Disclaimer: The Penguins of Madagascar no me pertenece ni sus personajes.

Chicos espero que les guste, aunque a mí me aburra.

La Isla de los Osos Polares

Capítulo XII: El Segundo Plan de Escape;el que no puede fallar

-Despejado.

La afirmación de Cabo les dio luz verde a Skipper y Rico, quienes se deslizaron unos metros más adelante sobre el hielo, ambos se pararon uno frente al otro y Rico golpeó con su pico el hielo abriendo una gran grieta. Le sonrió a Skipper para esperar su aprobación; el líder observó la grieta y le asintió a su compañero. El experto en armas dejó escapar una carcajada y perforó el hielo con su pico hasta sacar un gran pedazo con forma de pared. Entre los tres pingüinos lo levantaron y comenzaron a transportarlo hasta apenas unos cuantos metros donde lo apilaron junto con otros trozos de hielo de igual tamaño.

-¿Cuánto más nos faltan? -preguntó Cabo sujetándose uno de sus pies con cansancio. Skipper dio vuelta a las hojas en la libreta de Kowalski.

-Cinco, -contestó Skipper colocando la libreta en el hoyo de un árbol; tomó nota mental para no olvidarla cuando volvieran a la cueva. Cabo suspiró comenzando a estirar sus pies para seguir el camino.- Pronto, chicos, no querrán que el hielo se derrita,- Rico y Cabo asintieron y los tres comenzaron a deslizarse con el más joven en la delantera.


Maurice rápidamente escaló el árbol que le había indicado Kowalski, avanzó por una rama de la que colgaban varias lianas, arrancó una con la ayuda de Mort y la extendió en el aire para que el pingüino la pudiera observar desde el piso. La mirada de Kowalski se centró en la planta revisándola cuidadosamente, antes de asentir le pidió a Maurice que dejara caer la liana; ésta cayó en frente suyo, cuando la tocó y tiró de ella pudo sonreír con seguridad.

-Está bien, -confirmó subiendo la voz para que el Aye-aye lo escuchara desde lo alto del árbol.- Baja unas cuantas más.

Maurice comenzó a arrancar las lianas de los árboles y se dio cuenta que los pingüinos no eran muy diferente del Rey Julien; ambos le daban ordenes sin decir "por favor". Arrancó un montón de lianas y se echó en el hombro la mayoría mientras Mort sujetaba el resto entre sus brazos. Los dos bajaron del árbol y se colocaron frente a Kowalski mostrándole las lianas. El pingüino estiró cada una de ellas revisándolas, desechó algunas y al final, las restantes se las echó al hombro.

-Serán suficientes, -dijo girando en dirección contraria, al caminar tomó un lápiz y hoja que estaban debajo de su aleta herida, al menos apretándola contra su cuerpo podía sostener objetos, a pesar de tener la férula. Tomó el lápiz con su pico y tachó con pequeña dificultad las cuerdas de su lista; esa pequeña hoja de papel era lo único que Skipper le había dejado.- Muy bien, ahora necesito rocas. Muchas.

El Aye-aye reprimió un quejido a sabiendas que él y Mort deberían cargar dichas rocas.


El pequeño oso polar avanzó cautelosamente por el bosque, era extraño, él era quien tenía miedo que los pingüinos los atacaran en cualquier momento. En realidad, nunca había comido ninguno, los osos polares eran un grupo grande y cada vez crecían más, por lo que los más pequeños debían comer pescado a causa de no poder pelear por lo único vivo que - en contadas ocasiones - había: pingüinos.

Acercó su nariz al piso oliendo una especie de rastro, observó a su derecha, donde había un camino de hielo, y acto seguido miró hacia el frente, donde el camino en cambio era de tierra. Se quedó pensando por un momento.

-¿Por dónde Sidney? -preguntó Marco apresurándolo.

La cría continuó dudando por breves segundos, pero que Lenny y Marco pasaron impacientes.

-Al frente, -dijo finalmente Sidney sin expresión en su rostro. Los osos polares más viejos asintieron, yendo en aquella dirección.


Rico forcejeó con toda su fuerza contra el gran trozo de hielo que acababa de perforar del piso, la forma de este se había atorado con el hueco en el piso al haberlo extraído de forma incorrecta. Skipper tomó la parte superior de la pared de hielo y comenzó a tirar de ella. Luego de muchos intentos, el líder se detuvo y se rascó la cabeza pensando en que hacer. Colocó su aleta en su barbilla en silencio, mientras Rico continuaba empujando hacia afuera la pared de hielo. Finalmente Skipper sonrió y saltó sobre ésta, el experto en armas lo observó con curiosidad.

-¡Ven aquí Rico! -le ordenó Skipper, su soldado le obedeció al momento y llegó a su lado.- Salta conmigo.

Comenzó una cuenta regresiva, y al decir YA los pingüinos comenzaron a saltar coordinadamente; luego de tres saltos, la pared de hielo comenzó a ceder, pero muy lentamente.


Las patas de Lenny y Marco eran veloces, corrían a una velocidad que Sidney solo igualaría en muchos años. Ahora el pequeño corría tras ellos jadeante, en un vano intento por alcanzarlos; nunca podría.

-¿Es derecho,Sidney? -gritó Marco. Su voz se escuchaba lejana para Sidney, pero al escuchar el débil grito, aun jadeando, pudo contestar.

-¡Si!

Marco simplemente escuchó un murmullo, pero al hacerlo aceleró el paso junto con Lenny, quien lamía los espacios en su boca donde le faltaban unos dientes. Como esperaba encontrarse con el pingüino del bate otra vez, o en su defecto al menos comer el cadáver del pingüino que se había montado en su cabeza - si lo encontraba-. El jefe no tenía a ningún pingüino especialmente en la mira, pero en parte él tambien quería vérselas con el líder: Skipper, después de todo él era el único con el que había dialogado.

A los dos osos polares comenzaron a colgarles las lenguas. Mientras, Sidney ya simplemente era parte del polvo de ellos.


-¡Con fuerza!

Al son de la voz de Skipper, los pingüinos -Cabo tambien se había unido- saltaron lo más alto que pudieron y finalmente echaron la pared de hielo abajo logrando separarla del piso. Los tres cayeron con un ruido brusco, y al ponerse de pie chocaron aletas mientras comenzaban a levantar la pared de hielo para transportarla. El bosque se encontraba a unos metros más adelante. Conseguir ese trozo de hielo les había sido especialmente difícil y les había tomado más tiempo del programado por Skipper.

De pronto Cabo observó a su costado, observando un agujero en el suelo de hielo. Recordó entonces que ese era el lugar de donde él y Rico habían pescado anteriormente; donde se habían encontrado con el pequeño oso polar bebé.


Los ojos de los osos polares se centraron únicamente en el camino delante suyo, esa era la única cosa que existía para ellos en ese momento. Pudieron ver el final del camino cerca, y los pasos o jadeos de Sidney ya no eran audibles para ellos. Los osos polares llegaron al final del camino casi resbalando, sin embargo lograron detenerse en seco. Para ver ansiosos lo que se les mostraba en el lugar que habían llegado.

Entonces sus sonrisas se borraron e introdujeron sus lenguas en sus bocas nuevamente. Con decepción, vieron el lugar vacío, de hecho era simplemente el término de la isla, donde se veía una pared de plástico. Marco rugió, ver esas paredes le recordaba que estaba encerrado: sin salida. ¿Por qué le había tocado vivir eso a él? Él era un oso polar, debería estar en el Polo Norte. Retrocedió furioso, ni siquiera había encontrado a los pingüinos. Enseguida se volteó hacia el camino de donde apenas llegaba Sidney sin aliento.

-¡No hay nada aquí! -le reprochó acercándose al pequeño, este saltó con susto.

-¡Juro que estaban aquí! -dijo Sidney, cuando estaba bajo presión, era mejor para mentir.- ¡Ellos pasaron caminando justo en frente de mi!

-¿Y por qué no los atacaste? -los ojos de Sidney se empezaron a humedecer. Los colmillos de Marco parecían querer devorarlo. Tal vez debería decirles el verdadero camino, estaba a punto de hacerlo, cuando Lenny habló en su defensa.

-Vamos, Marco, -dijo tranqulizándolo.- Él no sabe nada de cazar, una de tus reglas es que los pequeños no coman pingüinos. O no alcanzaría para nosotros, -los ojos de Marco esta vez se centraron sobre su amigo, casi fulminándolo.

-Una de mis reglas no es que sean unos imbéciles...

El jefe pasó de largo a Sidney, quien temía que en cualquier momento le capturara con el hocico y lo comiera a él en lugar de a los pingüinos. Luego que Marco avanzó unos metros, Lenny le sonrió a Sidney quien le correspondió y ambos comenzaron a seguir a su jefe. Si había alguien a quien todos los osos polares le temieran, era a Marco, no sabían mucho de él. Al llegar ahí les había ayudado a sobrevivir y pronto lo habían nombrado su líder, pero aun no estaban seguros que no fuera capaz del canibalismo. Lenny y Sidney tragaron saliva al pensar en ello.


Rico, Cabo y Skipper reunieron las cinco paredes de hielo que les restaban y las apilaron con el resto, ahora el líder se preguntaba como las llevarían a la cueva con ellos. No podía hacer dos viajes, sin contar con lo peligroso que podía ser, para cuando lo hicieran las paredes de hielo ya estarían derretidas, o al menos en su mayoría. Tenía pensado hacer un congelador en la cueva, sería fácil con lo que había en la isla. Comenzó a pensar profundamente.

Observó a su izquierda el gran árbol, casi había olvidado la libreta de Kowalski, la tomó y vio el árbol en el cual la había escondido. Sonrió entonces.

-¡Rico!, arranca un pedazo de corteza. Que sea más grande que las paredes de hielo y consígueme unas ruedas. ¡Cabo!, consigue algo que sirva como cuerda.

El experto en armas enseguida arrancó el pedazo de corteza del árbol y regurgitó cuatro ruedas que habían pertenecido a un coche para niños, el tamaño las delataba. A los minutos, Cabo volvió con unas cuantas enredaderas y se las entregó a Skipper, este las observó cuidadosamente y sonrió en aprobación. Comenzó a atar las ruedas a la corteza, de tal forma que no tuvieran impedimento al avanzar, cuando estuvo firme y listo, colocó las paredes de hielo sobre el coche que había hecho. Al terminar, los pingüinos volvieron a chocar aletas orgullosos.

-Llevemos esto a la base, muchachos. Y más vale que nos demos prisa.

Los pasos de los pingüinos fueron firmes y veloces, por lo que rápidamente y sin problemas llegaron de vuelta a la cueva. Estaba vacía, todo estaba tal y como lo habían dejado; Kowalski y los lémures aun no volvían. Skipper tachó de la libreta de su teniente las paredes de hielo. Tomó una de estas y la levantó, su altura era igual a la de la cueva, por lo que encajaba perfectamente y se mantenía sola de pie; entre los tres comenzaron a armar el congelador que el líder había pensado.


Maurice vio a su espalda la carreta que él y Kowalski jalaban con las piedras encima. Había agradecido que al pingüino se le hubiera ocurrido hacerla para que transportar las rocas fuera una tarea más sencilla, aunque aun asó estas eran pesadas. Kowalski tachó de la lista las rocas, eso era todo lo que él tenía que conseguir para el plan de escape. Dedujo la hora en un santiamén, ya era tarde, pero si se apresuraba, podrían terminar la fase dos del plan hoy y mañana continuar con la tercera.

Pensando en esto, aceleró el paso.


Sus oídos podían escuchar todo lo que pasaba a su alrededor, no sabía porque, pero no había pensado en nada desde que sus amigos se habían ido. No se entretenía en ningún momento y jamás pensaría en volver a darles clases de baile a los osos polares. Aunque estaba feliz de que estos no se hubieran deshecho de él por esa causa, tal vez no eran tan malos como todos los pintaban, pero aun así eran capaces de comerse a los pingüinos y hasta a sus amigos.

Y por supuesto, tambien miraba todo lo que pasaba en la cueva. Sus ojos se fijaron en la entrada de esta y observó a Marco, Lenny y Sidney entrar, el pequeño casi se derretía por la feroz mirada del jefe, a quien Lenny aun intentaba tranquilizar para que no perdiera el control. Solo había furia y decepción en la mirada de los osos polares, ¿no habían encontrado a los pingüinos? Una pequeña sonrisa apareció en el rostro de Julien al pensar en eso, se acercó con la fuerza y el entusiasmo que le habían estado faltando y se colocó frente a los osos ocultando su felicidad.

-¿Y bien? -preguntó juguetonamente. Como si no supiera la respuesta.

-Nada, -contestó Lenny adelantándose a Marco, quien parecía a punto de rugir en respuesta. Julien hizo saltar sus ojos, al menos debía hacer algo para expresar su felicidad.

Lenny y Marco lo pasaron de largo mientras este último rechistaba por el fracaso de su búsqueda. Nunca le había pasado que los pingüinos que les arrojaban sobrevivieran más de dos días, esta caza se estaba complicando más de lo que podía soportar.

En cuanto se percató que no le estaban mirando, Julien sonrió con alegría. Hasta hace un tiempo le hubiera alegrado que los osos polares hubieran devorado a los pingüinos, pero ahora la pérdida de Mort y Maurice le había hecho recapacitar. Soltó una pequeña carcajada casi inaudible y cerró sus grandes ojos para reír, al abrirlos se encontró con la curiosa - casi acusadora - mirada de Sidney. Estaba parado frente a él, sin dejar de verlo. Entonces en la cabeza del cola anillada comenzó a rondar un ¿porqué?

Continuará...

Bueno, muchas gracias por sus reviews a leyva1130, jcmc-123, penguinsfan90 y LN. Son geniales chicos, casi más geniales que...yo.

Hasta el próximo capítulo.