✿ * ❀ *´¨)

¸.•´¸.•*´¨) ¸.•*¨)

(¸.•´ (¸.•' ¤ ❀ ❁ 1

CUANDO me levanto a la mañana siguiente, Terry se ha vuelto a ir.

En realidad, no recuerdo lo que ocurrió ayer después de

desmayarme en su despacho. El resto del día está borroso en mi memoria. Es como si el cerebro se hubiera desconectado, incapaz de procesar la violencia de la que fue testigo. Recuerdo vagamente que Terry me levantó del suelo y me llevó a la ducha.

Debió de bañarme y vendarme los pies porque están envueltos con gasas y me duelen mucho menos al caminar.

No sé si anoche follamos. Si fue así, fue muy suave porque no tengo molestias. Recuerdo haber dormido juntos en la cama; me envolvía con todo su cuerpo.

De alguna forma, lo que ocurrió simplifica las cosas. Cuando

no queda esperanza ni posibilidad, todo está más claro. Lo cierto es que Terry es quien tiene la sartén por el mango.

Soy suya mientras desee tenerme. No tengo escapatoria, no hay manera de salir.

Una vez que lo acepto, mi vida se vuelve más fácil. Sin darme cuenta, ya llevo nueve días en la isla.

Karen me lo dice durante el desayuno.

Ya he empezado a tolerar su presencia. No puedo hacer otra

cosa, sin Terry aquí, es mi única fuente de comunicación

humana. Me alimenta, me viste y va limpiando detrás de mí.

Es como mi niñera, salvo que es joven y a veces malvada.

No creo que me haya perdonado del todo por haber intentado golpearle la cabeza. Hirió su orgullo o algo así.

Intento no molestarla mucho. Salgo de la casa durante el día y paso la mayor parte del tiempo en la playa o explorando el

bosque. Vuelvo a la casa para las comidas y para coger otro libro para leer. Karen me dijo que Terry traería más libros cuando hubiera terminado con los ciento y pico que tengo en la habitación.

Debería estar deprimida, lo sé. Debería estar amargada y

furiosa todo el rato y odiar a Terry y a la isla. A veces lo hago, pero ser constantemente la víctima consume demasiada energía.

Cuando tomo el sol, absorta en un libro, no odio nada.

Simplemente, dejo que la imaginación del autor me haga volar.

Intento no pensar en Anthony. La culpa es insoportable.

Lógicamente, sé que lo hizo Terry, pero no puedo evitar

sentirme responsable. Si no hubiera salido con Anthony, nunca le habría pasado. Si no me hubiera acercado a él durante esa fiesta, no lo habrían golpeado salvajemente.

Todavía no sé quién es Terry o cómo puede tener tanto poder.

Cada vez es más misterioso para mí.

Quizá forma parte de la mafia, lo que explicaría los matones a sueldo que tiene. Por supuesto, también podría ser un mero rico excéntrico con tendencias sociópatas. De verdad que no lo sé.

Por las noches, a veces lloro hasta quedarme dormida. Echo

de menos a mi familia y a mis amigos. Echo de menos salir y

bailar en un pub. Echo en falta el contacto humano. No soy una persona solitaria por naturaleza. En casa, siempre estaba en contacto con la gente, ya fuera por Facebook o Twitter o salía a dar una vuelta con mis amigos por el centro comercial. Me gusta leer, pero no es suficiente. Necesito más.

La cosa empeora tanto que intento hablarlo con Karen.

—Estoy aburrida —digo durante la cena.

Toca pescado de nuevo. El otro día me enteré de que ella

misma lo había capturado cerca de la cala que hay al otro lado de la isla. Esta vez, con salsa de mango. Menos mal que me encanta el pescado porque aquí me ponen mucho.

—¿En serio? —parece que le hace gracia—. ¿Por qué? ¿No

tienes suficientes libros que leer?

Pongo los ojos en blanco.

—Sí, todavía me quedan setenta o por ahí, pero no tengo nada más que hacer.

—¿Quieres venir a pescar mañana? —pregunta, con una

mirada burlona.

Sabe que no es que le tenga demasiado aprecio y espera que

rechace su oferta de inmediato. Sin embargo, no sabe hasta qué punto necesito hablar con alguien.

—De acuerdo —digo, sorprendiéndola.

Nunca he ido a pescar y me imagino que no es una actividad

demasiado divertida, sobre todo, si Karen va a estar siendo

sarcástica todo el tiempo. Aun así, haría cualquier cosa por

romper con la rutina.

—Vale —dice—. La mejor hora para pescar es al amanecer.

¿Seguro que te apetece?

—Sí —contesto.

Normalmente odio levantarme temprano, pero como aquí

duermo mucho, estoy segura de que no será tan malo.

Duermo casi diez horas todas las noches y a veces también una siesta con el sol de mediodía. Es absurdo en realidad. El cuerpo parece creer que estoy de vacaciones en algún retiro tranquilo. También tiene ventajas no tener internet u otras distracciones; creo que nunca en la vida me he sentido tan descansada.

—Entonces será mejor que te vayas a la cama pronto porque

me pasaré por tu habitación temprano —me advierte.

Asiento y termino la cena. Luego, me dirijo a la habitación y

lloro hasta que me quedo dormida de nuevo.

—¿Cuándo vuelve Terry? —Pregunfo, mientras veo como prepara cebo en el anzuelo.

Lo que está haciendo parece asqueroso, me alegra que no me pida que la ayude.

—No lo sé —dice Karen—. Volverá cuando se haya hecho cargo del negocio.

—¿Qué tipo de negocio? —Ya se lo había preguntado, pero

esperaba que me respondiera en algún momento.

Suspira.

—Candy, deja de fisgonear.

—¿Qué más da que lo sepa? —La miro con cara de frustración —. No voy a ir a ningún sitio durante un tiempo. Solo quiero saber quién es, solo eso. ¿No crees que es normal que tenga curiosidad en mi situación?

Vuelve a suspirar y lanza el anzuelo al océano con un

movimiento suave y practicado muchas veces.

—Por supuesto que sí. Pero Terry te contará todo si quiere

que lo sepas.

Respiro profundamente. Ya veo que no voy a llegar a ningún

sitio con este tipo de preguntas.

—Eres muy fiel a él, ¿eh?

—Sí —dice, sentándose a mi lado—. Sí que lo soy.

Porque él le salvó la vida. También tengo curiosidad sobre eso, pero sé que es un asunto delicado.

—¿Cuánto tiempo hace que os conocéis? —pregunto.

—Pues unos diez años —responde.

—¿Desde que tenía veinticinco?

—Sí, así es.

—¿Cómo os conocisteis?

Aprieta la mandíbula.

—No es asunto tuyo.

¡Ajá! Siento que de nuevo me vuelvo a acercar al tema en

cuestión y decido seguir.

—¿Fue cuando te salvó la vida? ¿Fue entonces cuando lo

conociste?

Me mira con los ojos casi cerrados.

—Candy, ¿qué te he dicho sobre husmear en asuntos ajenos?

—Vale, está bien.

Que no me responda es una respuesta suficiente para mí. Paso a otro tema de interés.

—¿Por qué me trajo Terry aquí, a esta isla, quiero decir? Si ni siquiera está.

—Volverá pronto. —Me lanza una mirada irónica—. ¿Por qué? ¿Lo echas de menos?

—No, por supuesto que no. —La miro con menosprecio.

Levanta las cejas.

—¿En serio? ¿Ni un poco?

—¿Por qué iba a echar de menos a ese monstruo? —Le suelto, con un enfado incontrolable que emana del fondo del estómago —. ¿Después de lo que me ha hecho? ¿De lo que le ha hecho a Anthony?

Se ríe un poco.

—Me parece que la señorita protesta demasiado…

Me pongo de pie, incapaz de soportar ni un segundo más el

tono de burla con que me habla. En este momento, la odio tanto que la apuñalaría con un cuchillo si lo tuviera a mano. Nunca he perdido la paciencia, pero Karen hace que saque lo peor de mí.

Por suerte, vuelvo a recuperar el control antes de que estalle y haga el ridículo. Respiro profundamente, finjo que me levanto.

Camino hacia el agua, examino la temperatura con el dedo del pie y vuelvo hacia Karen y me siento.

—El agua está muy caliente a este lado de la isla —digo con

calma, como si no estuviera ardiendo por el enfado que tengo.

—Sí, parece que a los peces les gusta —me contesta con el

mismo tono—. Suelo pescar peces muy bonitos en esta zona.

Asiento y miro hacia el agua. El sonido de las olas es suave y

me ayuda a controlarme. No termino de comprender por qué he reaccionado tan mal a su provocación. Tenía que haberle lanzado una mirada despectiva y descartar con frialdad su sugerencia ridícula. Sin embargo, he saltado con su provocación.

¿Habría algo de verdad en sus palabras? ¿Por eso me irritan

tanto? ¿Echo de menos a Terry en realidad?

La idea es tan repelente que me dan ganas de vomitar.

Intento pensar en ello de manera lógica por un momento para organizar la mezcla de sentimientos confusos que tengo en el pecho.

Vale, sí, una pequeña parte de mí está molesta por que me

haya dejado aquí en la isla, solo con la compañía de Karen, Para alguien que supuestamente me quería lo suficiente como para secuestrarme, Terry no está siendo muy atento.

No es que quiera su atención. Solo quiero que se quede tan

lejos de mí como sea posible. Pero al mismo tiempo me ofende que esté fuera. Es como si no fuera lo bastante atractiva para que él quiera estar aquí.

En cuanto analizo todo de manera racional, veo lo absurdos

que son mis sentimientos contradictorios. Todo es absurdo,

tengo que quitármelo de la cabeza.

No voy a ser una de esas chicas que se enamora de su

secuestrador. Me niego. Sé que estar en esta isla ya está

fastidiándome bastante y no voy a dejar que eso pase.

Quizá no sea capaz de escapar de Terry, pero puedo evitar que me afecte.

TERRY vuelve a los dos días.

Me doy cuenta de que ha vuelto cuando me despierta durante la siesta en la playa.

En un primer momento creo que estoy soñando. En el sueño, estoy en mi cama calentita y a salvo. Unas manos suaves me rozan entera, me calman, me acarician. Arqueo la espalda hacia ellas; me encanta sentir su tacto en la piel y me dejo llevar por el placer que me proporcionan.

Y entonces noto unos labios cálidos en la cara, el cuello, la

clavícula. Gimo suavemente, las manos se vuelven más

exigentes, empiezan a bajarme los tirantes del top del bikini y a deslizarme las braguitas a juego por las piernas…

Mi cerebro medio dormido empieza a reparar en lo que está

pasando y me despierto con un grito ahogado; la adrenalina me corre por las venas.

Terry está inclinado sobre mí y me mira con esa sonrisa

oscura pero angelical. Ya estoy desnuda, tumbada encima de la gran toalla de playa que Karen me ha prestado esta mañana. Él también está desnudo… y está tremendamente excitado.

Lo miro con el corazón desbocado con una mezcla de

excitación y temor.

—Has vuelto —digo, constatando lo evidente.

—Sí —murmura al tiempo que se inclina y me besa el cuello

otra vez. Lo tengo encima antes de poder ordenar mis

pensamientos dispersos; con la rodilla me separa los muslos y la erección me roza ya la delicada entrada del sexo.

Cierro los ojos con fuerza mientras empieza a penetrarme.

Estoy mojada, pero siento una tirantez incómoda cuando me

penetra por completo. Se detiene un segundo, deja que me

recoloque, y entonces empieza a moverse despacio primero y acelerando el ritmo después.

Sus embestidas me aprietan contra la toalla y noto cómo la

arena se mueve bajo mi espalda. Me aferro a sus fuertes

hombros; necesito algo a lo que agarrarme cuando se me

despierta una tensión familiar en el vientre. La punta del pene me roza ese punto sensible de mi interior y jadeo, arqueando la espalda para albergarlo mejor. Deseo sentir más esa intensidad, quiero que me lleve al clímax.

—¿Me has echado de menos? —me murmura al oído mientras se mueve algo más despacio, lo justo para que no alcance el orgasmo.

Soy lo suficientemente coherente como para negar con la

cabeza.

—Mentirosa —susurra, y sus embestidas se vuelven más

fuertes, más violentas. Sin compasión, sigue llevándome al

éxtasis hasta que empiezo a gritar y le araño la espalda en un gesto de frustración porque no logro ese clímax esquivo.

Pero entonces por fin llego y mi cuerpo estalla al tiempo que

el orgasmo me recorre entera y me deja débil y jadeante a su paso.

Con un arrebato que me sobresalta, se retira y me tumba boca bajo.

Grito, asustada, pero él se limita a penetrarme de nuevo y a

seguir follándome por detrás, con su cuerpo largo y pesado sobre el mío. Me envuelve por completo; tengo el rostro contra la toalla y apenas puedo respirar. Solo lo noto a él: el vaivén de su gruesa polla dentro de mí, el calor que emana de su piel. En esta postura, sigue más y más, más adentro que de costumbre, y no puedo contener los jadeos que se me escapan por la garganta cuando su polla choca contra mi cérvix con cada embestida de sus caderas. Con todo, la incomodidad no evita que vuelva a notar esa presión en mi interior y vuelva a alcanzar el clímax, con los músculos de mi sexo tensándose alrededor de su miembro.

Él gime con fuerza y entonces noto que él también se corre; le late su miembro, que se sacude dentro de mí, y su pelvis se hunde entre mis nalgas. Eso intensifica mi orgasmo y me colma de placer. Es como si estuviéramos entrelazados, porque mis contracciones no se detienen hasta que no terminan las suyas.

Después, se da la vuelta, me suelta y respiro de manera

irregular. Con los brazos y piernas débiles y pesados, me levanto y camino a cuatro patas para encontrar el biquini. Me lo pongo mientras me mira, esbozando una sonrisa con sus bonitos labios.

No parece tener prisa por vestirse, pero yo no puedo soportar estar desnuda cerca de él, me siento demasiado vulnerable.

No paso por alto lo irónico del asunto. Por supuesto que soy

vulnerable, tanto como una mujer puede ser:

completamente a merced de un loco despiadado. Un par de prendas no me van a proteger de él.

Nada me protegerá si decide hacerme daño de verdad.

Mejor no pensar en ello.

—¿Dónde has estado? —le pregunto.

La sonrisa de Terry se hace más grande.

—Me has echado de menos después de todo.

Lo miro sarcásticamente e intento hacer como si no viera que está desnudo y tumbado a tan solo unos metros de mí.

—Sí, te he echado de menos.

Se ríe, sin desanimarse por mi actitud sarcástica.

—Lo sabía.

Se levanta y se pone el bañador que estaba en la arena junto a nosotros. Se gira hacia mí, me ofrece la mano y me pregunta:

—¿Un baño?

Me quedo mirándolo fijamente. ¿Está diciéndolo en serio?

¿Espera que me bañe con él como si fuéramos amigos o algo así?

—No, gracias —digo, dando un paso hacia atrás.

Frunce el ceño un poco.

—¿Por qué no, Candy? ¿No sabes nadar?

—Claro que sí —digo indignada—. Es solo que no quiero

nadar contigo.

Eleva las cejas.

—¿Por qué no?

—Quizá porque… ¿te odio?

No sé porque estoy tan valiente hoy, pero parece que el

tiempo me ha hecho temerlo menos o quizá sea que hoy parece tener un humor más suave y alegre y, por eso, me asusta menos.

Me sonríe de nuevo.

—No sabes qué es odiar, mi pecosa. Puede que no te guste lo

que hago, pero no me odias. No puedes. No está en tu forma de ser.

—¿Qué sabes tú de mi forma de ser?

No sé por qué, pero sus palabras me ofenden. ¿Cómo se atreve a decir que no puedo odiar a mi secuestrador? ¿Quién se cree que es para decirme lo que puedo o no puedo sentir?

Me mira, con los labios aún curvados y sonriendo.

—Sé que has recibido una educación normal, Candy —dice con suavidad—. Sé que te criaste en el seno de una familia cariñosa, que tenías buenos amigos y novios decentes. ¿Cómo puedes saber realmente qué es odiar?

Me quedo mirándolo fijamente.

—¿Y tú? ¿Tú lo sabes?

Su expresión se enfría.

—Desafortunadamente, sí —dice, con un tono que indica que dice la verdad.

Una sensación de malestar me llena el estómago.

—¿Me odias a mí? —susurro—. ¿Por eso me haces esto?

Para mi gran alivio, parece sorprenderse.

—¿Odiarte? No, claro que no te odio, mi Pecas.

—¿Entonces por qué? —vuelvo a preguntar, decidida a

conseguir algunas respuestas—. ¿Por qué me secuestraste y me trajiste aquí?

Me mira, con unos ojos increíblemente azules que contrastan con su piel bronceada.

—Porque te quería, Candy. Ya te lo dije; y porque no soy un

hombre demasiado amable. Pero de eso ya te habrás dado cuenta, ¿no?

Trago saliva y miro hacia la arena. Ni siquiera se avergüenza un poco de sus acciones. Terry sabe que lo que hace está mal, pero no le importa nada.

—¿Eres un psicópata?

No sé lo que me lleva a preguntarle eso. No quiero que se

enfade, pero no puedo evitar querer entender algo.

Contengo la respiración y levanto la vista para mirarlo de nuevo.

Por suerte, no parece que la pregunta lo haya ofendido. Más

bien, está pensativo. Se sienta a mi lado en la toalla.

—Quizá —dice tras unos segundos—. El médico pensaba que

podía estar al límite de ser un psicópata. No marqué todas las opciones, así que no hay un diagnóstico definitivo.

—¿Has ido al médico?

No sé por qué me extraña. Quizá porque no parece un tipo que vaya al loquero.

Me sonríe.

—Sí, durante un tiempo.

—¿Por qué?

Se encoge de hombros.

—Porque pensé que ayudaría.

—¿Que te ayudaría a ser menos psicópata?

—No, Candy. —Me mira de manera irónica—. Si fuera un

psicópata de verdad, nada podría remediarlo.

—¿Entonces para qué?

Sé que estoy indagando en asuntos demasiado personales,

pero es como si me debiera algunas respuestas. Además, si no puedes conocer más a alguien tras follar con él en la playa, ¿entonces cuándo?

—Eres una pecosa curiosa, ¿verdad? —dice con suavidad

mientras me pone la mano en el muslo—. ¿Estás segura de que lo quieres saber, mi pecosita?

Asiento y procuro obviar que tiene los dedos a tan solo un par de centímetros de la línea del biquini. El contacto es excitante y molesto, lo que me desconcierta un poco.

—Fui a un terapeuta después de matar a los hombres que

asesinaron a mi familia —dice con un tono tranquilo mientras me mira—. Pensaba que me ayudaría a vivir con ello.

Me quedo mirándolo perpleja.

—¿A vivir superando que los mataste?

—No —dice—. A vivir con que quería matar a más personas.

Se me revuelve el estómago y se me eriza la piel de la zona que toca Terry. Acaba de admitir algo tan horrible que no sé ni cómo actuar.

Como si fuera en la distancia, oigo a mi propia voz

preguntarle.

—¿Te ayudó a vivir con ello? —digo con tranquilidad, como si estuviéramos hablando del tiempo.

Se ríe.

—No, mi pecosita, no me ayudó. Los médicos son inútiles.

—¿Has matado a más?

El aturdimiento que me cubre se disipa y siento que empiezo a temblar.

—Sí —dice con una oscura sonrisa en los labios—. ¿Contenta

ahora de haber preguntado?

Mi sangre se congela. Sé que debería dejar de hablar, pero no lo puedo evitar.

—¿Me vas a matar?

—No, Candy —dice exasperado por un momento—. Ya te lo

dije.

Me humedezco los labios secos.

—Sí. Me vas a hacer daño cuando quieras.

No lo niega. Se levanta y me mira.

—Voy a darme un baño. Puedes venir si quieres.

—No, gracias —digo lentamente—. Ahora no me apetece.

—Como gustes —dice.

Después, da varias zancadas hasta llegar al agua.

Todavía consternada, veo su gran figura de hombros anchos

adentrarse cada vez más en el océano. Su pelo brilla con el sol.

El demonio lleva puesta una máscara preciosa.

CONTINUARA