Buena tarde o dìa, o noche, dependiendo de a què hora estén leyendo esto. Quiero pedir una diosculpa por traer hasta ahora el nuevo capitulo, pero -como ya explique en BAISERS LA FUMÉE (Sì, hago publicidad descarada)- no tengo internet en mi casa, y por lo tanto estoy aprovechando esta hora en la escuela, para actualizar.

Y como lo prometido es deuda, al fin podrán ver a ese personaje al que tanto extrañaban. Asì que, pasen y lean.

.

.


.

.

.

ULTIMA OPORTUNIDAD

.

.

.

Desde afuera le llegaban murmullos, y un gajo de luz de luna se escurría por los cristales de la ventana y le pegaban en la cara como colores de una hueca realidad. Alguien estaba regañando a su compañera por haber llegado tarde de sus acostumbradas compras. No le interesaba. Las voces se perdían en la discordancia de sus pensamientos. Escucho golpes en su puerta, tímidos y titubeantes, pero no contesto. Sentía que estaba dentro del agua, y que los sonidos se doblaban entre las corrientes. No pestañeo y vino un deslizamiento. Pasos que se alejaban y un portazo casi desapercibido al final.

No podía recordar que había pasado durante el día, sólo voces, y algunas pistas le sugerían algo acerca de una gruesa voz cantando, el pasar de los dedos sobre las teclas de un piano, y finalmente todo anocheciendo.

Era consciente de su propia respiración pausada y pesada. De sus brazos cansados por el esfuerzo de permanecer doblados bajo su cabeza. Y aunque notaba el colchón sobre el que reposaba, el olor familiar de la madera de la habitación, y la sombra de luz en sus ojos, no se sentía en ese sitio. Estaba lejos, muy lejos. Caminando sobre espinas mientras una voz le llamaba, clamaba por su persona entre sangre y dolor.

No le gustaba esa visión. El mismo sueño todos los días que se atrevía a dormir. Primero le había acalambrado cada musculo, lo había hecho despertar de golpe y luego sólo fue un dolor agónico al no poder deshacerse de la imagen soñada y tener que soportar verla hasta el final, infringiendo dolor en las heridas que aún no cerraban.

Mucho peor era verse disfrutando del líquido carmín que manchaba aquel cuerpo. Mucho peor era deslizar su lengua por las zonas que el rojo manchaba, ver como se regodeaba en el dolor ajeno, clavar sus garras en la piel y hacer que gritara su nombre con voz ronca y moribunda, verle caer en un hueco oscuro y profundo, donde devoraba su cuerpo y le escuchaba gritar de terror, de asco y placer. Peor era saber que en fondo, era lo que ambos querían. Mientras tanto, gritaba desde la penumbra, contemplando lo que su verdadero ser quería mientras su raciocinio encerrado en una jaula, le imploraba que parara.

Cuando finalmente podía abrir los ojos, separarse de la pesadilla que cada vez que culminaba iba más lejos, el vértigo lo envolvía y lo arrojaba contra la dureza de su propia desdicha. Todo era falso, pero el sabor amargo y dulce inundando su cuerpo, le sugería que ya era cierto y que podría volver a serlo.

Y entonces se retenía y arañaba su estómago, en un vano intento de que el dolor se llevara los deseos voraces que palpitaban en su cuerpo. Tenía que entrar al agua fría y recurrir a tácticas sucias para engañar a su mente. Y cada vez era más difícil mantener la calma, burlar a su oscuro lazo maldito de que cumplía su cometido, y la boca se le hacía agua de pensar que sí iba a hacerlo, que iba a terminar rompiendo las murallas para ir por la presa que le habían arrebatado hasta atraparle y hacerle llorar.

Entonces abría los ojos y descubría que todo aquello era también una pesadilla, y que en realidad las sabanas habían hecho una red donde descansaba su cuerpo sudoroso y dolorido por los forcejeos. Que no estaba bajo gotas heladas, que su cuerpo más que deseoso y vigoroso por el deseo febril de la oscuridad y la sangre, era realmente un cuerpo trémulo y angustiado por no poder evitar las atrocidades de lo onírico.

Así que un día decidió no volver a dormir. Porque cada vez era más intrincado separar lo irreal de las salidas del sol. Y era en momentos como ese, en que se encontraba laxo, manso en sus lagunas nítidas de recuerdos y verdaderos anhelos. Era bajo el platinado haz de luna, donde encontraba un remanso de lucidez y evocaba, con tímida algarabía, los retazos de un buen tiempo que ya era lejano. Y que seguramente sólo era bueno para él.

Gracias a esos breves momentos, podía acariciar entre sus dedos el gusto de los placeres inocentes, de los deseos dulces y la admiración hacia la lluvia, que no pecaba en esa constante caída. Hasta ahí se sentía libre de pronunciar con acicalado tono, el nombre de la persona que veía en su desesperación, pero que, en apaciguados instantes como aquel que vivía, veía clara a través de capas y cataratas, con las sombras echándose a un lado para que pudiera alcanzarle con su mano, hasta que sus dedos tocaban sus mejillas sonrientes, y entonces desaparecía como Eurídice en los límites del inframundo.

Rogue exhalo y dejo que el viento encerrado en la recamara se le atorara en los poros, como atorado se encontraba el aroma de ella en todo su cuerpo. Si cerraba los ojos unos instantes, y se dejaba engatusar por la memoria, podía percibir en sus labios el sabor de su piel sudorosa, el aroma de su largo cabello, y degustar en su lengua aquella esencia aún más embriagante que era su más íntima representación. Pero más allá de eso, la recordaba radiante y bonita, una supernova en el infinito. Lejana y rutilante.

Más que cualquier otra cosa, Rogue quería verla. Y ese era suficiente motivo para encerrarse –aunque esa habitación no fuera suficiente candado- y evitar cualquier cosa que significara acercarse a ella y romper la promesa de protegerla.

Junto al aroma de la noche, también le llego una esencia nueva. Aroma a dulce, a perfume joven. Rogue frunció el ceño, pero se levantó de todos modos, hasta quedar sentado en la cama, pero sin bajar los pies al suelo. Sus ojos localizaron el motivo de aquel aroma, y una de sus cejas se arqueo.

Con un bufido se puso de pie, y fue a cogerlo. Al instante le recorrió el desasosiego, el sobre le quemaba en las manos como la punta de una cerilla. No tenía remitente, pero no lo necesitaba. Olía a Yukino, y algo –alguien- más que no era su compañera albina. La advertencia llegó sola: un angustioso pitido que martirizaba sus oídos, exigiendo que se deshiciera del sobre de inmediato. Pero fue precisamente por eso, que Rogue hizo lo contrario.

Sus dedos se abrieron paso entre el papel con rapidez, hasta que tuvo de frente la escritura firme y absoluta, y sintió que los músculos se le contraían al primer impacto. Las primeras palabras le hablaban con urgencia, le hablaban de tristeza y agonía. Entre palabras que iban y venían detecto al fin un nombre.

El nombre que había gritado en sus sueños, el nombre que luchaba por abrirse camino entre sus labios y consumirle el raciocinio. Ahora no era distinto.

Mientras una oleada de frio se le colaba bajo los huesos y le detenía por instantes los latidos del corazón, repitió la lectura. Conforme leía y releía, comprendió que la carta eran los gritos de auxilio abundantes en sus pesadillas. Comenzó a sentir que se ahogaba, que la comprensión de la carta eran golpes en la cara y una cuerda enredada en su cuello. Las palabras danzaban en su mente como bufones grotescos. Todo comenzó a girar vertiginosamente al entender el mensaje.

Le pedía que fuera. Le exigía que fuera.

Contra el dolor agudo de las prohibiciones, le llego la desesperación de sus propios deseos. Se le restregaba la desolación que él mismo había provocado, y revivió la última imagen que tenía de ella: arrodillada en una estación de trenes, suplicando que no le abandonara.

Herida. Absolutamente herida.

Ella había gritado su nombre. Ella que también le hablaba en sus sueños –le gritaba, le suplicaba, también- y pedía ayuda y consuelo. A pesar de que aquella carta no estaba escrita por ella, podía verla a través de la distancia, sentir el dolor que había inspirado aquellas líneas.

Rogue sintió que su cuerpo temblaba, mientras un torbellino de imágenes reales e imaginadas pasaban por su mente una tras otra, como las sinuosas pinturas abstractas.

Todo ese tiempo había estado encerrado en su alcoba, creyendo que la vida iría mejor para ella cuanto más lejos estuviera de él. Aferrándose a la idea de que, una vez volviendo a su rutina, el pasado terminaría por desaparecer. Pero la realidad había sido otra. La realidad era que, conforme pasaban las semanas, más difícil era salir y dar la cara al día a día. Los sueños le habían ido carcomiendo la conciencia, y ahora comprendía que eran un reflejo de lo que ella, a millas de distancia, había estado viviendo ¿Por qué pensó que sería diferente? ¿Por qué creyó que ella iba a hacer su vida luego de dejarla sola?

Como un puñado de confeti, la verdad le exploto en la cara, y las emociones que como tornado había llegado, como tornado se fueron. Rogue sintió que la habitación había sido vaciada y vuelto a llenar, que todo se iba como la marea retirándose de la costa, pero lo que volvía era sólo una foto tomada por su propia razón una noche, en un baile en cualquier lado.

Había pensado que sería diferente porque, ellos eran diferentes.

Porque ella ya tenía a alguien.

Rogue no supo atribuirle un nombre al sentimiento oscuro que le gobernó en consiguiente. El sentimiento que le hizo caminar hacia el buro a lado de su cama, abrir el cajón y hacerse con aquel casi olvidado objeto, y luego ir hacia la ventana, donde la mortecina luz de luna le baño la cara. Abrió de par en par y salió al balcón. Y conforme su mano derecha iba elevando la carta al viento, sus ojos le fueron mirando con más fiereza.

Había mentiras en esa carta. Debían ser mentiras.

La vida no podía ser más perra de lo que ya había sido hasta ese instante, y sin embargo la foto mental se le dibujo de nuevo frente a los ojos, y cuando el objeto en su mano izquierda abrió sus fauces y baño el papel en llamas, por fin encontró un nombre para la oscuridad que le bullía en el pecho.

Pero ya no importaba, la foto mental se consumía junto a las palabras en aquella hoja de engaños, y el humo que le jugueteo en la nariz era una prueba más de la relatividad de la vida. Dejo ir el resto del papel al aire, pero sus ojos –rojos como las llamas- no perdieron de vista el acto final del fuego.

En el viento se dibujó la última sonrisa de la llamarada, y luego todo se volvió cenizas y noche de luna llena.

.

.

.

Juvia abrió los ojos, topándose con un techo que no era el de su recamara. Sentía que su cuerpo estaba danzando en el vacío, y que si hacia el amago de moverse, todo se quebraría. Un haz de claridad le llegaba desde algún sitio. Pero no supo reconocer de dónde provenía.

— Al fin despertaste —escucho decir a alguien. La voz le sonó conocida, pero no pudo asociarla a un rostro, adormilada como se encontraba— ¡Oye, mujer ¿Me estas escuchando?!

El rudo tono de voz viajo por sus terminaciones nerviosa, creando un choque que logro traerla de vuelta. Juvia se incorporó de golpe, chocando con algo duro en el proceso. Escucho una maldición entre su mareo.

Entonces sí que supo de quien que trataba.

— Gaje… ¿Gajeel-kun? —Inquirió, enfocando al muchacho que se había alejado de ella, y que ahora tenía la mano en la frente. Él le miró con reproche— J-Juvia lo siente —balbuceo.

— Ya no importa —refutó Gajeel, pero no volvió a acercarse a ella. Juvia lo notó incómodo. No por el golpe, Gajeel no estaba mirándole. Y sus orificios nasales tenían aquel leve temblor de cuando estaba nervioso.

Juvia tuvo la repentina urgencia de bajar la mirada y comprobar su aspecto. Cuando lo hizo descubrió que iba vestida como el día anterior. A pesar de que seguramente se había mojado.

— ¿Qué sucede? —preguntó de pronto el DS, notando la confusión de la joven— ¿Qué?

— Nada —dijo ella con simpleza, sin moverse de la cama— ¿Por qué Juvia está aquí? ¿Qué paso?

Tenía el recuerdo de estar frente a Gajeel, de haber estado frente al gremio, y algo cálido envolviéndola, pero nada más después de eso.

— Te desmayaste, eso es todo —explicó el muchacho con simpleza, Juvia apretó los labios en una fina línea y asintió.

— Y entonces Gajeel-kun la trajo a su casa…

El rodo los ojos y bufo, Juvia quiso sonreír pero no pudo. No podía sonreír falsamente frente a la única persona honesta que le quedaba.

— Era mi casa lo más cerca que tenía. Además, escuche que alguien estaba a punto de salir del gremio y quería evitar que te vieran en ese estado —había un reclamo en su voz, pero un reclamo divertido— Eres una problemática, mujer. Ayer ya no despertaste. Parecias más muerta que viva…

— ¿Gajeel-kun no pensó, ni por un momento, en dejar a Juvia en la enfermería del gremio?

Gajeel torció la boca, como si se tratara de cualquier cosa.

— Se prestaría a que cuchichearan más de lo que ya lo hacen—en el instante, Gajeel se dio cuenta de había hablado de más, sin embargo, Juvia no parecía tan sorprendida.

— Juvia lo lamenta —dijo— Ella no quiere ser una carga para Gajeel-kun ni para los demás —Gajeel iba a decirle que no se tomara en serio que lo había dicho, que era una broma, pero ella le sonrió, con esa sonrisa de sirena rota que le afectaba tanto a él— Juvia no debería estar viendo de esta forma a Gajeel-kun, ella se dijo que no sería un peso para nadie más. Juvia no quiere que Gajeel-kun la vea afectada, él no lo merece.

Entonces, Gajeel recordó las palabras que había estado sobajando desde que había visto sus ojos pestañear para despertar. Aquello que en los delirios del desmayo –o eso era lo que necesitaba y quería creer- ella había murmurado.

— Y sin embargo Juvia… —ella hizo un esfuerzo por no llorar, y lo consiguió…sus ojos se aguaron pero ella no permitió que ni una gota de agua se derramara— Juvia se siente tan patética, ella ni siquiera puede…Juvia… —sintió que un montón de palabras e ideas se le atoraban en la garganta, que desgarraban al intentar salir— Juvia…

— Dijiste que debiste enamorarte de mí —soltó él, tan repentinamente que Juvia se quedó con la boca abierta y un sonido gutural moribundo en ella.

— ¿Qué? —inquirió, sin parpadear.

— Antes de que perdieras la conciencia me miraste y dijiste…—Gajeel parecía pensativo y avergonzado, Juvia sintió una extraña sensación en su pecho— dijiste que debiste enamorarte de mí.

Escucharle decir eso fue como tomar un trago de aceite para engranes. Su mente se quedó en blanco, y sólo reacciono cuando notó que Gajeel aspiraba y soltaba una carcajada.

— Juvia no dijo eso… ¿Verdad? —pero Gajeel la miro seriamente, aun con su boca curvada en una sonrisa.

— Sí lo dijiste —aseguró— y yo pensé que sí hubieras dicho eso algunos años atrás, tal vez habría sido diferente esté ahora —la sonrisa en los labios de Gajeel desapareció, para Juvia eso fue el vistazo a una catástrofe irremediable.

Pero Gajeel lo sabía: ella ya estaba en el centro de un vórtice, con manos invisibles sujetándola y tirando de ella hacía la adversidad. Poner sobre sus hombros dos manos más sería la injusticia de la que ella había estado sin hablar. Sobretodo, si esas dos manos venían del pasado que ya no se podía recuperar y que ya estaba enterrado.

— Sin embargo, eso ya se terminó —espetó, y tomo asiento en el borde de la cama, Juvia lo miro fijamente, sus labios temblaron ligeramente y Gajeel puso su mano sobre los cabellos azules. Mentiría si dijera que le recordaban a los de alguien más. Mentiría. Juvia era Juvia, y aquella otra persona que se había abierto paso en su corazón –en plena distracción de él- no se comparaba a ella.

Cada una pertenecía a un momento diferente, y eran diferente la una de la otra. Ambas especiales, pero ya no por el mismo motivo.

— Ahora eres más problemática —río él, revolviendo divertido y ligero, el cabello de la maga. Ella le miro por entre las pestañas, sus hombros levantándose y temblando, como su boca y el brillo de sus ojos— No quiero que…

— ¡Gajeel-kun! —sollozó ella, desobedeciendo completamente la orden que él iba a darle y poniéndose por fin a llorar.

Bajo la cabeza, puso sus manos sobre su rostro mojado, y tembló y se quebró. Gajeel esbozo una tibia sonrisa y le siguió revolviendo el cabello, mientras este se derramaba como lagrimas por la espalda y los brazos de Juvia.

Tantos años, y pensar que era lo único que podía hacer ahora por ella.

Lisanna tamborileo los dedos sobre su mejilla, antes de revisar por enésima vez su reloj de pulsera. Pasaba de mediodía y nadie se había presentado aún. No importaba que tanto mirara las calles frente a ella, la plazuela de Ciudad Clavel seguía luciendo tan solitaria como la primera vez que la vio.

Y no había nadie caminando hacia ella. Y eso estaba mal.

A esa hora se suponía que ella iba a encontrarse con el dragón slayer de las sombras, le iba a poner las cartas sobre la mesa e iba a comprobar con sus propios ojos que él fuera a ver a a Juvia. Pero ni el dragón slayer aparecía, ni Lisanna tenía tanta paciencia para esperarle ahí ni minuto más.

Estaba segura que Yukino le había entregado la carta. Estaba segura que había sido así. Y no dudaba de que el mago la leyera. La suerte no podía ir en su contra ahora, cuando ya había llegado hasta ahí. La misma suerte había puesto ante sus ojos a Yukino cuando pensó que todo se estaba yendo al caño.

Así que se negaba a que, al final de cuantas, todo fuera a parar allá. Le quedaba una última carta, y era en la que depositaría todas sus esperanzas.

Los golpes en su puerta no habían cesado, y tampoco parecían dispuestos a hacerlo. Sabía a qué se debían, y sabía que debía seguir ignorándolos. Ya era suficiente tener que luchar contra sí mismo. Tener que renunciar a la oportunidad que resultaba aquella carta.

Pero él ya la había desechado. Había convertido en polvo y nada los trazos dibujados. Así que lo último que deseaba era que alguien ahí afuera estuviera recordándole lo cobarde que era. Era suficiente con que se lo dijera él. Era suficiente con las imágenes que se dibujaban frente a él –y los fantasmas encerrados en esa habitación- y que debía retener tanto como se retenía a sí mismo.

— No lo haré —murmuró, y la persona en el pasillo pareció haberle escuchado, porque los golpes cesaron.

Sin embargo, algo aún más brusco llego en ausencia de estos. La voz de Lector, diciendo algo acerca de Fairy Tail. De un miembro de Fairy Tail. Rogue escucho el jadeo sofocado de Yukino, y luego pasos alejándose veloces por las escaleras.

— No lo haré —repitió.

Y sin embargo, se puso de pie y fue hacia la ventana.

.

Lisanna se contuvo en un principio, pero después todo control fue inútil y termino gritando que no tenía asunto alguno que tratar con el maestro de Sabertooth. El grandulón que la atendía le miro de mala gana, pero eso no logro amedrentar a Lisanna, que tenía el apellido Strauss bien puesto.

— Mire…—Lisanna se detuvo, porque no supo cómo llamarlo.

— Orga —dijo el muchacho suspirando, parecía resignado y un tanto indignado— Soy Orga.

— Mire Orga-san —prosiguió la muchacha— Sólo debo ver a Rogue Cheney y después me voy. No tengo, en lo absoluto, la intención de hablar con…con…su maestro —Orga enarco las cejas, parecía que Lisanna hubiera vomitado el nombre.

— Es una lástima, señorita —dijo alguien más repentinamente— porque ahora tendrá que hacerlo.

Lisanna no tuvo que esforzarse por saber quién era, puesto que el dueño de la voz apareció frente a ella.

A la luz del día, sus labios también sonreían, y ella odio también esa sonrisa. Tenía los ojos azules, un azul profundo y claro, y una cicatriz en la ceja derecha. Sin embargo, brillaba tanto como la misma luz de la mañana. Y parecía consciente de ello.

— Entonces —comenzó él con confianza— además de querer ver a Rogue ¿Existe otra razón para que quebrante con tanto ahínco la armonía de nuestro gremio?

Sonaba divertido y apesadumbrado, como si de verdad lamantará que ella hubiera llegado gritando. Como si de verdad le importara. Pero Lisanna era más fuerte que toda esa fachada de maestro decente y preocupado.

— Podría preguntarle lo mismo, pero el caso es que no vengo a hablar con usted de eso.

Sting la miro con recelo, y deshizo cualquier indicio de diversión que hubiera en su rostro. La diversión fingida no era agradable, y él ya la había estado sosteniendo por mucho tiempo. Además, los ojos azules que le gritaban desde el otro lado, parecían más que renuentes a prestarse para la farsa.

Con un sencillo gesto hacia Orga, el peliverde comprendió que debía retirarse, agradecido de salvarse de tanto aire pesado. Cuando el God Slayer despareció a sus espaldas, Sting suspiro; Lisanna, sin embargo, siguió impávida.

— ¿Estas segura que no vienes a ver a Yukino?

La muchacha frunció el entrecejo, al principió sin comprender, luego su mente hiló ideas y explicaciones de forma veloz. Sí el mencionaba a Yukino en esas circunstancias, era porque sabía lo que planeaba. Y sin temor a precipitarse, supuso que él tenía la culpa de la ausencia del DS de las sombras en la cita.

— No…

— ¡Sting-sama! —una nueva voz se unió con sobresalto. Yukino parecía agitada y asustada, el rostro de alguien que ha recibido malas noticias.

— Oh, vaya —la voz de Sting fue una total farsa de asombro— Justo estaba hablando de ti ¿Escuchaste y por eso has venido?

— Yo… —balbuceo la maga celestial, incapaz de pensar en algo rápido. Todo aquello tenía sus nervios de punta y no atinaba a saber exactamente la razón.

— Muy bien —Lisanna, impaciente y enojada como estaba, decidió cortar de tajo esa absurda situación— Vine aquí porque necesito hablar con Rogue Cheney, y no me pienso ir hasta hacerlo. Me importa muy poco si usted lo permite o no —sus ojos apuntaron a Sting, con la misma amenaza que el filo de una espada— Así que, pido amablemente, que se me conceda una reunión con él.

— Vaya amabilidad —ronroneo él, con ironía— Me temo que eso no será posible hasta que me diga los motivos, señorita —a Lisanna comenzaba a hartarle el sarcasmo en la voz de Sting— Sobretodo porque, siendo usted un miembro de Fairy Tail, creo que es necesario que hable conmigo, a menos claro que…

— Se trata de algo personal —interrumpió abruptamente ella— Dudo mucho que tenga que contarle eso al maestro del gremio. Aunque claro, siempre puede que no sea más que un cotilla que interfiere en la vida privada de sus miembros y se cree con la autoridad de decirles qué hacer con sus vidas.

Sting no contestó, tenía la certeza de que aquello "personal" tenía que ver con él. Era obvio. Se lo decía la furia con que la chica lo veía, lo decía el aspecto nervioso de Yukino, lo decía la sombra que vigilaba desde la ventana. Y lo decía el aroma que bailaba en el aire, como un pétalo perdido.

— Lo soy —siseó— Soy un maestro que interfiere autoritariamente en la vida personal de los de su gremio, pero creo que eso ya lo sabe ¿no?

El enojo que goteó de las palabras del Eucliffe, fue como clavos en las palmas para Lisanna. El rostro masculino estaba inmóvil y sereno. Sus ojos detenidos y opacos en ella, como recriminado por cosas que ella no podía entender.

— Sí. Sí, lo sé —acepto Lisanna, moviendo la cabeza afirmativamente, mientras su mandíbula temblaba. No podía recordar un momento antes en que se hubiera sentido así, como si apenas fuera capaz de controlar las emociones que le burbujeaban en las entrañas— Como también sé, que alguien capaz de hacer eso, no puede llamarse a sí mismo "maestro" —escupió, con el suficiente desprecio como para mancharle el ego al joven rubio.

Sting levanto la barbilla, como si aquello no pudiera afectarle, por más que memorias del pasado le estuvieran golpeando desde adentro.

— Me alegra —su voz fue serena y gentil, más no la sonrisa fría que se dibujó en su boca— Así le será más fácil resignarse a no ver a Rogue.

Hasta ese momento, Yukino había estado callada, viendo como desde otra dimensión, la lucha de propósitos. Había algo salvaje en la mirada de Lisanna a Sting, en la mirada que él la daba a ella. Todo ese tiempo Yukino había pertenecido a Sabertooth, pero hasta ese momento vio a su maestro como un verdadero depredador. Como un tigre dientes de sable enfrentándose a una peligrosa leona.

— Eso no es suficiente para hacerme huir —refutó la Strauss, mirándole imperturbable— Lo dije una vez, y lo vuelvo a repetir: vine aquí para ver a Rogue Cheney, y eso es lo que voy a hacer. Así tenga que pasar por encima de usted, Sting Eucliffe.

Pocas veces pasaban situaciones como esas, pensó Sting. Que alguien llegara y la volteara a uno las ideas. Le paso una vez con Natsu Dragneel, y esa chica, firme frente a él, parecía dispuesta a repetir aquello, aunque fuera a la fuerza. Sting bajo la vista y vio la marca de Fairy Tail en la pierna de ella. En el sitio donde la maga de cabellera azul y agua también la llevaba.

Una marca en el mismo sitio para aquellas que van a defenderse. Y por eso no podía culparla, no de pelear por lograr lo que la había llevado ahí. Despues de todo, él también la estaba defendiendo.

— Disfrute con la espera —dijo, y se dio la vuelta para volver al interior del gremio.

Todo ese tiempo Lisanna había estado ahí afuera, frente a las puertas. Y ellos habían salido, pero ella nunca había entrado, y si permitía que ese dragón de luz se fuera ahora, estaría permitiendo que los sentimientos de Juvia fueran ignorados.

— No puede hacer esto —mascullo ella, presionado los dientes, cerrando tanto los ojos, que Yukino se preguntó si ella estaba escondiendo lagrimas ahí. Pero cuando Lisanna volvió a abrirlos, sólo había despreció.

Y entonces Sting se detuvo, pero no para mirar hacia atrás, sino porque alguien más estaba a su lado ahora. Alguien que era oscuro y cuya figura se había mantenido alejada. Olía a tinta y tortura, y se supo culpable de lo último. La sombra dio dos pasos más hacia afuera, y Sting tomo aíre para repetir la orden.

Sin embargo, ojos rojos como estrellas agónicas, le silenciaron, haciéndole pensar en aquella cara.

— No lo haré —le dijo.

Sting volvió sobre sus pasos, tomándole del brazo y arrastrándolo afuera, para que Lisanna fuera capaz de verlo. De oírlo.

— Aquí lo tiene —dijo, soltando a Rogue, mirando a la chica fijamente. Lisanna le regreso el gesto sin perturbarse— Dígale, pues, lo que tanto necesitaba decirle. Dígaselo, para que él mismo le confirme que no ira a ningún lado.

— Sting, basta —exigió Rogue— Oí perfectamente todo lo que decían. Creo que lo escucharon todos —en su voz no había burla ni diversión— Así que basta.

Pero Sting no desvió ni por un momento su atención de Lisanna, ni de las injurias que pasaban por el rostro de ella e iban destinadas a él. Parecía que realmente lo odiaba, y con una punzada de martirió, se preguntó si esa mirada azul en ella, era el reflejo de la mirada azul de antaño. Si, de tener a Juvia delante, ella también le miraría así.

Era probable que sí.

— Rogue-sama, entonces ¿Usted leyó la carta? —Yukino hablo, con la incertidumbre del momento empujando su voz.

— Lo hice —susurró, y el rojo de sus ojos cayó sobre Lisanna, una mirada severa y austera, como un páramo desolado— Y mi respuesta es no. No iré.

Ante la amargura de Rogue, Lisanna ahogo en jadeo, luego su cabeza se movío desaprobatoriamente, sus labios abriéndose para reclamar. Pero entonces, Sting intercedió. Sting que, para ella, ya había estado en medio por bastante tiempo.

— Lo ha oído —parecía un exhausto, pero satisfecho, y eso fue un golpe más para la joven Strauss— Creo que con eso fue suficiente.

Y lo era. Más que suficiente. Lisanna dio dos pasos hacia adelante, con las manos en puños, y el flequillo cubriendo sus ojos. Sentía que el tiempo se le estaba escurriendo entre los dedos y debía retenerlo, sentía que era suficiente, pero de otras cosas. De otras tantas cosas que ellos no sabían, que ellos no habían visto.

Pudo ver, a travez de los espacios vacios entre horas y horas, a Juvia llorando, a Juvia contándole aquella historia, a Juvia tamblando y desbaratándose en un abrazo y aún así en soledad. Pudo ver aquella recamara inundada de ausencia y desolación. Pudo verla dormida, con aros negros ensuciando la cuenca de sus ojos, con lágrimas secas pulverizando sus pestañas. Y ellos no lo habían visto, no lo habían sentido.

— Sí, ya fue suficiente —murmuró, soportando el ardor que le torturaba los ojos, soportando el dibujo vivido de la amiga perdida— Ya fue suficiente dolor para Juvia —Yukino reparó en que al fin había un nombre, y como este parecía afectar hondamente a los dragones gemelos, pues ambos reaccionaron a él, Sting con un chispeo de culpa; Rogue con un ligero temblor en las manos y sombras más sombrías en el rostro— Suficiente de que no coma, suficiente de que no pare de llover para ella. Toda Magnolia es gris ahora, y es por ella ¡Porque ella sufre! —gritó, levantando los ojos ahogados en cólera.

Sting gesticulo pero sólo salió de su boca una oración inconclusa, que arrojo a Lisanna a las calderas de la intolerancia y el arrebato.

— ¡Cállate! — con un nuevo grito, su mano se trasformó en la garra de un tigre, que veloz viajo a la mejilla del Eucliffe. Yukino grito horrorizada, sus manos tapando su boca y sus ojos muy abiertos; Sting se tambaleo, su rostro girando a la derecha por la intensidad del golpe, Lisanna permaneció con la mano extendida. Rogue, en una imagen casi caprichosa, sólo estaba perplejo— ¡Tú no eres nadie para hablar! ¡Nadie, cuando te atreviste a separar a dos personas que se quieren! ¡Nadie cuando heriste tanto a Juvia!

Ante las nuevas palabras, Sting pareció reaccionar del golpe y de golpe. Miró insondablemente a Lisanna, perturbado por lo que ella decía, por lo que ella había hecho. Más aturdido aun, cuando noto la herida que el golpe de ella había abierto sobre su mejilla. Un delicado hilo de sangre resplandecía sobre su mejilla, como un listón rojo de encaje.

— ¡Eres un cobarde! —profirió ella, elevando la voz como si los tuviera a kilómetros de distancia y quisiera que la oyeran de cualquier modo. Como si fueran paredes que a punta de gritos, iban a respirar— ¡Eres un estúpido dictador! —volvió a señalar a Sting, antes de volverse contra Rogue— Y tú, Rogue Cheney…

— L-Lisanna-sama… —musitó Yukino, volviendo del impacto que había sido verle atacar a Sting, y cayendo en la rojiza mirada de la Strauss. Roja de soportar el llanto.

— Tú no lo entiendes —sollozo ella, mirando a Rogue con suplica y con una angustia que todos pudieron sentir, y fueron capaces de ver el abismo que, hasta entonces, sólo Lisanna había sido capaz de ver— Tú eres su última oportunidad.

Lanzó un prolongado suspiro que termino empañando más el cristal de la ventana. Del otro lado todo era borroso, pero aun así, pudo distinguir con pesar la triste calle vacía.

— Como en los viejos tiempos —exclamo la voz masculina a su espalda, y Juvia se giró con una débil sonrisa— Al menos a mí no me molesta.

Agradecía que Gajeel intentara ser amable con ella. Agradecía esa ruidosa actitud condescendiente. Era más de lo que esperaba, pero insuficiente. Y eso le hacía enojarse. No podía ser tan avariciosa como para no sentirse mejor con ello. Pero era cierto, Gajeel hacía mucho y su corazón lo sentía poco.

— ¿Dónde está Lily-san? —respondió ella, desviando la atención hacía otro tema. Gajeel lo comprendió, a pesar de no querer hacerlo— Desde que Juvia despertó, ella no lo ha visto.

— Seguro se encuentra con la enana —rezongo él, metiéndose enseguida un pedazo de hierro a la boca.

Juvia se le quedo mirando absorta, a él y a la taza de café humeante que había para ella en la mesa. La sola idea de algo pasando a través de su laringe le provoco nauseas. Comía apenas lo necesario, y su estómago se quejaba cuando intentaba consumir más. También se quejaba porque no comía cuando se lo gritaba. Era extraño no tener hambre y estar hambrienta a la vez.

— Levy-san y Lily-san se han vuelto muy cercanos ¿Cierto? —cuestionó ella, intentado parecer entusiasmada con ello.

Pero Gajeel no se lo creyó.

— Muy bien, Juvia, dejemos eso de lado y hablemos de lo importante —Gajeel puso sus manos sobre la mesa, las muñequeras metálicas en ellas chocaron contra la madera, llamando más la atención de Juvia— ¿Cómo te has sentido? ¿Has notado algo fuera de lo normal? —Gajeel se tachó de estúpido con rapidez: todo era anormal alrededor de ella. Necesitaba ser más específico— Me refiero a…alguna cosa que tenga que ver con el ataque del hijo de puta ese.

Aún entre su rudeza, Juvia se dio cuenta de que para Gajeel también era difícil mencionar aquello.

— ¿Quieres decir con Heredia? —y el nombre resonó entre las paredes, como un temblor viniendo del universo.

Gajeel apretó los dientes, sus brazos tensándose y las venas resaltando. Juvia no pudo ni quiso hacer el intento de mitigar el impacto de aquel nombre. No pudo porque sería en vano. Era un estigma en sus manos, un trazo con pintura invisible y ardiente en sus –en su– corazones.

La respiración de Gajeel se volvió pesada, y ella pensó en cada pesadilla. Las imágenes llegaban una tras otra, como las fotos de un álbum grotesco. La sensación de estar de pie en esos momentos, en aquel paramo helado, en los mares congelados, cayendo a los abismos rellenos de espinas. Pensó en cada pesadilla y en cada llanto nocturno. Y pensó en Gajeel, frente a ella. Gajeel que estaba reprimiéndose para no correr al consejo mágico y asesinar a Heredia con sus propias manos.

Pensó en que ella ya no quería sentirse culpable de algo más. Pensó en que ella, en ese brevísimo instante, podía salvar de la miseria a alguien más. Aun si eso significaba llevar el peso de un mentira –pero nunca una culpa– sobre sus hombros.

— Nada —suspiró, como si ni ella misma lo creyera y le pareciera extraño no sentir algo más— Es…como si ya no hubiera más que arruinar. Como si nunca hubiera existido —aseguro— De ese momento, de ese ataque, sólo queda el recuerdo de haberlo vivido, el recuerdo de haber renunciado a los recuerdos.

Y Gajeel no tuvo que preguntar a qué se refería, porque en esos instantes podía verla tan desamparada como en aquel entonces. Podía ver sus labios moverse, aunque no se movieran, y los gritos formando un solo nombre.

— Y el olor —siseo él, por lo bajo, cuando ella había vuelto a mirar a la ventana, distante como la estrella oscura de una supernova— Sigues oliendo a él.

Y era tan amargo como el café que se enfriaba.

— ¡He dicho que no! —Sting se puso de pie, golpeando con sus palmas el escritorio, doblando la madera como si fuera hule. Su estilizado rostro estaba contraído en una evidente muestra de enojo y desaprobación.

Pero a Rogue ya no le importo.

— Dijiste…—tomo aire y corrigió— Dijeron que iba a estar bien. Gajeel dijo que la cuidaría. Y no lo está cumpliendo.

La voz de Rogue era filosa y tensa. El esfuerzo que hacía por no terminar de perder la calma era gigante. Sus cienes palpitaban y Sting podía escuchar con claridad el ruido de su corazón. Era como escuchar miles de enormes y pesadas rocas rodando y chocando entre ellas. Un ruido bestial.

Pero de verdad que lo entendía. El sólo saber que las consecuencias de aquella dura decisión afectaban más de lo estimado a la maga de agua, le hacían querer salir corriendo y corregirlo todo. Eso y el haber constatado con sus propios sentidos el declive de su gemelo. Había visto las ausencias, los estragos que la separación había causado en Rogue. No estaba ciego, ni sordo. La desazón de ser uno de los causantes era potente.

Pero como maestro debía ser fuerte y cargar con ello.

— Escucha, Rogue —comenzó a decir en tono conciliador, pero Rogue no iba en la misma línea y abruptamente fue hacía el escritorio, terminando de dañarlo con el propio ímpetu de su desesperanza.

— ¡No, Sting, escucha tú! —bramó— ¡Te conté de ella! ¡Lo olvidaste, pero te conté de ella! —Sting le miró perplejo, pero sin miedo, notando como el rojo en los orbes de su compañero se volvía más intenso y lejano— Te dije lo que vi cuando era un niño, te conté de la imagen que no olvidaron mis ojos.

Sting no comprendió, y no supo el porqué de que las palabras de Lisanna a Rogue, se repitieran en su mente: "Tú eres su última oportunidad".

— Es la única a la que han visto mis ojos —declaró Rogue, como en un ilapso.

— Te estás sublevando a las órdenes de tú maestro —le increpo Sting, como si no hubiera escuchado la letanía del moreno— ¿Sabes lo que implica eso?

— Sí tan sólo recordaras…

— ¿Sabes que pasara si te vas ahora? —pero Sting no lo escuchaba— ¿Lo sabes?

Rogue ya no iba a permanecer más en la inacción. Rogue y su voluntad ya estaban muy lejos. La imposición esta vez, cayó como basura frente a él. Su postura, firme e inalterable, habló antes de que él lo hiciera. Pero sus palabras lo reafirmaron.

— Entonces que así sea —y se dio la vuelta para salir de ahí.

Sting fue tras él en cuanto se hubo recuperado de la impresión. Sus pasos coléricos tras los de Rogue, atrayendo la atención de quienes se cruzaban con ellos. Llegando hasta la habitación donde Yukino había llevado a Lisanna, alertándoles de lo que sucedía abajo.

— ¡Rogue, maldita sea, detente!

— No esta vez —negó el otro, subiendo las escaleras con la rapidez de un guepardo.

— ¡Rogue, sí te vas…!

Sting se detuvo abruptamente, Rogue también lo hizo. Sting inmóvil al pie de las escalinatas, Rogue a punto de llegar a la cima. El tiempo desapareció en ese instante, y sólo se escuchó la respiración que antecede al habla.

— Si te vas —informó el Eucliffe, consiente de la pena en el aire— ya no habrá lugar para ti en Sabertooh.

Rogue miró hacía Sting por el rabillo del ojo, y eso fue suficiente para abarcarlo todo: lugares, momentos, felicidad, tristeza, un lugar donde fue recibido, un lugar que cambió, un lugar que se volvió su hogar. Apreció cada ínfimo detalle que hubiera pasado por alto antes, valoró cada insignificancia que se había vuelto memorable.

— Frosch va conmigo —dijo.

Y termino su camino.

Lisanna no se encontraba contenta. De hecho se sentía horriblemente miserable. Una persona egoísta y mala. Había ido ahí y lo había empeorado todo.

Después de la discusión a entradas de Sabertooth, Rogue y Sting habían ido a hablar a la oficina del Eucliffe, y Yukino la había llevado con ella a su habitación. Y ahora todo era terrible, porque se habían enterado de la pelea. Yukino estaba consternada, y Lisanna la entendería sí le decía que la odiaba y le pedía que se largara.

— Hablaré con Sting-sama —murmuró Yukino, yendo hacía la puerta— Le diré que es un error lo que está haciendo…él

— Yukino-san —la interrumpió la Strauss, con la pena y el arrepentimiento tiñendo sus palabras— Yo…lo siento tanto, todo esto…

— La entiendo, Lisanna-sama, y no tiene por qué disculparse —la tranquilizo la albina— Comprendo porque lo hizo, y comprendo que no era su intención llegar a esto. Usted sólo quería ayudar.

— ¡Sí, pero lo eche a perder todo! —Lisanna se derrumbó en la cama, y Yukino fue hacia ella— Por eso… ¡Por eso permítame interceder a mí!

La repentina petición de la Strauss dejo paralizada a la maga celestial. Ella ni siquiera parpadeo.

— Sé que es difícil confiar en mi ahora, pero permítame hacerlo —rogó la muchacha— Yo hablare con su maestro. Yo lo solucionaré. Por favor, permítame hacerlo, por favor.

Yukino suspiró.

Los golpecitos en la puerta le trajeron de nuevo a la realidad, y de mala gana acepto que entrara. La había reconocido de inmediato, y ahora estaba ahí parada. Con su mano derecha abrazando su brazo izquierdo y los ojos velados en arrepentimiento.

— Yo… —comenzó a decir, pero la mirada que le dirigió el rubio la dejo petrificada.

— ¿Es verdad? —Lisanna pestañeo, con la duda pintándole el rostro— Todo lo que usted dijo allá afuera ¿Es verdad?

Ella ignoro lo mucho que le humillaba ser tomada como falsa. Sobretodo por él Slayer ese. Aun cuando iba con el propósito de solucionar las cosas, le era imposible mostrarse en paz con él.

— Por supuesto que lo es —Lisanna puso ambas manos a sus costados— No habría venido hasta acá si Juvia… —pero se silenció así misma, inundada por esa punzada de odió que le envolvía cada que pensaba que él oía el nombre de la maga.

No merecía que la nombraran frente a él. Tenía la sensación de estar ensuciando el nombre de Juvia. De estarle faltando al respeto. Aún si la peliazul no se sentía así.

— ¿Juvia…? —alentó él, pero Lisanna le lanzo una mirada acida— ¡Vaya! —exclamó sin sorpresa— Sí que me odia ¿no? —apretó los labios y luego sonrió con nostalgia.

Parecía abatido, pero Lisanna no se permitió sentir remordimiento. No por él, no ahí.

— ¿Pregunta si yo lo odio? —todavía indago ella, sin el propósito de regodearse en la inmundicia de aquella situación, sino con el intención de aclarar el punto— Porque si lo dice por mi…

Sin embargo, Sting esbozo una escuálida risa que atrajo la atención de la muchacha.

— No, que usted me odia está claro —ella no le encontró la gracia, mucho menos cuando él sonaba más afligido que cualquier otra cosa— Pero…pero me refería a ella. A Juvia.

Lisanna quiso incriminarle porque la mencionara con tanta libertad. Quiso gritarle que él no merecía mencionar aquel nombre. Y si no lo hizo, era porque los sentimientos de Juvia estaban siendo tergiversados. Malentendidos. Y no podía permitir aquello.

— ¡Oh, no! —habló al fin, Sting levantó el rostro y le miró con extrañeza— De hecho ella sólo puede recordarle con cariño. Ella es incapaz de odiarle.

Sting entreabrió los labios para hablar, sin creer lo que oía. Luego su entrecejo se frunció y no supo si reír o molestarse irrefrenablemente con la maga que tenía delante. Era imposible. Era una total falta de respeto hacia su persona.

Ella era una irreverente.

— ¿Qué? —fue todo lo que pudo decir.

Lisanna se atrevió a sonreírle por primera vez. Una sonrisa de suficiencia.

— Pero usted se merecía ese golpe —dijo— Por irreflexivo y autoritario —Sting estaba iracundo— No puede sólo decidir que dos personas que se quieren no se vean más. Por más adversas que sean las situaciones —ella no se detuvo, ni cuando vió en el las intenciones de ir hacía ella— Ni usted, ni Gajeel son quienes para decidir por ellos. Las personas deben sentirse acompañadas cuando están en peligro, no ser abandonados a su suerte.

— ¡No le estaba abandonando! —vociferó Sting, caminando con rapidez hacía Lisanna, que se mantuvo quieta y serena en su sitio— ¡Sólo estaba intentando protegerla!

— ¡Pues hicieron todo lo contrario! —le rezongó ella, con su cara frente a la cara del Eucliffe.

Él reaccionó de pronto, su cuerpo se relajó y miró con atención a la joven que tenía delante. Ella estaba aferrada a sus ideas. Ni por un momento retrocedió a defender los sentimientos de aquella que era su amiga –de aquella a la que él había conocido- y era admirable.

— Y ahora usted no quiere dejar ir a Rogue —prosiguió ella, en voz baja pero firme— ¡Qué tontería! —Lisanna no recordaba ser tan incauta al hablar— También va a dejarle sólo. También va a abandonarlo cuando él necesita ser apoyado —sus labios se curvaron en una cruda sonrisa— No cometa el mismo error dos veces, Sting Euclifee.

Pero los ojos de Lisanna no mostraban insolencia, sino algo más. Una exaltación a no someterse a los malos designios. A la negatividad de los arrebatos. Lisanna le decía –sin pronunciar de nuevo otra palabra- que había manos que daban golpes, y otras que se estiraban para prestar ayuda. Ella se escabullo de ahí, dejándolo solo en sus reflexiones.

Entonces, cuando Sting salió de aquella pieza, y Yukino le estaba esperando en la puerta, con la mirada perdida en el recibidor del gremio, lo primero que hizo fue preguntar:

— ¿Dónde está ella?

— Ya se ha ido —contesto la maga celestial, bajando los ojos al suelo— Y también Rogue-sama.

Sting suspiro, pero ya no apesadumbrado. Ahora lo entendía. Su mano ascendió a su mejilla, donde el ardor le sugería estaba aquella herida. El sitio donde la garra –no de una tigresa- de una leona le había alcanzado. Su mirada no era de miedo, ni de remordimiento, sino de total maravilla.

— Yukino —la muchacha atendió a su llamado, admirada de que en los labios del Euclifee hubiera una sincera sonrisa— ¿Por qué no me presentaste debidamente a tu prima?

Llegar nuevamente a Faiy Hills y encerrarse en su habitación fue el inició de un mal chiste. Había hablado con Gajeel, había rechazado él café que le había preparado -¡Gajeel le había preparado un café!- y había vuelto ahí como si todo aquello perteneciera a un mundo aparte. A una especie de sueño que nunca había sucedido.

La tarde se había extinguido hacía horas, y ella ni siquiera tuvo tiempo de darse cuenta. Cuando había llegado a su vivienda, lo único real había sido la ausencia. La ausencia de si misma, y todas aquellas cosas que no le lograban hacer feliz.

Ahora era de noche, y ella no se había movido de su sitio en la cama. La punta de sus pies tocaban el suelo, y aun así era como si estuviera colgando hacía un precipicio. Oía la voz de Gajeel, oía su pregunta, y se oía así misma mintiéndole y dejándole ir.

Así que ahí estaba ella ahora, de nuevo. Como si todo el tiempo hubiera sido inmóvil, como si el mundo se redujera a ese instante y a estar tan despegada de sí misma. De alguna manera, haber hablado con Gajeel fue como haber visto una parte de ella que sabía que exitia, pero que no había tenido nunca tan presente.

— Que mentirosa —se dijo— Juvia es una persona horrible.

Se tiró de espaldas en la cama, viendo absorta el techo de la habitación. Colgando había nubes y memorias. A sus costados, anaqueles con fotos y muñecos de peluche. Había más de otra persona que de ella misma. Le dolía ver que había decorado con cada gota de amor ese lugar, que había puesto lo que más amaba hasta en los espacios que no deberían ser ocupados. Le dolía porque, ahora, le recordaban que ya no podía ver con normalidad a la persona que se dibujaba en aquellos objetos.

Así que cerró los ojos, como queriendo acariciar un sueño…

Para ese momento, la lluvia fuera había arreciado, y ella comenzaba a desesperarse. Quería tantas cosas y podía hacer tan pocas. Quería gritar y desangrar sus venas, hacer un camino de sangre que la llevara de regreso al sitio del que la habían exiliado. Quería de vuelta a la persona que la había abandonado en una estación de tren. Quería de vuelta la suavidad de su voz, el misterio que le rodeaba.

Y le asusto darse cuenta que quería algo más que sólo ver a Gray. Que quería a alguien más, y que ya no sólo pensaba en hielo y agua mezclados. Hasta ese grado había llegado su congoja, que necesitaba sentirse devorada por sombras. Un sentimiento turbio se le enredo en las muñecas cuando pensó en el dragón de las sombras, en sus ojos rojos como rubís. Un sentimiento que la hizo gritar de frustración pura, que le recordó que ya no estaba.

Todo en su cabeza daba vueltas. Quería hablar con alguien que realmente le endulzara el alma, que le reconfortara los huesos helados y la amargura que le atemorizaba. Necesitaba sentirse entendida, cuando ya ni ella se entendía.

Gajeel debió abrazarla más fuerte y con más tiempo. Gajeel debió mantenerla cobijada entre sus brazos como un protector y escudero. Pero Gajeel no podía. Juvia no sabía porque no era suficiente, porque Lisanna y su consuelo tampoco había sido suficiente. Juvia no sabía porque, conforme la noche caía, sentía que caían todos los terrores, y todas las manos y todo el cariño. Juvia sólo sabía que la tristeza le llegaba de repente y a montones, que le entumía el rostro y que quería vomitar.

Juvia sólo sabía que dentro de ella algo se estaba extinguiendo, que aquella mujer positiva que sólo hablaba de alegría, se convertía en una lejana leyenda. Que se le estaban vaciando las intenciones.

Y le daba miedo el llegar a un punto en el que sólo desearía morir.

No quería resignarse todavía, no quería caer tan bajo. Ella no era así. Ella aún podía ser radiante.

"Estas tan sola", dijo una voz en su cabeza, "Estas tan sola, y las noches son tan malditas. Mira, ya no hay sitio alguno al que correr. Estas tan sola y perdida, mi querida y dulce niña"

Juvia dio un brinco en la cama. No se había enterado de en qué momento se había dormido, pero el eco lejano de la voz en su cabeza siguió ahí, incluso cuando noto que la ventana era recorrida por corrientes eléctricas. Vibraba y tiritaba como una lagrima temblando de frio.

Ahogo un jadeo, espantada de no saber si estaba en la realidad o en la lejanía. Hasta ese momento ella había estado viviendo mientras dormía. Y ahora, que podía percibir el calor de su cuerpo, la sensación de su piel pálida, se preguntaba si de verdad había vuelto a la vigilia.

La ventana volvió a crujir y Juvia se hizo un ovillo en la cama, sintiéndose un débil corderito, sintiéndose desamparada. Si volvía la vista a la ventana ahora, tal vez estaría reflejada en ella la personificación de todas sus alucinaciones.

La recamara, de pronto, exploto en una cegadora luz amarilla. La ventana parecía un radiante espejo de oro. Era todo dorado y electrizante. De a ratos azul y plateado, y Juvia se preguntó si acaso la luz tendría ese color.

Se puso de pie. El contacto de su piel desnuda con la madera le estremeció. De puntillas se acercó a la ventana, que parecía haber capturado en el cristal toda la pureza e ímpetu de un rayo. El nuevo crujido del vidrio la hizo retroceder por centímetros y toda la luminiscencia que había estado adornando la habitación, se extinguió, dejando entre ver –en una oscuridad plateada- del otro lado, la figura de una persona.

Como en un sueño, Juvia alargo la mano. Se detuvo y dudo unos segundos. Era estúpido abrir así como así. Como si fuera normal y nunca peligroso. Pero la euforia que parecía haberle abandonado, se hizo presente entonces, y con decisión abrió el ventanal, descubriendo a la persona de pie ahí afuera.

Otra vez un balcón, otra vez una noche. Otra vez un hombre solitario. Pero ahora con lluvia, ahora empapado y con rayos.

Pero ahora, era Laxus.

Juvia no tuvo tiempo de pensar en si se estaba repitiendo la historia. Sólo atino a tropezar cuando retrocedía, y los pasos que ella descaminaba, los avanzaba él.

Verlo fue como el final de un mal chiste. Como una pesada broma. Como la forma más obvia de recordarle, lo mucho que se había olvidado de él.

— ¿L-Laxus-san? —tartamudeo ella, con los ojos abiertos como platos— ¿Q-qué…? ¿Por qué esta aquí?

Laxus se mantuvo en silencio, hasta que atravesó el umbral y estuvo dentro de la habitación. Sus ojos dejaron de verla a ella. Se trasladaron, en cambio, a la cama desordenada, a los muebles y los figurines del Fullbuster –su entrecejo se frunció a penas, y dejo que aquello pasara sin más molestias- se fijó en que ella de nuevo llevaba ese camisón blanco con el que la había visto la noche anterior, como un fantasma.

— S-si...si Erza-san o alguien más lo ve… —Juvia se trabo con sus propias palabras. Ráfagas de agua fría entraban por el ventanal abierto, y ella tuvo la imperiosa necesidad de ir a cerrar.

Pero eso significaría que aceptaba la presencia de él ahí.

— Laxus-san va a meterse en problemas…y va a meter en problemas a Juvia —chillo ella, con la ansiedad fracturando su voz.

— Entonces, espero que esto me dé más puntos, acuática —dijo al fin.

Escucharlo hablar fue como un pinchazo en su piel. Juvia sintió que la voz masculina de Laxus era tan electrizante como su magia. Y la sonrisa que le cruzo el labio, peligrosa. Juvia no tuvo miedo, pero quiso ir a esconderse.

Así que todo se quedó en silencio, y la noche baño aquel espacio compartido. Juvia era un espectro de blanco, inmóvil en medio de la nada. Y a veces, los relámpagos –más fuertes y constantes afuera- la iluminaban, como a una flor en medio de una tormenta.

Juvia trago saliva, apesadumbrada de verlo. Estaba mojado, sus cabellos rubios aplastados contra su cabeza, sin aquel aspecto acicalado tan suyo. Parecía más joven de lo que realmente era.

Tal vez ella debería ir por alguna toalla. Pero la amabilidad se le escurría como a él le escurría el agua. Y era tan incómodo tenerlo enfrente y no poderle decir nada.

— Así que ya no está mi marca —hablo él, de nueva cuenta. Su voz era gruesa y dejaba entre ver algo a lo que Juvia no supo ponerle nombre— Borrada del todo.

— ¿De qué habla? —inquirió ella, como si no fuera ella misma la que hablara— Juvia no entien…

— ¡Oh! —exclamó él, sus ojos brillando como los de un lobo en la oscuridad, su sonrisa visible— De modo que olvidaste aquel día en el gremio. Muy mal, acuática, muy mal.

Juvia se ruborizo de pronto, tomando conciencia de lo que él decía, de aquello a lo que se refería. Sin embargo, la vergüenza no le llego a manchar más el rostro. Ella de pronto lució más apagada.

Se dijo así misma que aquello ya no era suficiente para avergonzarla. Que había cosas mucho peores. Y tembló.

En aquel momento, cuando la mujer que antes era azul, estuvo frente a él, y luciendo tan desvalida, él pudo notar todo lo distinta que era.

Había perdido la apariencia de niña, y la inocencia se le había resbalado, aunque parecía asirse con fuerza al dobladillo de su ropa de dormir. Era Juvia, pero absolutamente no era ella. Y lo más extraño era que él estuviera notándolo, como si la conociera de toda la vida.

— Lamento haberte despertado.

Juvia levanto la vista hacia él. Era insólito lo que había escuchado. Él…se había disculpado. Se lamentó de no tener las palabras adecuadas para contestarle, de no ser ingeniosa, de no ser más ella.

En ese momento, un trueno surcó con más fuerza el firmamento, el viento soplo con más fuerza, sacudiendo el abrigo del mago y el cabello y blusón de ella. Gotas de agua entraron como pétalos de cerezo a la habitación, y Juvia no tuvo más remedio que ir corriendo y cerrar el ventanal.

Ella temblaba de frio; Laxus, que estaba mojado, parecía inmune. Juvia se preguntó si la tristeza la hacía así de débil.

— ¿Has tenido pesadillas? —preguntó él, tomándola desprevenida. Juvia se quedó paralizada.

Se preguntó cuánto tiempo había estado él ahí afuera, porque él si debió verla dormida. Pero no se le ocurrió un motivo exacto –algo más profundo, más importante- para que él lo preguntara. Y mucho menos se paró a pensar en la pregunta que esa misma tarde le había hecho Gajeel.

— ¿Por qué? —titubeo ella, intentando ganar tiempo para idear una buena excusa.

— No hace falta que busques pretextos, acuática. Sólo mira tú apariencia. Tienes ojeras y pareces alguien a quien han condenado a muerte.

Juvia se pasó las manos por la cara, casi de forma cómica. Él tenía razón, no había porque buscar pretextos. No tenía caso cuando él la miraba como si ya le hubiese leído la mente. Y cuando sabía cómo se estaba sintiendo.

Condenada. Era cierto.

— Puedo quedarme y velar tu sueño, si así lo quieres —dijo él de pronto, con un tono de voz divertido, pero extraño para la situación.

Juvia estaba segura de que él bromeaba, y como no le interesaba seguir en ello, pensó que lo mejor sería pedirle que se fuera.

No importaba si la sonrisa en los labios de Laxus fuera como una invitación a reposar sus penas. No importaba si él se había tomado la molestia de ir hasta ahí. No importaba sí la lluvia había caído sobre él inmisericorde.

Mucho menos importaba que, la presencia de él, fuera inquietantemente tranquilizante. Ahí donde él estaba, parecía no llegar el miedo. Como si su sola mirada fuera un límite para los temores. Juvia se preguntó que tenía Laxus de intimidante, como para que hasta el miedo hiciera una reverencia a él.

Y luego todo fue tan extraño. Como si una nueva visión hubiera nacido en ella, junto a los truenos y temblores del exterior.

— Está bien —musitó, casi sin querer hablar— Laxus-san no tiene que quedarse con Juvia… —pero él ya se había acomodado en la cama, cruzando los brazos tras su cabeza. Ella permaneció inmóvil a lado de la ventana, y entonces él estiro la mano.

Juvia la miró, como si fuera un retrato en una solitaria pared de museo. Una mano que se estiraba y que ella no podía alcanzar. Una mano que era una salvación.

Una mano, y un sueño. Un oscuro sueño.

Entonces un rayo se dibujó en el cielo y un estruendo le siguió. Juvia traqueteó y se estremeció en su sitio y corrió hacia Laxus. Su delgada mano encajó en la masculina y Laxus frunció el entrecejo, perplejo. Ella se cubrió el rostro con la mano libre mientras lagrimas le resbalaban por las mejillas.

Toda ella temblaba. Desde los pies hasta las puntas de los dedos que él tocaba. Presionó un poco más la delicada mano, como deseando averiguar si era real. Él nunca pensó que ella pudiera ir hacia él con aquella vehemencia, como si pudiera conseguir un poco de seguridad a su lado.

Él nunca imagino que ella iría hacia él, y punto. Así que la única razón que se le ocurrió para aquello fue por la que preguntó:

— ¿Te dan miedo los…? —ella negó efusivamente con la cabeza, antes de que él pudiera terminar la oración. Mechones azules saltaron a su alrededor del mismo modo que sus lágrimas— Si te dan miedo los rayos sólo…

— No es eso —volvió a interrumpirlo. Ella fue descubriendo su rostro lentamente, hasta que Laxus pudo contemplarlo libremente. Aunque estaba cubierta por sombras, el brillo en sus ojos azules era inmenso. Laxus no tuvo que recurrir a su aguda vista para notar como ella le regalaba una sonrisa completamente sincera— Es… —parecía avergonzada, pero aun así continuó. Sus mejillas estaban mojadas— Es sólo que Juvia temía que Laxus-san desapareciera.

Él no lo comprendió, y ella lo sabía. Pero habían sido demasiadas noches entre pesadillas donde las manos se extendían y ella no era capaz de alcanzarlas que, cuando la realidad le había mostrado lo mismo, el miedo la había embargado por completo.

Pero ahí seguía él. Y su fuerte mano envolviendo la suya era como un ancla a la vida, y tan real como la tormenta fuera.

— No voy a desaparecer —tiro de ella en el momento en que él se sentaba al borde de la cama. Sus piernas abiertas y Juvia en medio de ellas, y sus manos en los antebrazos de ella. Levantó la cabeza y una de sus manos se elevó hasta posarse en la mejilla femenina con una gentileza que él no recordaba poseer— No iré a ningún lado.

Era tan irónico que lo que él había propuesto como una broma, ahora estuviera adquiriendo tanta sinceridad. Había ido a verla con un propósito, y como venía sucediendo desde hace mucho, lo que planeaba terminaba tomando otro sentido cuando ya la tenía delante.

— Los rayos son tan efímeros… —murmuró ella, cerrando los ojos ante el contacto— Todo lo que dejan es un estruendo tras ellos…Un sonido para recordar que algunas vez estuvieron, y luego nada —le miró a través de sus pestañas y él sintió que algo le mojaba los dedos, y una punzada en el pecho. Como si pudiera sentir como ella se quebraba, como si pudiera sentirlo él— Pero ahora mismo, son los rayos y su sonido lo único que logra alejar a Juvia de las pesadillas.

Jodida mujer.

Y jodido él por caer precisamente con ella.

Laxus la empujo hacía la cama tan rápido, que Juvia no tuvo tiempo de respingar. Cuando se dio cuenta estaba entre los brazos de él, con el mentón de él rozando su coronilla, las manos encogidas contra el pecho masculino y sus rodillas contra las piernas de él. Sus ojos muy abiertos.

— Entonces eso haré —murmuró Laxus despacio, de tal forma que su voz grave le acarició la frente— Entonces habrá rayos y estruendos que acaben con tus pesadillas —la estrecho más contra su cuerpo, notando su olor a mar y sol, y por debajo de ellos, el olor más oscuro de la tinta y la desolación enroscándose en ella— No quiero quejas después, acuática.

Juvia cerró los ojos, preguntándose si estaba bien, si era correcto hacer eso, quedarse ahí, como si el cuerpo de él fuera ya un lugar conocido para ella. Se preguntó si estaba bien la calidez que le acariciaba el pecho, que se colaba por este y le acompasaba el corazón. Se preguntó si estaba bien dejar de sentir frio.

Pero había deseado tanto ser abrazada, lo había deseado cuando Gajeel puso su mano sobre su cabeza, cuando Lisanna le había consolado. Lo había deseado cuando Rogue también la había abrazado aquella otra noche, aquella otra mañana, en una cama que no debía haberse compartido. Lo había deseado cuando la abandono en esa estación. Lo deseo cuando dos manitas rosas se habían sujetado a sus botas, y cuando Sting le murmuro en el oído un sinfín de disculpas. Lo había deseado en aquella gélida y lluviosa calle. Había deseado ser abrazada por Gray, pero él también la había dejado. Y ahora estaba ahí, con la persona de la que se había olvidado. Con la persona que una vez la vio y ella vio como enemigo.

Él la aprisionaba con ligereza y fuerza. Olía a libertad y a historias jamás contadas. Su respiración le acariciaba la frente, como los rayos acarician el agua en noches como esa. El ancho pecho de él subía y bajaba contra su nariz, y Juvia acomodo ahí su cabeza, escuchando como él corazón masculino golpeteaba fuerte y constante.

Era extraño el sonido de un corazón. Era extraño estar tan cerca de uno como el de él.

¡Oh, pero ella era incapaz de imaginarse cuan cerca ya estaba!

— Laxus-san —lo llamó, y su voz estremeció al mago— Laxus-san esta mojado —él no hizo el intento de mirarla. Si bajaba los ojos a ella en ese momento, estaba seguro de que la besaría.

— Calla y duerme —ordeno.

Tuvo la sensación de haber escuchado, tenue y bajo, el sonido de una risa.

— Pero Laxus-san está mojando a Juvia —apuntó ella.

Esta vez, Laxus se removió y tuvo que verla a fuerza.

— Si quieres que me quite la ropa sólo tienes que decirlo —ante su tono de voz, Juvia se escandalizo, pero no hizo el intento de alejarlo.

En cambio, ella puso las manos sobre sus pectorales y cerró los ojos, mientras líneas brillantes y azules se transfiguraba sobre el tejido. La ropa de Laxus estaba seca en minutos.

— Claro —y en su voz hubo una sombra de ironía— también puedes hacer eso.

Ella murmuró alguna cosa incomprensible, y cuando él volvió a mirarla, estaba dormida. Pensó en lo extraño que era, no ver a una mujer dormida, sino tenerla entre sus brazos de ese modo. En esa clase de intimidad. Era como sostener entre su cuerpo y el de ella un secreto. Una forma de cercanía aún desconocida.

Él nunca dormía con mujeres. Estaba con ellas en un lecho para otra clase de cosas, pero no para dormir.

Pero ahora él sólo estaba ahí, y aunque hubiera querido transgredir ese casi inexistente espacio y probar sus labios, no se atrevería a hacerlo. No cuando ella se aferraba de ese modo a su cuerpo, no cuando ella le dejaba estar de ese modo. Ella, que probablemente nunca hubiera dejado a nadie que no fuera Gray.

Con malestar, supo que eso no le hubiera sido posible antes. No si ella no estuviera tan frágil. Le irritó pensar que podía estarse aprovechando. Le molesto no poder hacerse con Juvia sólo porque ella así lo quisiera.

Sólo porque ambos lo desearan.

— Patético —bisbiseo. Juvia se movió entre sus brazos, parecía buscar una mejor posición. Segundos después, ella volvió a estar quieta, y sus labios entreabiertos, dejaban escapar un vaho cálido y agradable.

Laxus sintió contra su cuerpo el delgado cuerpo de ella. Cintura estrecha, piel suave, brazos esbeltos, piernas gráciles. Pero todo menos a lo que era antes. Ella era una cosa menuda ahora. Aun así, encajaba bien. Incluso si fuera la de antes, seguiría encajando como una pieza más en el cuerpo de él.

Lo único que distorsionaba aquel cuadro que pudo ser perfecto, era la emoción, la intangible pesadez del aire. Ese aroma a tinta que no pertenecía a la esencia femenina. Había uno mucho peor, un olor a ácido y azufre. Uno que no era el de la tinta, sino que venía de todos lados, pero no exactamente de ella.

"Caer". La palabra se reprodujo en su mente.

"Caer", pero quería ser capaz de sostenerla.

Pero la pausada respiración de Juvia era como una canción de cuna. Laxus la pego más contra él, inhalando el aroma de su cabello, aunque ya no oliera sólo a ella. Su piel percibiendo la calidez del cuerpo de ella, una calidez débil, pero real. Aún viva. Su frente contra la frente de ella, y cerró los ojos sin darse cuenta.

La mañana siguiente, Magnolia despertó con una suave llovizna que amaino a mediodía, pero las nubes no se fueron.

.

.


.

.

¡Chan, chan, chan, chaaaaan!

Hasta ahì el capitulo.

Serè sincera y les confesare mucho que disfrute escribir ciertas partes. Por ejemplo, esa escena entre Lisanna y Sting(sì, me refiero a la bofetada). Y la ùltima linea que dice èl a Yukino. Alguien por ahì se imagino algo referente a Sting y Lisanna (sì, Nadja, me refiero a ti) y no andaba tan errada. Asì que, lo que pase a partir de ahora entre estos...

Otra escena que disfrute excesivamente fue la que hubo entre Laxus y Juvia. La habìa planeado con tanta anticipaciòn. La habìa visto desde que me aventure en esta historia, y no la solte hasta plasmarla. Me temo que no ha quedado exactamente como la ten¡a en mente, pero la idea (èl entrando por la ventana, aquello sobre darle puntos, y durmiendo juntos al final, Juvia sintiéndose segura) se mantiene.

Y Rogue. Mi hermoso Rogue. Al fin apareciò, y sì, èl ha decidido ponerle fin a esa separaciòn e ir por la chica. Sin embargo, como ya se dieron cuenta, tendra que enfrentarse a la nueva cercania entre nuestro Dragòn del rayo y la preciosa Sirena.

¡Espero disfrutaran el capitulo! Les pido una disculpa por no responder a los review en esta ocasiòn, pero la situaciòn actual (es incomodo actualizar en la escuela) no me lo permite. También disculpen cualquier error (pero no duden en avisarme de èl).

¡Les adoro!

Besos y abrazos.

Ammipime.