¡Hola, gente! ¡Tanto tiempo! Estuve atorada en tareas y muchísimas cosas de fin de año, pero ahora ya he vuelto y creería que tendré más tiempo para escribir.
Les quiero dejar a este muchachín en youtube: [ watch?v=ZxQLNxFA1Mg ] porque me ha inspirado a escribir muchas veces, sus canciones son tan hermosas y profundas que... ay -sobs-
Y los capítulos siempre son cortos, porque esta es una historia larga narrada de forma corta (?) Así que debo avisar que el siguiente será el último capítulo. Muchas gracias por seguir este fic y dejar todos sus comentarios bonitos que me alegran los días. Nos leemos en el siguiente capítulo, ¡besitos!
XI - Lluvia
Sus manos estaban frías. Tenía la cara pegada a la almohada y su boca entreabierta soltaba suspiros de a ratos. El cálido aliento chocaba contra sus labios, sus rostros a insignificantes centímetros, tan cerca que no parecían estar alejados por nada. El reloj era quien reinaba entre el silencio de la habitación. Tic, tac. Hinata miraba las agujas correr despacio, como si aquél momento fuese eterno. Quería que fuese eterno.
Kuroo se había quedado dormido después de hablarlo todo con él. Las lágrimas que recorrieron su rostro se secaron en las manos de Hinata y entre sus labios. Pequeños besos plasmó Hinata en sus mejillas, como si bebiera sus lágrimas de forma melancólica, serena y comprensiva. Sus ojos no se contemplaron por un rato, pero sus manos se rozaron para saber que el otro estaba ahí. Para saber que ninguno de los dos se iría lejos.
Su pecho aún dolía. Se había oprimido tanto que aquella sensación duró por horas. Pensó en el inmenso dolor que debía de estar sintiendo Kuroo ahora; mucho peor que el suyo. Hinata entrelazó sus dedos bajo la sábana mientras observaba las largas pestañas de Kuroo hacia abajo, respirando lentamente al vislumbrar la sencillez de la persona a su lado. Su nariz estaba roja, al igual que sus ojos. La comisura de su boca estaba mojada con saliva. Su cabello era un completo desastre. Sus manos eran tan grandes que no era cómodo estar agarrados y su respiración era sonora, molesta. Pero incluso así… Hinata no podía dejar de mirarlo. No podía evitar esbozar una pequeña sonrisa dolorida por tal belleza reflejada en sus pupilas.
Regresó al hospital por la noche. Cenó allí con su madre y Natsu y luego volvieron a la casa, donde Kuroo los esperaba con la televisión encendida. Natsu dijo que estaba cansada y que se largaba a dormir, dejándolos solos intencionalmente.
El silencio se opacó por el ruido del televisor y la película que se manifestaba en él, pero ninguno de ellos estaba viéndola, realmente.
—¿Cómo está tu madre? —preguntó Kuroo, sin voltear sus ojos de la luz que emanaba la televisión.
—Está bien, nos volvimos porque ya tenía sueño y la dejamos descansar. Mañana volveremos por la mañana.
—Hmm. Entonces también deberías descansar e ir a dormir.
Hinata se mordió los labios y se arrancó la piel reseca de ellos. Giró hacia Kuroo, quien permanecía quieto en su lugar, sosteniendo el control remoto en su mano derecha y la otra dejándola escondida dentro de su chaqueta.
—Acompáñame. Vamos a dormir —musitó Hinata, apretando los labios.
Tenía tremendas ganas de abrazarlo, pero su cuerpo se quedó tan quieto como una estatua. Kuroo se volteó a verlo y una sonrisa torcida se esbozó en su rostro.
—Qué, ¿le tienes miedo a la oscuridad? —entonó sarcástico. A Hinata le dolió ver la sonrisa y el comentario forzado saliendo de la garganta de Kuroo. Incluso en su momento más terrible, Kuroo siempre intentaba mantener la compostura y su personalidad jocosa y satírica.
—Sí, le tengo miedo. Entonces, acompáñame, Kuroo —asintió Hinata, sin despegar sus ojos de los del pelinegro. Esta vez, Kuroo no sonrió ni hizo un comentario innecesario. En vez de eso, apagó el televisor, se puso de pie y caminó hacia la habitación mientras Hinata seguía sus pasos. En silencio, ambos se acostaron juntos en la cama, sin decirse nada el uno al otro. Simplemente un "buenas noches" fue lo que acabó el día, dejando que sus ojos se pegaran en un sueño profundo.
Hinata soñó con él esa noche. Un sueño donde Kuroo no lloraba, donde Kuroo no estaba roto. Un sueño donde ambos eran felices simplemente en la presencia del otro. Cuando despertó en la mañana, una lágrima seca se reposaba en el rabillo de su ojo y la ausencia de su amor en la cama le dio una sensación fría, amarga.
Se levantó con dolor de cabeza de tanto llorar. Se preguntaba si Kuroo se sentía de la misma manera. Se abrigó y se encaminó hacia la cocina, para encontrarse a su hermana y al muchacho sentados en la mesa, viendo la televisión y desayunando.
—¿Vas a venir con nosotros? —le preguntó Natsu a Kuroo, bebiendo el té de su taza rosada.
Kuroo giró a ver a Hinata, quien sonrió levemente y asintió una vez.
—Claro —respondió. Habiendo terminado de desayunar, los tres viajaron en coche hacia el hospital.
El trayecto fue silencioso, tranquilo. Hinata no se atrevió a mirar a Kuroo mientras manejaba, sino que se concentró en mantener sus ojos detrás de la ventanilla. Natsu jugaba con su celular en la parte trasera y de a ratos se escuchaba una carcajada suya.
Hinata le insistió a Kuroo pasar el día con ellos. No quería que estuviese solo y, por supuesto, tampoco quería dejar de mirarlo un rato. Le agradaba la idea de que las personas del mundo que más amaba se encontraran en una sola habitación charlando, mirándose, conociéndose, presenciándose. Incluso en esos ratos de silencios en el que ninguno sabía qué decir, Hinata adoró cada momento, cada segundo. Y el nudo en su garganta no se fue nunca, porque pensó que era el único que se sentía de esa manera. Que disfrutaba de ese tiempo como si fuese único. Creyó que Kuroo no lo veía así, que quizá tenía ganas de irse y estar solo.
Pero se equivocó. Kuroo sintió mil cosas dentro suyo al escuchar a Hinata decir "quiero que estés con nosotros. Con mi familia". Sintió nervios, sintió ansiedad, sintió una extrema felicidad que no sabía cómo contenerla. Se fijaba en las facciones de la mujer en la camilla y pensaba que sus ojos eran iguales a los de Hinata. Se preguntó si las arrugas que tenía alrededor de los ojos le saldrían igual a Hinata, y que si era así, pensó que se le verían bien. Se rió con chistes tontos que hacía Natsu, más por la risa contagiosa de la madre de Hinata que por el chiste en sí. Miró de reojo la sonrisa del muchacho junto a él, creyendo que su cabello despeinado, que sus mejillas rosadas, que su ropa arrugada y que sus manos debajo de sus piernas… era perfecto.
Y por primera vez en todos estos meses, se arrepintió de haber cometido semejante acto. Y se alegró de que la vida no lo hubiera dejado. De que aún podía seguir respirando y contemplar cada mínimo movimiento de Hinata. Porque es lo que lo hacía feliz ahora, y esperaba que el dolor que Hirata le había implantado en su corazón se fuera lejos mientras compartía momentos junto a la persona que más amaba en este mundo.
Le era extraño, pues unos meses atrás ya nada le importaba en esta vida y se la pasaba con mujeres en su cama, molestaba a Hinata, sin interesarle lo que él pensara. Recuerda que la primera vez que supo que el enano viviría en su misma habitación, rezongó porque esperaba a una linda muchacha para compartir noches tremendas, no a un chico que era hiperactivo y hablaba de vóleibol todo el día. Aunque le gustaba jugar el vóleibol, Kuroo no podía soportar la energía de Hinata. Con el tiempo, se fue acostumbrando.
Y se acostumbró a todo sobre él. Se acostumbró a sus gritos alterados, a sus charlas emocionadas, a sus saltos que sobrepasaban su altura, a sus quejidos, a sus silencios, sus preguntas, a su piel, a su cabello, a su boca, a sus ojos. Y sin darse cuenta, poco a poco fue cayendo por una persona que jamás creyó que lo haría. Cayó rendido a sus pies, totalmente devastado por el resplandor que Hinata emanaba. A veces sentía que debía apartar la mirada por su brillo constante, pero sus pupilas se quedaban perdidas en las del pequeño. Tan enamorado quedó, que por momentos olvidaba su pasado y se centraba en la belleza que albergaba su relación con el otro.
Ese día debían volver. Al día siguiente debían seguir con la universidad y el viaje era bastante largo, así que por la tarde se despedirían de Natsu y su madre, aunque Hinata prometió volver cuando le fuera posible.
Mientras Hinata empacaba las pocas cosas que había traído, el celular de Kuroo vibró con constancia.
—Hola —saludó Kuroo al atender. Kenma sonaba del otro lado.
—Hola —dijo con voz baja y serena—. ¿Cómo estás?
Kuroo miró a Hinata de reojo y salió caminando por la puerta, saliendo de la casa para tomar aire y hablar tranquilo.
—Estoy bien. ¿Tú?
—Bien. —Kenma hizo una pausa. Kuroo sabía a qué se debía, pero prefirió que su amigo sacara el tema—. Lo siento. Tal vez estés enojado, pero hice lo que debía.
—No estoy enojado. Sé que no lo hiciste con malas intenciones.
—Entonces bien —susurró, de alguna manera aliviado—. Y aunque fuera diferente, no me arrepentiría de todas formas —aclaró—. ¿Qué ha pasado con Shouyou?
Kuroo suspiró. Miró hacia la ventana de la casa; la silueta de Hinata se formaba detrás de ella.
—Le conté todo. Fue… duro. Pero todo está bien ahora —contó, sentándose en un escalón. Se tocó las agujetas de las zapatillas, escuchando el silencio de Kenma detrás de la llamada—. Creo que hablaré con Hirata.
Kenma, del otro lado, abrió los ojos de par en par, anonadado.
—¿Qué?
—Lo que escuchaste.
—Pero… ¿estás seguro? —preguntó vacilante—. ¿Crees que ha pasado el suficiente tiempo?
—Estoy enamorado, Kenma—musitó, cerrando los ojos al sentir la brisa en su cara—. Pero aún estoy roto. Necesito arreglarme para poder estar con él. Necesito estar bien conmigo mismo para estar bien con él. No quiero lastimarlo más.
Kenma soltó el aire de sus pulmones en un suspiro pensativo. Hubo un silencio entre ellos por un momento, para que luego Kenma dijera:
—Si eso es lo que crees correcto, entonces está bien, Kuroo. Pero, ¿qué es lo que esperas de ella?
El pelinegro se observó las manos. Sus uñas estaban comidas, su piel estaba reseca.
—Espero la verdad.
.
.
El cielo estaba nublado. Pronto llovería, pero Kuroo de igual manera esperaba afuera, tapándose mitad del rostro con su bufanda, mirando hacia abajo mientras el tiempo pasaba. La había llamado. Su conversación a través del celular fue corta, directa al punto. Acordaron en juntarse en un café al cual no concurrían demasiado, ella aceptó sin preguntar para qué.
Cuando la vio caminar hacia él, una sensación vacía, de pesadez, reinó en su estómago. Su cabello suelto al ras del viento, sus gafas oscuras tapando sus ojos delineados, el color rojo de sus labios y su vestimenta… Hirata estaba igual a cuando él la conoció. Bonita. Pero fría.
Sus pasos la aproximaron hacia él. Hirata se quitó las gafas y apretó los labios, mirándolo como si toda la carga del mundo estuviese sobre sus hombros.
—Entremos —dijo Kuroo, abriendo la puerta del café. Los dos se dirigieron hacia el fondo, eligiendo una mesa donde nadie los molestaría.
Estuvieron un rato en silencio. Ni siquiera se miraban. A Hirata le temblaban las manos, a Kuroo le dolía el estómago.
Kuroo podría haberla insultado, podría haberle dicho mil cosas. Tirarle la bebida encima, escupirle en la cara, maldecirla, humillarla. Pero cuando Kuroo habló, su voz salió calmada, serena, pacífica. Sus ojos no la miraron con desdén, sino indiferencia.
—Supongo que sabes por qué estamos aquí —soltó él, revolviendo el té que le habían traído a la mesa.
Hirata se tardó en contestar.
—Sí —dijo, corriéndose un mechón de cabello hacia atrás—. Explicaciones, ¿cierto?
Kuroo cerró la boca. Asintió una sola vez, dejando la taza entre sus manos para calentarlas. Veía las pupilas de Hirata temblar, mirar hacia cualquier lado menos hacia él.
—Ya ha pasado tiempo —entonó Kuroo, relamiéndose los labios partidos—. Nada de lo que digas va a herirme más, así que dilo tal y como es. Quiero saberlo todo.
Ella levantó la cabeza otra vez. Ahora, sus ojos se observaron un largo rato, sin apartar la mirada. Un suspiro salió de la boca de Hirata, aclarándose la garganta antes de hablar.
—Sé que… que arruiné todo. Arruiné tu vida. Y me arrepiento muchísimo de…
—No me interesa eso —interrumpió brusco—. No me importa lo que sientas, cuánto te arrepientas y las mierdas que quieras decir. Estoy aquí para saber por qué lo hiciste.
Hirata pestañeó varias veces, se tocó las manos húmedas de sudor y agachó la mirada. Todo su cuerpo temblaba. Tuvo miedo de la expresión gélida de Kuroo.
—Cuando comenzamos a salir… realmente pensé que me enamoraría de ti —dijo, sin atreverse a enfrentar su mirada—. Disfrutaba los momentos contigo, eras bueno, eras simpático, eras hermoso en todos los sentidos. Pero…nunca llegué a enamorarme de ti, porque mientras estuvimos juntos, me enamoré de alguien más. Ese sería Tobio —continuó.
—…¿Kageyama?
Hirata asintió con la cabeza.
—Lo conocí después de ti. Él había comenzado a salir con alguien, pero nosotros hablábamos por chat y esas cosas. No pasaba nada entre nosotros. Éramos amigos —aclaró. Hizo una pausa para beber su café, despacio—. Tobio me contó mucho tiempo después que la persona con la que estaba no lo hacía sentir lo que debía sentir. Nunca me dijo su nombre ni quién era, pero me dijo que era una persona importante para él, pero no en ese sentido.
Kuroo frunció el ceño y apretó los dientes. Saber que Hinata estaba amando y sufriendo por Kageyama lo irritaba, lo ponía ansioso.
—Le dije que rompiera con esa persona, que nada bueno saldría de eso —agregó Hirata—. Pero me confesó que tenía miedo a hacerlo. Entonces siguió con la relación, pero algo nació entre nosotros. Tuvimos algo así como… un amorío por un tiempo. Estaba contigo mientras vivía a escondidas con Tobio sobre nuestro amor. Pero él aún tenía miedo de cortar su relación, así que le dije "no estaré contigo mientras estés con esa persona". Dejamos de vernos por un tiempo porque sentí que debía dejar de engañarte con él —dijo, mirándose las uñas—. Me sentía bien contigo, aunque siempre seguí pensando en Tobio. Siempre estuvo en mis pensamientos mientras me encontraba contigo. Pero me decidí a quererte porque eras buena persona, eras bueno conmigo. Y creí que si seguía la relación, me enamoraría de ti. Estuve mucho tiempo intentando enamorarme de alguien cuando ya estaba enamorada de otro. Y creí que si teníamos un hijo, mi amor por ti nacería junto al pequeño bebé de mi vientre.
Náuseas fue lo que sintió Kuroo al escuchar esas palabras provenir de la boca sucia de Hirata. Sentía que debía golpearla, o insultarla al menos. Se quedó callado, observándola mientras hablaba, apretándose las manos temblorosas.
—Pero me desesperé —musitó Hirata. Se tapó la cara con ambas manos, soportando un llanto dentro de su garganta—. Teníamos sexo, pero nunca me embarazaba de ti. Y me desesperé. Pensaba en Tobio y me preguntaba si él estaba feliz con esa persona, y no pude aguantar más. Tenía que tener un hijo y enamorarme de ti, sino… sino nunca sería feliz. —La pausa que hizo fue un momento que le dio a Kuroo para darse cuenta de cómo habían ocurrido las cosas, sin embargo, sus labios estaban sellados y sus ojos se humedecieron por el simple pensamiento de sus actitudes frías y crueles hacia él—. Entonces me acosté con varios hombres. Busqué la fertilidad de alguno de ellos y me dejé llevar por la locura. Quería formar una familia contigo a toda costa, quería que estuviéramos felices juntos. Pero…
—Pero descubrí todo con el mensaje de uno de los tipos con los que te acostabas —dijo Kuroo, apretando los puños y apartando la vista—. ¿Realmente creíste que tus mentiras durarían toda la vida?
Hirata tragó saliva. Una lágrima cayó por su mejilla, pero incluso ella sabía que no tenía el derecho a llorar. Se secó la cara y tomó aire.
—No lo sé. No pensé en nada cuando lo hice —confesó—. Y cuando me enteré que intentaste… —Hirata no pudo decir la palabra. En vez de eso, agachó la cabeza nuevamente—. Nunca quise hacerte daño. Mi mentira llegó muy lejos, durante mucho tiempo… todo lo hice porque estaba despechada. Despechada porque Tobio no me quiso y su relación con esa… persona duró demasiado tiempo como para que él nunca hubiese sentido nada.
Hubo un silencio largo. Ya no sabía qué sentir, qué decir, qué pensar. Sentía rabia, decepción, ira, tristeza, miedo, odio, depresión, vacío. Quería salir corriendo y gritar a los cuatro vientos, romper cosas, tirar todo a la mierda. Sabía que Hirata nunca lo había amado, pero que la historia fuese tan… así... No sabía cómo expresar sus sentimientos.
—Entonces, ¿por qué ahora estás con Kageyama? ¿No estabas despechada? —cuestionó Kuroo, alzando una ceja. Hirata esbozó una sonrisa melancólica, envolviendo la taza de café con sus manos.
—Porque jamás dejé de amarlo. Y cuando uno ama, hace cualquier cosa por ese amor.
No sabía de Kageyama, pero ahora sabía que Hirata estaba enferma. Enferma de amor, y la enfermedad le había hecho perder la moral, junto con su cordura.
La lluvia cayó fuera, sustituyendo las lágrimas que no salieron de los ojos de Kuroo.
