Capítulo 12
Al día siguiente Gaetan volvió a mi casa muy temprano, con los primeros rayos del sol antes que los niños de despertaran. Entró otra vez por mi balcón y me despertó con una suave caricia que me recordó a los buenos tiempos antes de que fuera a la supuesta negociación con el Capitolio. Había olvidado que aun no sabía cuál había sido el objetivo del viaje. Pero deseché ese pensamiento rápidamente.
-Buen día, preciosa –me miraba otra vez lleno de ternura en sus ojos, pero yo aun desconfiaba.
-Vamos Gat, cinco minutos más, es temprano. –Sonreímos juntos, era la primera vez. Se mordió el labio, como si quisiera decir algo, pero no lo hizo.
-En realidad quisiera hablar con Amelie, apareció un recuerdo sobre ella. Si me lo permites, me gustaría llevarla a un paseo por el bosque, para poder hablarle.
-No lo sé, ¿la cuidarás? ¿No la atacarías? –fruncí el seño.
-Nunca haría eso, puedes confiar en mí.
-Eso espero. Bueno, si ella quiere. –Desperté a mi niña y desayunó con nosotros, mientras Gaetan intentaba convencerla, pero no había caso. Yo sólo observaba su charla sin intervenir, mientras ambos transfiguraban sus rostros, cada vez más tristes.
-Hijita ya no quiero que estés enojada conmigo. –Pero Amelie no cedía y acabó gritando. Con sólo seis años ya era una gran guerrera de pocas pulgas.
-¿Cómo te atreves a llamarme así si ni siquiera me recuerdas? No me conoces, no tienes idea de cómo soy. No puedes querer lo que no conoces, ¿no?
-Pero sí te recuerdo, sólo tengo un recuerdo, y dura pocos segundos, pero es suficiente para amarte. ¿Puedo contártelo? –Asintió temblando- Te recuerdo cuando apenas tenías pocas horas de vida. Tu mamá estaba durmiendo, pero yo no podía porque no dejaba de mirarte. Estiraste tus manitos hacia mí, y te sostuve por primera vez, acurrucándote pegada a mi pecho. Entonces colocaste tus manos sobre mi corazón y cerraste los puños, arrugando mi ropa y aferrándote a mí. Y quizá te suene extraño, pero sentí que en ese momento te ataste a mi corazón, y nunca más saliste de allí. –Sonrió iluminando su rostro- Fue uno de los momentos más felices de mi vida. Te extraño. Por favor, ven a pasar el día conmigo. –Amelie estaba llorando, entonces no pudo más y se lanzó encima de Gaetan, que la abrazó por largo rato consolándola con caricias en la espalda hasta que se tranquilizó.
-Yo también te extrañaba papi, gracias. –dijo entre sollozos, mientras él sonrió como nunca, como aquella vez que lo curé luego del azote a latigazos del Capitolio. Prepararon algo para comer y se marcharon en una excursión al bosque. Al volver por la noche, ambos estaban radiantes y felices, y me contagiaron parte de su felicidad. Más tarde nos quedamos solos.
-Es increíble que después de tanto hayas logrado que los niños volvieran a estar felices, yo no pude hacerlo. –sonrió como un niño en navidad.
-Ellos me hicieron feliz a mí también. Ahora sólo me falta cambiarte esa cara a ti. No la tengo tan fácil, ¿verdad? –Volvió a morderse el labio- Te extraño.
-¿Qué puedes extrañar si no recuerdas?
-No lo sé, es raro. Incluso cuando no tenía ni un solo recuerdo, sentía que eras especial para mí. ¿Has podido perdonarme? –pensé un momento.
-No lo sé.
-Soph, es importante para mí que aceptes mi disculpa. Quizá te haga bien a ti también. –Se acercó a mí y tomó mi mano, entrelazando sus dedos. Sentí la calidez del amor y reflexioné un momento. Sin recuerdos hubiera sido más fácil comenzar una nueva vida aparte de nosotros, pero volvió y se estaba esforzando por arreglarlo todo. Aunque aún no recordara, comenzaba a ver algunos recuerdos. Tenía que admitir que estaba intentando con toda su fuerza todo lo que yo extrañaba: el calor de la piel y del amor, la familia, el contacto, la seguridad de no vivir con miedo.
Y yo no estaba dejándolo que se acerque a mí. Sin embargo lo extrañaba mucho, estaba harta de estar tan lejos, necesitaba sentir su piel, su olor, sus latidos. Necesitaba que disfrutáramos un día todos juntos. ¿Por qué no lo dejaba acercarse? ¿Por qué no aceptaba su disculpa? Simplemente porque tenía miedo de volver a salir herida. Pero allí estaba, haciendo lo posible por protegerme. Sólo debía animarme, tomar ese riesgo. Cerré los ojos y tomé aire, inflando el pecho y apretando sus dedos.
-Está bien, creo que puedo hacerlo. Es que aún tengo miedo.
-Entiendo, espero que puedas volver a confiar en mí.
-Ahora al menos comprendes lo que se siente que no confíen en ti. –Sus ojos se opacaron con el pesar y casi al instante quisiera no haberlo dicho- Oh, lo siento.
-Tienes razón. ¿Puedo preguntarte algo? –tragó saliva- ¿Aún me amas? –Me hundí un momento en la reflexión, no me había preguntado eso hacía tiempo; la agonía había hecho que el resto de los sentimientos pasaran a un segundo plano.
-¿Por qué volviste? ¿Por qué sigues intentando que volvamos a ser una familia? Tan fácilmente pudieras haber iniciado una nueva vida.
-No, ustedes son mi vida. Aunque no lo recuerde. Hoy con Amelie hicimos nuevos recuerdos, y de los mejores. Entonces me dí cuenta que aunque jamás recuerde puedo reconstruir todo con recuerdos nuevos, porque siento lo mismo. Me dejé confundir, pero ahora lo veo todo muy claro. Lo cierto es que te amo Sophie, amo a los niños, nuestro hogar, y toda nuestra vida –hizo una pausa y me clavó sus ojos- ¿Aún me amas? ¿Crees que aún tengo una oportunidad? –las lágrimas comenzaron a caer silenciosas por mis pómulos, pero no tenía una respuesta a esas preguntas.
Comencé a llorar más fuerte hasta acomodarme en su pecho y descargar el miedo, la ira y el dolor que tanto pesaban en mi corazón. Me abrazó y me contuvo con fuerza, mientras besaba mi cabello y mis mejillas. Cuando no pude más de cansancio, me llevó en sus brazos hacia nuestra habitación, donde dormimos abrazados. Era la primera vez que pasábamos una noche juntos luego de tantos meses. Abrumada por el cansancio, dormí profundamente.
