Habían pasado dos semanas desde que Candy decidió olvidarse de Albert y conquistar a Stear. Y dos cosas curiosas habían pasado.
La primera, que se había dado cuenta que no tenía ni idea de cómo conquistar a un hombre, al parecer no había sido hecha para eso. Habían salido casi todos los días, a tomar un café en la mañana, a ver algún mueble, a comer cuando sus horarios coincidían o a trabajar en la casa de Eliza, (aunque Candy no entendía porque Stear siempre insistía en ir con ella o que alguno de los primos la acompañara si el no podía). Pero aún así no había podido dilucidar quien era la enamorada misteriosa. Le había preguntado un par de veces, pero el solo sonreía tímidamente y cambiaba de tema.
La segunda cosa curiosa fue que, por más que lo intentó, no había podido olvidarse de Albert.
Había empezado a recibir detalles diarios de su parte. Cada mañana había una hermosa gerbera amarilla en la puerta de su casa. "Para que tu día sea tan feliz, como el mío mientras pienso en ti". Decía siempre. A veces recibía una nota con algún fragmento de un libro, a veces dulces deliciosos, a veces flores exóticas y hermosas que ni sabía que existían. Una vez recibió un labial de un color burgundy precioso con una nota "para que combine con tus sexis Louboutin". Y hay que decir que era el tono exacto de los tacones favoritos de Candy, lo comprobó!
Lo interesante era que esos detalles llegaban a ella cuando menos lo esperaba. Junto con la cuenta (pagada) del restaurante, en el parabrisas de su auto, en el buzón de su casa, dentro de su taza favorita en la oficina, al abrir su agenda… Esto rozaba el acoso, pero también rozaba su corazón… y eso era precisamente lo que odiaba.
Pero de todas las cosas que había recibido, había dos que odiaba más. Una, llegaba puntualmente todas las noches a las 9:30. Era un mensaje de texto que no decía Hola ni adiós, y que nunca tenía nada que ver con el anterior. Bien podía ser una anécdota divertida, o una lista de gustos, un deseo secreto o una fantasía de la infancia. Pero siempre dejaba ver la persona que era Albert en el interior y siempre dejaba a Candy con deseos de más. Pero Candy nunca respondía nada.
La otra estaba en su cajón al lado de la cama. Era la carta que dejó en su puerta junto con un tulipán antes de salir de la ciudad… no la había leído…
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-A ver Paty, espabila, que no tenemos todo el día niña! – grito Annie al ver que su amiga no tenía prisa por salir de los vestuarios del gym al que iban las tres todas las mañanas desde hacía una semana.
-Lo siento Annie, estaba distraída – se justificó Paty tratando de parecer que no se la había tragado la tristeza y la había regurgitado la apatía.
-Distraída? Apuesto a que traías la cabeza en pitolandia pensando en el macizote del instructor que te tocó.
-Annie, por Dios, cierra el pico, hoy no podría soportar tus guarradas – regaño Candy mientras se masajeaba las sienes tratando de disminuir el dolor de cabeza.
-Porque? Estoy segura de que haces cosas peores con Mr. Yumi, sobre todo desde que dejaste de escribir. Eso sólo quiere decir que estas azotando la alcachofa con tu riquísimo novio.
Las carcajadas de Annie y la mortificación de Candy murieron abruptamente cuando Paty balbuceó algo sobre llegar tarde y salió corriendo del gimnasio.
-Y ahora que le pasa a tu amiga?
-No lo sé Annie, ha estado un poco extraña los últimos días, pero no quiere decirme nada – Candy estaba preocupada, no era normal que Paty no hablará con ella de sus problemas.
Casi habían llegado al carro cuando Annie fue arrojada repentinamente contra la pared por un hombre encapuchado, mientras otro levantaba a Candy desde atrás y le tapaba la boca. Candy luchó por zafarse, tiro patadas y trató de destrozarle la cara a su atacante con las uñas, pero un golpe en su vientre la paralizó de dolor y vio con absoluto terror como se acercaba otro a su cara. Pero nunca llegó.
De la nada salió un hombre enorme y antes de que Candy pudiera procesarlo, había dejado listos para enlatarse a los dos asaltantes.
-Se encuentra bien señorita? – el gigante mata ratas parecía genuinamente preocupado, incluso un poco asustado, pero Candy estaba más preocupada por Annie, que no se había movido de donde calló, que de pie grande.
-Annie, Annie! Llame a una ambulancia por favor! – le pidió al hombretón entre lágrimas – Annie despierta!
Annie no despertó en el trayecto en ambulancia, no despertó mientras la revisaban en urgencias y no había despertado aún a medio día cuando Albert llegó corriendo directo hacia Candy, que había permanecido sola, sentada en la sala de espera.
Candy estaba temblando mientras veía fijamente una mancha en el suelo frente a ella. Reproduciendo una y otra vez el ataque de la mañana, tratando de recordar de donde diablos habían salido esos hombres y reprochándose no haber estado mas atenta y no haber cuidado a su hermana menor.
Estaba tan concentrada que no se dio cuenta que alguien le hablaba, hasta que sintió unas grandes manos tomarla de los brazos y levantarla cual muñeca.
Al principio se asustó, creyendo que esos hombres habían vuelto, pero sólo bastó un segundo para reconocer esos preciosos y gentiles ojos azules como el cielo, y un segundo más para abandonarse a sus fuertes brazos y dejar salir todo lo que la había estado ahogando durante horas.
Albert se sentía desgarrado por dentro, aterrado de lo que le pudo haber pasado a su pequeña muñequita, impotente ante su dolor.
Albert le hablaba dulcemente al oído, acariciaba su espalda y su cabello, la mecía suavemente, pero Candy seguía llorando incontrolablemente y balbuceando sobre lo mala hermana que era.
Esto no podía continuar así, su pequeña se estaba lastimado a si misma y castigándose por algo de lo que no tenía ninguna culpa. No podía permitirlo más, así que la tomó en sus brazos y se sentó con ella en su regazo sin dejar de abrazarla. Peino su cabello hacia atrás con los dedos y limpió suavemente sus lágrimas, pero estás seguían cayendo, así que tomó su rostro y lo acercó al suyo buscando contacto visual.
-Candy? Mírame bebé – le costó un poco de trabajo, pero logró que Candy se tranquilizara lo suficiente para devolverle la mirada – tienes que calmarte amor. Annie despertará pronto y estará bien, pero te necesita. Estará asustada y enojada consigo misma por no haber estado despierta para ayudarte y defenderte. – esto terminó de llamar la atención de la rubia.
-Pero eso es absurdo, ella no hubiera podido hacer nada aunque hubiese estado despierta
-Exactamente. Y eso es lo que tienes que hacerle entender, pero no podrás convencerla de ello si tu misma eres igual de absurda creyendo que es tu culpa lo que sucedió.
-Pero es mi culpa! – lloró otra vez – yo pude haberlo evitado!
-shhh… - la calmó dulcemente pegando su frente a la suya - escúchame bebé. Puede que el mantenerse alerta a los detalles a tu alrededor pudiera darte cierta ventaja sobre tus atacantes para poder defenderte mejor. E incluso pudiera evitarse caer en una trampa si logras verla a tiempo. Pero que quede muy claro que la culpa no es tuya, ni de Annie, ni de ninguna otra víctima de violencia. La culpa es totalmente de los animales que se escondieron y las asecharon. Que planearon cuidadosamente como pasar desapercibidos para poder atacarlas sin que pudieran defenderse. Me entiendes? – Candy cabeceó ligeramente con los ojos como platos – Nunca, nunca! Vuelvas a cargar con la culpa de un ser tan vil y rastrero como ese. Está claro?
-Sí – susurró Candy, sintiendo como Albert ahuyentaba truenos y tormentas con el poder de sus palabras y la seguridad en su mirada. Sólo entonces se dió cuenta de la mano que se enterraba en su cabello sosteniéndola cerca, muy cerca de Albert. En su regazo.
-Iré a preguntar por Annie – medio anunció, medio chilló, levantándose de un salto para escapar de la trampa mortal con ojos hipnotizantes y labios perfectos.
Una hora después, Annie había despertado, pero aún no podían pasar a verla, le estaban haciendo exámenes y estaba bajo estricta supervisión.
Candy estaba más tranquila sentada junto a Albert en la cafetería, comiendo el sándwich que él había insistido en comprarle, cuando de pronto estalló una duda en su cabeza.
-Albert, como supiste que estaba aquí? – Candy estaba segura de que no había llamado a nadie y no había recibido ninguna llamada.
Albert se quedó mirándola, totalmente confundido por su pregunta.
-Candy, has leído la carta que te dejé?
- No, Y no me cambies de tema.
- No te cambio de tema, pero te responderé cuando hayas leído mi carta – Albert estaba triste, pero ahora entendía porque Candy se había mantenido en silencio todo este tiempo.
- Me estás chantajeando? – esto era inconcebible – Y supongo que tampoco me dirás como sabes exactamente donde estoy y lo que hago, o como haces para dejar cosas a mi alrededor como fantasma en la noche mientras estás de vacaciones en Tayikistán – eso era todo… lo había dicho…
-Pequeña… - era por eso que estaba enojada? Porque se había ido? Ella no ha leído la carta Andrew, recuérdalo. – No me fui de vacaciones, ni siquiera cerca. Estoy arreglando un problema muy importante en Washington, pero aún estoy aquí contigo.
Candy se sintió avergonzada, estaba reclamando algo a lo que no tenía derecho, a lo que ni siquiera debería querer tener derecho, pero aún así Albert estaba aquí…
-Vas a regresar?
-Tengo que hacerlo pequeña, lo siento. – Y ella pudo ver que realmente lo sentía – Pero estaré aquí contigo hasta que Annie este fuera de peligro.
Y entonces lo entendió. Albert se había mantenido al pendiente de ella cada día a pesar de sus problemas, fueran los que fueran, y había venido corriendo está mañana solo por ella, para estar con ella.
Esto era tan perfecto y se sentía tan correcto, que Candy por poco olvida la parte importante…
-Y cómo está tu novia Eliza? La dejaste en Washington?
Albert suspiró cansado y cada vez más triste.
-No es mi novia, y gracias a Dios no ha estado cerca de mi en estas dos semanas.
Candy casi se ahoga con el té. QUE?! No eran novios?
-Terminaron?
-No me estás entendiendo, nun…
Justo en ese momento sonó el teléfono de Candy y ella contestó de inmediato sin fijarse siquiera quien era. No quería escuchar sobre su relación con medusa. Suficiente veneno suyo había recibido ya.
-Hola… oh! Lo siento Rose, olvidé por completo la reunión con el electricista… no, no podré el día de hoy… está bien… yo te llamo entonces, gracias.
Candy se levantó limpiando los restos del almuerzo y sin mirar a Albert.
-Pequeña…
-Será mejor que regrese a ver si ya hay noticias de Annie
-Sólo quiero que sepas…
-Albert, por favor, ahora no.
-Está bien cariño, pero con una condición
-Cuál?
-Por favor lee la carta…
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La mañana había llegado muy rápido para Albert, no quería que amaneciera, no quería que su pequeña despertará, porque no quería dejar de abrazarla.
La noche anterior les habían informado que Annie estaba fuera de peligro y Albert había arreglado que la trasladarán a una habitación VIP, donde había un cómodo sillón donde se habían sentado a velar a la morena mientras hablaban en voz baja de todo y nada en la oscuridad. En algún momento entre el último libro que habían leído y la hipótesis del chupacabras, Candy había caído dormida. Así que Albert consiguió una manta para arroparla y suavemente la recostó sobre su pecho para que estuviera más cómoda.
Había sido, de lejos, la mejor noche de su vida.
Candy no había llamado a nadie para avisarle lo que sucedió y su teléfono había muerto no mucho después de la llamada de Rose, y Albert se había permitido ser egoísta y mantenerla para si mismo el mayor tiempo posible, pero ahora que Annie estaba relativamente bien, tenía que volver a la capital a terminar de arreglar las cosas. Era imperativo, ahora más que nunca, encontrar la forma de detener a Eliza. Porque estaba completamente seguro, ella había estado detrás del ataque a Candy y su hermana.
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Candy despertó con el movimiento de la enfermera a su alrededor, la cual confirmó que todo se veía correcto y se retiró.
Dónde está Albert?
Apenas lo había pensado cuando sus ojos cayeron en la nota junto a ella.
"volveré pronto amor, pero estoy contigo. Llámame si necesitas cualquier cosa y estaré aquí enseguida… Lee la carta, pequeña, lo prometiste."
Candy suspiró, no pudo evitarlo.
Es su letra… cada una de sus notas y tarjetas las ha escrito él mismo.
Y entonces creyó recordar el fantasma de unos labios sobre los suyos.
"volveré pronto mi muñequita"
Había dicho antes de irse. Estaba casi segura. Pero, y si había sido sólo un sueño?
Cerró los ojos y casi toca con sus dedos sus labios, pero no quería borrar el recuerdo de Albert en ellos.
Y entonces, recordó algo más, que por poco la ahoga en culpabilidad…
Stear…
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Nota: saludos a todas otra vez, espero no empacharlas jaja. PES este quedó más largo (para compensar), y agridulce. Y no se ustedes, pero yo me volví a enamorar…
Sandra Carreo: pues en eso están, pero Candy está muy dolida. Sólo nos queda esperar que lea la dichosa carta y que eso haga algún cambio.
Gabriela: "entuerto" jajaja, nunca había escuchado esa palabra, me hizo mucha gracia. Y sí, la tía es más necia que la gripe, pero ya le llegará su momento de pedir perdón.
Mj: pues como ves, seguimos inspiradas… sí, "cosas del corazón", fíjate que sí he pensado en continuarla, pero me lo plantearé cuando haya terminado ésta, porque la verdad es que hace tanto tiempo, que ya no recuerdo a donde iba con ella, pero eso es lo de menos, el problema es que, si te fijas, mi manera de escribir ha cambiado mucho en este tiempo, tendría que adaptarme a ella, o adaptarla a ella. Ya veremos. Y sobre Elroy, pues acuérdate que George le preguntó si había algo irrefutable en las pruebas y ella dijo que sí. Así que es ese detalle el que mantiene necia a la tía, pero aún conserva sus dudas y ella es de armas tomar.
