Todos los personajes pertenecen a Hidekaz Himaruya, sin ánimos de lucro.


Lección XI

El tan anhelado sábado llegó y aunque no se le notaba, Berwald estaba nervioso. Quería, no. Necesitaba que todo saliera bien. Sería la primera noche que pasaría con Tino completamente a solas. No estaba seguro de lo que debía esperar de la misma, excepto que la velada debía ser inolvidable para ambos.

De vez en cuando, escuchaba la risa de Magnus, lo cual le irritaba. Durante toda la semana había hecho chistes al respecto y había esperado que al menos ese día, se detuviera. Pero no.

—Siempre puedes buscar un tutorial en redtube para… —Pero el danés no tuvo la oportunidad de terminar lo que estaba diciendo pues el sueco comenzó a torcer uno de sus brazos con fuerza:—¡Ya me calmó, ya me calmó! —chilló para que le soltara.

Berwald respiró profundamente después de liberarlo y continuó cocinando.

A pesar de ello, el danés seguía riéndose. Todo lo encontraba sumamente divertido y el sueco se había dado cuenta de que su humor había mejorado en los últimos días. En tanto que metía la comida en el horno, decidió hacer un poco de conversación.

—Estás muy contento —le observó Berwald después de secarse el sudor de la frente.

—Lo has notado, ¿eh? —Magnus no aguantaba las ganas de pavonearse por su posible nueva conquista. No había dicho nada al respecto pues pensó que al sueco no le interesaría.

—Un poco difícil no hacerlo cuando te pasas riendo las veinticuatro horas del día —le respondió sinceramente.

Magnus dejó de poner la mesa y fue a apoyarse sobre el hombre sano del sueco, con una sonrisa tan brillante que podría dejar ciego a cualquiera que lo viera muy de cerca.

—Puede que haya conocido a alguien —le dijo queriéndose hacer el misterioso.

No obstante, para desgracia del danés, el sueco se limitó a encogerse de hombros.

—Qué bien —le dijo antes de agacharse para ver cómo iban las cosas en el horno.

Aquella respuesta hizo que Magnus hiciera un puchero, un tanto decepcionado por la falta de interés de su mejor amigo. Sin embargo, eso no le desalentó así que continuó hablando como si el otro se lo hubiese preguntado.

—Es este muchacho que vive un par de pisos más abajo nuestro. Se llama Sigurd y hace poco que se ha mudado —le explicó con un entusiasmo tal que parecía que recién había ganado la lotería:—No habla mucho pero es súper interesante. ¿Y lo mejor de todo? Fue él quien me invitó a pasar el tiempo la semana pasada —Hablaba tan rápido que daba la impresión de que estaba a punto de ahogarse con su saliva.

Berwald levantó una de sus cejas. Recordó cuando el danés estuvo igual de entusiasmado con su ex, mucho tiempo atrás.

—Me alegro —contestó sinceramente antes de sacar la lasaña del horno.

—Es más, es muy probable que tú y yo hagamos lo mismo esta noche… —Y de repente se quedó sin aire por el codazo propinado por Berwald.

—Lo siento, no me di cuenta —Se limitó a decir el sueco, aunque no lo lamentaba en lo absoluto.

Por su lado, Tino estaba caminando de un lado a otro, sumamente nervioso. Quería que llegase la noche pero al mismo tiempo no lo deseaba. Había tantas expectativas encima. Aquello estaba exasperando a su compañero de piso.

—¿Te quieres tranquilizar? —le pidió Eduard quien estaba trabajando en su laptop en la sala común.

—¡Claro que quiero tranquilizarme! ¡Es que no puedo hacerlo! —exclamó el finés antes de tirarse en uno de los sofás.

—Es sólo una cita, Tino —le recordó el otro.

—¡Ya lo sé! ¿Quieres dejar de decir tantas cosas obvias? —le rogó antes de darse la vuelta y hundir el rostro en uno de los almohadones. Desde la noche anterior que se encontraba en tal estado.

Eduard suspiró y cerró su computadora.

—¿Qué es lo que te pone así? —le preguntó con genuina curiosidad.

Tino no respondió por un rato. Eduard se vio obligado a picarlo para ver si continuaba con vida.

—¡Eh! —exclamó y se giró nuevamente:—¡No lo sé! ¿Y si me encuentra aburrido? ¿Y si no le resulto lo suficientemente atractivo? No tengo abdominales como él y su compañero de piso —Se agarró de la panza suavemente:—¿Y si mañana deja de hablarme? —Las dudas habían invadido por completo su mente.

El otro se acomodó las gafas y sonrió suavemente.

—No sé por qué te cuestionas tanto —El estonio le restó importancia a las dudas del otro.

—¡Porque tengo miedo de que todo salga mal! —admitió.

—Tino, está más que claro que él está enamorado de ti. ¿Crees que realmente hará algo como dejar de hablarte? —le preguntó sinceramente:—Dejó que le disparan para protegerte. Yo no sé tú, pero creo que después de tal cosa, no creo que te abandone así de fácil —le explicó, intentando animar al otro.

Aquellas palabras le reconfortaron. Respiró profundamente y se puso de pie para comenzar a prepararse.

Llegó la noche y Tino estaba frente al edificio donde se hallaba el piso del sueco. Había comprado una botella de vino pues no quería caer con las manos vacías. Respiró profundamente e ingresó al mismo. Se había puesto una pulcra camisa azul con un pantalón de vestir negro y una corbata a tono. Esperaba no lucir demasiado ridículo.

Mientras que el finés se subía al elevador, Magnus decidió dar unas últimas palabras de aliento al sueco.

—En primer lugar, tienes que usar condón y te dejé una caja sobre tu mesita de luz mientras que te bañabas…

—Magnus… —El sueco comenzaba a cansarse de sus chistes sexuales. Aunque quizás se le había pasado por la cabeza de que eso podría llegar a pasar, no quería pensar en ello mientras que disfrutaba de la cena con Tino. No necesitaba más presión.

—Bueno, bueno… —Se dio por vencido y comenzó a ayudarle con su corbata:—Sólo sé tú mismo. Ignora mis estúpidos chistes, no pienses en ello. Limítate a disfrutar de la noche con Tino y ya. No tiene que pasar nada —le aconsejó antes de separarse del otro.

De pronto escucharon que alguien estaba tocando la puerta de su piso. Magnus levantó el pulgar para darle confianza al sueco. Éste se limitó a arreglarse la corbata, ansioso por ver al finés.

—¡Hola, Tino! —exclamó el danés antes de hacerse a un lado para dejarlo pasar.

Éste le regaló una mirada de desconcierto pues Berwald le había dicho que estarían completamente solos. ¿Acaso había cambiado de opinión y se había olvidado de avisarle?

—Hola, Magnus —El muchacho trató de disimular su confusión e ingresó al piso.

Apenas dio un par de pasos, cuando se encontró cara a cara con el sueco. Tino no supo ni qué decir, se veía tan guapo que lo había dejado sin palabras.

—Me alegro que hayas venido —dijo sinceramente el sueco, pues por su cabeza había pasado que quizás Tino quisiera cancelar los planes. Se sentía aliviado, aunque no lo pareciera.

—Traje vino para compartir —El finés levantó la botella para mostrársela al otro.

Magnus evidentemente se dio cuenta de que estaba sobrando allí así que se escabulló. Ni se molestó en despedirse pues no quería interrumpir la conversación que estaba iniciando entre los dos. De todas maneras, tenía otros planes así que se dispuso a bajar al piso donde se encontraba Sigurd.

Por su lado, Berwald le mostró lo que había preparado para esa noche, con obvia ayuda de su compañero de habitación. Todo lucía sumamente romántico, pensó Tino. Se había esmerado muchísimo para que la noche fuera mágica para los dos.

—Podríamos empezar a tomar —sugirió el sueco.

—Sí, claro que sí —Nunca había estado tan de acuerdo con alguien. Necesitaba relajarse un poco y el alcohol siempre le ayudaba a hacerlo.

Berwald trajo un par de copas y sirvió el vino. Luego salieron al balcón, para contemplar la luna.

El sueco no creía la suerte que tenía. Tino estaba ahí a su lado y se veía increíblemente apuesto. Con cierta timidez, le abrazó alrededor de la cintura y el muchacho dejó que lo hiciera. Estaba nervioso, no quería arruinar la velada.

El finés también sentía que el corazón se le caía por la boca.

—Tino, había algo que deseaba preguntarte —El sueco requirió de todo su coraje para finalmente animarse.

—¿Qué ocurre, Ber? —preguntó éste. Se puso un poco inquieto pero trató de calmarse. Podría tratarse de una simple tontería, ¿cierto?

El otro se tomó su tiempo para hablar. Había dejado su copa a un lado y contempló los ojos violetas de su acompañante. Con sólo mirarle, se pudo dar cuenta de cuán enamorado estaba de él. Se sentía el hombre más afortunado del planeta.

—Yo quería saber… —Respiró profundamente y desvió la mirada por un momento, antes de volver a fijarse en los ojos del otro:—Si querrías que llevásemos nuestra relación a otro nivel —explicó al cabo de unos minutos.

Tino parpadeó por un par de segundos, tratando de procesar lo que el sueco le estaba planteando. ¿Le acababa de pedir sexo? ¿O su mente era demasiado morbosa nada más?

—¿Qué quieres decir con eso? —Pensó que era mejor darle el beneficio de la duda antes de dar rienda vuelta a su imaginación.

Berwald entró en pánico aunque luciera impasible. No obstante, trató de recuperar la calma. Había pensado en lo que podría pasar, pero nunca se le ocurrió que quizás el finés podría querer una mejor explicación.

El muchacho le acarició suavemente el pecho para calmarle. Le regaló una suave sonrisa antes de tomar un poco de su copa.

—Me refería a que… —El sueco se aclaró la garganta antes de proseguir:—Si te gustaría que nuestra relación fuera exclusiva… Oficial —añadió antes de sonrojarse. Estaba a punto de explotar de la vergüenza tras decir tal cosa.

—Oh —Fue lo único que atinó a responder éste.

Berwald lo miró desconcertado pero pronto obtuvo su respuesta. Tino se puso de puntillas para darle un beso en la boca. Pero no de esos tímidos, sino uno de esos que le dejan a uno completamente sin aliento. Aquello sorprendió tanto al sueco, que accidentalmente volcó la copa que se hallaba a su lado. Sin embargo, le daba igual porque nada se comparaba a lo que estaba experimentando en aquel instante con el finés.

Buscó ávidamente la lengua del otro y fue como si estuvieran danzando, buscándose el uno al otro.

Cuando finalmente se apartaron, Tino no se animó a mirarle a los ojos.

—Esa… Esa es mi respuesta —respondió, como si hubiera sido un poder externo el que le hubiera empujado a besarle de ese modo a su pareja.

El sueco le acarició una de las mejillas sonrosadas del finés. No había nada o nadie en el mundo que le pudiera hacer tan feliz como él. A pesar de todas las tonterías que habían ocurrido, Tino quería estar con él y eso era todo lo que importaba. Apoyó la frente contra la del otro y le robó un suave beso.

—¿Entramos? —le propuso el sueco. Aquello se había puesto un poco intenso y no quería que el ritmo bajara.

—Vamos —le respondió el muchacho, quien agarró la mano del otro para ingresar nuevamente al piso.

Una vez que regresaron al interior del piso, Tino dejó su copa de vino y se dio la vuelta, para continuar con los besos. Aunque le daba mucha vergüenza admitirlo, le encantaba sentir los labios del sueco contra los suyos. Tenían un sabor que le atraía y no quería soltarlo por nada del mundo.

Volvieron a separarse solamente para ponerse más cómodos. Se descalzaron y las corbatas salieron volando por los aires. Se recostaron sobre la cama del sueco. De vez en cuando se quedaban sin aire. Tino acariciaba con cariño las mejillas de su pareja mientras que éste le atraía tanto como podía hacia su cuerpo.

—Esto ha sido una buena idea, Ber —admitió el finés mientras que sus manos desbotonaban la camisa del otro con el cuidado debido.

—¿Lo crees? —le preguntó de verdad el sueco. Todo parecía suceder de una manera muy rápida, aunque no se quejaba de ello.

—¿Tú no? —le cuestionó a su vez mientras que metía suavemente una de sus manos por debajo de la camisa del otro. Le acarició suavemente el pecho desnudo del otro, más que nada por curiosidad.

—Creo que es la mejor noche de mi vida —respondió sinceramente antes de besarle una vez más. Estaba comenzando a creer que todo esto era parte de un sueño y que en cualquier momento, iba a despertarse a una horrible realidad.

Tino sonrió y se recostó por el pecho del otro. Tuvo cuidado de no hacerlo sobre el hombro lastimado del otro.

—Estoy perdidamente enamorado de ti desde que te vi —confesó el sueco después de estar en silencio. No podía reprimir más lo que sentía por él. Le pareció que aquel momento era simplemente perfecto.

El finés escondió su rostro, apenado. No entendía qué podía ver en él, pero de todas maneras estaba más que feliz por haber aceptado salir con él en primer lugar. Cerró sus ojos por un instante, quería disfrutar de ese momento tan íntimo con el otro. Su mundo, en ese instante, sólo consistía en aquel dormitorio.

—Disfrutemos de lo que nos queda de la noche —le propuso el finés:—No quiero que termine nunca…


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