—¿Qué tal tu fin de semana? —traté de no sonar ansioso por saber, por averiguar la razón de su actitud.
—Estuvo excelente —contestó volteando a mirarme con una gran sonrisa en su rostro—. ¿Y el tuyo?
—Bien —dije sin más.
—¿Qué sueles hacer en tus días libres? —preguntó de inmediato sin darle espacio al silencio que nos acompañó la mayor parte del tiempo. La miré de soslayo, ella aún no apartaba sus ojos de mí.
—Leer, ejercitarme, limpiar, salir en las noches cuando estoy aburrido. Nada interesante.
—¿Y a dónde sueles ir?
Estaba a punto de responderle cuando se acercó a nosotros una mujer que abrazó a Mikasa tomándola por sorpresa, y ella al reconocer a quien la envolvía con afición, correspondió a su gesto con el mismo afecto. Era morena, castaña y por sus rasgos intuí que era más o menos mayor. Se separaron y esta reparó entonces en mi presencia, ladeando la cabeza y mirándome con curiosidad tratando de adivinar quién era yo.
—Ella es Carla Jaeger, la madre de Eren —habló la azabache para mí—. Carla, él es mi… —vaciló un momento— Mi capitán, Levi Ackerman.
La morena abrió los ojos como platos mientras estrechábamos nuestras manos echándome un vistazo de arriba abajo como si no pudiese creer lo que captaban sus orbes claros. Luego se giró hacia Mikasa endureciendo sus facciones y lanzándole una mirada de reproche, poniendo sus brazos en jarras una vez que deshicimos nuestro agarre.
—Mikasa, ¿cuándo demonios pensabas presentarme a tu prometido? —cuestionó con molestia, lo que causó que la aludida se tensara y su rostro se encendiera por completo. Yo levanté levemente las cejas con incredulidad—. Tengo días diciéndote que lo invites a casa para cenar, no puedo creer que tenga que conocerlo bajo estas circunstancias…
—Carla… —intentó detener el sermón que le estaba dando, pero la mujer pasó por alto su llamado y la expresión de pánico y vergüenza que tenía la pelinegra.
—Sé que eres grande e independiente pero no acepto que vayas a casarte y que ni siquiera hayas tenido la delicadeza de presentarle a tu familia —soltó un largo suspiro y relajó un poco, se dirigió a mí cambiando la seriedad de sus rasgos por una simpática sonrisa—. Me encantaría que vinieras a cenar con nosotros, Levi.
—Por mí no hay problema —respondí con la mayor amabilidad posible, y de inmediato noté como Mikasa volteaba hacia mí asombrada por lo que acababa de escuchar.
—¿Te parece el sábado a las ocho de la noche?
—¡No puedo! —intervino un poco exaltada—. Estaré ocupada.
—Entonces hoy mismo —insistió la mujer.
—Carla —susurró entre dientes con firmeza acercándose a ella y fulminándola con la mirada—. Por favor, no lo presiones. Deja que yo luego me encargue de eso, ¿sí? Ten paciencia, te lo suplico.
—¿Al menos vas a decirme cuándo es la boda? —murmuró la morena de vuelta. Mis ojos saltaban de una a la otra como si se tratara de un partido de tenis. Durante ese pequeño instante ignoraron mi presencia, era eso o realmente pensaron que no podía escucharlas.
—La semana que viene —gruñó la Ackerman.
Aclaré mi garganta y en perfecta sincronía ambas voltearon hacia mí con cierto desconcierto reflejado en sus expresiones, posé mi atención en la mayor.
—Fue un placer conocerla, señora Jaeger —dije cordialmente—. Ahora, si me disculpan…
Hice un pequeño ademán con la cabeza indicando que me retiraba, lo que ella aceptó sonriéndome y asintiendo lentamente. Caminé hasta el otro lado de la calle huyendo de la incómoda situación familiar en la que me vi accidentalmente envuelto, dejando salir un poco de aire y recostándome de una pared con los brazos cruzados. Le dediqué una última mirada a las mujeres que aún discutían y luego me concentré en lo que ocurría a mi alrededor.
Fijé mi interés en un puesto de verduras y frutas que estaba repleto de gente en ese momento. Desde ese ángulo podía ver perfectamente como un chiquillo se acercaba discretamente y después de cerciorarse que todos estuviesen absortos en sus propios asuntos, se ocupó de escudriñar el sitio donde estaban las manzanas verdes.
—Tch, mocoso imprudente —murmuré yendo hacia él lo más rápido que pude, tomándolo de ambas muñecas justo antes de guardar las frutas en el bolso que cargaba. El pequeño de aproximadamente ocho años de edad brincó del susto y me miró con la boca y los ojos muy abiertos aterrorizado, sin siquiera parpadear ni poder decir absolutamente nada. Dejé las manzanas en su lugar y lo arrastré con disimulo hacia el final del puesto que afortunadamente se encontraba despejado, el niño estaba tan despavorido que ni consiguió poner resistencia ante mi acción.
—Sabes que esto es ilegal, ¿no? ¿Sabes lo que les ocurre a las personas que suelen robar? —hablé con dureza, usando el mismo tono de voz que usan los padres para regañar a sus hijos luego de haber hecho algo terrible. Lo fulminé con la mirada al ver que seguía sin hablar—. Respóndeme. ¿Sabes lo que pasa o no? —mi paciencia estaba peligrosamente cerca de acabarse.
—Sí, sí, sí señor. Por favor discúlpeme, lo siento, no volveré a hacerlo lo prometo, no me lleve consigo, por favor no me castigue —soltó en una retahíla de palabras tan rápida que entendí de milagro, mientras gruesas lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas sin parar. Se encogió de hombros y bajó la cabeza apenado.
Apreté con dos dedos el tabique de mi nariz dejando salir una inaudible maldición, este era el tipo de caso que realmente odiaba. Detestaba ver a niños tan pequeños haciendo cosas como esa, me molestaba que los padres no tuviesen la decencia de prestarles el cuidado y la atención suficientes para educarlos como es debido. Tomé aire y traté de relajarme.
—¿Para quién son? —gruñí.
—Para mi hermana menor —murmuró—. Ella está enferma y quería comer una, mamá llegará tarde hoy y…
—Escúchame —me agaché poniéndome a su altura e hice que me viera a los ojos, mi semblante y mi tono de voz eran bastante severos—. Por esta vez, sólo por esta vez, te compraré las benditas manzanas. Pero te aseguro que si te encuentro haciendo lo mismo aquí o en cualquier otra parte, te ocurrirá algo espantoso.
—¿Qué? ¿Qué va a pasarme? —inquirió con miedo.
—Te cortarán las manos para que no puedas volver a tomar una manzana nunca más —el niño chilló y negó con la cabeza.
—¡No, no, le juro que no lo volveré a hacer!
Me levanté y le hice una seña para que me siguiera, por suerte nadie se percató del pequeño percance. Pagué las frutas, me agradeció y le revolví un poco el cabello con una de mis manos para luego dejarlo ir no sin antes recordarle el posible horrendo destino que tendría si llegaba a intentar hacer algo similar. Sonreí internamente al verlo alejarse dando brinquitos de alegría por poder llevarle a su hermana lo que tanto quería.
—Me parece adorable que te gusten los niños —me giré hacia ella al escucharla hablar en mi espalda. Sonreía tiernamente observando sobre mi hombro al niño que acababa de irse.
—No me gustan, mocosa —contesté de inmediato.
—Pues a mí me pareció que sí. Lo he presenciado todo —entrecerré los ojos con desconfianza—. Bueno, no escuché lo que le dijiste pero sí vi que lo atrapaste justo a tiempo y también lo que hiciste después.
—A esa edad aún no se tiene una idea clara de lo que está bien o está mal —me encogí de hombros tratando de lucir desinteresado—. Considero que todavía está a tiempo de corregirse.
—Igual, fue un gesto muy lindo de tu parte.
—Tch.
Mikasa rió levemente y negó con la cabeza divertida al ver que desvié la cara abochornado por lo que decía.
—Ya terminó nuestro turno —dijo con entusiasmo—. ¿Planeas hacer algo ahora?
—Sí, irme a resguardar del jodido frío —respondí comenzando a andar, pero ella me detuvo tomándome de una mano. Fruncí el ceño y mi vista saltó de nuestras manos a su rostro ruborizado. Los dos nos quedamos paralizados, la azabache pareció estar en blanco de repente mientras yo no salía de mi asombro. Vi como mordió su labio apartando la mirada avergonzada, como si lo que hizo fue resultado de un impulso. No obstante, cuando sentí el agarre aflojarse la apreté un poco para evitar que se alejara—… Pero antes te acompañaré a tu casa —fue lo que se me ocurrió decir al ver la confusión en sus orbes grises al notar que no quería dejar de sujetarla.
Ella fue la primera en moverse, luego lo hice yo. La azabache caminaba un poco por delante de mí lo que me permitía ver sin escrúpulos la unión de nuestras extremidades ocupando el corto espacio que nos separaba.
No me importaba sentir el peso de las miradas de los curiosos recaer sobre nosotros sin disimulo ni tampoco lo que murmuraban al respecto, no tenía ni la más mínima intención de prestarle atención a lo que ocurría alrededor, sólo esperaba no tropezarme por no fijarme por donde iba. Lo único que me concernía en ese momento era disfrutar de la agradable sensación que me brindaba su piel tibia sobre la mía, que por cierto estaba helada. Lentamente ella acomodó sus dedos con los míos, entrelazándolos y quedando firme y perfectamente encajados.
A pesar de que me dejé llevar sin protestar, internamente estaba hecho un lío. Llegué a discutir con Petra incontables veces porque siempre me rehusé a demostrarle apego de todas las formas posibles, fue un límite que me establecí a mí mismo para que en ningún momento se confundiera ni para que pensara que pretendía involucrarme con ella sentimentalmente. En muchas ocasiones me reclamó por no ser afectuoso ni cuando estábamos solos, lo que me obligaba a explicarle una y otra vez que eso no era conveniente ni mucho menos algo que quisiera hacer. Al final siempre aceptaba y el tema quedaba olvidado durante cierto tiempo.
Todo esto me hacía preguntarme por qué con Mikasa era diferente, por qué con ella se me hacía tan difícil mantener ese mismo límite que he tenido con todas las mujeres con las que he estado, por qué simplemente no soltaba su agarre y me iba en dirección contraria… No lograba entender por qué quería tanto estar a su lado, por qué se me hacía imposible dejar de observarla y de detallar todos sus gestos y rasgos hasta recordar cada línea de su cuerpo a la perfección, de escuchar atentamente todo lo que decía y disfrutar de su risa, de saber todo lo que le gustaba y lo que no, de conocerla y descubrirla por completo…
Además, no tenía ni la más mínima idea de cómo era posible que estuviese caminando con ella tomados de la mano sin preocuparme ni un poco por las atentas miradas que recibíamos de todos los que pasaban junto a nosotros.
Sin embargo, me gustaba. Se sentía jodidamente bien estar así con ella, tanto, que apenas sentí su cálida piel no dudé de sostenerla con más firmeza para no romper el contacto.
—No me dijiste a dónde sueles salir.
Su voz me sacó de inmediato de mis cavilaciones. Le alcancé el paso y la vi de reojo con curiosidad y con ansias de encontrar en sus gestos alguna señal, algo que me dijera si estaba sintiendo lo mismo que yo… Pero no pude ver más allá de la capa de cabello que cubría un poco su rostro.
—No tengo un lugar fijo —respondí sin querer dar explicaciones. Sí tenía uno, y era el bar en el que trabajaba Petra. No obstante, lo omití por completo, realmente no quería ni mencionarlo—. ¿Y tú? ¿Tienes uno?
—Sí —sonrió levemente—. Luego te llevaré para que lo conozcas.
Asentí lentamente y en un abrir y cerrar de ojos ya estábamos subiendo los pocos escalones que conducen a la entrada de su casa, deteniéndonos en el pequeño porche. Se giró hacia mí y me miró fijamente a los ojos mientras desliábamos la unión de nuestros dedos.
Maldición. No quería soltarla. No quería dejarla ir aún.
Subí la mano y quité con cuidado de su frente algunos mechones de su flequillo permitiéndome detallar mejor sus bonitos orbes grises. Acomodé su cabello detrás de su oreja y luego deslicé mis dedos hasta su mejilla, donde dejé mi mano mientras con el pulgar tocaba lentamente sus carnosos y rojizos labios.
Y una vez más me invadió la tortuosa duda… ¿A qué demonios sabrán sus besos?
Recorrí con un par de pasos el espacio que nos separaba y moví mi mano hasta su nuca para acercarla a mí y posar mis labios sobre los suyos. La azabache abrió mucho los ojos y se tensó ligeramente por mi repentina acción, pero de inmediato volvió a relajarse y cerró los párpados sin siquiera tratar de volver a poner distancia entre ambos. Me moví dócilmente sobre ellos primero arriba y luego abajo, saboreándolos con anhelo y regocijándome por lo suave, delicados y tibios que eran.
Con mi mano libre la sostuve por la cintura pegándola a mí y la otra la enredé en su cabello. Un rato después sentí que su espalda se topó contra la madera de la puerta y poco a poco el beso se tornó más atrevido y urgido, joder, realmente me moría de ganas de besarla y de extasiarme con su delicioso sabor. Hasta ese instante no había sido consciente de lo mucho que quería hacerlo, y ahora que la tenía, no pensaba soltarla.
Me separé de ella para tomar aire y en ese instante mis ojos se fundieron con los suyos, que me observaban con evidente deseo y ganas de más. Con la tenue luz que llegaba desde la calle, pude notar que sus mejillas estaban cubiertas de un intenso color rojo y sus labios lucían hinchados y húmedos, bajé un poco más la vista y me fijé en ese jodido collar que me dejó embelesado horas antes. Desenredé mi mano de su cabello y descendí por la nuca rozando su piel con las yemas hasta llegar a un costado de su cuello, de donde tomé la fina cadena y la alcé sacándola de su ropa apreciando que al final colgaba una pequeña hoja de otoño. Lo dejé caer y mi mirada se perdió con él en el casi inexistente espacio entre sus perfectos senos, los cuales subían y bajaban al compás de su acelerada respiración, pegándose y apretándose contra mi tórax sin piedad. Estaba a punto de ceder ante la necesidad de besarlos, pero ella me interrumpió tomándome por el rostro con ambas manos para alzarlo y volver a unir nuestras bocas con desespero. Me envolvió por el cuello con ambos brazos y juntó totalmente su cuerpo al mío.
Gimió en mi boca cuando presioné con fuerza nuestras caderas y yo gruñí por sentir un corrientazo recorrerme entero al rozar el notable bulto bajo mi pantalón contra ella. Aproveché la pequeña abertura entre sus labios para introducir mi lengua y acariciar la suya, jugueteando y explorando su interior con avidez.
Estaba tan concentrado en Mikasa y en la gran cantidad de sensaciones que me brindaban sus besos, el roce de su piel y el calor de cuerpo que se me había olvidado el hecho de estar expuestos a la vista de cualquier que pasara por allí. Permanecí ajeno a ello hasta que, aún besándola, escuché un par de voces aproximándose por la acera bastante cerca de donde nos encontrábamos.
Me aparté de ella de golpe, instantáneamente cayendo en cuenta de lo que estaba pasando. Mi corazón palpitaba desenfrenado, mi respiración era dificultosa y mi mente estaba demasiado nublada, una parte de mí me pedía a gritos derribar la puerta con una patada y arrastrarla conmigo adentro de la casa para besar y tocar cada centímetro de su piel mientras el poco (poquísimo) sentido común que me quedaba me exigía salir corriendo de allí.
Acomodé mi cabello luchando por calmarme, intentando con todas mis fuerzas no dejarme llevar por las ganas que tenía de saltar hacia ella y probarla todo. Alcé la mirada y vi como respiraba tan rápido como yo, aún ruborizada y pegada a la puerta sin apartar sus ojos de mí.
Suspiré largamente pasando una mano por mi cara, ¿qué mierda hice?
—Mikasa, lo siento, yo… —mi voz sonó ronca y grave. Me callé sin completar la frase, no sabía ni qué carajo decir.
—Levi —murmuró dando un paso hacia mí, pero yo retrocedí dos tensándome y apretando los dientes. Si volvía a sentir tan sólo la calidez de su aliento o el roce de alguno de sus dedos, no lograría detenerme esta vez—. No tienes por qué disculparte, tú…
—Tengo que irme ya —la interrumpí girándome—. Buenas noches.
Bajé los peldaños y me alejé de allí lo más rápido que pude sin atreverme a mirar hacia atrás. La sangre corría agresivamente por mis venas ardiendo y quemándome, mis manos temblaban casi imperceptiblemente y mi mente sólo podía evocar lo que acababa de ocurrir.
Jamás se me había hecho tan difícil tener que apartarme de alguien, deseaba con locura volver a poseer sus labios, aprisionarlos y devorarlos hasta no poder más. Caminaba hacia mi casa lo más veloz que mis piernas me permitían, porque sabía que si me detenía aunque sea un segundo, las ganas podrían más que mi poca fuerza de voluntad, esas que me incitaban a devolverme y terminar lo que empecé.
En toda la noche no logré conciliar el sueño por no poder sacar de mi cabeza el dulce y delicioso sabor de sus labios, el descontrol de mi corazón y mi respiración producto de su cercanía, el cosquilleo en mi abdomen al tocar su suave piel, el hecho de no poder parar de besarla, lo preciosa que se veía ruborizada y poseída por la lujuria, la necesidad de recorrerla toda, la presión en mi entrepierna que inició con el primer roce, y lo que más me atormentó durante todas esas horas en vela: el ferviente deseo que ese encuentro despertó en mí… El deseo de hacerla mía, mía en cuerpo y alma.
¡Holaaa a todos! ¿Qué tal están?
Al fin en este capítulo ocurrió lo que muchos seguramente estaban esperando.
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Muchísimas gracias por leer.
